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miércoles, 31 de enero de 2024

Aizkolaritza (y 3)

Para terminar, un par de anécdotas. La primera de ellas destinada a satisfacer la curiosidad del lector que quizás se haya preguntado cómo hacíamos nuestras necesidades si allí no había agua corriente. Baste decir que los dormitorios tenían una palangana y una jarra con agua, como a principios del siglo pasado, y que la ducha estaba conectada a una bombona a la que se metía aire a presión para que al darle a la llave saliera esta con fuerza. Pero ¿qué se hacía con la caca? Esto fue sin duda lo que más me sorprendió y maravilló (si es que se puede hablar de “maravillas” cuando se habla de caca). Cuando te sentabas en la taza del váter para hacer tus necesidades, todo iba a parar a un compartimiento especial. Se trataba de un disco con seis secciones (como si fuera una caja de queso en porciones). De dichas secciones sólo una estaba abierta y las otras cinco permanecían cerradas. Cuando esta se llenaba, se giraba el compartimiento circular para colocar debajo del váter una nueva sección. ¿Y qué pasaba cuando todas las secciones estaban llenas? Pues pasaba... el milagro de la vida. Toda la caca, pis y papel de limpiarse el culo que se había ido tirando por la taza del váter, quedaba después encerrado en esa sección y se producía la fermentación convirtiendo los desechos en rico abono natural para el campo. Eso era lo que se hacía después: coger esas secciones donde la caca se había convertido en abono y esparcirla por el campo.
 
La segunda anécdota muestra cómo la vida sana y el noble deporte de la Aizkolaritza oxigena tu cerebro y te hace más espabilao. Sucedió que mi amigo Ingar perdió el teléfono móvil y estaba muy preocupado buscándolo entre todos aquellos troncos que estábamos partiendo. Entonces se me ocurrió llamarle por teléfono y así, siguiendo el sonido que llegaba desde su móvil, escondido entre aquella multitud de madera, fue posible recuperarlo.
 

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martes, 30 de enero de 2024

Aizkolaritza (2)

Pasemos ahora, pues, a la otra historia y, en este caso, debemos ponernos el cinturón de seguridad y viajar al norte, pero no al norte de la península ibérica sino al norte de... Europa. Esta nueva demostración de mis cualidades como Aizkolari tuvo lugar nada más y nada menos que en las montañas de Noruega, en un lugar llamado Eggedal, no muy lejos de la famosa montaña Gaustatoppen, la montaña más alta de la región de Telemark a la que, por cierto, hice un día una excursión.
 
Había acudido a Noruega invitado por mi amigo Ingar Pedersen, el cual vivía en Mjondalen, un pueblecito ceca de Drammen, no muy lejos de Oslo. Pero en este viaje no era su casa de Mjondalen el destino sino sólo el punto de partida. Nuestro destino era la cabaña (o “hytta” como llaman ellos) que se había construido en lo alto de una de las montañas que rodean Eggedal.
 
Subimos con su coche el camino de tierra hacia la cabaña hasta que al llegar a un pequeño ensanche aparcó. El resto del camino había que hacerlo a pie y no con las manos vacías, sino llevando no sólo la mochila con nuestras cosas personales sino también unos bidones que llenamos con agua de un arroyo que había junto a aquella especie de aparcamiento, para poder beber y asearnos. La cabaña no tenía agua corriente, pero esto que a los españoles nos puede extrañar es algo muy común en Noruega, y hasta la gente con más dinero gusta de disfrutar unos días de vacaciones, siempre que puede, en este tipo de cabañas perdidas en lo más recóndito de sus montañas.
 
La cabaña era toda de madera y estaba prácticamente terminada. En los bajos de la misma había leña almacenada, pero no mucha, y teniendo en cuenta que estábamos en el mes de julio y allí los inviernos son largos y durísimos, era preciso rellenar la despensa de leña para cuando llegasen los meses fríos.
 
Durante la semana que pasé allí nos dedicamos a disfrutar de largas caminatas por aquella privilegiada geografía donde la huella del hombre es apenas perceptible. Baste citar, como ejemplo, que todo el camino se hacía campo  a través puesto que no existían caminos ni senderos y que en todo un día de caminatas no te cruzabas con ninguna otra persona, a lo sumo podías en algún momento divisar una persona a lo lejos.
 
Al regresar, por la tarde, disfrutábamos de aquella cabaña al calor de su chimenea (aunque fuese el mes de julio las tardes y noches eran frías) y ¡claro está! eso nos hacía recordar la necesidad de cortar más leña. Fortalecido con esa vida sana (buena comida, mucho ejercicio y aire inmaculado) cada tarde cogía el hacha y daba buena cuenta de toda la madera que podía, y eso era algo que allí no escaseaba puesto que los árboles cubrían generosamente toda la zona.
 
Si no fuese por las fotografías que tomé de la casa, tanto al llegar como al partir, no hubiera podido comprender lo buen Aizkolari que fui. En las primeras fotografías se veían los bajos de la cabaña con sólo un compartimiento lleno de madera. En las últimas fotografías se podían  ver todos los bajos de la cabaña llenos por completo de leña; tal fue mi entusiasmo y entrega a tan noble causa. Y de igual forma es justo reconocer cómo a lo largo de los días fui puliendo y mejorando mi estilo.
 

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lunes, 29 de enero de 2024

Aizkolaritza (1)

Aunque yo sea manchego no por ello dejo de sentir afición por cualquier deporte, sea del tipo que sea y del país o región que fuere. Por ello, y mirando al norte, descubrí ese deporte llamado Aizkolaritza, al que también algunos llaman Aizkora Jokoa, y que consiste en cortar troncos de árbol con un hacha, llamándose a quienes lo practican “Aizkolaris”.
 
Pues hete aquí que yo también he sido Aizkolari y de siempre he sentido una tremenda afición a eso de coger un hacha y liarme a hachazos con cualquier tronco que pillara. Bien es cierto que han sido pocas las ocasiones en que lo he practicado, pero no menos cierto que siempre he puesto un gran interés y emoción en ello.
 
Desde el principio comprendí que todo deporte requiere su técnica y, en este caso, tanto de posición corporal, como de forma en que se van dando los hachazos, en diagonal, arriba y abajo, para ir formando una cuña que va adelgazando el centro del tronco hasta que este termina al fin por dividirse en dos.
 
Al principio, por eso de la vaguería, elegía siempre ramas delgadas, e incluso me olvidaba del hacha (que eso da mucho trabajo) y simplemente recogía palitos para encender después la correspondiente hoguera. Pero la vida al aire libre te fortalece y te inspira energía y deseos de afrontar nuevos retos. Relataré por ello dos de los momentos en que verdaderamente me sentí un auténtico Aizkolari.
 
El primero tuvo lugar en un pueblo cercano a Madrid, Gargantilla de Lozoya. Había acudido allí, con mi familia, al chalet de mi secretaria Aurora que, por cierto, estaba casada con José Manuel López Vuelta, un amigo mío de cuando éramos jóvenes y estábamos en plena vorágine de guateques. Siempre recuerdo aquél día, al poco de empezar a trabajar en la compañía de agroquímicos ICI-Zeltia (hoy Syngenta), cuando al salir de la oficina por la tarde, Aurora me dijo “te voy a presentar a mi marido”. Fue muy gracioso ver la cara que puso cuando –antes de tener tiempo de decirme “este es mi marido”, los dos nos dirigimos uno al otro y nos dimos un gran abrazo; no en vano hacía muchos años que no nos veíamos.
 
Pero volviendo a la historia, ese bonito chalet con una amplia parcela tenía un grave problema: carecía de calefacción y estábamos en pleno invierno. La única forma de calentarse era encender la chimenea y eso exigía una buena cantidad de leña. Ya se sabe además, que las casas con gruesos muros de piedra, si se ha estado una buena temporada sin vivir en ellas, es decir, sin haberlas calentado de ninguna forma, tienen el frío instalado hasta el tuétano y el primer día que llegas no hay manera de conseguir que aquello se atempere.
 
En esta ocasión, pues, era tanto el frío, que hacer de Aizkolari tenía un doble premio, el primero y más inmediato, calentarte por el esfuerzo de partir troncos; y el segundo –y más reconfortante- sentarte después frente a la chimenea y departir alegremente con los amigos.
 
De esta guisa salí a la parcela, apilé un buen montón de troncos y me dediqué al noble deporte de la Aizkolaritza. Gracias a ello pudimos pasar un calentito fin de semana... siempre y cuando no nos alejásemos mucho de la chimenea, porque a pesar del incesante fuego que ardía en la chimenea, llegó el último día y aún no había entrado en calor el resto de la casa. ¡Qué frío pasaríamos que incluso hoy al recordarlo me entran escalofríos! Como anécdota final, recordar que Aurora inmortalizó aquél momento con una fotografía que después mostró ufana en la oficina, diciendo más o menos cosas como: “Mira cómo he puesto a trabajar a mi jefe”. Y sí que era verdad que trabajé de leñador... ¡uy! perdón, quiero decir que practiqué mucho el deporte de la Aizkolaritza.
 

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viernes, 12 de enero de 2024

Poema a la madre

El nuevo año 2024 lo he comenzado en este blog, “Palabras inefables”, con una selección de las primeras poesías que escribí, en torno a los 12 a 14 años de edad. A través de estas poesías exploro diversas composiciones, ateniéndome al metro y a la rima en casi todas, aunque pronto me liberaría también de estas reglas para ser yo mismo quien estableciera cómo quería que fuesen mis poemas. Nunca acepté más reglas que las impuestas por mí mismo.
 
Desde los primeros balbuceos artísticos en el campo de la poesía y aquél primer “Poema a la madre” (a la que puede considerarse mi primera poesía “hecha y derecha”), han pasado muchos años en donde nunca ha estado ausente mi inspiración poética.
 
La historia de este “Poema a la madre” es muy curiosa y aleccionadora. Algunos domingos iba a casa de mi profesor de Literatura, Eloy Rada García, que por aquél entonces vivía a la salida del metro de Aluche. Hasta allí me desplazaba con lo último que hubiese escrito y él lo revisaba con cariño y me hacía las correcciones y/o aportaciones que considerase necesario para que aquél futuro escritor alcanzase el éxito en la madurez.
 
Este “Poema a la madre” era una de aquellas primeras poesías, escrita a los 12 años de edad. Como puedes comprobar es bastante mala, pero gracias a Eloy descubrí cuál era el verdadero lenguaje poético y que en aquella ocasión yo lo había utilizado de forma involuntaria.
 
En la segunda estrofa escribí “Tú que por mi atlas caminaste / buscando hasta en los más escondido. / Y por mí te sacrificaste / hasta encontrar tú lo perdido”.
 
Eloy quedó maravillado con ese símil de la madre que  recorre el “atlas” de su hijo y se sacrifica por él, e intenta conocerlo mejor”. Así me lo hizo saber y yo me quedé con cara de pardillo… porque no era eso lo que había escrito. En realidad, lo que estaba contando allí era mucho más prosaico: Mi madre estuvo recorriendo un montón de librerías de Madrid hasta encontrar el “Atlas de geografía e historia” que nos habían encargado comprar en el colegio. Nada tenía que ver, pues, el “atlas” poético, con el “Atlas” impreso.
 
Y fue así, por casualidad, como aquello me abrió los ojos a la verdadera esencia de la Poesía. ¡Gracias, Eloy!
 
POEMA A LA MADRE
 
¡Oh madre, que sin tu presencia
todo lo bueno no existiría!
Sin tu jardín de suave esencia
la vida no continuaría.
 
Tú que por mi atlas caminaste
buscando hasta en los más escondido.
Y por mí te sacrificaste
hasta encontrar tú lo perdido.
 
Mira aquí estos pobres presentes
de tu hijo el poeta Vicente,
con los deseos más ardientes
que sea bueno lo que fomente.
 
Que sientas en tu mente el clamor
de que he dejado de ser un niño.
Que empiezo a saber lo que es amor
y también se lo que es cariño.
 
Que ya soy hombre, tenlo en cuenta,
y desde ahora elegiré lo mío,
no creas que por esto mienta
ni te desprecie, en ti confío.
 

Ningún poeta ha conservado y publicado en un libro toda su obra poética, incluyendo las primeras poesías que escribió cuando era niño. En “Todo Poesía” sí. Aquí puedes ver la verdadera evolución de un poeta a lo largo de más de seis décadas…
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viernes, 15 de septiembre de 2023

Recuerdos del Azuer

El Azuer es un río que pasa por Daimiel (Ciudad Real). Bueno, eso de río es por el verbo “reír” porque este pequeño río sólo lleva agua cuando quiere (que son pocas veces) pero cuando se enfada hasta provoca inundaciones.
 
De todas formas hoy no voy a hablar del río Azuer sino de un coche llamado “Azuer” que hasta tuvo su propia canción. Así es la historia (más o menos)…
 
Veraneaba toda la familia de Don Vicente Rodríguez en su finca de “El Recreo”, juntándose allí casi dos decenas de nietos y sus correspondientes progenitores. Como la finca estaba a poco más de dos kilómetros del pueblo, y para hacer más divertidos los constantes viajes entre pueblo y finca, dos de los yernos de Don Vicente compraron a precio de saldo un viejo coche de principios de siglo que si andaba, era por casualidad. Para ponerlo en marcha había que meter una manivela por el morro y darle vueltas enérgicas hasta que se escuchaba el rugir del motor.
 
No se conserva ninguna fotografía del mismo, pero la foto que acompaña este comentario puede dar una idea de cómo era ese viejo y destartalado coche. (El de la foto, por cierto, es más bonito y más nuevo que aquél).
 
Cuando los nietos de Don Vicente vieron llegar (en realidad lo oyeron bastante antes porque su motor no era muy silencioso que digamos) aquél estrafalario coche, corrieron locos de alegría con ganas de subirse a él. Pero antes de hacerlo tenían que bautizarlo y fue así como se decidió llamarlo “Azuer” como el río del pueblo, y a fe que verlo llegar producía risa.
 
Con frecuencia toda la chiquillería se apuntaba a los viajes de ida y vuelta entre la finca y el pueblo para disfrutar de esa experiencia, más propia de un parque de atracciones moderno por lo ajetreado del viaje y los imprevistos que podían surgir (eran frecuentes los parones a mitad de camino para tratar de solucionar alguna avería).
 
El “Azuer” fue fiel compañero de las vacaciones durante algunos años y los nietos de Don Vicente le compusieron una canción que más o menos decía así:
 
“El Azuer qué bello es,
el Azuer qué bello es,
tiene más de ochenta años
y no pasa de los cien.
 
El Azuer es un machote,
el Azuer va dando botes,
y si vas en el Azuer,
y si vas en el Azuer,
ten cuidado con el culo
que te lo haces puré”.
 

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martes, 4 de julio de 2023

Lo contrario de nacer

Cuando contaba unos ocho años de edad, mi maestro me puso uno de esos ejercicios que tanto me gustaban: “Poner lo contrario de…”.
 
Por ejemplo, lo contrario de “alto” y yo ponía “bajo”. Lo contrario de “gordo” y yo ponía “flaco”. Lo contrario de “pesado” y yo ponía “ligero”. Lo contrario de “blanco” y yo ponía “negro”. Lo contrario de “nacer”… y yo puse: “no nacer”.
 
Cuando mi maestro leyó aquello me dijo que estaba mal, que lo contrario de “nacer” era “morir”. Entonces yo, un niño de apenas ocho años, le repliqué a mi maestro y le dije que lo contrario de “nacer” era “no nacer” porque “morir” no es lo contrario sino una consecuencia inevitable de “nacer” ¿o es que hay alguien que nazca y no muera? Todos nacemos y todos moriremos, es nuestro destino y es algo que no podemos cambiar.
 
Como veis, con apenas ocho años, aquél niño le dio una lección a su maestro y este, sorprendido y quizás emocionado, corrigió aquél ejercicio poniendo un “bien”.
 

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martes, 21 de junio de 2022

La trompeta

Era la víspera de un importante partido de fútbol. En sueños me vi comprando una trompeta (de las que se venden para estas ocasiones) y la dejaba en mi asiento. La verdad es que nunca se me ha pasado por la imaginación hacer tal cosa, ni creo que vaya a hacer algo semejante en toda mi vida. 

Sin embargo, al día siguiente, cuando fui al estadio, y según me acercaba a mi asiento (soy socio, por lo que siempre ocupo la misma localidad) pude ver justo encima de mi asiento, precisamente esa trompeta.
 
La explicación “lógica” sería la de una coincidencia, ya que el niño que ocupaba el asiento de al lado, la había dejado allí (siendo esta, por cierto, la primera vez que hacía algo así). Sin embargo, no me cabe la menor duda que fue otra de las bromas a las que ya me tiene acostumbrado ese alguien de allá arriba. Desde luego, sentido del humor no le falta.
 

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lunes, 20 de junio de 2022

Barcelona, siempre Barcelona

Barcelona, una ciudad preciosa que siempre ha estado como una amenaza sobre mi cabeza. Toda mi vida la he tenido organizada en Madrid y, cuando la mujer y los hijos están adaptados e integrados en una ciudad, resulta muy duro cambiar a otra. Si yo estuviera soltero, me daría igual una ciudad u otra, aunque personalmente prefiero un pequeño núcleo rural a una gran ciudad. Sin embargo, el pago de la hipoteca de la casa en la que vives o vas a vivir, los colegios y la universidad de los hijos, las amistades, la familia, son todos ellos factores importantes a la hora de mantenerte atado a una ciudad.

 
Por todo ello, Barcelona siempre me ha atraído como ciudad y me ha encantado su arte. Cuando he estado de vacaciones por la costa Brava siempre que he podido he aprovechado alguna ocasión para pasear por las Ramblas, subir al Parque Güell o visitar alguna exposición de Gaudí o Dalí. Pero a la vez ha sido siempre como una sombra de amenaza que parecía querer arrastrarme hacia allí.
 
Hace ya muchos años trabajaba en otro laboratorio farmacéutico. Era uno de los más importantes, con un marketing muy sofisticado. Cuando nadie sabía lo que era un product manager, allí ya se había implantado ese cargo. Cuando la visita médica era “pan para todos” introdujo el concepto de “visita individualizada”. El micromarketing, los mercados de prueba, la dirección por objetivos, eran moneda corriente en aquella compañía. Fue pionera en tantas cosas... que también lo fue en la plaga de este final de milenio: las fusiones.
 
Al cabo de tres años, la compañía se escindió en dos, y una de las partes se fue a Barcelona con la línea de productos de investigación propia; la otra parte se quedó en Madrid con el resto de productos licenciados. Tres años más tarde, la parte radicada en Barcelona absorbió a los que nos habíamos quedado en Madrid y surgió entonces el dilema: indemnización y a la calle o... a vivir a Barcelona.
 
Eran otros tiempos, yo era joven y había trabajo. Así que opté por quedarme en Madrid y a los dos meses ya estaba trabajando en otra empresa y seis meses más tarde ya estaba de nuevo en otro laboratorio farmacéutico. Pero la posibilidad de haber tenido que romper con todos los lazos personales, familiares y económicos que me unían con Madrid, dejó en mí una huella indeleble.
 
Pero está visto que las cosas no pasan una sola vez. El señorito aburrido que coge la hormiga una y otra vez, y no la deja llegar al hormiguero, tiene ganas de seguir jugando. Muchos años después, y después de diversos periplos profesionales, había regresado una vez más al sector farmacéutico. Llevaba 6 años... ¿He dicho seis? ¿Qué casualidad, los mismos que llevaba en la otra empresa antes de que surgiese la coyuntura de tener que ir a Barcelona?....y salta la noticia: una fusión con otra compañía que tiene su sede en... ¿para qué decirlo?... Barcelona.
 
Esta vez, ya no era tan joven, y España ya no iba tan bien aunque Aznar se empeñase en asegurarlo. Si había que ir a Barcelona, pues habría que ir, y ya veríamos cómo se resolvería después el problema familiar. Por de pronto, el mayor se había independizado. La mayor, esa sí que no se marcharía... en segundo curso de carrera y ¡con novio! Aunque con 19 años tampoco pasaba nada porque se quedase sola (aunque no era ese el modelo de familia que había pensado). La pequeña... bueno, habría que esperar a que se adaptase. Primero un año de soledad en Barcelona, buscando piso adecuado y colegio, y muchos Puentes Aéreos para reunirme con la familia los fines de semana. Quizás un piso en la playa para que así les apeteciese pasar allí conmigo más tiempo, como por ejemplo durante las interminables vacaciones escolares.
 
Para qué negarlo, el panorama era duro. Por eso, esa vez agradecí a los de allá arriba la ayuda que me prestaron.
 
Tras la huella dejada por la fusión ocurrida años atrás, esta se ofrecía ya como irremediable. Cierto es que cabía la posibilidad de que la sede central se fijase en Madrid, pero las posibilidades eran mínimas. No voy ahora a entrar en detalles, pero la gran mayoría de los empleados estaban convencidos que la marcha a Barcelona... o a la calle, sería inevitable.
 
Desde que se anuncia una fusión, hasta que se asientan definitivamente todas las piezas, pasan varios meses y ¡qué meses! Desconcierto, depresión, irritación... todos los estados inimaginables pasan por la mente de los afectados. En mi caso, las posibilidades de continuar en mi puesto de trabajo eran muy altas (lo que me daba cierta tranquilidad) pero debía irme mentalizando para un cambio de residencia y de la consiguiente reestructuración familiar.
 
Para que me fuese acostumbrando a la idea, y apenas unos días después de hacerse pública la noticia, cuando aún no sabíamos qué repercusiones podría tener ni qué posibilidades habría o no de ir a Barcelona, me regalaron una litografía preciosa que enseguida enmarqué y puse en mi dormitorio, de tal forma que esa era la última imagen que veía cada noche antes de acostarme: una vista nocturna de Barcelona desde el Tibidabo, con el mar al fondo. Digo yo que sería para que me fuera acostumbrando a la idea. Después de todo ¡era una ciudad bien bonita!
 
También, y para hacer más llevadera la espera, me llamaron para una entrevista de trabajo: Director de Comunicación, con un sustancioso aumento de sueldo, de un holding de empresas con más de 100.000 millones de facturación, en dependencia directa del Presidente del Grupo. Llegué con éxito a la terna final en la que partía como favorito ¡y eso a pesar mi edad! Sin embargo, creo que esta vez lo acepté como era desde el principio, una mano que me echaban para distraerme y animarme durante la época de incertidumbre. Porque la verdad es que ese maravilloso trabajo no me solucionaba absolutamente nada: El puesto era para ¡Barcelona!
 
Cuando por fin todo se solucionó, se me confirmó en mi puesto y se supo la gran sorpresa (la sede era Madrid) llamé a la empresa disculpándome y diciendo que me retiraba del proceso de selección. Iba a continuar haciendo mi trabajo y dependiendo del Presidente de la compañía.
 
Como les gusta poner guindas, este caso también la tuvo. Recordé que mi primer viaje en este laboratorio farmacéutico fue a.... Barcelona. Podía haber ido a muchos sitios; pero no, tuvo que ser Barcelona. El motivo: la presentación a la prensa de un libro que había editado la compañía. Allí, en la mesa presidencial, estaban los autores y destacadas personalidades. Entre ellas, presidiendo el acto, se encontraba... ¡un hermano del que ahora ya era mi nuevo Presidente!


La historia de AstraZéneca escrita por alguien que la vivió y al jubilarse ya pudo contar todo lo que quiso:

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sábado, 18 de junio de 2022

El clon

La casa necesitaba unas reformas. Había que acuchillar y barnizar el parquet y cambiar las puertas. Busqué diversas empresas de reformas pero.... deben ganar mucho dinero. Realmente cuando te hacen un trabajo y te lo cobran a precio de oro, lo que te están haciendo es un favor, y deberías dar gracias al cielo de que tú hayas sido el afortunado de tenerlos en tu casa el doble de tiempo de lo acordado, de haber tenido que mover tú mismo los muebles antes y después para que no se molesten (y no te los destrocen, por supuesto), limpiar a todas horas para no verte sumergido entre capas pleistocénicas de polvo, y pagarles al contado, por supuesto (si es que no les habías adelantado ya una buena parte del importe del trabajo). ¡Qué ingratos somos a veces! El caso es que fui buscando uno y otro hasta que encontré uno que se mostró ilusionado con la idea de conseguir un trabajo y otro (¡Qué raro! ¡Alguien que quiere trabajar antes de exigir el dinero!) y quedamos en que al día siguiente vendría a casa para tomar medidas y hacer el presupuesto.

 
Al día siguiente hubo una llamada. No podía venir como habíamos acordado. Se disculpó y preguntó si podía pasar al día siguiente. “En fin” me dije “el hecho de llamar para avisar y disculparse ya es una buena señal”, así que quedamos para el día siguiente.
 
Como no iba a venir hasta última hora de la tarde, decidí pasarme por mi otra casa para comer allí y recoger unas cosas. Entre ellas estaba el correo y, justo ese día, encontré una carta de mi amigo noruego Ingar. Nos conocíamos desde hacía muchos años y nos habíamos visto un par de veranos. En uno de ellos mi mujer y yo estuvimos en su casa y el año anterior, precisamente,  había inaugurado con él la nueva casa o “hytta” (casa de madera) que se había construido en las montañas. En esta carta me enviaba un cassette (me ha dado por añadir, a mi colección de música, grupos y cantantes escandinavos que no es posible encontrar en España) del cantante sueco Björn Afzelius. De regreso a casa para mi encuentro con el encargado de la empresa de reformas, iba escuchando la cinta que me había enviado esta vez.
 
Llegué con mi puntualidad habitual y le comenté a mi mujer la carta que acababa de recibir. Ingar era un buen amigo aunque vago a la hora de escribir. De hecho, nuestra correspondencia se cifraba en una carta al trimestre, aunque siempre venía acompañada de cassettes de música, cintas de video con imágenes de Noruega o un Calendario de pared cada Diciembre. Por mi parte yo le enviaba sellos y algún que otro autógrafo de gente famosa que podía conseguir y él añadía gustoso a su amplísima colección de autógrafos.
 
Sonó el timbre de la puerta y abrí: Allí estaba el encargado de la empresa de reformas que había pedido ir hoy en vez de ayer. Me quedé perplejo y mi mujer también. No pudimos menos que cambiar una mirada de asombro, comentarlo y decírselo también a él: era exactamente igual que mi amigo Ingar. La cara, el tipo, el pelo....
 
Una coincidencia de este tipo puede darse muchas veces. ¿Cuantas si no, decimos “mira, ese se parece a fulanito”. Pero ¿cómo explicar que venga a casa el mismo día que recibo su carta trimestral y que incluso haya pedido retrasarse un día para coincidir así con la recepción de su carta? Es como si de pronto se hubiera materializado un clon.
 
Por añadir, hasta podría poner una guinda: Estaba cenando –esa misma noche- y viendo la televisión. Emitieron un reportaje sobre el cáncer, una de las causas más importantes de muerte, incluyendo el testimonio de varias personas que habían superado la enfermedad, habían rehecho su vida y ahora -comentaban- veían las cosas de un modo diferente, dando más valor a todo. Este era, precisamente, el mensaje del programa.
 
Sólo es un detalle, nimio si se quiere, pero que se añade a todo lo demás. Ingar me decía en esa carta, que Björn Afzelius había muerto a primeros de este año... de cáncer. Ahora, cada vez que escuche su música, no sólo pensaré en las “coincidencias” y en “a qué diantres están jugando con nosotros”, sino que también recordaré que debemos dar más valor a todas las pequeñas cosas de la vida.


Una entretenida novela que no se parece a nada de cuanto hayas leído.

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viernes, 10 de junio de 2022

Memorias de un Dircom

Quizás muchos se pregunten qué es eso de un “Dircom”. Lo explicaré brevemente. Allá por el año 1992 nació la Asociación de Directivos de Comunicación, bautizada como “Dircom” y definida como una “asociación de profesionales que agrupa a los directivos y a los profesionales de la Comunicación de las empresas, instituciones y consultoras”. También un par de años más tarde, en 1994, nacía la Asociación Nacional de Informadores de la Salud, bautizada con el alegre nombre de “ANIS” y en la que tenían cabida periodistas e informadores especializados en el ámbito de la Salud. Y en el año 2005 fundaba, junto a otros comunicadores, la Asociación de Comunicadores de la Industria Farmacéutica (ACOIF).
 
Mi trayectoria profesional estuvo ligada siempre al mundo de la Comunicación, primero como responsable de la Promoción de medicamentos en distintos laboratorios farmacéuticos; después como responsable de la Publicidad en una importante multinacional del sector agroquímico, en donde descubrí el apasionante mundo del Periodismo y cómo podía volcar en él toda la creatividad que atesoraba tras haber estudiado Publicidad y haber trabajado muchos años en las áreas de Promoción y Publicidad. Fue allí donde implanté un Gabinete de Prensa lo cual –entre otros muchos avatares- me permitió volver al sector farmacéutico –esta vez como máximo responsable de Comunicación- a través de la división farmacéutica que tenía aquél grupo multinacional.
 
Finalmente, ya próximo a mi jubilación, pasé a la organización que representa a todos los médicos colegiados de España y allí afronté nuevos retos en el ámbito del Periodismo.
 
A través de las siguientes páginas quiero, a modo del mítico “abuelo Cebolleta” de los tebeos que leíamos de niños, compartir con los lectores más de 130 anécdotas o vivencias que me han sucedido a lo largo de la vida, muchas de ellas ligadas a “eso” de la Comunicación y otras simplemente curiosas pero en las que domina el elemento “sorpresa” indispensable para que un buen comunicador pueda atraer la atención de su público.
 
Las anécdotas están clasificadas por etapas vitales y profesionales en orden cronológico, desde las primeras de la infancia y juventud hasta las que fueron sucediendo en las distintas organizaciones en donde trabajé, estas últimas –lógicamente- más relacionadas con lo que es el día a día de un Dircom.
 
Este libro no tiene más intención que hacer pasar un buen rato al lector, despertar su curiosidad y hacerle sonreír. ¿Hay acaso algo más importante que eso?
 

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jueves, 12 de mayo de 2022

La venganza japonesa

Los japoneses son personas muy correctas y educadas, aunque su forma der ser es muy diferente a la nuestra. Una vez yo fui testigo de cómo sufrieron en silencio una afrenta y se tomaron cumplida venganza al cabo de un tiempo. Esta es la historia…
 
Ya hemos dicho que ICI-Zeltia (hoy Syngenta) no sólo comercializaba sus propios productos (insecticidas, fungicidas, herbicidas, etc.) sino que también comercializaba todos aquellos productos de otras compañías que pudiera considerar de interés comercial. Las compañías japonesas no estaban aún instaladas en España y todos sus productos llegaban al mercado a través de acuerdos con empresas radicadas en nuestro país. Por lo tanto, en nuestro caso, eran frecuentes las reuniones con los directivos de empresas japonesas que llegaban a nuestro país para lograr acuerdos comerciales. Como se trataba de productos para cuidar los cultivos agrícolas, la mayoría de esas reuniones no se limitaban a un encuentro en las oficinas centrales sino que incluían también una salida al campo para que viesen in situ cómo era nuestra agricultura, los productos que se estaban ensayando, etc. y claro está, si uno está de viaje tiene que hacer un descanso para comer.
 
Para agasajar a los invitados, fuesen japoneses o no, siempre se elegía un buen restaurante y se les ofrecían los platos típicos de la zona. En la ocasión que voy a relatar, ese viaje se había realizado a Lérida, tierra famosa en términos agrícolas por sus enormes campos de árboles frutales. Pero en Lérida hay también otra cosa típica a nivel culinario y son los caracoles, así que cada vez que teníamos que viajar a esa provincia no podía faltar en el menú un copioso plato de caracoles. En mi caso, los compañeros de la empresa siempre luchaban por sentarse a mi lado porque sabían que a mí me dan mucho asco los caracoles y no soy capaz de comerlos (en realidad nunca he comido ninguno y no sé a qué saben, pero la repugnancia es tal que soy incapaz de llevármelos a la boca), así que todo aquél que lograba sentarse a mi lado sabía que tenía ración doble de caracoles, los suyos y los míos.
 
Pero estamos hablando de los japoneses, un pueblo con una cultura muy diferente a la nuestra, acostumbrados como están a comer cualquier bicho que se mueva por el planeta por extraño que nos parezca, así que no podía faltar en el menú que se les ofreció una buena ración de caracoles. Nadie detectó nada fuera de lo normal. Los japoneses comieron los caracoles una vez se les hubo explicado cuál era la forma de hacerlo; lo que nadie pudo saber era lo que pasaba por la mente de estos invitados porque, como eran muy correctos y educados, no podían decir que aquello era una guarrería pero tenían que comérselos por educación.
 
Pasó el tiempo y una delegación nuestra viajó a Japón para devolverles la visita y conocer sus instalaciones y nuevos proyectos. También en esa ocasión les invitaron a comer… y allí se tomaron cumplida venganza: Si en Lérida les habíamos ofrecido el plato típico de la región (caracoles) ellos ofrecieron el plato típico de aquél lugar: gusanos vivos. Con los ojos como platos por la sorpresa al ver aquellas cazuelas donde se revolvían los gusanos, los japoneses les explicaron que aquél era el plato típico de allí y lo ofrecían a sus invitados en agradecimiento al trato exquisito que habían tenido en su viaje a España en donde también ellos probaron el plato típico de Lérida. Les explicaron cómo se comían los gusanos, lo cual no tenía ningún misterio: coger un puñadito y meterlo en la boca y masticarlo. Así lo hicieron ellos y miraron expectantes a sus invitados para comprobar cómo hacían lo mismo. Entre el estupor y la repugnancia que sentían, pero comprendiendo que debían corresponder a esa atención (sobre todo porque un buen negocio estaba en juego) tuvieron que comer esos gusanos mientras los japoneses sonreían, seguramente por haber visto cumplida su venganza.
 
Afortunadamente yo no viajé a Japón y no tuve que pasar por semejante trance, pero sirva esto como aviso a navegantes: Si vas a invitar a comer a una persona proveniente de un país extranjero, asegúrate antes de conocer sus gustos culinarios y no le obligues nunca a comer las cosas que a ti te gustan porque para ellos podrían ser repugnantes y tal vez en el futuro también se tomen cumplida venganza.


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miércoles, 11 de mayo de 2022

La trampa perfecta

Mi compañero Javier Cebrián y yo realizábamos muchos viajes juntos. En uno de ellos nos acompañó nuestro Técnico de Medios, Carmen Iglesias. Ya en el hotel y en uno de nuestros momentos de descanso decidimos distraernos jugando a las cartas en uno de los salones que, además, teníamos entero a nuestra disposición.
 
No recuerdo qué juego de cartas era el que ocupaba nuestro tiempo, pero sí que la partida estaba igualada y en un momento dado, Carmen se levantó para ir a hacer pis. Entonces Javier y yo nos miramos y sin necesidad de hablar nos transmitimos una malvada idea: aprovechar su ausencia para hacerle trampas. Y fue así como le preparamos la trampa perfecta.
 
Recogimos las cartas de la mano anterior y en vez de barajarlas de nuevo las fuimos colocando en un orden tal que nos corresponderían a nosotros las mejores y a ella las peores según las fuésemos repartiendo. Para que no se notase que habíamos hecho trampa, descuadramos ligeramente el bloque de cartas para fingir que cortábamos aleatoriamente antes de repartir, pero teníamos claro que íbamos a cortar por donde habíamos marcado y a repartir según las habíamos colocado, dando por otra parte una sensación de total limpieza.
 
Cuando ella regresó del servicio, la recibimos con naturalidad. Yo le dije a Javier: “te toca cortar”. Y él cortó por el sitio que habíamos dejado preparado. Entonces yo empecé a repartir las cartas, que iban correspondiendo a cada uno según lo habíamos preparado. Comenzó, pues el juego. La cara de Carmen mostraba desconcierto por lo malísimas que eran las cartas que le habían tocado. Nosotros manteníamos el tipo poniendo cara de póquer. Hicimos las apuestas correspondientes (sólo nos jugábamos el pasarlo bien, no dinero) y ella, descorazonada puso sus cartas de fracaso total sobre la mesa. Entonces Javier y yo mostramos las nuestras, con las jugadas más altas que jamás se hayan dado en la historia de ese juego. Ella abrió los ojos tipo dibujo animado japonés, no dando crédito a lo que veía. Pero aquello fue demasiado para nosotros, no pudimos aguantar más y estallamos en carcajadas, retorciéndonos de risa, mientras ella –con su buen humor habitual- nos llamaba tramposos y de todo. Aquello fue tan apoteósico que las risas duraron más que la partida.


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martes, 10 de mayo de 2022

Morder para no ser mordido

(AZprensa) Cuando dos animales salvajes se enfrentan en su lucha por la supervivencia, la clave está en comer y no ser comido, en morder y matar a la presa antes que esta te muerda a ti y te conviertas tú es su presa. En la civilización moderna nos lo dan todo hecho y lo que nos sirven ya está muerto e incluso cocinado, por lo que sólo hay que morderlo para saborearlo. Pero ¿has tenido alguna vez la necesidad de morder a tu presa antes que esta te muerda a ti? Seguro que no, pero algunos sí que se han visto en esa tesitura. Esta es la historia.
 
Las aventuras de nuestro compañero Luis García por países exóticos servían para amenizar nuestros ratos de descanso durante el trabajo. De su viaje a la India nos contó que una vez llegaron a un poblado y poco después vieron cómo el jefe del poblado dabas unas órdenes que no entendieron, pero sí que vieron cómo tres personas asentían con reverencia las palabras de quien les mandaba y al poco salían corriendo del poblado.
 
No se les volvió a ver en todo el día y al llegar la noche y la hora de la cena, invitaron a Luis y sus acompañantes a la cena. Para ello se había dispuesto en una choza una estera en el suelo y sobre ella diversos cuencos, unos con puré de no se sabe qué, otro con algunos frutos, otros con unas hierbas que se suponía eran comestibles… y un recipiente de madera más hondo pero que no tenía nada. Ese recipiente parecía ser el plato principal de la cena… aunque de momento no había nada en su interior.
 
Ya estaban todos sentados en el suelo alrededor de la estera con todos los “manjares” pero nadie comenzaba a cenar. Echando cuentas, comprendieron que faltaban las tres personas que habían salido esa mañana a no se sabe qué y parecía que, por cortesía, los estaban esperando.
 
Al cabo de un rato alguien gritó y dio la voz de alerta: ¡Ya llegaban los tres emisarios! Cuando entraron en la choza fueron recibidos con desbordada alegría, sobre todo cuando ellos mostraron una bolsa que parecía contener una buena cantidad de algo, sin duda aquello que habían ido a buscar para cenar y que les había costado todo un día de trabajo.
 
Le dieron la bolsa al jefe y este, todo orgulloso, dijo algo a nuestros invitados que estos no entendieron, pero que reflejaba la importancia que daba al contenido de esa bolsa que habían traído como homenaje a los visitantes. Abrió la bolsa y echó el contenido en el cuenco de madera. ¡Cuál no sería la sorpresa de Luis y sus amigos cuando vieron que lo que allí echaba eran escarabajos vivos!
 
El que les servía de intérprete les explicó que ese era un manjar muy difícil de conseguir y que había costado todo un día de trabajo a tres hombres de aquél poblado, y todo eso lo habían hecho en honor de los invitados, así que no se podía hacer el feo de no comerlos. Luis y sus amigos sudaron tinta pero comprendieron que estaban obligados a comer algunos de esos escarabajos y además darles las gracias a sus anfitriones.
 
Como invitados de honor que eran, debían ser ellos los primeros que degustasen ese manjar, así que Luis, con la mano temblorosa cogió un escarabajo y se lo llevó a la boca. “Stop!”, gritó el intérprete, mientras los demás miraban con cara de susto cómo Luis estaba a punto de meterse el escarabajo en la boca. El intérprete le explicó cómo debía comerse: “Primero tienes que matarlo de un mordisco y luego ya te lo puedes comer, porque si te lo metes vivo en la boca, será él el que te muerda”.
 
Y así fue cómo mi amigo Luis tuvo que convertirse en depredador para no verse transformado en presa.


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lunes, 9 de mayo de 2022

La comida era una mierda

Seguro que alguna vez has puesto cara de desagrado ante el plato que te servían y has dicho eso de “esta comida es una mierda”; pero ¿te has parado a pensar que la mierda sí puede ser una comida? No, no estoy hablando de bacterias ni de moscas u otros insectos. Esta historia es real y tal como me la contaron os la cuento…
 
Luis García era un compañero de trabajo al que le gustaba mucho viajar a países exóticos. En una ocasión nos contó algunas de las divertidas anécdotas que le pasaron durante un viaje a la India. Fueron a visitar un pequeño poblado en donde recibieron los agasajos de sus humildes moradores, pero en esto que sintió la urgente necesidad de ir al servicio. ¿Al servicio? ¿A qué servicio? Aquello eran cuatro chozas en mitad de la selva. ¿Cómo hacían allí cuando apretaba la necesidad?
 
Tras explicar, más por señas que en inglés, qué era lo que necesitaba, le indicaron que se subiese a lo alto de una torreta, en donde había una caseta en donde podría hacer sus necesidades. A Luis le extrañó ese extraño WC situado a varios metros de altura sobre el suelo, pero como la necesidad era la que mandaba, subió por la escalera hasta la pequeña caseta situada allí en lo alto. Dentro de la caseta sólo había un agujero en el suelo, por donde se suponía que debía echar sus excrementos. Miró por el agujero y debajo de él sólo vio el suelo, lo cual le extrañó porque si la gente hacía allí sus necesidades, lo lógico era que el suelo estuviese lleno de eso… pero no, sólo se veía la tierra del suelo. Por un momento pensó que le estaban gastando una broma, pero no era cosa de seguir aguantándose las ganas para bajar y pedir explicaciones. Como, al menos allí dentro de esa caseta, había intimidad, se bajó los pantalones y calzoncillos, apuntó hacia el agujero y comenzó la faena.
 
Apenas si había expulsado el primer chorizo cuando se escuchó un tremendo alboroto, carreras, gritos, gruñidos… No sabía qué estaba pasado allí abajo pero lo primero era lo primero así que terminó de hacer sus necesidades lo más rápidamente que pudo, salió de la caseta y comenzó a bajar la escalera, pero a medio camino se detuvo al contemplar el espectáculo que había justo debajo: varios cerdos se peleaban entre sí para comerse los chorizos que había soltado desde arriba. Tanta era el hambre en aquella zona que hasta la mierda humana les parecía un manjar a los cerdos. Después le explicaron que la razón de poner la caseta allí arriba era precisamente para evitar que los cerdos, por el ansia de comer, se abalanzasen sobre ti cuando en cuanto viesen que te bajabas los pantalones. Creo que quedó tan impresionado que durante muchos días después siguió mirando a todas partes cada vez que iba a hacer caca, por si pudiese haber algún cerdo cerca… aunque estuviese en una habitación de hotel en la ciudad.


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