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miércoles, 11 de mayo de 2022

La trampa perfecta

Mi compañero Javier Cebrián y yo realizábamos muchos viajes juntos. En uno de ellos nos acompañó nuestro Técnico de Medios, Carmen Iglesias. Ya en el hotel y en uno de nuestros momentos de descanso decidimos distraernos jugando a las cartas en uno de los salones que, además, teníamos entero a nuestra disposición.
 
No recuerdo qué juego de cartas era el que ocupaba nuestro tiempo, pero sí que la partida estaba igualada y en un momento dado, Carmen se levantó para ir a hacer pis. Entonces Javier y yo nos miramos y sin necesidad de hablar nos transmitimos una malvada idea: aprovechar su ausencia para hacerle trampas. Y fue así como le preparamos la trampa perfecta.
 
Recogimos las cartas de la mano anterior y en vez de barajarlas de nuevo las fuimos colocando en un orden tal que nos corresponderían a nosotros las mejores y a ella las peores según las fuésemos repartiendo. Para que no se notase que habíamos hecho trampa, descuadramos ligeramente el bloque de cartas para fingir que cortábamos aleatoriamente antes de repartir, pero teníamos claro que íbamos a cortar por donde habíamos marcado y a repartir según las habíamos colocado, dando por otra parte una sensación de total limpieza.
 
Cuando ella regresó del servicio, la recibimos con naturalidad. Yo le dije a Javier: “te toca cortar”. Y él cortó por el sitio que habíamos dejado preparado. Entonces yo empecé a repartir las cartas, que iban correspondiendo a cada uno según lo habíamos preparado. Comenzó, pues el juego. La cara de Carmen mostraba desconcierto por lo malísimas que eran las cartas que le habían tocado. Nosotros manteníamos el tipo poniendo cara de póquer. Hicimos las apuestas correspondientes (sólo nos jugábamos el pasarlo bien, no dinero) y ella, descorazonada puso sus cartas de fracaso total sobre la mesa. Entonces Javier y yo mostramos las nuestras, con las jugadas más altas que jamás se hayan dado en la historia de ese juego. Ella abrió los ojos tipo dibujo animado japonés, no dando crédito a lo que veía. Pero aquello fue demasiado para nosotros, no pudimos aguantar más y estallamos en carcajadas, retorciéndonos de risa, mientras ella –con su buen humor habitual- nos llamaba tramposos y de todo. Aquello fue tan apoteósico que las risas duraron más que la partida.


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sábado, 7 de mayo de 2022

El bolso de Mary Poppins

Seguramente recuerdas la película de Mary Poppins y cómo esa especie de hada buena llevaba consigo un gran bolso que parecía no tener fondo, porque de él podía sacar todo lo que quisiese. ¿Qué me dirías si te dijese que ese bolso existió realmente? Y si no te lo crees, pregúntaselo a Aurora…
 
Aurora era la secretaria del Departamento de Publicidad y Javier Cebrián y yo dos gamberros a los que nos gustaba divertirnos con nuestro trabajo y gastar bromas siempre que teníamos oportunidad… que era a diario. Como a Aurora la teníamos muy cerca… era víctima de nuestras bromas con mucha frecuencia. Una de ella debió estar inspirada en el bolso de Mary Poppins.
 
Conscientes de cómo las mujeres llevan siempre sus bolsos llenos de cosas… que luego nunca encuentran cuando intentan buscarlas, decidimos que podíamos llevar eso a un nivel superior. A Javier se le ocurrió añadir unas cuantas cosas a su bolso y aprovechando que salía un momento del despacho le metió dentro una grapadora, un portalápices, cuatro cintas de casete, un libro, dos cajas de clips… y no sé cuántas cosas más hasta que quedó completamente lleno y entonces lo cerró. Nosotros dos, como dos angelitos, seguimos con nuestro quehacer habitual, con cara de no haber roto nunca un plato.
 
Al cabo de un rato fue a coger su bolso y no pudo levantarlo de todo lo que pesaba, lo abrió asustada y empezó a sacar unoa tras otra todas las cosas que le habíamos metido, mientras nosotros nos partíamos de risa. Y no fue la única vez. Hubo más. Y más risas, por supuesto.
 
Otra vez, sin que se diese cuenta, convertimos su coche en un taxi. Tenía un Ford Fiesta blanco que había aparcado a la entrada. Sin que nos viera, salimos y le pusimos un envase vacío de yogur, pintado de color verde en el techo, como si fuese la luz de “libre” de los taxis. En el lateral del copiloto (para que ella no lo viese al ir a coger el coche) le pegamos una tira de papel rojo en diagonal, igual a la que llevan los taxis de Madrid. Visto desde el lado del copiloto parecía un taxi libre. Sin embargo, como ya nos tenía calados, esa vez se dio cuenta antes de poner en marcha el coche, aunque no pudo evitar nuestras carcajadas.


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