sábado, 20 de enero de 2018

Croquet

Se dice que la nobleza de Languedoc (en la Provenza francesa) era muy aficionada a este deporte allá por los siglos XII y XIII. Después, en el año 1830 se inventó la versión moderna del mismo y en 1850 ya hacía furor en la aristocracia inglesa que lo exportó a todas sus colonias. A pesar de conocerse estos datos no está muy claro su origen. Unos dicen que es un pariente lejano del Golf, otros que proviene de un juego con mazo y bolas llamado Pall Mall (como esa marca de cigarrillos), y otros afirman que fue Luis XIV quien se empeñó en jugar al Croquet dentro de palacio (porque en invierno hacía mucho frío fuera) y lo que acabó fue inventando –de carambola- el Billar. Pero ¿en qué consiste el Croquet?

Se juega con un mazo de madera que tiene un mango largo como si fuese un palo de Golf (por ejemplo en Alicia en el País de las Maravillas, Alicia juega al Croquet utilizando un flamenco en vez de un mazo reglamentario, algo que hoy día horroriza a los amantes de los animales) y cuatro bolas de madera. Se colocan sobre el campo una serie de arcos de metal clavados sobre el terreno y hay que ir golpeando las bolas para hacerlas pasar por dentro de dichos arcos. Esto es muy útil para la vida ya que nos acostumbra a todos a pasar por el aro.

No nos vamos a extender mucho más en explicaciones, pero como podéis apreciar resulta un deporte muy chic, muy finolis, muy de aristócratas. Y yo de aristócrata tengo poco, pero resulta que cuando era pequeño y nos juntábamos hasta 17 nietos durante el verano en la finca de mi abuelo, teníamos a nuestra disposición un auténtico juego de Croquet y fue así como aprendí a practicarlo y pasé muchas tardes divertidas con este original deporte. Pero los tiempos que corren no son muy propicios para la aristocracia, y a mi tampoco me resulta atrayente la misma, así que tan pronto dije adiós a la infancia dejé también en el olvido aquellos mazos y bolas de madera. Desde entonces, el único Croquet que practico es el de comer la exquisitas croquetas que prepara mi mujer.

viernes, 19 de enero de 2018

Ciclismo en ruta (y 3)

Hay, sin embargo, otro hecho más curioso que viví en este deporte y fue en el año 1985 cuando un proveedor, al que de vez en cuando compraba regalos publicitarios para utilizarlos en las promociones que hacía como Jefe de Publicidad de la empresa de agroquímicos ICI-Zeltia (hoy Syngenta) en donde trabajaba, me dijo que era amigo del organizador de la Vuelta Ciclista a España y que si quería podía ir con él un día en la caravana publicitaria que precede cada etapa de la Vuelta. Me pareció una idea muy atractiva y así quedé con él temprano. Fuimos al lugar de salida de la etapa de ese día, que era la Valladolid-Zamora, y allí recogimos las acreditaciones, no sólo las que debíamos llevar colgadas al cuello sino también las pegatinas que debíamos pegar en el parabrisas del coche para que se viese bien a las claras que nuestro vehículo estaba autorizado.

En general, los vehículos de la caravana publicitaria salen antes que los ciclistas y van haciendo el mismo recorrido. De vez en cuando paran al paso por algún pueblo o lugar donde se haya concentrado la gente esperando ver a los ciclistas, y les regalan gorras, camisetas, bolígrafos, pegatinas, etc. Como no pueden interferir con el normal desarrollo de la carrera, van siempre muy por delante de los ciclistas y llegan a la meta con mucha antelación para seguir desde allí su actividad promocional porque, además, en las metas es donde se reúne la mayor cantidad de gente. Pero a diferencia de ellos, en nuestro caso estábamos allí como invitados para ver “por dentro” cómo es una etapa ciclista y todo lo que se mueve alrededor.

Inicialmente salimos con la caravana publicitaria como uno más de tantos vehículos que hacían sonar su megafonía y lucían todo tipo de publicidad. La caravana paró en la confluencia de la carretera principal con el cruce de un camino que llevaba a un pueblo, ya que toda la gente de ese pueblo había acudido allí para ver pasar la carrera. Cualquier aglomeración de gente era una oportunidad que no se podía desaprovechar para hacer publicidad, y así lo hicieron, pero cuando acabaron y arrancaron de nuevo para seguir... nosotros –como privilegiados que éramos- no lo hicimos, sino que nos quedamos para ver pasar la carrera como unos espectadores más. Una vez hubieron pasado por aquél cruce los coches y motos oficiales y los ciclistas en pleno esfuerzo, cogimos otros caminos alternativos (ya no podíamos seguir por el mismo sitio puesto que hasta mucho después no se reanudaría el tráfico en esa carretera destinada a los ciclistas) para adelantarlos y esperarlos más adelante en otro pueblo. Llegamos así a otro cruce en donde había una Meta Volante y los vimos pasar. Otra vez –plano en mano- buscamos nuevos desvíos para adelantarlos y esperarlos... y así varias veces hasta que nos dimos cuenta que faltaba poco para llegar a Zamora, en donde estaba la Meta, pero... calculamos mal, los desvíos para adelantarlos nos habían hecho perder demasiado tiempo y cuando enfilamos la entrada a Zamora varios motoristas de la Policía de Tráfico empezaron a pitarnos y hacernos señas para que nos desviásemos.

Nuestro coche estaba autorizado, eso se veía a la legua, pero estábamos en el lugar y hora que correspondía a los ciclistas no a la caravana publicitaria. Giré la cabeza y vi el coche de cabeza de carrera que casi nos estaba dando alcance, con las luces amarillas parpadeantes, otro par de motoristas a su lado... y los ciclistas que formaban el reducido grupo de cabeza de carrera. Vimos cómo cien metros delante de nosotros corrían unos operarios y movían unas vayas mientras un policía agitaba desesperado los brazos para indicarnos que nos metiésemos por ese desvío. Así lo hicimos e inmediatamente colocaron la valla otra vez en su sitio resguardando a los vehículos oficiales y ciclistas de cabeza que a los pocos segundos ya estaban enfilando el último tramo de circuito urbano que conducía a la Meta. Aparcamos como pudimos y aún nos dio tiempo para correr hacia la línea de llegada, situarnos bien y ver (y fotografiar) el sprint final.

Como recuerdo de aquella experiencia que muy pocas personas habrán vivido, conservo aún mi credencial y el libro de carrera en el que por cierto se detallaban todas las incidencias que habrían de encontrarse los ciclistas en la etapa: curvas, estado del piso en cada tramo, subidas y bajadas con el correspondiente porcentaje de desnivel, etc. y nos llamó la atención que en algunos lugares, antes de entrar en alguna ciudad se leía “bandas sonoras”. “¿Qué será eso?”, nos preguntamos. “¿Habrá una banda de música al entrar en esa ciudad?”, nos dijimos. Pero no, comprendimos al pasar por encima de ellas y retumbar el coche, que ese era el nombre que se daba a los hoy tan populares resaltos para evitar que los coches corran mucho en determinados lugares, pero que en el año 1985 aún eran poco frecuentes. También conservé un tiempo, aunque luego acabé tirándola, la pegatina que llevábamos aquél día en el parabrisas. Me la quedé y la puse en el parabrisas de mi coche y así estuve circulando con ella por Madrid varios días, todo orgulloso del privilegio que había vivido.

Muchos años después, me compré un piso en Tres Cantos, en donde el campo está ahí mismo y en donde existe una carretera con un carril bici perfectamente señalizado. Me compré una bicicleta, esta vez sí que tenía marchas y pesaba menos, aunque la elegí de paseo por dos razones: la primera, que quería que me sirviera para todo, para ir por carretera, por el pueblo o por caminos de tierra; y la segunda, que tuviese un sillín cómodo para no volver a padecer hemorroides (y los sillines de las bicis de carrera son criminales en este sentido). Ya estaba, pues, adaptado a los nuevos tiempos: bici adecuada y carriles bici estupendos para circular... pero me faltaba otra cosa: juventud. Así que seguí dando paseos, bien por el carril bici (aunque no más de 20 kilómetros entre ida y vuelta) o haciendo Trial bike por los caminos de tierra de los alrededores de Tres Cantos.

jueves, 18 de enero de 2018

Ciclismo en ruta (2)

Muchos años después, viviendo ya en Madrid, se despertó de nuevo mi afición por el Ciclismo en ruta, aunque no como ciclista sino como seguidor. No me contentaba con presenciar en directo la llegada de la Vuelta Ciclista a España a Madrid, ese último día en que ya estaba decidido quién era el ganador y llegaban a Madrid subiendo por las cuestas de la Dehesa de la Villa hasta llegar al Paseo de la Castellana en el que daban varias vueltas, sino que también me desplazaba con mi hijo a algún lugar cercano para presencia el paso de la carrera (como Colmenar Viejo, por ejemplo) o incluso un emocionante final de etapa como el que presenciamos una vez en las destilerías DYC de Segovia y en donde Perico Delgado dejó sentenciada la carrera, alzándose poco después con el triunfo final.

miércoles, 17 de enero de 2018

Ciclismo en ruta (1)

El Ciclismo es un duro deporte que exige pedalear sobre una bicicleta y existen diversas modalidades del mismo según sea de competición (ruta, pista, montaña, ciclocross, trial y sala), de recreo (cicloturismo) o urbano. En mi experiencia ha habido un poco de todo excepto en la modalidad de pista. A la modalidad de Trial bike dedico un capítulo específico, pero ahora hablaré de otra de las modalidades que practiqué con más asiduidad: el Ciclismo en ruta. Este tipo de ciclismo se caracteriza por disputarse sobre asfalto y existen diversos tipos de pruebas: las denominadas “Clásicas” que son competiciones de un sólo día; las “Pruebas por etapas”, siendo las más famosas el Tour de Francia, el Giro de Italia y la Vuelta Ciclista a España; los “Criterios”, que se celebran en un circuito cerrado a la circulación; y las “Contrarreloj” en donde los ciclistas van saliendo de uno en uno para ver quién recorre la distancia establecida en menor tiempo.

De mi experiencia en Ciclismo en ruta cabe destacar que lo mío tuvo más mérito puesto que nunca tuve una bicicleta de carreras, sino una vulgar bicicleta de paseo, con ruedas intermedias entre las de carreras y las de montaña, aparte de tener un peso muy superior. Mi afición al ciclismo comenzó en Daimiel, en donde tenía una bicicleta de esas de antes que no tenían marchas y hacían sudar de lo lindo cada vez que tenías que enfrentarte a una cuesta por pequeña que fuera. Hay un relato que escribí hace años, titulado “Etapa ciclista”, en donde se describe perfectamente cómo era la práctica que yo hacía del Ciclismo en ruta cuando era joven:

“Como otras tardes, cuando el termómetro se situaba entre los 35 y 40 grados, Vicente cogió la bicicleta para dar un agradable paseo.
Levantó la pierna, dio un pequeño impulso, se sentó y comenzó a pedalear tranquilo, enfilando la salida de la finca a través del paseo flanqueado por almendros. Algunos familiares, elevando un párpado con esfuerzo, lo miraron con relativo asombro –ya estaban acostumbrados- mientras sus carnes desplomadas sobre los butacones de mimbre y las hamacas, se hinchaban de sopor.
Serpenteó con la bici, esquivando algún que otro pedrusco del camino y algún que otro surco más profundo de lo normal, dejado por el paso de los carros. La débil estela de blanquecino polvo iba diciendo adiós a la agonía, y le empujaba a chocar de frente con la vida.
Tomó el camino de la derecha, más recto, y aceleró algo el ritmo. La mole de centenarios olmos junto a la casa, se fue perdiendo en la distancia. El cielo estaba azul radiante, el aire seco y caliente, y ni la más leve brisa balanceaba las hojas de los olivos o de las viñas. La cabeza erguida, sin más protección que el propio pelo, surgía altiva como un desafío al mismo clima.
Pronto llegó a la carretera comarcal y se dispuso a emular las grandes gestas de los ciclistas. A 20 kms. de allí estaba Malagón, lo que significaban 40 kms. contando la ida y la vuelta. Un buen paseo para quien solo estaba acostumbrado a ligeros paseítos de tres, cuatro o como mucho diez kilómetros. Pero ahí estaba el reto y el deseo de vencerlo.
Trató desde el comienzo de dosificar sus fuerzas, pensando en el regreso, y marchó a un ritmo regular y mantenido. Al cabo de un rato se abrió ante sus ojos la Albuera que, con el agua crecida, asomaba  a ambos lados de la carretera. Se llenó de emoción cuando pasó por ella y pudo contemplar perfectamente la silueta frágil de las garzas y el vuelo estrepitoso de una bandada de ánades reales.
Pronto vino un repecho que hizo tensar todos sus músculos y después una gran bajada. Pero la carretera llevaba muchos tiempo sin arreglar y el firme se mostraba irregular. Se ciñó a uno de los márgenes e incluso así hubo de sortear las piedras sueltas y los continuos baches. Miró, aunque sin reconocer el sitio, el punto exacto de su caída unos días antes. Aquella vez bajaba más confiado que ahora por aquella cuesta cuando tropezó con varias piedras sueltas, el manillar se le torció y cayó de espaldas, resbalando así varios metros sobre las piedras. Recordó su levantar dolorido, con la camisa hecha jirones y la espalda ensangrentada, y se miró, mentalmente, las costras secas de la herida de su espalda. Instintivamente volvió la cabeza tratando de divisar la casa y el pozo con cuya agua se lavó y donde recompuso la bicicleta para poder regresar. Ahora, sin embargo, no sucedió nada y, como queriendo huir de ese peligro, aceleró su pedalear.
El calor pesado como plomo, era un freno más... y aún así fue vencido. Las gotas de sudor bañaban su cuerpo, sobre todo su cara y su espalda. Su memoria evocó entonces, el nombre de Anquetil, de Bahamontes, de Pérez Francés, de Manzaneque... y los vio luchar contra el asfalto, pedaleando de pie y venciendo exhaustos pero sin desfallecer los metros finales de una meta volante. De vez en cuando, un árbol o un poste telegráfico se transformaban en esa meta volante que cruzaba victorioso; y en cada coronación de un repecho, veía la suma de unos puntos para la ‘Clasificación de la montaña’.
El paisaje monocorde de viñedos pareció romperse al fondo: era el Guadiana con su corte de verdor. Cuando llegó a su altura bajó un momento y bebió su agua cristalina que discurría veloz entre los juncos y las piedras. Se remojó los brazos y los hombros para montar de nuevo y no ‘perder unos segundos respecto al resto del pelotón’. Así, no pudo fijarse si había o no cangrejos pululando entre las piedras del fondo del río; sólo recordó una antigua cacería de cangrejos en ese mismo lugar. Había ido con varios amigos a pasar unos días en la finca. Uno de esos días decidieron hacer una paella y, para enriquecerla, nada mejor que unos cangrejos de río. Tomaron prestadas varias bicis de las que habían dejado allí sus primos y que sólo usaban durante las vacaciones de verano, y se desplazaron con ellas hasta llegar a ese lugar. Allí, sin más aparejos que sus manos, comenzaron a sacar cangrejos con rápidos manotazos; con una mano amagaban y con la otra los echaban, con un rapidísimo movimiento, hasta la orilla. Ya fuera del agua era más fácil cogerlos y los iban metiendo en una bolsa. Aún le parece escuchar el sonido del chapoteo en el agua, los cangrejos volando para aterrizar en tierra firme... y algún que otro chillido cuando estos atinaban a aprisionar un dedo. La cacería resultó fructífera, tanto que hubieron de repartirlos entre la bolsa... y los bolsillos. Se le escapó una sonrisa al recordar el bullir de dos cangrejos en el bolsillo de su camisa, las cosquillas y algún que otro apretón de pinzas en la tetilla. Y segregó jugos gástricos recordando el exquisito sabor de aquella paella.
Sin darse cuenta, venciendo el sufrimiento muscular a base de recuerdos, la distancia se fue reduciendo y, como premio, por fin se dibujó en el horizonte la silueta de unas casas: Malagón.
Pedaleó con fuerzas y lleno de alegría, casi riendo, hasta casi el mismo comienzo del pueblo. Después, y calculando el tiempo empleado y considerando que aún le quedaba el regreso, se dio media vuelta sin parar y enfiló la carretera en sentido contrario.
Cada lugar por donde pasó le trajo a la mente nuevos recuerdos. Y trató de imaginar lo que pensarían los ciclistas para vencer su esfuerzo. El ciclismo es, ante todo, sufrimiento; es poner el cuerpo al límite de sus fuerzas y mantenerlo mucho tiempo en ese estado. Y para olvidarse de los gritos musculares la imaginación debe luchar y llenar todo de imágenes y pensamientos tan reales que hagan olvidar lo que se está haciendo; desconectar la mente y el cuerpo, esa es la clave. Algo así como un viaje astral pero con la diferencia de que aquí el cuerpo, en vez de relajado debe estar trabajando a tope y sin parar. El ciclismo, ciertamente, tiene algo, mucho, de místico. El hombre en soledad, fundido con el aire y con los campos, haciendo su alma tan grande que parece querer olvidar al cuerpo que es materia; alimentando su alma de energía a cada pedalada, y haciéndola tan grande que se sale del cuerpo y hasta parece como si fuese ella quien tirase de ese cuerpo y le hiciese avanzar más y más hasta lograr llegar a su objetivo.
Pasó otra vez por el Guadiana, pasó otra vez por el lugar de la caída, pasó otra vez por la Albuera, y volvió a ver los olmos centenarios dándole la bienvenida. Se vio con la merienda frente a frente, con las mondas del pepino refrescándole las sienes y la frente, y con el crujir del pepino con sal y aceite entre sus dientes. Y se vio masticando la cata (1) mientras las piernas relajadas colgaban mientras se balanceaba en el cómodo columpio y un aire de pericones (2) embriagaba el ambiente.
A ambos lados del camino, los almendros lo saludaron con alegría agitando sus ramas levemente gracias a la incipiente brisa. Era la multitud que le aclamaba al acercarse a la cinta victoriosa de la meta. Aceleró, dio el último sprint y frenó y giró bruscamente al llegar junto la casa, derrapando y haciendo chillar de emoción  a las perulas (3).
Un ojo mortecino, sobre una boca bostezante, lo miró.
- ¿De dónde vienes? –le preguntaron.
- De dar un paseíto –respondió.
- Bueno, mmm –le dijeron estirándose- ya es la hora de merendar.

Aclaraciones finales.- (1) Esquina de pan redondo de pueblo en la que se hace un hoyo que se rellena con aceite y sal y se le vuelve a poner la miga encima. (2) Nombre que algunos daban en Daimiel a la planta conocida generalmente como Don Diego de Noche, cuyas flores campaniforme abren al atardecer esparciendo un agradable aroma. (3) Piedrecitas redondeadas esparcidas por las zonas de paseo para que no se levante mucho polvo al caminar”.