lunes, 18 de junio de 2018

En el país del amor (2)

Por la noche, Miguel regresó al hotel y allí no estaba su padre. Sonrió. “Parece que le están saliendo bien las cosas”. Hizo un intento de acostarse pero se encontraba inquieto y no tenía sueño. “Si a mi padre con sus cuarenta y cinco años le están saliendo bien las cosas ¿por qué no a mí?”, se dijo. “Todo consiste en encontrar el lugar adecuado”. De nuevo salió a la calle en busca de la parte vieja de la ciudad. Se adentró en la oscura frialdad de las calles tortuosas. Su paso era decidido y buscaba inquieto esa luz roja que le detuviera. En ese momento percibió el resplandor de un neón teñido de rojo. “Hoeck Club”, leyó. “Probemos aquí”, se dijo. Abrió la vieja puerta de madera. Descorrió una gran cortina de terciopelo raído. Bajó una escalera chirriante mientras escuchaba una potente música y unas bocanadas de humo filtrándose a través de un enrejado. Una mujer se le acercó, con un pitillo en los labios pintados de escandaloso rojo. Mientras se le acercaba se fijó en su ajustada falda y en el muslo derecho que lucía.
- Hallo, lieve wat denkt u te nemen? –preguntó la mujer.
- Perdone, pero no entiendo bien su idioma... –dándose cuenta que aún entendería peor el español, trató de dirigirse a ella en su propio idioma- Excuseer me, maar begrijp niet uw taal.
La mujer comprendió que iba a ser imposible entenderse con el recién llegado, así que volvió la cabeza hacia la barra e hizo un gesto con la mano. Miró sonriendo a Miguel, con cierto aire de ternura, mientras él estaba confuso ante lo lúgubre del local al que había ido a parar y el ambiente de bajos fondos que allí se respiraba, muy distinto de lo que había imaginado al entrar.

Vio acercarse hacia ellos a una joven rubia. Lucía un sencillo traje de cuadros verdes y blancos, con algunos encajes, en el estilo tradicional de aquél país. La fina tela dejaba intuir todas sus formas y del amplio escote asomaban incipientemente sus senos. Al llegar junto a ellos, la mujer dijo a la joven algo que Miguel no entendió.
- Bye –se despidió la mujer, dejándolos solos a ellos dos, mientras se alejaba con un exagerado movimiento de caderas que atraía todas las miradas.
Miguel, sin decir nada, miraba a la joven rubia y se recreaba en su rostro perfecto.
- Hola, me llamo Gunvor. Ella no habla tu idioma, por eso me ha llamado.
- Me llamo Miguel.
- ¿Llevas mucho tiempo en la ciudad?
- Una semana.
- ¿Te gusta?
- Sí, mucho, pero aún no conozco todo.
- ¿Qué quieres tomar?
- Dame un vodka con limón.

Gunvor se acercó a la barra en donde un individuo gordo y calvo le preparó la bebida. Ella la llevó en su bandeja, junto con un aperitivo, al rincón en donde se había sentado Miguel. Aquél local estaba lleno de rincones y en cada uno de ellos una mesa en la penumbra, muchas de ellas con parejas deseosas de anonimato; con razón se llamaba “Hoeck” que significa “rincón”.
- ¿Vas a quedarte mucho tiempo? –le preguntó Gunvor.
-No sé, depende.
- ¿De qué?
- De lo que mi padre y yo encontremos.
- ¿Has venido con tu padre?
- Sí, quiere olvidarse de la tristeza de su reciente divorcio.
- ...Lo siento...
- ...Gracias...
- No te preocupes, aquí podrá rehacer su vida. Pero ¿y tú? ¿Qué te ha traído hasta aquí?
- He venido buscando lo mismo.
Miguel miró los ojos azules de Gunvor y así siguieron hablando durante mucho tiempo –a excepción de los breves intervalos en que debía atender otras mesas- y sintieron cómo una especial complicidad iba surgiendo entre los dos. Ella le explicó que trabajaba allí como camarera y que veían bien que diese conversación a los clientes extranjeros ya que eso hacía aumentar el número de consumiciones. Miguel, bajando la vista, miró las manos de Gunvor, un poco enrojecidas por el trabajo. No eran, desde luego, las manos de una oficinista.
- ¿Es duro el trabajo? –le preguntó Miguel.
- Un poco.
- No deberías hacerlo, te estás estropeando las manos.
- Hay trabajos peores.
Miguel bebió un trago largo de su bebida. Algunas parejas salieron a bailar a una pequeña pista. Miguel y Gunvor se miraron a los ojos. Por unos momentos permanecieron silenciosos, escuchando la música, temiendo romper con sus palabras ese primer silencio que se había colado entre los dos. Finalmente retomaron su conversación:
- ¿Cómo se te ha ocurrido venir a este local apartado? –preguntó Gunvor.
- Llegué al hotel y no estaba mi padre. Entonces salí a la calle a pasear en busca de un lugar no como este... pero en busca de una mujer... como tú.
- ¡Qué tonterías! ¿Y qué sabes de mí? Apenas si hemos intercambiado unas cuantas frases desde que has llegado hace una hora.
- Creo que sé cuanto me hace falta.
- Cuando salgas por esa puerta, ya no te acordarás ni de este lugar ni de mi.
- No es cierto; yo soy distinto a todos. Y si quieres comprobarlo puedes hacerlo ahora mismo; deja esto y vente conmigo. Ahí pone que se cierra dentro de diez minutos.
- Eso no va a ser posible.
- ¿Acaso no quieres? ¿Prefieres seguir aquí?
- No, claro que no; pero es que no me van a dejar.
- ¿Quién lo va a impedir?
- No quiero que tengas problemas por mi culpa.
- Espérame.
Miguel se acercó a la barra. Allí depositó un billete que el encargado acogió con agrado. Después tomó de la mano a Gunvor y se dirigieron a la escalera de salida.
- Wanneer je denkt dat je gaat? –gritó una voz ronca.
Miguel se volvió. El hombre, dándole un manotazo en el pecho, lo tiró al suelo y acto seguido agarró a Gunvor que se resistía llorando. Miguel se levantó.
- ¡Suéltela! –gritó sin poder contener una sublevación interior.
Se abalanzó sobre aquél hombre. Cayeron al suelo. El hombre dio un puñetazo a Miguel, haciéndole sangrar el labio. Después sintió una tremenda lluvia de golpes en todo su cuerpo, quedando exhausto sobre las sillas, ya rotas, en un rincón. Moviendo su cuerpo a impulsos de coraje, Miguel le enganchó un pie y el hombre cayó de bruces al suelo. Cuando vio que se incorporaba de nuevo, le dio una patada en pleno rostro con todas sus ganas. La música había cesado y toda la gente, escondida, miraba inquieta. El hombre, con un pómulo descarnado, se incorporó y, vacilante, retrocedió unos pasos. Se inclinó y cogió la pata de una de las sillas rotas.
- Dom, I 'm gonna kill!-le dijo, sonriendo y sofocado de cólera.
Se fue acercando lentamente. Miguel cogió una botella y de un golpe en la barra, la partió. Los puntiagudos cristales se enfrentaron a la sólida estaca. Miguel, entonces, sólo sintió un tremendo golpe en su hombro izquierdo e instintivamente se lanzó sobre la mole que se le cernía. Rodaron por el suelo, asestándose golpes. Una mesa cayó golpeando al hombre en la cabeza y dejándolo sin sentido. Miguel se levantó temblando y dejando caer al suelo unos cuantos cristales que se iban desprendiendo de su mano. Tenía el cuerpo dolorido y ensangrentado. Dio media vuelta y se acercó a Gunvor.
- Vámonos.
Y se alejaron, escaleras arriba. Mientras la gente aún permanecía inmóvil. Al salir a la calle, el frío lo despejó y le hizo quejarse de las heridas.
- Te llevaré a casa –le dijo Gunvor.
Al llegar allí se tendió en el lecho, se despojó como pudo de su camisa y esperó paciente los cuidados de Gunvor.
- Hemos tenido suerte, mucha suerte... gracias –le confesó ella.
Miguel sonrió sin fuerzas y quedó dormido.

-oOo-


Gunvor descorrió la cortina y la fuerte luz despertó a Miguel.
- ¿Cómo te encuentras?
- ¡Ah, muy bien!
- Te he preparado el desayuno ¿lo quieres aquí?
- No hace falta, gracias, puedo levantarme.
Fue al aseo y allí comprobó todos los rasguños y hematomas de la pelea. Aún sentía dolorido todo su cuerpo.
- Tendré que darte otra camisa –le dijo ella al tiempo que le mostraba una.
Se la puso y se sentaron a desayunar. Mientras desayunaban, ahora en silencio, se cruzaron sus miradas y comprendieron que se despertaba entre ellos una entrañable complicidad.
- ¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Gunvor.
- Vendrás conmigo al hotel.
- Espera un poco, no vayas tan deprisa, primero conviene que hablemos.
- Tú dirás.
- Me gustas mucho y te agradezco lo que hiciste ayer por mí; pero te puedes imaginar la clase de vida que he llevado. Tú no puedes quererme así, voy a ser una carga y al final me lo reprocharás.
- A mí sólo me importas tú y no la clase de vida que hayas podido llevar, eso es algo que se puede cambiar.
- Pero no sabes nada de mí.
- ¿Qué quieres que sepa?
- La clase de vida que he llevado... por qué he estado trabajando en un lugar como aquél.
- Sólo me importa lo que hagas de ahora en adelante, no en el pasado.
- Pero yo quiero contártelo.
- Dime pues...
- No me dedico al alterne, pero tengo que trabajar allí como camarera para saldar una antigua deuda. Hace tiempo caí en las drogas y ya sabes que eso requiere mucho dinero. Ese hombre me lo prestó y como no podía devolvérselo tuve que aceptar ese trabajo hasta que salde mi deuda. ¿Lo comprendes? No es un trabajo que pueda dejar cuando yo quiera. Él va a buscarme y no me dejará marchar así como así.
- Me da igual. Tú vendrás conmigo... bueno, si quieres, claro.
- No está en querer o no; después de lo que ha pasado debo marcharme cuanto antes de esta ciudad.
- Nos marcharemos ahora mismo... Nu onmiddellijk! –repitió en su idioma.
- Veo que vas aprendiendo nuestro idioma –le dijo Gunvor sonriendo- ¡Vamos!

Salieron después de recoger unos cuantos enseres personales y guardarlos en una bolsa. Pronto llegaron al hotel. Al abrir la puerta encontraron a Carlos y a una mujer rubia y hermosa, sentados tranquilamente.
- ¡Qué te ha pasado! –gritó Carlos al ver el rostro de Miguel.
- No ha sido nada; una pequeña pelea.
- ¿Cómo fue?
- Déjalo, papá, ya está olvidado.
- Te dije que tuvieras ciudado... –entonces reparó en la presencia de aquella bella joven junto a su hijo.
- Papá, esta es Gunvor. Nos vamos a ir a otra ciudad.
Carlos y la propia Gunvor se sobresaltaron al escuchar esas palabras.
- Pero ¿cómo es eso?
Miguel la abrazó.
- Queremos intentar una nueva vida.

Entonces Carlos, lejos de mostrar enojo, soltó una carcajada mientras abrazaba a la mujer rubia que estaba a su lado y procedía a presentársela.
- Esta es Anna y sí, también nosotros vamos  intentar emprender una nueva vida.

A Miguel ya no podía extrañarle nada de lo que ocurriese en aquél extraño país donde las cosas sucedían tan deprisa. Para él ya no existía el asombro después de experimentar tal cúmulo de sensaciones atropelladas desde el primer día que llegó.
- Miguel –dijo Anna- quiero que antes de marcharos conozcáis a mi familia.
(Continuará...)

lunes, 11 de junio de 2018

En el país del amor (1)

A través de la ventanilla del vagón de tren podían ver cómo el sol mortecino se desplomaba en el llano sin color.
- Aún falta bastante –se lamentó Carlos.
- Será mejor dormir hasta que amanezca, papá –respondió Miguel.
No hablaron más. Miguel comprendía el dolor de su padre y sabía que lo mejor era callar, tratar de olvidar una herida tan reciente como un divorcio después de veintidós años felices. En el semblante de Carlos brotaba una remota esperanza que trataba de ignorar esas arrugas y ese ligero tinte blanco de la madurez. Prefería no pensar en nada, pero era muy difícil, casi imposible. Por eso, precisamente, habían tomado aquél tren que les conducía a otro país, un país donde olvidar el pasado y comenzar una nueva vida.

Carlos tenía miedo de su ciudad, de su ambiente, de la crítica hipócrita de los demás y de la competencia sin escrúpulos. En el fondo aún se sentía joven y con fuerzas a sus cuarenta y cinco años. Recordaba a Gloria y todos los años felices vividos junto a ella, sin reproches ni amarguras a pesar de los últimos meses de desencuentro cuando descubrieron que ya no quedaba ni una brizna de amor entre ellos. Pero habían sido veintidós años felices de ir escalando una cima, de triunfos profesionales, de amor y de un hijo que había cumplido ahora su mayoría de edad. Lo pensaba y le resultaba incomprensible. “¿Qué pasó de pronto y rompió nuestra vida? No es posible, Gloria, tú aún me quieres... pero no; ya me has olvidado. El divorcio, aún reciente, te ha rejuvenecido, ha borrado las pequeñas arrugas de tu frente. Ahora estarás con Manolo queriendo comenzar otra vida que no sé si será como tú la esperas. Bueno, tal vez sí. Él ha sido un magnífico rival aunque haya jugado sucio. ¿O acaso no fue él quien inventó aquella historia? No, puede que haya sido otro. Pero en cualquier caso ya se ha roto todo y yo también he de comenzar de nuevo. Y Miguel ha querido venirse conmigo... de momento... después es posible que quiera volver a tu lado. No te lo reprocho. Aunque también puede ser que quiera emanciparse, ya es mayor de edad..”, al fin logró Carlos conciliar el sueño.

La noche era más oscura que de costumbre. La gente dormía. Miguel abrió los ojos y vio que su padre también dormía. Se estiró y, levantándose, salió al pasillo. Se asomó a la ventanilla y sintió un intenso frío de helada. La cerró. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se recreaba con el humo entrando en sus pulmones y saliendo a voluntad. Le gustaba el tabaco rubio y aquél filtro que le daba un sabor especial. “Parece una tontería, pero este tabaco sabe a azul, sí, a color azul. Si el azul tuviese un sabor o un aroma, seguro que sería como este”, pensaba. Mientras tanto en el vagón seguían durmiendo todos y él miraba tranquilamente el paisaje. “Ya debe faltar poco”, se dijo y, efectivamente, el paisaje era ahora completamente distinto. Los llanos grises habían quedado atrás. Ahora todo eran subidas y bajadas, vueltas y revueltas en medio de escarpadas rocas y frondosa vegetación. Miró hacia el interior y sonrió; todos los durmientes se balanceaban al compás del tren y adoptaban cómicas posturas. Entonces dio una nueva calada al pitillo y se vio solo, completamente solo en el tren, en el vagón, en el amanecer, en aquél país desconocido. “¿Qué voy a hacer ahora? Mi padre se encuentra solo y me necesita. ¿Sabrá sobreponerse? Puede que sí, pero ¿y yo? He cumplido veintiún años y no sé qué hacer con mi vida. Allí, en mi país, conocí muchas mujeres, pero todas eran hipócritas, superficiales, idiotas; me producían náuseas. Y yo necesito una mujer diferente, con quien poder conversar no sólo de tonterías sino también de temas profundos, que me sirva de apoyo y yo igualmente a ella. Quizás mi padre y yo las encontremos”. Depositó su cigarrillo, con cuidado, en el cenicero junto a la ventanilla. En el vagón todos seguían durmiendo y apenas el sol había despuntado. “Mañana será un día agitado, será mejor dormir un poco más”.

-¡Eh, despierta, dormilón! –le dijo Carlos al oído.
- ¿Qué pasa?
- Ya estamos llegando. Falta menos de una hora. ¿Quieres que vayamos a desayunar?
- Sea.
Miguel se estiró y ambos se levantaron. Se fijó en su padre y se llevó una grata sorpresa.
- Hace un día espléndido –comentó Carlos.
En efecto, se percibía un olor y un paisaje increíble y maravilloso. Un terreno llano lleno de flores y cultivos, adornados de vez en cuando por algún bosquecillo y salteados con casas unifamiliares de madera pintada de vivos colores. Carlos estaba diferente, parecía como un chiquillo que tartamudea de emoción al ver algo que le agradase sobremanera. En el vagón-cafetería les sirvieron un buen desayuno. Miguel se fijó en las caras de cuantos les rodeaban. Entendía muy poco de su idioma aunque se había estado preparando a fono para ese viaje. La gente sonreía y se mostraba ligeramente impaciente por alcanzar por fin su destino. Y así fue, por los altavoces se anunció el nombre de su estación.
- Venga, Miguel, vamos a por el equipaje.
Se dirigieron a su vagón al tiempo que por las ventanillas divisaban las primeras casas de la ciudad. En los pasillos se aglomeraban los pasajeros. El tren aminoró su marcha. Poco después se detuvo.

- ¡Mira papá, lee aquello! –dijo Miguel señalando un cartel junto al reloj de la estación.
- “Bienvenidos, aquí todo es posible”, –tradujo Carlos- esperemos que sea cierto.
Después de los trámites de costumbre en la Aduana, tomaron un taxi que los condujo a un hotel céntrico. La habitación tenía toda clase de comodidades. Mientras Carlos deshacía las maletas, Miguel se duchó.
- Date prisa, Miguel, hay que aprovechar el tiempo y esta ciudad tiene mucho que ver.

-oOo-

La primera semana en aquella nueva ciudad transcurrió sin nada digno que reseñar salvo las continuas y agradables sorpresas que encuentran siempre los turistas deseosos de conocer mejor otro país. En el fondo estaban recorriendo la ciudad en busca de ese algo capaz de borrar el pasado, pero ese algo no aparecía. Incluso se diría que el pasado ganaba terreno otra vez.
- Papá, será mejor que nos separemos.
- ¿Cómo dices?
- Sí, porque hasta ahora sólo somos dos turistas y lo que necesitamos es integrarnos en la ciudad, mezclarnos con sus gentes... quizás así podamos realizar nuestros sueños.
- Puede que tengas razón. ¿Empezamos desde ahora?
- Por mí, trato hecho.
- ¿Necesitas dinero?
- No, gracias, tengo suficiente.

Se dieron un fuerte apretón de manos, como dos buenos amigos, y cada cual emprendió su camino, esta vez en solitario.
(Continuará...)

lunes, 4 de junio de 2018

En la cabaña

Se cerró la puerta y el paisaje a sus pies estaba nevado... y no sentía frío. A los pocos metros se abría un inmenso valle y una pendiente muy pronunciada hasta él. Noelia lo miraba con su vestido rojo. Destacaba sobre la nieve, destacaba sobre todo. Estaban distantes, mirando cada uno el mismo paisaje. Aún había poca luz solar por la intensa neblina pero se compensaba con un resplandor grisáceo que alcanzaba todos los rincones. Miguel hizo además de mirar la hora cuando se dio cuenta que no llevaba reloj. El sol no se veía; sólo un tenue brillar en la neblina. Cerca de allí... nada. “¿Qué hora es? No, no, tranquilo”, trataba de calmarse. En la casa de madera ningún nombre, ninguna señal, ninguna pista... todo era muy extraño. ¿Desde cuándo estaba allí? ¿Qué estaba haciendo en ese lugar? Irremisiblemente perdido en un lapsus amnésico. Pero no era posible: un hombre puede sufrir amnesia pero nunca puede sufrirla un paisaje. Y sin embargo todo aquél paisaje era desconocido para él, una cabaña perdida en medio de las montañas y un horizonte imposible de vislumbrar por culpa de la niebla. Imposible distinguir nada más allá de cincuenta metros a su alrededor.

La nieve tendría una cuarta de espesor aproximadamente. Miguel se inclinó y la tocó: estaba fría, era nieve real. Miró la pendiente jalonada de pinos hasta donde la vista llegaba. Un recuerdo saltó como un flash en lo confuso de su mente. “¿Un recuerdo? Sí, uno... ¿cuál?... sí... ¿cómo era? ¡Ah, sí, ya me acuerdo!: alguien hacía el amor en el dormitorio de la cabaña... ¡Tengo que ir allí!”. Salió corriendo hacia la cabaña. Abrió de golpe la puerta que quedó zarandeándose al compás del viento que introducía algunos copos de nieve sobre el suelo de parquet del recibidor.

En la cocina había algunas migas, un tostador de pan, dos tazas con los restos de un café. “Aquí no. Quizás en aquella puerta; es el dormitorio. ¿Habrá alguien? Debería llamar... ¡No!” y abrió la puerta de golpe. Quedó paralizado. Frente a sus ojos, atónito contempló una cama con sábanas revueltas y... vacía; no, no había nadie. Se aproximó hacia ella. Con timidez comenzó a indagar. Había un camisón y al tocarlo sintió un no se qué, y un sudor frío que comenzó a resbalar por su cara. Hubiera jurado que nunca antes había estado en aquella habitación... y sin embargo todo aquello le resultaba tan familiar... Se dirigió al baño y allí estaba... ¡su máquina de afeitar! (“No, tal vez se trate de otra igual”, pensó); y allí estaba su cepillo de dientes. El sudor bañaba ya todo su cuerpo. Efectivamente debía padecer amnesia; las pruebas eran evidentes. “Pero ¿cuándo? Yo no recuerdo ninguna noche de amor. Creo que nunca me acosté con ninguna mujer. ¿Cómo es que ahora...? Desengáñate, tú has estado aquí esta noche y Noelia junto a ti. Calma, tranquilo; quizás en esto estribe la solución a mi falta de recuerdos. Analicemos: muy posiblemente nunca hice el amor y por cualquier circunstancia esta ha sido mi primera vez, así que, como consecuencia de esto, se ha producido un fuerte shock capaz de borrar de fechas y de números mi mente. Bien, da igual una cosa u otra. Lo único cierto es que he dejado la puerta abierta y se está enfriando la cabaña”.

Otra vez salió al exterior, cerrando de un golpe seco la puerta. El paisaje de nieve continuaba igual, todo igual... no, ahora no, ahora Noelia estaba más cerca y lo miraba. Sin saber por qué, corrió hacia ella con los brazos abiertos hasta abrazarla.
- ¿Qué buscabas en la cabaña? –le preguntó Noelia sin separar su rostro.
- Nada, sólo unos recuerdos.
- ¿Los has encontrado?
- Casi, pero he preferido olvidarlo, se estaba enfriando la cabaña.
- Tienes frío –le dijo, acariciando sus manos.
- Necesito tu calor.
Noelia sonrió, echando su melena rubia hacia atrás. Sus manos calientes comenzaron a serenarlo.
- ¡Cógeme! –gritó ella de pronto mientras se alejaba corriendo por la blanca pendiente.
Miguel se sobresaltó, sintió miedo de perderla.
- ¡Noelia! –gritó angustiado, como un estúpido, mientras ella corría.

Salió en pos de ella, corriendo con desesperación. Sus pies se hundían en la nieve hasta el tobillo y eso le fatigaba. Los asimétricos pinos sorteaban su cuerpo. Noelia se detuvo, le hizo una seña y, riendo, siguió corriendo. Miguel sintió impotencia al ver que no la alcanzaba y redobló sus esfuerzos; aceleró la carrera y sus botas se hundían y levantaban de nuevo horadando sin piedad la nieve. El paisaje no cambiaba, era el mismo: Noelia, árbol, Noelia, árbol, Noelia, árbol, Noelia... “No puede perderse ahora”, se decía. Por fin notó cómo la distancia entre ambos se iba acortando. Les separaban metros, solo un metro, rozó su mano, se revolvió, giró, corrió, se lanzó en plancha consiguiendo atenazar sus pies mientras su cara se enterraba en la nieve. Cayeron rodando ladera abajo.
- ¡Qué bestia eres! –gritó Noelia sin perder su sonrisa.
Miguel gateó hasta alcanzar su cintura y se sintió avergonzado de su miedo sin fundamento.
- Perdóname. ¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer, bueno, ha sido queriendo; pensé que iba a perderte.
- ¡Tonto! –exclamó complacida, acariciando la cara de Miguel llena de nieve.
- No merezco que me trates tan bien –murmuró inclinando la cabeza.
- Me gustas así. Te quiero sincero y fuerte; lleno de sentimientos y siendo tú mismo.
Se inclinó sobre Miguel y, levantando su barbilla, acarició sus labios, ya relajados, y acercó los suyos. Se besaron mientras rodaban unos metros más por la pendiente. Un árbol los detuvo. Los cabellos rubios de Noelia cubrían la cara de Miguel y podía percibir a través de ellos una luz dorada, el sol comenzaba a disipar la neblina. Los pinos, que ahora recobraban su color, se balanceaban muy despacio. El aliento de Noelia calmaba la sed de Miguel.
- Es hora de regresar –dijo Noelia, y tomando su mano le ayudó a levantarse.
Abrazados fuertemente comenzaron la escalada. La nieve empezaba a derretirse y a mojar sus ropas. El paisaje seguía igual. Entonces, Miguel se sintió más reconfortado. El amor había calmado su inquietud. El cuerpo cansado y el alma serena, después del esfuerzo realizado. Dos cuerpos unidos ayudándose entre sí como la dos piernas de un solo cuerpo. No necesitaban hablar. Era obsolescente cuando la piel, el sudor y el amor ya lo habían dicho todo.
Por fin llegaron a la cabaña. Abrieron la puerta y sintieron un enorme placer al percibir el aire caldeado, el clásico olor de la madera, el fuego en la chimenea...
- Vamos a cambiarnos de ropa –le dijo él.
Entraron en el dormitorio y se desprendieron de la ropa mojada. Unos minutos después aparecieron de nuevo en una increíble sinfonía de lana y pana. Así, ya calientes, satisfechos de amor, se tendieron unos instantes en la cama. Miguel hizo un intento de hablar:
- ...Oye... –murmuró.
- ¿Qué quieres? –suspiró ella.
Miguel se miró sorprendido.
- Nada, es mejor descansar un poco.
- ¿Qué era lo que buscabas antes?
- Trataba de encontrar la lógica de todo esto.
- ¿No la sabes?
- No. ¿Tú, sí?
- Sí, pero si te la dijese ahora no la comprenderías –contestó sonriendo, mientras se acercaba a su lado.
- Durmamos.

Quedaron de nuevo tumbados sobre la cama y abrazados. Unos minutos después Miguel la miró y creyó verla dormida. Se levantó sin hacer ruido y se sentó junto a la pequeña mesa que había delante de la ventana. Cogió un papel y sacó su rotring para escribir:
“La nieve ha comenzado a caer de nuevo. No obstante, el sol se filtra por algún hueco de las nubes y ofrece un paisaje maravilloso. Mientras tanto, yo sigo durmiendo junto a Noelia. A veces cruje la madera, pero no abro los ojos. Ella sigue a mi lado, no creo que se marche. De todas formas, aunque lo hiciese, no debo lamentarlo mucho, estoy suficientemente pagado. ¡Ah, tiene la piel tan suave...! Debe ser la hora de almorzar. No tengo hambre. Estoy cansado. Debo dormir. Y el paisaje allá afuera debe ser precioso. Me gustaría salir y correr, ahora sin miedo, sobre la nieve. Me gustaría mostrar mi sonrisa al viento y cazar al vuelo esos pequeños copos que bajan tambaleándose. Después, sentarme con Noelia y echar una partida al ajedrez. ¡Ah, Noelia ya se ha dormido! Me dormiré también y cuando despierte le contaré todos mis deseos”.