Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...
(El maravilloso
mundo del vinilo) Escuchar un disco de vinilo no es ir por ahí oyendo música; es algo muy
diferente. Es, desde el principio, un acto consciente y deliberado que empieza
mucho antes de que suene la primera nota. Es una ceremonia con sus propios
pasos, su propio ritmo y su propio significado. Una liturgia, si se me permite
la palabra, que enriquece la escucha antes incluso de que esta comience.
LOS PASOS DE LA CEREMONIA
1.- Elegir el disco entre la colección. Ya en ese momento estás tomando una
decisión consciente: esta noche, esto.
2.- Deleitarte con la portada. Treinta y un centímetros de arte gráfico que
el CD redujo a un posavasos y el streaming eliminó directamente.
3.- Leer la contraportada: los créditos, las letras, las notas del
productor, la foto de estudio. Todo lo que la música quería contarte además de
la música.
4.- Sacar el disco de su funda con cuidado. Tocarlo por los bordes. Sentir
su peso, su temperatura, su textura.
5.- Limpiar suavemente la superficie. Un gesto casi meditativo que prepara
tanto al disco como al oyente.
6.- Colocarlo en el plato del tocadiscos. Verlo girar. Bajar la aguja con la
precisión y la delicadeza que merece lo que está a punto de ocurrir.
7.- Sentarse. Quedarse. Escuchar.
Ese último paso —sentarse, quedarse, escuchar— es el más radical de
todos en los tiempos que corren. Porque escuchar vinilo te ancla a un lugar. No
puedes irte con el disco puesto; el plato que gira y reproduce el sonido está
ahí, en la habitación, y tú tienes que estar con él. Esa limitación aparente es
en realidad una liberación: te da permiso para no hacer nada más que escuchar.
Para prestar atención. Para descubrir en la quinta escucha algo que no habías distinguido
en las cuatro anteriores. Un matiz de la guitarra, una respiración del cantante
entre dos versos, la forma en que el bajo entra medio tiempo después de lo que
esperabas. La música guardada en un surco tiene profundidad, y esa profundidad
solo se revela cuando uno se detiene el tiempo suficiente para asomarse.
«El vinilo te obliga a quedarte. Y en ese quedarte, la música puede
darte todo lo que tiene. Que es mucho más de lo que suena mientras haces otra
cosa.»
La música como experiencia compartida
Pero es que además hay otra dimensión del vinilo que la escucha digital
con auriculares ha eliminado por definición: la dimensión social. Los
auriculares son, por su propia naturaleza, un instrumento de aislamiento. Te
meten la música dentro de la cabeza y te sacan del mundo. Es una experiencia
íntima y solitaria, lo cual tiene su valor, pero es solo una parte de lo que la
música puede ser.
El vinilo, en cambio, llena la habitación. Suena para todos los que
están en ella. Y eso crea algo que ninguna playlist de Spotify puede crear: un
momento compartido. Dos personas sentadas en el mismo sofá escuchando el mismo
disco al mismo tiempo, en el mismo silencio, con la posibilidad de mirarse
cuando llega ese estribillo que los dos conocen de memoria, de comentar entre canción
y canción, de descubrir juntos un disco que uno de los dos no conocía. La
música como conversación. La música como excusa para estar juntos de verdad,
sin pantallas intermedias, sin la distracción permanente del mundo digital.
¡Eso también es el vinilo! Y eso también es lo que el mundo digital, con
toda su eficiencia y toda su comodidad, no ha sabido —ni podido— reemplazar.
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Con los auriculares solo trabajan el oído y el cerebro, y el cerebro
suele estar pensando en otra cosa. Con el vinilo ocurre algo completamente
distinto: nos convertimos en protagonistas de una singular ceremonia.
(El maravilloso
mundo del vinilo) Una pregunta. Cuando escuchas música con los auriculares
puestos —en el metro, caminando por la calle, haciendo ejercicio, trabajando
delante del ordenador—, ¿estás escuchando música o simplemente hay una música
sonando mientras haces otra cosa? Sé honesto. En la mayoría de los casos la
respuesta es la segunda: la música está ahí, en algún lugar entre el oído y el
cerebro, pero el cerebro está en otra parte. Pensando en la reunión de mañana,
repasando la lista de la compra, mirando el móvil, contestando un mensaje. La
música, en esos momentos, no es protagonista: es decorado. Un fondo sonoro más
sofisticado que el silencio, pero fondo al fin.
Esto no es una crítica a la música digital ni al streaming, que han
democratizado el acceso a la música de una manera que habría parecido milagrosa
hace cuarenta años. Es simplemente una constatación: la forma en que consumimos
música digital ha convertido la escucha en algo pasivo, automático, permanente
y, por tanto, superficial. Cuando todo suena siempre y en cualquier parte y sin
esfuerzo, la música pierde algo. Pierde la atención. Y sin atención, la música
no puede darte todo lo que en realidad ofrece.
Si eres de esas generaciones jóvenes que no han conocido ni disfrutado
de los discos de vinilo, o si eres de aquellos con más años que sienten
añoranza por esos tiempos pasados, mañana ofreceré aquí mismo un repaso a la
maravillosa liturgia del vinilo…
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Continuemos repasando la historia del
maravilloso mundo del vinilo…
La edad de oro: los años 50, 60 y 70
Lo que vino después es historia de la cultura occidental. El vinilo fue
el soporte sobre el que se construyó todo: el rock and roll de Elvis, el
Motown, los Beatles, los Rolling Stones, Jimi Hendrix, Pink Floyd, Miles Davis,
Coltrane, la bossa nova, el flamenco eléctrico, Sinatra, Piaf, Raphael, Serrat.
Cada época, cada género, cada revolución musical de la segunda mitad del siglo
XX llegó al oyente a través de ese disco negro que giraba sobre un plato.
La portada del álbum se convirtió en un arte en sí mismo. El cuadrado de
31 centímetros de cartón que envolvía el disco era un lienzo que los artistas y
diseñadores tomaron muy en serio: desde la manzana verde de Apple Records hasta
el plátano de Warhol para los Velvet Underground, desde las portadas
psicodélicas del verano del amor hasta los diseños conceptuales del rock
progresivo. Comprar un disco era también comprar una imagen, un objeto, una
experiencia táctil y visual que el streaming nunca ha podido replicar.
La caída y la resurrección
En 1983 llegó el disco compacto y los profetas anunciaron el fin del
vinilo. Tenían razón a medias: las ventas de LP se desplomaron a lo largo de
los años 80 y 90, muchas discográficas dejaron de fabricarlos, y las tiendas de
discos fueron cerrando una tras otra. Pero el vinilo nunca desapareció del
todo. Siguió vivo en las manos de los DJ de música electrónica, en las
colecciones de los aficionados más fieles, en los mercadillos y las tiendas de
segunda mano.
Y entonces ocurrió algo que nadie predijo: el vinilo resucitó. Desde
mediados de los años 2000, y de forma sostenida desde 2010, las ventas de
discos de vinilo no han dejado de crecer año tras año. En 2022, por primera vez
desde 1987, los LP vendieron más unidades en Estados Unidos que los CD. En
España, las ventas de vinilo se han multiplicado por diez en la última década.
Los jóvenes que nunca vivieron la edad de oro del LP están comprando tocadiscos
y discos con una pasión que desconcierta a los analistas de mercado y alegra a
quienes siempre supimos que esto no podía morir.
¿Por qué? Porque el vinilo ofrece algo que ningún formato digital puede
dar: el ritual. La pausa. La decisión consciente de escuchar. Sacar el disco de
su funda, colocarlo en el plato, limpiar suavemente la superficie, bajar la
aguja con cuidado y esperar ese instante de silencio cargado de anticipación
antes de que llegue el primer sonido. Nadie hace eso con Spotify. Y en un mundo
en que la música se ha convertido en fondo sonoro permanente y gratuito, hay
quien ha decidido volver a escucharla de verdad.
1877.- Edison inventa el
fonógrafo. Primera grabación y reproducción de sonido de la historia.
1887.- Berliner patenta el gramófono y el
disco plano. Nace la posibilidad de copiar y distribuir música en serie.
1900-1940.- Era de la goma laca a 78 rpm. Las
grandes discográficas construyen sus imperios. Caruso, la ópera, el jazz.
1948.- Columbia presenta el LP de vinilo a 33
rpm. Nace el álbum como obra musical completa.
1949.- RCA lanza el single de 45
rpm. Guerra de formatos que el mercado resuelve en pocos años.
1950-1970.- Edad de oro del vinilo. Elvis, Beatles, Miles Davis, Sinatra. La portada del álbum
como arte.
1983.- Llega el CD. Inicio del declive
comercial del vinilo, que sin embargo nunca desaparece del todo.
2010-hoy.- La gran resurrección. El vinilo
crece año tras año. En 2022 supera en ventas al CD en EE.UU. por primera vez
desde 1987.
«Bienvenidos,
pues, al maravilloso mundo del vinilo. En las próximas entradas de este blog
iremos recorriendo, disco a disco, la colección que lleva años acumulándose en
estas estanterías. Cada uno con su historia, su época, sus canciones y las
curiosidades que hacen de cada disco algo más que un objeto: un pedazo de
tiempo guardado en un surco.»
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