martes, 28 de enero de 2020

El cuaderno de Fisac


Tomando una cabecera que mantenía desde hace varios años pero sin contenidos, he puesto en marcha un nuevo blog titulado “El cuaderno de Fisac” y subtitulado “escritos inconexos de un escritor inefable”. Está claro que con ese subtítulo poco más me queda añadir, salvo indicar que lo voy a mantener en activo y con actualización diaria o casi diaria para seguir sorprendiendo al lector.

Esto no significa que abandone mis otros blogs, sino que añado este otro a los mismos porque si de algo voy sobrado es de imaginación y de afición por escribir.

¡Que ustedes lo disfruten! Este es el enlace:

sábado, 25 de enero de 2020

Los hijos

El árbol ha ido creciendo... libremente,
olvidando poco a poco mi presencia.
Como si yo no existiese
se ha ensanchado a su capricho
y su sombra se ha escapado
alargada, al infinito.

Ahora me acerco al árbol
y ya no alcanzo sus ramas,
me recuesto sobre él
y nada escucho ni siento;
madera recia, corteza áspera,
copa altiva... vacío dentro.

Una rama graciosa me hace guiños en el suelo,
intento acariciarla para jugar con ella...
pero sólo es un reflejo, es la sombra que proyecta
inalcanzable a mis dedos.

Y yo quise tanto a ese árbol que a diario me ofrecía
una sonrisa, un brote nuevo,
y se mecía en la brisa alimentado de versos...
Y yo quise tanto a ese árbol ahora extraño,
que ha crecido y ha mutado
hasta hacerse tan distinto
que no hay ya quien lo conozca.

Aunque el árbol no se mueva,
anclado fuerte a la tierra,
me acerco a él y no veo
nada que antes me diera.

Ese árbol se hizo grande,
olvidando su memoria,
y ahora paso a su lado
sin sentir –aunque haga sol-
el frescor de suave sombra.

También los hijos nos crecen
y sin moverse se alejan,
olvidando a quien les dio
el amor y un GPS
que les guiara en la tierra.

viernes, 24 de enero de 2020

Y el mundo volvió a girar de nuevo

Aquél fue un verano fantástico y eso que los días pasaron tan deprisa que se quedó corto para tantos planes como tenía. Tenía planes... pero no te tenía a ti, aún no te había conocido. Pero surgió de pronto la oportunidad de conocernos, el encuentro en aquella fiesta junto a la playa a la luz de la luna. Después, la luz del sol nos descubrió que todo cuanto habíamos soñado la noche anterior era más hermoso aún, y tus ojos desprendían una luz que me dejaba pegado a ti como una polilla junto a un farol nocturno.

A medida que nos fuimos conociendo descubrimos que la atracción inicial que sentimos se hacía más fuerte cada día. Pero llegó el final y debimos separarnos. ¡Qué tristeza aquella tarde!... Te acompañé a la pequeña estación de ferrocarril del pueblo y miramos nuestros ojos en silencio. Tenías que subir al tren y tu mano soltó la mía. Las luces de la estación brillaban ahora más en tus ojos y te ofrecí un pañuelo con la inicial de mi nombre grabada en azul en un extremo. Lo tomaste con cuidado y subiste con él al vagón, y ya dentro, desde la ventanilla, me diste el último adiós y me enviaste tu último beso.

¿Qué pasó después? ¿Hubo cartas? ¿Alguna llamada? Bueno, creo que sí, que una vez te llamé y estabas ocupada o algo así me dijeron. La decepción anegó mi deseo. No insistí más. No eran, como ahora, los años de los móviles, de Internet, de Whats up... eran tiempos más románticos de pedir conferencias a la teleoperadora y esperar muchos minutos a que se estableciera la llamada, eran tiempos de cartas escritas en papel en un sobre y con un sello, eran tiempos del pasado, ese lugar que almacena los recuerdos.

Después pasaron muchos años, pasaron muchas risas y también algunos duelos. Y por pasar, pasé un buen día por el centro de la ciudad y las luces de un local me atrajeron. Eran cuadros, de paisajes, de momentos, del color de los recuerdos. Sin nada más que hacer entré en la galería y disfruté del colorido intenso, de la perspectiva, de los trazos sueltos, de paisajes y ciudades, y... de pronto, el silencio y un tam tam que golpeó mi pecho. Mis ojos se posaron en un cuadro y el corazón bombeó sangre a presión por todo el cuerpo. Era la despedida de dos amantes, ella en el tren, él abajo un poquito más lejos. Tras el cristal de la ventanilla del vagón ella sostenía en alto un pañuelo, pero no era un pañuelo cualquiera, era... el que yo te entregué aquél día. ¡Podía verse mi inicial grabada en azul en un extremo! ¡Eras tú! ¡Era yo! ¡Éramos tú y yo en aquél mágico momento!

Me acerqué a una mesa para pedir información sobre el pintor capaz de recrear con tal precisión aquél instante inolvidable que se grabó tan dentro. Una mujer que estaba allí, rodeada de programas y proyectos, se giró y me miró intrigada. “¿Quién es este pintor? Me gustaría contactar con él?”, le pregunté. “Soy yo”, respondió ella.

¡No podía ser verdad! ¡Era ella, convertida en pintora de éxito! ¡Y allí estaba yo, jubilado disfrutando de mi tiempo! Nos quedamos en silencio. Nos miramos a los ojos y en el fondo de las pupilas se descorrió el tiempo. Unas lágrimas asomaron tímidamente a nuestros ojos... Entonces ella sacó un pañuelo. “Es tuyo”, me dijo. Y el mundo volvió a girar de nuevo.

jueves, 23 de enero de 2020

Paradojas: Famosos desconocidos

La contratación de personas famosas para anunciar productos es una práctica muy extendida, la cual tiene tanto defensores (piensan que la popularidad del famoso se trasladará al producto) como detractores (creen que el famoso acaparará toda la atención en detrimento del producto). Pero no vamos a entrar hoy en este debate sino en otro realmente sorprendente: la contratación de famosos desconocidos. Sí, ya sé que suena a paradoja, pero es una realidad que a diario nos asalta.

Ciertas compañías piensan que contratar a un famoso trasladará esa popularidad a su producto, así que tantean el mercado para ver qué famoso pueden contratar. Pronto se dan cuenta que los famosos cobran mucho, mucho más que cualquier modelo profesional, y cuanto más famosos son, más cobran. Ese jarro de agua fría que ahoga las aspiraciones del presupuesto que habían destinado, no logra sin embargo apagarlo por completo, y la luz de esos rescoldos les anima a buscar un famoso que cobre menos, o sea, un famoso que sea menos conocido.

Al final encuentran, por fin, lo que anhelaban. Ya tienen un personaje famoso para anunciar su producto... pero recapacitando, se dan cuenta que mucha gente no va a saber quién es ese que aparece en la foto o el spot, en cuyo caso la contratación de ese famoso desconocido resulta una estupidez y un despilfarro de dinero. De ahí surge la solución: poner un texto en el anuncio en donde se diga quién es ese famoso tan poco conocido. Y digo yo, ¿si es famoso por qué necesita presentaciones? ¿y si las necesita por qué se le paga más que a un modelo profesional?

Lo ilustraremos con un ejemplo, aunque los hay a miles. McDonald’s contrató para una campaña de publicidad a Mack Viñales, pero como este deportista sólo es famoso entre los seguidores del motociclismo, sólo es ligeramente conocido entre los amantes de los deportes, y completamente desconocido para la población general, han tenido que escribir en el anuncio quién es ese personaje y como ni por esas llega la gente a reconocerlo, han tenido que añadir en qué deporte es una figura destacada: “Mack Viñales. Piloto de Moto GP” han tenido que poner en el anuncio porque si no, la mayoría de los mortales pensaríamos que ese joven es tan solo un modelo contratado para el anuncio, e ignoraríamos que la compañía se ha gastado mucho más dinero en su contratación ya que su caché está por encima del de cualquier modelo.

Si se hubiera contratado a Mack Viñales para un anuncio de algún producto o servicio relacionado con el motociclismo, hubiera sido un acierto ya que todos los clientes potenciales lo reconocerían al instante y trasladarían a la marca los valores de este piloto; sin embargo, anunciando un producto dirigido a toda la población, la inmensa mayoría de los clientes potenciales lo miran con indiferencia porque no saben quién es. PD.- ¿Y para eso se han gastado el dinero?

lunes, 6 de enero de 2020

La mentira de los Reyes Magos

Hoy al despertarnos hemos ido corriendo a ver qué regalos nos han traído los Reyes Magos. La alegría de ver juntos tantos paquetes y abrirlos para descubrir qué encierran nos ha hecho olvidar la realidad de los hechos en que se basa esta tradición y ha vuelto a reforzar las mentiras y los inventos acumulados a lo largo de los siglos y que hoy día todos damos por ciertos sin tomarnos la molestia o la simple curiosidad de investigar un poquito qué hay de cierto en todo esto.

Y lo que hay de cierto es que todo eso que creemos es inventado. No eran reyes, seguramente no eran magos, no se sabe si eran tres o dos o más de cuatro, no se sabe cómo se llamaban, se desconoce su procedencia exacta al igual que se desconoce de qué raza eran, tampoco se sabe qué es lo que regaló cada uno de ellos. Veamos…

De los cuatro Evangelios, sólo el de Mateo habla de este episodio; los otros tres Evangelios lo ignoran. En el de Mateo se dice que unos (no dice cuántos ni cómo se llamaban) magos (no hay unanimidad en la traducción de esta palabra, siendo más los que se inclinan por “sabios”) de Oriente (no especifica más, por lo tanto no sabemos de qué país o países procedían) llegaron a Jerusalén, etc. etc. Fueron a adorar al recién nacido y le ofrecieron oro, incienso y mirra (no se dice quién regaló cada cosa, y precisamente el que fuesen tres regalos ha hecho suponer que eran tres los reyes, pero sólo es una suposición). Después se cuenta que alertados en sueños decidieron regresar sin contarle nada a Herodes (por cierto, tampoco se dice nada sobre la forma en que viajaron, si en camellos, en caballos, en carros, con séquito, sin séquito, etc., es decir, nada de nada).

Sobre estas pocas líneas del Evangelio de Mateo se ha levantado toda una parafernalia e historia inventada que todo el mundo da por cierta. Parece ser que las primeras referencias, después de este Evangelio, datan del siglo XV (es decir, escrito 1.500 años después de los hechos narrados) de un documento llamado “Excerpta latina barbari” en donde se habla de estos personajes y se dice que eran tres y se llamaban Melichor, Gathaspa y Bithisarea. También de aquella época data un evangelio apócrifo armenio en donde se les llama Melkon (que era persa y regaló mirra y otras especias aromáticas y medicinales), Gaspard (que era indio y regaló incienso y más especias aromáticas y medicinales) y Balthazar (que era árabe y regaló oro y piedras preciosas). Y después se siguieron añadiendo datos y características inventadas para dar forma a un relato y una tradición que sigue viva en nuestros días, aunque con notables diferencias como puede apreciarse si nos molestamos en comparar cuadros e ilustraciones relativas a este episodio a lo largo de los siglos.

Por consiguiente, si hemos de atenernos a la Biblia, y en concreto al único Evangelio que habla de esto, sólo podemos dar como hecho histórico que unos sabios de Oriente fueron a ver a Jesús y le regalaron oro, incienso y mirra. Todo lo demás es inventado. Ni sabemos cuántos eran, ni cómo se llamaban, ni de dónde venían, ni cómo llegaron. Pero ya se sabe que en esto, como en todo: una mentira repetida muchas veces acaba creyéndose como una verdad incuestionable.