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Hace 1 día
(El maravilloso
mundo del vinilo) Si eres joven y has aterrizado en este blog y leído las publicaciones
anteriores, tengo algo que decirte: no te han contado toda la historia. Te han
dado acceso a toda la música del mundo en el bolsillo, lo cual es un regalo
extraordinario que no voy a minimizar. Pero te han privado, sin que nadie te lo
explicara, de una forma de escuchar música que es cualitativamente distinta y,
en muchos sentidos, más rica.
La próxima vez que pases por delante de una tienda de discos y veas la
sección de vinilos, entra. Coge un disco. Mira la portada. Lee la
contraportada. Pregunta. La mayoría de los que están detrás del mostrador en
esas tiendas llevan décadas sabiendo de esto y les encanta contarlo. Y si en tu
ciudad hay una feria de vinilos —las hay, cada vez más, en toda España—,
acércate un sábado por la mañana aunque sea por curiosidad. Te prometo que no
saldrás igual que entraste.
Y si quieres empezar desde aquí, desde este blog, en las próximas
semanas y meses iremos recorriendo juntos una colección de discos construida a
lo largo de toda una vida. Uno a uno, con su historia, sus canciones, su época
y las curiosidades que hacen de cada disco algo más que un objeto de plástico
negro: un pedazo de tiempo guardado en un surco, esperando a que alguien baje
la aguja y lo despierte.
¡Bienvenido al maravilloso mundo del vinilo!
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
(El maravilloso
mundo del vinilo) Escuchar un disco de vinilo no es ir por ahí oyendo música; es algo muy
diferente. Es, desde el principio, un acto consciente y deliberado que empieza
mucho antes de que suene la primera nota. Es una ceremonia con sus propios
pasos, su propio ritmo y su propio significado. Una liturgia, si se me permite
la palabra, que enriquece la escucha antes incluso de que esta comience.
LOS PASOS DE LA CEREMONIA
1.- Elegir el disco entre la colección. Ya en ese momento estás tomando una
decisión consciente: esta noche, esto.
2.- Deleitarte con la portada. Treinta y un centímetros de arte gráfico que
el CD redujo a un posavasos y el streaming eliminó directamente.
3.- Leer la contraportada: los créditos, las letras, las notas del
productor, la foto de estudio. Todo lo que la música quería contarte además de
la música.
4.- Sacar el disco de su funda con cuidado. Tocarlo por los bordes. Sentir
su peso, su temperatura, su textura.
5.- Limpiar suavemente la superficie. Un gesto casi meditativo que prepara
tanto al disco como al oyente.
6.- Colocarlo en el plato del tocadiscos. Verlo girar. Bajar la aguja con la
precisión y la delicadeza que merece lo que está a punto de ocurrir.
7.- Sentarse. Quedarse. Escuchar.
Ese último paso —sentarse, quedarse, escuchar— es el más radical de
todos en los tiempos que corren. Porque escuchar vinilo te ancla a un lugar. No
puedes irte con el disco puesto; el plato que gira y reproduce el sonido está
ahí, en la habitación, y tú tienes que estar con él. Esa limitación aparente es
en realidad una liberación: te da permiso para no hacer nada más que escuchar.
Para prestar atención. Para descubrir en la quinta escucha algo que no habías distinguido
en las cuatro anteriores. Un matiz de la guitarra, una respiración del cantante
entre dos versos, la forma en que el bajo entra medio tiempo después de lo que
esperabas. La música guardada en un surco tiene profundidad, y esa profundidad
solo se revela cuando uno se detiene el tiempo suficiente para asomarse.
«El vinilo te obliga a quedarte. Y en ese quedarte, la música puede
darte todo lo que tiene. Que es mucho más de lo que suena mientras haces otra
cosa.»
La música como experiencia compartida
Pero es que además hay otra dimensión del vinilo que la escucha digital
con auriculares ha eliminado por definición: la dimensión social. Los
auriculares son, por su propia naturaleza, un instrumento de aislamiento. Te
meten la música dentro de la cabeza y te sacan del mundo. Es una experiencia
íntima y solitaria, lo cual tiene su valor, pero es solo una parte de lo que la
música puede ser.
El vinilo, en cambio, llena la habitación. Suena para todos los que
están en ella. Y eso crea algo que ninguna playlist de Spotify puede crear: un
momento compartido. Dos personas sentadas en el mismo sofá escuchando el mismo
disco al mismo tiempo, en el mismo silencio, con la posibilidad de mirarse
cuando llega ese estribillo que los dos conocen de memoria, de comentar entre canción
y canción, de descubrir juntos un disco que uno de los dos no conocía. La
música como conversación. La música como excusa para estar juntos de verdad,
sin pantallas intermedias, sin la distracción permanente del mundo digital.
¡Eso también es el vinilo! Y eso también es lo que el mundo digital, con
toda su eficiencia y toda su comodidad, no ha sabido —ni podido— reemplazar.
Biblioteca Fisac
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Con los auriculares solo trabajan el oído y el cerebro, y el cerebro
suele estar pensando en otra cosa. Con el vinilo ocurre algo completamente
distinto: nos convertimos en protagonistas de una singular ceremonia.
(El maravilloso
mundo del vinilo) Una pregunta. Cuando escuchas música con los auriculares
puestos —en el metro, caminando por la calle, haciendo ejercicio, trabajando
delante del ordenador—, ¿estás escuchando música o simplemente hay una música
sonando mientras haces otra cosa? Sé honesto. En la mayoría de los casos la
respuesta es la segunda: la música está ahí, en algún lugar entre el oído y el
cerebro, pero el cerebro está en otra parte. Pensando en la reunión de mañana,
repasando la lista de la compra, mirando el móvil, contestando un mensaje. La
música, en esos momentos, no es protagonista: es decorado. Un fondo sonoro más
sofisticado que el silencio, pero fondo al fin.
Esto no es una crítica a la música digital ni al streaming, que han
democratizado el acceso a la música de una manera que habría parecido milagrosa
hace cuarenta años. Es simplemente una constatación: la forma en que consumimos
música digital ha convertido la escucha en algo pasivo, automático, permanente
y, por tanto, superficial. Cuando todo suena siempre y en cualquier parte y sin
esfuerzo, la música pierde algo. Pierde la atención. Y sin atención, la música
no puede darte todo lo que en realidad ofrece.
Si eres de esas generaciones jóvenes que no han conocido ni disfrutado
de los discos de vinilo, o si eres de aquellos con más años que sienten
añoranza por esos tiempos pasados, mañana ofreceré aquí mismo un repaso a la
maravillosa liturgia del vinilo…
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