sábado, 31 de enero de 2015

Tic, tac

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…hoy España es esto:
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viernes, 30 de enero de 2015

Alergia extraterrestre

Aunque todos los astronautas que pisaron el suelo lunar estuvieron en contacto con el polvo de nuestro satélite, fueron los últimos astronautas quienes se vieron más afectados por el mismo, quizás porque  los tripulantes de las últimas misiones fueron quienes permanecieron más tiempo y realizaron más caminatas sobre su superficie. Este polvo es tan fino que puede penetrar dentro de los trajes espaciales a través de sus junturas y una vez adentro penetrar en los poros y los pulmones de los exploradores lunares, provocando no solo malestares pasajeros, sino otros mayores como la silicosis o la intoxicación con metales pesados.

Gene Cernan, comandante de la Apolo 17, el último hombre en pisar la Luna contó que tardó dos meses, a base de duchas diarias, en poder quitarse de encima todo el polvo lunar que trajo impregnado por todas partes al regreso de su misión. Tanto él como Jack Schmitt, un geólogo que fue el único científico que pisó la Luna, permanecieron más de tres días en el Valle Taurus-Littrow, en el sector suroriental del Mar de la Serenidad en la Luna.

En diciembre de 1972, los dos aventureros realizaron tres largas caminatas con la ayuda de un vehículo lunar, recorriendo 30 kilómetros y recolectaron 110,5 kilos de rocas lunares en las 22 horas y 4 minutos que estuvieron fuera del módulo lunar. Como se ve, tiempo más que suficiente para quedar cubiertos por completo con ese oscuro polvo de la Luna.

La primera impresión de Cernan es que era "suave como la nieve, pero extrañamente abrasivo". Más curiosa resulta la confidencia del astronauta John Young, del Apolo 16, quien no dudó en afirmar que su sabor "no es nada de malo". Pero si en algo estuvieron todos de acuerdo, desde Neils Armstrong hasta Cernan, es en que el polvo lunar  "huele a pólvora quemada".

Cada vez que los exploradores lunares regresaban a su refugio en el módulo lunar, lo llevaban involuntariamente con ellos. Se les pegaba a las botas, piernas y guantes, y no importaba lo mucho que intentaran quitárselo de encima, cepillándose el traje a conciencia antes de entrar en la cabina; siempre había algo (más bien mucho) que se colaba al interior. Una vez dentro, ya sin los cascos ni los guantes, podían sentir el olor y el sabor de la Luna.

Este elemento provocó el primer caso de alergia extraterrestre, cuando el geólogo Jack Schmitt informó por radio a Huston con su voz congestionada que: "Luego de sacarme el casco tras la primera salida, me atacó muy rápido una reacción al polvo. Sentí como se me mojaban las fosas nasales". Algunas horas más tarde la reacción pasó. "Pero me volvió luego de la segunda y tercera salida, aunque con menor intensidad. Creo que desarrollé algún tipo de inmunidad al polvo lunar", declaró posteriormente.

Es curioso que el único civil entre los astronautas que descendieron a la Luna haya sido también el único que informase de esta reacción. ¿No la tuvieron o no lo admitieron? Riéndose, Schmitt dice que "los pilotos son reacios a informar de sus enfermedades, temen que los dejen en tierra". A diferencia de los demás astronautas de las misiones Apolo, este era el único científico y por consiguiente no podía callar lo que le pasaba.  Schmitt afirma que era muy sensible a "los olores a combustible quemado de Houston y al humo del cigarrillo, me volvían loco" afirma, mientras que los demás astronautas estaban acostumbrados, era su ambiente natural.

Charlie Duke (en la imagen), piloto de la Apolo 16, informó por radio desde la Luna: "Es un olor muy fuerte, tiene el sabor de la pólvora y también huele como la pólvora". Durante la misión Apolo 17, Gene Cernan resaltó: "huele como si alguien hubiera disparado una carabina aquí adentro". El grupo de astronautas de Apolo, sabía bien de qué se hablaba cuando se referían a la pólvora quemada, todos habían sido pilotos militares.

Sin embargo el polvo lunar y la pólvora no tienen nada en común. La pólvora sin humo moderna es una mezcla de nitrocelulosa (C6H8(NO2)2O5) y nitroglicerina (C3H5N3O9). Son moléculas inflamables orgánicas "que no se encuentran en el suelo lunar", afirma Gary Lofgren del Laboratorio de Muestras Lunares del Centro Espacial Johnson de la NASA. Si acerca un fósforo encendido a un poco de polvo lunar no se enciende ni explota.

El polvo lunar esta formado de una mitad de vidrio de dióxido de silicato creado por los impactos de micrometeoritos en la Luna. Estos impactos, que han estado ocurriendo desde hace miles de millones de años, funden el suelo en vidrio y al mismo tiempo lo fragmentan en pequeñísimos trozos. El polvo lunar es también rico en hierro, calcio y magnesio asociado en minerales como olivina y piroxina. No se parece en nada a la pólvora.

Posteriormente el polvo traído tomó contacto con éstos elementos en la cabina del módulo de comando durante el transporte hacia la Tierra, con lo que el polvo perdió algunas de sus características y cualquier reacción química olfatoria desapareció hace mucho. Sin embargo los bordes filosos de los granos de polvo limaron y rompieron inesperadamente los sellos de los contenedores permitiendo que el oxígeno y la humedad penetrara durante los tres días que duró el viaje de regreso. Esto no debiera haber ocurrido, ya que los exploradores lunares envasaron el polvo lunar en termos especiales llevados para este efecto, capaces de mantener las muestras en el vacío.

Pero ¿por qué ese olor? Nadie sabe. Curiosamente, aquí en la Tierra el polvo lunar no tiene olor. En el laboratorio de Lofgren hay decenas de kilos de polvo lunar, y los han tocado y olido sin encontrar ningún olor. ¿Acaso los tripulantes de la Apolo lo imaginaron? No parece probable; eran gente muy entrenada y todos dijeron lo mismo. Es posible que el polvo lunar reaccionara con la humedad y la atmósfera rica en oxígeno del módulo lunar, tomando contacto con dos elementos completamente inexistentes en los lugares donde bajaron. Habrá que volver a la Luna para poder dar respuesta a estos interrogantes.

lunes, 26 de enero de 2015

Vivir en la Antártida

La Antártida es un continente cubierto de forma permanente, desde hace miles de años, por hielo. Es el lugar más elevado, seco, frío, ventoso y vacío de nuestro planeta. El 97 por ciento de su superficie está cubierto de hielo y, para hacernos una idea de su tamaño, diremos que es una vez y media más grande que Estados Unidos. Sin embargo no pertenece a ningún país ni tiene, prácticamente, habitantes. La Antártida no es propiedad de nadie y se administra mediante un tratado internacional siendo varios países los que tienen alguna pequeña población costera y diversas bases científicas en el interior de dicho territorio. Pero ¿cómo es la vida allí, en especial para los científicos que viven aislados en las bases del interior?

En la Antártida sólo hay un día y una noche, eso sí, con un amanecer y un atardecer larguísimo, como dicen con humor muchos de los científicos que allí hibernan y trabajan. En verano hay frío y luz constante, mientras que en invierno hay frío más intenso aún y oscuridad total. Durante ocho meses y medio (de febrero a octubre) los científicos de estas bases están completamente aislados, al quedar sus bases completamente inaccesibles ya que hasta el aceite de los motores de los aviones se congelaría. La capa de hielo supera los 2.700 metros de espesor por lo que la altitud general del continente supera los 2.800 metros.

Pero es que incluso su conexión con el mundo exterior está limitada, ya que los satélites de comunicaciones sólo asoman unos grados por encima del horizonte, por lo que sólo se dispone de unas pocas horas al día –y de mala calidad- para conectarse mediante Internet con el resto del mundo.

La temperatura media es de –38ºC aunque el record se registró en 1983 con una temperatura de –89ºC. Las bases científicas suelen estar protegidas por una cúpula exterior en cuyo interior la temperatura puede rondar los –48ºC. En ese espacio intermedio entre el exterios y los habitáculos de las personas, se suelen almacenar los alimentos, ya que con temperaturas entre –25ºC y –75ºC hasta los microbios se mueren o quedan aletargados. Por el contrario, para aquellos otros alimentos que no deben conservarse congelados, se dispone de frigoríficos que en realidad son estufas, ya que deben producir calor –en vez de frío- para elevar la temperatura por encima del punto de congelación.

Con estas temperaturas no es de extrañar que cada persona lleve unos 10 a 14 kilos de ropa puesta, dispuesta en varias capas, y confeccionada con materiales especialmente diseñados para soportar tan bajas temperaturas.

Hacer la colada en esas condiciones no resulta cómodo y esta suele realizarse una vez por semana, aunque ciertas prendas como los parkas (rellenos de plumón) no se lavan nunca, por lo que pronto adquieren colores grisáceos.

Es cierto que hay agua en abundancia (todo el continente está helado) por lo que se dispone de una cantidad ilimitada de agua (hielo) que suele tomarse de la capa exterior. Ese hielo que se derrite para beber y lavarse, probablemente lleve más de cien años caído.

Si hay dos bienes realmente valiosos en la Antártida,  estos son sin duda el espacio habitable y el combustible necesario para producir energía; empezando precisamente por el agua para uso humano, la cual hay que derretirla primero y eso exige consumo de combustible, un recurso escaso, caro y difícil de manejar.

La energía se consigue de motores diesel que hacen rotar generadores gigantes quemando combustible de aviones, pero estos no pueden trabajar en el exterior ya que ese carburante se convierte en un gel pegajoso a partir de –60ºC.

El aseo personal también entraña notables inconvenientes. Se suele disponer de unos dos minutos (dos veces por semana) para ducharse, porque ya hemos dicho que calentar el hielo para derretirlo y poder beber o lavarse consume muchos recursos. Afortunadamente, hoy en día también disponen de una sauna en donde poder calentarse y combatir, cuando sea necesario, los problemas –por otra parte, frecuentes- de congelación.

Los baños son minúsculos (cuanto mayor sea el espacio más energía se necesitará para calentar cualquier estancia) y son compartidos de forma indistinta por hombres y mujeres. El pis se hace en unas botellas (los hombres) o en unos tarros (las mujeres) y después se vierte su contenido en unos barriles. En cuanto a la caca, hay un vater pero sólo se tira de la cisterna cuando es realmente necesario. Todos esos residuos humanos van a parar a un pozo y eso es lo único que no se reenvía al país de origen para reciclar.

Y es que todos están de acuerdo en preservar lo más posible la pureza de este continente helado. No se puede usar perfume ni desodorante porque contaminan. Los aparatos eléctricos de uso no profesional, que superen los 100 vatios, están prohibidos, y las pilas se agotan enseguida. El frío es tan intenso que si se cae, por ejemplo, una llave inglesa al suelo, esta se parte. Y allí no hay piezas de repuesto ni ningún servicio de mensajería que pueda llevar los recambios; cada aparato que se rompa o estropee debe ser reparado por los propios científicos con lo que buenamente tengan al alcance.

Todos los desechos, los desperdicios, etc. se envían en verano –cuando las condiciones climáticas lo permiten- al país de origen para reciclar. Incluso si durante el invierno muere alguien, entonces se lava el cuerpo y se guarda congelado hasta que al llegar la primavera se pueda repatriar.

Como puede comprenderse, vivir en esas condiciones se hace extremadamente duro: espacios reducidos, frío insoportable y, sobre todo, un solo día y una sola noche. Sobre todo en este último caso, el de la noche eterna, los moradores de estas estaciones deben programar actividades y comidas diferentes para cada día de la semana, a fin de tener unas referencias que les permitan comprender el paso del tiempo y mantener la cordura.

Además las comunidades apenas se componen de unos pocos individuos, nunca más de 40 y con frecuencia bastantes menos. La convivencia durante tantos meses, en ese entorno monótono, cerrado y desapacible, con presencia cercana, escasa intimidad, etc., provoca roces y todo tipo de problemas sociales que deben solventar buenamente por ellos mismos ya que no existe ninguna autoridad externa. Cosas tan sencillas como degustar un tomate o unas hojas de lechuga constituyen todo un acontecimiento, y por la misma razón, cualquier tontería puede dar lugar a la más enconada y absurda discusión.

Este es el ambiente general, pero ¿qué decir de lo relacionado con la salud y la enfermedad en estas condiciones?

Ejercer la medicina cuando la temperatura oscila entre –30ºC y –70ºC la mayor parte del año, tal como sucede en la Antártida, no resulta nada fácil. Para empezar, allí no hay ningún comité médico que supervise las actuaciones, nadie estudia la seguridad de los atípicos procedimientos médicos que suelen utilizarse aunque dichos conocimientos van pasando de unos médicos a otros según se van dando el relevo, y para colmo, el mejor informe médico disponible es el “Manual Polar” de la Marina de los Estados Unidos, editado el año... 1965!

Para cualquier recién llegado a una estación de investigación en la Antártida, hay una serie de modificaciones en su propio cuerpo que llaman indudablemente la atención. De entrada, aun cuando la temperatura de los habitáculos esté por encima de cero y los científicos lleven varios kilos de ropa especial encima, su temperatura corporal nunca supera los 36ºC.

También es muy visible cómo las uñas crecen mucho pero se hacen duras y difíciles de cortar, y las de los pies más aún. En pleno invierno se suele formar una media luna de sangre debajo de cada uña, aunque no duele. Otro tanto sucede al pelo que, o bien crece muy deprisa o por el contrario deja de crecer.

Cuando una persona se ensucia lo bastante, su piel se descama, un proceso que viene a ser un sistema natural de limpieza en seco. La piel, sobre todo la de las manos, tiende a secarse y resquebrajarse, abriéndose grietas profundas y duras que no cicatrizan. Aunque parezca increíble, lo único que consigue cerrarlas es el pegamento de contacto que a pesar de su toxicidad (por ejemplo no puede utilizarse para pegar un diente roto ya que podría dañar el nervio) no produce daños apreciables.

En cuanto a las heridas, es conveniente frotarlas con aceite con vitamina E para que cicatricen mejor; sin embargo se observa cómo las heridas no cicatrizan bien durante los meses de luz constante y en cambio cicatrizan mucho mejor durante los meses de oscuridad invernal.

Son muy frecuentes también las hemorragias nasales, debido posiblemente a la escasa humedad y a la altitud (recordemos que el espesor de la capa de hielo que hay sobre la tierra continental supera ampliamente los dos kilómetros). Cuando las temperaturas externas están por debajo de los –34ºC (como allí es habitual) hay que recurrir en estos casos a la epinefrina para detener las hemorragias y si esto no es suficiente, a la cauterización.

En el Polo Sur no pueden utilizarse tiritas ni esparadrapo porque allí no son capaces de adherirse a la piel, por ello los científicos que trabajan en estas estaciones deben utilizar para estos menesteres cinta aislante, de esa que se utiliza para proteger los cables eléctricos o pegar tuberías.

Y más vale tener bien la vista porque allí no se pueden utilizar lentillas ya que estas se quedarían pegadas a la córnea; por ello, quien lo necesite, deberá usar gafas, aunque con el inconveniente de tener que estar siempre limpiándolas porque se empañan constantemente.

Afortunadamente para los pequeños grupos de personas que deben convivir en esos reducidos espacios por espacio de seis meses o un año (recordemos que durante los meses de invierno quedan completamente desconectados del mundo exterior, sin posibilidad alguna de rescate), se ha comprobado cómo al poco tiempo cada uno de los miembros desarrolla sus propios anticuerpos contra los gérmenes de los otros compañeros que tiene al lado de forma permanente, y gracias a ello no suelen surgir nuevas infecciones.

Los efectos de la hipoxia crónica (síndrome generado por la falta de oxígeno) y de la hipotermia, aún no se han estudiado a fondo. El metabolismo se acelera cuando recibe luz del sol continuada, mientras que el frío aumenta el tamaño de las glándulas suprarrenales. En verano, la gente se vuelve nerviosa, hiperactiva e irascible. Además, por la hipoxia crónica y la falta del ciclo luz/oscuridad, la gente desarrolla el “Síndrome de los ojos como platos”, caracterizado por insomnio, falta de orientación y pérdida de memoria.

Sin embargo lo peor de todo son las consecuencias del “Fenómeno de altitud fisiológica”. ¿En qué consiste? Veamos: la fuerza centrífuga de la rotación terrestre hace que la atmósfera se ensanche en el ecuador y se estreche en los polos. Así, la masa de aire en el ecuador pesa más que en los polos, con lo cual la masa de aire en los polos es más fina y ligera allí, a 2.800 metros de altitud, que a la misma altitud en cualquier otro lugar del planeta. Además, la baja presión barométrica hace que la sangre absorba menos oxígeno y la altitud fisiológica sea la equivalente a 3.700 metros de altitud real.

Los síntomas derivados de esto son numerosos y preocupantes: cansancio, falta de concentración, alteraciones del sueño, náuseas... es decir, los síntomas clásicos de un “mal de altura” como el que suele afectar a los alpinistas. La visión comienza a reducirse entre los 1.500 y 2.500 metros y el razonamiento conceptual empieza a fallar a partir de los 3.600 metros.

Como consecuencia de una estancia en aquél lugar, la saturación de oxígeno en la sangre se reduce a menos del 88 por ciento, cuando lo normal es que oscile entre el 95 y el 100 por cien. Esta hipoxia crónica va eliminando células cerebrales, una reducción en torno al 13 por ciento a corto plazo para las personas que hibernan allí, según se ha constatado en algunos estudios.

Por esta falta de estímulos sensoriales y por la hipoxia crónica, no sólo se afecta la visión sino también el comportamiento y se producen con frecuencia lapsus amnésicos. Se pierde la capacidad de memorizar y se reduce el vocabulario. Por ejemplo: se pueden visualizar las palabras y conocer su significado, pero no se es capaz de emplearlas.

Es evidente la dureza de vivir, aunque sea por espacios cortos de tiempo, en condiciones tan duras como las que se dan en este sexto continente. No es raro que quienes pasan allí una temporada no experimente en algún momento el “Síndrome de estar quemado”, caracterizado por el deseo de huir de la compañía de los demás y quedarse absorto contemplando el vacío, con una falta evidente de capacidad de atención y de pérdida de memoria. Pero, por el contrario, bien sea por el cerebro poco oxigenado o por alteraciones de las glándulas suprarrenales, el caso es que allí se ríe mucho y –quizás ayudado por la monotonía del entorno cerrado- cualquier chorrada es un acontecimiento. Y eso sin tener que recurrir al alcohol porque, como ya se sabe, cuando hay menos oxígeno aumentan sus efectos.

jueves, 22 de enero de 2015

La tierra hueca

Son muchas las teorías que hablan de “La Tierra hueca”, asegurando que nuestro mundo alberga, en realidad, dos mundos: el exterior (en donde habitamos nosotros) y el interior (un mundo desconocido en las entrañas mismas de nuestro planeta). Pero ¿cómo es ese mundo? Digamos primero que han sido muchas las personas que han hablado de esta posibilidad e incluso algunas han creído ver –al sobrevolar el Polo Sur- la puerta de entrada a dicho mundo. Según quienes sostienen esa teoría, los Polos Norte y Sur albergarían una entrada a ese mundo interior. Uno de ellos fue el almirante Richard E. Bird, quien sobrevoló la Antártida y contó en su diario todo lo que había visto y que contradecía la ciencia oficial. ¿Será por eso que no existe ninguna fotografía de satélites que muestre el centro de los Polos Norte y Sur? Bueno, sí existen fotografías (e incluso cualquiera puede “viajar” a esas zonas a través de Google Earth) pero resulta que dichas fotografías están retocadas. Sí, retocadas de la más burda manera: en el Polo Norte, en donde existe un manto permanente de hielo, las fotografías sólo muestran agua en estado líquido y si ampliamos la imagen descubrimos las pinceladas del Photoshop. ¿Y en el Polo Sur? Otro tanto de lo mismo, aunque en este caso sí que aparece el hielo permanente que se asienta sobre este inhóspito y desconocido sexto continente de hielo: en las fotografías que muestran el Polo Sur se aprecia igualmente, al ampliarlas, que se ha retocado la fotografía en lo que sería el centro del Polo Sur y aparece todo con brochazos de pintura blanca sin que pueda distinguirse absolutamente nada.

También han hablado de esta “Tierra hueca” numerosas leyendas. Se han contado historias de algunos seres extraños que aparecieron en algunas ciudades y, al cabo del tiempo, cuando aprendieron nuestro idioma, explicaron que provenían de un mundo situado en las profundidades de la Tierra. Este es el caso, por ejemplo, de los niños verdes que aparecieron en 1887 en un pueblo español llamado Banjos. Incluso hoy día, numerosos exploradores y expertos espeleólogos, nos hablan y sorprenden con documentales que muestran gigantescas grutas que se adentran en las profundidades de nuestro planeta y que apenas si somos capaces de vislumbrar el tamaño real que tienen.

Pero quizás, han sido los novelistas quienes mejor han ilustrado ese misterioso mundo. De todos es conocido Julio Verne y su “Viaje al centro de la Tierra”, una novela que ha sido llevada al cine en repetidas ocasiones. Pero hay otra novela, más desconocida, que es la que ahora quiero comentar y explica con más detenimiento cómo es ese mundo interior. El novelista es muy famoso, Edgar Rice Burroughs. Dicho así es posible que pocos puedan saber a quién me refiero, pero si digo que es el autor de las novelas de Trazan, seguro que todos sabrán de quién estoy hablando. Pues bien, Burroughs no sólo escribió las novelas de Trazan, sino muchas otras novelas, siendo también populares las que escribió en torno al planeta Marte y cómo un americano se ve proyectado mentalmente a dicho plantea y vive allí las más increíbles aventuras. Ahora bien, tuve la suerte de descubrir otra novela más desconocida de este autor; la tituló “Aventura en el centro de la Tierra” (“At the earth’s core”) y se editó en 1914. En esta novela, el protagonista viaja en una gigantesca y ultramoderna excavadora y penetra con ella en el interior de la Tierra. Su objetivo final era el descubrimiento de yacimientos minerales, pero en su primer viaje de exploración no pude detener su avance y la máquina continúa penetrando en la corteza terrestre hasta que aparece en un mundo interior. Así lo describe en algunos pasajes de dicha novela.

Así explica el científico creador de dicha máquina perforadora a su acompañante cómo y a dónde llegaron: “Sé exactamente dónde nos encontramos. ¡Hemos hecho un descubrimiento maravilloso! Hemos probado que la Tierra es hueca. Hemos atravesado totalmente la corteza terrestre y arribado a un mundo interior. Nuestra excavadora nos llevó a través de 400 kilómetros por debajo de nuestro mundo externo. En ese punto llegó al centro de gravedad de la corteza, de 800 kilómetros de espesor. Hasta ese momento habíamos estado descendiendo, aunque la dirección, claro está, es relativa. Luego cuando los asientos oscilaron –lo que te llevó a pensar que habíamos dado la vuelta y que volvíamos a la superficie- pasamos el centro de gravedad y, aunque no cambió la dirección en que avanzábamos, estábamos en realidad dirigiéndonos hacia arriba, hacia la superficie del mundo interior”.

Al llegar y contemplar ese mundo, notan algo extraño: “Cuando me puse a observar con detenimiento, comencé a advertir la rareza del paisaje que me había obsesionado desde el principio con una alucinante impresión de lo sobrenatural: ¡no había horizonte! Hasta donde podía verse, el mar se prolongaba con los islotes que flotaban en su seno, los más lejanos, reducidos a diminutos puntos; pero detrás de ellos seguía infinitamente el mar, hasta que la sensación de estar mirando hacia arriba, hasta el punto más lejano, parecía muy real. La distancia se perdía en la distancia misma. Eso era todo: no había un trazo horizontal definido que marcara la pendiente del globo al hundirse bajo la línea de la visión”.

Pero, con todo, lo más extraño y sorprendente es que dicho mundo interior tenga luz, tenga sol. Así lo explicaba el protagonista: “No es el mismo sol del mundo exterior el que nosotros vemos. Es otro sol, totalmente distinto, que arroja su eterno resplandor de mediodía sobre la faz de esta Tierra interior. Hace varias horas que estamos aquí y sin embargo todavía es mediodía. Es muy simple. La Tierra fue al principio una masa nebulosa, se enfrió, y a medida que se enfriaba se encogía. Al final, una delgada capa de corteza sólida se formó sobre la superficie externa. Era una especie de cáscara; pero adentro contenía materia parcialmente derretida y gases altamente dilatados. A medida que seguía enfriándose ¿qué ocurría?  La fuerza centrífuga arrojaba rápidamente las partículas del núcleo nebuloso hacia la corteza donde se iban solidificando. Habrás visto el mismo principio, en la práctica, en una máquina de separar crema. Al poco tiempo, pues, quedó sólo un núcleo sobrecalentado de materia gaseosa dentro de un enorme vacío provocado por los gases que se contraían y se enfriaban. La idéntica atracción ejercida por la corteza maciza desde todas direcciones mantuvo a ese núcleo en el centro exacto de la esfera hueca, y lo que queda de él es el sol que ves ahora: una cosa relativamente pequeña en el centro de la Tierra, que emite su luminosidad perpetua y su calor tórrido en forma pareja a todas las zonas de este mundo interior. Debe haber pasado mucho tiempo después que apareció la vida en el exterior, para que esta parte interna se enfriara lo suficiente y también hubiese vida en ella. Pero es evidente que los mismos agentes afectaron a ambos mundos”.

Recorriendo aquél mundo sorprendía, quizás más que ninguna otra cosa, que el tiempo no existía. El sol siempre estaba en el mismo sitio, la luminosidad era la misma, siempre perpetua, la dirección y longitud de las sobras era siempre la misma... “¡Cómo medir el tiempo, allí donde el tiempo  no existe!”, decía el protagonista. Al no haber días y noches, al no cambiar nunca la intensidad y posición de la luz, era imposible saber cuánto tiempo -tal como lo entendemos nosotros- transcurría en realidad.

Y en cuanto al tamaño de ese mundo interior hay también otra sorpresa. Si nosotros pensamos en una esfera metida dentro de otra esfera –como este sería el caso- es lógico pensar que la superficie de la esfera interior sea mucho más pequeña que la de la esfera exterior: sin embargo se nos pasa por alto un detalle importante, tal como lo explica el protagonista al mostrarle un mapa de ese planeta interior: “Mira, esto es agua, evidentemente, y todo esto es tierra. ¿Notas la configuración de las dos zonas? Donde hay mar en la superficie exterior, aquí hay tierra. Estas áreas relativamente pequeñas de océanos siguen los contornos generales de los continentes de la corteza de nuestro mundo. Sabemos que la corteza de la Tierra tiene 800 kilómetros de espesor, luego el diámetro de este mundo interior debe ser de 11.000 kilómetros y su superficie de unos 400 millones de kilómetros cuadrados. Tres cuartos corresponden a la tierra. ¡Piensa en eso! ¿Una superficie terrestre interior de 300 millones de kilómetros cuadrados! Nuestro mundo no tiene mas de 80 millones de kilómetros cuadrados de tierra, ya que el resto está cubierto de agua. Así como a menudo comparamos a los países por sus superficies relativas, de la misma manera podemos comparar estos dos mundos y nos encontramos con la extraña anomalía de uno grande dentro de otro más pequeño”.

Como lo que escribió Burroughs (al igual que Verne) era una novela de aventuras, allí aparecieron diversas razas y una sucesión trepidante de acontecimientos. Infinidad de razas y animales que conviven en ese mundo interior, costumbres aparentemente distintas pero comportamientos similares, al fin, a los humanos... imaginación desbordante para hacer pasar un rato entretenido de lectura, tanto es así que resulta difícil detener su lectura y –dado que su extensión no es mucha- con facilidad es capaz uno de leer esta novela de un tirón.

Con imaginación o sin ella, después de ese rato agradable de lectura, queda dentro de nuestra conciencia un pequeño poso de intriga: ¿habrá algo de verdad en todo esto? Y es que una cosa es cierta: es mucho más lo que desconocemos que lo poco que creemos tener por cierto.

PD.- Para el que quiera más información, aquí está el enlace donde puede verse una conferencia de 1 h. de duración sobre este tema: https://www.youtube.com/watch?v=LXDP0MqAg-A

lunes, 19 de enero de 2015

La casualidad imposible

Aunque al siguiente relato verídico le he puesto el título de “La casualidad imposible” comprenderás –al terminar de leerlo- que es imposible se trate sólo de una casualidad. Pero, comencemos sin más demora...

Casi todas las semanas suelo ir a la biblioteca pública para coger una o dos películas para verlas en esas noches en que no me apetece ver ninguno de los programas que ponen en televisión. No encuentro allí películas demasiado actuales, las más recientes suelen ser de hace cinco años; por eso –lo normal- es que coja películas de los años 60, 70 u 80 bien sean de ciencia-ficción, dramas, policíacas o comedias. Así sucedió también esta vez: elegí dos comedias de esa época pero... algo llamó mi atención en aquél mostrador abarrotado de cajas de DVDs de películas: mi vista se posó en un DVD que contenía no una, sino tres películas antiquísimas: una de Buster Keaton, otra del gordo y el flaco, y otra de Bud Abbot y Lou Costello, otra de esas parejas de cómicos de la época. Hasta ese momento nunca había cogido películas tan antiguas, pero algo en mi interior me impulsó a coger ese DVD en concreto esta vez. Así lo hice y volví a casa con las dos comedias que hubiera sido lo habitual y con esta otra película (tres en uno) que incomprensiblemente había decidido añadir por primera vez a mi repertorio.

Aquella misma noche, mi mujer se acostó temprano y pensé que era la oportunidad de ver una de esas tres películas antiguas que había cogido y que a ella no le interesaban en absoluto. Como el DVD tenía tres películas y no era cosa de verlas todas de un tirón, elegí la tercera de ellas, la de Abbot y Costello. El título no tiene ninguna importancia. Comencé a verla y a mitad de película me quedé dormido...

Hasta aquí, todo normal, pero ahora viene la segunda parte...

A la mañana siguiente, convencí a mi mujer para que fuésemos al cine a ver “St. Vincent” (curiosamente mi propio nombre, aunque yo no sea santo) una película de mi actor favorito: Bill Murray (Atrapado en el tiempo, Los cazafantasmas, ¿Qué pasa con Bob?, Lost in translation...) Debo decir que lo de “favorito” se queda corto; soy un grandísimo admirador de él, por su enorme carisma y talento como actor... y también por su sarcástico sentido del humor. Para mí, ir al cine a ver una película de Bill Murray no es “ir al cine”, es mucho más: una liturgia, un acontecimiento trascendente.

Aclarado esto, continúo el relato. Fuimos al cine y disfrutamos con la película (que, por supuesto, recomiendo por sus constantes sorpresas y sus valores humanos) y en un momento dado, me quedé de piedra. La escena era la siguiente: los dos principales protagonistas están sentados y ponen la televisión, y en la televisión aparecen... ¡las primeras escenas de la película de Abbot y Costello que había visto la noche anterior!

¿Es eso una casualidad? Por si alguien alberga alguna duda, que se espere a leer los créditos que aparecen al final de la película... porque otro de los protagonistas principales era una actriz cuya cara me resultaba tremendamente familiar pero no conseguía recordar ni cómo se llamaba ni dónde la había visto; sólo estaba seguro de que la conocía de algo. Es cierto que su nombre aparecía en los carteles de anuncio, pero yo estaba tan cegado por Bill Murray que él era lo único que me importaba, no quiénes le acompañaban en el reparto ni quién era el director. Cuando la película llegó a su final aparecieron en pantalla los créditos con los nombres de los actores y el personaje que había interpretado cada uno de ellos. Al leer el nombre de esa actriz, Naomi Watts, recordé inmediatamente de qué la conocía... era la actriz principal de una película que había visto unos meses atrás y que me encantó. Esa película se llama... “Lo imposible”.

Así que ahora hagamos balance...

Si compras un décimo de lotería tienes una posibilidad entre 99.000 de conseguir el primer premio. Si haces una quiniela tienes una entre millón y pico de posibilidades de acertar 14. Pero en este caso que he comentado... ¿Cuál es el porcentaje de posibilidades?... uno entre millones y millones...

Ya sé que muchos pensaréis –yo también lo pensé- que algunas veces hemos visto una película en donde aparecía en alguna escena una televisión proyectando otra película que habíamos visto, pero... que habíamos visto hacía tiempo, no justo la noche anterior; y es que aquí, los condicionantes que se daban eran extraordinarios:
-         Era justo la película que había visto la noche anterior.
-         Eran unas escenas del principio (recordad que me quedé dormido a mitad de película). Si hubiesen sido de otro momento de la película no hubieran significado nada para mí.
-         En el DVD venían tres películas y opté por ver esta y no otra que, además, venía en tercer lugar.
-         Tenía una semana para devolverlas y podía haberla visto cualquier otro día, pero algo me impulsó a verla ese primer día, justo la víspera de ir al cine a ver la película de Bill Murray.
-         Nunca había cogido películas tan antiguas, esta fue la primera vez.
-         En el mostrador había miles de películas y cientos también de estas tan antiguas, pero tuvo que ser esta película y no otra la que –sin saber por qué- eligiese.
-         Podía haber ido a la biblioteca cualquier otro día, pero tuvo que ser ese día y no otro, justo en la víspera de ir a ver la película de Bill Murray.
-         Como he dicho, al día siguiente no fui al cine a ver una película cualquiera, sino una de mi actor favorito y eso no era “ir al cine” sino algo con una importancia mucho mayor para mí puesto que soy “devoto” de él.
-         La película nos demuestra (no voy a destripar su final ni sus sorpresas) que los santos son personas normales, con múltiples defectos, y que debemos mirar no sólo a las apariencias sino a lo que hay en el interior de las personas.
-         Y hasta el título de la película por la que conocí que había una actriz que se llamaba Naomí Watts, era el de “Lo imposible”.

Considerando, pues, todo esto... ¿a cuánto asciende ahora el porcentaje de posibilidades para que se produzca un hecho así? No es imposible, pero sí muy cercano a lo imposible. Todo lo cual nos lleva a una conclusión final...

Llamar “casualidad” a esto resulta ridículo. Hay que darle otro nombre aunque no soy capaz de encontrarlo. Este hecho es igual que cuando te dan una voz para que espabiles si te has quedado embobado con algo o “se te ha ido el santo al cielo” como comúnmente se dice. Es algo así como un “¡Eh, despierta, que estamos aquí”. Y ¿quiénes están aquí? ¿Quiénes son esos que nos dan esa bofetada imaginaria para “despertarnos”? Como no los vemos ni los tocamos, es evidente que están en otra dimensión y utilizan estas cosas para –haciendo gala de una gran sentido del humor- avisarnos de la futilidad de nuestro mundo y nuestro modo de vida actual. Hay algo más, algo que está fuera de este mundo material... hay vida espiritual más allá de esta corta estación de tránsito que es nuestro paso por esta vida. Porque la vida no es esto que vivimos ahora, la vida es lo que nos espera cuando “muramos”.

Es bueno saberlo, y lo que más me reconforta es que ahí, al otro lado... tienen mucho sentido del humor.

sábado, 17 de enero de 2015

Es con chicas con quien sueño

Paloma, la secretaria de dirección, llamó a la puerta y entró en la clase de historia que estaba dando Mercedes, en el último curso de enseñanza básica en un colegio que –en régimen de internado- había en mitad del campo a media hora de Alicante, una ciudad de poco más de 300.000 habitantes en la costa del Mediterráneo, en España. Todos los alumnos, miraron intrigados cómo Paloma susurraba algo al oído de Mercedes y por la expresión de ambas no parecía ser nada bueno, puesto que las dos estaban muy serias.

Mercedes se dirigió a sus alumnas y llamó a Alma. “¿Puedes acompañar un momento a Paloma?”. Todos se miraron intrigados mientras Alma salía de la clase. “¿Qué es lo que habré hecho esta vez?”, pensó. Pero no recordaba tener ningún asunto pendiente. Paloma, por otra parte, no le decía nada, sino que la acompañaba con semblante serio por el pasillo hasta el despacho del director.

Cuando abrieron la puerta su sorpresa fue mayúscula al ver allí a Miguel, su tío, junto al director, ambos también con semblante serio. Al verla, Miguel se acercó hacia ella y la abrazó. “Lo siento, pequeña, tu madre ha muerto”, apenas acertó a susurrar. Alma no supo en aquél instante cómo reaccionar. No por esperado –la enfermedad de su madre se había prolongado más de tres años- resultaba ahora fácil de soportar. Pero ella en aquél instante no sentía nada, sólo desconcierto.
- Ve a recoger tus cosas para que tu tío te lleve a casa, y no te preocupes, ya recuperaremos cuando vuelvas. Tómate el tiempo que necesites – le dijo el director.

Alma fue a su dormitorio y metió cuatro cosas en la bolsa de deporte. Tantos años de internado, en dormitorios compartidos, sin un hogar ni una familia, la habían acostumbrado a vivir al día, sin más equipaje que sí misma. No necesitaba prácticamente nada, así que en cuestión de minutos cerró la bolsa y volvió al despacho en donde aguardaba su tío.

Muchas veces pensaba que su tío Miguel era más cercano a ella que su propio padre. Desde luego había convivido con él más que con su padre. Primero, por su trabajo como director regional de una empresa de equipamientos quirúrgicos para hospitales. Tenía a su cargo todo el territorio nacional y esto le obligaba a viajar constantemente y a pasar cuatro o cinco noches a la semana fuera de su casa.

La salud de su madre y los continuos viajes de su padre fueron las razones que le dieron cuando apenas tenía diez años, para enviarla interna a un colegio. Su madre había padecido de todo –al menos que ella recordase- desde problemas del hígado, hasta problemas respiratorios, para acabar finalmente con un cáncer de mama al que no consiguió vencer.

Las pocas veces que estaba en su casa, se sentía como una extraña. Era una casa vacía, vacía de personas, vacía de afecto, vacía de recuerdos... Incluso las vacaciones de verano las solía pasar con su tío Miguel, hermano de su madre, y con su abuela Manuela –la madre de su madre- en el chalet que tenían en las afueras de Altea.

Su tío Miguel era soltero y vivía en ese chalet con su madre desde que ella tenía uso de razón. Trabajaba como profesor en la escuela del pueblo y nunca había sentido deseos de progresar ni de casarse ni de ir a otra ciudad. Su vida era la rutina, el pequeño microcosmos de ese pequeño pueblo. Sin embargo era una persona afable, con la que se podía hablar de cualquier tema... o casi. Porque cuando ella le preguntaba cosas de su padre, que por qué viajaba tanto, que por qué no pasaba más tiempo en casa, Miguel miraba hacia otro lado y cambiaba de conversación.

Alma acababa de cumplir los 17 años y toda su vida se le antojaba carente de afecto, de familia. Las únicas alegrías las tenía con sus amigas, muchas de ellas con problemas y situaciones similares. Esto las acercaba más y las hacía sentirse como una piña, apoyándose siempre unas a otras. Alma siempre fue un poco líder, quizás por su carácter rebelde, extrovertido y alegre. Siempre estaba planeando algo fuera de lo común –y prohibido, por lo general- y además nunca tenía reparo en decir cara a cara lo que pensaba. Eso, precisamente, le había acarreado un largo historial de castigos. Su curriculum escolar ofrecía un balance simplemente aceptable en lo referente a estudios, con aprobados, algún notable y algún suspenso que recuperaba luego en septiembre y que le obligaba a seguir estudiando también durante el verano. Pero todo eso se empañaba con la hoja interminable de sanciones por su indisciplina constante y el mal ejemplo que –a juicio de los profesores- suponía para las otras alumnas.

Cuando había una fiesta Alma era “el alma de la fiesta”, como solía reconocer riendo. Y desde siempre había sentido una especial predilección por el deporte, de tal forma que fue de las primeras en apuntarse al equipo de fútbol femenino con el que recorría cada fin de semana diversos lugares como participante en la liga provincial.

Esa era toda su vida. La cárcel permanente de un internado. Las lejanas noticias de unos que decían ser sus padres. Los veranos estudiando en casa de su tío y de su abuela. Y el mundo de amistad con sus amigas y su equipo de fútbol. Entre aquél mundo y este último, Alma se quedaba con su mundo: Sus amigas y su fútbol.

Sin embargo, a pesar de su dureza y falta de sensibilidad aparente, Alma era sensible, pero había tenido que ponerse una coraza para poder sobrevivir. En su fuero interno ella se sentía diferente y sabía que aquello no podía confiarlo a nadie más. Y de vez en cuando escribía poesías que nadie, absolutamente nadie, había llegado a leer jamás.

Miguel condujo en silencio los casi cuarenta kilómetros que separaban su internado de la casa de sus padres en Alicante. Cuando llegaron, notó que más coches de lo habitual habían aparcado junto a la puerta. Subieron y al entrar en aquella casa, que nunca sintió como suya, un frío glacial se metió en su corazón mientras veía las caras tristes de sus familiares. Su padre, aquél extraño, se acercó a saludarla y la abrazó. Ella simplemente consintió.
- ¿Quieres verla? – le preguntó.
Alma asintió levemente y la condujeron al dormitorio en donde el cadáver de su madre había sido arreglado con esmero. Tenía una expresión de paz y un blanco intenso, aterrador. Y entre los rígidos dedos, un rosario.

Al cabo de unos instantes, salió y se encerró en la habitación que alguna vez ocupó en esa casa, en la que debería haber sido “su” habitación, en “su” casa, con “su” familia. Pero nunca hubo nada de eso porque sentía que le habían estafado, le habían robado su infancia arrojándola lejos como algo molesto que se aparca y olvida a propósito en cualquier sitio.

Se tumbó en la cama y cerró lo ojos. La oscuridad le borró el tiempo. Sintió que aquello no era nada, que nada cambiaría y su vida seguiría igual. Y así lo pudo comprobar durante los días siguientes. Su padre dijo que se iba a ocupar más de ella, pero lo único que hizo al cabo de unos días fue llevarla al dentista y pagar la costosa ortodoncia para corregir sus dientes.

Al principio se sintió molesta e irritada, pero luego pensó que la única que se iba a beneficiar de todo aquello era ella, cuando pudiese más adelante lucir una preciosa sonrisa. No tardó mucho tiempo en acostumbrarse y –a diferencia de otras chicas a las que esos hierros en su boca la hubieran podido acomplejar- en el caso de Alma se transformó en un valor añadido, en algo que ella enseñaba con orgullo como muestra de su fiereza y su enfrentamiento permanente con el mundo. No le importaba reír y enseñar sus dientes sujetos por los hierros, y era consciente además de su belleza, de lo atractivo de sus carnosos labios, y del freno que esa ortodoncia iba a suponer a esa panda de chicos imbéciles que nunca le habían interesado lo más mínimo.

Cuando su tío la llevó de regreso hasta el internado ella suspiró de alivio. Se juntó de nuevo con sus amigas y le enseñó los dientes, rieron y se conjuraron para ganar la Liga de fútbol de la que aún faltaban tres partidos. Su vuelta a los entrenamientos fue una alegría para todas. Cualquier otra chica con su capacidad goleadora habría conservado un detallado historial de su trayectoria como deportista, sin embargo Alma se había acostumbrado a vivir al día y ni siquiera sabía cuántos goles había marcado en su vida, aunque debían haber sido muchos toda vez que cada año se situaba como la máxima goleadora de su equipo con más de 20 tantos.

En el siguiente partido, por la falta de entrenamiento, el entrenador decidió dejarla fuera y apenas si pudo participar quince minutos al final. Sin embargo se ganó el partido sin problemas y el verdadero reto se vería una semana más tarde cuando se enfrentasen al San Juan. Una derrota les pondría las cosas difíciles, el empate añadiría emoción al final de la liga, pero una victoria les aseguraría el campeonato.

Durante toda la semana los entrenamientos se intensificaron y por las noches le costaba conciliar el sueño. Por eso hablaba y hablaba con Sonia, su compañera de habitación, y eso la reconfortaba. Aunque Alma se llevaba bien con casi todas las chicas, con Sonia siempre había algo especial y no sabía por qué. Les gustaba jugar y reír, soñar con escapar y ser libres y volar. Algún día vivirían por su cuenta y podrían hacer lo que se les antojase sin tener que estar sometidas al dominio de quienes ahora dirigían y controlaban sus vidas.

Sonia era rubia, con una larga melena que se recogía en una coleta para jugar al fútbol y siempre estaba de buen humor, aunque como Alma pensaba, no tenía ningún motivo para ello: Sus padres divorciados y con un odio creciente entre ellos, el cual se lo trasladaban a ella cada vez que les visitaba. También Sonia prefería estar en el internado a estar en cualquiera de aquellas dos casas en las que había dos seres que se odiaban.

La indisciplina también era una constante en su carácter y los responsables del internado siempre dudaban entre mantenerlas juntas (“las manzanas podridas mejor que estén en el mismo cesto” se decían) o separarlas a ver si mejoraban su comportamiento. Sin embargo, eran más propensos a pensar que hacerles compartir habitación con otras compañeras sólo llevaría a tener “cuatro manzanas podridas en vez de dos”.

Con más rapidez de la que se imaginaban llegó el gran día. Jugaban como locales y el ambiente en el internado era algo especial, con la presencia de numerosos padres y familiares. Ninguno de Sonia o Alma, por supuesto. Pero ellas dos se tenían a sí mismas y eso les bastaba, y su entusiasmo sabían transmitírselo a todas las demás.

Cuando el entrenador del equipo vio el estado del terreno de juego, completamente embarrado tras la fuerte lluvia caída por la noche, no pudo menos que fruncir el ceño. Sus chicas eran virtuosas del balón, verdaderas artistas, pero en un campo así no iban a poder demostrar su superioridad. En una situación así habría que recurrir a la épica y así se lo hizo notar en los prolegómenos del encuentro. En el vestuario reinaba una tensión especial pero también una confianza ciega en el triunfo, no obstante, en un campo así, cualquier resbalón, cualquier lance fortuito del partido podía dar al traste con todas sus esperanzas.

Cuando saltaron al terreno de juego pudieron comprobar que aquél era un día especial, público y aplausos, algo casi inaudito a lo largo de toda la competición en que sólo 10 o 20 personas –básicamente familiares y amigos de las jugadoras- presenciaban los partidos. El balón se puso en juego y pronto se pudo ver lo difícil que iba a ser dominarlo; cada dos por tres se quedaba parado en mitad del barro y se creaban situaciones de peligro en lances que en otras circunstancias no habrían tenido la menor trascendencia. El equipo de Alma se manejaba bien y recurría a los pases largos para mover el balón (escapando así del barro) y desarrollar su característico juego por las bandas. Las rivales del San Juan se empleaban a fondo y el choque estaba muy igualado y deslucido, sin casi ocasiones de gol en ninguna de las dos porterías.

Tras el descanso salieron decididas a resolver el encuentro, pero el panorama seguía siendo el mismo, patadones, resbalones, choques y melees en el barro. A veces más parecía rugby que fútbol. Y mientras tanto, los minutos seguían pasando y el cero a cero se mantenía en el marcador; un resultado que dejaba las espadas al aire para la siguiente jornada en que habría de decidirse todo.

A base de insistir en el juego por las bandas, y en uno de esos centros prodigiosos que Sonia solía realizar, el balón fue despejado a corner con apuros por una defensora del San Juan. Se apretujaron todas frente al área pequeña y mientras Sonia caracoleaba entre la defensa captando su atención, Alma se retiró unos metros hacia atrás, hacia el segundo palo que había quedado libre. Hasta allí precisamente llegó el balón lanzado desde el corner y cuando Alma lo vio se preparó y, sin dejarlo caer, empalmó un trallazo que –a pesar de no estar muy colocado- se coló en la portería rival con una potencia tal que no le dio tiempo a reaccionar a la guardameta.

El grito de “goool” resonó en todo el campo de fútbol y todas corrieron a abrazar a Alma. Saltaron unas sobre otras, con la alegría, el barro y el esfuerzo marcado en sus rostros. Y entonces algo pasó. Para Alma fue igual que si se hubiese detenido el tiempo. Las vio a todas inmóviles, suspendidas en el aire, como una fotografía congelada, donde el tiempo se había parado para todas menos para ella y... para Sonia. En esa fracción de segundo, fue consciente del beso que Sonia le había dado en los labios, del estallido de algo extraño que explosionaba en su interior, de mirarla a los ojos y responder con un nuevo y fugaz beso en los labios. Sólo fue una fracción de segundo, pero ella fue consciente de todo aquello, tras lo cual se reanudó el tiempo, con el ensordecedor estallido de los gritos de euforia. Nadie se dio cuenta de lo que pasó en aquél instante perdido en medio de la algarabía; nadie excepto ellas dos.

Tras la insistencia del árbitro porque el juego se reanudara, se fueron levantando todas para recobrar sus posiciones y disputar los diez minutos que aún quedaban. Alma estaba como un zombie, sin acertar aún a comprender qué era lo que estaba sintiendo. A partir de aquél momento pareció disputar el encuentro como ausente, pero la contienda ya se había sentenciado y su equipo se alzó con la victoria y con el campeonato provincial.

Todas se felicitaron y el vestuario fue una completa algarabía. Después en el colegio hubo una fiesta y la díscola Alma recibió las felicitaciones de todo el profesorado, al igual que el resto de componentes del equipo. Por la noche, cuando estuvieron de nueva juntas las dos en su habitación, se miraron y se dieron cuenta de que aquello era lo que durante tanto tiempo las había hecho sentirse diferentes. Ahora comprendían por qué preferían la compañía de chicas a la de chicos, a los que siempre trataban de rehuir. Las dos se sinceraron y descubrieron que un sentimiento nuevo y desconcertante les había explotado en su interior.

Después cerraron los ojos y durmieron, rendidas por el cansancio y la tensión de aquél día tan intenso. La oscuridad se hizo de nuevo y Alma se sintió liberada, liviana, flotando en el espacio que la absorbía. Alma volvía a ser un ente psíquico, no físico, y se mantuvo en ese trance durante mucho tiempo; en realidad allí no existía el tiempo por lo que no podríamos decir cuánto duró aquello... simplemente, hubo un momento en que sintió el deseo de escribir, pero no tenía cuerpo... y vio allí abajo a un poeta que se enfrentaba con el lápiz titubeante frente a una hoja en blanco. Entonces Alma bajó y se metió dentro de aquél brazo, colocó su corazón en el mismo lugar que ocupaba el corazón de aquél poeta, y exhaló su aliento fundiéndolo con el de aquél extraño al que había poseído. La mano del poeta ya no le pertenecía, ahora era de Alma, y ella la fue moviendo para escribir los más bellos poemas.

Ya han pasado unos años desde que estos hechos tuvieron lugar, pero todo lo acontecido ha quedado reflejado en un libro, “Las cosas de Alma”, del que se puede adquirir por Internet en la editorial Bubok (www.bubok.es) tanto una edición digital como una edición impresa. Allí está toda esta increíble historia y también todos los poemas que dictó.

jueves, 15 de enero de 2015

Fundido a negro

“¡Un poco más! ¡Ya falta poco!”, gritó Magnus mirando hacia atrás cómo fatigada y rendida por el esfuerzo, Marianne gateaba por los últimos peñascos hasta la cima. Haakon ya estaba descansando de la prolongada ascensión hasta esa cima que le permitía ver un paisaje inigualable: Todo el valle y las pequeñas casas de Davik refulgiendo de verdor cada vez que el sol se abría un camino entre el cielo tejido de nubes. Haakon era el mejor amigo de Magnus desde que coincidieron en el primer curso de la Universidad de Oslo. Ahora, como dos flamantes ingenieros recién licenciados se abría ante ellos el reto de encontrar un trabajo que colmase sus aspiraciones y eso tal vez les haría distanciarse –al menos geográficamente- el uno del otro.

El de hoy era un día especial, el último día de vacaciones en que Marianne estaría con ellos, por eso habían querido ofrecerle una excursión que les daría la mejor imagen para el recuerdo. Desde la cima de la montaña que dominaba el valle, se despedirían juntos de aquél lugar que ocupaba un lugar destacado en el mejor cajón de sus recuerdos.

Durante una semana había estado alojado en la casa de su amigo y allí había sido testigo de esa complicidad invisible entre Magnus y Marianne; más que primos parecían hermanos. A fin de cuentas ambos eran hijos únicos y habían compartido su infancia en la misma ciudad. Y en una ciudad de 5.000 habitantes como Maaloey, en la costa este de Noruega, la convivencia puede ser muy intensa si así lo deseas.

Pero ahora estaban en Davik, degustando los últimos días de vacaciones. No quería pensar en volver, sólo en vivir el momento presente, y ese presente no acababa de llegar porque Marianne no podía seguir su paso y la ascensión por la montaña la dejaba sin fuerzas. Por eso estaba allí sentado, esperando que llegasen al fin hasta su lado.

Al cabo de un rato que no se hizo eterno (él también estaba cansado y agradecía ese descanso) los vio llegar hasta su lado. Ella se apoyaba en el brazo de su primo y reía sólo de pensar en la penosa imagen de agotada que les estaba ofreciendo. Se tiró sobre la mullida capa vegetal que cubría el suelo y miró hacia las nubes. ¡Lo había conseguido! ¡Llegó a la cumbre!

Se incorporó después y miró el paisaje. Pronto divisó, allí abajo, a lo lejos, la casa de sus padres y el bote junto al lago.
- Algún día todo esto será mío - dijo solemne Marianne.
- Bueno, todo no, solo aquél trocito, desde el embarcadero hasta la casa y el jardín con frutales que hay detrás – le corrigió Magnus.
- De acuerdo, tú también heredarás otro trozo de tierra y seguiremos siendo vecinos –añadió sonriendo Marianne.

Para reponer fuerzas sacaron las provisiones de la mochila: Sandwiches de reno, un bol de ensalada y café. Aquellas habían sido unas vacaciones estupendas y el preludio, al menos así lo parecía, de una nueva vida para Marianne. Pronto cumpliría 25 años y había llegado ya el momento de volar e independizarse de sus padres. Quería vivir por su cuenta, ser independiente (aunque en realidad siempre lo había sido) y que nadie se entrometiese en su vida. Eso era lo que peor llevaba; los consejos que todo el mundo le daba constantemente, los chismorreos a sus espaldas, la incomprensión –e incluso a veces el rechazo- por el simple hecho de sentir diferente.

Ella se consideraba como los demás, y buena prueba de ello era la excelente relación que mantenía con su primo y con el mejor amigo de este. Juntos habían extraído lo mejor de la vida en estos días de vacaciones: Los paseos en bote por el lago, las acampadas y el placer de cocinar su propia pesca, las partidas de cartas, el descanso en la casa escuchando música o los gritos y emoción con el fútbol televisado.

Cualquier deporte les gustaba, aunque el fútbol era su favorito. Como la mayor parte de los noruegos, seguían muy de cerca la liga inglesa y cada uno tenía sus preferencias (Manchester United para Marianne, Liverpool para Magnus, y Chelsea para Haakon). Cada vez que podían, veían sus partidos en la tele, bien provistos de palomitas y coca cola. En realidad en Davik, apenas unas casas que sólo tenían vida en verano, poco más se podía hacer. Su ciudad natal, Maaloey, parecía una gran ciudad a su lado.

Marianne tenía la vista perdida en el horizonte, donde los picos nevados reflejaban la luz del sol que apenas si se escondía tímidamente tras ellos por la noche. Aún no se daba cuenta de los cambios tan drásticos que se iban a precipitar en su vida. Cierto es que había pasado largas temporadas fuera de su casa, interna en diversos colegios, pero una cosa era aquello –donde siempre estaba el apoyo y... la “opresión” de su familia- y otra cosa era el emprender una nueva vida independiente.

Ella quería a sus padres y se sentía querida, pero ya estaba harta de tantos consejos y de la severidad de su padre, siempre dando órdenes y diciendo qué es lo que tenía que hacer. Su madre seguía la corriente y procuraba suavizar la situación, mientras que Marianne en la única persona en que de verdad encontraba comprensión era en su abuela; siempre amable, siempre cerca.

- Venga Marianne, habrá que ir pensando en bajar, que todavía queda un largo camino, aunque esta vez te será más fácil –sonrió Haakon sacándola de sus pensamientos.

Recogieron las cosas e iniciaron el descenso zigzagueando por el apenas marcado sendero que llevaba de regreso hasta el camino del lago. La temperatura era agradable, unos 18 grados, y continuaba nublado. El sol ya no encontraba huecos por donde alumbrarles, pero la luz de aquellos días era casi permanente.

No encontraron a nadie durante todo el camino. Apenas una perdiz que simuló estar herida y llamó su atención precisamente para alejarlos del lugar en el que sus polluelos encogidos esperaban a que pasase el peligro, a que pasasen ellos. Fue Haakon quien se dio cuenta de esta estrategia y lo comentó entusiasmado, por lo que decidieron salir un momento del camino para no entrometerse en la vida de aquella familia. ¡Había que predicar con el ejemplo! “Si quieres que respeten tu vida, respeta la de los demás”, pensaron.

El descenso fue mucho más rápido, aunque los gemelos se resentían. Si al subir, todo el esfuerzo se apoyaba en los muslos, ahora en la bajada era en los gemelos. De cualquier forma, no había prisa, aún quedaban unas horas para hacer el equipaje y coger el coche de regreso.

Magnus le preguntó a Marianne si se sentía bien para conducir hasta Maaloey. Aunque sólo era una hora de viaje, la carretera era estrecha y plagada de curvas, y ella no tenía costumbre de conducir.
- Tranquilo –le dijo Marianne- iré con cuidado, y ten en cuenta que aún tengo reciente las clases; hace apenas un mes que me dieron el carnet de conducir. Iré despacio.
- Está bien, pero también podrías volver el próximo fin de semana con todos nosotros, o quedarte dos semanas más y volver con tus padres.
- Quita, quita, que para una vez que me dejan el coche sin protestar y voy a poder conducir sola, quiero disfrutarlo –sentenció Marianne.

Le apasionaban los coches. Cada vez que podía, Marianne cogía el coche de su madre, un pequeño Toyota Yaris, color rojo, y hacía pequeñas escapadas por la isla. Con el coche de su padre, un Saab que a ella le parecía enorme, no se atrevía. Con su 1,62 de estatura, el pequeño Yaris le venía como anillo al dedo y se sentía más segura en él. Por otra parte, nunca se le hubiera ocurrido pedirle a su padre el Saab... ni éste se lo habría dejado.

Aunque no entendía de motor, solía comprar algunas veces revistas de coches y estaba muy al día de todos los modelos que iban saliendo. ¡Seguro que cuando tuviese un empleo fijo se compraría un coche! De hecho, cada vez que se lanzaba un nuevo utilitario, analizaba todas sus características como si fuese a comprarlo en ese instante. Pero de momento, se sentía como una reina con su flamante carnet de conducir y los pequeños paseos que su madre le dejaba hacer con esa pequeña “bolita roja” que era su coche.

“Y además hace juego con mi pelo”, decía Marianne, que por aquella época seguía teniendo el pelo de color rojo aunque su color natural era rubio intenso. Con frecuencia, Magnus hacía bromas con los constantes cambios de color y de peinado que hacía Marianne. “Ya no te quedan colores libres en el catálogo”, decía. Y en efecto, toda la gama de rubio, rojo, castaño e incluso negro, habían pasado por su cabeza y ¡sin previo aviso! causando más de una conmoción en su familia. Porque además esos cambios de color se acompañaban de un nuevo peinado o de un nuevo corte: Cuando se habían acostumbrado al pelo largo, los sorprendía con un atrevido corte a lo chico. Ahora, no obstante, llevaba varios meses con el pelo rojo oscuro y una tímida melena que apenas llegaba a rozar sus hombros.

Haakon avisó del giro que debían tomar para atravesar un pequeño riachuelo antes de llegar al camino que les llevaría hasta sus casas. El embarcadero y los botes amarrados se veían cada vez más cerca. El color verde del agua era igual que los ojos de Marianne; un verde profundo, infinito, capaz de expresar más sentimientos que un aluvión de palabras. Con la luz cercana ya al horizonte, los reflejos de las casas y las barcas en el lago se hacían más intensos. Y también era intenso su deseo de llegar y descansar un poco antes de emprender su camino de regreso.

Magnus la miró desde sus casi dos metros de estatura y Marianne alzó la cabeza. El hubiera deseado que se quedase unos días más, al igual que el fortachón de Haakon. Los tres lo pasaban bien y se reían del permanente acoso que Marianne les hacía con su nueva cámara digital de fotos. Todo el día estaba haciendo fotos y buscando los más insospechados ángulos para guardar cualquier pequeño detalle de cuanto sucedía en sus tranquilas vidas. El vuelco de un vaso de coca cola encima de la mesa de comida, era un acontecimiento que no quedaba sin registrar con su cámara, el remo apoyado junto a la barca se convertía con su pericia en una obra de arte, y la foto de su bota en la más incomprensible de las instantáneas.

Pero los tres sabían que cualquier decisión de Marianne era inamovible, así que no insistieron demasiado. El tiempo se acababa y la casa de los padres de Marianne ya estaba a unas decenas de metros. Su madre, Elin, estaba recogiendo las sábanas en el jardín cuando los vio llegar y los saludó sonriendo. Cuando llegaron a su altura les preguntó qué tal les había ido todo y por sus caras sonrientes pudo ver que habían pasado un día feliz y agotador.

Allí, junto al porche de la casa se despidieron. Magnus y Haakon siguieron camino hasta la otra casa que estaba a unos cientos de metros, también en la misma orilla del lago. Quedaron en verse tan pronto como todos estuviesen de nuevo en Maaloey y sin más, sus figuras se fueron reduciendo en la distancia, mientras Marianne pasaba a su habitación a recoger las últimas cosas que le quedaban por guardar en su maleta.

El orden y la limpieza no eran su fuerte, y por supuesto, tampoco lo era el hacer las maletas. Amontonándose y empujándose unas cosas a otras, todo fue entrando en la maleta y al fin, con un resoplido de esfuerzo, Marianne dio por concluida la tarea. Repasó con la mirada su habitación, las paredes de madera clara con algunas de sus fotos clavadas en la misma. La ventana sobre el jardín en donde aún se veía el trajinar de su madre cuyo pelo rubio y fuerte figura dominaba el escenario y transmitía un aire de seguridad que a ella le faltaba en demasiadas ocasiones.

Salió al jardín y le preguntó a su madre si quería que le ayudase a recoger la ropa. Esta asintió y entre las dos llevaron todas las sábanas, toallas y ropa ya seca al interior de la casa. Por el aspecto del cielo y el viento que se estaba levantando era probable que no tardase mucho en llover.

Junto a la mesa de la cocina se sentaron y Elin sirvió dos tazas de café.
- Será mejor que tomes esto, así estarás más despejada para el viaje – le dijo acercándole la taza de café.
- Gracias –susurró Marianne.
- ¿Estás segura de que quieres hacerlo? – preguntó Elin.
- Sí, mamá, ya tengo 25 años y en cuanto termine este mismo año mi curso de informática podré encontrar un trabajo. A fin de cuentas, sólo se trata de irme de casa unos meses antes – señaló Marianne.
- Y ¿cuándo vas a empezar a buscar piso?
- Mañana mismo. Pero no te preocupes que te mantendré informada de todo. Además ya sabes que necesitaré un poco vuestra ayuda económica, puesto que los ahorros no me llegan para tanto.

Durante el último año, Marianne, que ya tenía en la cabeza estos planes, había trabajado durante tres meses en el servicio de ferrys que unían Maaloey con Bergen y esto le había permitido conseguir unos ahorros que a ella le parecían inmensos, aunque era consciente de que solo con eso era imposible independizarse. Así que se había tomado muy en serio sus clases de informática para poder obtener cuanto antes la licencia y buscar con ella un trabajo; quizás en una editorial.

Marianne siempre había sentido afición por la escritura y disfrutaba escribiendo. Lo que no muchos sabían era que también escribía poesías y además lo hacía con igual soltura tanto en noruego como en inglés. Pero de esta faceta íntima pocas personas tenían noticia. Ella siempre había sido bastante reservada y le costaba encontrar nuevas amigas, eso sí, una vez que las había encontrado las mantenía para siempre. La vida había sido dura con ella y la desconfianza asomaba a sus ojos cada vez que se veía con alguien que no formase parte de su círculo más cercano. Tantos sin sabores, tantos desengaños... ¿Por qué no la dejaban ser como era? ¿Por qué ese afán por cambiarla? “Una puede hacer y seguir las instrucciones que le den, si lo desea, pero lo que de ninguna forma puede hacer es pensar o sentir de una manera diferente. Lo que se piensa o se siente no se puede cambiar, está más allá de nuestra voluntad”, pensaba Marianne mientras apuraba los últimos sorbos de café y su vista se perdía por el paisaje ahora gris que se veía por la ventana.

Se levantó de la mesa y se dirigió a su cuarto a recoger la maleta.  En ese instante llegó corriendo Stuff, su pequeño perro “bolita de pelo” como ella lo llamaba, y ambos se abrazaron. Ahora que estaban en la casa de campo, era más difícil verlo ya que se pasaba todo el día corriendo de un lado a otro. No era como en invierno, cuando estaba todo el día en la casa.

Cruzó el salón y se paró junto a la puerta. Su madre la abrazó.
- Ve con cuidado y llámame cuando llegues. Yo se lo diré luego a tu padre.
- ¿Cuándo vuelve? – preguntó Marianne.
- Pasado mañana estará de regreso. Y ya sabes que no le gustará ver la casa desordenada cuando llegues, así que cuídala estos días que vas a estar allí sola.

Marianne asintió y arrastró la maleta por el césped del jardín. Colocó sus cosas en el coche, se ajustó el cinturón de seguridad, graduó los retrovisores y arrancó. Ahora al volante, ella sola, sintió cómo recuperaba de nuevo la seguridad en sí misma. No obstante avanzó con cuidado por el estrecho camino que llevaba a la carretera. Vio cómo el pequeño conjunto de casas se iba perdiendo en el horizonte y enfiló la carretera rumbo a Maaloey, mientras del cielo comenzaban a caer las primeras gotas de lluvia.

Conforme avanzaba más y más kilómetros el cielo se ennegrecía más y más y la lluvia comenzaba a hacerse más intensa. Lo que comenzó como un leve chispeo, ahora era una lluvia casi torrencial. El limpiaparabrisas apenas daba abasto para desplazar todo el agua que estaba cayendo, pero lo peor no era eso, sino el viento que cada vez soplaba más fuerte y empujaba su pequeño coche hacia la cuneta.

Consciente de la situación aminoró la velocidad, pero tenía que seguir. No había ningún sitio donde parar y, si como parecía, el tiempo iba a ir de mal en peor, cuanto antes llegase a su casa mejor sería. No era la primera vez que conducía con lluvia ya que la lluvia era un elemento cotidiano en su ciudad, sin embargo notaba que le faltaba experiencia y que una situación tan mala como la que se estaba formando no la había vivido nunca.

Una señal indicando que tan sólo se encontraba a 5 kilómetros de su destino le hizo dar un suspiro de alivio. Muy pronto llegaría su casa en la calle 16 (las calles de Maaloey no tenían nombre, sino números) y descansaría para poder empezar con fuerzas al día siguiente la búsqueda de un apartamento de alquiler donde poder mudarse. Ya se había informado de un par de sitios, pero no había llegado a contactar con los dueños. Ahora sí lo haría y deseaba ardientemente conocer esas viviendas por dentro, los detalle, el precio... Al ser un pueblo pequeño, daba igual la situación, céntrica o en las afueras, ya que en pocos minutos se llegaba de un lugar a otro. Pero Maaloey era una ciudad cada vez más importante y seguía creciendo. Ya estaba considerada como uno de los puertos pesqueros más importantes de la costa este de Noruega, y lo que antes sólo era una iglesia de madera rodeada de cuatro casas, ahora contaba con una de las estaciones portuarias más avanzadas.

Maaloey era una isla que había dejado de serlo desde que construyeron un puente que la unía con el territorio continental. Un puente, por cierto, que a veces se cerraba al tráfico rodado a causa del viento. Se cuenta, aunque ella nunca lo había visto, que algunas veces el viento desplazaba a los coches que cruzaban el puente y más de un accidente se había producido en esas circunstancias.

Sintió las manos agarrotadas, quizás por la tensión de mantener el control del coche frente a las ráfagas del viento, pero por fin, apareció su ciudad al fondo y el enorme puente frente a ella. La alegría por llegar golpeaba su corazón y estaba deseando soltar el volante y descansar en su casa. Ni a Gunvor, su mejor amiga, le contaría lo mal que lo había pasado en este viaje, en el que se daba cuenta de la falta de experiencia conduciendo en semejantes condiciones meteorológicas.

No lo vio. No supo cómo, pero un enorme camión que venía de frente estaba dando bandazos en el puente y ella no podía frenar ni con esa velocidad, ni con esa lluvia. Intentó pasar entre el pretil del puente y el hueco que en ese momento dejaba el camión, pero algo salió mal, porque oyó un ruido seco, como de hierros retorciéndose, y se sintió volando. Todo se quedó negro y en silencio...

Marie, la abuela de Marianne, abrió un poco la ventana para que entrase algo de luz. Pudo ver así, tenuemente iluminado, el rostro de Marianne, aún hinchado y con los puntos recientes en la mitad superior del labio. El goteo marcaba los segundos y el tiempo y los recuerdos se agolpaban en su mente. Era su niña, a la que había querido tanto o más que a su propia hija.

En el silencio de aquella sala de hospital allí estaba ella, siempre dispuesta a ayudar. Tan pronto como le dieron la noticia acudió al hospital y llamó a continuación a Elin, quien se trasladó de inmediato junto con la familia de Magnus. Avisado también su padre, que se encontraba en Oslo en viaje de negocios, adelantó en un día su regreso y en pocas horas también estaría allí con ellas.

El accidente había sido brutal y era un milagro que aún estuviese con vida y más aún, que no tuviese –aparentemente- lesiones graves. Sin embargo no había recobrado desde entonces la consciencia y eso preocupaba a los doctores. Por otra parte, tenía importantes contusiones por todo el cuerpo y muy dañada la cadera.

Marie acarició el pelo rojo de Marianne y se sentó junto a ella. Así pasó mucho tiempo hasta que en un momento dado se dio cuenta que su nieta estaba despierta, estaba consciente e incluso sonreía al verla a ella. Entonces Marie abrió su bolso y sacó un libro. Se lo mostró a Marianne.
-         ¿Sabes qué es esto? –le preguntó.
-         Un libro. ¿Qué libro es? –respondió Marianne.
-         Es un libro muy especial. Lo compré hace una semana y una vez que empecé a leerlo no pude parar hasta terminarlo, y me dije: tengo que dejárselo a Marianne porque hay una chica que se llama igual que tú en este libro. Es una chica como tú... en realidad –titubeó- cuesta trabajo creer que no seas tú. Pero lo más sorprendente de todo es que este libro habla de tu accidente.
-         ¿De mi accidente? –respondió Marianne alterada.
-         Parece –continuó su abuela- como si el escritor del libro ya supiese no sólo lo que había pasado sino también lo que habría de suceder.
-         ¡Déjamelo, quiero leerlo!

Marie le entregó el libro, se titulaba “La fuga” y su subtítulo rezaba “Castidad y rock and roll”. Todo lo que sucedió después, había quedado reflejado en ese libro que, en España, se puede comprar por Internet, tanto en edición digital como en edición impresa, en la editorial Bubok (www.bubok.net) Estas líneas que anteceden y ahora terminan sólo son si acaso una especie de precuela. La gran historia está aún por comenzar aguardándote en “La fuga”.

martes, 13 de enero de 2015

Mi pequeño legado: Seis palabras

Si tuviera que hacer un ejercicio de síntesis para resumir muy brevemente mi visión de lo que es y debe ser la comunicación profesional, el resultado final serían tan sólo seis palabras. Voy a extenderme un poco más sobre cada una de esas palabras para que podáis situarlas en su adecuado contexto pero, si os dais cuenta, serán esas seis palabras, esos seis conceptos, los que han marcado mi trayectoria profesional y a los que considero como la verdadera esencia de la comunicación.

Esas seis palabras que me gustaría dejar como legado tras mi paso por el mundo de la comunicación, son estas: inspiración, cercanía, proactividad, disponibilidad, inmediatez y continuidad.

Inspiración

Dicen que la verdadera inspiración es el fruto de la transpiración, es decir, el resultado del trabajo previo. Y estoy de acuerdo con ello, pero voy a añadir un pequeño truco para que podáis alimentar y beneficiaros de vuestra inspiración.

Para alcanzar el impacto deseado con nuestra comunicación es preciso haber acertado con el mensaje, con la forma de expresarlo, con el medio o los medios de transmitirlo... es decir, nos vendría muy bien estar tocados por la varita mágica de la inspiración para obtener el mejor de los resultados. ¿Cómo se logra?

Lo primero, como ya apuntaba antes, es el trabajo previo. Cuando tengáis que afrontar el hecho de comunicar algo, lo primero es documentarse. Para ello hay que acudir a cuantas fuentes fidedignas se nos ocurra e ir haciendo una primera lectura. Cuando consideremos que ya tenemos material suficiente para poder escribir y plantear lo que necesitamos comunicar, procederemos a hacer una segunda lectura, esta vez subrayando aquellos datos, cifras, citas, párrafos, etc., que consideremos de mayor interés para nuestro propósito. Y cuando hayamos terminado de hacerlo... entonces... cerraremos la carpeta, cerraremos los ojos, y enviaremos un mensaje a nuestro subconsciente diciéndole algo así como “yo ya he hecho el trabajo previo, ahora te toca a ti trabajar, así que yo me voy a dedicar a otras cosas y ya me avisarás cuando estés listo”. Y, efectivamente, eso es lo que hay que hacer: estar convencidos de que nuestro subconsciente va a ser capaz de darnos esa chispa de originalidad y acierto que necesitamos... y dejarle hacer.

A partir de ese momento nos olvidaremos de todo el trabajo previo que hemos realizado y nos ocuparemos de otros menesteres. Estad seguros que al cabo de unas horas, o de unos días (el subconsciente resulta que sí es conciente del plazo real que nos exigen) sentiremos algo así como una llamada interior, quizás sea una frase, una idea, o ese titular que podría encabezar nuestro mensaje. Tan pronto como lo recibamos, hay que escribirlo. Pero claro, esto no siempre es fácil porque ese momento puede acontecer cuando estamos conduciendo, o cuando estamos en el servicio, o cuando estamos caminando por la calle, o en mitad de una reunión... No importa. Siempre hay que tener a mano un papel y un lápiz, y tan pronto llegue esa idea hay que trasladarla al papel; es tan sólo cuestión de unos segundos.

Bien, el subconsciente ya nos ha avisado que está listo, por lo tanto, en cuanto sea posible, lo más rápidamente posible, hay que apartarse de las demás ocupaciones, coger papel y lápiz (hoy en día suele ser el ordenador) y ponerse a escribir todo lo que nos salga a partir de esa idea. Veremos cómo tan pronto comencemos a escribir, las palabras se van a ir agolpando y a salir una tras otra. Debemos dejarlas que salgan tal como ellas quieren, sin retoques ni censuras.

Finalmente, cuando se haya terminado de escribir, será el momento de repasarlo para corregir alguna cosa o añadir o quitar cualquier otra, pero nos daremos cuenta que el resultado es de nuestra entera satisfacción.

Para quien no haya practicado nunca esta técnica hay que recordarle que es muy sencilla pero indudablemente no tiene por qué salir de forma perfecta a la primera. Lo importante es acostumbrarse a trabajar sobre una idea, dejarla después reposar en la mente mientras nos ocupamos de otras cosas, y finalmente dar rienda suelta a todas las ideas que en un momento dado brotarán de nuestro subconsciente reflejándolas en el papel.

El trabajo previo siempre es necesario, pero también lo es el dejar trabajar a la mente para que nos aporte esa chispa diferenciadora que otorga a unos mensajes la atracción del lector frente al paso desapercibido de los demás.

Cercanía

Cuando escribamos nuestros mensajes debemos acostumbrarnos a sentarnos al otro lado de la mesa (en sentido figurado). Me refiero al hecho de ponerse en el lugar del lector, de nuestro destinatario. Hay que hablar en su lenguaje, exponer las cosas de tal manera que le resulten atractivas, que sean interesantes para él. Lo normal, por desgracia, es escribir pensando en lo que le gustaría a nuestro jefe y no en lo que de verdad le interesa al lector. “¿Pero cómo no vas a decir eso, con lo importante que es?”, te dirán en algunas ocasiones. Pues porque eso es importante para ti, pero no para nuestro destinatario, él está más interesado en otros aspectos. Y entre esos aspectos juega un papel importante el factor emocional. Las personas nos movemos por emociones no por sesudos razonamientos; es más, aunque razonemos, al final las decisiones se toman más por los sentimientos. Somos humanos, simplemente es eso. Y de ahí que sea tan importante conectar con ese otro ser humano que va a recibir nuestro mensaje. Hay que hacerle ver que estamos con él, que hablamos su mismo idioma, que conocemos y comprendemos sus deseos y necesidades, y de esa forma –en un diálogo entre iguales- hacerle llegar nuestro mensaje.

Lo que importa siempre no es una comunicación académica perfecta, un mensaje ortodoxamente elaborado, sino el resultado que se persigue con dicha comunicación. Es cierto, sorprende muchas veces cómo una comunicación que ha obviado infinidad de aspectos técnicos, de detalles importantes, etc., consigue sin embargo “llegar” al público y que éste la acepte y la haga suya. Se trata de  cercanía, ni más ni menos, tanto en el lenguaje como en la forma de sentir e interpretar cuanto nos rodea; si no nos hacemos iguales a nuestros destinatarios no podremos conectar con éxito con ellos.

Proactividad

No podemos esperar a que nos digan nuestros jefes qué es lo que tenemos que hacer. No podemos esperar a que el mercado y la competencia nos marquen el camino para entonces reaccionar. En comunicación hay que ser siempre proactivos, buscar nuevas ideas, nuevos proyectos, nuevas formas de acercar nuestros posicionamientos hacia nuestro público.

Cualquier empresa u organización tiene en su mano las herramientas para crear los escenarios que lo hagan posible. Se trata de poner en marcha proyectos e iniciativas a través de las cuales podamos contactar con el público y transmitirle nuestros mensajes.

Desde luego la proactividad no es para los perezosos, como tampoco lo es para ellos el éxito. Para ser mejores que la competencia no sólo hay que actuar mejor, también hay que actuar antes y actuar más. Debemos ser nosotros quienes demos siempre el primer paso, quienes marquemos el camino, los primeros en organizar determinados actos o en poner en marcha determinadas acciones. Eso es lo que identifica y diferencia a los líderes. Eso es lo que marca la diferencia.

Disponibilidad

El mundo de la comunicación, ya lo hemos dicho, requiere de múltiples fuentes de información. Nosotros (nuestra empresa, nuestra organización) también somos una de esas fuentes. Por consiguiente no es de extrañar que el público o que los periodistas quieran contactar con nosotros para pedirnos cualquier información o simplemente para conocer nuestra opinión, bien sea sobre algo relacionado con nuestros productos y actividades o incluso sobre cualquier acontecimiento de actualidad que no tenga nada que ver con nosotros pero, que considerándonos a nosotros como líderes, nos dan el privilegio de ser preguntados al respecto. Y esa es una magnífica oportunidad, un auténtico tesoro que hay que saber aprovechar. Si nuestro público y/o nuestros periodistas quieren hablar con nosotros... hay que facilitarles ese contacto.

Sin embargo, y con demasiada frecuencia, los directivos no son proclives a atender estas peticiones e incluso se muestran contrariados cuando les llegan requerimientos en este sentido. “Es que no tengo tiempo, no puedo atenderlos a todos”, dirán muchos de esos directivos. Y tienen razón; su cargo, sus ocupaciones, no les dejan el tiempo necesario para dedicarlo a estos menesteres. Pero lo que sí les debe ir inherente en el cargo es la capacidad de decisión para derivar hacia otros portavoces cualificados de su organización o empresa la atención de esas demandas. Aquí puede jugar un papel muy importante el responsable de comunicación –verdadero nexo de unión entre una organización y su público- para hacerle ver las características e importancia de cada requerimiento y que así, en base a ese conocimiento, el directivo pueda decidir si finalmente es él quien atiende la petición o si bien se le pasa a otros portavoz de la compañía. Lo que sí será igualmente importante para el éxito es que cada organización tenga varios portavoces cualificados para atender esas peticiones, pero no sólo cualificados desde el punto de vista técnico, sino cualificados desde el punto de vista de la capacidad para comunicar, y para ello existen cursos de portavoces e incluso responsables de comunicación en su propia empresa: para formarlos en el difícil arte de “dar la cara” ante la opinión pública.

Inmediatez

Se diría que con lo apuntado en al apartado anterior ya estaría todo hecho, pero no. Una cosa es “estar disponible” y otra muy distinta estarlo cuando el peticionario lo necesita; y esto, en el mundo de la comunicación tiene una palabra que gusta muy poco a los directivos: inmediatez.

La mayoría de las ocasiones las peticiones de información, de declaraciones, de entrevistas, de participación en programas, foros, etc. es de ahora para ahora mismo; como mucho, para dentro de un par de horas. No queda otro remedio; el mundo de la comunicación es así. Lo que hoy es noticia... mañana es historia; y los medios de comunicación se nutren de noticias, no son libros de historia. Así, pues, cuando llegue una petición hay que derivarla de inmediato al portavoz correspondiente y este deberá estar preparado para atenderla al momento o como mucho en la próxima hora (simplemente el plazo de tiempo preciso para poder buscar algunos datos relevantes y necesarios para atender la petición con la calidad necesaria).

Continuidad

Y para terminar me gustaría hablar de la sexta palabra: continuidad. Reconozco que la mayoría de las personas –afortunadamente- tiene grandes ideas, que muchas de ellas presentan grandes proyectos, que algunas consiguen plasmarlos en brillantes iniciativas... pero resulta que muy pocas personas son capaces de “mantener” estas iniciativas, de darles la continuidad necesaria. En mi dilatada trayectoria por el mundo empresarial, he asistido a múltiples presentaciones, a espectaculares power points, a la puesta de largo de excelentes proyectos. Sin embargo cuando al cabo de unos meses volvía a revisarlos ¿qué me encontraba?: el letargo. Tras un brillante arranque (y una vez los autores se habían colgado en su pechera las correspondientes medallas) los artífices de aquella flamante idea se dedicaron a otras cosas y el proyecto se quedó sólo en una fachada, en un arranque al que no se supo o no se pudo dar continuidad.

Cuando uno se plantea un proyecto, hay que ser honestos y plantear igualmente qué es lo que se necesita para mantenerlo, no sólo para ponerlo en marcha. Como esto no se hace y sólo se habla de la parte bonita, resulta que luego no hay presupuesto o no hay recursos humanos, o –simplemente- no estaba previsto que fuera tan complicado su mantenimiento.

Por ello, el reto, el verdadero reto en el campo de la comunicación, no es sólo presentar iniciativas y ponerlas en marcha; el verdadero reto es darles continuidad. Porque resulta que una brillante iniciativa que ha captado con agrado la atención de nuestro público, se volverá en nuestra contra si ese mismo público, pasado un tiempo, comprueba que se han frustrado sus expectativas y que todo aquello que prometíamos ha quedado en nada, en algo paralizado, en algo que pudo ser y no fue.

Fijaros en la importancia de esto: el hecho de no plantear al inicio cuáles van a ser las necesidades reales de recursos y presupuesto para que dicha idea o iniciativa se mantenga viva en el tiempo, hace que esa iniciativa (con el esfuerzo y presupuesto de su arranque incluido) se convierta en algo negativo que afecta directamente a nuestra credibilidad, esto es, un torpedo en la línea de flotación de cualquier empresa, de cualquier organización y de cualquier persona: la credibilidad.