miércoles, 28 de febrero de 2018

El lorito que aprendió a hablar y pidió su libertad

Hacemos un paréntesis en la revisión de mi impresionante trayectoria deportiva para incluir una serie de videos verdaderamente "inefables". Para empezar, aquí tenéis este titulado "El lorito que aprendió a hablar y pidió su libertad", un caso realmente insólito -no lo del lorito, sino lo del vídeo- ya que sin que yo hiciera nada, se convirtió en viral y ya tiene más de un millón de visitas.
Aquí lo tienes:


domingo, 25 de febrero de 2018

Hasta aquí llegué

Todo tiene su fin y esto también. De todas formas cuanto he escrito aún permanece en Internet y puedes consultarlo cuando quieras. Por ejemplo:

Si quieres conocer una breve biografía de Vicente Fisac (1949- ?) aquí tienes el enlace:

Si lo que prefieres es conocer los libros que he escrito, aquí tienes el enlace:

Y si lo que eliges es curiosear entre las cosas que he escrito en mis blogs, aquí lo tienes a tu disposición con un archivo completo en el lateral y un buscador arriba a la izquierda.

En cualquier caso, gracias por tu visita.


PD (a fecha 27 de febrero de 2018).- No obstante, y después de un breve periodo de descanso, he decidido seguir haciendo lo que más me gusta: escribir. Así que –con la periodicidad y/o frecuencia que me de la gana- seguiré escribiendo y compartiendo con vosotros en este blog todo lo que salga de mi desbordante imaginación, que para eso se llama este blog “Palabras inefables”. 

sábado, 24 de febrero de 2018

Fútbol (entrenador) (y 5)

De los partidos que dirigí como entrenador, uno de Liga, dos del “Torneo del Carmen” y tres del “II Trofeo Sr. Julio”, el balance fue el siguiente: 6 partidos jugados, 6 partidos ganados, 43 goles a favor y 2 goles en contra, levantando yo como máximo responsable del equipo un título de Liga y dos Copas. ¡Lástima que la UEFA no se fijase en mí!

Para terminar este capítulo es obligado rendir homenaje a los jugadores de ese equipo que con su esfuerzo, ilusión y entrega, hicieron posible escribir páginas tan brillantes del deporte:

Pastelerías Mallorca (camiseta roja, pantalón azul)
Porteros: Vicente Luján, Jesús García Guerra y Julio César Ávila.
Defensas: Carlos Fisac, Fernando (Curro) López Benjumea, Ángel Robles Botella, Jesús Barrios Carrera, Daniel (Dani) Rodríguez Peñagómez y Ángel de Nova.
Medios: Salvador (Salva) Martínez Solera, Antonio (Toni) Quirós Gamallo, Fernando Barrios Tascón, Pablo David (Pablo) Sánchez Cabrero, Rasel Lamariz yJesús García Guerra.
Delanteros: Juan Payá Abajo, José Luis (Jose) González Serna, Juan José Pulido y Juan Luis López.

Hubo algunos jugadores más que en algún momento de la temporada se incorporaron al equipo y jugaron algún partido o algunos minutos, pero estos que he citado son los que formaron el equipo básico, los más habituales en las alineaciones. De entre ellos yo destacaría al centrocampista ofensivo Salva, alto, rápido, ágil, con una gran visión de juego y una gran capacidad goleadora que le llevó a anotar 21 goles; y Juan, un menudo y escurridizo delantero que metió 24 goles. Y tampoco puedo dejar de citar al entrenador del equipo, José Cuesta Navarrete, como tampoco puedo olvidar sus atronadores gritos desde la banda que llevaban en volandas a los jugadores, o esa jugada –quizás inventada por él- que llamaba “trenza” y que consistía en que dos jugadores iban corriendo y pasándose el balón uno a otro cruzándose como si estuviesen dibujando una trenza sobre el terreno de juego, lo cual causaba el natural desconcierto en el equipo rival.

PD.- Si alguien se sorprende de la memoria prodigiosa que tengo para recordar tantos nombres y detalles, he de aclararle que no me ha supuesto ningún mérito ni esfuerzo: aún conservo todas las actas de aquellos partidos.

viernes, 23 de febrero de 2018

Fútbol (entrenador) (4)

Pero quizás os estaréis preguntando por qué digo que fui entrenador si mi puesto era el de Delegado. Todo se andará. Porque estaba a punto de finalizar la Liga cuando surgieron desavenencias entre el presidente del equipo y el entrenador. No supe nunca los motivos, quizás fuesen extra deportivos y entrasen más de lleno en el terreno personal y/o de convivencia ya que todos eran vecinos de Vallecas y mi hijo y yo éramos los únicos foráneos; el caso es que faltaba sólo un partido para finalizar la Liga y nos quedamos sin entrenador. Entonces el presidente me pidió que me hiciese cargo del equipo y fue así como me estrené como entrenador de un equipo de élite, Alevín sí, pero de élite.

Sucedió el 18 de junio de 1989 actuando como visitantes en el campo del Club Deportivo Serena, y ante tamaña responsabilidad hice como años después haría Vicente Del Bosque cuando heredó la selección nacional de fútbol que Luis Aragonés había dejado como Campeona de Europa... es decir... no hacer cambios, porque si algo funciona, mejor no tocarlo. Así que me dediqué a entrenar a mis jugadores y mantener la alineación y el estilo de juego que tantas mañanas de gloria nos había dado. Mi estreno como entrenador de fútbol fue con una contundente y merecida victoria a domicilio por 4-0.

Una vez finalizada la Liga tocaba jugar un par de torneos. El primero fue el “Torneo del Carmen”, en donde nos enfrentamos al C.D. Serena y al Recreativo Palomeras, a los que ganamos 6-1 y 7-1 quedando Campeones de dicho torneo. El segundo torneo se llamaba “II Trofeo Sr. Julio” (del barrio de Entrevías) y jugamos tres partidos, ganando los tres por resultados tan abultados como 6-0 el primero, 11-0 el segundo (que era contra nuestro equipo hermano, Rayo Mallorca) y 9-0 el tercero contra el Cosmos. Otra Copa más a las vitrinas.

Terminada la temporada, en donde mi hijo había jugado toda la temporada de lateral derecho, y ante su insistencia por ocupar otra demarcación en el campo, le busqué otro equipo de fútbol cerca de casa, y de esa manera siguió haciendo deporte aunque ya nunca volvió a estar en un equipo de élite como lo fue aquel y al que di más esplendor aún con mi contribución final como entrenador. Fijaos si no, cómo mi balance de entrenador fue aún más espectacular que aquél global de la Liga que he mencionado antes. 

jueves, 22 de febrero de 2018

Fútbol (entrenador) (3)

Los partidos se jugaban en sábado o domingo por la mañana y al acabar nos juntábamos los padres en un bar cercano para tomar cervezas y comentar la actualidad deportiva, lo cual era un disparate (no por lo de comentar la actualidad deportiva sino por lo de tomar unas cuantas cervezas) ya que mientras el resto de padres volvía andando a sus respectivas casas (y no importaba que fuesen dando tumbos), yo tenía que coger el coche y recorrer Madrid de punta a punta... y con unas cuantas copas de más, eso sí, bañadas de alegría porque el Pastelerías Mallorca ha sido el mejor equipo de fútbol que he visto en toda mi vida (ni el Barcelona, ni el Bayern de Munich... ninguno ha llegado a la excelencia alcanzada por este equipo). Para dar fe de ello no tengo que refrescar mi memoria, simplemente revisar las actas de los partidos y mis anotaciones, que aún conservo.

Pero más que las palabras, hablarán por sí mismas las cifras y es que Pastelerías Mallorca ganó todos los partidos por goleada salvo los dos partidos jugados contra la AFE que también se ganaron pero sólo por 3-1 en nuestro campo y 0-1 en su campo. El balance final no pudo ser más espectacular: 20 partidos jugados, 20 partidos ganados, 110 goles a favor y sólo 3 goles en contra. Como veis, unos números que causan asombro y que se ganaron un puesto en la revista del barrio la cual publicó la foto del equipo (con su Delegado que era yo) y el increíble palmarés.

Era tanta la admiración que levantaba nuestro equipo que al segundo partido ganado con tanta solvencia, el propio club de fútbol Rayo Vallecano nos dio un pase permanente para que los jugadores y yo como Delegado, pudiésemos pasar gratis al estadio de Vallecas a ver todos los partidos de Liga del Rayo. Así que como una mamá gallina, acudía cada domingo con 15 o 17 retoños, y sentados en una grada de lateral animábamos a “los mayores”. 

miércoles, 21 de febrero de 2018

Fútbol (entrenador) (2)

Los equipos que formaban aquél grupo eran, además de nosotros que nos llamábamos “Pastelerías Mallorca”, el Rayo Mallorca (también filial del Rayo), Galerías Serena, Recreativo Palomeras, Deportivo Vallecano, Buena Noticia, Cosmos, Almadén, Unión y –el que se mostró como nuestro más duro rival- AFE (el equipo de la Federación de Futbolistas Españoles). El primer partido se jugó el cinco de noviembre de 1988 contra el equipo hermano Rayo Mallorca y ¿sabéis cómo acabó? Nada más y nada menos que 9-0 así que ya desde el principio este equipo demostraba su superioridad. Y es que conforme pasaban los entrenamientos y los partidos, me quedaba maravillado de la calidad y la conjunción de aquellos pequeños futbolistas, uno de los cuales –el lateral derecho- era mi hijo.

Como Delegado del Equipo me reunía con el árbitro antes del partido para darle las alineaciones y después del mismo para firmar y recoger el acta arbitral. Muy metido en mi papel, seguía cada partido llevando la contabilidad de los minutos que jugaba cada jugador, y de los goles que iba metiendo cada uno. Dos veces  entre semana, acudía a los entrenamientos que se celebraban en un completísimo polideportivo de Vallecas en donde había un campo de fútbol solo para nosotros con sus correspondientes focos (ya que en invierno a última hora de la tarde era noche oscura), suficientes balones, conos de plástico para ensayar jugadas, petos para los partidillos, etc.

A pesar de tratarse de niños de 11 y 12 años, se les daba un entrenamiento muy completo, no sólo de táctica, sino también de técnica, de estrategia y de fortaleza física. Se les hacía correr durante media hora al menos, saliendo del polideportivo para llegar al parque cercano y regresar luego otra vez al campo para seguir entrenando. Por entonces yo aún conservaba buena forma física y me unía al grupo para correr con ellos, al igual que hacía su entrenador. No contento con eso, también echaba mis pinitos corriendo luego en solitario por la pista de atletismo que había junto al campo de fútbol de entrenamiento. Y ya metidos en faena, me ocupaba del entrenamiento específico de los porteros.

martes, 20 de febrero de 2018

Fútbol (entrenador) (1)

Como el fútbol ha sido siempre mi deporte favorito, tanto para practicarlo como para disfrutar como espectador (y sufrir, que para eso soy del Atleti), no debería extrañar que además de haber sido jugador haya sido entrenador y empresario. En este capítulo me  voy a referir a mi experiencia como entrenador.

Todo comenzó cuando en 1988 llevé a mi hijo a hacer las pruebas en el Rayo Vallecano y, tras superar varias de ellas, finalmente consiguió una plaza en uno de los equipos de fútbol de la categoría Alevín (niños de 11 a 12 años) que tenía el Rayo Vallecano y que en este caso concreto estaba patrocinado por Pastelerías Mallorca.

Fue una inmensa alegría conseguir que entrase en un equipo “profesional” y yo, como padre orgulloso de su hijo, acudí con él al primer entrenamiento de la temporada 88-89 que iba a comenzar y se estrenaría con el comienzo de la Liga en el grupo del Ayuntamiento de Vallecas. Allí fueron llegando todos los niños, algunos de ellos con sus padres, aunque no todos, puesto que salvo mi hijo y yo que veníamos del otro extremo de Madrid, el resto eran vecinos de dicho barrio y vivían muy cerca del campo de entrenamiento. Esto significaba además que yo tendría que llevar a mi hijo todos los días que hubiese entrenamiento o partido, esperarlo, y volver con él; un niño pequeño no puede andar solo por Madrid ni viajar solo en Metro. Conocedores de mi ineludible obligación de acudir y estar allí todos los días, me pidieron que les echase una mano y fuese su Delegado de Equipo. Acepté encantado y comencé a llevar las riendas administrativas del equipo. 

lunes, 19 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (y 12)

Y ya para terminar este capítulo quiero compartir con vosotros una experiencia tal cual la relaté en un escrito de hace varios años; porque ser un deportista famoso lleva implícito el peso de la fama, la constante persecución de los fans en cualquier sitio y circunstancia. Por lo que habéis leído hasta ahora yo no llegué a ser un futbolista famoso y sin embargo un día sí que experimenté lo que se siente al ser una estrella de fútbol. El relato de aquél acontecimiento, titulado “El día que fui aclamado”, decía así:

“Era un viaje más, uno de los muchos que hacía a Vigo para desplazarme hasta la fábrica de nuestra compañía en O Porriño. Como siempre, cogía el primer avión de la mañana y ni siquiera el café podía espabilarme demasiado. Entré de los primeros en el avión y tomé asiento en la primera fila. Tan pronto me acomodé, cogí el periódico y me enfrasqué en su lectura. Esto me ayudó a coger el sueño y nada más despegar quedé profundamente dormido.
El aviso de la azafata indicando que nos abrochásemos los cinturones ya que íbamos a tomar tierra, me despertó de mi reparador sueño. Ese descanso adicional me había venido muy bien para afrontar aquél día de trabajo. Había organizado una rueda de prensa para las 11 de la mañana y confiaba en que acudiesen a la misma muchos periodistas, no en vano había contactado con los responsables de la información sanitaria de todos los medios de comunicación de Galicia. Lo que no podía imaginarme era el recibimiento que me esperaba.
Cuando bajé del avión, me sorprendió una muchedumbre (principalmente chicas jóvenes, aunque también había chicos e incluso algunas personas mayores) que nada más verme salir del avión comenzaron a gritar de forma histérica. Ni en el más remoto de mis sueños hubiera podido imaginar un recibimiento así, tal entusiasmo por ver mi llegada, todos esos brazos agitándose y saludándome, e incluso algunas lágrimas de histeria y emoción brotando de los ojos de aquellas chicas tan bellas... Me sentí como el Country Communication Manager más afortunado del planeta al comprobar el entusiasmo y admiración que causaba en aquella multitud de chicas jóvenes a las que a duras penas podía contener la policía para que no derribasen las vallas que protegían el pasillo por el cual avanzaba.
Sin embargo, una vez había dado unos cuantos pasos, pude comprobar con decepción que sus gritos y miradas no seguían mi recorrido, sino que continuaban mirando detrás de mí. Entonces me di la vuelta y pude ver que quienes avanzaban justo detrás de mí eran los jugadores de la selección española de fútbol. Resulta que iban a jugar un partido en Vigo al día siguiente y yo no había caído en ese detalle, como tampoco me había dado cuenta (enfrascado como estaba en la lectura del periódico y mi sueño matutino) que junto a mi asiento iban pasando uno tras otro todos los jugadores de la selección española.

En fin, por lo menos, la sensación de ser un gran ídolo de masas no me la quita nadie y permanecerá para siempre en el recuerdo, como también –todo hay que decirlo- el éxito de aquella rueda de prensa que organicé”.

domingo, 18 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (11)

Con aquél momento de gloria irrepetible finalizó mi carrera como futbolista en activo. En mi haber queda haber jugado en campos de hierba natural, haber formado defensa con un internacional como Zoco, haber hecho regates increíbles, haber salvado goles cantados aun a costa de mi integridad física, y haber marcado goles de todas las facturas. No me gustaría, sin embargo, acabar este capítulo sin insistir en la importancia de saber jugar sin balón y saber situarse bien en el campo; pocos jugadores profesionales saben colocarse en esos espacios libres que quedan en el segundo palo cuando se saca un corner y esto lo aprendí y utilicé yo solo sin que nadie me lo enseñara.

sábado, 17 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (10)

Se jugó en un campo reglamentario de fútbol en El Pardo y nuestro equipo –ya llevábamos varios partidos jugando juntos- demostró su superioridad desde el principio. Sin embargo aquél día brillé más que ningún otro (bueno, en realidad pocas veces brillé, pero esta vez sí que sí) y realicé una proeza sin precedentes en toda mi larga, irregular e intermitente carrera como futbolista. Actué como lateral derecho pero subiendo una y otra vez al ataque y si bien mi equipo ganó por 9 a 2, ese día marqué 5 goles; pero no cinco goles cualquiera, sino cinco soles, cinco goles de todas las facturas posibles. Para el primero, el que abría la cuenta goleadora de mi equipo, utilicé la estrategia, que era una de mis armas preferidas. Mientras que al ir a rematar un corner todos los jugadores se apelotonan en el centro del área, yo busqué el espacio libre que siempre se dejaba (y se sigue dejando) un poco más allá del segundo palo. Tal como esperaba, hacia ese lugar llegó un balón rebotado y entonces, estiré la pierna, le di con la tibia y el balón entró en la portería. Está claro que no es muy normal marcar un gol con la tibia, pero es que eso sólo era el comienzo, después marqué un gol de un perfecto punterazo con la derecha, más tarde –algo inédito en mi carrera- marqué de cabeza al rematar un corner, después marqué otro gol también con la derecha aunque esta vez golpeando el balón con el interior de la bota, y finalmente, el más recordado: me escapé por la banda corriendo con el balón controlado; me seguía de cerca, pegajosamente cerca, un defensa contrario al que no podía dejar atrás; así, corriendo en paralelo nos fuimos acercando hacia la portería contraria; no conseguía dejar atrás al defensor contrario, el portero iniciaba la salida para tapar ángulo, el oxígeno llegaba cada vez con más dificultad a mi cerebro a consecuencia del esfuerzo que suponía tan larga carrera ya muy cerca del final del partido; aun así tuve un momento de lucidez mental y un desborde de confianza y me atreví a hacer lo que no había hecho nunca en mi vida: chutar con la izquierda, que era la única pierna que me dejaba libre el defensor-lapa que llevaba pegado todo el tiempo como mi propia sombra. Aquél inopinado disparo desde fuera del área se coló en la portería rival y todos los de mi equipo estallamos en un éxtasis de alegría, sobre todo yo que aún no daba crédito a lo que había sido capaz de hacer con mi pierna mala, la izquierda.

viernes, 16 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (9)

Durante mi permanencia en Sideta también me ocupé de hacer las quinielas semanales aunque aquí no tuvimos tanta suerte a pesar de haber acertado muchas semanas gracias a un sistema reducido de siete dobles. Rara era la semana que no acertábamos 12 pero los premios que nos tocaba cobrar apenas si eran de unos pocos cientos de pesetas a repartir entre siete u ocho personas. Por alguna curiosa circunstancia, hubo una racha en que casi todas las semanas la quiniela acababa llena de “unos” y por consiguiente reportaban unos premios ridículos. Por fin, un día, llegó la tan esperada alegría: ¡Había acertado una de 14! Pero cuando comprobé el boleto algo me mosqueó: esa quiniela era... ¡de 14 unos! Como me temía, el premio fue de tan solo 5.000 pesetas a repartir. Así que, poco después, sin ningún gran premio que llevarnos a la boca (digo a la cartera), dejamos de hacer quinielas, desencantados por tanto acierto y tan poco premio.

Cuando dejé Sideta cambié de tercio, pasando de la industria farmacéutica a la industria agroquímica,  incorporándome a una empresa que se llamaba Zeltia Agraria, que poco después pasó a llamarse ICI-Zeltia, que luego se llamó Zéneca Agro, y que ahora se llama Syngenta. ¡Hay que ver qué cambiante es la vida! ¡Aunque no te cambies de empresa es la empresa la que se cambia! Como Jefe de Publicidad de la misma estaba en contacto con muchas Agencias de Publicidad y con una central de compra de Medios, Central Media, cuyo director era Antonio Ruiz, un gran aficionado al deporte que nos animó a jugar partidos de fútbol en donde algunos empleados de su compañía y de la nuestra nos enfrentábamos a los equipos de otras empresas. Por mi parte, ya estaba olvidada aquella lesión y aún mantenía una buena forma física, capaz de correr los 90 minutos sin desfallecer, así que participé en algunos de aquellos partidos, incluso una vez volvimos a jugar en un campo de hierba, el que había en el Parque Sindical, pero lo normal era jugar en campos de tierra, aunque eso sí, reglamentarios. De estos últimos recuerdo –por lo insólito- uno de ellos.

jueves, 15 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (8)

Aunque no tenga relación con mi faceta de jugador, traeré a estas páginas una anécdota relacionada con el fútbol durante mi estancia en Latino-Syntex. La creciente pasión por el fútbol nos había llevado también a hacer quinielas semanales, siendo yo el responsable de elegir las combinaciones. Una de aquellas veces acertamos una de 13 y nos correspondió un premio de algo más de 50.000 pesetas, que en la década de los 70 era mucho dinero, aunque éramos muchos los que jugábamos y había que repartirlo entre todos. Como responsable de las quinielas me fui con un maletín a las oficinas donde se pagaban los premios altos y cobré tan suculento premio. Al llegar al laboratorio, y antes de entrar a nuestra planta, me retiré discretamente a una esquina y saqué unos cuantos billetes de 1.000 pesetas dejándolos pillados con los bordes del maletín, y de esta forma, con un maletín del que sobresalían numerosos billetes de 1.000 pesetas, hice mi entrada triunfal ante la sorpresa y jolgorio de todos.

Después de seis años trabajando felizmente en Latino-Syntex, me cambié de empresa y me fui a un pequeño, pero gran laboratorio (porque tenía grandes productos), llamado Sideta (siglas que correspondían a Sociedad Ibérica de Estudios Terapéuticos Aplicados) perteneciente al grupo multinacional francés Pechiney Ugine Kullmann, cuya fábrica y oficinas estaban situadas en un polígono industrial en las afueras de Alcalá de Henares. También allí se organizaron, de vez en cuando, partidos de fútbol, aunque en esta ocasión, no sé por qué, todos los rivales a los que nos enfrentábamos eran mejores que nosotros, más duros y agresivos. Teníamos la ventaja, no obstante, de jugar en buenos campos (de tierra, pero eso era lo mejor que había), como el de los laboratorios Merck, en la carretera de Barcelona, o en un campo del pueblo de Meco en donde nos enfrentamos a un equipo que llegué a pensar si no serían presos salidos de la cárcel de Alcalá-Meco. Recuerdo aquél partido igual que Aníbal debió recordar la batalla de las Termópilas o Alejandro Magno la batalla de Gaugamela, como algo áspero, duro, e incluso traumático. Y esto último lo digo de forma literal. Atacaba una vez más el equipo contrario, tenían batida a toda nuestra defensa y nuestro portero había quedado descolocado, chutaron a puerta y en un instinto –propio de los más ágiles defensas- estiré la pierna logrando despejar el balón y salvar el gol; lo que no pude salvar fue el impacto de una bota contraria contra mi tobillo y un “¡clak!” resonó en el campo de fútbol enmudeciendo el ambiente. Quedé tendido en el suelo, doliéndome del tobillo que, como por arte de magia, empezó a hincharse e hincharse. Me ayudaron varios compañeros y me llevaron al Ambulatorio más cercano donde me inyectaron un antiinflamatorio y me vendaron el tobillo, mandándome hacer reposo durante una semana. Todos se preocuparon por mi, incluso los del equipo contrario que se disculparon, pero a pesar de todo yo me fui feliz a casa porque había salvado un gol. Eso en el mundo del deporte se llama: ¡Profesionalidad!

El director de la empresa, Carlo de Franceschi, se mostró muy contrariado por aquella baja laboral que se había producido de manera tan estúpida (no le gustaba el fútbol) y yo estuve en casa con el pie en alto no una semana sino solo tres días. Al cuarto día ya me atreví a coger el coche para ir a trabajar, y al cabo de una semana, con el pie aún resentido, cumplí con mi obligación profesional y conduje mi coche hasta Sevilla en donde tenía que participar en una reunión de trabajo. Eso en el mundo laboral se llama: ¡Profesionalidad!

miércoles, 14 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (7)

El éxito de aquél partido había sido tan grande, que la afición por el fútbol se desató en el laboratorio. Se organizaron más partidos y, de uno de aquellos, guardo en la memoria una jugada extraordinaria. Nos enfrentábamos al equipo de otro laboratorio en el campo de fútbol de los Dominicos de Alcobendas, cuya iglesia levantó Miguel Fisac. El campo era de tierra pero perfectamente habilitado para jugar al fútbol (redes en las porterías, líneas marcadas, etc.). En nuestro equipo habíamos introducido –a escondidas- a una estrella del fútbol, un jugador profesional del Castilla (lo que hoy se llama Real Madrid B) que era novio de una secretaria del laboratorio, y que accedió a jugar con nosotros aun sabiendo que tenían prohibido participar en este tipo de actividades de riesgo. No me acuerdo del resultado final (aunque ganamos gracias a la infinita superioridad de este jugador profesional) pero sí de una jugada que dejó boquiabiertos a todos: Cogí el balón en defensa y avancé por el campo; al llegar al borde del área me salieron dos armarios, esto es, dos jugadores contrarios de talla XXL, los cuales se plantaron frente a mi impidiéndome proseguir; todo fue cuestión de décimas de segundo. ¿Qué podía hacer? ¿Regatear por la derecha? ¿Regatear por la izquierda? ¿Volver para atrás? ¿Ceder el balón a otro compañero del equipo?... Hice lo más insospechado, meterme con el balón controlado por la pequeña rendija que dejaban sus dos enormes corpachones, mientras se escuchaba un ¡oooh! de sorpresa de cuantos contemplaron aquella maniobra. Luego mi tiro no acabó el gol, pero eso fue lo de menos, lo importante fue esa chispa de ingenio que me permitió ver un hueco por donde a nadie se le hubiera ocurrido intentar pasar. Recuerdo igualmente que al finalizar el partido el mosqueo del equipo rival era de aúpa y no paraban de decir que ese jugador nuestro (el del Castilla que habíamos llevado de tapadillo) no era normal, que debía ser profesional; pero como no era tan famoso como para salir en el Marca, ningún rival pudo reconocerlo y se quedaron para siempre con la duda... y la derrota.

martes, 13 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (6)

Acabé la carrera y comencé a trabajar. Mi primer trabajo fue en los Laboratorios Latino Synyex y allí tuve la oportunidad de jugar el primer gran partido de fútbol de mi vida. Habíamos ido de Convención al hotel Orange, en Benicasim (Castellón), el cual tenía algo que hasta entonces sólo había tenido a mi disposición en sueños: un campo de fútbol de medidas reglamentarias y porterías reglamentarias con red, y líneas marcadas en el terreno de juego, y banquillos para el entrenador y los suplentes, y marcador... y todo sobre una alfombra de césped fresco y verde. El entrenamiento previo para tan grandioso partido había brillado por su ausencia. Creo recordar que nunca antes –desde los tiempos de la carrera- había vuelto a jugar al fútbol, ni siquiera con los amigos. Pero esta vez el panorama (¡un campo de césped!) nos ponía las pilas, tan a cien, que no necesitábamos nada más para darlo todo sobre el terreno de juego. Una curiosa circunstancia vino a dotar de más interés y atractivo aún a aquél partido que íbamos a jugar. Coincidió que esos días estaba alojado en el mismo hotel que nosotros el jugador del Real Madrid y de la selección española, Zoco, que justo ese año se había retirado de la práctica profesional del fútbol. Le comentamos que íbamos a jugar un partido de fútbol y que nos gustaría se uniese a esta celebración. Como Zoco ya estaba libre de compromisos profesionales (un jugador en activo no puede permitirse el riesgo de caer lesionado en un partido de amigos) aceptó de buen grado.

Aquí sí que no había problema de número a la hora de completar los equipos, ya que a la Convención de Ventas habían acudido más de 100 Visitadores Médicos, además de los que íbamos de Central. En realidad, hasta tuvimos suplentes en cada bando; pero antes había que hacer las alineaciones y todos querían tener a Zoco en su equipo. Sin embargo, como el que manda manda, la decisión que se tomó no dejaba lugar a dudas: el partido enfrentaría a “los de Central” contra “los Visitadores”, y como los de Central dispuestos a jugar no llegábamos a once, Zoco y dos Visitadores se unieron a nuestro equipo.

Ya estaba el partido dispuesto a comenzar y los dos equipos haciéndose las fotografías de rigor (aún conservo la fotografía de aquél equipo en donde se me ve formando defensa con Zoco). En nuestro equipo formaban, entre otros, mi compañero y gran amigo Diego García Alonso, César Ramírez, Rafael de Murcia, Francisco Rodríguez Cazorla, Carlos Pascual... A los de Central nos habían dado una equipación completa de blanco (camiseta, pantalón y medias) aunque el calzado lo tenía que poner cada uno y –salvo algún caso aislado- todos llevábamos zapatillas deportivas normales y corrientes. Al otro equipo se le dio una equipación azul oscuro. Unos voluntarios se ofrecieron para hacer de árbitro y linieres. En el banquillo se sentó el médico, Juan Carlos Peña y las dos guapísimas secretarias que nos habían acompañado (por lo que caer lesionado para que te atendieran era algo bastante apetecible). También estaban algunos suplentes que querían jugar algunos minutos y, lo nunca visto por nosotros hasta entonces: ¡espectadores! Como ya he dicho, a la Convención habíamos ido más de 100 personas, por lo que todos los que no jugaron, que eran más de 80, llenaron el pequeño graderío lateral para animar a los equipos.

Comenzó el partido y yo me situé como lateral derecho, el número 2; un lateral un poco leñero que tenía por consigna: si pasa el balón que no pase el hombre. Me apoyaba en esa banda mi compañero Diego García Alonso que, gracias a sus largas piernas (era más alto que yo), prodigaba las escapadas y cubría mis espaldas cuando era yo quien, en ocasiones, subía. Zoco se situó en el centro del campo para organizar el juego y dar las mejores asistencias. Pronto se vio que aquellos dos equipos eran bastante desiguales. El de Central estaba formado por unos jugadores con poca experiencia, aunque auxiliados por Zoco, que valía por todos los demás. El de los Visitadores, estaba formado por la flor y nata de los Visitadores Médicos. Como eran tantos para poder elegir su once, seleccionaron a los mejores, los que tenían más experiencia futbolística y jugaban al fútbol habitualmente en sus respectivas ciudades.

No recuerdo cómo fueron cayendo los goles, pero sí el resultado final que fue de empate a dos, y recuerdo también que nuestros dos goles los metió Zoco, así que si no llega a ser por él hubiéramos perdido por goleada. Como estaba allí uno de nuestros artistas gráficos, Luis Díaz Ricote, que también era un gran fotógrafo, realizó un amplísimo reportaje gráfico de aquel partido. Gracias a eso han quedado inmortalizados muchos de aquellos memorables momentos y, gracias a  ellos también, queda el testimonio gráfico de cómo salvé un gol a mi equipo, despejando el balón cuando nuestro portero ya estaba batido. Por consiguiente, este partido pasó a los anales de mi historia deportiva como uno de los más grandes acontecimientos por múltiples razones: jugar equipos completos en campo reglamentario de hierba y hasta con espectadores, jugar con un jugador profesional, aguantar corriendo los 90 minutos, hacer una buena defensa y salvar a mi equipo de un gol cantado. ¿Qué más se podía pedir?

Al final, ya exhaustos los jugadores, nos saludamos y abrazamos unos a otros. Devolvimos nuestras equipaciones, y por alguna extraña circunstancia, el pantalón blanco que me habían dado se quedó a vivir conmigo... y tuvo una larga y feliz vida, recordándome muy a menudo aquella tarde de gloria, hasta que muchos años después la tela del pantalón, literalmente, se desintegró. Antes, no obstante, vivió otros momentos de gloria.

lunes, 12 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (5)

Nos fuimos haciendo mayores, al menos en cuanto a la edad que figura en el DNI, porque mayores de edad mental... eso ya es otra cosa. Pasé a estudiar la carrera de Publicidad en la Escuela Oficial de Publicidad y allí me hice nuevos amigos aunque conservé algunos de los antiguos. Como también los había aficionados al fútbol, organizamos de vez en cuando partidos, pero seguía siendo en las mismas condiciones que antes: descampados de la Casa de Campo en donde nos citábamos de forma anárquica unos cuantos compañeros, algún que otro advenedizo y algún otro que estuviese por allí y nos viniese bien para poder completar equipos. Enrique González Infante, Carlos Álvarez Mateos, Pedro Díaz Cepero, Álvaro Peces Arriero, Carlos Toro... eran algunos de los habituales con los que formaba esos equipos de fútbol que parecían una colección de retales de lo heterogéneos que éramos.

domingo, 11 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (4)

Así fueron pasando los años, mientras España progresaba adecuadamente, la economía mejoraba, y los españoles podíamos acceder a nuevos pequeños lujos y caprichos. El balón de reglamento sustituyó, por ejemplo, a la pelota. Llegó un día en que la mayor parte de nosotros pudo comprarse unas botas de fútbol (todas eran negras y con tacos de goma de un único tipo, que se atornillaban a la suela) que nos parecían preciosas. Y llegó el día en que pudimos comprarnos camisetas de equipos de fútbol. Pero como cada uno iba a su aire, cada uno se compraba la camiseta del equipo que quería, así que no había dos iguales. Bueno, sí había dos iguales, las de mi amigo Benjamín Conde y yo, que nos compramos el mismo día una camiseta del Peñarol de Montevideo, a rayas verticales amarillas y negras. Calzarse unas botas de fútbol y salir al campo (quiero decir al descampado) con una camiseta de equipo profesional, te daba una fuerza adicional y hasta te hacía mejor jugador; al menos te daba más confianza en ti mismo y eso se traducía en mejor juego (ya lo explica bien claro Simeone, el rey de la motivación de jugadores). Como Benjamín y yo íbamos iguales, siempre jugábamos en el mismo equipo, lo que permitió que nos compenetrásemos y llegásemos a formar lo que dimos en llamar “el ala infernal”. Lo que no mejoraba, aunque España sí lo hiciese, eran los campos de fútbol. En realidad ni mejoraban ni empeoraban, simplemente seguían sin existir, al menos para quienes íbamos por la vida a nuestro libre albedrío, sin inscribirnos en ninguna liga, ni participar en ningún campeonato, ni na de na. Los hermanos Rafael y Eduardo Alcántara, Joaquín Grassi, Fernando de Juana, Juan Carlos Álvarez, Florentino Cerezo, etc., fueron algunos de aquellos heroicos jugadores que nos acompañaron.

sábado, 10 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (3)

Aunque a la hora de hacer los equipos tratásemos de organizarnos diciendo “tú de defensa, tú de medio, tú de delantero”, daba igual, porque todos jugábamos de todo como auténticos todoterrenos; a lo más que llegábamos era a decir “yo juego por la derecha” (como era mi caso) ya que al ser diestro y ser un inútil con la izquierda, no tenía sentido situarme en el lado contrario. ¡Ah! y había un puesto maldito que nadie quería: el de portero. Es que el portero no podía correr con el balón ni chutar a puerta, tenía que quedarse en su portería esperando que le disparasen para ver si paraba el balón, siendo lo más normal que le metiesen gol salvo que quisiese llegar a su casa con desollones en las rodillas y en los codos. ¡Vamos, que el duro suelo de tierra con piedras de todos los tamaños no era lo más atractivo para hacer una estirada! Por eso, solíamos poner de portero al peor de todos, o al que tenía asma. ¡Y encima le echábamos una bronca cada vez que le metían un gol! Ante tal tesitura no es de extrañar que muchas veces nadie quisiese ponerse de portero, razón por la cual se inventó el puesto de “portero-delantero”, un portero a lo Higuita que, tan ponto tenía el balón, lo controlaba con los pies y se iba hacia la portería contraria. Como esta estrategia del “portero-delantero” resultaba desastrosa a la hora de mantener nuestra portería imbatida, se cambiaba con frecuencia por la estrategia de “un rato cada uno”, y así cada poco tiempo (o en otras ocasiones cada vez que se encajaba un gol) se iba cambiando el que hacía de portero por otro jugador de campo.

Los partidos así disputados resultaban épicos, con abundancia de goles y de incidencias. “¡Ha salido!”, decía uno. “¡No, no ha salido!” gritaba otro. “¡Ha sido falta!”, decía uno. “¡De eso nada, te has caído solo!”, gritaba otro. Y así se estaba discutiendo un rato hasta que al final surgía el consenso y se daba la razón a uno sabiendo que después vendría (tal como hacen la mayoría de los árbitros hoy en día) la “ley de la compensación” (“la otra falta la pitaste a tu favor, así que esta se pita a mi favor”). La sangre siempre hacía acto de presencia, y no porque nos pegásemos, sino porque nos pegábamos... contra el suelo. Chichones, heridas, rasguños, arañazos, etc., estaban a la orden del día. Y como podéis suponer no había árbitros, pero sin duda aquello nos preparaba para la vida y nos ensañaba mejor que cualquier otra escuela el arte de negociar, de dialogar, de llegar a acuerdos. Hoy en día, como hasta los pequeñines juegan con árbitro, no saben qué es eso de dialogar y negociar, sólo conocen la dictadura del árbitro y la protesta y anarquía de los oprimidos.

viernes, 9 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (2)

El terreno de juego era un descampado de tierra, más o menos llano, en la Casa de Campo; no obstante siempre había algunas piedras, hoyos, incluso algunos arbustos o un ligero desnivel del terreno. Las líneas que delimitaban las áreas y el terreno de juego eran inexistentes, aunque algunas veces cogíamos un palo y a pulso íbamos trazando sobre el suelo dichas líneas (cualquier parecido con una línea recta era pura coincidencia). Como no había porterías, las teníamos que inventar nosotros: dos montones de piedras, con algunos jerséis encima, hacían las veces de postes (sin que hubiese larguero ni red), y la distancia entre los artesanales “postes” se medía por pasos... aproximados. Algunas veces encontrábamos dos árboles separados por una distancia razonable para hacer de postes de la portería, y eso era un auténtico lujo que nos llenaba de satisfacción. En cuanto a la equipación, era igualmente inexistente. Cada uno llevaba un pantalón diferente (unos blanco, otros azul, otros un simple pantalón corto de paseo..) y por arriba, una camiseta o un polo, sin que existieran dos jugadores que llevaran siquiera el mismo color. De calzado unas zapatillas deportivas... de la época, es decir, parecidas no a las que se estilan ahora sino a esas clásicas zapatillas Victoria que todavía se ven en algunas zapaterías, aunque también algunos jugaban sencillamente con los zapatos del colegio, lo que suponía una ventaja ya que permitían chutar más fuerte, pero también más fuerte era el pescozón que recibían de su madre al llegar a casa con los zapatos sucios, arañados y machacados.

El jefe de la pandilla, o uno de los jefes (en mi caso éramos Paco Sanz Cabrera y yo quienes llevábamos la voz cantante) elegía un compañero para su equipo, después el otro elegía otro, y así sucesivamente hasta completar los dos equipos. Como la alineación cada vez era diferente, y más todavía si jugábamos con otro grupo que nos hubiésemos encontrado por ahí, y no había dos equipaciones iguales, era realmente difícil recordar quiénes eran tus compañeros de equipo y por eso era frecuente dar pases al contrario creyendo que eran de tu mismo bando. La técnica no existía, aunque la verdad es que tampoco hubiera servido de nada en aquellos terrenos duros, irregulares y llenos de obstáculos. En general todos corríamos detrás del balón porque nuestra única obsesión era coger el balón, correr, regatear lo menos posible y disparar a puerta. Cada vez que uno tenía el balón se escuchaba un coro de voces que gritaban al unísono “¡a mí, a mí!”, pidiendo infructuosamente que les pasaran el balón, pero si uno había conseguido tener la posesión de la pelota no era cuestión de cedérsela a nadie por muy amigo tuyo que fuese.

jueves, 8 de febrero de 2018

Fútbol (jugador) (1)

Tal como corresponde a cualquier varón español, mi afición por el fútbol nació casi al mismo tiempo que yo. Como cualquier niño tenía ese instinto básico de dar patadas a todo lo que rodase por el suelo, desde una piedra a una caja de cartón, y no digamos nada si se trataba de algo redondo y mucho más si era una pelota. Sin embargo no había antecedentes en mi familia. A mi padre no le gustaba el fútbol y a mi abuelo (vivíamos en su casa del pueblo) sólo le vi dar una patada una vez en la vida, y esa patada la dio de forma involuntaria cuando caminaba por el pasillo de la casa y tropezó con mi tortuga, la cual salió disparada recorriendo los casi 50 metros de pasillo en tan sólo cuatro segundos (nuevo record del mundo) mientras mi abuelo sobresaltado gritaba “¡carajo!”.

Los domingos escuchaba el Carrousel deportivo y seguía las incidencias de los partidos mientras jugaba al fútbol con las chapas. Me gustaban las camisetas originales, como la del Elche, que era uno de mis equipos favoritos, aunque pronto empecé a sentirme Atlético por esa afinidad que he tenido siempre hacia los perdedores, los sencillos, los humildes... pero mis preferencias futbolísticas no vienen ahora al caso, porque de lo que se trata en este capítulo es de mi carrera como futbolista.

Al comenzar mis estudios en las Escuelas Pías de San Fernando, en Madrid, jugaba a veces con una pelota en el patio del colegio, pero era francamente malo, tanto que nunca entré a formar parte de ningún equipo de fútbol. No fue hasta cumplir los 13 años cuando, ya con mi propia pandilla, nos dedicamos en muchas ocasiones a jugar al fútbol. Si conseguíamos atraer a otros amigos menos habituales, organizábamos un partido de cinco o seis contra otros cinco o seis; pero si no llegábamos a tan alto número solíamos invitar (o invitarnos) para jugar con otro grupo que estuviese por allí en las mismas condiciones que nosotros y así, con quórum suficiente, se organizaba el partido. Pero ¿cómo eran esos partidos? Los jóvenes de hoy no pueden siquiera imaginárselo. Hoy lo tienen todo hecho: magníficas equipaciones, instalaciones deportivas para todos los gustos, campos reglamentarios incluso con césped artificial, etc. En cambio, hace unas cuantas décadas, la cosa era muy diferente...

miércoles, 7 de febrero de 2018

Frontenis

El Frontenis es un deporte que se practica en las mismas pistas destinadas al Frontón, con la diferencia que aquí la pelota es más blanda y se le da con una raqueta de tenis en vez de darle con la mano. Resulta así más saludable que el Frontón, Pelota vasca, etc. Realmente da grima contemplar la mano de los pelotaris, toda ella llena de callos, heridas, tiritas... En cambio la mano de un jugador de Frontenis puede seguir siendo delicada después de muchas partidas. Para un escritor, un relojero, un cirujano... el Frontenis es mejor que el Frontón.

Por lo que se refiere a mi experiencia, el Frontenis ha sido el sustituto ideal del Tenis cuando no tenía contrincante. La pared se convertía, por arte de magia, en ese amigo invisible que te va devolviendo todas las pelotas. Lo que resulta curioso es comprobar cómo muchas veces esa pared se comporta con verdadera mala leche: resulta que tú le mandas la bola en buenas condiciones y no se sabe por qué te la devuelve envenenada. Pero a fin de cuentas, el Frontenis es una buena práctica para mejorar el Tenis, para perfeccionar ciertos golpes, como por ejemplo, en mi caso, el revés. Y aunque alguna vez jugué con algún compañero al Frontenis (de eso hace ya mucho tiempo), este ha sido un deporte que he practicado yo solo... con la pared. Y los comienzos no fueron nada fáciles.

Al principio mi inexperiencia y mala puntería era tanta, que acertar a darle a la pared ya era todo un logro, y con frecuencia tenía que ir a buscar fuera del campo muchas de las pelotas que lanzaba, las cuales salían desviadas por arriba, o por cualquier lateral. Otras veces, era el aire quien recibía mis raquetazos, mientras la pelota parecía mirarme extrañada desde el aire, hasta que finalmente caía resignada a mis pies. Sin embargo el Frontenis me brindó la experiencia previa tan necesaria para mi posterior carrera de tensita, tal como relataré en el capítulo dedicado al Tenis.

martes, 6 de febrero de 2018

Excursionismo o Trekking (y 9)

Decía al comenzar a hablar del Excursionismo o Trekking, que consiste en recorrer montañas, bosques, costas, desiertos, selvas, etc., por lugares aislados y sin ningún tipo de camino. Hemos visto hasta aquí que he recorrido montañas, bosques, costas, desiertos... pero ¿y selvas? Pues también, porque en 1984 viajé a Argentina visitando Buenos Aires y las cataratas de Iguazú. Allí dispuse de tiempo libre para moverme a mi antojo y experimenté qué es eso de meterse solo por la selva amazónica. No me alejé mucho, por si acaso, pero puedo afirmar por consiguiente que también me he internado en una selva, y no en una cualquiera, sino en la selva del Amazonas.

lunes, 5 de febrero de 2018

Excursionismo o Trekking (8)

Además de todo lo narrado anteriormente, también tengo experiencias reseñables de la práctica de este deporte –que sigo practicando en la actualidad- en la sierra de Madrid, con ascensiones a la laguna de Peñalara (2.017 metros) , al pico de Peñalara (2.428 metros), a la Bola del Mundo (2.265), al pico de La Maliciosa (2.227) y otros cuantos más que, por esa zona, todos oscilan entre los 1.800 y los 2.200 metros. Como experiencias más reseñables puedo destacar que en algunas de estas ocasiones hice la excursión acompañado de mi perro... pero es que esto tiene mucho mérito porque mi perro es un Westin, que como se sabe es un perro faldero de patitas muy cortas. Ahora ya no me acompaña porque ya tiene unos cuantos años, pero al principio me lo llevaba y el tío aguantaba bien la ascensión... hasta que un día, en pleno invierno, dijo en su idioma perruno “basta” y que de allí no se movía. Tuve que meterlo en la mochila y bajar con él a cuestas. Claro que siempre pensé que aquello no era cansancio sino caradura, porque a mitad de bajada me crucé con otro excursionista que subía con un perro y tan pronto lo vio pegó un salto desde la mochila hasta el suelo para olerlo (ya se sabe la afición que tienen los perros a eso de olerse el culo unos a otros).

Aquél fue el primer aviso. Poco después fui con él a la laguna de Peñalara, en pleno invierno y con más de medio metro de nieve, y al volver paré en la venta de Marcelino para comer un bocadillo caliente de chorizo... pero tuve que comerlo muy deprisa porque al pobre Kimi (así se llama mi perro) le temblaban las canillas de lo mojado que estaba y del frío que tenía. Desde entonces es más perro de parque que de campo, y ya sólo mis bastones son los que me acompañan en mis excursiones por la Naturaleza libre.

domingo, 4 de febrero de 2018

Excursionismo o Trekking (7)

Ya en España, he practicado el Trekking o Excursionismo en numerosos lugares como, por ejemplo, la sierra de Gredos (Ávila) , o a la Laguna Negra (Soria) o al cañón de Río Lobos (Burgos/Soria). De igual forma, y en contraste con esos paisajes, me ha apasionado el vulcanismo. Hace varias décadas, cuando no había tanta vigilancia en el pico del Teide como ahora, dejé a mi mujer esperando justo donde terminaba el teleférico que lleva cerca de la cumbre y continué a pie la ascensión para luego introducirme dentro del cráter. Allí pude notar ese agudo olor a azufre que te hace dudar si el Teide está durmiendo o tan solo es una simple cabezada la que se está echando. Allí, en el fondo del cráter, te sientes insignificante frente a la majestuosidad de la Naturaleza. Unos años después que el Teneguía entrase en erupción en la isla de La Palma (es el último volcán que ha entrado en erupción en nuestro país: año 1971) visité la isla y realicé a mi aire una excursión hacia el mismo, ya que el coche no se podía dejar demasiado cerca. Atravesé los campos de lava, llegué hasta el volcán... y me introduje en su cráter. Allí descubrí algunas grietas en donde al introducir  la mano notabas el intenso calor que aún sigue brotando de su interior. Y digo “sigue brotando” porque hace apenas unos años regresé a este lugar y realicé, igualmente a mi aire, una nueva excursión. Las cosas han cambiado y ahora está señalizada toda la llanura, con hileras de piedras a ambos lados de los caminos por donde deben caminar los turistas. La atracción de lo prohibido fue tan grande que ya cerca del cráter abandoné esos caminos y descendí de nuevo a su interior para comprobar si seguía vivo, y sí que seguía, tanto que no podías meter mucho la mano en algunas grietas porque el calor que subía por ellas te hacía retirarla de inmediato. También subí a lo alto y bordeé su cresta (439 metros de altitud) y me quedé extasiado contemplado aquel bello e inhóspito paisaje.

sábado, 3 de febrero de 2018

Excursionismo o Trekking (6)

En una ocasión pasé una semana, con mi amigo Ingar Pedersen, en su cabaña o hytta que tenía en las montañas de la región de Telemak, en el centro de Noruega, y quizás para irme entrenando, el primer día fui con él y con su mujer Sissel a la montaña más alta y emblemática del lugar, Gaustatoppen, una montaña de 1883 metros de altitud desde donde se divisan paisajes hasta 178 kilómetros de distancia en días claros. Desde su cumbre se pueden llegar a ver en esos días una sexta parte de la extensión de Noruega. El éxito total no nos acompañó esa vez ya que cuando estábamos próximos a la cumbre se cernió sobre nosotros una niebla tan espesa que nos hizo desistir y optamos por regresar. A pesar de todo, hasta aquél momento, pude disfrutar de los magníficos paisajes que se divisaban desde allí e incluso cumplir la tradición de poner una piedra sobre un enorme montón de ellas que se había formado cerca de la cumbre y en donde cada excursionista que pasa añade una piedra dejando de esta forma su impronta personal. Mi mano, pues, modificó el perfil de Gaustatoppen aunque fuese mínimamente.

Al día siguiente su mujer se quedó en casa y nosotros dos emprendimos el viaje a su cabaña, situada en Eggedal, en lo alto de una montaña, en pleno bosque. Desde allí realizamos cada día nuevas excursiones, siempre campo a través, porque allí era todo tan salvaje que no había senderos ni se veía a otros seres humanos. En cinco días, dedicando al menos ocho horas diarias a hacer Trekking, sólo vimos una vez a lo lejos a otra persona; incluso alguna vez pasamos cerca de alguna otra cabaña pero deshabitada en aquellos momentos. Una vez vimos una perdiz con sus polluelos y ella al darse cuenta que nos acercábamos fingió estar coja, andando en una dirección (para captar nuestra atención), mientras sus polluelos corrían en dirección contraria para esconderse. Así de sabia es la Naturaleza y la impronta grabada por la evolución y la supervivencia en todos los seres vivos.

Otro día estuvimos a punto de perdernos. Nos habíamos alejado demasiado y cuando quisimos volver nos topamos con un río. Buscamos infructuosamente un sitio por donde poder cruzarlo, ya que era muy ancho y de corriente rápida (aparte que el agua estaba helada por muy mes de Julio que fuese). Nos costó mucho trabajo hasta que por fin encontramos un punto por donde poder cruzarlo, no sin antes arriesgarnos a lanzar primero al otro lado las mochilas y luego saltar nosotros, ya sin carga. La suerte nos acompañó, y sobre todo el hecho de que Ingar estaba familiarizado con aquella región y sabía orientarse mejor que yo, y eso nos permitió llegar a la cabaña antes de que anocheciese, aunque en honor a la verdad hay que decir que la luz duraba casi 20 horas al día.

viernes, 2 de febrero de 2018

Excursionismo o Trekking (5)

En la definición previa que he dado al comienzo de este capítulo se especifica que Excursionismo o Trekking implica “parajes normalmente aislados, sin senderos”, por lo que reservo muchas otras experiencias para el capítulo dedicado al “Senderismo o Hiking”. Tampoco procede incluir aquí ni las clásicas excursiones del Colegio ni las Convenciones disfrutadas durante mi vida profesional, por mucho que tuviesen momentos de comunión con la Naturaleza y descubrimiento de nuevos enclaves naturales o ciudadanos.

Pero a pesar de esas exclusiones, son tantas las experiencias en la práctica del Excursionismo o Trekking que cuesta trabajo elegir solo unas pocas para ilustrarlo. Con mujer e hijas estuve practicando este deporte (aunque con la limitación que daban sus condiciones físicas) en montañas tan imponentes como las que rodean el Mont Blanc, aprovechando nuestros viajes a Chamonix (Francia). Subíamos en teleférico a alguna de esas cumbres y desde allí, campo a través, íbamos descubriendo nuevos paisajes. Entre todas, no obstante, las más interesantes las disfruté en Noruega.

jueves, 1 de febrero de 2018

Excursionismo o Trekking (4)

También por aquella época y al mismo lugar citado en el post anterior, hicimos otras excursiones pernoctando en tienda de campaña, unas veces tres amigos otras veces hasta seis. No hay, sin embargo, anécdotas especiales que reseñar, salvo detalles como escuchar el aullido de los lobos por la noche y al amanecer descubrir sus huellas en la nieve junto a la casa medio derruida y la tienda de campaña, por donde sin duda habían estado husmeando y buscando restos de comida. O mi afición por recoger leña para que la hoguera estuviese permanentemente encendida. O el frío que pasábamos por la noche porque en las décadas de los sesenta y los setenta sólo los pijos tenían ropas buenas de montaña, los demás teníamos que conformarnos con ropa normal de invierno, tanto es así que o te abrigabas con una manta para dormir (lo cual era a todas luces insuficiente) o ibas el día antes a la calle Bravo Murillo a una tienda de deportes que se llamaba Todo, en donde podías alquilar la tienda de campaña, los sacos de dormir, los faroles para alumbrarte por la noche y hasta la cocinita para guisar con su bombona de butano especial para camping. O la ventaja que daba estar en plena naturaleza, en plan salvaje, con ropa vieja que no importaba romper o ensuciar más aún (tu madre no te iba a regañar al llegar a casa). O el rato menos agradable pero necesario de lavar los platos y útiles de cocina en un arroyo cercano. El caso es que aquellas excursiones quedaron indeleblemente grabadas no sólo en las fotos sino también en el recuerdo y las hicimos tanto en verano como en invierno, con sol, con lluvia o con nieve.