domingo, 31 de marzo de 2024

Fútbol (empresario) (6)

La zona de Levante era una de las más importantes de España para la venta de agroquímicos, los cítricos son uno de los cultivos más rentables y por ello los citricultores no escatiman cuidados, sin olvidar que también en el Levante español hay muchos otros cultivos con importancia comercial como la vid, cultivos de huerta, arroz, etc. Y en esta zona de España también hay mucha afición al fútbol y un equipo de campanillas, el Valencia C.F. En esto, precisamente, reparé un día cuando le daba vueltas a una campaña de publicidad de un nuevo insecticida contra los pulgones, Pirimor extra, un insecticida que lo mismo se puede aplicar en los cítricos que en la vid o en los cultivos de huerta, es decir, que se puede aplicar en todos los campos. “¿En todos los campos?”, pensé. Y me vino a la imaginación el “campo de fútbol”. “¿Por qué no ligar esta promoción al fútbol?”, me dije. Dicho y hecho. Hablé con el director deportivo del programa “Viva la gente del deporte” que se emitía todos los días en la emisora de radio Antena 3, una de las de mayor audiencia. Estuvimos analizando diversas posibilidades de colaboración, porque eso de poner simplemente unos anuncios me parecía muy poco creativo; quería algo diferente, que se saliese de lo habitual. Llegamos así a la conclusión de que sería bueno patrocinar un premio para el mejor jugador del Valencia esa temporada, pero ese premio ya existía, como también el premio para el máximo goleador. Había que inventar algo nuevo, y me inventé una nueva categoría en el fútbol. El premio de mi compañía (que ya entonces había cambiado su nombre de Zeltia Agraria por el de ICI-Zeltia”, sería “El jugador más resolutivo del Valencia”. ¿Y qué entendíamos por “resolutivo”? Así se explicaba en las bases:
“ICI-Zeltia instaura el presente Trofeo para premiar al jugador del Valencia C.F. cuya aportación haya sido más resolutiva y, por lo tanto más rentable. Para ello se otorgarán puntuaciones de 5 y 2 puntos a los dos jugadores que, en cada partido de Liga, hayan protagonizado las jugadas clave o más decisivas del mismo. Todos los lunes, de 14:30 a 15:00 horas, en Antena 3 Valencia (FM 100.4) y dentro del programa ‘Viva la gente del deporte’, podrá conocer las puntuaciones que se van otorgando a los jugadores. El jugador que al término de la Liga haya sumado más puntos por este concepto, será el ganador del Trofeo”.
 
La ventaja de esta nueva categoría en el deporte es que el premio lo podía ganar cualquier jugador. El portero podía ser el más resolutivo por una gran parada, también cualquier defensa por salvar un gol o realizar un marcaje implacable al contrario, o un centrocampista por dar el pase decisivo o manejar mejor al equipo, y por supuesto también cualquier delantero si acertaba a marcar ese gol decisivo. Pero ¿qué relación podía tener esto con el insecticida Pirimor más allá del patrocinio del premio? Ahora venía la segunda parte: Cada vez que un agricultor comprase un litro de Pirimor se le entregaría una quiniela con los nombres de los jugadores del Valencia, y en ella debía marcar con una “X” el nombre de aquél que creyese iba a ganar el Trofeo. Esa quiniela la echaba en el mismo punto de venta y al final, entre todas las quinielas recibidas que hubieran acertado el nombre del ganador, se sortearían 6 abonos para presenciar todos los partidos de Liga del Valencia durante la siguiente temporada (y en caso de no haber seis acertantes, se sortearía entre todos los que hubiesen participado).
 
Para el primer “microprograma”, dentro de “Viva la gente del deporte” me desplacé hasta Valencia y en los estudios de Antena 3, en directo, me entrevistaron y conté en qué consistía este premio y esta promoción. En los siguientes programas, el presentador comentaba el partido y adjudicaba los puntos, dando cuenta a la audiencia de cómo iba la clasificación de tan original premio. Al final de temporada resultó ganador, como “Jugador más resolutivo” el centrocampista todoterreno Arroyo, y acudí al acto de entrega de premios de Antena 3 en donde se dio cita todo el mundo del deporte valenciano. Para diferenciarnos de los demás, el trofeo no era una Copa como es lo habitual, sino que tenía un diseño originalísimo, ideado ex profeso por nuestro creativo Luis Díaz Ricote, y consistía en una base de la que salían hacia arriba, a modo de rayos, una serie de varillas, unas más largas que otras, algunas de las cuales confluían en un plato que hacía las veces de copa; todo ello materializado en plata por un joyero. Entregué personalmente el premio a Arroyo y después pude fotografiarme con otros componentes de la plantilla, como el portero Sempere o el centrocampista Fernando, y saludar a muchos otros jugadores como Quique Sánchez Flores, Penev, Camarasa, etc.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

sábado, 30 de marzo de 2024

Fútbol (empresario) (5)

Apenas si había comenzado mi carrera como empresario futbolístico pero ya había adquirido los reflejos necesarios para superar las adversidades. Tiempo después habíamos organizado el lanzamiento de un insecticida contra la mosca blanca, Applaud, mediante una gran fiesta campera en Benicásim (Castellón). Eran tantas las cosas que había que preparar (incluso habíamos encargado una falla con la figura de una mosca blanca gigante que acabaría pasto de las llamas devorada por Applaud) que empezamos a gestionar todos los detalles con mucho tiempo de antelación; tanto que cuando ya estaba todo a punto surgió un terrible imprevisto: esa tarde, a esa misma hora, se televisaría un partido muy importante de la selección española de fútbol. En cuanto conocimos la noticia nos echamos a temblar porque eso echaba por tierra nuestras expectativas de que acudiesen muchos clientes al evento ya que la mayoría de ellos eran aficionados al fútbol y sin duda preferirían quedarse en su casa o en el bar del pueblo viendo el partido. Pero tuvimos reflejos y reaccionamos de inmediato: comunicamos a todos los clientes que, dado el interés del partido, lo grabaríamos en video y lo pondríamos después esa misma noche en el restaurante durante la cena. De esta forma todos los clientes interesados en ver el partido podrían disfrutar de la fiesta campestre por la tarde y a continuación disfrutar también de una opípara cena con sus colegas mientras presenciaban el partido de fútbol. Así lo hicimos y así se consiguió un gran éxito de asistencia.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

viernes, 29 de marzo de 2024

Fútbol (empresario) (4)

Después llegó el ansiado partido de fútbol en donde España se enfrentaría a Francia por el título de Campeón de Europa. Por mucho que me gustase el fútbol, por encima de los intereses de España, yo me debía a los intereses de mi empresa, así que llevamos y desplegamos una enorme pancarta en donde se leía “Gramoxone con la afición española”. Estaba muy bien eso de animar a la selección española, pero a nosotros lo que de verdad nos interesaba era que se vendiese mucho Gramoxone y si cualquier lugar era bueno para anunciarlo no te digo nada en las gradas de la final de la Eurocopa. Aún conservo esa foto en donde se ve al grupo de agricultores españoles, en las gradas del estadio, delante de la gran pancarta, y en donde se captó al futuro presidente de la compañía, Enrique Portús, arreándole un mordisco a un enorme bocadillo.
 
El final de la historia ya lo conocéis porque viene en todos los libros, enciclopedias, Internet, etc.: Francia ganó 2-0 aunque España jugó un gran partido y, de hecho, ese segundo gol vino al final de encuentro, es decir, que hubiera podido empatar y forzar la prórroga perfectamente. Como recuerdo de esta gran promoción, y para que todos los agricultores viesen cómo hacíamos todo a lo grande, preparé un cartel para los puntos de venta con varias fotografías de aquella final y un texto que bajo el titular “¡Bravo, España!” decía así: “España, a fuerza de entrega, ilusión y bien hacer futbolístico, ha alcanzado una meta importante: llegar a la final del Campeonato de Europa de Fútbol... y estar a punto de ganarlo. Todos los partidos estuvieron presididos por la emoción, por la incertidumbre del resultado, marcando España en todos ellos un gol decisivo que sólo faltó en esa gran final. El 27 de junio estuvo en París un grupo de 100 personas que vivió de cerca estos acontecimientos: los ganadores de la gran promoción Gramoxone. Ellos fueron testigos presenciales de esta gran gesta de nuestra selección”. Y a pie de cartel se reproducía el logotipo de Gramoxone con su eslogan específico de esta promoción: “Gramoxone, el gol decisivo contra las malas hierbas”.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

jueves, 28 de marzo de 2024

Fútbol (empresario) (3)

Pero vayamos con más detalles relacionados con aquella curiosa promoción (“El gol decisivo contra las malas hierbas”) en donde contribuí a despertar el interés por el fútbol. Uno de los premios de consolación era un balón de reglamento y había comprado 1.000 que podían conseguirse a través de esas tarjetas-rasca que daban a los agricultores que acudiesen al punto de venta con la entrada de fútbol recibida por correo. El problema fue que el proveedor nos entregó los 1.000 balones... desinflados, porque según se excusó si no era así ocupaban mucho espacio y subían mucho los portes. El caso es que allí estaban los 1.000 balones desinflados y como aquello era cosa de “los de Publicidad”, o sea, de mi compañero Javier Cebrián y de mí mismo, nos fuimos allí un día... a inflar balones. Al ser sólo dos “los de Publicidad”, nos tocó a cada uno inflar 500 balones, y todo esto en el almacén de productos agroquímicos de la compañía que, por si no lo sabéis, este tipo de lugares donde se almacenan insecticidas, herbicidas y funguicidas, tienen un olor terrible a pesticidas, aunque la verdad es que al cabo de un cuarto de hora de estar allí se te adormece la pituitaria y se te embotan los sentidos.
 
La promoción fue todo un éxito y, conforme pasaba el tiempo, más todavía, porque la fase final de la Eurocopa para España no pudo ser más exitosa, tanto que llegó lo que nadie podía imaginar al principio de la misma: que España disputaría la final. Ya teníamos las 50 parejas ganadoras y junto a estas 100 personas viajamos el Jefe de Producto de Gramoxone (Enrique Portús, que más tarde sería presidente de la compañía), varios delegados comerciales para atender a sus clientes, y yo mismo como padre de la criatura (la exitosa promoción). El viaje no sólo era para ver el partido de fútbol sino también para visitar París, incluyendo un paseo en barca por el Sena y una excursión al palacio de Versalles. La anécdota más curiosa tuvo lugar antes de la citada excursión a Versalles. Nos habíamos citado todos en la recepción del hotel. Llegó la hora y ya estábamos casi todos. Pasaron 10 minutos y ya estábamos todos... menos un matrimonio. Pasaron 15 minutos y ese matrimonio no llegaba. Cundió la alarma. Un delegado comercial subió a su habitación para ver si les había ocurrido algo. Llamó a la puerta. Le abrieron... y se quedó boquiabierto con lo que vio. ¿Qué fue eso que llamó tanto su atención? El matrimonio estaba perfectamente arreglado para salir de excursión y simplemente aguardaban sentados en la cama a que alguien fuese a recogerlos porque les daba miedo moverse solos por un hotel (y menos aún por una ciudad) en donde no entendían nada de lo que hablaba la gente. Aquella había sido la primera vez que salían de viaje; y por supuesto la primera vez que iban al extranjero. Pero además, aquella debía ser la primera vez en su vida que se alojaban en un hotel, porque –según nos el delegado- habían arreglado ellos mismos la habitación y hasta habían dejado hecha la cama.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Fútbol (empresario) (2)

Pero la primera anécdota (y esta la conoce toda España) se dio antes de finalizar la promoción que organicé para presenciar en París la final de la Eurocopa: Todavía faltaban algunos partidos para decidir qué selecciones nacionales jugarían la Eurocopa y a nuestra selección se le pusieron las cosas muy difíciles, tanto es así que llegamos al último partido de la fase clasificatoria necesitando inexcusablemente una victoria por 11-0 para poder jugar la fase final. Aunque el rival para ese partido era el más débil del grupo, Malta, esa cifra tan abultada de goles sólo se daba en los partidos que juegan los niños en los patios de los colegios, no en el fútbol profesional y menos entre selecciones nacionales. Nadie creía que España pudiese pasar a la fase final y para nosotros eso suponía un contratiempo; cuanto más lejos llegase España, más interés tendrían nuestros clientes por participar en la promoción. En fin, ya es historia lo que sucedió en aquél partido. A España le costaba horrores marcar goles y encima se fue al descanso habiendo encajado un gol, con un marcador a su favor de sólo 3-1. Eso significaba que en el segundo tiempo (en 45 minutos) debía marcar 9 goles para que el resultado final fuese 12-1, es decir, los 11 goles de diferencia que necesitaba. Disparatado ¿verdad? Pues el resultado final fue de 12-1 y España pasó a disputar esa fase final. Recuerdo que mi compañero y excelente dibujante y caricaturista, Javier Cebrián, hizo una caricatura (tal como se puede ver en la portada del libro "El mejor deporte es la sonrisa") donde se me ve con un saco de billetes a la espalda sobornando a Bonello, el portero de Malta aquella noche, el cual no separaba la vista de los billetes y fingía estar distraído mientras los goles iban entrando en su portería.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

martes, 26 de marzo de 2024

Fútbol (empresario) (1)

Una vez retirado de la práctica activa del fútbol (los años no perdonan) seguía viva en mí la afición a este deporte, no sólo como espectador (abonado fiel del Atlético de Madrid) sino también en todo lo relacionado con este bello deporte. Sin embargo no pasó mucho tiempo puesto que apenas un año después de empezar a trabajar en la división de agroquímicos del grupo ICI (Imperial Chemical Industries) que entonces se llamaba en España Zeltia Agraria aunque poco después pasaría a llamarse ICI-Zeltia, me tocó inventarme una nueva promoción para nuestro producto estrella, el herbicida Gramoxone (paraquat).
 
No sé si sería por aquello de que un herbicida es para secar las malas hierbas y los campos de fútbol son de hierba, pero el caso es que al coincidir en el tiempo con la fase final del Campeonato de Europa de Fútbol de 1984, cuya final se celebraría en París, se me ocurrió dar como premio gordo 50 viajes para dos personas para presenciar la final, y como premio menor, 1.000 balones de reglamento, así como un llavero con los logotipos de aquella Eurocopa y de Gramoxone, como premio de consolación a todos los participantes en la promoción.
 
Como slogan para el producto me inventé “El gol decisivo contra las malas hierbas” y diseñé una amplísima campaña publicitaria que incluso incluía cuñas de radio en donde el famoso locutor Elías Rodríguez (se decía por aquél entonces que nueve de cada 10 anuncios llevaban su voz) narraba un partido de fútbol imaginario que decía, más o menos así (con una voz atropellada como la de los locutores de partidos de fútbol): “La presión de las malas hierbas sobre el cultivo es insistente... pero ahí llega Gramoxone que recupera el balón, avanza por el campo sorteando contrarios, se interna en el área, tira y ¡goooool!...´” y ya con voz más pausada añadía: “Agricultor, marque un gol decisivo a las malas hierbas con Gramoxone. Acuda a su proveedor habitual y gane un viaje a París para presenciar la final de la Eurocopa o un balón de reglamento. Gramoxone, el gol decisivo contra las malas hierbas”.
 
A todos los agricultores se les enviaba una carta que contenía una entrada falsa para la final y en la misma se indicaba lo que debían hacer: acudir a su proveedor habitual y canjearla por un sobre herméticamente cerrado. Dentro del sobre encontraban una tarjeta con un recuadro de plata que tenían que rascar y descubrir si habían ganado un premio.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

lunes, 25 de marzo de 2024

Fútbol (entrenador) (y 4)

Para terminar el relato de mi historia como Entrenador de fútbol es obligado rendir homenaje a los jugadores de ese equipo que con su esfuerzo, ilusión y entrega, hicieron posible escribir páginas tan brillantes del deporte:
 
Pastelerías Mallorca (camiseta roja, pantalón azul)
Porteros: Vicente Luján, Jesús García Guerra y Julio César Ávila.
Defensas: Carlos Fisac, Fernando (Curro) López Benjumea, Ángel Robles Botella, Jesús Barrios Carrera, Daniel (Dani) Rodríguez Peñagómez y Ángel de Nova.
Medios: Salvador (Salva) Martínez Solera, Antonio (Toni) Quirós Gamallo, Fernando Barrios Tascón, Pablo David (Pablo) Sánchez Cabrero, Rasel Lamariz yJesús García Guerra.
Delanteros: Juan Payá Abajo, José Luis (Jose) González Serna, Juan José Pulido y Juan Luis López.
 
Hubo algunos jugadores más que en algún momento de la temporada se incorporaron al equipo y jugaron algún partido o algunos minutos, pero estos que he citado son los que formaron el equipo básico, los más habituales en las alineaciones. De entre ellos yo destacaría al centrocampista ofensivo Salva, alto, rápido, ágil, con una gran visión de juego y una gran capacidad goleadora que le llevó a anotar 21 goles; y Juan, un menudo y escurridizo delantero que metió 24 goles. Y tampoco puedo dejar de citar al entrenador del equipo, José Cuesta Navarrete, como tampoco puedo olvidar sus atronadores gritos desde la banda que llevaban en volandas a los jugadores, o esa jugada –quizás inventada por él- que llamaba “trenza” y que consistía en que dos jugadores iban corriendo y pasándose el balón uno a otro cruzándose como si estuviesen dibujando una trenza sobre el terreno de juego, lo cual causaba el natural desconcierto en el equipo rival.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

domingo, 24 de marzo de 2024

Fútbol (entrenador) (3)

Pero quizás os estaréis preguntando por qué digo que fui entrenador si mi puesto era el de Delegado. Todo se andará. Porque estaba a punto de finalizar la Liga cuando surgieron desavenencias entre el presidente del equipo y el entrenador. No supe nunca los motivos, quizás fuesen extra deportivos y entrasen más de lleno en el terreno personal y/o de convivencia ya que todos eran vecinos de Vallecas y mi hijo y yo éramos los únicos foráneos; el caso es que faltaba sólo un partido para finalizar la Liga y nos quedamos sin entrenador. Entonces el presidente me pidió que me hiciese cargo del equipo y fue así como me estrené como entrenador de un equipo de élite, Alevín sí, pero de élite.
 
Sucedió el 18 de junio de 1989 actuando como visitantes en el campo del Club Deportivo Serena, y ante tamaña responsabilidad hice como años después haría Vicente Del Bosque cuando heredó la selección nacional de fútbol que Luis Aragonés había dejado como Campeona de Europa... es decir... no hacer cambios, porque si algo funciona, mejor no tocarlo. Así que me dediqué a entrenar a mis jugadores y mantener la alineación y el estilo de juego que tantas mañanas de gloria nos había dado. Mi estreno como entrenador de fútbol fue con una contundente y merecida victoria a domicilio por 4-0.
 
Una vez finalizada la Liga tocaba jugar un par de torneos. El primero fue el “Torneo del Carmen”, en donde nos enfrentamos al C.D. Serena y al Recreativo Palomeras, a los que ganamos 6-1 y 7-1 quedando Campeones de dicho torneo. El segundo torneo se llamaba “II Trofeo Sr. Julio” (del barrio de Entrevías) y jugamos tres partidos, ganando los tres por resultados tan abultados como 6-0 el primero, 11-0 el segundo (que era contra nuestro equipo hermano, Rayo Mallorca) y 9-0 el tercero contra el Cosmos. Otra Copa más a las vitrinas.
 
Terminada la temporada, en donde mi hijo había jugado toda la temporada de lateral derecho, y ante su insistencia por ocupar otra demarcación en el campo, le busqué otro equipo de fútbol cerca de casa, y de esa manera siguió haciendo deporte aunque ya nunca volvió a estar en un equipo de élite como lo fue aquel y al que di más esplendor aún con mi contribución final como entrenador. Fijaos si no, cómo mi balance de entrenador fue aún más espectacular que aquél global de la Liga que he mencionado antes.
 
De los partidos que dirigí como entrenador, uno de Liga, dos del “Torneo del Carmen” y tres del “II Trofeo Sr. Julio”, el balance fue el siguiente: 6 partidos jugados, 6 partidos ganados, 43 goles a favor y 2 goles en contra, levantando yo como máximo responsable del equipo un título de Liga y dos Copas. ¡Lástima que la UEFA no se fijase en mí!
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

sábado, 23 de marzo de 2024

Fútbol (entrenador) (2)

Los partidos se jugaban en sábado o domingo por la mañana y al acabar nos juntábamos los padres en un bar cercano para tomar cervezas y comentar la actualidad deportiva, lo cual era un disparate (no por lo de comentar la actualidad deportiva sino por lo de tomar unas cuantas cervezas) ya que mientras el resto de padres volvía andando a sus respectivas casas (y no importaba que fuesen dando tumbos), yo tenía que coger el coche y recorrer Madrid de punta a punta... y con unas cuantas copas de más, eso sí, bañadas de alegría porque el Pastelerías Mallorca ha sido el mejor equipo de fútbol que he visto en toda mi vida (ni el Barcelona, ni el Bayern de Munich... ninguno ha llegado a la excelencia alcanzada por este equipo). Para dar fe de ello no tengo que refrescar mi memoria, simplemente revisar las actas de los partidos y mis anotaciones, que aún conservo.
 
Pero más que las palabras, hablarán por sí mismas las cifras y es que Pastelerías Mallorca ganó todos los partidos por goleada salvo los dos partidos jugados contra la AFE que también se ganaron pero sólo por 3-1 en nuestro campo y 0-1 en su campo. El balance final no pudo ser más espectacular: 20 partidos jugados, 20 partidos ganados, 110 goles a favor y sólo 3 goles en contra. Como veis, unos números que causan asombro y que se ganaron un puesto en la revista del barrio la cual publicó la foto del equipo (con su Delegado que era yo) y el increíble palmarés.
 
Era tanta la admiración que levantaba nuestro equipo que, al segundo partido ganado con tanta solvencia, el propio club de fútbol Rayo Vallecano, nos dio un pase permanente para que los jugadores y yo como Delegado, pudiésemos pasar gratis al estadio de Vallecas a ver todos los partidos de Liga del Rayo. Así que como una mamá gallina, acudía cada domingo con 15 o 17 retoños, y sentados en una grada de lateral animábamos a “los mayores”.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

viernes, 22 de marzo de 2024

Fútbol (entrenador) (1)

Como el fútbol ha sido siempre mi deporte favorito, tanto para practicarlo como para disfrutar como espectador (y sufrir, que para eso soy del Atleti), no debería extrañar que además de haber sido jugador haya sido entrenador y empresario. En este capítulo me  voy a referir a mi experiencia como entrenador.
 
Todo comenzó cuando en 1988 llevé a mi hijo a hacer las pruebas en el Rayo Vallecano y, tras superar varias de ellas, finalmente consiguió una plaza en uno de los equipos de fútbol de la categoría Alevín (niños de 11 a 12 años) que tenía el Rayo Vallecano y que en este caso concreto estaba patrocinado por Pastelerías Mallorca.
 
Fue una inmensa alegría conseguir que entrase en un equipo “profesional” y yo, como padre orgulloso de su hijo, acudí con él al primer entrenamiento de la temporada 88-89 que iba a comenzar y se estrenaría con el comienzo de la Liga en el grupo del Ayuntamiento de Vallecas. Allí fueron llegando todos los niños, algunos de ellos con sus padres, aunque no todos, puesto que salvo mi hijo y yo que veníamos del otro extremo de Madrid, el resto eran vecinos de aquél barrio y vivían muy cerca del campo de entrenamiento. Esto significaba además que yo tendría que llevar a mi hijo todos los días que hubiese entrenamiento o partido, esperarlo, y volver con él; un niño pequeño no puede andar solo por Madrid ni viajar solo en Metro. Conocedores de mi ineludible obligación de acudir y estar allí todos los días, me pidieron que les echase una mano y fuese su Delegado de Equipo. Acepté encantado y comencé a llevar las riendas administrativas del equipo.
 
Los equipos que formaban aquél grupo eran, además de nosotros que nos llamábamos “Pastelerías Mallorca”, el Rayo Mallorca (también filial del Rayo), Galerías Serena, Recreativo Palomeras, Deportivo Vallecano, Buena Noticia, Cosmos, Almadén, Unión y –el que se mostró como nuestro más duro rival- AFE (el equipo de la Federación de Futbolistas Españoles). El primer partido se jugó el cinco de noviembre de 1988 contra el equipo hermano Rayo Mallorca y ¿sabéis cómo acabó? Nada más y nada menos que 9-0 así que ya desde el principio este equipo demostraba su superioridad. Y es que conforme pasaban los entrenamientos y los partidos, me quedaba maravillado de la calidad y la conjunción de aquellos pequeños futbolistas, uno de los cuales –el lateral derecho- era mi hijo.
 
Como Delegado del Equipo me reunía con el árbitro antes del partido para darle las alineaciones y después del mismo para firmar y recoger el acta arbitral. Muy metido en mi papel, seguía cada partido llevando la contabilidad de los minutos que jugaba cada jugador, y de los goles que iba metiendo cada uno. Dos veces  entre semana, acudía a los entrenamientos que se celebraban en un completísimo polideportivo de Vallecas en donde había un campo de fútbol solo para nosotros con sus correspondientes focos (ya que en invierno a última hora de la tarde era noche oscura), suficientes balones, conos de plástico para ensayar jugadas, petos para los partidillos, etc.
 
A pesar de tratarse de niños de 11 y 12 años, se les daba un entrenamiento muy completo, no sólo de táctica, sino también de técnica, de estrategia y de fortaleza física. Se les hacía correr durante media hora al menos, saliendo del polideportivo para llegar al parque cercano y regresar luego otra vez al campo para seguir entrenando. Por entonces yo aún conservaba buena forma física y me unía al grupo para correr con ellos, al igual que hacía su entrenador. No contento con eso, también echaba mis pinitos corriendo luego en solitario por la pista de atletismo que había junto al campo de fútbol de entrenamiento. Y ya metidos en faena, me ocupaba del entrenamiento específico de los porteros.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

jueves, 21 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (y 8)

Y ya para terminar este capítulo quiero compartir con vosotros una experiencia tal cual la relaté en un escrito de hace varios años; porque ser un deportista famoso lleva implícito el peso de la fama, la constante persecución de los fans en cualquier sitio y circunstancia. Por lo que habéis leído hasta ahora yo no llegué a ser un futbolista famoso y sin embargo un día sí que experimenté lo que se siente al ser una estrella de fútbol. El relato de aquél acontecimiento, titulado “El día que fui aclamado”, decía así:
 
“Era un viaje más, uno de los muchos que hacía a Vigo para desplazarme hasta la fábrica de nuestra compañía en O Porriño. Como siempre, cogía el primer avión de la mañana y ni siquiera el café podía espabilarme demasiado. Entré de los primeros en el avión y tomé asiento en la primera fila. Tan pronto me acomodé, cogí el periódico y me enfrasqué en su lectura. Esto me ayudó a coger el sueño y nada más despegar quedé profundamente dormido.
El aviso de la azafata indicando que nos abrochásemos los cinturones ya que íbamos a tomar tierra, me despertó de mi reparador sueño. Ese descanso adicional me había venido muy bien para afrontar aquél día de trabajo. Había organizado una rueda de prensa para las 11 de la mañana y confiaba en que acudiesen a la misma muchos periodistas, no en vano había contactado con los responsables de la información sanitaria de todos los medios de comunicación de Galicia. Lo que no podía imaginarme era el recibimiento que me esperaba.
Cuando bajé del avión, me sorprendió una muchedumbre (principalmente chicas jóvenes, aunque también había chicos e incluso algunas personas mayores) que nada más verme salir del avión comenzaron a gritar de forma histérica. Ni en el más remoto de mis sueños hubiera podido imaginar un recibimiento así, tal entusiasmo por ver mi llegada, todos esos brazos agitándose y saludándome, e incluso algunas lágrimas de histeria y emoción brotando de los ojos de aquellas chicas tan bellas... Me sentí como el Country Communication Manager más afortunado del planeta al comprobar el entusiasmo y admiración que causaba en aquella multitud de chicas jóvenes a las que a duras penas podía contener la policía para que no derribasen las vallas que protegían el pasillo por el cual avanzaba.
Sin embargo, una vez había dado unos cuantos pasos, pude comprobar con decepción que sus gritos y miradas no seguían mi recorrido, sino que continuaban mirando detrás de mí. Entonces me di la vuelta y pude ver que quienes avanzaban justo detrás de mí eran los jugadores de la selección española de fútbol. Resulta que iban a jugar un partido en Vigo al día siguiente y yo no había caído en ese detalle, como tampoco me había dado cuenta (enfrascado como estaba en la lectura del periódico y mi sueño matutino) que junto a mi asiento iban pasando uno tras otro todos los jugadores de la selección española.
En fin, por lo menos, la sensación de ser un gran ídolo de masas no me la quita nadie y permanecerá para siempre en el recuerdo, como también –todo hay que decirlo- el éxito de aquella rueda de prensa que organicé”.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (7)

Cuando dejé Sideta cambié de tercio, pasando de la industria farmacéutica a la industria agroquímica,  incorporándome a una empresa que se llamaba Zeltia Agraria, que poco después pasó a llamarse ICI-Zeltia, que luego se llamó Zéneca Agro, y que ahora se llama Syngenta. ¡Hay que ver qué cambiante es la vida! ¡Aunque no te cambies de empresa es la empresa la que se cambia! Como Jefe de Publicidad de la misma estaba en contacto con muchas Agencias de Publicidad y con una central de compra de Medios, Central Media, cuyo director era Antonio Ruiz, un gran aficionado al deporte que nos animó a jugar partidos de fútbol en donde algunos empleados de su compañía y de la nuestra nos enfrentábamos a los equipos de otras empresas. Por mi parte, ya estaba olvidada aquella lesión y aún mantenía una buena forma física, capaz de correr los 90 minutos sin desfallecer, así que participé en algunos de aquellos partidos, incluso una vez volvimos a jugar en un campo de hierba, el que había en el Parque Sindical, pero lo normal era jugar en campos de tierra, aunque eso sí, reglamentarios. De estos últimos recuerdo –por lo insólito- uno de ellos.
 
Se jugó en un campo reglamentario de fútbol en El Pardo y nuestro equipo –ya llevábamos varios partidos jugando juntos- demostró su superioridad desde el principio. Sin embargo aquél día brillé más que ningún otro (bueno, en realidad pocas veces brillé, pero esta vez sí que sí) y realicé una proeza sin precedentes en toda mi larga, irregular e intermitente carrera como futbolista. Actué como lateral derecho pero subiendo una y otra vez al ataque y si bien mi equipo ganó por 9 a 2, ese día marqué 5 goles; pero no cinco goles cualquiera, sino cinco soles, cinco goles de todas las facturas posibles. Para el primero, el que abría la cuenta goleadora de mi equipo, utilicé la estrategia, que era una de mis armas preferidas. Mientras que al ir a rematar un córner todos los jugadores se apelotonan en el centro del área, yo busqué el espacio libre que siempre se dejaba (y se sigue dejando) un poco más allá del segundo palo. Tal como esperaba, hacia ese lugar llegó un balón rebotado y entonces, estiré la pierna, le di con la tibia y el balón entró en la portería. Está claro que no es muy normal marcar un gol con la tibia, pero es que eso sólo era el comienzo, después marqué un gol de un perfecto punterazo con la derecha, más tarde –algo inédito en mi carrera- marqué de cabeza al rematar un córner, después marqué otro gol también con la derecha aunque esta vez golpeando el balón con el interior de la bota, y finalmente, el más recordado: me escapé por la banda corriendo con el balón controlado; me seguía de cerca, pegajosamente cerca, un defensa contrario al que no podía dejar atrás; así, corriendo en paralelo nos fuimos acercando hacia la portería contraria; no conseguía dejar atrás al defensor contrario, el portero iniciaba la salida para tapar ángulo, el oxígeno llegaba cada vez con más dificultad a mi cerebro a consecuencia del esfuerzo que suponía tan larga carrera ya muy cerca del final del partido; aun así tuve un momento de lucidez mental y un desborde de confianza y me atreví a hacer lo que no había hecho nunca en mi vida: chutar con la izquierda, que era la única pierna que me dejaba libre el defensor-lapa que llevaba pegado todo el tiempo como mi propia sombra. Aquél inopinado disparo desde fuera del área se coló en la portería rival y todos los de mi equipo estallamos en un éxtasis de alegría, sobre todo yo que aún no daba crédito a lo que había sido capaz de hacer con mi pierna mala, la izquierda.
 
Con aquél momento de gloria irrepetible finalizó mi carrera como futbolista en activo. En mi haber queda haber jugado en campos de hierba natural, haber formado defensa con un internacional como Zoco, haber hecho regates increíbles, haber salvado goles cantados aun a costa de mi integridad física, y haber marcado goles de todas las facturas. No me gustaría, sin embargo, acabar este capítulo sin insistir en la importancia de saber jugar sin balón y saber situarse bien en el campo; pocos jugadores profesionales saben colocarse en esos espacios libres que quedan en el segundo palo cuando se saca un córner y esto lo aprendí y utilicé yo solo sin que nadie me lo enseñara.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

martes, 19 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (6)

Después de seis años trabajando felizmente en Latino-Syntex, me cambié de empresa y me fui a un pequeño, pero gran laboratorio (porque tenía grandes productos), llamado Sideta (siglas que correspondían a Sociedad Ibérica de Estudios Terapéuticos Aplicados) perteneciente al grupo multinacional francés Pechiney Ugine Kullmann, cuya fábrica y oficinas estaban situadas en un polígono industrial en las afueras de Alcalá de Henares. También allí se organizaron, de vez en cuando, partidos de fútbol, aunque en esta ocasión, no sé por qué, todos los rivales a los que nos enfrentábamos eran mejores que nosotros, más duros y agresivos. Teníamos la ventaja, no obstante, de jugar en buenos campos (de tierra, pero eso era lo mejor que había), como el de los laboratorios Merck, en la carretera de Barcelona, o en un campo del pueblo de Meco en donde nos enfrentamos a un equipo que llegué a pensar si no serían presos salidos de la cárcel de Alcalá-Meco. Recuerdo aquél partido igual que Aníbal debió recordar la batalla de las Termópilas o Alejandro Magno la batalla de Gaugamela, como algo áspero, duro, e incluso traumático. Y esto último lo digo de forma literal. Atacaba una vez más el equipo contrario, tenían batida a toda nuestra defensa y nuestro portero había quedado descolocado, chutaron a puerta y en un instinto –propio de los más ágiles defensas- estiré la pierna logrando despejar el balón y salvar el gol; lo que no pude salvar fue el impacto de una bota contraria contra mi tobillo y un “¡clak!” resonó en el campo de fútbol enmudeciendo el ambiente. Quedé tendido en el suelo, doliéndome del tobillo que, como por arte de magia, empezó a hincharse e hincharse. Me ayudaron varios compañeros y me llevaron al Ambulatorio más cercano donde me inyectaron un antiinflamatorio y me vendaron el tobillo, mandándome hacer reposo durante una semana. Todos se preocuparon por mí, incluso los del equipo contrario que se disculparon, pero a pesar de todo yo me fui feliz a casa porque había salvado un gol. Eso en el mundo del deporte se llama: ¡Profesionalidad!
 
El director de la empresa, Carlo de Franceschi, se mostró muy contrariado por aquella baja laboral que se había producido de manera tan estúpida (no le gustaba el fútbol) y yo estuve en casa con el pie en alto no una semana sino solo tres días. Al cuarto día ya me atreví a coger el coche para ir a trabajar, y al cabo de una semana, con el pie aún resentido, cumplí con mi obligación profesional y conduje mi coche hasta Sevilla en donde tenía que participar en una reunión de trabajo. Eso en el mundo laboral se llama: ¡Profesionalidad!
 
Durante mi permanencia en Sideta también me ocupé de hacer las quinielas semanales aunque aquí no tuvimos tanta suerte a pesar de haber acertado muchas semanas gracias a un sistema reducido de siete dobles. Rara era la semana que no acertábamos 12 pero los premios que nos tocaba cobrar apenas si eran de unos pocos cientos de pesetas a repartir entre siete u ocho personas. Por alguna curiosa circunstancia, hubo una racha en que casi todas las semanas la quiniela acababa llena de “unos” y por consiguiente reportaban unos premios ridículos. Por fin, un día, llegó la tan esperada alegría: ¡Había acertado una de 14! Pero cuando comprobé el boleto algo me mosqueó: esa quiniela era... ¡de 14 unos! Como me temía, el premio fue de tan solo 5.000 pesetas a repartir. Así que, poco después, sin ningún gran premio que llevarnos a la boca (digo a la cartera), dejamos de hacer quinielas, desencantados por tanto acierto y tan poco premio.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

lunes, 18 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (5)

El éxito de aquél partido había sido tan grande, que la afición por el fútbol se desató en el laboratorio. Se organizaron más partidos y, de uno de aquellos, guardo en la memoria una jugada extraordinaria. Nos enfrentábamos al equipo de otro laboratorio en el campo de fútbol de los Dominicos de Alcobendas, cuya iglesia levantó Miguel Fisac. El campo era de tierra pero perfectamente habilitado para jugar al fútbol (redes en las porterías, líneas marcadas, etc.). En nuestro equipo habíamos introducido –a escondidas- a una estrella del fútbol, un jugador profesional del Castilla (lo que hoy se llama Real Madrid B) que era novio de una secretaria del laboratorio, y que accedió a jugar con nosotros aun sabiendo que tenían prohibido participar en este tipo de actividades de riesgo. No me acuerdo del resultado final (aunque ganamos gracias a la infinita superioridad de este jugador profesional) pero sí de una jugada que dejó boquiabiertos a todos: Cogí el balón en defensa y avancé por el campo; al llegar al borde del área me salieron dos armarios, esto es, dos jugadores contrarios de talla XXL, los cuales se plantaron frente a mi impidiéndome proseguir; todo fue cuestión de décimas de segundo. ¿Qué podía hacer? ¿Regatear por la derecha? ¿Regatear por la izquierda? ¿Volver para atrás? ¿Ceder el balón a otro compañero del equipo?... Hice lo más insospechado, meterme con el balón controlado por la pequeña rendija que dejaban sus dos enormes corpachones, mientras se escuchaba un ¡oooh! de sorpresa de cuantos contemplaron aquella maniobra. Luego mi tiro no acabó el gol, pero eso fue lo de menos, lo importante fue esa chispa de ingenio que me permitió ver un hueco por donde a nadie se le hubiera ocurrido intentar pasar. Recuerdo igualmente que al finalizar el partido el mosqueo del equipo rival era de aúpa y no paraban de decir que ese jugador nuestro (el del Castilla que habíamos llevado de tapadillo) no era normal, que debía ser profesional; pero como no era tan famoso como para salir en el Marca, ningún rival pudo reconocerlo y se quedaron para siempre con la duda... y la derrota.
 
Aunque no tenga relación con mi faceta de jugador, traeré a estas páginas una anécdota relacionada con el fútbol durante mi estancia en Latino-Syntex. La creciente pasión por el fútbol nos había llevado también a hacer quinielas semanales, siendo yo el responsable de elegir las combinaciones. Una de aquellas veces acertamos una de 13 y nos correspondió un premio de algo más de 50.000 pesetas, que en la década de los 70 era mucho dinero, aunque éramos muchos los que jugábamos y había que repartirlo entre todos. Como responsable de las quinielas me fui con un maletín a las oficinas donde se pagaban los premios altos y cobré tan suculento premio. Al llegar al laboratorio, y antes de entrar a nuestra planta, me retiré discretamente a una esquina y saqué unos cuantos billetes de 1.000 pesetas dejándolos pillados con los bordes del maletín, y de esta forma, con un maletín del que sobresalían numerosos billetes de 1.000 pesetas, hice mi entrada triunfal ante la sorpresa y jolgorio de todos.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

domingo, 17 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (4)

Acabé la carrera y comencé a trabajar. Mi primer trabajo fue en los Laboratorios Latino Synyex y allí tuve la oportunidad de jugar el primer gran partido de fútbol de mi vida. Habíamos ido de Convención al hotel Orange, en Benicasim (Castellón), el cual tenía algo que hasta entonces sólo había tenido a mi disposición en sueños: un campo de fútbol de medidas reglamentarias y porterías reglamentarias con red, y líneas marcadas en el terreno de juego, y banquillos para el entrenador y los suplentes, y marcador... y todo sobre una alfombra de césped fresco y verde. El entrenamiento previo para tan grandioso partido había brillado por su ausencia. Creo recordar que nunca antes –desde los tiempos de la carrera- había vuelto a jugar al fútbol, ni siquiera con los amigos. Pero esta vez el panorama (¡un campo de césped!) nos ponía las pilas, tan a cien, que no necesitábamos nada más para darlo todo sobre el terreno de juego. Una curiosa circunstancia vino a dotar de más interés y atractivo aún a aquél partido que íbamos a jugar. Coincidió que esos días estaba alojado en el mismo hotel que nosotros el jugador del Real Madrid y de la selección española, Zoco, que justo ese año se había retirado de la práctica profesional del fútbol. Le comentamos que íbamos a jugar un partido de fútbol y que nos gustaría se uniese a esta celebración. Como Zoco ya estaba libre de compromisos profesionales (un jugador en activo no puede permitirse el riesgo de caer lesionado en un partido de amigos) aceptó de buen grado.
 
Aquí sí que no había problema de número a la hora de completar los equipos, ya que a la Convención de Ventas habían acudido más de 100 Visitadores Médicos, además de los que íbamos de Central. En realidad, hasta tuvimos suplentes en cada bando; pero antes había que hacer las alineaciones y todos querían tener a Zoco en su equipo. Sin embargo, como el que manda manda, la decisión que se tomó no dejaba lugar a dudas: el partido enfrentaría a “los de Central” contra “los Visitadores”, y como los de Central dispuestos a jugar no llegábamos a once, Zoco y dos Visitadores se unieron a nuestro equipo.
 
Ya estaba el partido dispuesto a comenzar y los dos equipos haciéndose las fotografías de rigor (aún conservo la fotografía de aquél equipo en donde se me ve formando defensa con Zoco). En nuestro equipo formaban, entre otros, mi compañero y gran amigo Diego García Alonso, César Ramírez, Rafael de Murcia, Francisco Rodríguez Cazorla, Carlos Pascual... A los de Central nos habían dado una equipación completa de blanco (camiseta, pantalón y medias) aunque el calzado lo tenía que poner cada uno y –salvo algún caso aislado- todos llevábamos zapatillas deportivas normales y corrientes. Al otro equipo se le dio una equipación azul oscuro. Unos voluntarios se ofrecieron para hacer de árbitro y linieres. En el banquillo se sentó el médico, Juan Carlos Peña y las dos guapísimas secretarias que nos habían acompañado (por lo que caer lesionado para que te atendieran era algo bastante apetecible). También estaban algunos suplentes que querían jugar algunos minutos y, lo nunca visto por nosotros hasta entonces: ¡espectadores! Como ya he dicho, a la Convención habíamos ido más de 100 personas, por lo que todos los que no jugaron, que eran más de 80, llenaron el pequeño graderío lateral para animar a los equipos.
 
Comenzó el partido y yo me situé como lateral derecho, el número 2; un lateral un poco leñero que tenía por consigna: si pasa el balón que no pase el hombre. Me apoyaba en esa banda mi compañero Diego García Alonso que, gracias a sus largas piernas (era más alto que yo), prodigaba las escapadas y cubría mis espaldas cuando era yo quien, en ocasiones, subía. Zoco se situó en el centro del campo para organizar el juego y dar las mejores asistencias. Pronto se vio que aquellos dos equipos eran bastante desiguales. El de Central estaba formado por unos jugadores con poca experiencia, aunque auxiliados por Zoco, que valía por todos los demás. El de los Visitadores, estaba formado por la flor y nata de los Visitadores Médicos. Como eran tantos para poder elegir su once, seleccionaron a los mejores, los que tenían más experiencia futbolística y jugaban al fútbol habitualmente en sus respectivas ciudades.
 
No recuerdo cómo fueron cayendo los goles, pero sí el resultado final que fue de empate a dos, y recuerdo también que nuestros dos goles los metió Zoco, así que si no llega a ser por él hubiéramos perdido por goleada. Como estaba allí uno de nuestros artistas gráficos, Luis Díaz Ricote, que también era un gran fotógrafo, realizó un amplísimo reportaje gráfico de aquel partido. Gracias a eso han quedado inmortalizados muchos de aquellos memorables momentos y, gracias a  ellos también, queda el testimonio gráfico de cómo salvé un gol a mi equipo, despejando el balón cuando nuestro portero ya estaba batido. Por consiguiente, este partido pasó a los anales de mi historia deportiva como uno de los más grandes acontecimientos por múltiples razones: jugar equipos completos en campo reglamentario de hierba y hasta con espectadores, jugar con un jugador profesional, aguantar corriendo los 90 minutos, hacer una buena defensa y salvar a mi equipo de un gol cantado. ¿Qué más se podía pedir?
 
Al final, ya exhaustos los jugadores, nos saludamos y abrazamos unos a otros. Devolvimos nuestras equipaciones, y por alguna extraña circunstancia, el pantalón blanco que me habían dado se quedó a vivir conmigo... y tuvo una larga y feliz vida, recordándome muy a menudo aquella tarde de gloria, hasta que muchos años después la tela del pantalón, literalmente, se desintegró. Antes, no obstante, vivió otros momentos de gloria.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

sábado, 16 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (3)

Así fueron pasando los años, mientras España progresaba adecuadamente, la economía mejoraba, y los españoles podíamos acceder a nuevos pequeños lujos y caprichos. El balón de reglamento sustituyó, por ejemplo, a la pelota. Llegó un día en que la mayor parte de nosotros pudo comprarse unas botas de fútbol (todas eran negras y con tacos de goma de un único tipo, que se atornillaban a la suela) que nos parecían preciosas. Y llegó el día en que pudimos comprarnos camisetas de equipos de fútbol. Pero como cada uno iba a su aire, cada uno se compraba la camiseta del equipo que quería, así que no había dos iguales. Bueno, sí había dos iguales, las de mi amigo Benjamín Conde y yo, que nos compramos el mismo día una camiseta del Peñarol de Montevideo, a rayas verticales amarillas y negras. Calzarse unas botas de fútbol y salir al campo (quiero decir al descampado) con una camiseta de equipo profesional, te daba una fuerza adicional y hasta te hacía mejor jugador; al menos te daba más confianza en ti mismo y eso se traducía en mejor juego (ya lo explica bien claro Simeone, el rey de la motivación de jugadores). Como Benjamín y yo íbamos iguales, siempre jugábamos en el mismo equipo, lo que permitió que nos compenetrásemos y llegásemos a formar lo que dimos en llamar “el ala infernal”. Lo que no mejoraba, aunque España sí lo hiciese, eran los campos de fútbol. En realidad ni mejoraban ni empeoraban, simplemente seguían sin existir, al menos para quienes íbamos por la vida a nuestro libre albedrío, sin inscribirnos en ninguna liga, ni participar en ningún campeonato, ni na de na. Los hermanos Rafael y Eduardo Alcántara, Joaquín Grassi, Fernando de Juana, Juan Carlos Álvarez, Florentino Cerezo, etc., fueron algunos de aquellos heroicos jugadores que nos acompañaron.
 
Nos fuimos haciendo mayores, al menos en cuanto a la edad que figura en el DNI, porque mayores de edad mental... eso ya es otra cosa. Pasé a estudiar la carrera de Publicidad en la Escuela Oficial de Publicidad y allí me hice nuevos amigos aunque conservé algunos de los antiguos. Como también los había aficionados al fútbol, organizamos de vez en cuando partidos, pero seguía siendo en las mismas condiciones que antes: descampados de la Casa de Campo en donde nos citábamos de forma anárquica unos cuantos compañeros, algún que otro advenedizo y algún otro que estuviese por allí y nos viniese bien para poder completar equipos. Enrique González Infante, Carlos Álvarez Mateos, Pedro Díaz Cepero, Álvaro Peces Arriero, Carlos Toro... eran algunos de los habituales con los que formaba esos equipos de fútbol que parecían una colección de retales de lo heterogéneos que éramos.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

viernes, 15 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (2)

Al comenzar mis estudios en las Escuelas Pías de San Fernando, en Madrid, jugaba a veces con una pelota en el patio del colegio, pero era francamente malo, tanto que nunca entré a formar parte de ningún equipo de fútbol. No fue hasta cumplir los 13 años cuando, ya con mi propia pandilla, nos dedicamos en muchas ocasiones a jugar al fútbol. Si conseguíamos atraer a otros amigos menos habituales, organizábamos un partido de cinco o seis contra otros cinco o seis; pero si no llegábamos a tan alto número solíamos invitar (o invitarnos) para jugar con otro grupo que estuviese por allí en las mismas condiciones que nosotros y así, con quórum suficiente, se organizaba el partido. Pero ¿cómo eran esos partidos? Los jóvenes de hoy no pueden siquiera imaginárselo. Hoy lo tienen todo hecho: magníficas equipaciones, instalaciones deportivas para todos los gustos, campos reglamentarios incluso con césped artificial, etc. En cambio, hace unas cuantas décadas, la cosa era muy diferente...
 
El terreno de juego era un descampado de tierra, más o menos llano, en la Casa de Campo; no obstante siempre había algunas piedras, hoyos, incluso algunos arbustos o un ligero desnivel del terreno. Las líneas que delimitaban las áreas y el terreno de juego eran inexistentes, aunque algunas veces cogíamos un palo y a pulso íbamos trazando sobre el suelo dichas líneas (cualquier parecido con una línea recta era pura coincidencia). Como no había porterías, las teníamos que inventar nosotros: dos montones de piedras, con algunos jerséis encima, hacían las veces de postes (sin que hubiese larguero ni red), y la distancia entre los artesanales “postes” se medía por pasos... aproximados. Algunas veces encontrábamos dos árboles separados por una distancia razonable para hacer de postes de la portería, y eso era un auténtico lujo que nos llenaba de satisfacción. En cuanto a la equipación, era igualmente inexistente. Cada uno llevaba un pantalón diferente (unos blanco, otros azul, otros un simple pantalón corto de paseo..) y por arriba, una camiseta o un polo, sin que existieran dos jugadores que llevaran siquiera el mismo color. De calzado unas zapatillas deportivas... de la época, es decir, parecidas no a las que se estilan ahora sino a esas clásicas zapatillas Victoria que todavía se ven en algunas zapaterías, aunque también algunos jugaban sencillamente con los zapatos del colegio, lo que suponía una ventaja ya que permitían chutar más fuerte, pero también más fuerte era el pescozón que recibían de su madre al llegar a casa con los zapatos sucios, arañados y machacados.
 
El jefe de la pandilla, o uno de los jefes (en mi caso éramos Paco Sanz Cabrera y yo quienes llevábamos la voz cantante) elegía un compañero para su equipo, después el otro elegía otro, y así sucesivamente hasta completar los dos equipos. Como la alineación cada vez era diferente, y más todavía si jugábamos con otro grupo que nos hubiésemos encontrado por ahí, y no había dos equipaciones iguales, era realmente difícil recordar quiénes eran tus compañeros de equipo y por eso era frecuente dar pases al contrario creyendo que eran de tu mismo bando. La técnica no existía, aunque la verdad es que tampoco hubiera servido de nada en aquellos terrenos duros, irregulares y llenos de obstáculos. En general todos corríamos detrás del balón porque nuestra única obsesión era coger el balón, correr, regatear lo menos posible y disparar a puerta. Cada vez que uno tenía el balón se escuchaba un coro de voces que gritaban al unísono “¡a mí, a mí!”, pidiendo infructuosamente que les pasaran el balón, pero si uno había conseguido tener la posesión de la pelota no era cuestión de cedérsela a nadie por muy amigo tuyo que fuese.
 
Aunque a la hora de hacer los equipos tratásemos de organizarnos diciendo “tú de defensa, tú de medio, tú de delantero”, daba igual, porque todos jugábamos de todo como auténticos todoterrenos; a lo más que llegábamos era a decir “yo juego por la derecha” (como era mi caso) ya que al ser diestro y ser un inútil con la izquierda, no tenía sentido situarme en el lado contrario. ¡Ah! y había un puesto maldito que nadie quería: el de portero. Es que el portero no podía correr con el balón ni chutar a puerta, tenía que quedarse en su portería esperando que le disparasen para ver si paraba el balón, siendo lo más normal que le metiesen gol salvo que quisiese llegar a su casa con desollones en las rodillas y en los codos. ¡Vamos, que el duro suelo de tierra con piedras de todos los tamaños no era lo más atractivo para hacer una estirada! Por eso, solíamos poner de portero al peor de todos, o al que tenía asma. ¡Y encima le echábamos una bronca cada vez que le metían un gol! Ante tal tesitura no es de extrañar que muchas veces nadie quisiese ponerse de portero, razón por la cual se inventó el puesto de “portero-delantero”, un portero a lo Higuita que, tan ponto tenía el balón, lo controlaba con los pies y se iba hacia la portería contraria. Como esta estrategia del “portero-delantero” resultaba desastrosa a la hora de mantener nuestra portería imbatida, se cambiaba con frecuencia por la estrategia de “un rato cada uno”, y así cada poco tiempo (o en otras ocasiones cada vez que se encajaba un gol) se iba cambiando el que hacía de portero por otro jugador de campo.
 
Los partidos así disputados resultaban épicos, con abundancia de goles y de incidencias. “¡Ha salido!”, decía uno. “¡No, no ha salido!” gritaba otro. “¡Ha sido falta!”, decía uno. “¡De eso nada, te has caído solo!”, gritaba otro. Y así se estaba discutiendo un rato hasta que al final surgía el consenso y se daba la razón a uno sabiendo que después vendría (tal como hacen la mayoría de los árbitros hoy en día) la “ley de la compensación” (“la otra falta la pitaste a tu favor, así que esta se pita a mi favor”). La sangre siempre hacía acto de presencia, y no porque nos pegásemos, sino porque nos pegábamos... contra el suelo. Chichones, heridas, rasguños, arañazos, etc., estaban a la orden del día. Y como podéis suponer no había árbitros, pero sin duda aquello nos preparaba para la vida y nos ensañaba mejor que cualquier otra escuela el arte de negociar, de dialogar, de llegar a acuerdos. Hoy en día, como hasta los pequeñines juegan con árbitro, no saben qué es eso de dialogar y negociar, sólo conocen la dictadura del árbitro y la protesta y anarquía de los oprimidos.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.