martes, 19 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (6)

Después de seis años trabajando felizmente en Latino-Syntex, me cambié de empresa y me fui a un pequeño, pero gran laboratorio (porque tenía grandes productos), llamado Sideta (siglas que correspondían a Sociedad Ibérica de Estudios Terapéuticos Aplicados) perteneciente al grupo multinacional francés Pechiney Ugine Kullmann, cuya fábrica y oficinas estaban situadas en un polígono industrial en las afueras de Alcalá de Henares. También allí se organizaron, de vez en cuando, partidos de fútbol, aunque en esta ocasión, no sé por qué, todos los rivales a los que nos enfrentábamos eran mejores que nosotros, más duros y agresivos. Teníamos la ventaja, no obstante, de jugar en buenos campos (de tierra, pero eso era lo mejor que había), como el de los laboratorios Merck, en la carretera de Barcelona, o en un campo del pueblo de Meco en donde nos enfrentamos a un equipo que llegué a pensar si no serían presos salidos de la cárcel de Alcalá-Meco. Recuerdo aquél partido igual que Aníbal debió recordar la batalla de las Termópilas o Alejandro Magno la batalla de Gaugamela, como algo áspero, duro, e incluso traumático. Y esto último lo digo de forma literal. Atacaba una vez más el equipo contrario, tenían batida a toda nuestra defensa y nuestro portero había quedado descolocado, chutaron a puerta y en un instinto –propio de los más ágiles defensas- estiré la pierna logrando despejar el balón y salvar el gol; lo que no pude salvar fue el impacto de una bota contraria contra mi tobillo y un “¡clak!” resonó en el campo de fútbol enmudeciendo el ambiente. Quedé tendido en el suelo, doliéndome del tobillo que, como por arte de magia, empezó a hincharse e hincharse. Me ayudaron varios compañeros y me llevaron al Ambulatorio más cercano donde me inyectaron un antiinflamatorio y me vendaron el tobillo, mandándome hacer reposo durante una semana. Todos se preocuparon por mí, incluso los del equipo contrario que se disculparon, pero a pesar de todo yo me fui feliz a casa porque había salvado un gol. Eso en el mundo del deporte se llama: ¡Profesionalidad!
 
El director de la empresa, Carlo de Franceschi, se mostró muy contrariado por aquella baja laboral que se había producido de manera tan estúpida (no le gustaba el fútbol) y yo estuve en casa con el pie en alto no una semana sino solo tres días. Al cuarto día ya me atreví a coger el coche para ir a trabajar, y al cabo de una semana, con el pie aún resentido, cumplí con mi obligación profesional y conduje mi coche hasta Sevilla en donde tenía que participar en una reunión de trabajo. Eso en el mundo laboral se llama: ¡Profesionalidad!
 
Durante mi permanencia en Sideta también me ocupé de hacer las quinielas semanales aunque aquí no tuvimos tanta suerte a pesar de haber acertado muchas semanas gracias a un sistema reducido de siete dobles. Rara era la semana que no acertábamos 12 pero los premios que nos tocaba cobrar apenas si eran de unos pocos cientos de pesetas a repartir entre siete u ocho personas. Por alguna curiosa circunstancia, hubo una racha en que casi todas las semanas la quiniela acababa llena de “unos” y por consiguiente reportaban unos premios ridículos. Por fin, un día, llegó la tan esperada alegría: ¡Había acertado una de 14! Pero cuando comprobé el boleto algo me mosqueó: esa quiniela era... ¡de 14 unos! Como me temía, el premio fue de tan solo 5.000 pesetas a repartir. Así que, poco después, sin ningún gran premio que llevarnos a la boca (digo a la cartera), dejamos de hacer quinielas, desencantados por tanto acierto y tan poco premio.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros que he escrito.

No hay comentarios: