sábado, 16 de marzo de 2024

Fútbol (jugador) (3)

Así fueron pasando los años, mientras España progresaba adecuadamente, la economía mejoraba, y los españoles podíamos acceder a nuevos pequeños lujos y caprichos. El balón de reglamento sustituyó, por ejemplo, a la pelota. Llegó un día en que la mayor parte de nosotros pudo comprarse unas botas de fútbol (todas eran negras y con tacos de goma de un único tipo, que se atornillaban a la suela) que nos parecían preciosas. Y llegó el día en que pudimos comprarnos camisetas de equipos de fútbol. Pero como cada uno iba a su aire, cada uno se compraba la camiseta del equipo que quería, así que no había dos iguales. Bueno, sí había dos iguales, las de mi amigo Benjamín Conde y yo, que nos compramos el mismo día una camiseta del Peñarol de Montevideo, a rayas verticales amarillas y negras. Calzarse unas botas de fútbol y salir al campo (quiero decir al descampado) con una camiseta de equipo profesional, te daba una fuerza adicional y hasta te hacía mejor jugador; al menos te daba más confianza en ti mismo y eso se traducía en mejor juego (ya lo explica bien claro Simeone, el rey de la motivación de jugadores). Como Benjamín y yo íbamos iguales, siempre jugábamos en el mismo equipo, lo que permitió que nos compenetrásemos y llegásemos a formar lo que dimos en llamar “el ala infernal”. Lo que no mejoraba, aunque España sí lo hiciese, eran los campos de fútbol. En realidad ni mejoraban ni empeoraban, simplemente seguían sin existir, al menos para quienes íbamos por la vida a nuestro libre albedrío, sin inscribirnos en ninguna liga, ni participar en ningún campeonato, ni na de na. Los hermanos Rafael y Eduardo Alcántara, Joaquín Grassi, Fernando de Juana, Juan Carlos Álvarez, Florentino Cerezo, etc., fueron algunos de aquellos heroicos jugadores que nos acompañaron.
 
Nos fuimos haciendo mayores, al menos en cuanto a la edad que figura en el DNI, porque mayores de edad mental... eso ya es otra cosa. Pasé a estudiar la carrera de Publicidad en la Escuela Oficial de Publicidad y allí me hice nuevos amigos aunque conservé algunos de los antiguos. Como también los había aficionados al fútbol, organizamos de vez en cuando partidos, pero seguía siendo en las mismas condiciones que antes: descampados de la Casa de Campo en donde nos citábamos de forma anárquica unos cuantos compañeros, algún que otro advenedizo y algún otro que estuviese por allí y nos viniese bien para poder completar equipos. Enrique González Infante, Carlos Álvarez Mateos, Pedro Díaz Cepero, Álvaro Peces Arriero, Carlos Toro... eran algunos de los habituales con los que formaba esos equipos de fútbol que parecían una colección de retales de lo heterogéneos que éramos.
 

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