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miércoles, 31 de enero de 2024

Aizkolaritza (y 3)

Para terminar, un par de anécdotas. La primera de ellas destinada a satisfacer la curiosidad del lector que quizás se haya preguntado cómo hacíamos nuestras necesidades si allí no había agua corriente. Baste decir que los dormitorios tenían una palangana y una jarra con agua, como a principios del siglo pasado, y que la ducha estaba conectada a una bombona a la que se metía aire a presión para que al darle a la llave saliera esta con fuerza. Pero ¿qué se hacía con la caca? Esto fue sin duda lo que más me sorprendió y maravilló (si es que se puede hablar de “maravillas” cuando se habla de caca). Cuando te sentabas en la taza del váter para hacer tus necesidades, todo iba a parar a un compartimiento especial. Se trataba de un disco con seis secciones (como si fuera una caja de queso en porciones). De dichas secciones sólo una estaba abierta y las otras cinco permanecían cerradas. Cuando esta se llenaba, se giraba el compartimiento circular para colocar debajo del váter una nueva sección. ¿Y qué pasaba cuando todas las secciones estaban llenas? Pues pasaba... el milagro de la vida. Toda la caca, pis y papel de limpiarse el culo que se había ido tirando por la taza del váter, quedaba después encerrado en esa sección y se producía la fermentación convirtiendo los desechos en rico abono natural para el campo. Eso era lo que se hacía después: coger esas secciones donde la caca se había convertido en abono y esparcirla por el campo.
 
La segunda anécdota muestra cómo la vida sana y el noble deporte de la Aizkolaritza oxigena tu cerebro y te hace más espabilao. Sucedió que mi amigo Ingar perdió el teléfono móvil y estaba muy preocupado buscándolo entre todos aquellos troncos que estábamos partiendo. Entonces se me ocurrió llamarle por teléfono y así, siguiendo el sonido que llegaba desde su móvil, escondido entre aquella multitud de madera, fue posible recuperarlo.
 

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martes, 30 de enero de 2024

Aizkolaritza (2)

Pasemos ahora, pues, a la otra historia y, en este caso, debemos ponernos el cinturón de seguridad y viajar al norte, pero no al norte de la península ibérica sino al norte de... Europa. Esta nueva demostración de mis cualidades como Aizkolari tuvo lugar nada más y nada menos que en las montañas de Noruega, en un lugar llamado Eggedal, no muy lejos de la famosa montaña Gaustatoppen, la montaña más alta de la región de Telemark a la que, por cierto, hice un día una excursión.
 
Había acudido a Noruega invitado por mi amigo Ingar Pedersen, el cual vivía en Mjondalen, un pueblecito ceca de Drammen, no muy lejos de Oslo. Pero en este viaje no era su casa de Mjondalen el destino sino sólo el punto de partida. Nuestro destino era la cabaña (o “hytta” como llaman ellos) que se había construido en lo alto de una de las montañas que rodean Eggedal.
 
Subimos con su coche el camino de tierra hacia la cabaña hasta que al llegar a un pequeño ensanche aparcó. El resto del camino había que hacerlo a pie y no con las manos vacías, sino llevando no sólo la mochila con nuestras cosas personales sino también unos bidones que llenamos con agua de un arroyo que había junto a aquella especie de aparcamiento, para poder beber y asearnos. La cabaña no tenía agua corriente, pero esto que a los españoles nos puede extrañar es algo muy común en Noruega, y hasta la gente con más dinero gusta de disfrutar unos días de vacaciones, siempre que puede, en este tipo de cabañas perdidas en lo más recóndito de sus montañas.
 
La cabaña era toda de madera y estaba prácticamente terminada. En los bajos de la misma había leña almacenada, pero no mucha, y teniendo en cuenta que estábamos en el mes de julio y allí los inviernos son largos y durísimos, era preciso rellenar la despensa de leña para cuando llegasen los meses fríos.
 
Durante la semana que pasé allí nos dedicamos a disfrutar de largas caminatas por aquella privilegiada geografía donde la huella del hombre es apenas perceptible. Baste citar, como ejemplo, que todo el camino se hacía campo  a través puesto que no existían caminos ni senderos y que en todo un día de caminatas no te cruzabas con ninguna otra persona, a lo sumo podías en algún momento divisar una persona a lo lejos.
 
Al regresar, por la tarde, disfrutábamos de aquella cabaña al calor de su chimenea (aunque fuese el mes de julio las tardes y noches eran frías) y ¡claro está! eso nos hacía recordar la necesidad de cortar más leña. Fortalecido con esa vida sana (buena comida, mucho ejercicio y aire inmaculado) cada tarde cogía el hacha y daba buena cuenta de toda la madera que podía, y eso era algo que allí no escaseaba puesto que los árboles cubrían generosamente toda la zona.
 
Si no fuese por las fotografías que tomé de la casa, tanto al llegar como al partir, no hubiera podido comprender lo buen Aizkolari que fui. En las primeras fotografías se veían los bajos de la cabaña con sólo un compartimiento lleno de madera. En las últimas fotografías se podían  ver todos los bajos de la cabaña llenos por completo de leña; tal fue mi entusiasmo y entrega a tan noble causa. Y de igual forma es justo reconocer cómo a lo largo de los días fui puliendo y mejorando mi estilo.
 

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lunes, 29 de enero de 2024

Aizkolaritza (1)

Aunque yo sea manchego no por ello dejo de sentir afición por cualquier deporte, sea del tipo que sea y del país o región que fuere. Por ello, y mirando al norte, descubrí ese deporte llamado Aizkolaritza, al que también algunos llaman Aizkora Jokoa, y que consiste en cortar troncos de árbol con un hacha, llamándose a quienes lo practican “Aizkolaris”.
 
Pues hete aquí que yo también he sido Aizkolari y de siempre he sentido una tremenda afición a eso de coger un hacha y liarme a hachazos con cualquier tronco que pillara. Bien es cierto que han sido pocas las ocasiones en que lo he practicado, pero no menos cierto que siempre he puesto un gran interés y emoción en ello.
 
Desde el principio comprendí que todo deporte requiere su técnica y, en este caso, tanto de posición corporal, como de forma en que se van dando los hachazos, en diagonal, arriba y abajo, para ir formando una cuña que va adelgazando el centro del tronco hasta que este termina al fin por dividirse en dos.
 
Al principio, por eso de la vaguería, elegía siempre ramas delgadas, e incluso me olvidaba del hacha (que eso da mucho trabajo) y simplemente recogía palitos para encender después la correspondiente hoguera. Pero la vida al aire libre te fortalece y te inspira energía y deseos de afrontar nuevos retos. Relataré por ello dos de los momentos en que verdaderamente me sentí un auténtico Aizkolari.
 
El primero tuvo lugar en un pueblo cercano a Madrid, Gargantilla de Lozoya. Había acudido allí, con mi familia, al chalet de mi secretaria Aurora que, por cierto, estaba casada con José Manuel López Vuelta, un amigo mío de cuando éramos jóvenes y estábamos en plena vorágine de guateques. Siempre recuerdo aquél día, al poco de empezar a trabajar en la compañía de agroquímicos ICI-Zeltia (hoy Syngenta), cuando al salir de la oficina por la tarde, Aurora me dijo “te voy a presentar a mi marido”. Fue muy gracioso ver la cara que puso cuando –antes de tener tiempo de decirme “este es mi marido”, los dos nos dirigimos uno al otro y nos dimos un gran abrazo; no en vano hacía muchos años que no nos veíamos.
 
Pero volviendo a la historia, ese bonito chalet con una amplia parcela tenía un grave problema: carecía de calefacción y estábamos en pleno invierno. La única forma de calentarse era encender la chimenea y eso exigía una buena cantidad de leña. Ya se sabe además, que las casas con gruesos muros de piedra, si se ha estado una buena temporada sin vivir en ellas, es decir, sin haberlas calentado de ninguna forma, tienen el frío instalado hasta el tuétano y el primer día que llegas no hay manera de conseguir que aquello se atempere.
 
En esta ocasión, pues, era tanto el frío, que hacer de Aizkolari tenía un doble premio, el primero y más inmediato, calentarte por el esfuerzo de partir troncos; y el segundo –y más reconfortante- sentarte después frente a la chimenea y departir alegremente con los amigos.
 
De esta guisa salí a la parcela, apilé un buen montón de troncos y me dediqué al noble deporte de la Aizkolaritza. Gracias a ello pudimos pasar un calentito fin de semana... siempre y cuando no nos alejásemos mucho de la chimenea, porque a pesar del incesante fuego que ardía en la chimenea, llegó el último día y aún no había entrado en calor el resto de la casa. ¡Qué frío pasaríamos que incluso hoy al recordarlo me entran escalofríos! Como anécdota final, recordar que Aurora inmortalizó aquél momento con una fotografía que después mostró ufana en la oficina, diciendo más o menos cosas como: “Mira cómo he puesto a trabajar a mi jefe”. Y sí que era verdad que trabajé de leñador... ¡uy! perdón, quiero decir que practiqué mucho el deporte de la Aizkolaritza.
 

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