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sábado, 1 de junio de 2024

Tángana (y 3)

Para terminar, no he podido resistir la tentación de incluir aquí este delicioso texto publicado en la web “daimieldiario”, ahora que está tan de moda eso de la “independencia”. Bajo el título “Nace el independentismo daimieleño”, dice así:
 
“He de reconocer que a mi alrededor hay gente muy cachonda, ocurrente, capaces de sacarle gracia a muchos aspectos de la actualidad. Por eso hoy, cuando se comentaba la aparición de un diccionario daimieleño-español, obra del paisano Vicente Fisac, alguien ha comentado:
¡Pues ya está!, ahora que tenemos lengua propia podemos pedir la independencia de España.
Y claro, la lluvia de ideas surgida a continuación ha ido en ese sentido reivindicando que tenemos escudo, bandera y hasta himno, aunque en este extremo no había consenso. Si lo pensamos hasta tenemos una historia a la que asirnos y hasta, como Catalunya, podemos sentir que el trato fiscal nos discrimina por el hecho mismo de que la Junta nos deba más de cinco millones de euros que no parece llegar a soltar. Y esto sería base, no me digan, para exigir un pacto fiscal para Daimiel y hasta crear nuestra propia Hacienda.
Si por tener, hasta en eso nos parecemos, podríamos alardear del desafecto de las regiones colindantes y exprimir que las gentes de Villarrubia, Torralba o Manzanares no nos quieren.
Eso sí, lo que no ha habido forma de resolver es el asunto de construir el modelo política independiente sobre una monarquía o una república. Y sin embargo sí ha existido cierto consenso en que constituirse como  paraíso fiscal puede ser una buena forma de financiación y alejarnos de la tentación de una república bananera.
Por último hemos constituido una serie de grupos de estudio y trabajo para montar el armazón secesionista y llenar las alforjas del sentido identitario suficiente para exacerbar el valor de lo nuestro, la historia, la cultura, el espacio natural, y ahondar en las diferencias respecto al resto. Y poner a los medios de comunicación locales al servicio de la idea a cambio de promesas de generosas subvenciones.
No está clara la fecha de la entrevista con Rajoy o Cospedal ("o nos dais lo que pedimos o nos lo montamos por nuestra cuenta") y se ha abierto lista para los que se ofrezcan a quemar banderas nacionales en público, que ya se ve que no pasa nada, aunque de momento tendrán que poner ellos el mechero hasta habilitar presupuesto para las acciones a seguir. Después nos hemos ido cada cual a su faena, despojados ya de todo arrebato secesionista con la sonrisa en la boca”.
 
Y entre los muchos comentarios que suscitó el citado artículo, me llamó la atención este en concreto, ya que se refiere –precisamente- al deporte de la Tángana, al que hemos dedicado el presente capítulo:
 
“En realidad no es ninguna tontería. Liechtenstein tiene la mitad de extensión geográfica que el término de Daimiel y hace de su condición de paraíso fiscal su fortuna. Es un principado, así que nos podemos conformar con eso, si tiramos por la constitución monárquica. El deporte nacional sería la Tángana y hasta podemos hacer aquí la sede de la Federación Internacional de este deporte que nos daría, al menos en los primeros años, varios campeonatos mundiales para nuestra nación”.
 

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viernes, 31 de mayo de 2024

Tángana (2)

Como autor del “Diccionario Daimieleño-Español” he recuperado numerosas palabras típicas de Daimiel, algunas de ellas relacionadas con el mundo del deporte. Recuperando, así, el espíritu olímpico, vamos a practicar ahora un poco de “Deporte daimieleño”:
 
Para empezar vamos a pegar un “espolillo”. ¿Qué es eso? Pues hacer un sprint, hacer una carrera rápida. Ahora bien, esa carrera puede ser de muchas modalidades según el tipo de terreno por el que se vaya corriendo; así unos hablan de ir a “tronchacarrizo”, otros a “cruzosurco”, otros a “tronchalomos” y otros a “tronchamatas”, con lo cual se expresa perfectamente la clase de terreno que estemos atravesando. Eso sí, no hay que confundir estos términos con el de “tronchamozas”, que eso es algo muy diferente y se refiere a aquellos mozos que se llevan a la era a toa la que pillan.
 
En las olimpiadas podemos ver una gran agilidad de atletas y cómo estos hacen “voltijetas”, es decir, volteretas, y dan numerosos “blincos”, o sea, brincos. No podemos olvidarnos tampoco de disciplinas artísticas como el ciclismo, ya que la “becicleta” siempre ha sido un medio de transporte ampliamente utilizado por los daimieleños.
 
Hay sin embargo otros deportes que, aunque no sean olímpicos, han dado fama internacional a una determinada región. Así, por ejemplo, las carreras de caballos trotones de Menorca son mundialmente famosas, y es una pena que habiendo existido en Daimiel tantos carruajes típicos (tílburis, carros, galeras, tartanas...) no nos hayamos decantado por hacer deporte con ellos.
 
No obstante, si hablamos de deporte nacional en Daimiel, no nos referiremos al “fúrgol” sino a otro realmente autóctono, la “Tángana”, que requiere fuerza y habilidad, aunque aún no haya calado entre los jóvenes. Ya hemos mencionado los diversos nombres que ha recibido a lo largo de la historia y cómo ha sido adoptado y adaptado por diversas regiones, de ahí que muchos consideren la “Tángana” de Daimiel como su deporte autóctono.
 
Pero hay otros deportes practicados por la juventud, tales como la “pídola”, juego que consiste en saltar por encima de otro niño que se ha agachado, poniendo las manos en su espalda para tomar impulso; o el “guá”, mediante el cual hay que introducir una canica en un hoyo –llamado “perrondilla”- practicado en el suelo, y cuando se consigue se canta con satisfacción “he hecho guá” que sería tanto como decir “he acertado” ó “acabo de anotar tanto”. Y cuando un jugador tiene una canica favorita porque le da buena suerte o gana con ella, la llama “chilín”.
 
En fin, mejor será dedicarse a estas actividades deportivas antes que enzarzarse en peleas con las que solo se conseguirá traer las rodillas “sollejás” (es decir, desolladas) o alguna “escalabraura” en la cabeza y luego por mucho que intentes “tusarte” el pelo (es decir, peinarte y colocarte bien el pelo) se te va a notar la “macoca” (zona sin pelo en la cabeza como consecuencia de una herida anterior). Ojalá no tengamos que oír nunca el ninonino, o sea, la sirena de la ambulancia.
 

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jueves, 30 de mayo de 2024

Tángana (1)

Al haberme criado en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre sí me acuerdo –Daimiel- me pide el corazón incluir en este libro una referencia a un deporte que, aunque no lo he practicado nunca, es el deporte rey en Daimiel: la Tángana.
 
Según parece, este deporte, para el que se requiere “mucha destreza y fuerza física” según el organizador de algunos de los campeonatos, Emiliano González, consiste en derribar un objetivo en forma de palo o “seto” con la “tángana”, un disco de hierro de unos diez centímetros de diámetro que se lanza para conseguir el objetivo situado a una distancia de 25 metros. El que más “setos” derribe, gana.
 
Buscando en las fuentes de la sabiduría, es decir, en el Oráculo de Internet, o sea, Wikipedia, este juego (yo prefiero llamarlo deporte ya que, por ejemplo, requiere más esfuerzo físico que el ajedrez al que sí llaman deporte) presenta numerosas variantes de unas zonas a otras: “al ser un juego popular y no reglado más que por la tradición, se practica de forma peculiar en cada comarca, pudiendo encontrarse diferencias incluso entre localidades vecinas. También los Reglamentos que se han confeccionado para su práctica en competiciones oficiales pueden variar de unas provincias a otras”.
 
Se indica también que este deporte era popular en tiempos de Fernando III el Santo, rey de Castilla (1217-1252) y de León (1230-1252) y ha recibido diversos nombres a lo largo de la historia y de la geografía, tales como “chito”, “tángana”, “tanga”, “tuta”, etc., si bien, como hemos dicho antes, cada región lo ha adaptado a su idiosincrasia y de ahí que algunos consideren la “Tángana” de Daimiel como su deporte autóctono.
 

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miércoles, 29 de mayo de 2024

Submarinismo (y 2)

Digo yo que si existe para la Pesca un término que se llama “Pesca de altura” y otro que se llama “Pesca de bajura”, yo podría aplicarlo a esto y decir que he practicado “Submarinismo de bajura” es decir, un Submarinismo próximo a la orilla. Pero cuando me disponía  a practicar este deporte, me lo tomaba muy en serio. Me ponía gafas de bucear, a veces también utilizaba el snorkel, me ponía aletas en los pies... y comenzaba a dar saltitos de rana hasta llegar a la orilla. Después me lanzaba suavemente al mar y metía la cabeza para contemplar absorto el fondo marino. Destacaba la belleza de las algas, de algunos pececillos que pasaban asustados junto a mí, de las pequeñas conchas marinas semienterradas en el fondo... y de vez en cuando me asustaba al ver unos ojos... de gallo (de los pies de una señora gorda que se estaba bañando a mi lado).
 
Cuando llevaba snorkel me mantenía a flote, con la cabeza ligeramente hundida, para no tragar agua como antes he comentado. Sin embargo, cuando no lo utilizaba me podía mover más libremente y nadar mucho más abajo, hasta metro y medio o incluso dos metros de profundidad como alguna vez llegué a alcanzar (siempre me han atraído las profundidades abisales). Mi capacidad pulmonar (puedo estar un minuto sin respirar) era suficiente para ese tipo de inmersiones, y a veces me apartaba tanto de la costa que tenía que dar cuatro o cinco brazadas antes de tocar el fondo con los pies y volver andando a la orilla.
 
Tengo una foto, vestido de auténtico hombre rana haciendo la rana, junto a un cartel que dice “Peligro, aguas profundas”, tomada en... el Mar Menor. Pero también he hecho Submarinismo en otros mares como el Mediterráneo (en muchas playas) e incluso alguna vez en el Atlántico (en playas de Andalucía).
 
Ahora ya no lo practico porque me operaron de los oídos y no debo sumergirme en las profundidades abisales, pero que conste que durante muchos años la práctica del Submarinismo de bajura constituyó uno de mis deportes favoritos durante las vacaciones.
 

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miércoles, 22 de mayo de 2024

Remo

El Remo es un conjunto de disciplinas deportivas que consisten en la propulsión de una embarcación en el agua mediante unos remos. Las categorías se dividen según sea el tipo de embarcación, el número de remeros, que tengan o no timonel, etc. Tantas variedades hay que, por ejemplo en el remo olímpico se distinguen hasta 14 categorías diferentes. Pero para no liar la cosa, simplifiquemos y digamos que el Remo se practica con una barca y unos remos.
 
Habiendo vivido en Madrid desde los 9 años de edad, no podía ser de otra manera que no hubiese practicado este deporte, ya que tenemos a nuestra disposición dos emplazamientos idóneos: el estanque del parque del Retiro, en el centro de la ciudad, y el lago de la Casa de Campo, en las afueras. En ambos casos tenemos a nuestra disposición barcas de alquiler para practicar este deporte y así lo he hecho en varias ocasiones a lo largo de mi vida, aunque por lo general de forma algo más frecuente durante la juventud.
 
Se puede pensar que eso no es deporte sino pasear tranquilamente en barca. A quien diga eso, me gustaría enseñarle las ampollas en las manos después de una sesión de remo, así que de pasatiempo, nada; deporte y duro, además. Unas veces con amigos, otras con la familia, practicar el Remo es un deporte refrescante (literalmente: porque nadie se libra de ser salpicado alguna vez) y esforzado. Si vas con amigos, porque cada vez que uno coge los remos quiere demostrar que rema mejor y más deprisa que el otro; si vas con la familia, porque los demás se escaquean y es a ti a quien le toca remar por todos.
 
Hace tiempo que ya no practico este deporte, aunque recuerdo la última vez que, curiosamente, no tuvo lugar en Madrid, sino en el lago termal de Alhama de Aragón (Zaragoza). Se trata de un gran lago de aguas termales que surgen de la tierra a más de 30ºC y en donde uno puede bañarse o practicar el Remo. Ambas actividades entrañan cierto peligro. Si te bañas (y eres un hombre, lo que significa que tienes pelos en las piernas) porque en ese mismo lago hay miles de peces, los cuales cuando ven los pelillos de tus piernas cimbrearse movidos por el agua, se creen que son gusanitos e intentan comérselos, dándote un repelús un tanto desagradable. Si practicas el Remo, porque puede suceder que te acusen de intento de asesinato, como me sucedió a mí hace unos años.
 
Nos habíamos subido a la barca mi mujer, mi suegra y yo. Lógicamente me tocó a mí remar por todos. Y al final, cuando nos íbamos a bajar, mi suegra se levantó, desniveló la barca y se tambaleó, yo intenté enderezarla (alguien pudo pensar que quería golpearla en la cabeza con el remo para acabar con ella) y entre unos y otros, acabó cayendo al agua. Por lo que no pudo protestar, sin embargo, fue por la impresión de caerse al agua porque, a 30ºC de temperatura, era como meterse en la bañera de su casa.
 

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martes, 21 de mayo de 2024

Raquetas de nieve

Las Raquetas de nieve, esa especie de plantillas agujereadas y de grandes dimensiones sobre las que se ata la bota para caminar sin hundirse por la nieve, no son sólo un “utensilio” sino también una actividad deportiva y, encima, tienen el honor de ser la más antigua o casi, ya que está documentado que dichas raquetas ya existían 4000 años antes de Cristo. De su consideración como deporte cabe añadir que cada año se celebran competiciones e incluso en nuestro continente se celebra la Copa de Europa de Raquetas de nieve, aparte claro está de los correspondientes campeonatos nacionales, provinciales, etc.
 
Caminar por la nieve es una experiencia muy agradable, pero también muy trabajosa. Si la nieve está blanda (nieve en polvo, que se llama) porque te hundes a cada paso y cuesta mucho trabajo avanzar. Si la nieve está dura e incluso convertida en hielo, porque te puedes resbalar y sufrir un serio accidente. Por eso las Raquetas de nieve facilitan sobremanera esa tarea de caminar sobre tan variable superficie y los hay que compiten en carreras de velocidad con estos artilugios en los pies.
 
Sea en plan competición o de simple disfrute de la naturaleza, las Raquetas de nieve son un deporte, un sano ejercicio para el cuerpo y un infinito relax para la mente. A pesar de ello, y de todo lo que me gusta la nieve, sólo he realizado marcha con Raquetas de nieve una vez en mi vida y fue, precisamente, hace poco más de una década.
 
En el laboratorio AstraZéneca, dentro de lo que era la edad de oro de la industria farmacéutica, hacíamos cada año una “Reunión de Departamento”, en la cual nos íbamos todos los miembros de cada departamento a un lugar con atractivo turístico durante tres o cuatro días. Allí celebrábamos sesiones de trabajo para diseñar planes futuros y compartir con los demás lo que hacía cada uno, y también había suficiente tiempo libre para el turismo, la gastronomía y el ocio.
 
En la ocasión a que me voy a referir ahora, el lugar escogido fue Granada y como allí cerca teníamos Sierra Nevada, que además estaba nevada, para allá que nos fuimos una de aquellas mañanas con la intención de practicar (por primera vez para todos nosotros) el deporte de las Raquetas de nieve. Como principiantes que éramos, disponíamos de un guía que nos dio las instrucciones pertinentes, y acto seguido comenzamos nuestro recorrido subiendo y bajando lomas nevadas, disfrutando del paisaje, haciendo equipo, y atacándonos de vez en cuando con bolas de nieve. El día era soleado y la nieve abundante, la caminata larga y cansada, pero la felicidad de practicar aquél deporte se ganó para siempre nuestros corazones.
 

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viernes, 10 de mayo de 2024

Patinaje

El patinaje sobre ruedas (en patines clásicos de cuatro ruedas, conocidos también como “Quad”) ha sido otro de mis deportes favoritos. Fue un deporte practicado en mi juventud, cuando no existían en España pistas públicas de patinaje y por consiguiente no había más remedio que practicarlo en la calle, bien fuera en las aceras (lo cual no era muy recomendable por las ranuras de las baldosas y el continuo trasiego de peatones) o sobre el asfalto de la calzada de las calles (lo cual tampoco era muy recomendable por el peligro de que te atropellara un coche o un autobús, aunque el tráfico de entonces no era como el de hoy en día).
 
Cuando uno se “subía” a los patines, no sólo crecía en estatura (lo que suponía una sensación muy agradable de fortaleza y superioridad) sino que se sabía más veloz que cualquier transeúnte. De tal guisa patinaba por la plaza del Conde del Valle de Suchil (que es donde vivía) pero también por las aceras y calzadas de todo el barrio de Argüelles. Sin saberlo, fui pionero de una modalidad deportiva que actualmente está causando furor entre los jóvenes: el Patinaje callejero, llamado también “Night Skating” porque lo suelen practicar de noche para disponer de más espacios libres de coches en las calzadas, aunque yo lo practicaba de día.
 
No es que fuese un consumado patinador, pero me defendía bastante bien; sabía balancear el cuerpo para dar el impulso adecuado, sabía dar giros, sabía patinar hacia atrás... Otros amigos también tenían patines y a veces nos juntábamos y echábamos carreras; pero patinase solo o acompañado, la diversión y satisfacción estaba siempre garantizada.
 
“Eso es como montar en bicicleta, no se olvida nunca” me dijeron un día varias décadas después, cuando ya era padre de familia y les había comprado unos patines a mis hijos. Pero estaban equivocados. Yo también volví a comprarme unos patines para acompañar a mis hijos en sus sesiones de patinaje (ellos ya disponían de pistas públicas de patinaje y de campos de fútbol sala en los parques en donde se podía patinar libremente)... pero mi agilidad había desparecido, y eso de intentar ir marcha atrás... sólo con la imaginación. Así que poco uso le di a esos patines, los cuales acabaron durmiendo un largo sueño en el trastero.
 
Muchos años después (cumplidos ya los 60), haciendo limpieza en el trastero, aparecieron de nuevo ante mis ojos aquellos patines. Me vino a la memoria aquella frase tantas veces repetida: “Eso es como montar en bicicleta, no se olvida nunca”. Y como mi espíritu se mantenía igual de joven e inmaduro que antes, me calcé los patines, dispuesto a recorrer los dos kilómetros de distancia que había entre mi casa de Tres Cantos y la de mi hija. Salí a la calle y comencé a patinar, más bien diría a tambalearme sobre los patines. Sin embargo me sostenía en pie, e incluso avanzaba (todo un logro). Llegué a la calle principal una vez había ganado ya algo de confianza y me solté a patinar un poco más alegremente para rememorar viejos laureles, como cuando callejeaba con soltura por el barrio de Argüelles... Pero –como ya he dicho antes- esa frase está equivocada, sí que se olvida y se pierde todo lo que se había aprendido cuando no practicas durante años. ¡Que se lo pregunten a mi culo! Él fue quien me hizo ver la triste realidad al besar el suelo (afortunadamente de culo) al cruzar la gran avenida. Comprendí entonces que mi carrera como patinador había terminado, así que me los quité, los metí en una bolsa y los llevé a Cash Converter, en donde me dieron una miseria por ellos. En realidad los patines no tenían gran valor, el único valor grande era el que yo había demostrado poniéndomelos para salir a la calle tantos años (qué digo años, ¡décadas!) después.
 

“El robobo del cocódice”: 

jueves, 9 de mayo de 2024

Olimpiadas de invierno (y 2)

Todos los miembros de cada equipo participábamos en todas las pruebas, así que de allí no saldrían ganadores individuales, sino equipos ganadores. No recuerdo el orden exacto que siguieron las pruebas, así que daré cuenta de ellas de forma aleatoria. Una de ellas, puede que la más típica, fue una carrera con trineo tirado por perros. Había que seguir un circuito e intentar recorrerlo en el menor tiempo posible. Igualmente típica fue la carrera en trineos tirados por un reno, algo que nos valió al final un “Carnet de conducir trineos tirados por renos”. En dicho carnet puede leerse en varios idiomas el siguiente texto: “El titular de este permiso de conducir un reno ha aprobado la prueba de conducción y está justificado a manejar un trineo/un par de esquís tirado por reno, en las tierras salvajes de Laponia, observando las reglas vigentes de la conducción de reno”. Lo malo es que dicho permiso de conducción tenía una validez de cinco años y ya me ha caducado.
 
Saber cazar a lazo a estos animales es de vital importancia para los samis, así que otra de las pruebas consistía en lanzar una cuerda y, de igual forma que los vaqueros del oeste americano hacen con las reses, nosotros lo hicimos con un reno, aunque para esta prueba el reno se estaba muy quietecito porque era de madera; pero para el caso era lo mismo, porque la cosa estaba en acertar con el lazo en su cornamenta y dejarla firmemente sujeta. Para el trineo tradicional también hubo otra pequeña carrera, bajando una ligera pendiente. Y el motor de gasolina jugó igualmente su papel, a través de una carrera, por un circuito señalizado, conduciendo a la mayor velocidad posible un Quad que derrapaba en la nieve a curva.
 
También había otras pruebas que nos hicieron reír, tanto en el momento de participar en ellas como viendo a los demás participar. Una de ellas era el esquí-tándem. Se competía por parejas y cada pareja utilizaba los mismos esquíes. Uno se ponía delante y otro inmediatamente detrás, y cada uno llevaba su pie derecho encajado en un único esquí derecho para los dos, y lo mismo para el izquierdo. Avanzar era toda una proeza ya que había que estar muy bien sincronizados para que los dos miembros del equipo avanzasen al mismo tiempo y a la misma velocidad cada una de sus piernas, de lo contrario lo único que conseguían era hacer reír a los espectadores por lo cómico de la situación y los continuos trompicones.
 
Otra de las pruebas que combinaba un poco de todo, era un carrera de obstáculos. Había que correr por la nieve, trepar por unas cuerdas y subir a unas plataformas, bajar de ellas deslizándose con un mini trineo, y alguna otra dificultad más que no recuerdo. Lo que no se olvida son las caídas y culetazos que se llevó más de uno (y más de una, porque los equipos eran mixtos) porque lo que contaba al final en esta prueba no era la perfección en la ejecución sino la rapidez.
 
Para el final –de esto sí me acuerdo que fue lo último- dejaron una de las pruebas más difíciles: montar una tienda sami en el menor tiempo posible. Allí abajo, tumbados en el suelo estaban los palos y la lona, y con eso teníamos que coordinarnos todos los miembros del equipo para levantar la tienda y dejarla completamente estable. Para sorpresa de todos, incluidos los propios samis, mi equipo lo hizo en un tiempo récord, tanto es así que los samis decían que nunca habían visto a unos extranjeros montar una tienda tan deprisa.
 
Después de tanto esfuerzo y de tantos sudores (y eso que estábamos a –18ºC) nos ofrecieron una reparadora comida al aire libre. La carne de reno nos ayudó a reponernos y nos dio la energía suficiente para coger otra vez las Motonieves y volver al hotel. Aquella noche se celebró una cena especial, en un precioso restaurante, y al llegar el postre, el presidente se levantó con los papeles que le habían pasado para dar a conocer el equipo ganador según la puntuación obtenida en el conjunto de todas las pruebas: “Y el ganador es... el equipo de... ¡los Urogallos!”. Todo fueron aplausos y felicitaciones, y los integrantes del equipo ganador salimos para recibir las correspondientes medallas olímpicas y hacernos la foto para la posteridad.
 
Así terminó, felizmente, aquella Olimpiada de invierno en la que tuve la fortuna de intervenir y quedar campeón, con mi equipo de los Urogallos... ¡vascos! ¡Para que luego digan que los de Bilbao son unos fanfarrones y exageran!
 

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miércoles, 8 de mayo de 2024

Olimpiadas de invierno (1)

Los Juegos Olímpicos de Invierno son un acontecimiento multitudinario en el que se celebran competiciones de deportes relacionados con la nieve y el hielo. El primero de estos acontecimientos tuvo lugar en Chamonix (Francia) en 1924 aunque los llamados Juegos Nórdicos, cuya primera edición data de 1901, pueden considerarse un antecedente válido de los mismos. Los Juegos Olímpicos de verano y de invierno se vienen celebrando desde hace décadas cada cuatro años, si bien de forma alterna; por consiguiente cada dos años hay unas Olimpiadas, ya sean de verano o de invierno. Pero a veces hay excepciones, como la que aquí vamos a comentar, y se celebran adicionalmente unas Olimpiadas (en este caso de Invierno) un tanto atípicas, en las que tuve el honor de participar y salir laureado.
 
Apenas había comenzado el año 2000 (estábamos a mitad de enero) cuando el laboratorio en que trabajaba, AstraZéneca, organizó una Convención para lanzar un nuevo antihipertensivo, Atacand (candesartán). Siempre se elegían lugares atractivos desde el punto de vista turístico, en donde se combinaban las sesiones de trabajo con la diversión, pero en esta ocasión se llevaron la palma. El lugar elegido fue, nada más y nada menos, que Rovaniemi (Finlandia) en pleno invierno, aunque por esos días la luz del día duraba cuatro horas. Las sesiones de trabajo se celebraron en el Ayuntamiento de la ciudad, construido por el famoso arquitecto finlandés Alvar Aalto, y las múltiples sesiones de diversión nos llevaron a visitar el pueblo de Papá Noel, a desplazarnos a la ciudad costera de Kemi para navegar en el rompehielos “Sampo” abriendo caminos en la helada superficie del mar Báltico para luego bañarnos (con traje de neopreno) en sus gélidas y tenebrosas aguas, a recorrer en Motonieve los parajes nevados, a disfrutar de la comida finlandesa en los mejores restaurantes, y... a participar en unas Olimpiadas de Invierno.
 
Como éramos algo más de 100 personas las desplazadas hasta allí, y todos participábamos (hasta el propio presidente de la compañía se apuntó como un compañero más), se hicieron varios equipos, en donde se integraban los Visitadores Médicos agrupados por provincias o regiones. A los de Central nos fueron repartiendo para completar equipos y a mí me correspondió el equipo de los vascos, así que habiendo entre nosotros varios de Bilbao es fácil suponer que íbamos “sobraos”.
 
Aquella mañana nos dimos cita a las puertas del hotel, provistos de nuestro mono térmico, botas, guantes, casco, etc. poco antes de que amaneciese. Repartieron los dorsales de los equipos, a los que se habían adjudicado nombres de animales, en nuestro caso éramos el equipo “Urogallo” con 11 integrantes, diez vascos y yo. Cogimos las Motonieves y fuimos siguiendo al guía, atravesando bosques de abetos completamente nevados, con un sol incipiente que no se atrevió a separarse de la línea del horizonte, hasta llegar a un campamento de tiendas samis (a los lapones les gusta que les llamen “samis”) donde nos dieron la bienvenida y el presidente procedió a la solemne ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos acercando una antorcha al pebetero. Acto seguido nos dieron a todos un reconfortante café y un energético aperitivo. La temperatura era de –18ºC pero el cielo estaba despejado y no soplaba el viento, así que había suficiente luz y, gracias a nuestros monos térmicos, no notábamos el frío... y menos que lo notaríamos a continuación.
 
Pero lo primero era la ceremonia de bautizo por haber llegado a tierras samis y por haber sobrepasado el círculo polar ártico (era el 13 de enero de 2001 como lo atestigua el certificado que después nos dieron por haber rebasado esa latitud). Pasamos al interior de las tiendas y allí un sami, ataviado con sus típicas ropas, dijo no sé cuántas cosas en su idioma, nos dio a beber leche caliente de reno (bueno, supongo que sería de “rena”), con un carbón apagado nos hizo unos signos en la frente y después puso un enorme cuchillo en nuestro cogote. Mientras seguía diciendo cosas en su idioma hizo ademán de cortarnos el cuello y nosotros sentimos esa sensación fría y cortante en nuestro cuello, pero no era nuestra sangre lo que resbalaba, ni nos había hecho ningún corte; todo había sido simulado y, simplemente, para darle más realismo, había pasado –sin que nosotros lo advirtiésemos- un delgado trozo de hielo por nuestro cuello como si hubiese sido el filo de aquél cuchillo.
 
Terminada la ceremonia, llegó el momento de competir en las diversas pruebas. Los encargados de la agencia que organizaron el viaje nos iban dando las instrucciones antes de comenzar cada prueba, unos samis hacían de jueces, y después los primeros iban anotando en un cuaderno las puntuaciones de cada equipo.
 

“El dulce gorjeo del buitre en celo”: 

lunes, 29 de abril de 2024

Marcha atlética

Una de las disciplinas del Atletismo es la Marcha atlética, a la que también se la conoce simplemente como Marcha, un deporte en el que se intenta caminar lo más rápido posible pero sin llegar a correr, por eso siempre debe estar apoyado en el suelo uno de los dos pies y cuando en algún momento los jueces ven que el marchador no ha tocado el suelo con ninguno de los dos pies le dan una amonestación y a la tercera será expulsado de la prueba. España ha tenido grandes marchadores y uno de ellos he sido yo aunque no haya competido nunca.
 
Tanto en pistas de Atletismo como en algún parque o zona lisa donde no hubiera demasiada gente mirando (los movimientos que debe hacer el marchador oscilan entre lo ridículo y lo cómico) me dedicaba a este curioso deporte para el que se necesita poco peso corporal y mucho nervio. Para poder impulsar el cuerpo adecuadamente hay que ir moviendo mucho las caderas con cada paso al tiempo que los brazos, doblados por el codo, se mueven con brío conforme se avanza... por eso digo que el aspecto del marchador suele ser cómico o ridículo. Lo que resulta evidente es que con la marcha se pueden alcanzar importantes velocidades; he llegado a alcanzar los 8 kilómetros hora (velocidad a la que muchos suelen correr) en los aparatos de cinta móvil que hay en los gimnasios y que la gente utiliza precisamente para correr, no para hacer Marcha. Sin embargo esas cintas para correr (o eventualmente hacer Marcha como algunas veces he hecho en ellas) no ofrecen ningún aliciente salvo el conocer la velocidad a la que vas y la distancia recorrida. Lo bonito de la Marcha es avanzar por el campo y descubrir nuevos parajes, no estar como un tonto caminando sin moverse del sitio.
 
De mi estilo como marchador dio buen aprueba un vídeo que colgué hace años en YouTube y que titulé “Correcaminos hispanicus y Coyote”. En este brevísimo vídeo se me podía ver practicando la marcha un una pista de Atletismo de la Ciudad Universitaria de Madrid. Como lo de la Marcha ya he dicho que resulta cómico, por eso titulé ese video como “Correcaminos hispanicus” ya que así era como me sentía al practicar este deporte. Pero “¿Y lo de Coyote?”, te estarás preguntando. En aquella ocasión en que tomé el vídeo no iba solo sino que me acompañaba mi perro, un pequeño Westin, el cual nada más verme aparecer marchando a toda velocidad como el pájaro Correcaminos, salió corriendo detrás de mi tal como hacía su eterno enemigo el Coyote, por eso le adjudiqué a mi perro el papel secundario de Coyote en esta súper mini producción cinematográfica. ¿Y cuánto duraba el vídeo? Pues sólo nueve segundos, ya que la cámara estaba colocada sobre un trípode en modo automático y mi velocidad era tal que enseguida me salí del encuadre.
 
Actualmente practico muy poco la Marcha pero cuando voy andando por la calle he conseguido ir casi a la misma velocidad que un marchador aunque sin mover de esa forma tan exagerada la cadera y los brazos. Con esto consigo que mi recorrido por las calles no llame la atención, por más que la velocidad que alcanzo levante una corriente de aire que despeina a todos los que adelanto.
 

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domingo, 28 de abril de 2024

Luge

Quizás muchos de los que estáis leyendo este libro no sabéis lo que es el Luge, así que os lo aclararé. Se trata de un deporte olímpico de invierno que, junto al Bobsleigh y el Skeleton representan distintas modalidades de descenso en trineo (Luge es una palabra francesa que significa trineo ligero). Las características del trineo, según se explica en este deporte, os resultarán familiares: un pequeño armazón en donde el piloto va sentado o tumbado boca arriba y mirando hacia delante, basculando con su cuerpo para dirigirlo.
 
La realidad es que todo aquel que haya sido niño o tenga niños, habrá disfrutado de este deporte de invierno. Pero para sorprender al lector, como me gusta hacer, contaré una de mis primeras experiencias cuando no tenía trineo y, aunque ya era mayor de edad, tampoco tenía mucho conocimiento dentro de la sesera. Subí a Navacerrada un domingo con buena cantidad de nieve y numerosos esquiadores en las pistas. Como no tenía trineo, no se ocurrió otra cosa que coger una gran bolsa de plástico, de esas que da El Corte Inglés para proteger los trajes (eso demuestra que lo hice con premeditación y alevosía, puesto que la bolsa no estaba en el maletero del coche por casualidad). Y busqué una pendiente por donde pudiera deslizarme con ella a modo de trineo. Por fin encontré una pendiente preciosa y despejada, me senté sobre el plástico y me lancé por ella. Según bajaba a toda velocidad, me sorprendió que me adelantara un esquiador, y un poco más tarde otro, y al cabo de unos segundos un silbato y unos gritos me alertaban para que me apartase de allí. ¡Me había lanzado por una pista de esquí! Cuando me di cuenta, ya no había posibilidad de marcha atrás, así que giré como puede hacia un lado para salir por un costado de la pista, antes de llegar hasta el final. Recogí mi plástico y me alejé tan deprisa como pude, diciendo a lo Bart Simpson: “Yo no he sido, yo no estaba allí”. Seguramente me llamaron de todo, pero el gustazo que me di bajando por aquella inmaculada pendiente no me lo quita nadie.
 
Ya más en serio, acudí otras muchas veces a la sierra madrileña para practicar Luge, unas veces con trineos alquilados y –cuando tuve niños pequeños- con uno de plástico que les compre (bueno, que compré para todos porque yo lo utilizaba tanto o más que ellos).
 
Ahora bien, si creéis que con esto he acabado, estáis muy equivocados, porque ya más en serio también lo he practicado, pero para eso tendrás que irte a la letra “O” de “Olimpiadas de Invierno”: mi primera y única carrera seria y competitiva de trineos, o sea, de Luge.
 

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sábado, 17 de febrero de 2024

Catamarán (1)

El Catamarán es una opción deportiva en la navegación a vela, muy popular debido a su alta estabilidad, amplio espacio disponible y seguridad. El catamarán es un velero con dos cascos estrechos y alargados, paralelos y unidos por una plataforma sobre la que se mueve la tripulación. Su principal característica es la estabilidad que proporciona el hecho de sustentarse sobre dos cascos, lo que propicia un movimiento de cabeceo, no de balanceo como las embarcaciones monocasco, circunstancia esta que evita en gran medida el mareo. En el campo de la competición, el Catamarán se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de las regatas oceánicas y los hay de todos los tamaños.
 
Sea, pues, en plan de competición o de recreo, navegar en Catamarán es una de las experiencias más placenteras que pueden depararnos los deportes náuticos y, en mi caso, como veremos a continuación, el placer fue elevado a grados sublimes. (Continuará...)
 

Una novela en donde el humor alcanza el estado de gracia…
“El dulce gorjeo del buitre en celo”: https://www.bubok.es/libros/210805/El-dulce-gorjeo-del-buitre-en-celo

sábado, 3 de febrero de 2024

Ajedrez (y 3)

Pues hablando de mi relación con el deporte del Ajedrez y mi contribución al mismo a través de una exitosa campaña de Publicidad Médica, habría que destacar que los folletos que realicé. Porque normalmente los folletos de Visita Médica, tan pronto el Visitador Médico ha salido de la consulta una vez realizado su trabajo, van a parar a... la papelera. Por eso yo quería que esos folletos aguantasen un poco más, que el médico no los tirase de inmediato como hacía con los demás, que al menos los conservase por un tiempo e incluso los comentase con sus colegas o amigos. ¿Qué fue lo que se me ocurrió? Pues me documenté sobre el deporte del Ajedrez y las partidas más sobresalientes de su historia, y dediqué la contraportada de los folletos a reproducir allí algunas “jugadas memorables” en la historia de este deporte, porque, a fin de cuentas, recetar “B12 Latino Depot” a una embarazada anémica era también una “jugada memorable”.
 
Reproducía la situación del tablero en el momento crítico de la partida, hacía una introducción y ponía después el desarrollo de la misma hasta la jugada memorable que suponía la victoria sobre el rival. Así explicaba, en la contraportada del primer folleto de la campaña, esa jugada:
“Una de las jugadas más audaces y espectaculares que se ha visto ha sido, sin duda, la protagonizada por Frank James Marshall. Se trataba de un hombre tremendamente impulsivo al que poco le importaban los problemas de técnica o la teoría del juego posicional. Amaba el riesgo, la acción trepidante, los sacrificios de piezas clave; era en todo un intuitivo que vivía profundamente cada partida y más aún cada movimiento. De esta forma, junto a resonantes éxitos, también cosechó a veces estrepitosas derrotas.
Sin embargo no era Marshall hombre que buscase la victoria en sus partidas, sino que su verdadera pasión y finalidad era adentrarse en lo desconocido, en lo desconcertante, en todo aquello que en definitiva significase temor y aventura”.
¿Por qué será que me sigo sintiendo tan identificado con él? Pareciera que en vez de hablar de Marshall estuviese hablando de mí mismo.
 
Esa partida, de Marshall frente a Levitzky, fue la primera que ofrecí. Después vinieron otras de Mieses frente a Reggio; de Hakansson frente a Nimzowitsch; de Teichman frente  a Beratende; de Tarrasch frente a Scghlechter; de Unzicker frente a Taimanov; de... Y así un montón de folletos con los que nuestros Visitadores Médicos estuvieron casi dos años promocionando nuestra vitamina “B12 Latino Depot” a los médicos y a los farmacéuticos; debo decir que con muy buena acogida, notable éxito de ventas y, creo que también, despertando el interés por este deporte en muchas personas. Esa fue mi pequeña contribución al Ajedrez.
 
Para finalizar este capítulo, os dejo otro de aquellos textos que encabezaban las jugadas memorables:
“La jugada maestra que aquí les ofrecemos fue protagonizada por Mieses, gran jugador de fino estilo y elegancia que reflejaba en su juego, siendo su rival Reggio. Sin embargo, como todos los maestros, tenía sus manías, y estas eran la terquedad y obstinación, no pudiendo someterse jamás a unas normas de las que brindan victorias vulgares. De esta forma muchos de sus movimientos daban la impresión de ser producto de un loco y cuyo desenlace definitivo apenas se podía esperar”.
Espero que algo de Mieses también os transmita en este libro para que así sea capaz de sorprenderos en cada página.
 

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miércoles, 31 de enero de 2024

Aizkolaritza (y 3)

Para terminar, un par de anécdotas. La primera de ellas destinada a satisfacer la curiosidad del lector que quizás se haya preguntado cómo hacíamos nuestras necesidades si allí no había agua corriente. Baste decir que los dormitorios tenían una palangana y una jarra con agua, como a principios del siglo pasado, y que la ducha estaba conectada a una bombona a la que se metía aire a presión para que al darle a la llave saliera esta con fuerza. Pero ¿qué se hacía con la caca? Esto fue sin duda lo que más me sorprendió y maravilló (si es que se puede hablar de “maravillas” cuando se habla de caca). Cuando te sentabas en la taza del váter para hacer tus necesidades, todo iba a parar a un compartimiento especial. Se trataba de un disco con seis secciones (como si fuera una caja de queso en porciones). De dichas secciones sólo una estaba abierta y las otras cinco permanecían cerradas. Cuando esta se llenaba, se giraba el compartimiento circular para colocar debajo del váter una nueva sección. ¿Y qué pasaba cuando todas las secciones estaban llenas? Pues pasaba... el milagro de la vida. Toda la caca, pis y papel de limpiarse el culo que se había ido tirando por la taza del váter, quedaba después encerrado en esa sección y se producía la fermentación convirtiendo los desechos en rico abono natural para el campo. Eso era lo que se hacía después: coger esas secciones donde la caca se había convertido en abono y esparcirla por el campo.
 
La segunda anécdota muestra cómo la vida sana y el noble deporte de la Aizkolaritza oxigena tu cerebro y te hace más espabilao. Sucedió que mi amigo Ingar perdió el teléfono móvil y estaba muy preocupado buscándolo entre todos aquellos troncos que estábamos partiendo. Entonces se me ocurrió llamarle por teléfono y así, siguiendo el sonido que llegaba desde su móvil, escondido entre aquella multitud de madera, fue posible recuperarlo.
 

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martes, 30 de enero de 2024

Aizkolaritza (2)

Pasemos ahora, pues, a la otra historia y, en este caso, debemos ponernos el cinturón de seguridad y viajar al norte, pero no al norte de la península ibérica sino al norte de... Europa. Esta nueva demostración de mis cualidades como Aizkolari tuvo lugar nada más y nada menos que en las montañas de Noruega, en un lugar llamado Eggedal, no muy lejos de la famosa montaña Gaustatoppen, la montaña más alta de la región de Telemark a la que, por cierto, hice un día una excursión.
 
Había acudido a Noruega invitado por mi amigo Ingar Pedersen, el cual vivía en Mjondalen, un pueblecito ceca de Drammen, no muy lejos de Oslo. Pero en este viaje no era su casa de Mjondalen el destino sino sólo el punto de partida. Nuestro destino era la cabaña (o “hytta” como llaman ellos) que se había construido en lo alto de una de las montañas que rodean Eggedal.
 
Subimos con su coche el camino de tierra hacia la cabaña hasta que al llegar a un pequeño ensanche aparcó. El resto del camino había que hacerlo a pie y no con las manos vacías, sino llevando no sólo la mochila con nuestras cosas personales sino también unos bidones que llenamos con agua de un arroyo que había junto a aquella especie de aparcamiento, para poder beber y asearnos. La cabaña no tenía agua corriente, pero esto que a los españoles nos puede extrañar es algo muy común en Noruega, y hasta la gente con más dinero gusta de disfrutar unos días de vacaciones, siempre que puede, en este tipo de cabañas perdidas en lo más recóndito de sus montañas.
 
La cabaña era toda de madera y estaba prácticamente terminada. En los bajos de la misma había leña almacenada, pero no mucha, y teniendo en cuenta que estábamos en el mes de julio y allí los inviernos son largos y durísimos, era preciso rellenar la despensa de leña para cuando llegasen los meses fríos.
 
Durante la semana que pasé allí nos dedicamos a disfrutar de largas caminatas por aquella privilegiada geografía donde la huella del hombre es apenas perceptible. Baste citar, como ejemplo, que todo el camino se hacía campo  a través puesto que no existían caminos ni senderos y que en todo un día de caminatas no te cruzabas con ninguna otra persona, a lo sumo podías en algún momento divisar una persona a lo lejos.
 
Al regresar, por la tarde, disfrutábamos de aquella cabaña al calor de su chimenea (aunque fuese el mes de julio las tardes y noches eran frías) y ¡claro está! eso nos hacía recordar la necesidad de cortar más leña. Fortalecido con esa vida sana (buena comida, mucho ejercicio y aire inmaculado) cada tarde cogía el hacha y daba buena cuenta de toda la madera que podía, y eso era algo que allí no escaseaba puesto que los árboles cubrían generosamente toda la zona.
 
Si no fuese por las fotografías que tomé de la casa, tanto al llegar como al partir, no hubiera podido comprender lo buen Aizkolari que fui. En las primeras fotografías se veían los bajos de la cabaña con sólo un compartimiento lleno de madera. En las últimas fotografías se podían  ver todos los bajos de la cabaña llenos por completo de leña; tal fue mi entusiasmo y entrega a tan noble causa. Y de igual forma es justo reconocer cómo a lo largo de los días fui puliendo y mejorando mi estilo.
 

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