miércoles, 8 de mayo de 2024

Olimpiadas de invierno (1)

Los Juegos Olímpicos de Invierno son un acontecimiento multitudinario en el que se celebran competiciones de deportes relacionados con la nieve y el hielo. El primero de estos acontecimientos tuvo lugar en Chamonix (Francia) en 1924 aunque los llamados Juegos Nórdicos, cuya primera edición data de 1901, pueden considerarse un antecedente válido de los mismos. Los Juegos Olímpicos de verano y de invierno se vienen celebrando desde hace décadas cada cuatro años, si bien de forma alterna; por consiguiente cada dos años hay unas Olimpiadas, ya sean de verano o de invierno. Pero a veces hay excepciones, como la que aquí vamos a comentar, y se celebran adicionalmente unas Olimpiadas (en este caso de Invierno) un tanto atípicas, en las que tuve el honor de participar y salir laureado.
 
Apenas había comenzado el año 2000 (estábamos a mitad de enero) cuando el laboratorio en que trabajaba, AstraZéneca, organizó una Convención para lanzar un nuevo antihipertensivo, Atacand (candesartán). Siempre se elegían lugares atractivos desde el punto de vista turístico, en donde se combinaban las sesiones de trabajo con la diversión, pero en esta ocasión se llevaron la palma. El lugar elegido fue, nada más y nada menos, que Rovaniemi (Finlandia) en pleno invierno, aunque por esos días la luz del día duraba cuatro horas. Las sesiones de trabajo se celebraron en el Ayuntamiento de la ciudad, construido por el famoso arquitecto finlandés Alvar Aalto, y las múltiples sesiones de diversión nos llevaron a visitar el pueblo de Papá Noel, a desplazarnos a la ciudad costera de Kemi para navegar en el rompehielos “Sampo” abriendo caminos en la helada superficie del mar Báltico para luego bañarnos (con traje de neopreno) en sus gélidas y tenebrosas aguas, a recorrer en Motonieve los parajes nevados, a disfrutar de la comida finlandesa en los mejores restaurantes, y... a participar en unas Olimpiadas de Invierno.
 
Como éramos algo más de 100 personas las desplazadas hasta allí, y todos participábamos (hasta el propio presidente de la compañía se apuntó como un compañero más), se hicieron varios equipos, en donde se integraban los Visitadores Médicos agrupados por provincias o regiones. A los de Central nos fueron repartiendo para completar equipos y a mí me correspondió el equipo de los vascos, así que habiendo entre nosotros varios de Bilbao es fácil suponer que íbamos “sobraos”.
 
Aquella mañana nos dimos cita a las puertas del hotel, provistos de nuestro mono térmico, botas, guantes, casco, etc. poco antes de que amaneciese. Repartieron los dorsales de los equipos, a los que se habían adjudicado nombres de animales, en nuestro caso éramos el equipo “Urogallo” con 11 integrantes, diez vascos y yo. Cogimos las Motonieves y fuimos siguiendo al guía, atravesando bosques de abetos completamente nevados, con un sol incipiente que no se atrevió a separarse de la línea del horizonte, hasta llegar a un campamento de tiendas samis (a los lapones les gusta que les llamen “samis”) donde nos dieron la bienvenida y el presidente procedió a la solemne ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos acercando una antorcha al pebetero. Acto seguido nos dieron a todos un reconfortante café y un energético aperitivo. La temperatura era de –18ºC pero el cielo estaba despejado y no soplaba el viento, así que había suficiente luz y, gracias a nuestros monos térmicos, no notábamos el frío... y menos que lo notaríamos a continuación.
 
Pero lo primero era la ceremonia de bautizo por haber llegado a tierras samis y por haber sobrepasado el círculo polar ártico (era el 13 de enero de 2001 como lo atestigua el certificado que después nos dieron por haber rebasado esa latitud). Pasamos al interior de las tiendas y allí un sami, ataviado con sus típicas ropas, dijo no sé cuántas cosas en su idioma, nos dio a beber leche caliente de reno (bueno, supongo que sería de “rena”), con un carbón apagado nos hizo unos signos en la frente y después puso un enorme cuchillo en nuestro cogote. Mientras seguía diciendo cosas en su idioma hizo ademán de cortarnos el cuello y nosotros sentimos esa sensación fría y cortante en nuestro cuello, pero no era nuestra sangre lo que resbalaba, ni nos había hecho ningún corte; todo había sido simulado y, simplemente, para darle más realismo, había pasado –sin que nosotros lo advirtiésemos- un delgado trozo de hielo por nuestro cuello como si hubiese sido el filo de aquél cuchillo.
 
Terminada la ceremonia, llegó el momento de competir en las diversas pruebas. Los encargados de la agencia que organizaron el viaje nos iban dando las instrucciones antes de comenzar cada prueba, unos samis hacían de jueces, y después los primeros iban anotando en un cuaderno las puntuaciones de cada equipo.
 

“El dulce gorjeo del buitre en celo”: 

No hay comentarios: