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jueves, 9 de mayo de 2024

Olimpiadas de invierno (y 2)

Todos los miembros de cada equipo participábamos en todas las pruebas, así que de allí no saldrían ganadores individuales, sino equipos ganadores. No recuerdo el orden exacto que siguieron las pruebas, así que daré cuenta de ellas de forma aleatoria. Una de ellas, puede que la más típica, fue una carrera con trineo tirado por perros. Había que seguir un circuito e intentar recorrerlo en el menor tiempo posible. Igualmente típica fue la carrera en trineos tirados por un reno, algo que nos valió al final un “Carnet de conducir trineos tirados por renos”. En dicho carnet puede leerse en varios idiomas el siguiente texto: “El titular de este permiso de conducir un reno ha aprobado la prueba de conducción y está justificado a manejar un trineo/un par de esquís tirado por reno, en las tierras salvajes de Laponia, observando las reglas vigentes de la conducción de reno”. Lo malo es que dicho permiso de conducción tenía una validez de cinco años y ya me ha caducado.
 
Saber cazar a lazo a estos animales es de vital importancia para los samis, así que otra de las pruebas consistía en lanzar una cuerda y, de igual forma que los vaqueros del oeste americano hacen con las reses, nosotros lo hicimos con un reno, aunque para esta prueba el reno se estaba muy quietecito porque era de madera; pero para el caso era lo mismo, porque la cosa estaba en acertar con el lazo en su cornamenta y dejarla firmemente sujeta. Para el trineo tradicional también hubo otra pequeña carrera, bajando una ligera pendiente. Y el motor de gasolina jugó igualmente su papel, a través de una carrera, por un circuito señalizado, conduciendo a la mayor velocidad posible un Quad que derrapaba en la nieve a curva.
 
También había otras pruebas que nos hicieron reír, tanto en el momento de participar en ellas como viendo a los demás participar. Una de ellas era el esquí-tándem. Se competía por parejas y cada pareja utilizaba los mismos esquíes. Uno se ponía delante y otro inmediatamente detrás, y cada uno llevaba su pie derecho encajado en un único esquí derecho para los dos, y lo mismo para el izquierdo. Avanzar era toda una proeza ya que había que estar muy bien sincronizados para que los dos miembros del equipo avanzasen al mismo tiempo y a la misma velocidad cada una de sus piernas, de lo contrario lo único que conseguían era hacer reír a los espectadores por lo cómico de la situación y los continuos trompicones.
 
Otra de las pruebas que combinaba un poco de todo, era un carrera de obstáculos. Había que correr por la nieve, trepar por unas cuerdas y subir a unas plataformas, bajar de ellas deslizándose con un mini trineo, y alguna otra dificultad más que no recuerdo. Lo que no se olvida son las caídas y culetazos que se llevó más de uno (y más de una, porque los equipos eran mixtos) porque lo que contaba al final en esta prueba no era la perfección en la ejecución sino la rapidez.
 
Para el final –de esto sí me acuerdo que fue lo último- dejaron una de las pruebas más difíciles: montar una tienda sami en el menor tiempo posible. Allí abajo, tumbados en el suelo estaban los palos y la lona, y con eso teníamos que coordinarnos todos los miembros del equipo para levantar la tienda y dejarla completamente estable. Para sorpresa de todos, incluidos los propios samis, mi equipo lo hizo en un tiempo récord, tanto es así que los samis decían que nunca habían visto a unos extranjeros montar una tienda tan deprisa.
 
Después de tanto esfuerzo y de tantos sudores (y eso que estábamos a –18ºC) nos ofrecieron una reparadora comida al aire libre. La carne de reno nos ayudó a reponernos y nos dio la energía suficiente para coger otra vez las Motonieves y volver al hotel. Aquella noche se celebró una cena especial, en un precioso restaurante, y al llegar el postre, el presidente se levantó con los papeles que le habían pasado para dar a conocer el equipo ganador según la puntuación obtenida en el conjunto de todas las pruebas: “Y el ganador es... el equipo de... ¡los Urogallos!”. Todo fueron aplausos y felicitaciones, y los integrantes del equipo ganador salimos para recibir las correspondientes medallas olímpicas y hacernos la foto para la posteridad.
 
Así terminó, felizmente, aquella Olimpiada de invierno en la que tuve la fortuna de intervenir y quedar campeón, con mi equipo de los Urogallos... ¡vascos! ¡Para que luego digan que los de Bilbao son unos fanfarrones y exageran!
 

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miércoles, 8 de mayo de 2024

Olimpiadas de invierno (1)

Los Juegos Olímpicos de Invierno son un acontecimiento multitudinario en el que se celebran competiciones de deportes relacionados con la nieve y el hielo. El primero de estos acontecimientos tuvo lugar en Chamonix (Francia) en 1924 aunque los llamados Juegos Nórdicos, cuya primera edición data de 1901, pueden considerarse un antecedente válido de los mismos. Los Juegos Olímpicos de verano y de invierno se vienen celebrando desde hace décadas cada cuatro años, si bien de forma alterna; por consiguiente cada dos años hay unas Olimpiadas, ya sean de verano o de invierno. Pero a veces hay excepciones, como la que aquí vamos a comentar, y se celebran adicionalmente unas Olimpiadas (en este caso de Invierno) un tanto atípicas, en las que tuve el honor de participar y salir laureado.
 
Apenas había comenzado el año 2000 (estábamos a mitad de enero) cuando el laboratorio en que trabajaba, AstraZéneca, organizó una Convención para lanzar un nuevo antihipertensivo, Atacand (candesartán). Siempre se elegían lugares atractivos desde el punto de vista turístico, en donde se combinaban las sesiones de trabajo con la diversión, pero en esta ocasión se llevaron la palma. El lugar elegido fue, nada más y nada menos, que Rovaniemi (Finlandia) en pleno invierno, aunque por esos días la luz del día duraba cuatro horas. Las sesiones de trabajo se celebraron en el Ayuntamiento de la ciudad, construido por el famoso arquitecto finlandés Alvar Aalto, y las múltiples sesiones de diversión nos llevaron a visitar el pueblo de Papá Noel, a desplazarnos a la ciudad costera de Kemi para navegar en el rompehielos “Sampo” abriendo caminos en la helada superficie del mar Báltico para luego bañarnos (con traje de neopreno) en sus gélidas y tenebrosas aguas, a recorrer en Motonieve los parajes nevados, a disfrutar de la comida finlandesa en los mejores restaurantes, y... a participar en unas Olimpiadas de Invierno.
 
Como éramos algo más de 100 personas las desplazadas hasta allí, y todos participábamos (hasta el propio presidente de la compañía se apuntó como un compañero más), se hicieron varios equipos, en donde se integraban los Visitadores Médicos agrupados por provincias o regiones. A los de Central nos fueron repartiendo para completar equipos y a mí me correspondió el equipo de los vascos, así que habiendo entre nosotros varios de Bilbao es fácil suponer que íbamos “sobraos”.
 
Aquella mañana nos dimos cita a las puertas del hotel, provistos de nuestro mono térmico, botas, guantes, casco, etc. poco antes de que amaneciese. Repartieron los dorsales de los equipos, a los que se habían adjudicado nombres de animales, en nuestro caso éramos el equipo “Urogallo” con 11 integrantes, diez vascos y yo. Cogimos las Motonieves y fuimos siguiendo al guía, atravesando bosques de abetos completamente nevados, con un sol incipiente que no se atrevió a separarse de la línea del horizonte, hasta llegar a un campamento de tiendas samis (a los lapones les gusta que les llamen “samis”) donde nos dieron la bienvenida y el presidente procedió a la solemne ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos acercando una antorcha al pebetero. Acto seguido nos dieron a todos un reconfortante café y un energético aperitivo. La temperatura era de –18ºC pero el cielo estaba despejado y no soplaba el viento, así que había suficiente luz y, gracias a nuestros monos térmicos, no notábamos el frío... y menos que lo notaríamos a continuación.
 
Pero lo primero era la ceremonia de bautizo por haber llegado a tierras samis y por haber sobrepasado el círculo polar ártico (era el 13 de enero de 2001 como lo atestigua el certificado que después nos dieron por haber rebasado esa latitud). Pasamos al interior de las tiendas y allí un sami, ataviado con sus típicas ropas, dijo no sé cuántas cosas en su idioma, nos dio a beber leche caliente de reno (bueno, supongo que sería de “rena”), con un carbón apagado nos hizo unos signos en la frente y después puso un enorme cuchillo en nuestro cogote. Mientras seguía diciendo cosas en su idioma hizo ademán de cortarnos el cuello y nosotros sentimos esa sensación fría y cortante en nuestro cuello, pero no era nuestra sangre lo que resbalaba, ni nos había hecho ningún corte; todo había sido simulado y, simplemente, para darle más realismo, había pasado –sin que nosotros lo advirtiésemos- un delgado trozo de hielo por nuestro cuello como si hubiese sido el filo de aquél cuchillo.
 
Terminada la ceremonia, llegó el momento de competir en las diversas pruebas. Los encargados de la agencia que organizaron el viaje nos iban dando las instrucciones antes de comenzar cada prueba, unos samis hacían de jueces, y después los primeros iban anotando en un cuaderno las puntuaciones de cada equipo.
 

“El dulce gorjeo del buitre en celo”: