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miércoles, 29 de mayo de 2024

Submarinismo (y 2)

Digo yo que si existe para la Pesca un término que se llama “Pesca de altura” y otro que se llama “Pesca de bajura”, yo podría aplicarlo a esto y decir que he practicado “Submarinismo de bajura” es decir, un Submarinismo próximo a la orilla. Pero cuando me disponía  a practicar este deporte, me lo tomaba muy en serio. Me ponía gafas de bucear, a veces también utilizaba el snorkel, me ponía aletas en los pies... y comenzaba a dar saltitos de rana hasta llegar a la orilla. Después me lanzaba suavemente al mar y metía la cabeza para contemplar absorto el fondo marino. Destacaba la belleza de las algas, de algunos pececillos que pasaban asustados junto a mí, de las pequeñas conchas marinas semienterradas en el fondo... y de vez en cuando me asustaba al ver unos ojos... de gallo (de los pies de una señora gorda que se estaba bañando a mi lado).
 
Cuando llevaba snorkel me mantenía a flote, con la cabeza ligeramente hundida, para no tragar agua como antes he comentado. Sin embargo, cuando no lo utilizaba me podía mover más libremente y nadar mucho más abajo, hasta metro y medio o incluso dos metros de profundidad como alguna vez llegué a alcanzar (siempre me han atraído las profundidades abisales). Mi capacidad pulmonar (puedo estar un minuto sin respirar) era suficiente para ese tipo de inmersiones, y a veces me apartaba tanto de la costa que tenía que dar cuatro o cinco brazadas antes de tocar el fondo con los pies y volver andando a la orilla.
 
Tengo una foto, vestido de auténtico hombre rana haciendo la rana, junto a un cartel que dice “Peligro, aguas profundas”, tomada en... el Mar Menor. Pero también he hecho Submarinismo en otros mares como el Mediterráneo (en muchas playas) e incluso alguna vez en el Atlántico (en playas de Andalucía).
 
Ahora ya no lo practico porque me operaron de los oídos y no debo sumergirme en las profundidades abisales, pero que conste que durante muchos años la práctica del Submarinismo de bajura constituyó uno de mis deportes favoritos durante las vacaciones.
 

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martes, 28 de mayo de 2024

Submarinismo (1)

Cuando visité Helsinki (Finlandia) durante unas vacaciones, hice un día una excursión a la isla de Suomenlinna, en donde tenían anclado y a disposición de los turistas un submarino. Efectivamente realicé aquella visita y me introduje en el submarino, sorprendiéndome con lo claustrofóbico que debe ser pasar día y días navegando bajo el mar sin salir de allí. Creí que con aquella visita ya podía decir que había practicado el Submarinismo, pero resulta que el citado término no se refiere a eso, sino al deporte de nadar bajo la superficie del mar.
 
Bueno, pues si yo he nadado bajo el mar, puedo decir en honor a la verdad, que he practicado Submarinismo. No obstante tendré que aclarar que ha sido un poco chapucero. No he utilizado nunca bombonas de oxígeno sino tan solo mi capacidad pulmonar y a veces ese aparatito llamado snorkel (que en español significa “tubo respirador” pero seguimos utilizando la palabra inglesa), que consiste en un tubo con aberturas a cada extremo, una se pone en la boca y la otra se deja fuera del agua para que puedas mantener la cabeza debajo del agua y respirar al mismo tiempo... aunque nadie se libra de meter alguna vez la cabeza más de la cuenta y comenzar a tragar agua, o bien que venga una ola un poco más alta de lo normal, tape el agujero que estaba fuera, y te las haga pasar canutas.
 

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sábado, 25 de mayo de 2024

Saltos ornamentales

Uno de los deportes de agua más espectaculares es el de los Saltos ornamentales, que pueden hacerse desde un trampolín o desde una plataforma mucho más elevada. Esta disciplina deportiva se puede ejercitar tanto de forma individual como en pareja (sincronizada), y requiere una tremenda agilidad, elasticidad, coordinación, equilibrio, fortaleza, etc., existiendo numerosas competiciones a todos los niveles.
 
En mi caso, como en el de la mayoría de las personas, esos Saltos ornamentales no se han hecho desde mucha altura, sino sólo desde el borde de la piscina o desde un trampolín que no solía estar demasiado alto. Alguna vez he hecho eso que se llama un “Clavado” lanzándome de cabeza lo más perpendicular posible al agua, pero no me ha gustado llevar la nariz sin poder tapármela con la mano o con unas gafas de bucear. Porque intentarlo sí que lo he intentado (eso de tirarme de cabeza con gafas de bucear puestas) pero el resultado, como podéis imaginar, ha sido desastroso: gafas fuera y agua entrándome por todas partes. Por el contrario, mi especialidad, en la que más he brillado, ha sido en tirarme de pie, tapándome la nariz con una mano.
 
Puede pensarse en un primer momento que eso es muy soso y que tiene poco mérito; pero estamos hablando de una disciplina deportiva llamada Saltos ornamentales, y la ornamentación significa adorno... y eso es lo que he hecho: adornarlo de mil y una maneras imaginables. Unas veces en plan bomba (con las piernas entrelazadas), otras veces en plan “sentadilla”, otras veces completamente de pie, otras veces tomando mucha carrerilla para llegar lo más lejos posible, otras veces completamente pegado al borde, otras veces haciendo monadas con brazos y piernas, otras veces fingiendo que pierdo el equilibrio o que quiero volar como un pájaro... como se ve, cada vez que saltaba ofrecía a los espectadores un nuevo y sorprendente “ornamento” que hacía las delicias de los espectadores... siempre que no estuvieran muy cerca, ya que ese tipo de saltos salpica bastante y eso no suele gustar a los que se dedican a tomar el sol todo el tiempo (digo yo que por qué no se van más lejos a tomar el sol).
 
Como muestra de la agilidad que tenía al realizar estos saltos, baste decir que a veces movía en el aire los dos brazos, pero eso sí, antes sumergirme en el agua ya me había tapado la nariz con una mano (eso se llama buenos reflejos). En cuanto a la altura de los trampolines creo que en alguna ocasión llegué a saltar de uno que estaba a dos metros de altura, concretamente en Alhama de Aragón (Zaragoza) en un lago de aguas termales en donde al caer sentías una sensación de confort muy agradable ya que la temperatura del agua rondaba los 30ºC.
 
Yo simplemente diría a todos aquellos que quieren disfrutar haciendo Saltos ornamentales, que utilicen su imaginación y ofrezcan a los espectadores –como hacía yo- un variado repertorio de saltos, que no sea siempre eso tan monótono y repetitivo de saltar a lo bomba una y otra vez. ¡Imaginación al poder!
 

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miércoles, 22 de mayo de 2024

Remo

El Remo es un conjunto de disciplinas deportivas que consisten en la propulsión de una embarcación en el agua mediante unos remos. Las categorías se dividen según sea el tipo de embarcación, el número de remeros, que tengan o no timonel, etc. Tantas variedades hay que, por ejemplo en el remo olímpico se distinguen hasta 14 categorías diferentes. Pero para no liar la cosa, simplifiquemos y digamos que el Remo se practica con una barca y unos remos.
 
Habiendo vivido en Madrid desde los 9 años de edad, no podía ser de otra manera que no hubiese practicado este deporte, ya que tenemos a nuestra disposición dos emplazamientos idóneos: el estanque del parque del Retiro, en el centro de la ciudad, y el lago de la Casa de Campo, en las afueras. En ambos casos tenemos a nuestra disposición barcas de alquiler para practicar este deporte y así lo he hecho en varias ocasiones a lo largo de mi vida, aunque por lo general de forma algo más frecuente durante la juventud.
 
Se puede pensar que eso no es deporte sino pasear tranquilamente en barca. A quien diga eso, me gustaría enseñarle las ampollas en las manos después de una sesión de remo, así que de pasatiempo, nada; deporte y duro, además. Unas veces con amigos, otras con la familia, practicar el Remo es un deporte refrescante (literalmente: porque nadie se libra de ser salpicado alguna vez) y esforzado. Si vas con amigos, porque cada vez que uno coge los remos quiere demostrar que rema mejor y más deprisa que el otro; si vas con la familia, porque los demás se escaquean y es a ti a quien le toca remar por todos.
 
Hace tiempo que ya no practico este deporte, aunque recuerdo la última vez que, curiosamente, no tuvo lugar en Madrid, sino en el lago termal de Alhama de Aragón (Zaragoza). Se trata de un gran lago de aguas termales que surgen de la tierra a más de 30ºC y en donde uno puede bañarse o practicar el Remo. Ambas actividades entrañan cierto peligro. Si te bañas (y eres un hombre, lo que significa que tienes pelos en las piernas) porque en ese mismo lago hay miles de peces, los cuales cuando ven los pelillos de tus piernas cimbrearse movidos por el agua, se creen que son gusanitos e intentan comérselos, dándote un repelús un tanto desagradable. Si practicas el Remo, porque puede suceder que te acusen de intento de asesinato, como me sucedió a mí hace unos años.
 
Nos habíamos subido a la barca mi mujer, mi suegra y yo. Lógicamente me tocó a mí remar por todos. Y al final, cuando nos íbamos a bajar, mi suegra se levantó, desniveló la barca y se tambaleó, yo intenté enderezarla (alguien pudo pensar que quería golpearla en la cabeza con el remo para acabar con ella) y entre unos y otros, acabó cayendo al agua. Por lo que no pudo protestar, sin embargo, fue por la impresión de caerse al agua porque, a 30ºC de temperatura, era como meterse en la bañera de su casa.
 

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martes, 7 de mayo de 2024

Natación (y 4)

Ya para terminar la narración de mis aventuras con el deporte de la Natación, añadiré una experiencia que está al alcance de muy pocos. Durante una Convención del laboratorio AstraZéneca en Finlandia, en pleno mes de enero, nos desplazamos un día a la ciudad costera de Kemi. Allí nos embarcamos en el rompehielos “Sampo” para abrir caminos por la helada superficie del mar Báltico. Salimos a las cinco de la tarde y era noche cerrada. La temperatura era de –20ºC o quizás algo más baja aún, por lo menos la sensación térmica, ya que la brisa helada penetraba hasta los huesos a pesar del mono térmico que llevábamos. ¡Cómo sería el frío reinante que mi cámara fotográfica dijo “¡basta!” y se bloqueó, y ya no pude hacer más fotos! Al cabo de una hora de navegación, escuchando el imponente crujir de la superficie del mar que iba quebrando el barco, éste se detuvo. Nos ofrecieron una experiencia inédita: bañarnos en las heladas aguas del Báltico en el canal que acababa de abrir el rompehielos. Hubo unos cuantos valientes, entre ellos yo, que nos animamos y pasamos a ponernos un traje de neopreno, de color naranja, con el que parecíamos no sé si un Teletubbie o el muñeco de Michelín en color butano. Bajamos por la escalerilla y caminamos por la superficie helada del mar, sobre la que habían clavado unas antorchas para iluminar el camino. La capa de hielo era tan gruesa que no había riesgo de que se rompiese y alguno de nosotros cayese al abismo de las profundidades. Desde el barco enfocaron con unos reflectores el canal abierto, un canal de aguas completamente negras (era noche cerrada). Ataviado, pues, con ese traje, me introduje en el mar con cuidado que no me salpicase agua a la cara, que era la única parte descubierta de mi cuerpo. Lo del traje térmico funcionaba, porque no sentí nada de frío y estuve un buen rato flotando y realizando gráciles movimientos natatorios en el agua como si fuésemos aprendices de pato. Igual que yo disfrutaron todos aquellos que se atrevieron a sumergirse en el mar... bueno, todos menos uno. Este tuvo menos suerte y el traje de neopreno que le dieron tenía una raja por donde se le coló el agua helada y tan pronto sintió aquél frío, como cuchillos afilados, tuvo que salir a toda prisa. Meterse en el agua no era difícil; lo complicado era salir. Cuando llegabas al borde y tratabas de agarrarte al borde de la superficie helada te escurrías y si no hubiera sido por los marineros del barco que nos ayudaron a salir, pescándonos como si fuésemos atunes (aunque sin emplear ganchos, afortunadamente) nos hubiéramos quedado allí para siempre. Como recuerdo de aquella experiencia de practicar la Natación en condiciones tan extremas, me queda un Diploma en el que puede leerse: “Certificate of participation in icebreaking operations under Artic conditions”.
 

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lunes, 6 de mayo de 2024

Natación (3)

Bien, hasta ahora hemos hablado de la Natación pero sin entrar en el detalle de los estilos que, como sabéis son cuatro. Uno de ellos es el “Crol”, que es el que utilizaba Tarzán y por consiguiente el que más me hubiera gustado practicar. Pero había un problema: si nadas a Crol tienes que meter la cabeza dentro del agua y mojarte el pelo, y yo no estaba por esa labor. Además se corre el riesgo de que te entre agua por la nariz e incluso en los oídos. He intentado, alguna vez, practicar un estilo de “Crol con cabeza fuera” pero resulta tan antiestético, tan agotador, tan absurdo, que lo he desestimado.
 
Otro estilo es el denominado de “Mariposa”, pero todos sabemos que si a una mariposa se le mojan las alas, se ahoga. En mi caso lo que no quiero que se me moje es la cabeza, así que tampoco he podido nadar a Mariposa, ya que resulta imposible hacerlo sin sumergir la cabeza, y como ya me he ahogado una vez no quiero repetir la experiencia.
 
El tercer estilo es, en teoría, el más cómodo: “Espalda”. Quienes nadan así van tumbados de espaldas sobre el agua, con la cara fuera mirando el cielo, moviendo los brazos rítmicamente hacia atrás. Parece sencillo y tranquilo, pero no es así. Cuando lo he intentado, no sé por qué extraña razón, mi cuerpo parece de plomo e irremediablemente se va hacia el fondo. Conclusión: Descartado.
 
Finalmente queda otro estilo, el denominado “Braza”, y este es el que he utilizado siempre aunque a mi manera. Si bien los movimientos natatorios que utilizo al nadar a Braza son los correctos, la posición del cuello es perpendicular a la superficie del agua para que la cabeza permanezca siempre fuera y acabe la sesión con el pelo seco. Tampoco es tan difícil. Y encima te ahorras el tener que lavarte a continuación la cabeza, ya que el cloro de las piscinas y la sal del mar te dejan el pelo como estropajo. Te invito a probar esta variante tan original del estilo de Braza.
 

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domingo, 5 de mayo de 2024

Natación (2)

También en el mar he practicado este deporte, aunque procuro elegir para ello esos días en que el mar está completamente en calma, sin olas. Y es que tengo una manía: no me gusta mojarme la cabeza y me molesta mucho que una ola me salpique o me cubra. Como podéis comprender esto supone un mérito añadido, porque pocas personas hay que sean capaces de estar más de una hora nadando y salgan después del agua con el pelo completamente seco (a excepción, claro, de los “abuelillos” del cogote).
 
Para no preocupar a la familia (y para no preocuparme yo, tampoco) mis sesiones de Natación en el mar se hacen en paralelo a la costa, a una distancia suficiente como para no hacer pie y poder nadar bien, pero no tan lejos como para no poder volver nadando a la orilla si surgiese algún imprevisto. Y uno de esos imprevistos me sucedió una vez hace pocos años. Estaba nadando en la playa de Muro (Alcudia, Mallorca) cuando algo me picó en una pierna y empecé a sentir un escozor enorme. Tampoco hay que exagerar y decir que no podía moverme, porque sí que podía moverme y nadé rápido hacia la orilla en donde descubrí una zona enrojecida, posiblemente por el roce de una medusa. La sospecha se confirmó horas más tarde cuando vi merodear por la orilla algunas Cnidarias (o sea, medusas). El relato de tal aventura quedó reflejado con estas palabras en un escrito que publiqué poco después en mi blog (nótese el tono épico de aquellos históricos acontecimientos):
 
“La claridad del amanecer fue atravesando con delicadeza mis párpados y me hizo despertar a un nuevo día. Me levanté, salí a la terraza y contemplé la enorme bahía cuyas aguas parecían inmóviles y en su quietud me llamaban pidiéndome que, como cada día, mis brazos, nadando, las desperezaran.
Atravesé la arena ante la impávida mirada de las tumbonas recostadas junto a sus respectivas sombrillas, mientras los primeros rayos del sol se clavaban de forma horizontal y les hacían proyectar largas sombras.
Me sumergí en las aguas y comencé a nadar, tonificando mis músculos con el esfuerzo, llenando igualmente de energía mi alma. Cada nueva brazada levantaba una pequeña ola que se extendía por la superficie del mar hasta perderse en el horizonte y mi cuerpo era una minúscula mota que avanzaba incansable, durante una hora, por el horizonte.
Pero aquél día, todo fue diferente. En un momento dado algo agarró mi pie y un intenso dolor, cual dentellada, se clavó en mi tobillo. Agité los pies y logré desembarazarme de aquello y nadé con fuerza hasta la orilla... pero estaba lejos. Comprobé que, a pesar del dolor, aún podía mover la pierna, así que continué nadando perpendicular hasta la orilla. Cuando por fin hice pie, miré mi tobillo y no vi nada; me fijé un poco más y aprecié unas marcas blanquecinas y justo ahí un intenso dolor que penetraba hasta el interior de mi tobillo. Me lavé bien aquella zona con el agua del mar y tan pronto llegué a la habitación del hotel me apliqué Synalar Gama. El acetónido de fluocinolona mitigó el dolor aun cuando este persistió durante todo el día al tiempo que unas ronchas rojizas se alzaban alrededor de mi tobillo.
Al amanecer del día siguiente me sumergí de nuevo en el mar, pero esta vez alertado ante cualquier posible ataque. Y de repente, a tan solo un metro de distancia de mí, la vi venir sigilosa hacia mi encuentro: era una Cnidaria o medusa, de cabeza compacta y marrón de unos 30 centímetros de diámetro y gruesos tentáculos transparentes. Al parecer no había tenido suficiente con el mordisco del día anterior y quería completar su almuerzo.
Yo la miré fijamente y detecté sus aviesas intenciones. Bien es sabido que las medusas se alimentan de fito y zooplancton, pero no suelen desdeñar otro tipo de alimentos aunque el ser humano no figure en su menú. Por lo que se veía, yo era de lo más apetitoso. Se avecinaba un combate desigual: ella con sus tentáculos urticantes dispuesta a clavarlos en mí como el día anterior; yo en cambio, sin nada con que defenderme puesto que no podía tocarla. Pero entonces saqué partido de mis sesiones de natación y comencé a mover los brazos en el agua para generar una corriente que la llevase hasta la orilla. Ella se resistió y me miró con sus ocelos, esas células fotosensitivas que hacen la vez de ojos, pero no comprendió nada al carecer de cerebro. Así, poco a poco, la fui empujando hasta la orilla y su cuerpo finalmente agonizó en la arena.
Tomé fotografías de aquél monstruo mientras un grupo de turistas alemanes se acercó con curiosidad y asombro. Unos días después, el ataque de la medusa sólo era un vago recuerdo que tan solo se avivaba cuando miraba mi tobillo aún enrojecido, aunque ya sin dolor, gracias a mi fiel amigo e inseparable compañero de viajes, el Synalar Gama”.
 

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sábado, 4 de mayo de 2024

Natación (1)

La Natación se define como el movimiento y desplazamiento del cuerpo a través del agua, mediante la ayuda de las extremidades (brazos y piernas) y, generalmente, sin utilizar ningún instrumento de ayuda para avanzar. Esta actividad es tan antigua como el ser humano, casi diría mejor “como el ser vivo” porque todos los animales tienen la impronta de saber nadar y si se caen al agua son capaces de salir nadando aunque nadie les haya enseñado. Como deporte también tiene muchos años de historia, así como muchas modalidades en cuanto a estilos y longitud de las pruebas. Y bien sea como deporte o diversión, es una de las actividades físicas más practicadas en todo el mundo. Pero hay un problema. Cuando se le pregunta a la gente si practica algún deporte, todos responden siempre: “la Natación”. ¿Y por qué dicen eso? Pues porque al llegar el verano se dan un baño en la piscina. Pero no, darse un baño en la piscina no es Natación aunque se nade; la Natación como deporte exige esfuerzo y duración. Eso de cruzar nadando la piscina de lado a lado una sola vez, no es deporte sino diversión.
 
Por consiguiente yo siempre he sabido distinguir muy bien qué es eso de darse un baño en la piscina y qué es eso de practicar el deporte de la Natación, y aunque no haya competido contra nadie sino sólo contra mí mismo (tratando de superarme cada vez) este deporte lo he practicado con asiduidad, tanto en verano como en invierno (piscinas cubiertas), tanto en piscinas de todas las formas y tamaños como en el mar.
 
En esta visión de la Natación como deporte debo decir que mis sesiones de natación pueden durar más de una hora si estoy en el mar, pero sólo 50 o 55 minutos si estoy en una piscina. La razón es muy sencilla: después de tanto tiempo en remojo me entran unas irrefrenables ganas de hacer pis, y no es cuestión de hacerlo en la piscina. Debo aclarar igualmente que cuando nado en una piscina jamás toco el borde (porque eso supondría unas décimas de segundo de descanso y no me gusta hacerme trampas a mí mismo) ni por supuesto el fondo en los casos donde este sea alcanzable. Tanto si voy nadando de lado a lado como si voy bordeando su perímetro interno, me mantengo nadando sin parar todo el tiempo, y ese esfuerzo continuado hace que salga exhausto pero fortalecido.
 

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