jueves, 29 de abril de 2021

El códice y el robobo (35)

Capítulo 30.- Severo ataque de risa
 
Cuando Severo (el policía que hacía guardia frente a la habitación del Hospital Xeral en donde se recuperaban Ambrosia, Mariana, Remigio y el padre Dimas de un lavado de estómago por algo que les había sentado mal) vio llegar al inspector jefe acompañado de otros dos agentes, pegó un respingo y se puso a sus órdenes.
- ¿Alguna novedad? –preguntó el inspector.
- Ninguna. En esta habitación están las dos mujeres y en la otra los dos hombres.
- Bien, entonces procedamos –sentenció el inspector al tiempo que abría la puerta de la habitación 112. 
 
El interrogatorio de las dos mujeres duró dos horas, aunque en realidad sus respuestas se resumían en diez minutos, ya que ellas no hacían sino repetir lo mismo una y otra vez, y por más que el inspector les hacía repetirlo no encontraba ninguna contradicción. Pasado ese tiempo se dirigieron a la habitación en la que estaban los dos hombres y el interrogatorio fue igual de inútil. Aquellas cuatro personas no sabían nada de nada, simplemente se habían encontrado unos paquetes de droga que pensaron eran de harina y con ella hicieron las magdalenas que los intoxicaron.  
 
Durante todo este tiempo la cara de Severo, allí sentado junto a la puerta de las dos habitaciones, era todo un poema. Con los ojos abiertos como platos, estiraba las orejas al máximo para tratar de enterarse qué era lo que se cocía allí dentro, pero solo atisbaba a escuchar gritos y exclamaciones de desesperación en el inspector; estaba claro que nada de lo que escuchaba su jefe le aportaba ninguna solución a lo que fuese que estuviera buscando. 
 
Cuando por fin les vio salir, se cuadró para recibir órdenes y quizás alguna explicación con la que satisfacer su curiosidad, pero sólo recibió la orden de marcharse, aquello había terminado y esas personas podrían irse de allí en cuando les dieran el alta.  
 
Severo se despidió de ellos y con semblante severo se iba a marchar cuando su semblante tornó en sonrisa al ver cómo se acercaba por allí Ioseba Rena. Pero no era su llegada lo que le hizo esbozar una sonrisa, sino el porte que llevaba, portando un ramo de flores y vistiendo él todo trajeado; una imagen muy distinta a la del rudo, seco y poco afable Ioseba que conocía y con el que había compartido no obstante algunos momentos de distendida conversación en el bar. 
 
- ¿Cómo tú por aquí y con esa pinta? –le saludó Severo con cierta sorna.
- Hola, Seve, pues venía a ver a la Ambrosia, que me han dicho que estaba ingresada aquí.
- Bueno, bueno, pues ahí la tienes en esa habitación, tortolito… -dijo Seve sin poder disimular el cachondeo.
- Menos risas, Seve, y métete en tus cosas que esto no es asunto tuyo.
- Vale, vale, no te pongas así.
 
Y se ve que Seve se alejó de allí conteniéndose la risa porque nada más salir del pasillo comenzó a reír a carcajadas y a retorcerse de risa mientras las enfermeras y pacientes que había alrededor miraban asombradas a ese siempre serio policía que ahora no paraba de reír. 
 
Con sigilo, y empujando levemente la puerta, Ioseba se asomó tímidamente al interior de la habitación. Ambrosia lo miró y exclamó asombrada:
- Ioseba, ¿eres tú?
- Sí, Ambrosia, he venido a ver qué tal estabas. 
 
Ioseba se acercó a su cama, se sentó junto a ella y le entregó las flores. En la otra cama, Mariana tenía los cinco sentidos pendientes de esta escena, no quería perderse ni un solo detalle y pensaba si sería capaz de retener todo lo que estaba sucediendo y presenciando en tan poco tiempo porque era materia más que suficiente para andar de cotilleo durante todo un año con sus vecinas. Pero Ioseba se dio cuenta del incómodo huésped que tenían junto a ellos y se comportó de una manera lo más discreta posible; tras una convencional conversación quedó en volver a visitarla en cuanto le diesen el alta, algo que sucedería ese mismo día seguramente. 
 
Cuando salió del hospital, Ioseba ya se había forjado un plan con un doble objetivo: conquistar a Ambrosia, a la que de verdad amaba desde hacía mucho tiempo, y tratar de sonsacarle todo lo que supiese sobre el dichoso manuscrito. Sin duda ella era la pieza clave.

Continuará...

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