sábado, 17 de abril de 2021

El códice y el robobo (23)

Capítulo 18.- Alegría para todos
 
Remigio ya le había contado a su madre, Ambrosia, todas sus andanzas. Ella respiró aliviada al ver que su hijo volvía a trabajar y además se había sacado 50 euros; no sabía que el importe de la venta había ascendido a 150 pero Remigio sólo le dio 50 a su madre y a ella esto le parecía mucho dinero. De esta forma Remigio contribuía también a los gastos de la casa y esto llenaba de satisfacción a su madre.
 
Siguiendo el encargo de Ambrosia, Remigio volvió a coger los dos libracos viejos para ver si le daban algo en la chamarilería, y después se iría a ver al Tomás para venderle el último cargamento de chatarra.
 
Mientras tanto, Leandro Rodeo no cabía en sí de gozo y eso que había tenido que soltar 150 euros por su antiguo tocadiscos, ese que él pensaba no valía ni 20 euros; pero por lo que parecía, debía ser un objeto de culto para los coleccionistas o algo así, si no, no se entendería que pagasen tanto por él. Se dirigió de nuevo a la chamarilería de Marcelino Linaza y esta vez iba dispuesto a regatear a tope para ver si le sacaba 500 euros.
 
Entró en la tienda y Marcelino estaba ocupado subiendo y bajando unas cajas del sótano.
- ¿Traes algo para vender? –le preguntó Marcelino que no prestó atención al recién llegado.
- Sí, aquí traigo esto –dijo mostrando el mismo tocadiscos que ahora se disponía a vender por segunda vez.
- Ahora mismo no puedo atenderte, si quieres déjamelo ahí que le eche un vistazo en cuanto acabe y vuelves en media hora, que estoy muy ocupado ahora.
- Vale, aquí lo dejo en el mostrador y me voy a tomar una caña mientras tanto.
 
Al cabo de un rato, cuando Marcelino terminó el trasiego (estaba ocultando en el sótano las últimas cajas que le habían llegado con tabaco de contrabando) vio sobre el mostrador aquella caja que le resultaba familiar. La abrió y comprobó que era un tocadiscos igual al que había comprado hacía muy poco a ese mismo individuo. “¿Pero cuántos tocadiscos viejos iguales tiene este hombre?”, se preguntó. Era consciente de que no le servía para nada, salvo como tapadera de su negocio (el del tabaco de contrabando que era su verdadero negocio) pero, simplemente por curiosidad, o por azar, tocó el plato y vio que este estaba suelto, parecía que estaba roto, lo que efectivamente le justificaría dar un menor precio. Sin embargo al levantar el plato vio unos extraños bloques rectangulares debajo. Sacó uno de esos bloques y se sobresaltó: “Si es lo que yo pienso, esto es cocaína”. Cogió un destornillador, soltó toda la base y apareció la caja completamente llena de paquetitos de esos. Rápidamente lo cerró y lo bajó al sótano; ya pensaría después qué hacer con eso, porque lo de la cocaína eran palabras mayores y no eran, desde luego, su negocio, aunque sí podría utilizarlo como moneda para pagar nuevas partidas de tabaco.
 
Poco después regresó Leandro.
- ¿Qué, ha visto que maravilla de tocadiscos le he traído?
- Sí, sí. ¿De dónde lo has sacado?
- Pues nada, de mi casa, que estaba haciendo limpieza y quería deshacerme de trastos viejos –dijo disimulando.
- ¿Pero no es igual al otro que me trajiste?
- Pues sí, parece ser que había dos en el trastero. Bueno ¿cuánto me das? Que ya sabes que eso es muy valioso.
Cuando Marcelino oyó la palabra “eso” que le pareció entrecomillada, pensó que el tal Leandro conocía su contenido y estaba dispuesto a devolvérselo, pero antes preguntó:
- Sólo por curiosidad: ¿Cuánto pides?
- Pues hombre, por lo menos 500 euros.
Marcelino comprendió de inmediato que esa partida de cocaína valía mucho más, así que le respondió:
- Es mucho, pero bueno, en fin, te los daré.
 
Remigio había aparcado su vehículo, el carrito del supermercado, junto a la puerta de la chamarilería. Al entrar casi se topa de bruces con Leandro, el individuo que le había pagado una fortuna por aquél tocadiscos viejo, el cual salía dando saltos de alegría de allí. “Hoy debe estar de buen humor el Marcelino”, se dijo Remigio al ver la cara de satisfacción de aquél individuo que salía de su tienda.
 
Después de saludar a Marcelino, Remigio sacó los dos libros viejos que le había traído su madre.
- ¿Cuánto me das por estos libros viejos? Son muy bonitos, tienen estampitas.
Marcelino observó los dos manuscritos y sospechó –aunque él no era un entendido- que podía tratarse de alguno de los que hablaban en ese robo en la catedral. “Hoy debe ser mi día de suerte –pensó Marcelino- primero compro a precio de saldo un cargamento de cocaína y ahora estos dos manuscritos que podría venderlos a algún coleccionista de arte”.
- ¿Y cuánto quieres? –preguntó como siempre Marcelino.
- Hombre, esto vale más que el papel. Tú verás... por lo menos 20 euros –dijo Remigio, pensando en que luego el regateo los dejaría en cuatro o cinco euros.
- Mmmmm, está bien –dijo Marcelino- te doy 20 euros por cada uno, pero ni un euro más.
A Remigio se le aceleró el corazón; ni por un momento había sospechado obtener tamaña suma. Aceptó y salió, al igual que Leandro, dando saltos de alegría.

Continuará...

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