martes, 27 de abril de 2021

El códice y el robobo (33)

Capítulo 28.- Tila y metadona
 
Tan pronto salieron Marcelino y Coro de la chama-rilería, unas sombras que asomaban tímidamente por una esquina cercana se hicieron más visibles y se  acercaron sigilosas a la puerta. Eran dos hombres vestidos de oscuro que procuraban pasar desapercibidos. A pesar de que no había nadie en los alrededores, uno de ellos no hacía más que mirar a un lado y a otro, mientras que su compañero manipulaba la cerradura. En apenas unos segundos la puerta quedó abierta y entraron. Una vez dentro, empezaron a buscar por todos los rincones, pero su búsqueda era infructuosa, allí no estaban los códices. Desde la misma tienda, uno de aquellos hombres llamó por su móvil a Adolfo, el secretario de Don Jenaro.
 
A Adolfo se le hizo un nudo en la garganta cuando escuchó estas noticias. “Seguid buscando y no volváis hasta que los encontréis”, les dijo; y acto seguido cortó la llamada y corrió a prepararse una tila.
 
El que ya se había tomado dos tilas y seguía igual de nervioso era Manolo, el marido de Mariana a la que había pillado tumbada en el sofá con el cura Dimas y con su vecina y el hijo de esta. Manolo no estaba dispuesto a perdonar esa infidelidad y por más que intentaban calmarlo no lo conseguían. Al cabo de un rato, cuando todos sus familiares y vecinos creían que por fin se había tranquilizado, salieron de la habitación para relajarse ellos también un poco. Cuando se asomaron de nuevo a la habitación para ver cómo seguía Manolo, este había desaparecido y según supieron después había encontrado una nueva compañera: la botella de vino.
 
Mientras tanto, en el Hospital Xeral, un policía severo, que por más señas se llamaba igual que su cara, es decir, Severo, estaba de guardia junto a las puertas 112 y 113. En la primera de ellas estaban la tal Ambrosia y su vecina Mariana; en la segunda, un joven llamado Remigio y el padre Dimas, de la catedral. No le habían explicado qué significaba aquella extraña mezcla de personajes, sólo que vigilase y no dejase entrar ni salir a nadie, salvo al personal médico por supuesto. Severo simplemente pudo saber por una enfermera, que acababan de hacerles un lavado de estómago y les habían dado un chute de metadona...

Continuará...

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