lunes, 19 de abril de 2021

El códice y el robobo (25)

Capítulo 20.- En to el charco
 
Marcelino Linaza se dio cuenta que tenía dos cargamentos muy valiosos, y peligrosos, en sus manos, y no era cuestión de esperar para darles salida y hacer negocio; aún más, cuanto antes soltase aquél cargamento, más tranquilo se quedaría. Cerró la tienda sin mirar la hora; aquello era más importante que atender a cualquier posible cliente, entre otras cosas porque su chamarilería era una simple tapadera para su negocio de contrabando de tabaco. Pero esta vez había conseguido un cargamento de cocaína en los bajos de un antiguo tocadiscos y dos manuscritos que posiblemente fuesen valiosos. Por un momento pensó que podía tratarse del manuscrito “robado por segunda vez” como anunció la prensa, razón de más para darle salida de inmediato.
 
Con una frialdad calculada repitió los mismos pasos que había dado en ocasiones similares precedentes. Preparó varias cajas de cartón en donde colocó con esmero, envueltas en terciopelo negro, las bolsitas de plástico conteniendo la cocaína. Lo mismo hizo con los dos manuscritos. Después fue colocando encima algunas piezas delicadas de porcelana antigua, un reloj barroco de bronce, un par de candelabros, varias piezas de marfil y una colección de abanicos. Cuando terminó, cerró y precintó las cajas. Después cogió el teléfono y marcó un número.
 
- ¿Está Don Jenaro? –preguntó Marcelino.
- ¿Quién le llama? –respondió una voz grave, tipo Constantino Romero.
- Soy Marcelino Linaza y me gustaría llevarle a Don Jenaro unos artículos “muy” especiales –Marcelino recalcó lo de “muy”.
- Espere un momento...  -Marcelino empezó a tamborilear con los dos sobre la caja de cartón obteniendo una armoniosa percusión en el más puro estilo jazz. Al cabo de unos minutos interminables, tantos que tuvo que hacer dos bises con la canción que había interpretado, volvió la voz grave a responderle- ...Puede venir ahora mismo. No se demore, porque Don Jenaro tiene esta tarde una reunión.
 
Cuando Marcelino dijo “de acuerdo, ahora mismo salgo para allí”, el ayudante de Don Jenaro ya había colgado. No obstante, y sin inmutarse, abrió la puerta trasera de su local y sacó a duras penas (las había cargado demasiado) las dos cajas. Las colocó en el suelo y entonces se dio cuenta que había dejado aparcado el coche a tres manzanas de distancia, demasiado para cargar las cajas. En esto vio acercarse a ese joven que le había vendido los manuscritos.
- Hola, ¿podrías ayudarme a cargar estas cajas hasta el coche? –le preguntó Marcelino.
Como Remigio estaba muy contento, después de haberse tomado dos cubatas a cuenta del dinero de los “libracos viejos”, y pensando que eso le reportaría una propina dijo que sí de buen grado.
- Sí, por supuesto, ¿a dónde hay que llevarlo?
- No está lejos, sígueme. -Marcelino cogió las dos pesadas cajas de cartón y fue detrás de él, al tiempo que comenzaba a llover de nuevo-. Acelera, que no se mojen mucho las cajas -respondió.
 
Al llegar al coche, y mientras Marcelino buscaba las llaves para abrirlo, Remigio dejó las cajas en el suelo, sin darse cuenta que las dejaba justo encima de un gran charco. Marcelino fue retirando algunos trastos que tenía en el maletero para hacer hueco y colocar bien las cajas. Como la lluvia se volvía más intensa por momentos, Marcelino se metió en el coche mientras Remigio se ocupaba de colocar las cajas en el maletero. Al ir a coger la segunda caja, la base de cartón, completamente mojada, se desgarró y Remigio solo pudo meter en el maletero una especie de amasijo de cartón poliédrico en el que se agolpaban diversos objetos. No se dio cuenta que se quedaba en el suelo un paño de terciopelo negro.
- Ya está –le dijo satisfecho, Remigio, esperando una propina que, en efecto, recibió en forma de billete de cinco euros.
 
Fue entonces, al alejarse el coche, cuando Remigio descubrió aquél paquete de terciopelo negro en el suelo. Lo cogió, sin saber que había salido de una de las cajas mojadas, y se fue a un soportal para averiguar qué había dentro. Como no había nadie por allí cerca, nadie pudo ver la cara de sorpresa que puso cuando vio aparecer otra vez los dos “libracos viejos” que acababa de vender. Después, quitó otro doblez del paño y descubrió unas bolsitas de plástico con polvo blanco. “Anda, un montón de paquetes de harina –se dijo- qué contenta se va a poner mi madre”. Hizo un hatillo con su nuevo cargamento y se fue a su casa, mientras se devanaba los sesos pensando cómo podían haber llegado allí esos dos “libracos”, que sin duda se le habían perdido al chamarilero, y por tanto no era cuestión de ir otra vez a vendérselos. Los guardaría en algún lugar seguro y dentro de unos meses –cuando ya se le hubiese olvidado- iría otra vez a vendérselos. “Total, por cuarenta euros que puedo sacarme otra vez vendiendo esto, no es mucho esperar un par de meses”, se dijo.

Continuará...

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