miércoles, 17 de febrero de 2021

Un cadáver exquisito (108)

Capítulo 105.- Daimiel olímpico
 
A sus 35 años, Pifa aún se encontraba en buena forma, no en vano había sido campeón olímpico y atesoraba una buena colección de medallas de tortasol (girasol) de oro, el máximo galardón que se concede en las “Olimpiadas de la era (lugar donde se separa el grano de la paja)” que cada dos años se celebraban en alguna ciudad manchega. Un especial recuerdo tenía de su participación en las que se celebraron en Daimiel, en su “campo de los sueños” que era “La huerta de Paco”.
 
Sin duda el triunfo más duro fue en la prueba de “1.500 metros atronchacarrizo” (campo a través). Aún recordaba cómo sonaban las cornetas mientras avanzaba por la estera (alfombra) flanqueado por dos filas de gañanes (especie autóctona de La Mancha que se identifica por su blusón a rayas negras y grises, faja, boina, pañuelo con cuatro nudos en la cabeza, pantalón de pana, albarcas, celtas cortos y posiblemente –porque no se ve- calzoncillos largos) para subir al podio.
 
Sin embargo para el triunfo en la prueba de “Voltijetas (volteretas) artísticas” lo duro fue el entrenamiento previo para lograr elasticidad. Pero esa elasticidad le vino muy bien para quedar después segundo (tortasol de plata) en la prueba de “Lanzamiento de mendrugo (trozo de pan duro con medidas homologadas)”. También la valió para la prueba de “Lanzamiento de horca (tridente de madera para mover la paja)” en donde el alcance de los lanzamientos se marcaba con la reja del arao y la medición exacta se hacía gracias al ojímetro de precisión del árbitro. Lanzó la horca a 105 metros (más o menos) de distancia, lo que supuso un récord olímpico que a día de hoy nadie ha superado, ni siquiera los finolis que lanzan jabalina en vez de horca (el que más se ha acercado ha sido Uwe Hohn, de Alemania Oriental, con un lanzamiento de 104,8 metros en 1984).
 
Pero quizás la prueba más elegante –y en la que más ligaba- era la de “Tenis rústico” en donde se utilizaban palmetas (de las de matar moscas) en vez de raquetas y donde calzó unas albarcas último modelo de la marca “Ni qué”, unas zoquetas (funda de cuero para proteger la muñeca que se usa para segar) de diseño en sus muñecas, y en donde pudo alzar el trofeo que, en vez de una copa era un botijo, y recibir finalmente el beso (y algo más que vino después) de la reina de las fiestas.
 
No tuvo tanta suerte, sin embargo, en otras pruebas, como la carrera de tartanas (carro tirado por una mula) o de galeras (carro tirado por dos mulas). Con los animales no tenía tanta mano porque enseguida se le iba la ídem. En cambio sí que tenía agilidad para mover las manos con gran celeridad en la prueba de “Vareao” consiguiendo hacer caer del olivo más aceitunas que nadie, aunque un participante, Edelmiro, se quejó de que el olivo que le había tocado varear tenía unas aceitunas muy raras en forma de higo.
 
Precisamente Edelmiro se le acercó y lo sacó de sus ensoñaciones.
- Pifa, Pifa, ca venío un señor mu raro con pinta de tener mucha pasta y sa ío pal melonar de la Fermi.
- ¿Cuándo ha sido eso?
- Ya mismo. Venía con mucho acompañamiento, preguntó por ese melonar y le dijeron que tenía que coger la carretera y seguir totieso (en manchego “todo derecho”, en inglés “go ahead” y en italiano... ¡y yo qué se!).
Sin mediar más palabra, el Pifa salió disparado hacia el melonar de la Fermi que en pleno mes de junio estaba repletico de melones, unos melones que no sabía por qué nadie podía catar.
 
Nota del autor.- Salvo las palabras en cursiva utilizadas en este capítulo, que son típicas daimieleñas, y la referencia a Uwe Hohn, todo lo demás es completamente inventado. 

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