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viernes, 16 de enero de 2026

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Durante los últimos días he compartido el comienzo de mi novela "Caminos de fuego" a través de una serie de post con el encabezamiento "Por encima del fuego", pero que en realidad corresponden a mi novela "Caminos de fuego", la cual está incluida en el libro "Novelas con corazón". 

El libro "Novelas con corazón" está disponible en Amazon, tanto en edición digital como en edición impresa. Aquí te dejo el enlace:

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jueves, 15 de enero de 2026

Por encima del fuego (8)

El primer día fue suave: crampones, cuerdas fijas, fotos para Instagram. El segundo, la tormenta. El viento aullaba como un lobo herido; la visibilidad, cero. Elena iba en cabeza, tanteando el terreno con el piolet.
-¡Cuerda tensa! -gritó. 
Detrás, el banquero resbaló. Cayó de rodillas, jadeando.
-No puedo… -balbuceó. 
Elena se agachó a su lado.
-Mírame. Respira. Ahora ponte de pie. -Él obedeció, temblando. Ella le ajustó el arnés con dedos rápidos, precisos-. Esto no es una reunión de consejo -le dijo-. Aquí no hay PowerPoint que te salve. Solo tú y el hielo. 
El hombre tragó saliva. Asintió. Siguieron.  Al tercer día, el grupo estaba roto: ampollas, lágrimas, algún grito ahogado. Pero también risas. El banquero, que al principio se quejaba de todo, ahora caminaba en silencio, concentrado. Cuando llegaron al borde de una grieta azul turquesa, él se detuvo. 
-Es… precioso -murmuró.  Elena sonrió.
-Bienvenido al mundo real. Este es el planeta en el que vives, no tu oficina.
 
De regreso al hotel, cuando el confort del coche les despertó de su éxtasis, se podía ver en sus caras una expresión distinta, unos rostros transformados con una mirada más inocente, más humilde.
-Volveré a la oficina renovado –dijo Marco, expresando fielmente el sentir de todos sus compañeros.
Y es que en Islandia, la aventura no es solo un viaje; es un despertar. Y Vatnajökull, con su soledad estremecedora te recuerda que allí la fantasía es solo el comienzo de lo real.
 
 
De vuelta en Madrid, cinco días después, Elena abrió la puerta de su apartamento. Olía a cerrado. Dejó la mochila en el suelo, se descalzó y se tiró en el sofá. El móvil vibraba: mensajes de los ejecutivos.  “Gracias, Elena. He aprendido más en cuatro días que en cuatro años de MBA.”  “¿Cuándo es la próxima?”.  Ella respondió con un emoji de montaña y se fue a la ducha. El agua caliente le quitó el frío de los huesos.  En la cocina, abrió el portátil. Tenía un artículo pendiente para la revista “Aventura Extrema”. Tecleó rápido, como siempre: “El miedo no es el enemigo. El enemigo es creerte invencible. En el glaciar, vi a un hombre de traje caro descubrir que sus límites no estaban en los números, sino en las suelas de sus botas. Y cuando cruzó la grieta, no lo hizo por mí. Lo hizo por él.”  Guardó el borrador. Miró por la ventana: Madrid, con sus luces y su ruido.
 
Y al día siguiente tendría que volar a la selva del Darién. Se acostó vestida. Soñó con raíces que se enredaban en sus tobillos y con un río que cantaba su nombre.  A las cuatro de la mañana, sonó el despertador. Se levantó, se puso las botas, cerró la puerta sin hacer ruido.  En el aeropuerto, una niña la miró con asombro al ver su atuendo:
-¿Tú eres exploradora? -preguntó. 
Elena se agachó.
-Soy guía. Pero sí, exploro.
-¿Y no tienes miedo?
-Claro que sí. El miedo es mi brújula.
La niña sonrió. Elena le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud. 
 
En el avión, cerró los ojos. Pensó en su pequeño pueblo perdido entre las montañas de Cantabria, en las vacas que pastaban entre niebla en inmensas laderas verdes, en su madre Isabel contando historias de lobos, en su padre Agustín enseñándole a leer mapas y descubrir senderos en las montañas. Pensó en su hermana mayor, Sandra, que ahora firmaba contratos en un despacho de abogados con vistas a la Gran Vía.  Sonrió.  “Cada uno elige su selva”, pensó, y ella ya había elegido la suya.
 

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miércoles, 14 de enero de 2026

Por encima del fuego (7)

El todoterreno seguía su camino en un recorrido cada vez más accidentado… pendientes empinadas… ruedas patinando en la grava suelta… De repente, apareció un altiplano: campos de lava negra, salpicados de cráteres humeantes, y al fondo, cascadas imponentes que caían como cortinas de plata desde acantilados cuya cumbre no se divisaba a causa de la neblina.
-Esta es la primera parada,  Landmannalaugar, un valle geotérmico que parece pintado por un artista loco –les indicó Elena.
Y así era en efecto: Fuentes termales burbujeando en tonos naranjas y verdes, rodeadas de montañas multicolores –rojo óxido, amarillo azufre, negro carbón–. Bajaron del vehículo, y el grupo pisó por primera vez ese suelo extraterrestre. Ana, acostumbrada a salas de juntas, tropezó con una roca y soltó una risa nerviosa.
-Esto es... abrumador. En Nueva York, controlo todo; aquí, el paisaje me controla a mí -tuvo que reconocer con una humildad a la que estaba muy poco acostumbrada.
El viento helado les azotaba las mejillas, enrojeciéndolas, mientras caminaban hacia una cascada cercana. El agua rugía, cayendo cientos de metros en una niebla que empapaba todo. Sofía extendió los brazos, como abrazando la inmensidad
-Siento que estoy en una película, pero real. ¿Cómo sobrevive algo aquí? –exclamó llena de genuino asombro.
 
Pero el viaje debía continuar y cruzaron ríos que los todoterrenos vadeaban con maestría. En algunos momentos el agua llegaba hasta las puertas, y el grupo empalidecía conteniendo la respiración. Elena, consciente de que el paisaje se volvía cada vez más hostil y para colmo la niebla reducía la visibilidad a unos pocos metros, de tal forma que apenas podía divisar las luces del coche que les precedía, decidió  darles conversación para relajarlos en la medida de lo posible:
-El pico por el que hemos pasado antes fue usado en “Star Wars: El despertar de la fuerza” para planetas remotos. Y Vatnajökull mismo apareció en “Muere otro día”, en donde James Bond protagoniza persecuciones sobre hielo.
Marco, el CEO, confesó:
-En la oficina, lidio con presupuestos y deadlines. Aquí, un río puede barrer el coche en segundos. Es... liberador… es… no sé, mucho más de lo que había podido imaginar.
 
Finalmente llegaron al borde de Vatnajökull. El glaciar se extendía como un océano congelado, grietas azules profundas como abismos, cuevas de hielo que brillaban con luz turquesa. Aparcaron y equiparon al grupo con crampones: Por primera vez iban a pisar un glaciar. El viento aullaba, cortante como cuchillas y la sobrecogedora belleza que les rodeaba silenciaba cualquier comentario. Lisa guardó su móvil. Peter tocó el hielo con reverencia.
-Es como caminar sobre un ser vivo, antiguo y poderoso -dijo Sofía.
Cascadas internas rugían bajo sus pies, y el horizonte se fundía con el cielo en un blanco infinito.
 
Para estos ejecutivos, acostumbrados a controlar el caos corporativo, Islandia interior era una lección de humildad. Paisajes de otro mundo, usados en “Oblivion”, “Noé” o “La vida secreta de Walter Mitty”, se transformaban allí en realidad. El viento helado y permanente les recordaba su fragilidad; las cascadas, la fuerza indomable de la naturaleza; el glaciar, la eternidad frente a sus vidas efímeras.
 

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martes, 13 de enero de 2026

Por encima del fuego (6)

Elena se despertó antes de que el sol rozara los ventanales de su pequeño apartamento en la Avenida de América. Madrid aún dormía y apenas unos pocos coches madrugadores circulaban por las calles, pero ella ya tenía la mochila preparada: cuerdas, crampones, un frontal con pilas nuevas y la documentación a mano. El vuelo a Reikiavik salía a las siete; de allí, un todoterreno la llevaría al glaciar Vatnajökull, donde guiaría a cinco ejecutivos que pagaban fortunas por “desconectar”.  Bajó las escaleras con la agilidad de quien ha corrido cuestas desde niña. En el portal, se cruzó con un vecino que, con su traje impecable y su portafolio en la mano, se dirigía a su oficina como todos los días.
-¿Otra vez te vas, Elena?
Ella sonrió y le hizo un gesto de despedida sin detenerse. En realidad no era una despedida sino un hasta luego... como siempre.
 
En el aeropuerto, en el punto acordado, fueron llegando los ejecutivos que habían contratado sus servicios para esta expedición. Cuando estuvieron todos, Elena les avisó:
-Vamos a caminar sobre un río de hielo que lleva milenios moviéndose. Si alguien se caga encima, que lo diga ahora y le devuelvo el dinero.
Uno de ellos, un directivo de banca con reloj de oro, soltó una risita nerviosa, procurando que no se le notase mucho; en realidad, todos creían que una aventura extrema en la naturaleza la podrían solventar con la misma seguridad que resolvían sus asuntos en los despachos.
 
En el avión, mientras los demás dormían o veían películas, ella repasaba el parte meteorológico: viento, probabilidad de lluvia, temperatura… Todo perfecto. Los cinco ejecutivos que viajaban con ella querían afrontar el reto de la naturaleza y ella se lo iba a dar a lo grande, porque además, ellos pagaban y ella disfrutaba.
 
Aterrizó  y se levantó la primera, impaciente como estaba siempre que iba a comenzar una nueva aventura. Con el pelo revuelto y los ojos brillantes por la emoción, los fue reuniendo y sonrió para sí misma comprobando cómo esos fieros ejecutivos le obedecían como corderitos ignorantes cuando van de camino al matadero. El aire islandés les golpeó la cara como un latigazo de sal y hielo. Allí les esperaba otro guía local que ya había compartido con Elena excursiones anteriores. Tras recoger dos todoterreno de alquiler, emprendieron camino, primero por carreteras bien asfaltadas y finalmente por caminos de grava y tierra por donde ya era muy poco probable encontrarse con otros vehículos.
 
El vasto interior de Islandia, un territorio que parece arrancado de un sueño febril o, mejor dicho, de un set de Hollywood se extendía ante ellos. Viajaban en dos robustos Land Rover Defender modificados para terrenos extremos. El guía y amigo local de Elena conducía el primero y abría el camino, acompañado de uno de los ejecutivos y de todo el material necesario. En el otro coche le seguía Elena con el resto de ejecutivos. En poco tiempo dejaron atrás la Ring Road, la carretera circular que conecta toda Islandia por el exterior, y se adentraron en caminos irregulares de grava, tierra, charcos, piedras… Comenzaba el baile.
 
Ni Ernesto, el banquero de mirada analítica; ni Marco, el CEO carismático pero estresado; ni Lisa, la directora de marketing siempre con el teléfono en mano; ni Peter, el ingeniero escéptico; ni Sofía, la directora de recursos humanos y la más entusiasta del grupo… Ninguno de ellos había pisado un glaciar en su vida. Sus viajes "de aventura" se limitaban a conferencias en Dubái o retiros en los Alpes con spa incluido. Ahora, todo cambiaba de repente y la transición era abrupta.
 
En cuestión de minutos, el paisaje se transformó en algo irreconocible. Las carreteras interiores -pistas F, las llaman allí, como F208 o F35- son meros surcos en un mar de lava solidificada, cubiertos de polvo negro que se levanta en nubes asfixiantes. A ambos lados, campos de musgo verde fluorescente cubren rocas basálticas como una alfombra alienígena.
-Esto no puede ser la Tierra –comentó Marco, aferrándose al asiento mientras el todoterreno saltaba sobre los baches.
Y tenía razón. Islandia interior es un planeta ajeno: volcanes –unos dormidos y otros que despiertan cada pocos años- como un paisaje lunar, ríos de aguas bravas que serpentean entre grietas profundas, y un cielo que parece infinito, salpicado de nubes que se mueven con la velocidad de un huracán contenido. No es casualidad que directores de cine lo elijan como escenario para sus películas de ciencia ficción o fantasía.
-Mirad a la izquierda: Ese valle fue el escenario de “Interestelar”, donde Cooper aterrizaba en un mundo de hielo eterno. Y más adelante, en las tierras altas de Sprengisandur, rodaron escenas de “Juego de Tronos”. Más allá, Ridley Scott usó estos paisajes para “Prometheus”, porque ¿dónde más encuentras un lugar que parezca habitado por dioses indiferentes o extraterrestres hostiles? –les iba explicando Elena.
 
Los ejecutivos asentían boquiabiertos, mientras el Land Rover botaba sobre el terreno y el agua helada salpicaba despiadadamente el parabrisas. Lisa sacó su teléfono para grabar, pero la señal se había perdido hacía ya un buen rato.
-Esto es mejor que cualquier filtro de Instagram –comentó.
Y así se fueron acercando a Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa, un coloso de hielo que cubre el 8% de la isla como una armadura blanca y azul. El viento sempiterno azotaba el vehículo: un soplo constante, gélido, que se colaba por las rendijas y erizaba la piel incluso con las ventanillas cerradas.
-Abrigaos bien –les dijo Elena, señalando los trajes térmicos que guardaban en la parte trasera-. Aquí el viento no perdona; viene directo del Ártico.
 

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lunes, 12 de enero de 2026

Por encima del fuego (5)

Hacía apenas tres años que había entrado a trabajar en la editorial "Horizontes Libres", una editorial independiente especializada en libros de viajes, naturaleza y ficción inspirada en el mundo real. No era famoso, ni lo pretendía. Su nombre aparecía en letra pequeña en los créditos de los libros, un mero susurro entre las páginas que ilustraba con maestría. Trabajaba desde casa, su oficina un rincón soleado con una mesa de roble antigua, rodeada de lienzos en blanco y paletas de colores que evocaban los atardeceres que tanto amaba. Manejaba con soltura tanto los pinceles como los lápices y reflejaba con precisión escenas y paisajes para crear esas obras que llenaban de magia y color los libros. Su horario era un lujo que defendía con fervor: solo cuatro horas diarias dedicadas a los encargos de la editorial. En ese tiempo, creaba ilustraciones para todo tipo de libros: desde guías de senderismo que capturaban la majestuosidad de montañas nevadas, hasta novelas románticas donde sus dibujos daban vida a amores imposibles.
 
Esa mañana, una como tantas otras, David se sentó a su mesa con una taza de café humeante en la mano. El encargo del día era ilustrar una escena para un libro de aventuras en la selva amazónica: un explorador cruzando un río embravecido, con la vegetación exuberante envolviéndolo en un abrazo salvaje. Sus dedos, manchados de tinta perpetua, danzaban sobre el papel con una precisión intuitiva. Cada línea era una extensión de su ser, un puente entre su imaginación y la realidad que plasmaba. Mientras dibujaba, su mente vagaba por recuerdos de caminatas solitarias en parques cercanos, donde el susurro del viento en las hojas le inspiraba más que cualquier galería de arte urbana.
 
No era la primera vez que alguien le cuestionaba su estilo de vida. Su editor, Luis Luzán, un hombre de cincuenta años con gafas de montura gruesa, abundante pelo gris y un traje oscuro con su sempiterna corbata con el logotipo de la editorial, lo había llamado la semana anterior para felicitarlo por su último trabajo. "David, chico, tienes talento para llenar museos. ¿Por qué no aceptas más encargos? Podrías ganar el doble, el triple. Imagina: una casa más grande, viajes exóticos, fama en el circuito artístico". Luis era un avispado hombre de negocios, forjado en el mundo editorial en donde Marketing y Ventas dictaban el ritmo de la vida. Pero David, con su voz calmada y reflexiva, siempre respondía lo mismo: "¿Para qué quiero más dinero si luego no tengo tiempo de disfrutarlo?".
 
Era una filosofía que lo definía. El dinero, para él, era un medio, no un fin. Con lo que ganaba, cubría sus necesidades: el alquiler del amplio apartamento con vistas al río, lo elemental de su alimentación y vestuario, y algunas escapadas a la naturaleza en donde recargaba su inspiración. El resto del día era suyo, un vasto océano de libertad. Largos paseos para “ver la vida” como él decía, o bien sentarse tranquilamente a leer escritores románticos clásicos como Bécquer, Stendhal o, en general, cualquier otro de los que trasladan tu imaginación a un mundo de sentimientos.
 
Su vida era simple, sencilla, sin ambiciones. Se consideraba un privilegiado ya que hacía lo que más le gustaba, dibujar, y encima le pagaban por ello; pero siendo él su propio jefe, marcándose él los horarios, y dejando todo el tiempo del mundo para que su imaginación volara libre sin las ataduras de un horario laboral o compromisos de cualquier tipo.
 
Pero en el fondo, David anhelaba algo más profundo. Su sensibilidad lo hacía vulnerable a la soledad, a esa búsqueda de una conexión auténtica en un mundo obsesionado con apariencias. Soñaba con encontrar a alguien que entendiera su amor por lo simple, que compartiera su pasión por la aventura no como un espectáculo, sino como un viaje del alma.
 
Mientras terminaba su ilustración, David miró por la ventana. La ciudad se extendía como un tapiz vivo, lleno de historias no contadas. Sonrió para sí mismo, sintiendo una paz que pocos conocían. En ese momento, ignoraba que su vida tranquila estaba a punto de ser sacudida por vientos de aventura y amor, donde la fama acecharía como un depredador insaciable, y los verdaderos sentimientos tendrían que luchar por emerger de las sombras de las apariencias. No sabía que, en algún lugar remoto, Elena, con su espíritu indomable, trazaba caminos en mapas polvorientos, guiando expediciones que desafiaban los límites humanos. Sus mundos, tan distantes, estaban destinados a colisionar.
 

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domingo, 11 de enero de 2026

Por encima del fuego (4)

David se despertó con el primer rayo de sol filtrándose a través de las cortinas de lino que colgaban en su ventana, teñidas de un suave tono crema que recordaba las páginas envejecidas de un libro antiguo. Su apartamento junto al río Manzanares, en donde tiempo atrás rugía cada domingo el estadio Vicente Calderón, era un santuario de tranquilidad, algo así como un oasis en medio de esa gran urbe cosmopolita que es Madrid. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros ilustrados, pinceles de todos los estilos y tamaños y cuadernos de bocetos que rebosaban de ideas capturadas en carboncillo y acuarela. El aroma a café recién molido flotaba en el aire, mezclado con el sutil perfume de la tierra húmeda de las macetas que adornaban el balcón, donde un pequeño jardín urbano florecía y ejercía de contraste con la vida urbana.
 
Era un hombre de contrastes sutiles: alto, delgado, con hombros anchos de quien pasa horas inclinado sobre una mesa de dibujo. El cabello negro, ligeramente ondulado, le caía sobre la frente, y una barba de tres días le daba un aire de artista bohemio. A los veintiocho años, David Soler había encontrado un equilibrio que muchos envidiaban pero pocos comprendían. Su espíritu sensible se manifestaba en cada trazo de su lápiz que reflejaba con maestría la vida tal como la veía, pero también era capaz de reflejar con igual fidelidad los sentimientos. Era un joven de ojos profundos y oscuros, pero mirada tierna, que observaba el mundo con una curiosidad poética, como si cada detalle cotidiano fuera un secreto esperando ser revelado. Amable por naturaleza, siempre tenía una sonrisa genuina para el vecino del piso de abajo o para el repartidor que traía sus suministros de arte. Pero su verdadera pasión residía en la naturaleza y el arte, dos amantes inseparables que nutrían su alma. Recordaba con cariño las tardes de su infancia en el campo, donde corría alegre por prados verdes, dibujando flores silvestres y aves migratorias con crayones que su madre le regalaba en cumpleaños olvidados.
 
Sus padres seguían viviendo en un pequeño pueblo de Burgos, administrando las tierras que heredaron de sus abuelos, y no entendían cómo David podía vivir ahora en una ciudad tan caótica, habiendo pasado toda su infancia y juventud en aquél pueblo tranquilo, rodeado de naturaleza. David, riendo, les aclaraba que su apartamento estaba situado en una zona privilegiada de Madrid y les describía cómo eran muchas de esas tardes cuando salía a pasear por el parque lineal del Manzanares, insistiendo que Madrid también tiene sus rincones de paz, aunque ellos nunca venían a visitarlo, prefiriendo esperar a que él fuese a verlos de vez en cuando.
 
Y es que el parque lineal del Manzanares ha transformado lo que antaño era un triste “aprendiz de río”, un canal de aguas negras estancadas, en un enclave vibrante y lleno de vida. Ahora, el río Manzanares fluye con una corriente modesta pero cristalina, un hilo de agua limpia que serpentea a través de la ciudad. Sus riberas, antes desoladas, se han cubierto de vegetación, sauces y álamos que se mecen con la brisa, juncos que bordean el agua y flores silvestres que salpican de color el paisaje. La vida ha regresado con fuerza; los patos se deslizan plácidamente por la superficie del río, garzas reales planean con elegancia y pequeños pájaros revolotean entre los arbustos, llenando el aire con sus trinos. Este oasis urbano, flanqueado por senderos bien cuidados, se extiende durante más de siete kilómetros a ambos lados del río, ofreciendo un largo paseo que invita a los madrileños a desconectar del bullicio de la gran urbe.
 
David les contaba que sólo tenía que salir de su amplio apartamento en la Avenida del Manzanares para disfrutar de este enclave natural que le permitía desconectar del bullicio de la ciudad sin salir de ella. Así es como les describía una tarde cualquiera, de un día cualquiera:
 
“Son las cinco de la tarde, y el sol tiñe el cielo de tonos dorados y anaranjados, reflejándose en el río con destellos que parecen danzar. Con mi cuaderno de dibujo en la mano, camino por el sendero de grava, sintiendo el crujir bajo mis pies, mientras el aire fresco lleva consigo el aroma de la hierba húmeda y el murmullo del agua. A mi alrededor, el parque bulle de vida tranquila: una pareja pasea de la mano, un anciano lee en un banco, unos niños corren detrás de una cometa. Más adelante, un grupo de corredores pasa con ritmo constante, y una mujer pasea a su perro, que olfatea curioso entre los arbustos. Entonces voy y me detengo junto a un sauce, cerca de una curva del río donde el agua forma un pequeño remanso. Allí, un par de patos nada en círculos, y una garceta blanca picotea en la orilla. Saco mi cuaderno y un lápiz, y comienzo a esbozar la escena: las plumas brillantes de los patos, el reflejo del agua, la silueta de la garceta recortada contra la luz del atardecer. Voy así, sin prisas, capturando la calma del momento. De vez en cuando, alzo la vista otra vez para observar a las personas que pasean: un ciclista que pedalea sin prisa, una madre que empuja un carrito, dos amigos charlando animadamente. A veces, prefiero dibujar a alguno de ellos, como a un anciano que da de comer a las palomas o a un niño que da sus primeros balbuceos en una pequeña bicicleta a la que por primera vez le han quitado los ruedines. Y todo esto lo tengo al lado de casa, un pedazo de naturaleza en medio de la vida urbana. Y al igual que vosotros sois felices allá en la quietud del pueblo, yo encuentro aquí mi rincón diario de paz. Después, cuando ya el sol se está poniendo, me voy con mi cuaderno como siempre bajo el brazo, hasta el bar de la esquina, un sencillo local con mesas de madera y un toldo verde que da a la calle. Me siento a tomar una cerveza y espero –si es que no ha aparecido antes- a mi amigo Paco o a Benjamín. Allí hablamos de todo y nada, así es la vida: del último encargo que me ha hecho la editorial, de la última discusión absurda que tuvimos con Benjamín… son esas pequeñas cosas de la vida que aprendí a disfrutar cuando estaba en el pueblo y que –aunque parezca mentira- he conseguido mantener vivas aquí en Madrid. Como veis, esto no está tan mal, y yo sigo siendo el mismo que he sido siempre”.
 

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sábado, 10 de enero de 2026

Por encima del fuego (3)

En un mundo donde las apariencias a menudo eclipsan la verdad y la voracidad de los medios convierte las vidas en titulares, “Caminos de fuego” (que bien podría subtitularse “aventuras de una vida indómita”) emerge como un testimonio de la fuerza del amor auténtico y la pasión por vivir sin máscaras. Esta novela, nacida de la unión entre las palabras vibrantes de Elena Vargas y las ilustraciones evocadoras de David Soler, no es solo un relato de aventuras extremas por cumbres y volcanes, sino una exploración profunda de lo que significa amar en medio del caos, proteger la intimidad frente a la fama y encontrar belleza en las cicatrices, tanto físicas como emocionales.
 
A través de sus páginas, seguimos el viaje de Elena, una exploradora cuya vida está tejida con hilos de valentía y de riesgo, y David, un ilustrador cuya sensibilidad transforma el mundo en lienzos de verdad. Su amor, forjado en las montañas y puesto a prueba por el fuego –literal y figurado–, se convierte en el corazón de una historia que desafía las convenciones de la fama y la narrativa sensacionalista. Aquí, la aventura no es solo escalar picos o enfrentar volcanes; es también la valentía de ser vulnerable, de compartir un sueño y de mantenerse fiel a uno mismo cuando el mundo entero está mirando.
 
“Caminos de fuego” no pretende ser solo una novela; es un espejo donde los lectores pueden reflejar sus propias búsquedas de sentido, sus luchas por la autenticidad y sus anhelos de conexión. Cada página, cada trazo, invita a preguntarnos: ¿qué es lo que realmente importa cuando el ruido del mundo se desvanece? Para Elena y David, la respuesta es clara: el amor que resiste, el arte que perdura y el alma que ningún volcán puede deformar.
 
Adéntrate en esta historia con el corazón abierto, como quien sube una montaña sabiendo que el camino será arduo, pero que la vista desde la cima hará que todo valga la pena. Que “Caminos de fuego” te inspire a encontrar tu propio sendero, a dibujar tu propio mapa y a enfrentarte sin miedo al mundo que te rodea.
 

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viernes, 9 de enero de 2026

Por encima del fuego (2)

Hace unos años escribí un relato corto, apenas dos folios, relatando una historia de amor y aventura, de emoción y sentimientos. Esta pequeña historia la titulé: “Amor, por encima de todo” y se incluyó en mi libro de poemas “Arquitecto de emociones” dentro del capítulo titulado “La prosa de las emociones”. Y es que la prosa puede transmitir emociones y sentimientos al igual que lo hace la poesía.
 
Años después, volví a leer este relato y allí estaban sus personajes, seguían vivos y me gritaban que querían algo más: Dar a conocer todo lo que sucedió y que en apenas dos folios era imposible resumir. Algo en mi interior se despertó; escuché la voz de sus protagonistas y sentí cómo movían mi brazo para escribir esta novela que he titulado “Caminos de fuego”. Porque en realidad la vida es riesgo, por mucho que nos creamos a salvo en nuestro círculo urbano de confort; la vida es un camino de riesgo físico y de riesgo emocional. Caminamos por un sendero peligroso y constantemente jugamos con fuego sin ser conscientes de ello. Quizás esta novela, además de entretener –que ya es mucho- consiga conectar con el alma de los lectores y que, al menos por un momento, sean conscientes del enorme valor que tienen las pequeñas cosas dela vida.
 
Otro aspecto importante de esta novela es que, debido a mi trayectoria profesional en el mundo de la Comunicación y el Periodismo, he desentrañado ciertos aspectos del periodismo que para el público general son desconocidos; esto permitirá a los lectores aprender a leer no la noticia, sino lo que hay detrás de la noticia. Porque cuando constantemente nos bombardean con mensajes desde todos los medios de comunicación (que ahora, incluso, los llevamos 24 horas delante de nuestros ojos –léase “el móvil”-) y es necesario protegerse ante ese acoso, es imprescindible mirarlos con espíritu crítico para lograr que siempre sea nuestra razón y nuestro sentido común quienes sepan discernir qué parte de eso que nos llega es noticia y qué parte es manipulación.
 
Espero que la lectura “Caminos de fuego” os haga pasar un rato entretenido, os evada de esta vida cotidiana y os guíe a otros paisajes, pero también deseo que os vacune contra el asedio contante de los medios de comunicación: No olvidéis que vosotros tenéis el poder de tomar el mando de vuestra vida y marcar el camino que queréis seguir, aunque el fuego que gire a vuestro alrededor intente arrasar vuestra intimidad y vuestra capacidad de ser siempre vosotros mismos.
 

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jueves, 1 de enero de 2026

Del vodevil a la novela

Para empezar el año con buen humor vamos a hablar de la novela “Una boda y un armario”, una novela de humor absurdo y disparatado en el más puro estilo de un clásico vodevil.
 
En un apartamento del madrileño barrio de Argüelles en los años 70, un escritor tan imaginativo como disparatado convoca a sus dos mejores amigos para que sean testigos de lo que él llama “el gran experimento”. Y por su puerta desfilarán tres mujeres que ignoran cuál es el objetivo.
 
Entre timbrazos, armarios que cobran vida propia, y visitantes inesperados, su plan se desmorona en una sucesión de malentendidos y revelaciones sorprendentes. Porque cuando el amor se convierte en experimento, el resultado nunca es el previsto.
 
La novela “Una boda y un armario” forma parte del libro “Novelas escogidas”…
 

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martes, 30 de diciembre de 2025

Sombra y asfalto (y 5)

Pasó de nuevo por la cafetería, ahora cerrada a cal y canto. Las luces apagadas, las sillas apiladas, el cartel de “Cerrado” colgando torcido. Creyó ver en el cristal del escaparate el reflejo tímido y amable de la camarera —esa sonrisa fugaz—, pero solo fue el reflejo de un transeúnte que pasó a su lado, apresurado bajo un paraguas plegado.
 
El camino a casa le resultaba familiar, un laberinto de callejones que conocía de memoria: la panadería con su olor a hogaza recién horneada incluso a esas horas, el bar de la esquina donde los parroquianos jugaban al mus hasta altas horas, el portal de un vecino que siempre dejaba la radio encendida con coplas de Manolo Escobar. Se detuvo bajo la luz amarillenta de una farola, el halo iluminando su figura como un foco en un escenario vacío. Sin poder reprimirlo, sacó de su bolsillo interior un sobre alargado, arrugado por el manejo constante. Lo abrió con dedos que temblaban ligeramente —no por el frío, sino por algo más profundo— y extrajo el papel que contenía un informe médico y una jerga de términos incomprensibles que era fácil interpretar como una sentencia.
 
Lo leyó aunque ya se lo sabía de memoria. “Carcinoma avanzado… pronóstico reservado… meses, quizás semanas”. No entendía ni la mitad de las cosas que allí ponía —los médicos hablaban en un idioma propio, lleno de eufemismos y derivas como los electrocardiogramas—, pero sí era fácil comprender la conclusión final: su final estaba cerca. Así lo reflejaban los análisis, las palabras del doctor con su bata blanca y su voz compasiva: “Prepárese, señor. Disfrute el tiempo que le queda”.
 
Sintió que todo le daba igual. ¿Para qué luchar? ¿Para qué aferrarse? ¡Si no tenía a nadie! Estaba solo. Su mujer, esa compañera de toda una vida —con su risa contagiosa, sus manos suaves al preparar la cena, sus arrugas compartidas—, había muerto hacía ya unos cuantos años. Un infarto silencioso, en la cocina, mientras pelaba patatas. No tenía hijos —nunca llegaron, a pesar de los intentos y las promesas—, ni familiares cercanos, al menos ninguno próximo a su corazón. Un sobrino lejano en Valencia, una prima en Bilbao que enviaba postales en Navidad. ¿A quién le iba a importar que muriera? Nadie lo iba a extrañar en las reuniones familiares que nunca tuvo. Nadie lo echaría de menos en el banco del parque. Nadie lo recordaría más allá de un “pobre viejo” en una esquela olvidada.
 
Guardó el papel en el sobre con cuidado, como si fuera un tesoro amargo, y siguió caminando hacia su casa. El portal era un edificio antiguo, con escalera de madera y un ascensor antiguo. Sacó las llaves del bolsillo —un llavero con una foto desvaída de su mujer en la playa de Benidorm, sonriendo con el viento en el pelo— y al levantar la vista se vio frente al espejo del ascensor. NO había reparado antes ene llo, pero el espejo le devolvía la imagen de un hombre con una larga gabardina empapada, el cuello subido como un muro, el sombrero inclinado hacia delante ocultando el rostro en sombras. Apenas se vislumbraban los ojos, hundidos en órbitas oscuras. Era él, pero entonces sintió algo que le hizo estremecer: ¡Esa imagen le resultaba extrañamente familiar! No era solo verse a sí mismo, como cada noche al llegar. Era algo más profundo, como verse desde el exterior, como un espectador de su propia vida. Un déjà vu que le erizó los vellos de los brazos. Algo se encendió en su interior —una chispa de curiosidad, de maravilla— y le hizo pulsar de nuevo el botón de bajada del ascensor. Salió de nuevo de su casa y se dirigió, con pasos tambaleantes, hacia el escaparate de una librería junto al portal de su casa. La visitaba con frecuencia para abastecerse de lectura, un local estrecho pero acogedor con un nombre evocador: “Libros del Alama”. El dueño, un anciano como él pero con gafas de montura gruesa y una pasión por los clásicos, lo saludaba siempre con un “¿Qué tal hoy, amigo?”. Estaba cerrada, pero el escaparate iluminado por un foco tenue exhibía las novedades.
 
Se acercó, el aliento empañando el cristal frío. Miró con detenimiento los libros expuestos: novelas policíacas con portadas atractivas, ensayos filosóficos con títulos pretenciosos, poemarios de autores locales. Y entonces surgió la sorpresa, un golpe al corazón que lo dejó sin aliento: allí había un libro que se titulaba “El hombre de las sombras”, de una tal Neus B.G. La portada era una fotografía en blanco y negro, tomada bajo la lluvia: la figura de un hombre caminando por un parque, con una larga gabardina con el cuello subido, un sombrero inclinado tapándole el rostro, y el fondo borroso de árboles y farolas. ¡Era él mismo! ¡Él mismo aquella misma noche!
 
El corazón le latió con fuerza, un tambor desbocado. Se acercó más, la nariz casi tocando el cristal. La imagen era idéntica, parecía como si le hubiesen fotografiado: el andar encorvado, la gabardina arrugada, el mismo sombrero. ¿Cómo era posible? ¿Quién era esa Neus B.G.? ¿Lo había seguido? ¿Lo había fotografiado sin que se diera cuenta en alguno de sus paseos solitarios al anochecer? La sinopsis en la contraportada hablaba de un hombre solitario, deambulando por Madrid, contemplando estrellas y recuerdos, enfrentando el final con una revelación que lo cambiaba todo.
 
Fue entonces cuando sintió que ya no estaría solo. Que, cuando se hubiese marchado de este mundo —cuando su luz se apagara como cualquiera de esas estrellas lejanas que nos parecen inmortales—, habría muchas personas que le recordarían. Todos los lectores de aquel libro: extraños en metros abarrotados, en camas de hospital, en cafés como el suyo. Ellos verían su silueta en la portada, leerían sus pensamientos bajo las estrellas, sentirían su soledad y su chispa infantil. Mantendrían viva su memoria, como su padre había predicho. Su luz seguiría viajando, llegando a corazones desconocidos, brillando en recuerdos ajenos.
 
Una lágrima rodó por su mejilla arrugada, cálida contra el frío de la noche. Sonrió, una sonrisa genuina por primera vez en años. Guardó las llaves, dio media vuelta y caminó de nuevo hacia el parque. Mañana compraría el libro. Mañana empezaría a leer su propia historia. Y mientras tanto, las estrellas —vivas o muertas— lo seguirían mirando como testigos eternos de un hombre que, al fin, había encontrado su propio eco en el universo.

FIN
 

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lunes, 29 de diciembre de 2025

Sombra y asfalto (4)

Allí seguía, tumbado en el claro del parque, sobre la hierba que se adhería a su gabardina como un recordatorio pegajoso de la realidad. La humedad ya había traspasado la ya inútil protección de la gabardina… pero no le importaba. Ni el frío que se colaba por los puños, ni el olor a musgo y hojas que impregnaba el aire. Su vista y sus pensamientos se perdían en las estrellas, que cada vez ocupaban más espacio en el cielo conforme la oscuridad de la noche se volvía más intensa. Y en esa profunda oscuridad la luz de las estrellas revelaba un tapiz infinito de puntos luminosos: la Osa Mayor con su carro eterno, Casiopea en su trono, y miles de anónimas galaxias que parpadeaban con timidez.
 
Ya habían pasado muchos años. Demasiados. Ahora él era tan viejo como aquel padre que recordaba con cariño, con su voz grave y ojos que brillaban al contar historias en el porche de la casa del pueblo. Se tocó el rostro con dedos temblorosos, cerciorándose de los surcos que la edad había tallado como cicatrices invisibles: arrugas profundas alrededor de los ojos, surcos en las mejillas, la piel floja bajo la barbilla. Eran mapas de una vida larga, de risas apagadas, de lágrimas secas, de noches en vela. Se llevó la mano a la cabeza, palpando los mechones escasos y grises que asomaban bajo el sombrero. De su antigua cabellera que mostraba con orgullo durante su Juventus, solo quedaban pequeños recuerdos, unos mechones blancos como símbolo de banderas blancas de rendición.
 
Miró de nuevo al cielo, y en el silencio absoluto de la noche —roto solo por el crujido ocasional de una rama o el susurro de las hojas— fue capaz de escuchar los latidos de su propio corazón. Thump-thump. Thump-thump. Regulares, insistentes, como un tambor lejano en una procesión. Le decían que estaba vivo. Que, a pesar del cuerpo envejecido, su alma seguía siendo joven e inmadura, un niño atrapado en un cascarón frágil. Seguía soñando con aventuras que nunca emprendió, con amores que se escaparon entre los dedos, con palabras no dichas. Mas no había allí nadie que le confirmara lo que había de cierto o errado en sus pensamientos. Nadie para decirle: “Sí, viejo, aún hay fuego en ti”. Solo tenía como compañeras a las estrellas, mudos testigos de su introspección.
 
Se levantó lentamente, con un lev gemido que escapó de sus labios al incorporarse. Las rodillas protestaron, la espalda le avisó con un pinchazo agudo, y tuvo que apoyarse en un árbol cercano para equilibrarse. El parque estaba desierto: bancos vacíos, senderos mudos, solo el eco de sus pasos en la tierra mojada. Regresó a casa con parsimonia, cada paso un esfuerzo calculado. La lluvia era pasado, pero el suelo encharcado le recordaba que todo lo sentido y vivido aquella tarde era real: el café olvidado en la mesa mientras su mente divagaba entre las páginas de un libro, la camarera tímida que le avisó de la hora del cierre, su presencia ocupando un espacio perenne y movible en este mundo…
 

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domingo, 28 de diciembre de 2025

Sombra y asfalto (3)

La oscuridad se había adueñado de Madrid con la sutileza de un velo negro. Las calles, aún brillantes por la lluvia reciente, reflejaban las luces de las farolas en charcos que parecían espejos rotos. La tranquilidad de la noche era casi palpable: el bullicio diurno —cláxones, vendedores ambulantes, el trasiego de la gente por la calle— había dado paso a un silencio roto solo por el goteo ocasional de un canalón o el ladrido lejano de un perro. Los pocos ciudadanos que quedaban se dirigían a sus hogares: un matrimonio mayor cogido del brazo, un grupo de jóvenes riendo bajo un paraguas compartido, una madre con un niño dormido en brazos. Apuraban los últimos minutos del día con sus seres queridos, antes de caer en el sueño profundo que restauraba el alma.
 
Y él, un hombre perdido entre las sombras, deambulaba sin rumbo concreto. Su gabardina chorreaba aún gotas residuales, y el sombrero goteaba sobre sus hombros. No tenía prisa; ¿para qué? Su apartamento —un pisito estrecho en el Madrid antiguo, con paredes deslucidas y una cama que se había amoldado a su cuerpo— podía esperar. Siguió caminando sin tener noción del tiempo ni a dónde se dirigía. Guiado por el inconsciente, como un sonámbulo, se adentró en un parque cercano: el Parque del Oeste, con sus senderos serpenteantes y bancos de madera ahora vacíos por lo avanzado de la hora y la humedad reinante. Ya había dejado de llover, pero el aroma de la tierra mojada se extendía por todos los rincones: húmedo, terroso, con un toque de pino y hojas descompuestas. Los pequeños riachuelos improvisados por la reciente lluvia, danzaban entre los árboles, serpenteando por el césped empapado, y la tierra se hundía bajo sus zapatos a cada paso, dejando huellas que la noche pronto ocultaría.
 
Las noches tenían una esencia especial, casi mágica. Con ellas llegaba una calma que el día negaba: el tráfico se apagaba, las preocupaciones se diluían en la negrura, y el cielo se convertía en un lienzo infinito. Al llegar a un pequeño claro —un círculo de hierba rodeado de cedros centenarios—, se arrodilló con dificultad y se recostó boca arriba sobre la hierba aún mojada, ignorando el frío y la humedad que se filtraban a través de la gabardina. Miró el cielo. Las nubes se habían marchado. Sobre él un inmenso manto negro salpicado de estrellas: pequeñas motitas de luz que parpadeaban como ojos distantes. Le gustaba contarlas, una a una, como un ritual infantil que nunca había abandonado. Una, dos, tres… hasta perder la cuenta en las constelaciones. “Allí está Venus, ese otro es Marte”, se decía, tratando de distinguir los planetas visibles a simple vista de las estrellas. Parecía imposible pensar que algunas de aquellas estrellas ya habían muerto hacía eones. Explotado en supernovas, consumidas en su propio fuego, pero su luz seguía viajando a través del vacío, llegando a la Tierra millones de años después. Era un recordatorio cruel y hermoso: nada dura para siempre, pero el eco persiste.
 
Una sonrisa triste iluminó su rostro arrugado, suavizando las líneas por un instante. Pensó en su padre, en las noches de verano en el pueblo, cuando era niño. Sentados en el porche, con el olor a jazmín y el canto de los grillos, su padre señalaba el cielo: “Mira, hijo. Como las estrellas, las personas nunca mueren del todo. Mientras quede alguien que nos recuerde, nuestra luz sigue brillando en sus corazones y recuerdos”.
 
Y estaba seguro de que no se equivocaba. Porque la luz de su padre —ese hombre maravilloso, con manos callosas de labrador y una risa que llenaba habitaciones— aún brillaba en su corazón. Jamás moriría mientras él la llevara consigo. Bajo las estrellas, sobre la hierba húmeda, cerró los ojos. La noche lo envolvía, y por un momento, el frío no importó.
 

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sábado, 27 de diciembre de 2025

Sombra y asfalto (2)

La cafetería “El Rincón Olvidado” era uno de esos lugares que parecían haber nacido con la ciudad misma, enclavada en un callejón adoquinado del viejo Madrid, entre una librería de libros de segunda mano y una sombrerería que desafiaba el paso del tiempo y de las modas. Sus paredes, cubiertas de cientos de cuadros con fotografías de personajes famosos que un día tomaron allí un café, guardaban el eco de miles de conversaciones susurradas: amantes que se citaban a escondidas, jubilados que jugaban al dominó hasta la hora del cierre, y solitarios como él, que buscaban refugio en el vapor de un café y en las páginas de un libro.
 
Aquella tarde de invierno, la lluvia golpeaba los cristales con la insistencia de un tambor desafinado, y el local estaba casi vacío. Solo quedaba él, sentado junto a la ventana, con una taza humeante que ya no humeaba tanto. El café —un cortado fuerte, sin azúcar, como siempre— descansaba olvidado en la pequeña mesa contigua, un círculo de madera rayada por años de posavasos descuidados. Su aroma, intenso y amargo, con notas de achicoria y un leve toque tostado, se elevaba en espirales perezosas hacia el techo artesonado, donde se desvanecía antes de tocar las vigas ennegrecidas por el humo de cigarrillos pasados. La taza seguía frente a él, apenas si había tomado un sorbo, pero no le importaba. El café era solo una excusa para estar allí, para ocupar un espacio en el mundo sin tener que interactuar con él.
 
Sentado en la vieja silla de madera que crujía bajo su peso, observó por un instante el cristal empañado. La lluvia había pintado formas abstractas: líneas finas que se entrecruzaban como venas, gotas que se deslizaban lentas y caprichosas, borrando el exterior en un velo borroso. Apenas distinguía siluetas: transeúntes acurrucados bajo paraguas negros, apresurados por el callejón, sus abrigos chorreando agua que salpicaba los charcos. Madrid en invierno era así: gris, húmedo, implacable. Los “expertos” del barrio —el quiosquero de la esquina, la dueña de la panadería— afirmaban rotundamente que este era el invierno más frío en décadas. “¡Peor que el del 56!”, decían, mientras vendían castañas asadas envueltas en papel de periódico. A él apenas le importaba. El frío exterior no era nada comparado con el que llevaba dentro, un vacío que ningún abrigo podía mitigar.
 
Su aspecto no ayudaba a pasar desapercibido, aunque eso era precisamente lo que buscaba: ocultarse. Una larga gabardina beige, con los puños doblados y el cuello siempre levantado como un escudo, cubría su figura encorvada. El sombrero —un fedora negro comprado años atrás en aquella misma sombrerería— ocultaba su rostro arrugado, surcado por líneas que contaban más historias que cualquier libro. Bajo el ala ancha, sus ojos, de un azul desvaído como el cielo de tormenta, se perdían en las páginas de un grueso tomo que siempre lo acompañaba: Cien años de soledad de García Márquez, releído por enésima vez. Intentaba evadirse, sumergirse en Macondo para olvidar el Macondo que era su propia vida. Un mundo que no lo entendía, ni pretendía que lo hicieran. ¿Para qué? La soledad era su compañera fiel, la única que no preguntaba, no juzgaba.
 
La camarera —una chica joven, de unos veinte años, con delantal blanco y moño recogido— se acercó tímidamente, casi con miedo. Sus pasos eran vacilantes sobre el suelo de baldosas que podrían contar miles de historias, y llevaba un trapo en la mano, retorciéndolo como si fuera un salvavidas. Él sabía por qué: su presencia intimidaba. No era agresivo, no; era el aura de misterio, de aislamiento autoimpuesto. “El señor del sombrero”, lo llamaban en voz baja los habituales.
—Disculpe, señor… ya es hora de cerrar —murmuró ella, con voz temblorosa, deteniéndose a una distancia prudente. Sus ojos bajaron al suelo, evitando los suyos.
Él levantó la mirada del libro, parpadeando como si emergiera de un sueño. Alrededor, la cafetería estaba desierta: sillas apiladas sobre las mesas, el mostrador limpio, las luces fluorescentes parpadeando con un zumbido cansado. Era el único cliente. Con un gesto caballeroso, casi anticuado, se quitó levemente el sombrero, dejando a la vista por un momento sus desenmarañados rizos grises. Eran el recuerdo de una cabellera que en su juventud había sido la envidia de amigos: espesa, ondulada, de un castaño vivo que brillaba bajo el sol. Ahora, solo quedaban mechones rebeldes, salpicados de blanco, pegados a la frente por la humedad.
—Perdóneme, señorita —dijo con voz ronca, pero suave, como papel de lija envuelto en terciopelo—. El tiempo vuela cuando uno lee.
Se levantó con poca facilidad, su viejo cuerpo protestando con crujidos en las rodillas y un pinchazo en la espalda. Apoyó una mano en la mesa para equilibrarse, dejando el libro abierto sobre la silla. Pagó con un billete arrugado —demasiado, como siempre, dejando una propina generosa que la camarera aceptó con un rubor— y se adentró en la noche, arrastrando los pies por los callejones del centro.
 

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