martes, 13 de enero de 2026

Por encima del fuego (6)

Elena se despertó antes de que el sol rozara los ventanales de su pequeño apartamento en la Avenida de América. Madrid aún dormía y apenas unos pocos coches madrugadores circulaban por las calles, pero ella ya tenía la mochila preparada: cuerdas, crampones, un frontal con pilas nuevas y la documentación a mano. El vuelo a Reikiavik salía a las siete; de allí, un todoterreno la llevaría al glaciar Vatnajökull, donde guiaría a cinco ejecutivos que pagaban fortunas por “desconectar”.  Bajó las escaleras con la agilidad de quien ha corrido cuestas desde niña. En el portal, se cruzó con un vecino que, con su traje impecable y su portafolio en la mano, se dirigía a su oficina como todos los días.
-¿Otra vez te vas, Elena?
Ella sonrió y le hizo un gesto de despedida sin detenerse. En realidad no era una despedida sino un hasta luego... como siempre.
 
En el aeropuerto, en el punto acordado, fueron llegando los ejecutivos que habían contratado sus servicios para esta expedición. Cuando estuvieron todos, Elena les avisó:
-Vamos a caminar sobre un río de hielo que lleva milenios moviéndose. Si alguien se caga encima, que lo diga ahora y le devuelvo el dinero.
Uno de ellos, un directivo de banca con reloj de oro, soltó una risita nerviosa, procurando que no se le notase mucho; en realidad, todos creían que una aventura extrema en la naturaleza la podrían solventar con la misma seguridad que resolvían sus asuntos en los despachos.
 
En el avión, mientras los demás dormían o veían películas, ella repasaba el parte meteorológico: viento, probabilidad de lluvia, temperatura… Todo perfecto. Los cinco ejecutivos que viajaban con ella querían afrontar el reto de la naturaleza y ella se lo iba a dar a lo grande, porque además, ellos pagaban y ella disfrutaba.
 
Aterrizó  y se levantó la primera, impaciente como estaba siempre que iba a comenzar una nueva aventura. Con el pelo revuelto y los ojos brillantes por la emoción, los fue reuniendo y sonrió para sí misma comprobando cómo esos fieros ejecutivos le obedecían como corderitos ignorantes cuando van de camino al matadero. El aire islandés les golpeó la cara como un latigazo de sal y hielo. Allí les esperaba otro guía local que ya había compartido con Elena excursiones anteriores. Tras recoger dos todoterreno de alquiler, emprendieron camino, primero por carreteras bien asfaltadas y finalmente por caminos de grava y tierra por donde ya era muy poco probable encontrarse con otros vehículos.
 
El vasto interior de Islandia, un territorio que parece arrancado de un sueño febril o, mejor dicho, de un set de Hollywood se extendía ante ellos. Viajaban en dos robustos Land Rover Defender modificados para terrenos extremos. El guía y amigo local de Elena conducía el primero y abría el camino, acompañado de uno de los ejecutivos y de todo el material necesario. En el otro coche le seguía Elena con el resto de ejecutivos. En poco tiempo dejaron atrás la Ring Road, la carretera circular que conecta toda Islandia por el exterior, y se adentraron en caminos irregulares de grava, tierra, charcos, piedras… Comenzaba el baile.
 
Ni Ernesto, el banquero de mirada analítica; ni Marco, el CEO carismático pero estresado; ni Lisa, la directora de marketing siempre con el teléfono en mano; ni Peter, el ingeniero escéptico; ni Sofía, la directora de recursos humanos y la más entusiasta del grupo… Ninguno de ellos había pisado un glaciar en su vida. Sus viajes "de aventura" se limitaban a conferencias en Dubái o retiros en los Alpes con spa incluido. Ahora, todo cambiaba de repente y la transición era abrupta.
 
En cuestión de minutos, el paisaje se transformó en algo irreconocible. Las carreteras interiores -pistas F, las llaman allí, como F208 o F35- son meros surcos en un mar de lava solidificada, cubiertos de polvo negro que se levanta en nubes asfixiantes. A ambos lados, campos de musgo verde fluorescente cubren rocas basálticas como una alfombra alienígena.
-Esto no puede ser la Tierra –comentó Marco, aferrándose al asiento mientras el todoterreno saltaba sobre los baches.
Y tenía razón. Islandia interior es un planeta ajeno: volcanes –unos dormidos y otros que despiertan cada pocos años- como un paisaje lunar, ríos de aguas bravas que serpentean entre grietas profundas, y un cielo que parece infinito, salpicado de nubes que se mueven con la velocidad de un huracán contenido. No es casualidad que directores de cine lo elijan como escenario para sus películas de ciencia ficción o fantasía.
-Mirad a la izquierda: Ese valle fue el escenario de “Interestelar”, donde Cooper aterrizaba en un mundo de hielo eterno. Y más adelante, en las tierras altas de Sprengisandur, rodaron escenas de “Juego de Tronos”. Más allá, Ridley Scott usó estos paisajes para “Prometheus”, porque ¿dónde más encuentras un lugar que parezca habitado por dioses indiferentes o extraterrestres hostiles? –les iba explicando Elena.
 
Los ejecutivos asentían boquiabiertos, mientras el Land Rover botaba sobre el terreno y el agua helada salpicaba despiadadamente el parabrisas. Lisa sacó su teléfono para grabar, pero la señal se había perdido hacía ya un buen rato.
-Esto es mejor que cualquier filtro de Instagram –comentó.
Y así se fueron acercando a Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa, un coloso de hielo que cubre el 8% de la isla como una armadura blanca y azul. El viento sempiterno azotaba el vehículo: un soplo constante, gélido, que se colaba por las rendijas y erizaba la piel incluso con las ventanillas cerradas.
-Abrigaos bien –les dijo Elena, señalando los trajes térmicos que guardaban en la parte trasera-. Aquí el viento no perdona; viene directo del Ártico.
 

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