El primer día fue suave: crampones, cuerdas fijas, fotos
para Instagram. El segundo, la tormenta. El viento aullaba como un lobo herido;
la visibilidad, cero. Elena iba en cabeza, tanteando el terreno con el piolet.
-¡Cuerda tensa! -gritó.
Detrás, el banquero resbaló. Cayó de rodillas, jadeando.
-No puedo… -balbuceó.
Elena se agachó a su lado.
-Mírame. Respira. Ahora ponte de pie. -Él obedeció, temblando. Ella le ajustó el arnés con dedos rápidos, precisos-. Esto no es una reunión de consejo -le dijo-. Aquí no hay PowerPoint que te salve. Solo tú y el hielo.
El hombre tragó saliva. Asintió. Siguieron. Al tercer día, el grupo estaba roto: ampollas, lágrimas, algún grito ahogado. Pero también risas. El banquero, que al principio se quejaba de todo, ahora caminaba en silencio, concentrado. Cuando llegaron al borde de una grieta azul turquesa, él se detuvo.
-Es… precioso -murmuró. Elena sonrió.
-Bienvenido al mundo real. Este es el planeta en el que vives, no tu oficina.
De regreso al hotel, cuando el confort del coche les
despertó de su éxtasis, se podía ver en sus caras una expresión distinta, unos
rostros transformados con una mirada más inocente, más humilde.
-Volveré a la oficina renovado –dijo Marco, expresando fielmente el sentir de todos sus compañeros.
Y es que en Islandia, la aventura no es solo un viaje; es un despertar. Y Vatnajökull, con su soledad estremecedora te recuerda que allí la fantasía es solo el comienzo de lo real.
De vuelta en Madrid, cinco días después, Elena abrió la
puerta de su apartamento. Olía a cerrado. Dejó la mochila en el suelo, se
descalzó y se tiró en el sofá. El móvil vibraba: mensajes de los
ejecutivos. “Gracias, Elena. He
aprendido más en cuatro días que en cuatro años de MBA.” “¿Cuándo es la próxima?”. Ella respondió con un emoji de montaña y se
fue a la ducha. El agua caliente le quitó el frío de los huesos. En la cocina, abrió el portátil. Tenía un
artículo pendiente para la revista “Aventura Extrema”. Tecleó rápido, como
siempre: “El miedo no es el enemigo. El enemigo es creerte invencible. En el
glaciar, vi a un hombre de traje caro descubrir que sus límites no estaban en
los números, sino en las suelas de sus botas. Y cuando cruzó la grieta, no lo
hizo por mí. Lo hizo por él.” Guardó el
borrador. Miró por la ventana: Madrid, con sus luces y su ruido.
Y al día siguiente tendría que volar a la selva del
Darién. Se acostó vestida. Soñó con raíces que se enredaban en sus tobillos y con
un río que cantaba su nombre. A las
cuatro de la mañana, sonó el despertador. Se levantó, se puso las botas, cerró
la puerta sin hacer ruido. En el
aeropuerto, una niña la miró con asombro al ver su atuendo:
-¿Tú eres exploradora? -preguntó.
Elena se agachó.
-Soy guía. Pero sí, exploro.
-¿Y no tienes miedo?
-Claro que sí. El miedo es mi brújula.
La niña sonrió. Elena le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud.
En el avión, cerró los ojos. Pensó en su pequeño pueblo
perdido entre las montañas de Cantabria, en las vacas que pastaban entre niebla
en inmensas laderas verdes, en su madre Isabel contando historias de lobos, en
su padre Agustín enseñándole a leer mapas y descubrir senderos en las montañas.
Pensó en su hermana mayor, Sandra, que ahora firmaba contratos en un despacho de
abogados con vistas a la Gran Vía.
Sonrió. “Cada uno elige su
selva”, pensó, y ella ya había elegido la suya.
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-¡Cuerda tensa! -gritó.
Detrás, el banquero resbaló. Cayó de rodillas, jadeando.
-No puedo… -balbuceó.
Elena se agachó a su lado.
-Mírame. Respira. Ahora ponte de pie. -Él obedeció, temblando. Ella le ajustó el arnés con dedos rápidos, precisos-. Esto no es una reunión de consejo -le dijo-. Aquí no hay PowerPoint que te salve. Solo tú y el hielo.
El hombre tragó saliva. Asintió. Siguieron. Al tercer día, el grupo estaba roto: ampollas, lágrimas, algún grito ahogado. Pero también risas. El banquero, que al principio se quejaba de todo, ahora caminaba en silencio, concentrado. Cuando llegaron al borde de una grieta azul turquesa, él se detuvo.
-Es… precioso -murmuró. Elena sonrió.
-Bienvenido al mundo real. Este es el planeta en el que vives, no tu oficina.
-Volveré a la oficina renovado –dijo Marco, expresando fielmente el sentir de todos sus compañeros.
Y es que en Islandia, la aventura no es solo un viaje; es un despertar. Y Vatnajökull, con su soledad estremecedora te recuerda que allí la fantasía es solo el comienzo de lo real.
-¿Tú eres exploradora? -preguntó.
Elena se agachó.
-Soy guía. Pero sí, exploro.
-¿Y no tienes miedo?
-Claro que sí. El miedo es mi brújula.
La niña sonrió. Elena le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud.
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