domingo, 11 de enero de 2026

Por encima del fuego (4)

David se despertó con el primer rayo de sol filtrándose a través de las cortinas de lino que colgaban en su ventana, teñidas de un suave tono crema que recordaba las páginas envejecidas de un libro antiguo. Su apartamento junto al río Manzanares, en donde tiempo atrás rugía cada domingo el estadio Vicente Calderón, era un santuario de tranquilidad, algo así como un oasis en medio de esa gran urbe cosmopolita que es Madrid. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros ilustrados, pinceles de todos los estilos y tamaños y cuadernos de bocetos que rebosaban de ideas capturadas en carboncillo y acuarela. El aroma a café recién molido flotaba en el aire, mezclado con el sutil perfume de la tierra húmeda de las macetas que adornaban el balcón, donde un pequeño jardín urbano florecía y ejercía de contraste con la vida urbana.
 
Era un hombre de contrastes sutiles: alto, delgado, con hombros anchos de quien pasa horas inclinado sobre una mesa de dibujo. El cabello negro, ligeramente ondulado, le caía sobre la frente, y una barba de tres días le daba un aire de artista bohemio. A los veintiocho años, David Soler había encontrado un equilibrio que muchos envidiaban pero pocos comprendían. Su espíritu sensible se manifestaba en cada trazo de su lápiz que reflejaba con maestría la vida tal como la veía, pero también era capaz de reflejar con igual fidelidad los sentimientos. Era un joven de ojos profundos y oscuros, pero mirada tierna, que observaba el mundo con una curiosidad poética, como si cada detalle cotidiano fuera un secreto esperando ser revelado. Amable por naturaleza, siempre tenía una sonrisa genuina para el vecino del piso de abajo o para el repartidor que traía sus suministros de arte. Pero su verdadera pasión residía en la naturaleza y el arte, dos amantes inseparables que nutrían su alma. Recordaba con cariño las tardes de su infancia en el campo, donde corría alegre por prados verdes, dibujando flores silvestres y aves migratorias con crayones que su madre le regalaba en cumpleaños olvidados.
 
Sus padres seguían viviendo en un pequeño pueblo de Burgos, administrando las tierras que heredaron de sus abuelos, y no entendían cómo David podía vivir ahora en una ciudad tan caótica, habiendo pasado toda su infancia y juventud en aquél pueblo tranquilo, rodeado de naturaleza. David, riendo, les aclaraba que su apartamento estaba situado en una zona privilegiada de Madrid y les describía cómo eran muchas de esas tardes cuando salía a pasear por el parque lineal del Manzanares, insistiendo que Madrid también tiene sus rincones de paz, aunque ellos nunca venían a visitarlo, prefiriendo esperar a que él fuese a verlos de vez en cuando.
 
Y es que el parque lineal del Manzanares ha transformado lo que antaño era un triste “aprendiz de río”, un canal de aguas negras estancadas, en un enclave vibrante y lleno de vida. Ahora, el río Manzanares fluye con una corriente modesta pero cristalina, un hilo de agua limpia que serpentea a través de la ciudad. Sus riberas, antes desoladas, se han cubierto de vegetación, sauces y álamos que se mecen con la brisa, juncos que bordean el agua y flores silvestres que salpican de color el paisaje. La vida ha regresado con fuerza; los patos se deslizan plácidamente por la superficie del río, garzas reales planean con elegancia y pequeños pájaros revolotean entre los arbustos, llenando el aire con sus trinos. Este oasis urbano, flanqueado por senderos bien cuidados, se extiende durante más de siete kilómetros a ambos lados del río, ofreciendo un largo paseo que invita a los madrileños a desconectar del bullicio de la gran urbe.
 
David les contaba que sólo tenía que salir de su amplio apartamento en la Avenida del Manzanares para disfrutar de este enclave natural que le permitía desconectar del bullicio de la ciudad sin salir de ella. Así es como les describía una tarde cualquiera, de un día cualquiera:
 
“Son las cinco de la tarde, y el sol tiñe el cielo de tonos dorados y anaranjados, reflejándose en el río con destellos que parecen danzar. Con mi cuaderno de dibujo en la mano, camino por el sendero de grava, sintiendo el crujir bajo mis pies, mientras el aire fresco lleva consigo el aroma de la hierba húmeda y el murmullo del agua. A mi alrededor, el parque bulle de vida tranquila: una pareja pasea de la mano, un anciano lee en un banco, unos niños corren detrás de una cometa. Más adelante, un grupo de corredores pasa con ritmo constante, y una mujer pasea a su perro, que olfatea curioso entre los arbustos. Entonces voy y me detengo junto a un sauce, cerca de una curva del río donde el agua forma un pequeño remanso. Allí, un par de patos nada en círculos, y una garceta blanca picotea en la orilla. Saco mi cuaderno y un lápiz, y comienzo a esbozar la escena: las plumas brillantes de los patos, el reflejo del agua, la silueta de la garceta recortada contra la luz del atardecer. Voy así, sin prisas, capturando la calma del momento. De vez en cuando, alzo la vista otra vez para observar a las personas que pasean: un ciclista que pedalea sin prisa, una madre que empuja un carrito, dos amigos charlando animadamente. A veces, prefiero dibujar a alguno de ellos, como a un anciano que da de comer a las palomas o a un niño que da sus primeros balbuceos en una pequeña bicicleta a la que por primera vez le han quitado los ruedines. Y todo esto lo tengo al lado de casa, un pedazo de naturaleza en medio de la vida urbana. Y al igual que vosotros sois felices allá en la quietud del pueblo, yo encuentro aquí mi rincón diario de paz. Después, cuando ya el sol se está poniendo, me voy con mi cuaderno como siempre bajo el brazo, hasta el bar de la esquina, un sencillo local con mesas de madera y un toldo verde que da a la calle. Me siento a tomar una cerveza y espero –si es que no ha aparecido antes- a mi amigo Paco o a Benjamín. Allí hablamos de todo y nada, así es la vida: del último encargo que me ha hecho la editorial, de la última discusión absurda que tuvimos con Benjamín… son esas pequeñas cosas de la vida que aprendí a disfrutar cuando estaba en el pueblo y que –aunque parezca mentira- he conseguido mantener vivas aquí en Madrid. Como veis, esto no está tan mal, y yo sigo siendo el mismo que he sido siempre”.
 

Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1

No hay comentarios: