David se despertó con el primer rayo de sol filtrándose a
través de las cortinas de lino que colgaban en su ventana, teñidas de un suave
tono crema que recordaba las páginas envejecidas de un libro antiguo. Su
apartamento junto al río Manzanares, en donde tiempo atrás rugía cada domingo el
estadio Vicente Calderón, era un santuario de tranquilidad, algo así como un
oasis en medio de esa gran urbe cosmopolita que es Madrid. Las paredes estaban
cubiertas de estanterías repletas de libros ilustrados, pinceles de todos los
estilos y tamaños y cuadernos de bocetos que rebosaban de ideas capturadas en
carboncillo y acuarela. El aroma a café recién molido flotaba en el aire,
mezclado con el sutil perfume de la tierra húmeda de las macetas que adornaban
el balcón, donde un pequeño jardín urbano florecía y ejercía de contraste con
la vida urbana.
Era un hombre de contrastes sutiles: alto, delgado, con
hombros anchos de quien pasa horas inclinado sobre una mesa de dibujo. El cabello
negro, ligeramente ondulado, le caía sobre la frente, y una barba de tres días
le daba un aire de artista bohemio. A los veintiocho años, David Soler había
encontrado un equilibrio que muchos envidiaban pero pocos comprendían. Su
espíritu sensible se manifestaba en cada trazo de su lápiz que reflejaba con
maestría la vida tal como la veía, pero también era capaz de reflejar con igual
fidelidad los sentimientos. Era un joven de ojos profundos y oscuros, pero
mirada tierna, que observaba el mundo con una curiosidad poética, como si cada
detalle cotidiano fuera un secreto esperando ser revelado. Amable por
naturaleza, siempre tenía una sonrisa genuina para el vecino del piso de abajo
o para el repartidor que traía sus suministros de arte. Pero su verdadera
pasión residía en la naturaleza y el arte, dos amantes inseparables que nutrían
su alma. Recordaba con cariño las tardes de su infancia en el campo, donde
corría alegre por prados verdes, dibujando flores silvestres y aves migratorias
con crayones que su madre le regalaba en cumpleaños olvidados.
Sus padres seguían viviendo en un pequeño pueblo de
Burgos, administrando las tierras que heredaron de sus abuelos, y no entendían
cómo David podía vivir ahora en una ciudad tan caótica, habiendo pasado toda su
infancia y juventud en aquél pueblo tranquilo, rodeado de naturaleza. David,
riendo, les aclaraba que su apartamento estaba situado en una zona privilegiada
de Madrid y les describía cómo eran muchas de esas tardes cuando salía a pasear
por el parque lineal del Manzanares, insistiendo que Madrid también tiene sus
rincones de paz, aunque ellos nunca venían a visitarlo, prefiriendo esperar a
que él fuese a verlos de vez en cuando.
Y es que el parque lineal del Manzanares ha transformado
lo que antaño era un triste “aprendiz de río”, un canal de aguas negras
estancadas, en un enclave vibrante y lleno de vida. Ahora, el río Manzanares
fluye con una corriente modesta pero cristalina, un hilo de agua limpia que
serpentea a través de la ciudad. Sus riberas, antes desoladas, se han cubierto
de vegetación, sauces y álamos que se mecen con la brisa, juncos que bordean el
agua y flores silvestres que salpican de color el paisaje. La vida ha regresado
con fuerza; los patos se deslizan plácidamente por la superficie del río,
garzas reales planean con elegancia y pequeños pájaros revolotean entre los
arbustos, llenando el aire con sus trinos. Este oasis urbano, flanqueado por
senderos bien cuidados, se extiende durante más de siete kilómetros a ambos
lados del río, ofreciendo un largo paseo que invita a los madrileños a
desconectar del bullicio de la gran urbe.
David les contaba que sólo tenía que salir de su amplio
apartamento en la Avenida del Manzanares para disfrutar de este enclave natural
que le permitía desconectar del bullicio de la ciudad sin salir de ella. Así es
como les describía una tarde cualquiera, de un día cualquiera:
“Son las cinco de la tarde, y el sol tiñe el cielo de
tonos dorados y anaranjados, reflejándose en el río con destellos que parecen
danzar. Con mi cuaderno de dibujo en la mano, camino por el sendero de grava,
sintiendo el crujir bajo mis pies, mientras el aire fresco lleva consigo el
aroma de la hierba húmeda y el murmullo del agua. A mi alrededor, el parque
bulle de vida tranquila: una pareja pasea de la mano, un anciano lee en un
banco, unos niños corren detrás de una cometa. Más adelante, un grupo de
corredores pasa con ritmo constante, y una mujer pasea a su perro, que olfatea
curioso entre los arbustos. Entonces voy y me detengo junto a un sauce, cerca
de una curva del río donde el agua forma un pequeño remanso. Allí, un par de
patos nada en círculos, y una garceta blanca picotea en la orilla. Saco mi
cuaderno y un lápiz, y comienzo a esbozar la escena: las plumas brillantes de
los patos, el reflejo del agua, la silueta de la garceta recortada contra la
luz del atardecer. Voy así, sin prisas, capturando la calma del momento. De vez
en cuando, alzo la vista otra vez para observar a las personas que pasean: un
ciclista que pedalea sin prisa, una madre que empuja un carrito, dos amigos
charlando animadamente. A veces, prefiero dibujar a alguno de ellos, como a un
anciano que da de comer a las palomas o a un niño que da sus primeros balbuceos
en una pequeña bicicleta a la que por primera vez le han quitado los ruedines. Y
todo esto lo tengo al lado de casa, un pedazo de naturaleza en medio de la vida
urbana. Y al igual que vosotros sois felices allá en la quietud del pueblo, yo
encuentro aquí mi rincón diario de paz. Después, cuando ya el sol se está
poniendo, me voy con mi cuaderno como siempre bajo el brazo, hasta el bar de la
esquina, un sencillo local con mesas de madera y un toldo verde que da a la
calle. Me siento a tomar una cerveza y espero –si es que no ha aparecido antes-
a mi amigo Paco o a Benjamín. Allí hablamos de todo y nada, así es la vida: del
último encargo que me ha hecho la editorial, de la última discusión absurda que
tuvimos con Benjamín… son esas pequeñas cosas de la vida que aprendí a
disfrutar cuando estaba en el pueblo y que –aunque parezca mentira- he
conseguido mantener vivas aquí en Madrid. Como veis, esto no está tan mal, y yo
sigo siendo el mismo que he sido siempre”.
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