Hacía apenas tres años que había entrado a trabajar en la
editorial "Horizontes Libres", una editorial independiente especializada
en libros de viajes, naturaleza y ficción inspirada en el mundo real. No era
famoso, ni lo pretendía. Su nombre aparecía en letra pequeña en los créditos de
los libros, un mero susurro entre las páginas que ilustraba con maestría.
Trabajaba desde casa, su oficina un rincón soleado con una mesa de roble
antigua, rodeada de lienzos en blanco y paletas de colores que evocaban los
atardeceres que tanto amaba. Manejaba con soltura tanto los pinceles como los
lápices y reflejaba con precisión escenas y paisajes para crear esas obras que
llenaban de magia y color los libros. Su horario era un lujo que defendía con
fervor: solo cuatro horas diarias dedicadas a los encargos de la editorial. En
ese tiempo, creaba ilustraciones para todo tipo de libros: desde guías de senderismo
que capturaban la majestuosidad de montañas nevadas, hasta novelas románticas
donde sus dibujos daban vida a amores imposibles.
Esa mañana, una como tantas otras, David se sentó a su
mesa con una taza de café humeante en la mano. El encargo del día era ilustrar
una escena para un libro de aventuras en la selva amazónica: un explorador
cruzando un río embravecido, con la vegetación exuberante envolviéndolo en un
abrazo salvaje. Sus dedos, manchados de tinta perpetua, danzaban sobre el papel
con una precisión intuitiva. Cada línea era una extensión de su ser, un puente
entre su imaginación y la realidad que plasmaba. Mientras dibujaba, su mente
vagaba por recuerdos de caminatas solitarias en parques cercanos, donde el
susurro del viento en las hojas le inspiraba más que cualquier galería de arte
urbana.
No era la primera vez que alguien le cuestionaba su
estilo de vida. Su editor, Luis Luzán, un hombre de cincuenta años con gafas de
montura gruesa, abundante pelo gris y un traje oscuro con su sempiterna corbata
con el logotipo de la editorial, lo había llamado la semana anterior para
felicitarlo por su último trabajo. "David, chico, tienes talento para
llenar museos. ¿Por qué no aceptas más encargos? Podrías ganar el doble, el
triple. Imagina: una casa más grande, viajes exóticos, fama en el circuito
artístico". Luis era un avispado hombre de negocios, forjado en el mundo
editorial en donde Marketing y Ventas dictaban el ritmo de la vida. Pero David,
con su voz calmada y reflexiva, siempre respondía lo mismo: "¿Para qué
quiero más dinero si luego no tengo tiempo de disfrutarlo?".
Era una filosofía que lo definía. El dinero, para él, era
un medio, no un fin. Con lo que ganaba, cubría sus necesidades: el alquiler del
amplio apartamento con vistas al río, lo elemental de su alimentación y
vestuario, y algunas escapadas a la naturaleza en donde recargaba su
inspiración. El resto del día era suyo, un vasto océano de libertad. Largos
paseos para “ver la vida” como él decía, o bien sentarse tranquilamente a leer
escritores románticos clásicos como Bécquer, Stendhal o, en general, cualquier
otro de los que trasladan tu imaginación a un mundo de sentimientos.
Su vida era simple, sencilla, sin ambiciones. Se
consideraba un privilegiado ya que hacía lo que más le gustaba, dibujar, y
encima le pagaban por ello; pero siendo él su propio jefe, marcándose él los
horarios, y dejando todo el tiempo del mundo para que su imaginación volara
libre sin las ataduras de un horario laboral o compromisos de cualquier tipo.
Pero en el fondo, David anhelaba algo más profundo. Su
sensibilidad lo hacía vulnerable a la soledad, a esa búsqueda de una conexión
auténtica en un mundo obsesionado con apariencias. Soñaba con encontrar a alguien
que entendiera su amor por lo simple, que compartiera su pasión por la aventura
no como un espectáculo, sino como un viaje del alma.
Mientras terminaba su ilustración, David miró por la
ventana. La ciudad se extendía como un tapiz vivo, lleno de historias no
contadas. Sonrió para sí mismo, sintiendo una paz que pocos conocían. En ese
momento, ignoraba que su vida tranquila estaba a punto de ser sacudida por
vientos de aventura y amor, donde la fama acecharía como un depredador
insaciable, y los verdaderos sentimientos tendrían que luchar por emerger de
las sombras de las apariencias. No sabía que, en algún lugar remoto, Elena, con
su espíritu indomable, trazaba caminos en mapas polvorientos, guiando
expediciones que desafiaban los límites humanos. Sus mundos, tan distantes,
estaban destinados a colisionar.
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