martes, 9 de febrero de 2021

Un cadáver exquisito (100)

Capítulo 97.- Una cuestión honor-is causa
 
Paolo Carrosone, el consiguiere de la ’ndràngheta Montalbano, fue con paso acelerado hacia el salón donde se encontraba el Don, Tomasso Barilla, base de la familia y por tanto, la mayor autoridad de esta organización mafiosa.
- Don Tomasso ¿permiso?
- Pasa, Paolo, pasa. Te oigo venir apresurado. Agitado. Perturbado. Acalorado. ¿Qué es lo que sucede?
- Don Peridone ha salido por fin de su cueva. El soldati que tenemos infiltrado en el aeropuerto de Marsella, Petronilo Parmeggiano, así me lo ha cantado. Dirección a la España. Y no creo que vaya a los toros. Es nuestra oportunidad.
- Magníficas noticias, Paolo. Es hora de que Peridone pague por la humillación a la nuestra familia. Que su hijo primogénito, Pánfilo Rigoberto haya rechazado a Maria Margarita, mi princesa como esposa, y que Don Peridone encima me diga que antes se hace mortadela con aceitunas que ver en su casa como nuera a la mujer más fea que ha visto jamás, que cuando la cigüeña la trajo al mundo seguro que volvió al día siguiente para pedir disculpas...
- Tiene que pagar por esta ofensa. Cuestión de honor.
- ¿Cómo crees que debemos hacerlo, Paolo?
- Don Tomasso… creo que no debemos utilizar a uno de nuestros uomini d’onore. Se les reconocería rápidamente, por su elegancia natural. Esos trajes cruzados con rayas florentinas y sombreros de franela en pleno verano español, levantarían sospechas además de risas a granel por parte de los lugareños. Haremos un encargo a un sicario de confianza.
- ¿Qué me recomiendas, Paolo?
- Creo que debemos acudir a los colombianos. En España, pasarán más desapercibidos. Los hay a montones.
- Llama a Charly Jaramillo. Estará encantado de coger el encargo. Me debe muchos favores y mucho más dinero. Es perfecto para este trabajo.
- Así lo haré Don Tomasso. Yo me encargo de todo. Por cierto ¿cuál es la orden? ¿Susto o muerte?
Don Tomasso, como los antiguos patricios romanos en el circo, levantó el puño cerrado, estiró el pulgar y lo giró hacia abajo. La orden era clara: matarile, rile, rile.
Paolo Carrosone salió en silencio del salón en dirección a su despacho.
Se sentó en su butaca de cuero del sigo XVI y antes de coger el teléfono miró su paisaje favorito por la ventana: el fértil campo de Cosenza en Calabria. El territorio madre de la ’ndràngheta, la terrible mafia calabresa. Tonterías, las justas.
Hojeó en su agenda, que estaba más usada que la nariz de Sinatra, y marcó lentamente un número de teléfono de Madrid.
Piticlín, piticlín, piticlín, piticlín...
- ¿Aló?
- ¿Charly Jaramillo?
- ¿Quién pregunta por él? Y como me suelte lo de si estoy contento con la velocidad de mi adsl, le asegu…
- Soy Paolo Carrosone.
- Don Paolo, qué honor. Perdóneme. Es que no puede hacerse la idea de la tortura de los teleoperadores a la hora de la siesta. Y luego nos dicen que nosotros somos crueles. ¿Qué puedo hacer por usted o por Don Tomasso?
- Tienes que hacernos un trabajo. Posiblemente el más importante que hayas tenido que hacer jamás.
- Lo que usted desee. En el momento que desee. Dígame. Estoy a sus órdenes.
- Don Peridone está en España y en su visita tiene que oír “el dulce gorjeo del buitre en celo”.
- Así se hará. No lo dude. Confíen en mí. Lo oirá gorjear en primera fila.
- Charly, si fracasas o hablas más de la cuenta y nos delatas… no habrá sitio en el mundo donde tú, tu familia o el pez de pecera, encontréis la paz. Te mandaré los detalles que necesitas por el sistema habitual.
- No les fallaré.
Pero estas últimas palabras quedaron en el aire. Paolo Carrosone ya había colgado.
Charly se levantó lentamente de la cama, desde donde estaba hablando, y se acercó al armario. Lo abrió y sacó un estuche de violín. Lo llevó hacia la mesa del comedor y depositándolo, con mucho cuidado, lo abrió con mimo de bibliotecario.  Ahí estaba  su  herramienta  favorita:  un subfusil
Heckler & Koch MP5K-N con silenciador.
Charly, en su prosa floreada colombiana, siempre decía que “cuando mi MP5 dispara suena igual que el dulce gorjeo del buitre en celo”.
Era una fantasía literaria, porque en la realidad los buitres no emiten ningún tipo de sonido que no sea el aletear frenético de sus alas en el suelo cerca de la carroña, ya que no tienen aparato fonador.
Mire usted qué cosas tiene la naturaleza. Lo que se aprende en los documentales de la 2.

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