Este
blog llamado “Palabras inefables” sigue su andadura un año más, divulgando por
el aire sus palabras inefables. Como bien indica su nombre, no se puede
encasillar en ninguna categoría y por lo tanto tampoco lo intentaré ahora;
simplemente te diré que todo cuanto he escrito en este blog permanece siempre a
disposición de los lectores.
Un
total de 248 escritos publicados este año que se suman a los más de 4.000
publicados en años anteriores… ¡y todos ellos pueden ser consultados! Para ello, desde la ventana superior
izquierda (en la versión web) puedes escribir la palabra o palabras clave que
busques y te llevará a las noticias.
Pero también, si conoces la fecha aproximada de su publicación, puedes
consultar el índice de noticias publicadas que aparece en el lateral derecho.
Termina
un año pero la vida continúa un poco más… Disfrútala y haz que quienes te
rodean también la disfruten.
miércoles, 31 de diciembre de 2025
martes, 30 de diciembre de 2025
Sombra y asfalto (y 5)
Pasó de nuevo por la cafetería, ahora cerrada a cal y
canto. Las luces apagadas, las sillas apiladas, el cartel de “Cerrado” colgando
torcido. Creyó ver en el cristal del escaparate el reflejo tímido y amable de
la camarera —esa sonrisa fugaz—, pero solo fue el reflejo de un transeúnte que
pasó a su lado, apresurado bajo un paraguas plegado.
El camino a casa le resultaba familiar, un laberinto de callejones que conocía de memoria: la panadería con su olor a hogaza recién horneada incluso a esas horas, el bar de la esquina donde los parroquianos jugaban al mus hasta altas horas, el portal de un vecino que siempre dejaba la radio encendida con coplas de Manolo Escobar. Se detuvo bajo la luz amarillenta de una farola, el halo iluminando su figura como un foco en un escenario vacío. Sin poder reprimirlo, sacó de su bolsillo interior un sobre alargado, arrugado por el manejo constante. Lo abrió con dedos que temblaban ligeramente —no por el frío, sino por algo más profundo— y extrajo el papel que contenía un informe médico y una jerga de términos incomprensibles que era fácil interpretar como una sentencia.
Lo leyó aunque ya se lo sabía de memoria. “Carcinoma avanzado… pronóstico reservado… meses, quizás semanas”. No entendía ni la mitad de las cosas que allí ponía —los médicos hablaban en un idioma propio, lleno de eufemismos y derivas como los electrocardiogramas—, pero sí era fácil comprender la conclusión final: su final estaba cerca. Así lo reflejaban los análisis, las palabras del doctor con su bata blanca y su voz compasiva: “Prepárese, señor. Disfrute el tiempo que le queda”.
Sintió que todo le daba igual. ¿Para qué luchar? ¿Para qué aferrarse? ¡Si no tenía a nadie! Estaba solo. Su mujer, esa compañera de toda una vida —con su risa contagiosa, sus manos suaves al preparar la cena, sus arrugas compartidas—, había muerto hacía ya unos cuantos años. Un infarto silencioso, en la cocina, mientras pelaba patatas. No tenía hijos —nunca llegaron, a pesar de los intentos y las promesas—, ni familiares cercanos, al menos ninguno próximo a su corazón. Un sobrino lejano en Valencia, una prima en Bilbao que enviaba postales en Navidad. ¿A quién le iba a importar que muriera? Nadie lo iba a extrañar en las reuniones familiares que nunca tuvo. Nadie lo echaría de menos en el banco del parque. Nadie lo recordaría más allá de un “pobre viejo” en una esquela olvidada.
Guardó el papel en el sobre con cuidado, como si fuera un tesoro amargo, y siguió caminando hacia su casa. El portal era un edificio antiguo, con escalera de madera y un ascensor antiguo. Sacó las llaves del bolsillo —un llavero con una foto desvaída de su mujer en la playa de Benidorm, sonriendo con el viento en el pelo— y al levantar la vista se vio frente al espejo del ascensor. NO había reparado antes ene llo, pero el espejo le devolvía la imagen de un hombre con una larga gabardina empapada, el cuello subido como un muro, el sombrero inclinado hacia delante ocultando el rostro en sombras. Apenas se vislumbraban los ojos, hundidos en órbitas oscuras. Era él, pero entonces sintió algo que le hizo estremecer: ¡Esa imagen le resultaba extrañamente familiar! No era solo verse a sí mismo, como cada noche al llegar. Era algo más profundo, como verse desde el exterior, como un espectador de su propia vida. Un déjà vu que le erizó los vellos de los brazos. Algo se encendió en su interior —una chispa de curiosidad, de maravilla— y le hizo pulsar de nuevo el botón de bajada del ascensor. Salió de nuevo de su casa y se dirigió, con pasos tambaleantes, hacia el escaparate de una librería junto al portal de su casa. La visitaba con frecuencia para abastecerse de lectura, un local estrecho pero acogedor con un nombre evocador: “Libros del Alama”. El dueño, un anciano como él pero con gafas de montura gruesa y una pasión por los clásicos, lo saludaba siempre con un “¿Qué tal hoy, amigo?”. Estaba cerrada, pero el escaparate iluminado por un foco tenue exhibía las novedades.
Se acercó, el aliento empañando el cristal frío. Miró con detenimiento los libros expuestos: novelas policíacas con portadas atractivas, ensayos filosóficos con títulos pretenciosos, poemarios de autores locales. Y entonces surgió la sorpresa, un golpe al corazón que lo dejó sin aliento: allí había un libro que se titulaba “El hombre de las sombras”, de una tal Neus B.G. La portada era una fotografía en blanco y negro, tomada bajo la lluvia: la figura de un hombre caminando por un parque, con una larga gabardina con el cuello subido, un sombrero inclinado tapándole el rostro, y el fondo borroso de árboles y farolas. ¡Era él mismo! ¡Él mismo aquella misma noche!
El corazón le latió con fuerza, un tambor desbocado. Se acercó más, la nariz casi tocando el cristal. La imagen era idéntica, parecía como si le hubiesen fotografiado: el andar encorvado, la gabardina arrugada, el mismo sombrero. ¿Cómo era posible? ¿Quién era esa Neus B.G.? ¿Lo había seguido? ¿Lo había fotografiado sin que se diera cuenta en alguno de sus paseos solitarios al anochecer? La sinopsis en la contraportada hablaba de un hombre solitario, deambulando por Madrid, contemplando estrellas y recuerdos, enfrentando el final con una revelación que lo cambiaba todo.
Fue entonces cuando sintió que ya no estaría solo. Que, cuando se hubiese marchado de este mundo —cuando su luz se apagara como cualquiera de esas estrellas lejanas que nos parecen inmortales—, habría muchas personas que le recordarían. Todos los lectores de aquel libro: extraños en metros abarrotados, en camas de hospital, en cafés como el suyo. Ellos verían su silueta en la portada, leerían sus pensamientos bajo las estrellas, sentirían su soledad y su chispa infantil. Mantendrían viva su memoria, como su padre había predicho. Su luz seguiría viajando, llegando a corazones desconocidos, brillando en recuerdos ajenos.
Una lágrima rodó por su mejilla arrugada, cálida contra el frío de la noche. Sonrió, una sonrisa genuina por primera vez en años. Guardó las llaves, dio media vuelta y caminó de nuevo hacia el parque. Mañana compraría el libro. Mañana empezaría a leer su propia historia. Y mientras tanto, las estrellas —vivas o muertas— lo seguirían mirando como testigos eternos de un hombre que, al fin, había encontrado su propio eco en el universo.
El camino a casa le resultaba familiar, un laberinto de callejones que conocía de memoria: la panadería con su olor a hogaza recién horneada incluso a esas horas, el bar de la esquina donde los parroquianos jugaban al mus hasta altas horas, el portal de un vecino que siempre dejaba la radio encendida con coplas de Manolo Escobar. Se detuvo bajo la luz amarillenta de una farola, el halo iluminando su figura como un foco en un escenario vacío. Sin poder reprimirlo, sacó de su bolsillo interior un sobre alargado, arrugado por el manejo constante. Lo abrió con dedos que temblaban ligeramente —no por el frío, sino por algo más profundo— y extrajo el papel que contenía un informe médico y una jerga de términos incomprensibles que era fácil interpretar como una sentencia.
Lo leyó aunque ya se lo sabía de memoria. “Carcinoma avanzado… pronóstico reservado… meses, quizás semanas”. No entendía ni la mitad de las cosas que allí ponía —los médicos hablaban en un idioma propio, lleno de eufemismos y derivas como los electrocardiogramas—, pero sí era fácil comprender la conclusión final: su final estaba cerca. Así lo reflejaban los análisis, las palabras del doctor con su bata blanca y su voz compasiva: “Prepárese, señor. Disfrute el tiempo que le queda”.
Sintió que todo le daba igual. ¿Para qué luchar? ¿Para qué aferrarse? ¡Si no tenía a nadie! Estaba solo. Su mujer, esa compañera de toda una vida —con su risa contagiosa, sus manos suaves al preparar la cena, sus arrugas compartidas—, había muerto hacía ya unos cuantos años. Un infarto silencioso, en la cocina, mientras pelaba patatas. No tenía hijos —nunca llegaron, a pesar de los intentos y las promesas—, ni familiares cercanos, al menos ninguno próximo a su corazón. Un sobrino lejano en Valencia, una prima en Bilbao que enviaba postales en Navidad. ¿A quién le iba a importar que muriera? Nadie lo iba a extrañar en las reuniones familiares que nunca tuvo. Nadie lo echaría de menos en el banco del parque. Nadie lo recordaría más allá de un “pobre viejo” en una esquela olvidada.
Guardó el papel en el sobre con cuidado, como si fuera un tesoro amargo, y siguió caminando hacia su casa. El portal era un edificio antiguo, con escalera de madera y un ascensor antiguo. Sacó las llaves del bolsillo —un llavero con una foto desvaída de su mujer en la playa de Benidorm, sonriendo con el viento en el pelo— y al levantar la vista se vio frente al espejo del ascensor. NO había reparado antes ene llo, pero el espejo le devolvía la imagen de un hombre con una larga gabardina empapada, el cuello subido como un muro, el sombrero inclinado hacia delante ocultando el rostro en sombras. Apenas se vislumbraban los ojos, hundidos en órbitas oscuras. Era él, pero entonces sintió algo que le hizo estremecer: ¡Esa imagen le resultaba extrañamente familiar! No era solo verse a sí mismo, como cada noche al llegar. Era algo más profundo, como verse desde el exterior, como un espectador de su propia vida. Un déjà vu que le erizó los vellos de los brazos. Algo se encendió en su interior —una chispa de curiosidad, de maravilla— y le hizo pulsar de nuevo el botón de bajada del ascensor. Salió de nuevo de su casa y se dirigió, con pasos tambaleantes, hacia el escaparate de una librería junto al portal de su casa. La visitaba con frecuencia para abastecerse de lectura, un local estrecho pero acogedor con un nombre evocador: “Libros del Alama”. El dueño, un anciano como él pero con gafas de montura gruesa y una pasión por los clásicos, lo saludaba siempre con un “¿Qué tal hoy, amigo?”. Estaba cerrada, pero el escaparate iluminado por un foco tenue exhibía las novedades.
Se acercó, el aliento empañando el cristal frío. Miró con detenimiento los libros expuestos: novelas policíacas con portadas atractivas, ensayos filosóficos con títulos pretenciosos, poemarios de autores locales. Y entonces surgió la sorpresa, un golpe al corazón que lo dejó sin aliento: allí había un libro que se titulaba “El hombre de las sombras”, de una tal Neus B.G. La portada era una fotografía en blanco y negro, tomada bajo la lluvia: la figura de un hombre caminando por un parque, con una larga gabardina con el cuello subido, un sombrero inclinado tapándole el rostro, y el fondo borroso de árboles y farolas. ¡Era él mismo! ¡Él mismo aquella misma noche!
El corazón le latió con fuerza, un tambor desbocado. Se acercó más, la nariz casi tocando el cristal. La imagen era idéntica, parecía como si le hubiesen fotografiado: el andar encorvado, la gabardina arrugada, el mismo sombrero. ¿Cómo era posible? ¿Quién era esa Neus B.G.? ¿Lo había seguido? ¿Lo había fotografiado sin que se diera cuenta en alguno de sus paseos solitarios al anochecer? La sinopsis en la contraportada hablaba de un hombre solitario, deambulando por Madrid, contemplando estrellas y recuerdos, enfrentando el final con una revelación que lo cambiaba todo.
Fue entonces cuando sintió que ya no estaría solo. Que, cuando se hubiese marchado de este mundo —cuando su luz se apagara como cualquiera de esas estrellas lejanas que nos parecen inmortales—, habría muchas personas que le recordarían. Todos los lectores de aquel libro: extraños en metros abarrotados, en camas de hospital, en cafés como el suyo. Ellos verían su silueta en la portada, leerían sus pensamientos bajo las estrellas, sentirían su soledad y su chispa infantil. Mantendrían viva su memoria, como su padre había predicho. Su luz seguiría viajando, llegando a corazones desconocidos, brillando en recuerdos ajenos.
Una lágrima rodó por su mejilla arrugada, cálida contra el frío de la noche. Sonrió, una sonrisa genuina por primera vez en años. Guardó las llaves, dio media vuelta y caminó de nuevo hacia el parque. Mañana compraría el libro. Mañana empezaría a leer su propia historia. Y mientras tanto, las estrellas —vivas o muertas— lo seguirían mirando como testigos eternos de un hombre que, al fin, había encontrado su propio eco en el universo.
lunes, 29 de diciembre de 2025
Sombra y asfalto (4)
Allí seguía, tumbado en el claro del parque, sobre la
hierba que se adhería a su gabardina como un recordatorio pegajoso de la
realidad. La humedad ya había traspasado la ya inútil protección de la
gabardina… pero no le importaba. Ni el frío que se colaba por los puños, ni el
olor a musgo y hojas que impregnaba el aire. Su vista y sus pensamientos se
perdían en las estrellas, que cada vez ocupaban más espacio en el cielo
conforme la oscuridad de la noche se volvía más intensa. Y en esa profunda
oscuridad la luz de las estrellas revelaba un tapiz infinito de puntos
luminosos: la Osa Mayor con su carro eterno, Casiopea en su trono, y miles de
anónimas galaxias que parpadeaban con timidez.
Ya habían pasado muchos años. Demasiados. Ahora él era
tan viejo como aquel padre que recordaba con cariño, con su voz grave y ojos
que brillaban al contar historias en el porche de la casa del pueblo. Se tocó
el rostro con dedos temblorosos, cerciorándose de los surcos que la edad había
tallado como cicatrices invisibles: arrugas profundas alrededor de los ojos, surcos
en las mejillas, la piel floja bajo la barbilla. Eran mapas de una vida larga,
de risas apagadas, de lágrimas secas, de noches en vela. Se llevó la mano a la
cabeza, palpando los mechones escasos y grises que asomaban bajo el sombrero.
De su antigua cabellera que mostraba con orgullo durante su Juventus, solo
quedaban pequeños recuerdos, unos mechones blancos como símbolo de banderas
blancas de rendición.
Miró de nuevo al cielo, y en el silencio absoluto de la
noche —roto solo por el crujido ocasional de una rama o el susurro de las
hojas— fue capaz de escuchar los latidos de su propio corazón. Thump-thump.
Thump-thump. Regulares, insistentes, como un tambor lejano en una procesión. Le
decían que estaba vivo. Que, a pesar del cuerpo envejecido, su alma seguía
siendo joven e inmadura, un niño atrapado en un cascarón frágil. Seguía soñando
con aventuras que nunca emprendió, con amores que se escaparon entre los dedos,
con palabras no dichas. Mas no había allí nadie que le confirmara lo que había
de cierto o errado en sus pensamientos. Nadie para decirle: “Sí, viejo, aún hay
fuego en ti”. Solo tenía como compañeras a las estrellas, mudos testigos de su
introspección.
Se levantó lentamente, con un lev gemido que escapó de
sus labios al incorporarse. Las rodillas protestaron, la espalda le avisó con
un pinchazo agudo, y tuvo que apoyarse en un árbol cercano para equilibrarse.
El parque estaba desierto: bancos vacíos, senderos mudos, solo el eco de sus
pasos en la tierra mojada. Regresó a casa con parsimonia, cada paso un esfuerzo
calculado. La lluvia era pasado, pero el suelo encharcado le recordaba que todo
lo sentido y vivido aquella tarde era real: el café olvidado en la mesa
mientras su mente divagaba entre las páginas de un libro, la camarera tímida
que le avisó de la hora del cierre, su presencia ocupando un espacio perenne y
movible en este mundo…
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domingo, 28 de diciembre de 2025
Sombra y asfalto (3)
La oscuridad se había adueñado de Madrid con la sutileza
de un velo negro. Las calles, aún brillantes por la lluvia reciente, reflejaban
las luces de las farolas en charcos que parecían espejos rotos. La tranquilidad
de la noche era casi palpable: el bullicio diurno —cláxones, vendedores
ambulantes, el trasiego de la gente por la calle— había dado paso a un silencio
roto solo por el goteo ocasional de un canalón o el ladrido lejano de un perro.
Los pocos ciudadanos que quedaban se dirigían a sus hogares: un matrimonio
mayor cogido del brazo, un grupo de jóvenes riendo bajo un paraguas compartido,
una madre con un niño dormido en brazos. Apuraban los últimos minutos del día
con sus seres queridos, antes de caer en el sueño profundo que restauraba el
alma.
Y él, un hombre perdido entre las sombras, deambulaba sin
rumbo concreto. Su gabardina chorreaba aún gotas residuales, y el sombrero
goteaba sobre sus hombros. No tenía prisa; ¿para qué? Su apartamento —un pisito
estrecho en el Madrid antiguo, con paredes deslucidas y una cama que se había
amoldado a su cuerpo— podía esperar. Siguió caminando sin tener noción del
tiempo ni a dónde se dirigía. Guiado por el inconsciente, como un sonámbulo, se
adentró en un parque cercano: el Parque del Oeste, con sus senderos
serpenteantes y bancos de madera ahora vacíos por lo avanzado de la hora y la
humedad reinante. Ya había dejado de llover, pero el aroma de la tierra mojada
se extendía por todos los rincones: húmedo, terroso, con un toque de pino y
hojas descompuestas. Los pequeños riachuelos improvisados por la reciente
lluvia, danzaban entre los árboles, serpenteando por el césped empapado, y la
tierra se hundía bajo sus zapatos a cada paso, dejando huellas que la noche
pronto ocultaría.
Las noches tenían una esencia especial, casi mágica. Con
ellas llegaba una calma que el día negaba: el tráfico se apagaba, las
preocupaciones se diluían en la negrura, y el cielo se convertía en un lienzo
infinito. Al llegar a un pequeño claro —un círculo de hierba rodeado de cedros
centenarios—, se arrodilló con dificultad y se recostó boca arriba sobre la
hierba aún mojada, ignorando el frío y la humedad que se filtraban a través de
la gabardina. Miró el cielo. Las nubes se habían marchado. Sobre él un inmenso
manto negro salpicado de estrellas: pequeñas motitas de luz que parpadeaban
como ojos distantes. Le gustaba contarlas, una a una, como un ritual infantil
que nunca había abandonado. Una, dos, tres… hasta perder la cuenta en las
constelaciones. “Allí está Venus, ese otro es Marte”, se decía, tratando de
distinguir los planetas visibles a simple vista de las estrellas. Parecía
imposible pensar que algunas de aquellas estrellas ya habían muerto hacía
eones. Explotado en supernovas, consumidas en su propio fuego, pero su luz
seguía viajando a través del vacío, llegando a la Tierra millones de años
después. Era un recordatorio cruel y hermoso: nada dura para siempre, pero el
eco persiste.
Una sonrisa triste iluminó su rostro arrugado, suavizando
las líneas por un instante. Pensó en su padre, en las noches de verano en el
pueblo, cuando era niño. Sentados en el porche, con el olor a jazmín y el canto
de los grillos, su padre señalaba el cielo: “Mira, hijo. Como las estrellas,
las personas nunca mueren del todo. Mientras quede alguien que nos recuerde,
nuestra luz sigue brillando en sus corazones y recuerdos”.
Y estaba seguro de que no se equivocaba. Porque la luz de
su padre —ese hombre maravilloso, con manos callosas de labrador y una risa que
llenaba habitaciones— aún brillaba en su corazón. Jamás moriría mientras él la
llevara consigo. Bajo las estrellas, sobre la hierba húmeda, cerró los ojos. La
noche lo envolvía, y por un momento, el frío no importó.
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sábado, 27 de diciembre de 2025
Sombra y asfalto (2)
La cafetería
“El Rincón Olvidado” era uno de esos lugares que parecían haber nacido con la
ciudad misma, enclavada en un callejón adoquinado del viejo Madrid, entre una
librería de libros de segunda mano y una sombrerería que desafiaba el paso del
tiempo y de las modas. Sus paredes, cubiertas de cientos de cuadros con
fotografías de personajes famosos que un día tomaron allí un café, guardaban el
eco de miles de conversaciones susurradas: amantes que se citaban a escondidas,
jubilados que jugaban al dominó hasta la hora del cierre, y solitarios como él,
que buscaban refugio en el vapor de un café y en las páginas de un libro.
Aquella
tarde de invierno, la lluvia golpeaba los cristales con la insistencia de un
tambor desafinado, y el local estaba casi vacío. Solo quedaba él, sentado junto
a la ventana, con una taza humeante que ya no humeaba tanto. El café —un
cortado fuerte, sin azúcar, como siempre— descansaba olvidado en la pequeña
mesa contigua, un círculo de madera rayada por años de posavasos descuidados.
Su aroma, intenso y amargo, con notas de achicoria y un leve toque tostado, se
elevaba en espirales perezosas hacia el techo artesonado, donde se desvanecía
antes de tocar las vigas ennegrecidas por el humo de cigarrillos pasados. La
taza seguía frente a él, apenas si había tomado un sorbo, pero no le importaba.
El café era solo una excusa para estar allí, para ocupar un espacio en el mundo
sin tener que interactuar con él.
Sentado en
la vieja silla de madera que crujía bajo su peso, observó por un instante el
cristal empañado. La lluvia había pintado formas abstractas: líneas finas que
se entrecruzaban como venas, gotas que se deslizaban lentas y caprichosas,
borrando el exterior en un velo borroso. Apenas distinguía siluetas: transeúntes
acurrucados bajo paraguas negros, apresurados por el callejón, sus abrigos
chorreando agua que salpicaba los charcos. Madrid en invierno era así: gris,
húmedo, implacable. Los “expertos” del barrio —el quiosquero de la esquina, la
dueña de la panadería— afirmaban rotundamente que este era el invierno más frío
en décadas. “¡Peor que el del 56!”, decían, mientras vendían castañas asadas
envueltas en papel de periódico. A él apenas le importaba. El frío exterior no
era nada comparado con el que llevaba dentro, un vacío que ningún abrigo podía
mitigar.
Su aspecto
no ayudaba a pasar desapercibido, aunque eso era precisamente lo que buscaba:
ocultarse. Una larga gabardina beige, con los puños doblados y el cuello
siempre levantado como un escudo, cubría su figura encorvada. El sombrero —un
fedora negro comprado años atrás en aquella misma sombrerería— ocultaba su
rostro arrugado, surcado por líneas que contaban más historias que cualquier
libro. Bajo el ala ancha, sus ojos, de un azul desvaído como el cielo de
tormenta, se perdían en las páginas de un grueso tomo que siempre lo
acompañaba: Cien años de soledad de García Márquez, releído por enésima vez.
Intentaba evadirse, sumergirse en Macondo para olvidar el Macondo que era su
propia vida. Un mundo que no lo entendía, ni pretendía que lo hicieran. ¿Para
qué? La soledad era su compañera fiel, la única que no preguntaba, no juzgaba.
La camarera
—una chica joven, de unos veinte años, con delantal blanco y moño recogido— se
acercó tímidamente, casi con miedo. Sus pasos eran vacilantes sobre el suelo de
baldosas que podrían contar miles de historias, y llevaba un trapo en la mano,
retorciéndolo como si fuera un salvavidas. Él sabía por qué: su presencia
intimidaba. No era agresivo, no; era el aura de misterio, de aislamiento
autoimpuesto. “El señor del sombrero”, lo llamaban en voz baja los habituales.
—Disculpe, señor… ya es hora de cerrar —murmuró ella, con voz temblorosa, deteniéndose a una distancia prudente. Sus ojos bajaron al suelo, evitando los suyos.
Él levantó la mirada del libro, parpadeando como si emergiera de un sueño. Alrededor, la cafetería estaba desierta: sillas apiladas sobre las mesas, el mostrador limpio, las luces fluorescentes parpadeando con un zumbido cansado. Era el único cliente. Con un gesto caballeroso, casi anticuado, se quitó levemente el sombrero, dejando a la vista por un momento sus desenmarañados rizos grises. Eran el recuerdo de una cabellera que en su juventud había sido la envidia de amigos: espesa, ondulada, de un castaño vivo que brillaba bajo el sol. Ahora, solo quedaban mechones rebeldes, salpicados de blanco, pegados a la frente por la humedad.
—Perdóneme, señorita —dijo con voz ronca, pero suave, como papel de lija envuelto en terciopelo—. El tiempo vuela cuando uno lee.
Se levantó con poca facilidad, su viejo cuerpo protestando con crujidos en las rodillas y un pinchazo en la espalda. Apoyó una mano en la mesa para equilibrarse, dejando el libro abierto sobre la silla. Pagó con un billete arrugado —demasiado, como siempre, dejando una propina generosa que la camarera aceptó con un rubor— y se adentró en la noche, arrastrando los pies por los callejones del centro.
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—Disculpe, señor… ya es hora de cerrar —murmuró ella, con voz temblorosa, deteniéndose a una distancia prudente. Sus ojos bajaron al suelo, evitando los suyos.
Él levantó la mirada del libro, parpadeando como si emergiera de un sueño. Alrededor, la cafetería estaba desierta: sillas apiladas sobre las mesas, el mostrador limpio, las luces fluorescentes parpadeando con un zumbido cansado. Era el único cliente. Con un gesto caballeroso, casi anticuado, se quitó levemente el sombrero, dejando a la vista por un momento sus desenmarañados rizos grises. Eran el recuerdo de una cabellera que en su juventud había sido la envidia de amigos: espesa, ondulada, de un castaño vivo que brillaba bajo el sol. Ahora, solo quedaban mechones rebeldes, salpicados de blanco, pegados a la frente por la humedad.
—Perdóneme, señorita —dijo con voz ronca, pero suave, como papel de lija envuelto en terciopelo—. El tiempo vuela cuando uno lee.
Se levantó con poca facilidad, su viejo cuerpo protestando con crujidos en las rodillas y un pinchazo en la espalda. Apoyó una mano en la mesa para equilibrarse, dejando el libro abierto sobre la silla. Pagó con un billete arrugado —demasiado, como siempre, dejando una propina generosa que la camarera aceptó con un rubor— y se adentró en la noche, arrastrando los pies por los callejones del centro.
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viernes, 26 de diciembre de 2025
Sombra y asfalto (1)
"Seguía soñando con aventuras que nunca emprendió, con
amores que se escaparon entre los dedos, con palabras no dichas. Mas no había
allí nadie que le confirmara lo que había de cierto o errado en sus
pensamientos”.
“Solo tenía como compañeras a las estrellas, mudos
testigos de su introspección”.
Madrid,
invierno de cualquier año que podría ser este. La ciudad se acurruca bajo un
manto de lluvia fina y farolas que proyectan sombras alargadas sobre charcos
que reflejan el cielo gris. En un rincón olvidado del centro, entre cafeterías
que cierran temprano y librerías que resisten el paso del tiempo, un hombre
camina solo. Lleva una gabardina arrugada, un sombrero inclinado y un libro
bajo el brazo que es su único compañero fiel.
Esta es la
historia de un paseante nocturno, de un café que se enfría, de estrellas que
parpadean con secretos antiguos y de un corazón que late con la terquedad de un
niño. Una novela breve sobre la soledad que no pesa, sobre la memoria que viaja
más rápido que la luz y sobre cómo, a veces, el reflejo en un cristal puede
cambiarlo todo.
Sin grandes
gestos ni dramas estruendosos. Solo un hombre, una noche, un parque y la
certeza de que nadie desaparece del todo mientras alguien, en algún lugar, siga
mirando al mismo cielo.
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jueves, 25 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (y 25)
Juan le había contado que alguna vez, en una de esas
interminables noches de espera, distinguió al final de la calle, bajo la luz
plateada de la luna, una figura femenina. Era una joven, con el cabello largo y
oscuro cayendo sobre sus hombros, sosteniendo un libro contra su pecho como si
fuera un escudo. Sus pasos eran lentos, vacilantes, como si la ciudad misma la
intimidara. Se detuvo a unos pocos metros de distancia, bajo el resplandor de
un letrero de neón que anunciaba “Cerveza Mahou”. Sus ojos, grandes y
profundos, se cruzaron por un instante con los de Juan, y el mundo entero pareció
contener el aliento. ¿Era ella? Podría haberlo sido. Y sin embargo sostenía un
libro entre sus manos, apretado junto a su pecho. ¿El título? No podía
distinguir el título. ¿Sería “Noches de Sing-Sing? ¿O tan sólo se trataba de
otro espejismo de un corazón hambriento?
Según contó, este suceso se repitió algunas veces más.
Aquella joven lo miraba fugazmente y algo se encendía dentro del alma de Juan.
Pero entonces, como si un viento invisible se hubiera levantado de repente,
aquella joven daba media vuelta y se alejaba, y cada golpe del tacón de sus
zapatos sobre el asfalto de la calle, se convertía en un martilleo constante de
punzadas de dolor que penetraba más y más en su corazón.
Tan obsesionado estaba Juan con encontrarla de nuevo, que
no supo decirle a Carlos si aquella escena se repitió muchas más veces; tan
sólo recordaba unas pocas, porque siempre tenía la vista clavada en la puerta
de aquella discoteca rebuscando entre los rostros de todas las chicas que entraban
y salían esperando reconocer a Clara o a su amiga.
Y es que en nuestra vida, en nuestra existencia en esta
tierra, no hay respuestas, sólo preguntas, sólo espera y ojalá que también
perviva la esperanza. Así lo reconoció Carlos, comprendiendo que la historia de
Juan no había terminado, porque aquella historia era la espera misma, la
obstinación de un alma que se niega a rendirse al vacío de lo superficial.
Carlos llegó por fin a su casa, para reencontrarse con su
vida habitual, aunque el impacto emocional de esta historia perduraría para
siempre en su memoria. Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en el
apartamento de Juan, el sonido de la vieja Olivetti seguí rompiendo
monótonamente el silencio de la noche. Porque Clara, real o imaginada, era el
símbolo de lo que Juan anhelaba: un amor que trascienda, una conexión que dé
sentido a nuestra vida. Y aunque ella no volviese a parecer en su vida nunca
más, la espera de Juan continuaría indefinidamente, porque la chispa de luz que
desprendió aquél inusual encuentro era un faro que rompía eternamente la oscuridad
reinante. Y en aquél mundo de negrura, iluminado tan sólo por la lejana e
intermitente luz de ese faro, Juan era la voz de un poeta que gritaba con tinta
su irredimible esperanza.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (24)
Pero se dio cuenta de que esta historia era como la vida
misma, no se sometía a las reglas de los finales convencionales. No había
ningún final, no había ningún telón que –como en una representación de teatro-
cayera poniendo “fin”. O quizás aquello era realmente el final de aquella
historia y luego vendrían otras diferentes, con Juan renaciendo de sus propias
cenizas y emprendiendo nuevas aventuras y afrontando nuevos encuentros.
Aquella chica joven, tan demasiado joven, estaba leyendo
“Noches de Sing-Sing” de Harry Stephen Skiller, en medio del jolgorio de una
discoteca. No era una situación normal pero quizás, por eso, precisamente,
había atraído la atención de Juan. Porque ella, Clara, era un destello que
iluminó –aunque sólo fuese fugazmente- la vida de su amigo, insuflándole una
alegría y una esperanza que ya creía olvidada.
Mientras caminaba, recreaba en su mente aquella escena.
Clara, una chica de diecisiete años, con ojos que parecían contener universos y
una risa que era como un verso suelto en una página en blanco. En aquella mesa,
rodeados por el torbellino de la discoteca, habían compartido algo que Juan no
podía nombrar, pero que sentía como una verdad absoluta: una conexión de almas,
un refugio en un mundo que sólo ofrecía vacío existencial. En medio de aquél
caos, como si se abriese una cápsula que los separase del mundo exterior, Juan
había improvisado unos versos que encendieron una conexión íntima entre los
dos. Pero, como la vida misma, aquello fue también algo efímero.
Al día siguiente, la realidad los había alcanzado: ella,
demasiado joven para entrar en la discoteca, se había enfadado, frustrada por
las reglas de un mundo que no entendía su espíritu. Juan la había acompañado a
un autobús, con la promesa de esperar un nuevo encuentro, y desde entonces,
nada. No conocía sus apellidos, ni su dirección, ni su teléfono… sólo la conocía
a ella, su interior, su alma, y el eco de su voz y su sonrisa sentados los dos
en un rincón de la discoteca con un libro abierto sobre la mesa, imponiendo su
presencia en contraste con las copas de alcohol que se agolpaban unas junto a
otras.
¿Era un loco, Juan? ¿Se había aferrado a un espejismo?
¿Era un poeta que transformaba en versos cada momento de su vida? ¿O era,
simplemente, un hombre atrapado por su propio idealismo, incapaz de rendirse a
la corriente de la vida? Estaba claro que Juan no conocía la respuesta, y por
eso cada viernes, al caer la noche, volvía a esa esquina, con la misma chaqueta
de pana y la misma esperanza obstinada. La discoteca seguía allí,
imperturbable, vomitando risas y música, pero él ya no entraba. Se quedaba
fuera, escrutando cada rostro, cada sombra, buscando un par de ojos castaños
que pudieran ser los de ella. En algún
lugar de la ciudad, o tal vez más allá, Clara existía. De eso estaba seguro. Quizás
estaría sentada en otro café, con un libro nuevo entre las manos, buscando
también, sin saber cómo ni por qué, alguien que conectara con su interior. O
quizás no. Quizás la noche la había engullido, como engullía a tantos, y su
alma se había perdido en el torbellino de lo cotidiano. Pero Juan elegía creer
en lo primero, porque la alternativa era un vacío que no estaba listo para afrontar.
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martes, 23 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (23)
La noche
madrileña se extendía como un lienzo roto, lleno de remiendos de luz y sombra.
En la Gran Vía los letreros luminosos seguían parpadeando incansablemente cada
noche, en una rutina que parecía vestirse forzada alegría. El asfalto mojado y
sonido de las ruedas de los coches surcando los charcos, se mezclaba con el
murmullo de los transeúntes cargados de bolsas y paquetes adornados con motivos
navideños. Madrid era una fiesta que nunca terminaba, y la discoteca El
Paraíso, con su fachada iluminada por destellos rojos y azules, seguía siendo
el corazón palpitante de aquella esquina de la calle, un lugar donde los
cuerpos se movían al compás de melodías disco y los corazones buscaban, aunque
fuera por una noche, algo que los llenara.
Juan permanecía
allí, fiel a su promesa, como una figura tallada en la penumbra, apoyado contra
la misma pared desconchada que había sido su refugio durante semanas. La luz de
una farola, pálida y frágil, se derramaba sobre su rostro, acentuando las
ojeras que marcaban su piel como mapas de un viaje sin destino. Sus manos,
hundidas en los bolsillos de su chaqueta, temblaban ligeramente, no por el frío,
sino por la tensión de una espera que se había convertido en religión. A
intervalos, la música de la discoteca se filtraba al exterior, un murmullo
lejano que no lograba alcanzarlo. En su mente, el mundo entero se había
reducido a esa esquina, a esa puerta, a la posibilidad de un encuentro que lo
redimiera…
Carlos quedó
impresionado con esta historia y, aunque lo deseaba, no encontraba palabras que
pudieran infundir ánimo en su amigo. Permanecieron en silencio unos minutos.
Apuraron sus copas de vino. Miraron el reloj y Carlos se levantó para
despedirse de Juan.
- No sé qué
decirte. Comprendo que cualquier palabra de ánimo sería baldía. Intenta salir
de esta como tantas veces lo han intentado y conseguido los protagonistas de
tus novelas.
Juan
agradeció en silencio aquellas palabras sinceras. Se levantó y se dirigió a la
puerta para despedirse. Se dieron un abrazo. Juan se dio media vuelta y se
sentó, ahora, frente a la máquina de escribir; bullían en su cabeza miles de
palabras y de historias que se empujaban unas a otras por salir y plasmarse en
el papel. El sonido del teclear de la máquina de scribir se convirtió en la
nueva melodía de aquella habitación.
Fuera, su
amigo Carlos caminaba de regreso a su casa con todos los pensamientos y emociones
de este encuentro agolpados en su cerebro y en su corazón. ¡Cómo le hubiera
gustado un final distinto, uno en donde Juan encontrara a su amada, en donde
sus manos se entrelazaran bajo las luces de la discoteca y una música melódica los
envolviera en un abrazo eterno.
lunes, 22 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (22)
Al cerrarse
de nuevo las puertas de la discoteca, el rumor de la música se desvaneció y fue
reemplazado por un silencio que parecía envolver ahora a la ciudad entera.
Desde algún lugar lejano, quizás un bar o un coche con la ventanilla abierta,
comenzó a sonar “Desde aquél día” de Raphael, con su melodía nostálgica que
parecía escrita para ese preciso momento:
Yo no he vuelto a encontrarla jamás
Desde aquel día
De su vida no sé qué será
Desde aquel día
Es posible que tenga otro amor
Una nueva ilusión
O quizás llorará
O quizás llorará
O quizás llorará
Desde aquel día
Sus palabras de amor, ¿dónde irán?
Desde aquel día
Y de noche, ¿con quién soñará?
Desde aquel día
Es posible que esté como yo
Recordando mi amor
Sin poderme olvidar
Sin poderme olvidar
Sin poderme olvidar
Desde aquel día
Ninguno de los dos hacemos nada
Por volver
Y no nos vemos
Y no nos vemos
Desde aquel día
Ninguno de los dos recordaremos
El ayer
Y nos queremos
Y nos queremos
Desde aquel día
Desde aquel día
Ninguno de los dos perdonaremos
El ayer
Y nos queremos
Y nos queremos
Desde aquel día
Desde aquel día
Desde aquel día
Juan alzó la
mirada, buscando en la oscuridad de la calle una señal, un destello, una sombra
que pudiera ser ella. Pero no, ni ella ni su amiga, habían vuelto por aquél
lugar. La calle estaba vacía, acogiendo tan solo el eco de conversaciones
lejanas y el parpadeo de los letreros. Apoyó la cabeza contra la pared,
cerrando los ojos, y dejó que la música lo envolviera. En su mente, la imagen
de Clara -sus ojos castaños, su risa suave, el roce de sus manos- todo era tan vívido
que dolía. Había prometido esperarla, y lo haría, aunque la noche lo devorara,
aunque Madrid entero se convirtiera en un cementerio de recuerdos.
Y es que Juan
estaba atrapado en un limbo de su propia creación, un romántico que había
encontrado un destello de conexión en una noche fugaz y ahora se aferraba a él
como si fuera su única salvación. El ambiente cosmopolita y animado de la
ciudad era un escenario cruel para su espera, un lugar donde lo efímero y
superficial y en donde las almas como la suya parecían destinadas a perderse. Su
amigo Rafael, con su confesión inesperada, revelaba que incluso los que
abrazaban la noche llevaban sus propias máscaras, sus propios vacíos. Pero la
ausencia de Clara, más que una derrota, era para Juan una prueba de fe
inalcanzable, un desafío a su idealismo en un mundo que lo empujaba a rendirse.
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Yo no he vuelto a encontrarla jamás
Desde aquel día
De su vida no sé qué será
Desde aquel día
Es posible que tenga otro amor
Una nueva ilusión
O quizás llorará
O quizás llorará
O quizás llorará
Desde aquel día
Sus palabras de amor, ¿dónde irán?
Desde aquel día
Y de noche, ¿con quién soñará?
Desde aquel día
Es posible que esté como yo
Recordando mi amor
Sin poderme olvidar
Sin poderme olvidar
Sin poderme olvidar
Desde aquel día
Ninguno de los dos hacemos nada
Por volver
Y no nos vemos
Y no nos vemos
Desde aquel día
Ninguno de los dos recordaremos
El ayer
Y nos queremos
Y nos queremos
Desde aquel día
Desde aquel día
Ninguno de los dos perdonaremos
El ayer
Y nos queremos
Y nos queremos
Desde aquel día
Desde aquel día
Desde aquel día
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domingo, 21 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (21)
Juan lo
miró, sorprendido por la confesión. Había algo en los ojos de Rafael, un
destello de tristeza que contrastaba con su habitual desenfado.
- ¿Y por qué no lo dejas? -preguntó, con una curiosidad genuina.
Rafael hizo una pausa, como si la pregunta lo hubiera pillado desprevenido. Miró hacia la calle, donde un grupo de jóvenes reía bajo un letrero de neón que anunciaba “Cerveza Mahou”.
- Lo intenté -admitió finalmente, con una voz baja, casi un susurro-. Pero no supe encontrarme. Aquí, con la careta puesta, me olvido de quién soy. Solo contigo hablo como si fuera yo mismo. -Sacudió la cabeza, como si quisiera borrar esa confesión-. Pero dime, ¿qué haces aquí?
- Espero -respondió Juan, con una simplicidad que escondía un abismo de emociones.
- ¿A ella?
- Sí.
Rafael frunció el ceño, inclinándose hacia él.
- ¿A qué hora quedaste?
- A esta hora... hace un mes.
Rafael
parpadeó, atónito, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.
- ¿Un mes? ¿Llevas un mes esperando?
Juan asintió, mientras volvía a dirigir su mirada, una mirada perdida, hacia el final de la calle.
- Quedamos el viernes siguiente. Vino, le di un libro mío, hablamos... Sentí algo real. Pero al día siguiente, no la dejaron entrar por ser menor. Se enfadó, no quiso ir a otro sitio. La acompañé a un autobús, y desde entonces, nada.
- ¿No tenías su dirección o su teléfono? -preguntó Rafael, con una mezcla de incredulidad y compasión.
- No lo necesitaba –respondió Juan, con una convicción que parecía sostenerlo en pie-. Su alma me bastaba.
Rafael suspiró y se rascó la nuca.
- Vamos a ver, Juan, esto no tiene sentido. No va a volver.
- No lo sé -respondió Juan, con un tono de voz que evidenciaba su fragilidad-. Pero dijo que su amiga venía mucho aquí. Quizás ella me vea y me diga algo. Le prometí que la esperaría, aunque fueran veinte años.
Rafael lo miró, con una mezcla de admiración y lástima.
- Eres un romántico empedernido. Ojalá la encuentres. -Le dio una palmada en el hombro, en un gesto que intentaba ser reconfortante pero que no podía disipar la soledad de Juan-. ¡Ánimo!
Antes de que
Juan pudiera responder, Néstor apareció en la puerta de la discoteca, con su
camisa verde esmeralda y una expresión en su rostro que delataba los efluvios
del alcohol.
- ¡Rafael, vamos! -gritó, con una voz enérgica que resonó en la calle-. ¡Hola, escritor! –añadió dirigiéndose a Juan.
Juan levantó una mano en un saludo débil, casi mecánico. Rafael miró a Juan una última vez, como si quisiera decir algo más, pero finalmente se limitó a un:
- ¡Cuídate!
Se unió a Néstor, y ambos desaparecieron en el torbellino de la discoteca, dejando a Juan solo en la calle.
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- ¿Y por qué no lo dejas? -preguntó, con una curiosidad genuina.
Rafael hizo una pausa, como si la pregunta lo hubiera pillado desprevenido. Miró hacia la calle, donde un grupo de jóvenes reía bajo un letrero de neón que anunciaba “Cerveza Mahou”.
- Lo intenté -admitió finalmente, con una voz baja, casi un susurro-. Pero no supe encontrarme. Aquí, con la careta puesta, me olvido de quién soy. Solo contigo hablo como si fuera yo mismo. -Sacudió la cabeza, como si quisiera borrar esa confesión-. Pero dime, ¿qué haces aquí?
- Espero -respondió Juan, con una simplicidad que escondía un abismo de emociones.
- ¿A ella?
- Sí.
Rafael frunció el ceño, inclinándose hacia él.
- ¿A qué hora quedaste?
- A esta hora... hace un mes.
- ¿Un mes? ¿Llevas un mes esperando?
Juan asintió, mientras volvía a dirigir su mirada, una mirada perdida, hacia el final de la calle.
- Quedamos el viernes siguiente. Vino, le di un libro mío, hablamos... Sentí algo real. Pero al día siguiente, no la dejaron entrar por ser menor. Se enfadó, no quiso ir a otro sitio. La acompañé a un autobús, y desde entonces, nada.
- ¿No tenías su dirección o su teléfono? -preguntó Rafael, con una mezcla de incredulidad y compasión.
- No lo necesitaba –respondió Juan, con una convicción que parecía sostenerlo en pie-. Su alma me bastaba.
Rafael suspiró y se rascó la nuca.
- Vamos a ver, Juan, esto no tiene sentido. No va a volver.
- No lo sé -respondió Juan, con un tono de voz que evidenciaba su fragilidad-. Pero dijo que su amiga venía mucho aquí. Quizás ella me vea y me diga algo. Le prometí que la esperaría, aunque fueran veinte años.
Rafael lo miró, con una mezcla de admiración y lástima.
- Eres un romántico empedernido. Ojalá la encuentres. -Le dio una palmada en el hombro, en un gesto que intentaba ser reconfortante pero que no podía disipar la soledad de Juan-. ¡Ánimo!
- ¡Rafael, vamos! -gritó, con una voz enérgica que resonó en la calle-. ¡Hola, escritor! –añadió dirigiéndose a Juan.
Juan levantó una mano en un saludo débil, casi mecánico. Rafael miró a Juan una última vez, como si quisiera decir algo más, pero finalmente se limitó a un:
- ¡Cuídate!
Se unió a Néstor, y ambos desaparecieron en el torbellino de la discoteca, dejando a Juan solo en la calle.
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sábado, 20 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (20)
Rafael
apareció desde la penumbra, acompañado de una mujer de cabello rubio y un
vestido brillante que reflejaba las luces de neón. La dejó con un grupo de
amigos que reían frente a la discoteca, intercambiando un guiño y una promesa
de volver pronto. Luego, se acercó a Juan, con una sonrisa que se desvaneció al
ver la expresión de su amigo.
- ¡Hola, escritor! ¿Qué haces aquí solo? -preguntó, con un tono que intentaba ser ligero pero no podía ocultar una genuina preocupación.
Juan no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en un punto lejano, donde la calle se perdía en la oscuridad.
- Nada -dijo finalmente, con una voz tan apagada que apenas se escuchó por encima del rumor de la noche.
Rafael frunció el ceño, apoyándose en la pared junto a él. Vestía una camisa de color mostaza y pantalones de campana, con un aire de desenfado que contrastaba con la tensión en su rostro.
- Venga, hombre, ¿qué te pasa?
- Nada -repitió Juan, pero esta vez había un dejo de amargura en su voz, como si la palabra fuera un escudo que no podía sostener por mucho tiempo.
Rafael suspiró, cruzando los brazos, intentando encontrar alguna forma de animar a su amigo.
- No me vengas con esas. ¿Es por la chica de aquel día?
Juan asintió lentamente y, por un instante, sus ojos se iluminaron con un destello de vulnerabilidad.
- Sí.
Rafael se pasó una mano por el cabello, con un gesto de frustración contenida.
- Venga, Juan, no te lo tomes así. Hay muchas mujeres en el mundo.
Juan se volvió hacia él, con una intensidad que hizo retroceder a Rafael un paso.
- ¿Pero es que no lo entiendes, Rafael? Yo no busco “mujeres”… busco “un alma”… la suya.
Como si se
hubiese hecho un silencio repentino en el mundo, la atmósfera entre ellos se
volvió densa, cargada de la dolorosa verdad que Juan había pronunciado. Rafael
lo miró, como si intentara descifrar un enigma que siempre había eludido.
Finalmente, suavizó el tono, como si temiera romper algo frágil.
- Lo siento. Quizás este ambiente no era para ti.
Juan esbozó una sonrisa amarga, mirando hacia la discoteca, donde las luces parpadeaban como un latido artificial.
- Pero ya estoy dentro.
Rafael se apoyó más en la pared, con una expresión que oscilaba entre la comprensión y la impotencia.
- ¡Y puedes salir! Hay más almas como la tuya, en tu mundo, el de la vida real –trató de animarle dando más energía a sus palabras.
- ¿Mi mundo? -Juan soltó una risa seca, casi cruel-. ¿Cuál es mi mundo?
- El normal, el de la mayoría de la gente -respondió Rafael, con un entusiasmo que sonaba forzado, como si también estuviera intentando convencerse a sí mismo-. Te envidio, ¿sabes? Tú puedes ser quien quieras. Yo solo tengo esto: la noche, las máscaras. Fuera de aquí, no soy nadie.
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- ¡Hola, escritor! ¿Qué haces aquí solo? -preguntó, con un tono que intentaba ser ligero pero no podía ocultar una genuina preocupación.
Juan no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en un punto lejano, donde la calle se perdía en la oscuridad.
- Nada -dijo finalmente, con una voz tan apagada que apenas se escuchó por encima del rumor de la noche.
Rafael frunció el ceño, apoyándose en la pared junto a él. Vestía una camisa de color mostaza y pantalones de campana, con un aire de desenfado que contrastaba con la tensión en su rostro.
- Venga, hombre, ¿qué te pasa?
- Nada -repitió Juan, pero esta vez había un dejo de amargura en su voz, como si la palabra fuera un escudo que no podía sostener por mucho tiempo.
Rafael suspiró, cruzando los brazos, intentando encontrar alguna forma de animar a su amigo.
- No me vengas con esas. ¿Es por la chica de aquel día?
Juan asintió lentamente y, por un instante, sus ojos se iluminaron con un destello de vulnerabilidad.
- Sí.
Rafael se pasó una mano por el cabello, con un gesto de frustración contenida.
- Venga, Juan, no te lo tomes así. Hay muchas mujeres en el mundo.
Juan se volvió hacia él, con una intensidad que hizo retroceder a Rafael un paso.
- ¿Pero es que no lo entiendes, Rafael? Yo no busco “mujeres”… busco “un alma”… la suya.
- Lo siento. Quizás este ambiente no era para ti.
Juan esbozó una sonrisa amarga, mirando hacia la discoteca, donde las luces parpadeaban como un latido artificial.
- Pero ya estoy dentro.
Rafael se apoyó más en la pared, con una expresión que oscilaba entre la comprensión y la impotencia.
- ¡Y puedes salir! Hay más almas como la tuya, en tu mundo, el de la vida real –trató de animarle dando más energía a sus palabras.
- ¿Mi mundo? -Juan soltó una risa seca, casi cruel-. ¿Cuál es mi mundo?
- El normal, el de la mayoría de la gente -respondió Rafael, con un entusiasmo que sonaba forzado, como si también estuviera intentando convencerse a sí mismo-. Te envidio, ¿sabes? Tú puedes ser quien quieras. Yo solo tengo esto: la noche, las máscaras. Fuera de aquí, no soy nadie.
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viernes, 19 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (19)
Tras
escuchar esta historia, Carlos quedó impresionado pero, a la vez, esperanzado
de que aquél encuentro hubiese traído por fin un poco de alegría y esperanza a
su amigo. Pero intuyó que aún quedaba algo más por desvelarse al contemplar el
rostro de Juan que permanecía triste. Por eso le pidió que continuara su
relato…
La Gran Vía
de Madrid, era un río de sombras y luces parpadeantes en aquella noche de 1975.
Los letreros de neón de los bares y discotecas titilaban como luciérnagas
cansadas, arrojando destellos rojos y azules sobre los adoquines húmedos por
una lluvia reciente. El aire olía a tabaco, a colonia barata y a la promesa
fugaz de la noche. Parejas pasaban riendo, sus voces mezclándose con el eco de
la música disco que se filtraba desde El Paraíso, la discoteca que parecía
devorar la calle con su bullicio. Era algo así como si la ciudad entera
quisiera despertar y gritar al mundo que estaba viva e invitase a todos a un
futuro de alegría y felicidad. Pero para Juan, apoyado contra una pared
desconchada, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta de pana, el
mundo entero se reducía a esa esquina, a ese instante, a esa espera.
Tenía el
rostro cansado, con ojeras que delataban noches mal dormidas y días consumidos
por la escritura y la obsesión. Su cabello, desordenado como siempre, caía
sobre su frente, y sus ojos verdes, apagados por la fatiga, escrutaban la calle
como si pudieran conjurar a quien buscaba. La música de la discoteca, un ritmo
frenético que vibraba en el aire, no lograba penetrar la burbuja de su
introspección. Había algo en su postura, en la forma en que su cuerpo se
apoyaba contra la pared, que hablaba de una determinación frágil, como si
estuviera sosteniendo un castillo de naipes que podía derrumbarse con un soplo.
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jueves, 18 de diciembre de 2025
Sigue esperando… (18)
Hubo una
pausa de silencio entre los dos, como una cápsula aislada del ruidoso ambiente
que los rodeaba.
- ¿Podemos quedar otro día? -sugirió Juan, sintiendo que aquél encuentro podía significar un cambio radical en su vida.
Ella lo miró, evaluándolo, y luego sonrió.
- Si no te importa mi edad...
- Lo que importa es el alma -respondió él, con una convicción que sentía crecer dentro de sí.
- ¿El viernes que viene? ¿Aquí? –propuso cargado de esperanza.
- Seguro que mi amiga me arrastra otra vez -dijo ella, con una sonrisa que más parecía una promesa.
Juan levantó un vaso imaginario simulando un brindis y en su rostro se dibujó una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba teñida de melancolía.
- Entonces, brindemos por nuestro próximo encuentro. ¡Camarero!
Ella rio y alzó también un vaso invisible y, mientras ambos brindaban con sus imaginarias copas en el aire, la música de la discoteca cambió a una balada romántica, una melodía suave que envolvió la sala en un halo de nostalgia. Las luces se atenuaron, y por un instante, el mundo entero pareció reducirse a esa mesa, a ese momento, a dos almas que se habían encontrado en medio de una noche plana.
Juan y
Clara, en medio del caos de la discoteca, habían encontrado un refugio en su
conversación, un espacio donde las palabras tenían peso y las almas podían
tocarse. Aquella ruidosa discoteca, con su mezcla de opresión y efervescencia,
era el insólito telón de fondo para este encuentro que bien parecía una chispa
aislada de profunda emoción y sentimientos, perdida en un mundo en donde todo
es superficial y efímero.
Sus amigos, Néstor y Rafael, con su hedonismo desenfadado, representaban todo lo que Juan rechazaba, pero también le mostraban permanentemente aquello en lo que temía convertirse: un hombre que se conformase con la superficie porque la profundidad verdadera dolía demasiado. Clara, con su juventud y su madurez inesperada, era un espejo donde Juan veía reflejada su propia búsqueda, pero también una promesa de algo más, algo que aún no podía nombrar.
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- ¿Podemos quedar otro día? -sugirió Juan, sintiendo que aquél encuentro podía significar un cambio radical en su vida.
Ella lo miró, evaluándolo, y luego sonrió.
- Si no te importa mi edad...
- Lo que importa es el alma -respondió él, con una convicción que sentía crecer dentro de sí.
- ¿El viernes que viene? ¿Aquí? –propuso cargado de esperanza.
- Seguro que mi amiga me arrastra otra vez -dijo ella, con una sonrisa que más parecía una promesa.
Juan levantó un vaso imaginario simulando un brindis y en su rostro se dibujó una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba teñida de melancolía.
- Entonces, brindemos por nuestro próximo encuentro. ¡Camarero!
Ella rio y alzó también un vaso invisible y, mientras ambos brindaban con sus imaginarias copas en el aire, la música de la discoteca cambió a una balada romántica, una melodía suave que envolvió la sala en un halo de nostalgia. Las luces se atenuaron, y por un instante, el mundo entero pareció reducirse a esa mesa, a ese momento, a dos almas que se habían encontrado en medio de una noche plana.
Sus amigos, Néstor y Rafael, con su hedonismo desenfadado, representaban todo lo que Juan rechazaba, pero también le mostraban permanentemente aquello en lo que temía convertirse: un hombre que se conformase con la superficie porque la profundidad verdadera dolía demasiado. Clara, con su juventud y su madurez inesperada, era un espejo donde Juan veía reflejada su propia búsqueda, pero también una promesa de algo más, algo que aún no podía nombrar.
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