martes, 16 de diciembre de 2025

Sigue esperando… (16)

Cuando terminó la canción y se sentaron de nuevo en su mesa, Clara se inclinó sobre él:
- Cuéntame algo de lo que escribes. ¿Poesía, quizás? 
Juan titubeó, sintiendo el peso de su mirada. Sacó su libreta, hojeó las páginas hasta encontrar un espacio en blanco, y comenzó a escribir, dejando que las palabras fluyeran como si fueran un río que llevaba tiempo represado. Ella lo miraba intrigada, sin atreverse a preguntar qué era lo que estaba escribiendo. Cuando Juan terminó, alzó la voz, apenas lo suficiente para que ella lo escuchara por encima del murmullo de la discoteca, que en ese momento parecía desvanecerse en una melodía suave, como si Clair de Lune de Debussy hubiera reemplazado el estruendo de la pista. 
- Aquí va –respondió Juan y, sosteniendo la libreta entre sus manos, comenzó a recitarle un poema-
“Mi sueño es un alma de mujer que no encuentra cuerpo.
Sé que existe, y mi destino balbucea hacia ella.
La busco en los trigales que ondula la esperanza,
en las calles muertas de cielo,
en el mar salpicado de estrellas.
Ella está en la noche plana,
en el reír alegre, sin saber, del día.
Sabe que la busco y se esconde.
¿Por qué?
Se camufla en cuerpos vacíos,
muertos ya a la esperanza.
Yo, voraz golondrina,
engullo esos minúsculos cuerpos,
pero mi estómago se revuelve.
¿Dónde estará esa fruta ignorada que da la alegría?
Mi cuerpo se cansa.
Perdona que descanse un poco;
lloro las estrellas de tu noche,
de esta noche de mi alma.
Estoy cansado de palabras,
de perderme siempre en el mismo camino.
Perdona que muera esta noche…
una vez más”. 
 
Mientras le recitaba aquél poema improvisado que reflejaba sus más profundos pensamientos, sus manos se rozaron sobre la mesa, un contacto fugaz que, sin embargo, conectó de una manera mágica sus corazones.
 

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