Hubo una
pausa de silencio entre los dos, como una cápsula aislada del ruidoso ambiente
que los rodeaba.
- ¿Podemos quedar otro día? -sugirió Juan, sintiendo que aquél encuentro podía significar un cambio radical en su vida.
Ella lo miró, evaluándolo, y luego sonrió.
- Si no te importa mi edad...
- Lo que importa es el alma -respondió él, con una convicción que sentía crecer dentro de sí.
- ¿El viernes que viene? ¿Aquí? –propuso cargado de esperanza.
- Seguro que mi amiga me arrastra otra vez -dijo ella, con una sonrisa que más parecía una promesa.
Juan levantó un vaso imaginario simulando un brindis y en su rostro se dibujó una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba teñida de melancolía.
- Entonces, brindemos por nuestro próximo encuentro. ¡Camarero!
Ella rio y alzó también un vaso invisible y, mientras ambos brindaban con sus imaginarias copas en el aire, la música de la discoteca cambió a una balada romántica, una melodía suave que envolvió la sala en un halo de nostalgia. Las luces se atenuaron, y por un instante, el mundo entero pareció reducirse a esa mesa, a ese momento, a dos almas que se habían encontrado en medio de una noche plana.
Juan y
Clara, en medio del caos de la discoteca, habían encontrado un refugio en su
conversación, un espacio donde las palabras tenían peso y las almas podían
tocarse. Aquella ruidosa discoteca, con su mezcla de opresión y efervescencia,
era el insólito telón de fondo para este encuentro que bien parecía una chispa
aislada de profunda emoción y sentimientos, perdida en un mundo en donde todo
es superficial y efímero.
Sus amigos, Néstor y Rafael, con su hedonismo desenfadado, representaban todo lo que Juan rechazaba, pero también le mostraban permanentemente aquello en lo que temía convertirse: un hombre que se conformase con la superficie porque la profundidad verdadera dolía demasiado. Clara, con su juventud y su madurez inesperada, era un espejo donde Juan veía reflejada su propia búsqueda, pero también una promesa de algo más, algo que aún no podía nombrar.
Novelas con corazón
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- ¿Podemos quedar otro día? -sugirió Juan, sintiendo que aquél encuentro podía significar un cambio radical en su vida.
Ella lo miró, evaluándolo, y luego sonrió.
- Si no te importa mi edad...
- Lo que importa es el alma -respondió él, con una convicción que sentía crecer dentro de sí.
- ¿El viernes que viene? ¿Aquí? –propuso cargado de esperanza.
- Seguro que mi amiga me arrastra otra vez -dijo ella, con una sonrisa que más parecía una promesa.
Juan levantó un vaso imaginario simulando un brindis y en su rostro se dibujó una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba teñida de melancolía.
- Entonces, brindemos por nuestro próximo encuentro. ¡Camarero!
Ella rio y alzó también un vaso invisible y, mientras ambos brindaban con sus imaginarias copas en el aire, la música de la discoteca cambió a una balada romántica, una melodía suave que envolvió la sala en un halo de nostalgia. Las luces se atenuaron, y por un instante, el mundo entero pareció reducirse a esa mesa, a ese momento, a dos almas que se habían encontrado en medio de una noche plana.
Sus amigos, Néstor y Rafael, con su hedonismo desenfadado, representaban todo lo que Juan rechazaba, pero también le mostraban permanentemente aquello en lo que temía convertirse: un hombre que se conformase con la superficie porque la profundidad verdadera dolía demasiado. Clara, con su juventud y su madurez inesperada, era un espejo donde Juan veía reflejada su propia búsqueda, pero también una promesa de algo más, algo que aún no podía nombrar.
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