martes, 16 de abril de 2024

Gimnasia general

La Gimnasia es un deporte en el que se realizan ejercicios físicos muy variados, los cuales exigen algo de fuerza pero sobre todo mucha agilidad, elegancia y flexibilidad. Se distinguen varias clases, como la Gimnasia artística, la rítmica, en trampolín, aeróbica, acrobática y general. En esta última, que es a la que nos referimos en el presente capítulo, su principal característica es que se realiza en grupos, generalmente muy numerosos formando coreografías y puede ser además la más completa de todas ya que tiene la capacidad de incluir y combinar ejercicios propios de las otras disciplinas de Gimnasia. Otra característica es que los gimnastas van uniformados de una forma acorde a la coreografía que vayan a desarrollar.
 
Este tipo de Gimnasia, aunque no sea competitiva, sí que es un deporte, aunque para mí fue algo más que eso, fue: una asignatura. En efecto, Dibujo, Religión y Gimnasia, eran las “Tres Marías”, las tres asignaturas que siempre aprobábamos todos y que yo, que tenía por objetivo “aprobar” (eso de sacar buena nota se lo dejaba a los empollones) valoraba sobremanera porque el Dibujo me gustaba y se me daba bien, la Religión era fácil y la Gimnasia se aprobaba sin problemas. Igual que los Tres Mosqueteros no eran tres sino cuatro (porque se unió a ellos D’artagnan), las Tres Marías no eran tres sino cuatro, ya que a ellas se sumaba la asignatura “FEN”. ¿Y qué es eso de FEN se preguntarán los más jóvenes? Pues esas eran las siglas de una asignatura llamada “Formación del Espíritu Nacional” en donde nos inculcaban los valores de la Falange y nos hacían admirar al Caudillo, Francisco Franco Bahamonde, salvador de la patria y Generalísimo de todos los Ejércitos.
 
Esto viene a cuento porque en alguna ocasión Gimnasia y FEN se juntaban y entonces hacíamos una demostración de ese “espíritu nacional” que promovía una juventud sana y obediente. El amplio patio del colegio de los Escolapios de San Fernando, en la calle Donoso Cortés de Madrid, era el escenario elegido y cada vez que hacíamos una demostración de este tipo teníamos ante nosotros una entregada audiencia compuesta por todos los padres, hermanos y demás familiares de los gimnastas que íbamos a intervenir.
 
La equipación no podía ser más cutre. Empezaré de abajo a arriba: zapatillas de deporte (más parecían de albañil que de deporte) blancas, calcetines blancos, pantalón corto blanco, y –ahora viene lo mejor- camiseta blanca de esas de tirantes que usamos los hombres para vestir y nos ponemos debajo de la camisa. ¡No eran camisetas de deporte, eran camisetas de vestir! Y para dar más realce a tal demostración deportivo sindical, nuestras madres habían tenido que coser a la camiseta un gran escudo conmemorativo del acontecimiento.
 
Uniformados de aquella manera, salíamos todos desfilando, ante la emoción de las madres asistentes. Nos situábamos, equidistantes unos de otros, cubriendo toda la superficie del patio de tierra. Y entonces, el profesor de Gimnasia en un éxtasis de ordeno y mando, empezaba a tocar el pito y a dar instrucciones, y todos nosotros le seguíamos en esos ejercicios tipo: hombros arriba, hombros abajo; extensión de brazos y giro a la derecha, luego giro a la izquierda; brazos en jarra y flexión de piernas, arriba y abaaajo; salto y palmas, salto y palmas; etc. etc. y no doy más detalles para no herir sensibilidades. Hay fotografías que demuestran bien a las claras cómo era aquello, fotografías en donde se ve lo difícil que resultaba encontrar a dos gimnasta que tuviesen brazos y piernas en la misma posición, siempre había diferencias de ritmo entre unos y otros, no como las exhibiciones que se hacen ahora en Corea del Norte, donde la multitud de gimnastas actúan al unísono como autómatas (claro que ellos entrenan más y al que lo haga mal seguro que lo mandan a un campo de concentración). Aquí la cosa era un poco más anárquica e incluso se ve en esas fotografías cómo alguno está más pendiente de lo que hace el de al lado para imitar después sus movimientos, que de hacerlos él de forma espontánea, seguramente porque no se acordaba de qué clase de movimiento gimnástico le tocaba hacer en ese momento.
 
Esas tablas de Gimnasia general eran un auténtico rollazo para nosotros y nunca entendía cómo le podían gustar tanto a los curas y a nuestros padres y familiares. Cuando yo he sido padre y he ido a ver algún espectáculo de este tipo en donde participaban mis hijos, he tenido la suficiente autocrítica e imparcialidad como para comprender que –como todo aquello que se hace a la fuerza- resulta entre patético y ridículo.
 

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