martes, 15 de octubre de 2013

Respeto

Eloy se daba cuenta que, a pesar de ser un extraño, un recién llegado, se sentía cada vez más integrado en aquella sociedad tan diferente a lo que había dejado en España. La religión era distinta, la moralidad y las costumbres también, del paisaje y clima no digamos... pero se respiraba en todos humanidad, solidaridad y sobre todo... respeto. Ese respeto que mostraban hacia los demás, le llegaba al alma. “Una sociedad –se repetía- en donde nadie teme que le roben y dejan las puertas abiertas”. Una sociedad, como le había explicado Sonja, en donde se deja siempre una luz encendida en la puerta de las casas cuando hay alguien dentro y se apaga cuando no hay nadie. Esto, que en España sería un chollo para los ladrones, algo así como un semáforo que les indicase cuándo pueden entrar a robar, aquí era todo lo contrario, la luz encendida indicaba que dentro había alguien que te podía acoger y te podía ayudar si lo necesitabas.

Ese respeto hacia los demás no lo era menos que el respeto que sentían por la naturaleza, algo que ya había llamado su atención cuando –paseando por cualquier ciudad, incluso Gjovik que era más grande- era incapaz de descubrir ningún papel, envase o desperdicio tirado por el suelo; todo el mundo utilizaba las papeleras y a nadie se le ocurría tirar nada al suelo. Por supuesto tampoco vio ninguna pintada en las fachadas de los edificios ni ninguna señal de gamberradas o salvajismo. Y en el caso de la naturaleza llegaba a unos extremos como el que pudo presenciar en directo al regresar con ellos a “Vik”.

Como esa vez eran muchos, se habían acercado a la iglesia de Lund en dos coches. Al regresar, la familia de Sonja iba delante y entonces, en mitad del camino, vio cómo frenaba el coche, se paraba a un lado de la carretera y bajaban todos apresuradamente. Eloy frenó y aparcó el coche detrás. Marianne y él se acercaron a ver qué sucedía. A Sven se le había ido la mano comiendo pastelitos y estaba vomitando. Cuando el niño terminó y se hubo recuperado un poco, volvieron al coche, pero entonces Nils regresó con una botella de agua y la echó sobre el vomitado que había caído en mitad del campo, para limpiar... ¡el área de suelo del campo que había quedado manchada con el vómito! Contemplar una escena de este tipo en España sería ciencia ficción, sin embargo allí en Noruega él pudo ser testigo directo. Esa clase de gente, por muy fría y distante que pueda parecer, tiene un corazón enorme. Y al igual que la religiosidad suelen expresarla en privado en vez de ir con ella en procesión, la solidaridad con todo y con todos la demostraban también aunque no los viese nadie.
Y casi sin darse cuenta, Eloy se fue integrando en aquella comunidad, en aquella nueva familia de la que ya se sentía parte. No obstante, si había algo que le llenaba de satisfacción, era intuir que las cosas entre Sonja y Nils empezaban a ir mejor y que Marianne parecía que estaba comprendiendo que no estaba sola y había mucha gente que la quería y la aceptaba tal como era; mucha gente que deseaba para ella un futuro estable y no la desordenada, solitaria y egoísta vida que había llevado hasta entonces.


De la novela "Castidad & Rock and roll", de Vicente Fisac, disponible en Amazon (tanto en edición digital como en edición impresa).

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