miércoles, 9 de octubre de 2013

El extraterrestre de Ojén

Sucedió el 26 de septiembre de 1.996. El escultor Marino Amaya, nacido en León hace siete décadas, estaba en su finca de la sierra de Ojén (Málaga). Es un reconocido escultor que incluso cuenta con un museo en la ciudad alemana de Dusseldorf. Sobre las nueve de la noche  vio como una luz que cruzaba el cielo y recordó que algo similar ya lo había visto antes -y no sólo lo vio él sino otras muchas personas- cuando regresaba en coche camino de su finca aunque aquella vez, y tras detener su coche, no vio nada más. Esta vez, acompañado de sus perros se dirigió al lugar donde había visto la luz y al llegar escuchó unos ruidos extraños. Sintió que la tierra se movía y quedó paralizado del susto. Entonces –y detrás de una potente luz- apareció un ser pequeño (de unos 90 cms. de estatura), delgado, con largos brazos que le llegaban hasta las rodillas, con pies muy planos como los anfibios, ojos grandes de color azul intenso y un color del cuerpo rojo teja. Comprendió de inmediato que se hallaba ante un ser extraterrestre el cual se movía flotando por el aire hasta que se posó sobre una gran piedra frente a él y le miró a los ojos. Marino no sintió miedo, sino paz y tranquilidad, que era lo que le transmitía ese ser; una tranquilidad que alcanzaba también a los perros.

“¿Por qué vienes a mí y no a otras personas más adecuadas que yo?”, le preguntó Marino. El ser le contestó: "Porque tu eres bueno, amas la vida, amas la Tierra, amas la naturaleza, eres amante de los animales, por eso he venido a dejarte el mensaje del Bien y del Amor. Habla de mí al mundo, para que la tierra, la madre de la vida, se respete, ya que ella es la razón de la existencia de la Humanidad. Di al mundo que estoy aquí en el planeta tierra para protegerlo. Que si no fuera así todo cambiará. Habrá grandes terremotos y grandes inundaciones que arrastrarán al vacío ciudades enteras". Marino le escuchó atentamente. Después de un tiempo (media hora calculó después) el ser levantó los brazos y emprendiendo el vuelo se despidió diciéndole: “Adiós amigo, nos volveremos a ver". 

Como Marino era escultor, bajó de inmediato al pueblo, hacia su estudio, para reproducir en barro la imagen de ese ser aprovechando que tenía las imágenes recientes y vivamente grabadas en su mente. Una vez finalizado el trabajo, procedió ya con más calma a trasladar ese molde y realizar una figura en bronce. Contó lo sucedido y ante el interés suscitado donó la escultura al pueblo.

Se colocó la escultura con una placa que decía “Vino del cielo”. Pero aquello dividió al pueblo porque muchos decían que aquello no podía ser un ángel. Robaron la estatua dos veces y finalmente despareció. 
Hoy día, y según cuentan, Marino Amaya sigue manteniendo frecuentemente contacto telepático con aquél ser.
Esta es una historia muy poco conocida pero perfectamente documentada y de la que todavía se habla en la localidad de Ojén, aunque nadie sabe decir a dónde fue a parar la escultura de aquél ser que "no era un ángel".

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