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viernes, 22 de mayo de 2020

Un puzzle de sentimientos juveniles


La novela se llama “Puzzle” y se subtitula “Realidad, sueños y anhelos” porque de todo eso hay, entremezclado, en este relato donde su protagonista irá abriéndose paso entre la realidad de su vida, lo ficticio de sus sueños y la realidad-sueño de sus más fervientes anhelos.

Para el protagonista, toda la espiritualidad de la vida sólo tiene un objetivo: hacer feliz a una mujer, y sólo cuando lo consigue  puede él también sentirse feliz. Así logra extraer de la materia toda su espiritualidad y en cada ocasión, el contacto físico del amor le transporta al mundo espiritual que satisface su ansia de plenitud y perfección.

Su sentir puede resumirse en esta frase: “El hombre trabaja, crea, se mueve, parece que es para su satisfacción, y cuando cae rendido, cada día encuentra la angustia de la nada. ¿Para qué? Se pregunta. ¿Para qué he creado? Es para la mujer, sólo para eso”.

Esta novela se incluye en el libro “Los primeros pasos de un escritor” en donde podemos ver cómo evoluciona un escritor durante sus primeros años.

Los primeros pasos de un escritor” de Vicente Fisac.
Disponible en Amazon (www.amazon.es) en ediciones digital e impresa.

lunes, 23 de julio de 2018

El último viaje

La tarde estaba lluviosa, con una tenue luz mortecina, un resplandor extraño que difuminaba los últimos y casi invisibles rayos de sol sobre el asfalto. El suelo brillaba; resbalaba a veces. El tráfico iba en aumento: era la última hora punta del día. Cada vez había más gente por la calle y todos iban como ausentes, sin mirarse, sin comprenderse. Edificios altos, contaminación, seres hacinados. Era Madrid, pero muy bien hubiera podido ser cualquier otra ciudad, otro monstruo urbano de los que cada vez abundan más. Todos circulaban como hormigas atareadas, deprisa, sin chocarse. En vez de escuchar, simplemente oían. Cada instante que transcurre en una gran ciudad muere un poco el ser humano y crece el robot viviente.

Al doblar una de las esquinas de las muchas calles que desembocaban en la Gran Avenida, hacia el final, apareció Miguel.
Su paso era lento, desacostumbradamente lento e incluso a veces titubeante. Su anorak estaba desabrochado y la capucha le colgaba arrugada por la espalda. Las minúsculas gotas de lluvia, que prácticamente flotaban en el ambiente, le habían empapado el pelo y la pechera descubierta de su camisa. ¡Era todo tan inhabitual en él...! Siempre tan metódico y ordenado, tan acostumbrado a ir perfectamente abrochado y sin mojarse el pelo... No cabía lugar a duda: algo le sucedía.
En la mano llevaba un papel y, en un momento dado, su mano se crispó y lo arrugó. Después, con fuerza y sin cuidado, lo introdujo en su bolsillo. Sus ojos parecían como llorosos... o tal vez fuese la lluvia que resbalaba por su cara.

Siguió caminando despacio. A veces se paraba. Vio una luz roja y hacia allí se dirigieron sus pasos: era un pub. Al llegar a la puerta, esta vez no dudó. Como si de antemano conociese el lugar se dirigió a la barra. Pidió un café irlandés mientras se desabrochaba y se quitaba el anorak. Respiraba hondo, entrecortado, y con las manos se limpió el agua de la cara. Se quedó fijo, mirando al camarero, siguiendo paso a paso el proceso de preparación de lo que había pedido. A su lado, apenas dos personas; más allá, sentados por los rincones en cómodos sofás, algunas figuras (posiblemente parejas de enamorados) aunque desde la barra apenas si se les distinguía. La música estaba a todo volumen y apagaba los susurros de los clientes. Se respiraba un aire despejado, con un cierto aroma de alcohol.

El camarero se acercó hasta él y depositó la copa sobre la barra. Miguel la recogió. También recogió el posavasos, quizás en un intento de volver a su ordenada normalidad, y se dio la vuelta. Avanzó unos pasos buscando un rincón tranquilo, un rincón vacío de parejas. Por fin lo encontró.
A su lado colocó –ya con cuidado- su prenda de abrigo y –con cuidado también- se sentó. Se apoyó contra el respaldo y muy despacio se llevó la copa de fino cristal hasta los labios. Dio un primer sorbo y el calor, el café y el alcohol, le hicieron sentirse más a gusto; una sensación reconfortante después de haber soportado la inclemencia del exterior. ¿Cuánto habría caminado hasta llegar aquí? ¿De dónde vendría? ¿Qué hacía a estas horas y en un día con tan mal tiempo, en la calle?

En sus ojos, resplandecientes, la humedad que se percibía no era lluvia sino un llanto mudo que iba acompañado de una mirada triste que se perdía en el fondo de la copa de cristal que sostenía entre sus dedos. Se llevó la mano a los bolsillos, rebuscando algo, y ese algo era el papel que poco antes había arrugado y guardado. Tembloroso lo extendió sobre la mesa y lo miró fijamente. En la cabecera aparecía impreso el nombre de un doctor, en medio una jerga médica que no entendía y, al final, una última frase: “Calculamos que la esperanza de vida no podrá prolongarse más allá de un año”.
Permaneció inmóvil y después se inclinó apoyando los codos en la mesa, sujetándose la cabeza con las manos y arando el pelo con los dedos. Trataba de ordenar su mente; al fin y al cabo ya no había remedio, tendría que afrontar –con valentía o cobardía ¡daba igual!- los hechos.
Se llevó la copa a los labios y bebió un nuevo sorbo, después un trago. Se recostó otra vez sobre el respaldo. Cerró los ojos y pensó, tenía que encontrar el rumbo a seguir a partir de aquél momento puesto que todo ya no podría ser igual que antes. No tenía una fecha concreta, pero estaba claro que su fin estaba cercano, que casi se podía tocar con la yema de los dedos.

Cuando entró en el pub oyó la música atronadora que apagaba los demás sonidos. No se dio cuenta de más, quizás porque su preocupación, su angustia interior era tanta, que su intensidad bloqueaba por completo la receptibilidad de todos sus sentidos. Sin embargo, una vez había transcurrido un cierto tiempo en aquél ambiente empezó a discernir los sonidos y se dio cuenta de la música que amenizaba el local. Era Serrat. Eran canciones antiguas, de cuando él tenía veintiún años. No eran canciones cualquiera: cada una de ellas, cada compás, cada letra, cada frase, le llevaba a la memoria pasajes de otro tiempo. Los ojos, de repente, se le llenaron de ayer.

Como si estuviera en el trance de la muerte, ya separada el alma de su cuerpo (al que se ve allí abajo mientras se siente uno succionado por un túnel y en la retina del alma comienzan a destellar todos los flashes del pasado), comenzaron a desfilar ante él muchos rostros conocidos: amigos a los que hacía ya muchos años perdió la pista, pero, sobre todo, rostros femeninos, los de aquellas mujeres  que significaron algo para él. También ellas se habían quedado atrás, un día cualquiera, en el olvido. Y las quería; a todas las quiso siempre por uno u otro motivo, bien fuera por amistad, por amor o por instinto.

Pero la historia, su historia confusa donde la realidad, los sueños y los anhelos se entremezclaban de tal forma que no era capaz de distinguirlos, llegaba ahora a su final. Cuando llegase, no estaba seguro si sería capaz de distinguir lo real de lo imaginado. En cualquier caso, para él, todas esas experiencias, reales o inventadas, formaban parte de su equipaje, de su aprendizaje en esta travesía terrenal. Cometió –y soñó también- muchos errores, pero siempre buscó la forma de dar sentido a su existencia y la palabra “dar” y la palabra “mujer” formaron siempre parte de ella.

Apuró su copa y salió de nuevo a la Gran Avenida. Su menuda figura, vacilante, en medio de la llovizna, se fue perdiendo por el horizonte y sus huellas se borraron para siempre con la lluvia. Ya sólo quedaría en esta tierra la débil sombra de un recuerdo.

lunes, 16 de julio de 2018

Eu estou apaixonado pour voce

Abrió la puerta pensando que algo nuevo iba a ocurrir. En el dormitorio dejó su abrigo y se sentó en la cama. Despacio, fue desatándose los cordones de los zapatos y una sensación confortable le envolvió cuando sus pies tocaron –libres de la anterior opresión- los largos hilachos de la nueva alfombra. Instintivamente miró hacia la luz y tras los cristales de la ventana estaba Teresa regando las macetas. “¿Tan tarde?”, se preguntó. Ella lo vio y, sonriendo, desapareció. Iba a su encuentro. Miguel se levantó rápidamente tratando de olvidar el cansancio mental que le agobiaba, pero ella llegó antes. Se abrazaron y fue incapaz de pronunciar una sola palabra.
- Tengo frío –dijo al cabo de un rato.
- Te prepararé café –le respondió ella mientras salía a prepararlo.

De nuevo quedó solo. Una tormenta de embarullados recuerdos y sensaciones comenzó a envolverlo. “Estoy apasionado por ti”, pensó para aclarar sus ideas. Sus movimientos eran lentos, quizás algo torpes. Se veía como el hombre más feliz de todos. Mas aun así, o tal vez por eso, se vinieron a sus ojos las luchas de ayer y dudaba de haber logrado todo cuanto era hoy. “¿Puede tratarse de un sueño?”, pero aquello era real. Se miró en el espejo y vio un hombre más viejo de lo que imaginaba. “¿Cuánto tiempo ha pasado?”, trataba de recordar, pero no sabía ubicarse en el tiempo. Efectivamente no recordaba nada. Si dejase esa tormenta atrás, si quisiese vivir sin recordar, tendría de nuevo la serena felicidad de su matrimonio. Pero algo en su interior se rebelaba, como siempre, tratando de adjuntar un número y una fecha a cada pensamiento. Era inútil, hoy no podía hacerlo. Por eso corrió a la cocina, a su encuentro... ella, ella habría de serenarlo como siempre.
- Ya tienes preparado tu café.
Él sonrió mientras le oprimía levemente un brazo; aún era incapaz de hablar.
- Vamos a tomarlo al salón.
Salieron juntos llevando las tazas.
- Hoy no has puesto música al llegar del trabajo, ¿cómo ha sido eso?
- Pensaba muchas cosas.
- ¿Qué cosas?
- En ti.
Se levantó y buscó un CD.
- ¿Te ha ido todo bien?
- Sí. ¿Pongo este de Roberto Carlos?
- Sí.
Mientras comenzaba a sonar la música se sentó junto a ella y la rodeó con su brazo.
- Cuéntame qué te pasa, “silencioso”.
- Eu estou apaixonado pour voce, es lo único que se decir.
- Y además...
- Solo eso.
- Ya, no tienes ganas de pensar.
- Puede.
- Durante el primer año de conocernos eras tú el que siempre adivinabas mi silencio y me lo hacías confesar. ¿Te acuerdas? –Miguel asintió-, pero ahora es al revés y se que algo te preocupa. Bien, si no quieres decírmelo te lo adivinaré; no tienes escapatoria –dijo Teresa sonriendo.
- No hace falta, te lo diré... estoy cansado, con una gran tormenta dentro de mi cerebro. Contigo he sido cada día más feliz hasta alcanzar límites insospechados. Por eso, porque todo ha sido tan maravilloso, temo que todo sea solamente un sueño, que un día despierte y se me venga abajo. Sencillamente tengo miedo a despertar. Son tantas las ilusiones y esperanzas que he ido edificando contigo, que si un día se derrumbasen me matarían, no sería capaz de soportarlo.
- ¿Sólo eso? –le contestó sonriendo.
- ¿Te parece poco?
- No se trata de eso. Mírame, mira todo esto. Tócalo. Es real ¿no?
- Sí, eso parece.
- ¿Entonces?
Al fin había logrado su tacto liberarlo de aquella carga de pesimismo. Ya no había nada más que hablar con los labios; ahora todo lo dirían sus almas. Comenzó así, de nuevo, aquella sinfonía tantas veces repetida y que nunca les cansaba. Era un canto a lo positivo: la creación, la fe y, en medio, Dios. Un Dios sin formulismos, al que no se adora porque se lleva dentro, al que no se reza porque habla siempre en sus palabras. Un sorbo de café. Una tenue luz bañando la habitación. Una canción diciendo en otro idioma lo que ellos sienten. Un beso. Una sonrisa. Todo muy despacio, venciendo al tiempo en ese aislamiento incontrolado.

Sus pies pasaron del sociable parquet al cálido abrigo de la alfombra del dormitorio. Se tumbaron sobre la cama –cogidos de la mano- y durmieron. A la mañana siguiente, el primer rayo de sol, los despertaría.

lunes, 9 de julio de 2018

La noche infiel

Puso disculpas a todo el mundo, incluso a sus seres queridos, para salir aquella noche.
Ya después de cenar solo en aquella cafetería, leía el periódico mientras le servían el café. Pero no podía concentrarse en la lectura. Como siempre, se veía envuelto en multitud de embarullados recuerdos que no le dejaban descansar. “Necesito serenarme”, pensó. Su vista se detuvo en una página del periódico anunciando una película. “Iré al cine”, se dijo. Encendió un cigarrillo y tomó un sorbo de café. “Necesito tranquilizarme y no puedo. Ahora todos me creen en... ya ni me acuerdo de la disculpa que puse... Pero necesito estar solo. ¿Qué pasaría si se enterasen?... Será mejor que vaya al cine o llegaré tarde”. Pagó la cuenta y salió. “¿A qué hora regresaré? ¡Bah! es igual, necesito estar solo”. Caminó por las calles deprisa para vencer el frío invernal. No quería pensar en nada. Las luces de las calles, los semáforos, la gente alegre que pasaba junto a él, los escaparates engalanados... nada llamaba su atención.

Llegó al cine. Sacó una entrada. Aún no había empezado la película. Aprovechó para tomar una copa en la barra. Sin saber por qué, comenzó a analizar a las personas que lo rodeaban: Un matrimonio de viejos “qué cerca tienen la muerte”, unos punkies “qué ridículos”... ningún pensamiento duraba más de dos segundos en su mente. Encendió otro cigarrillo.
- ¿Me da fuego, por favor?
Miguel se volvió y vio a una mujer delgada, alta, morena, elegante, sola... quedó turbado un momento.
- ¡Ah, sí, no faltaba más!
Se fijó en sus manos finas y elegantes, en el aroma que desprendía.
- Gracias.
- A usted –añadió, sonriendo, sin darse cuenta de lo que había dicho.
¿Por qué en vez de contestar con el “de nada” clásico, le había devuelto el “gracias”? Ahora lo pensaba y lo encontraba extraño. Se dio cuenta, al mirar a su entorno con más detenimiento, que aquella mujer había ido sola, efectivamente, al cine. “¿Quién será?”. Era guapa, elegante, lo atraía. Pero de nuevo sintió que unas cadenas lo frenaban: tenía toda su vida demasiado organizada, no había opción para introducir un elemento más, se rompería el equilibrio. Se fijó en sus ojos amplios. No podía evitarlo, se sentía atraído hacia aquella mujer. “¡Bah! –se dijo- esto no pasa ni siquiera en las películas”. ¡Para qué engañarse, necesitaba desahogar en un cuerpo ajeno la intranquilidad que lo envolvía! Giró la cabeza y se vio reflejado en los espejos de una columna. ¿Quién era aquél? ¿Era Miguel? Eso parecía. Se dio cuenta de que aquella noche estaba atractivo. “¿Se sentirá atraída por mí?”. Inmediatamente había que romper el recuerdo de otra mujer que ocupaba toda su mente. Se escuchó un timbre. Hizo una seña al camarero para pagar su consumición. Por un momento sintió el impulso de pagar la consumición de su anónima vecina de barra. “No creo que le sentase bien. Este no es el momento. Pero ¿por qué me imagino tantas cosas? Todo es más sencillo y menos bonito. Dentro de unos segundos entraremos en la sala y no volveremos a vernos”. Sonrió amargamente mientras recogía el cambio y acto seguido entró en la sala; la película estaba a punto de comenzar. Conforme avanzaba por el pasillo central en pos de su butaca, pensaba que le hubiera gustado estar sentado a su lado de aquella hermosa mujer con la que intercambió unas miradas en la barra el bar. “¿Qué tonterías!”, se dijo.
- Allí, junto a aquella señora –le indicó el acomodador.
- Gracias.

En ese momento comenzaba la proyección. “Debe ser buena la película”, pensó. Como siempre, empezó a leer toda la lista de actores, maquilladores, técnicos de sonido, técnicos de montaje... era un pequeño ritual que siempre cumplía. “Si yo fuese maquillador, me gustaría que la gente leyese mi nombre, por eso, como me gusta ponerme en el lugar de los demás, yo también leo sus nombres”, se repetía.

La película comenzó. Sonrió ante un gag. “Creo que me va a gustar”, pensó. Era una película de amor intrascendente, de esas en donde lo único que ocurre es que dos personas se aman y exponen sus pensamientos. Todo sencillo. “Todo sencillo”, pensó. Cruzó las piernas y se le cayó el periódico. Se agachó a recogerlo y dio un pequeño golpe con el codo a la señora que estaba a su lado.
- Perdone –susurró.
No pudo decir más. Sus ojos habían quedado paralizados y no sabía cómo reaccionar. La “señora” sentada a su lado era aquella mujer a la que había ofrecido fuego hacía unos momentos en la barra del bar. Lentamente se incorporó. No quiso pensar en nada, pero notaba cómo era incapaz de concentrarse en la película; pensaba en ella, la joven elegante que le pidió fuego. Su educación lo contuvo como siempre.

La película estaba apunto de finalizar. Miró un momento a su vecina de butaca y se dio cuenta que unas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Por un momento pensó si podía ser a causa de la película, pero inmediatamente rechazó la idea; en la película no había nada que pudiese hacer llorar.
- ¿Le ocurre algo? –le preguntó.
- Nada, gracias.
- Perdone, pero si puedo ayudar en algo...
- No, no es nada –respondió ahora en un tono más seco.
- Lo siento, simplemente es que me encontraba solo y deseaba hablar con alguien.
Ella quedó silenciosa. Pareció como si fuese a decir algo, pero inclinó la cabeza y colocó su mano sobre el brazo de Miguel.
- ¿Le importaría acompañarme hasta mi casa? No quiero volver sola tan tarde –le dijo ella.
- Por supuesto que sí, lo haré encantado –respondió él sin llegar a ser muy consciente de lo que estaba sucediendo o podía llegar a suceder.

Y efectivamente terminó la película. Pero allí nadie había soñado. Se levantaron. Ella hizo un esfuerzo por aparentar normalidad. Cogida de su brazo se dirigieron al guardarropa. Entregaron sus respectivas fichas. Miguel pagó. Le ayudó a colocarse el abrigo.
- ¿Dónde vive? –le preguntó Miguel mientras salían.
- Tengo el coche en aquella acera.
Sacó las llaves del bolso. Entraron. Encendió el motor. Esperó unos segundos. Arrancó.
- No nos hemos presentado, me llamo Miguel.
- Eva.
- Me gusta su nombre. Siempre he sido partidario de los nombres cortos y sencillos.
- Antes de nada, y para no llevarnos a engaños, le diré que estoy casada.
- Yo también.
Quedaron silenciosos un momento. Un coche se cruzó. Dio un frenazo.
Continuaron.
- Hemos llegado.
Miguel se fijó en la calle, la conocía, era uno de los mejores barrios de la ciudad. Bajaron. Cerró el coche. Cruzaron la calle. Abrió el portal. Entró con ella. Llamaron al ascensor. Subieron. Ninguno hablaba. Abrió la puerta.
- Si quiere podemos charlar un rato –dijo Eva- ¡Oh! perdone, quizás a usted le están esperando.
- No me esperan hasta mañana.
La puerta se cerró tras ellos. Se dirigió al mueble bar y le ofreció una copa.
- Gracias por acompañarme –brindaron-. Mi marido no vendrá hasta dentro de dos días –bebió un sorbo-. Yo lo quiero, somos felices, pero no sé que me ha pasado hoy. Cuando lo vi en el bar del cine sentí un gran deseo de estar a su lado, de hablarle.
- Algo parecido me ocurrió a mi. Esta tarde puse en casa una disculpa. Necesitaba estar solo, apartarme de todo, encontrarte... a ti, tal vez –dijo comenzando a tutearla.
Continuaron hablando mientras apuraban sus copas. La conversación comenzó a salir de forma más fluida, como si se conociesen de muchos años atrás. Habían olvidado todo lo que eran, todo lo que habían sido... sólo eran capaces de sentir y de vivir aquél fugaz momento.

Se asomaron a la terraza y contemplaron la noche cerrada y silenciosa pero vivamente iluminada por las luces de la ciudad. La abrazó y ella se recostó suavemente sobre su hombro.
- Sé que no está bien esto que estamos haciendo –dijo Miguel- pero deseo estar aquí contigo y vivir este momento.
- ¿Sabes? –respondió Eva- me gustan tus manos y lo bien que hueles. Me di cuenta desde el primer momento allá en el cine.
Se besaron.
- ¿Por qué hacemos esto? –preguntó él.
- Porque nos necesitamos esta noche. Sé que después de estas horas no volveremos a vernos. Ninguno de nosotros puede romper su vida, no sería justo. Te necesito y te quiero, sí, pero sólo ahora, en este preciso momento.
- Somos unos infieles –se reprochó Miguel- ¿con qué derecho engañamos a nuestros seres más queridos?
- No tenemos ningún derecho a hacerlo.
- Pero lo hacemos.
- ¿Por qué?
- Será, sencillamente, porque lo necesitamos; tampoco hay que buscarle más explicaciones.
- Tienes razón, si ahora no nos amásemos seríamos infieles a nosotros mismos.
- En realidad –añadió Miguel- esto es solo un excepción, no la norma en nuestras vidas.
- Una excepción a la que no hemos podido resistirnos –respondió ella.
- Dejémoslo así. ¿Qué nos importan ni el ayer ni el mañana? Nosotros somos, ahora, nuestros.
- Y también se puede hablar sin palabras –añadió Eva, tirando de él hacia el dormitorio.

A partir de aquél momento todo fue un resbalar entre sábanas limpias. Atrás había quedado todo. Delante no había nada. Sólo existía el presente de aquellos momentos de felicidad. Sus cuerpos se comunicaron todos sus pensamientos hasta quedar limpios de problemas. Latieron juntos, Vibraron juntos. Respiraron juntos. Soñaron juntos. Vivieron juntos... amaron, simplemente, y quedaron finalmente abrazados y envueltos en la claridad de aquellas sábanas y de sus mentes.
Respiraron tranquilos. Acaso alguna tímida lágrima de alegría rodó por sus mejillas para morir en aquellos labios ajenos liberadores de angustias y problemas. Todo había sido un mutuo acuerdo, una mutua necesidad, un mutuo impulso. Los dos lo quisieron, sabiendo los pros y los contras, sabiendo que después de aquél insospechado encuentro no volverían a verse. Por eso no se reprocharon nada. Tan solo fue una escapada, un juego, una trasgresión de la sociedad y de sus normas.

Sabían que el tiempo pasaba, que habrían de separarse y que lo más que podrían quedar era un fugaz recuerdo. Por eso Miguel se levantó despacio. Besó a Eva con ternura. Se vistió despacio. Quizás nunca nadie, ni siquiera ellos mismos, se lo reprochasen. Las sábanas tampoco. Esa única noche de infidelidad en su vida había sido una necesidad psicológica, no biológica. La miró a los ojos por última vez, a esos ojos que brillaban como nunca, y se despidió.

Despacio, bajó a la calle. El frío del ambiente le impulsó a caminar deprisa. Cogió un taxi. Llegó a su casa. Abrió la puerta con cuidado. Se quitó la ropa y se metió en la cama.
- ¿Cómo llegas tan tarde? –le preguntó su mujer.
- Tuve que hacerlo, era muy importante para mí.
- Y el whisky también? –le dijo, sonriendo, acercando sus labios.
- Sí, también –le respondió sonriendo y feliz.
La luz se apagó. Mañana, como siempre, se encargaría de borrar el pasado.

lunes, 2 de julio de 2018

Contraluz

A la salida del pueblo, donde comienza la carretera, estaban los dos, esperando un coche que los llevara a la playa cercana, a una playa pequeña y solitaria donde mitigar el calor tardío de septiembre.
- Por allí viene uno, páralo –dijo Miguel.
Rosa alzó su mano suplicante y se escuchó un fuerte frenazo. Corrieron hacia el coche.
- ¿Nos puede llevar hasta la playa? –preguntó Miguel.
- Suban.
A los pocos segundos estaban recorriendo a gran velocidad la carretera plagada de curvas. Se iban alejando de la ciudad, se iban acercando a su plena soledad.
- He parado porque me gusta su barba. Hoy día se ven pocas –dijo el conductor que también lucía barba, la suya mucho más prominente.
A los pocos minutos llegaron. Dieron las gracias al conductor que tan gentilmente los había llevado, el cual se alejó más rápido aún que los reflejos de ambos: cuando se quisieron dar cuenta sólo quedaba allí una polvareda y las marcas de los neumáticos. Rosa respiró más tranquila una vez se había bajado de aquella máquina de velocidad. Descendieron por un sendero de tierra hasta la playa y sonrieron al verla vacía. De todas formas era algo que esperaban, siendo como era un día laborable y a las seis de la tarde. Ambos tenían necesidad de esa soledad compartida. Necesitaban conocerse a fondo, aún estaban en el principio.

Se acomodaron en la arena junto a unas rocas. Ya con los bañadores puestos se recostaron sobre las toallas. Miguel se quitó el reloj para olvidarse del tiempo y disfrutar sin ninguna interrupción de aquellos momentos tan esperados. En su lucha diaria contra el tiempo, este era el momento de saborear la victoria. Encendieron un cigarrillo, despacio, muy despacio, todo muy despacio. “¿Para qué correr? Eso es para los demás”, pensaban. Por eso se recreaban en todos aquellos detalles que la mayoría de las veces pasan desapercibidos. El aspirar profundamente el humo del cigarrillo. Contemplar la monotonía de las olas al borde de la arena. Sentir el sol cansado sobre sus cuerpos. Acariciar aquella mano que les dice tantas cosas con sus átomos. Y sobre todo ser conscientes de ese amor que los envuelve con su tenue carga de electricidad electrostática. “¿Cómo explicar si no ese cosquilleo que sentimos?”, se decían.
Se complementaban. Eso era todo. Poco y mucho. Poco para las mentes cerradas de los derrotados de la vida, ya incapaces de soñar. Mucho para ellos que sabían relajarse y apreciar todas las cosas en su verdadera dimensión.

El cigarrillo ya se consumió.
- ¿Nos bañamos? –invitó Miguel.
Se levantaron rápidamente. La mente demasiado metódica de Miguel había sabido encauzar los impulsos un poco desordenados de Rosa. Ella, a su vez, sabía romper esa planificación cuando era conveniente. De esta forma todo marchaba a su adecuado ritmo, ni más deprisa ni más despacio de lo conveniente. “Cada cosa a su tiempo y un tiempo para cada cosa”, solía decir Miguel.
Corrieron hacia el agua haciendo saltar la espuma en el chapoteo de la inmersión. Cuando esta les llegó a la altura de la cintura, se lanzaron.
- ¡Me cago en diez! ¡Esto está lleno de algas! –gritó Miguel mientras Rosa reía.
Nadaron un buen rato sin alcanzarse. Después, ya fatigados, retornaron unos metros hasta hacer pie. Miguel seguía obsesionado con la multitud de algas rojas que le rozaban las piernas.
- ¡Qué asco! –repetía una y otra vez.
Se cogieron de la mano y caminaron, con el agua por la cintura, en dirección al Sol. El agua, al recibir los rayos del sol en un ángulo de treinta grados, tenía un brillo mayor.
- Tenemos que aprovechar esta luz para hacer fotografías –le dijo a Rosa.
- Espera un poco –le contestó él.
Aún era pronto. Quería paladear esa atmósfera, aferrarse a aquellos momentos de grandiosidad para llenar con ellos el vacío que habían dejado en su alma los días pasados, antes de conocerlo. Tal vez por eso también su cuerpo relucía como el mar.
- También tu índice de refracción es mayor –le dijo Miguel, adivinando sus pensamientos.

Avanzaron hasta la orilla mientras Miguel daba brincos extraños para quitarse las algas que se pegaban a su cuerpo. Se detuvieron un momento y se miraron a los ojos, a lo más profundo de su ser. Querían decirse tantas cosas... pero la emoción les coartaba. Acercaron sus labios. Una ola, quizás anticipo de la marea, se abalanzó sobre ellos sepultando sus cuerpos entre la espuma. Gatearon unos metros tratando de incorporarse. Sus dientes descubiertos por la risa también reflejaban el sol. Otra vez se unieron y ya en la orilla contemplaron ese mar indefinible.
- Vamos a hacer un poco de ejercicio –dijo Miguel.
Corrieron deprisa por la orilla pisando sin piedad el último extremo de las olas que moría a intervalos en la arena. Al llegar junto a las toallas, Miguel se secó las manos y cogió la máquina de fotos. Recorrieron la playa y Miguel recorrió a Rosa, buscando a través del objetivo de su cámara nuevos encuadres, nuevos contrastes de color, perfiles, planos medios, panorámicas, contraluces... mil y una posibilidades que el arte fotográfico le ofrecía.

La Tierra, en su movimiento giratorio, dejó el sol lejos del alcance de sus ojos. Un poco tristes por la brevedad de aquellas horas hubieron de desandar el camino. Se vistieron. Recogieron todo. Salieron a la carretera en busca de un coche que los acercase de nuevo a la ciudad de la que habían salido. Ya era de noche y sin embargo en sus mentes aún brillaban aquellos últimos reflejos del sol sobre la superficie del mar. Un coche se detuvo. Otra vez, ahora más despacio, regresaron. Por la ventanilla vieron perderse los momentos, las sensaciones... todo; pero algo... mucho, permanecería para siempre en el interior de sus corazones.¡Ah, claro, y también en los clichés de las fotografías que tomaron! La técnica no siempre ha de ser fría.

lunes, 25 de junio de 2018

En el país del amor (y 3)

Al día siguiente estaban todos, en medio de una animada fiesta en una elegante mansión en las afueras de la ciudad. Anna parecía una persona muy importante en aquél país. Su elegancia en el vestir y sus modales llamaban la atención y todos cuantos la rodeaban se esforzaban en agasajarla. Gunvor llevó a Miguel a un rincón del jardín en donde se sentaron. También Miguel se dio cuenta y le preguntó a Gunvor:
- ¿Sabes quién es?
- Sí, su familia es muy importante en la política nacional.
- Es bueno saberlo, porque en caso de ayuda podríamos recurrir a ellos –pensó en voz alta Miguel.
- Espero que no sea necesario, prefiero que nos las arreglemos por nosotros mismos –respondió ella, que estaba acostumbrada, como todos los de su país, a depender de ellos mismos y no andar siempre pidiendo favores a los demás.
- ¿Estás decidida a lo que acordamos ayer o te lo has pensado mejor? –preguntó Miguel.
- ¿A qué te refieres?
- A lo de empezar una nueva vida juntos en otra ciudad.
- Sí –respondió ella con una amplia sonrisa.

La fiesta transcurría tranquila aun cuando alguna vez Miguel creía percibir alguna mirada maliciosa hacia Gunvor. “Puede que alguno de estos la conozca”, pensó sin que le importasen demasiado las eventuales críticas por el nefasto club en el que trabajaba de camarera según le había contado su hijo (el cual había omitido el detalle de la deuda a causa de las drogas). Pero el ambiente agradable de la fiesta le hizo olvidarse pronto de esas sombras de duda que alguna le acechaban. Todo transcurrió felizmente y al llegar la noche, Carlos se dirigió a Miguel:
- Vete al hotel, yo me quedaré aquí y mañana iré a recogerte.
- De acuerdo, hasta mañana.

Un taxi los llevó al hotel.
- Ya hemos llegado... ¿no bajas? –preguntó Miguel.
- No, espérame aquí; tengo que ir a casa a recoger la documentación y algunas otras cosas que necesito.
- En ese caso iré contigo.
- No hace falta, es cuestión de una hora, no más. Mientras tanto puedes ir preparando tus cosas.
- No sé si hago bien. Espero no tener que arrepentirme. Date prisa ¿eh?
- Hasta ahora.
Le dio unos billetes para pagar el taxi y subió a su habitación; allí preparó las dos maletas. Después se asomó a la ventana, impaciente, y encendió un cigarrillo. Al cabo de una hora bajó al bar del hotel. Pidió un whisky y compró otro paquete de tabaco. Volvió a subir a su habitación. Ya no sabía qué hacer dando vueltas y más vueltas desde hacía tres horas. No pudiendo aguantar más, tomó la decisión de ir a buscarla.

Nada más llegar a la casa de Gunvor subió corriendo las escaleras y llamó a la puerta, pero nadie respondió. Entonces se dio cuenta que la puerta no estaba bien cerrada, la empujó... y entró.
- ¡Gunvor! –gritó sin obtener respuesta.
Recorrió la casa y se sobresaltó al ver unas sillas volcadas y una bolsa de viaje en el suelo. La abrió. Allí estaba la documentación de Gunvor, alguna ropa y algunos útiles personales. No cabía la menor duda. El corazón le palpitaba cada vez más deprisa y su cuerpo se empapaba de sudor.

Bajó de nuevo a la calle y paró un taxi. Le dio la dirección del “Hoek club”. El camino se le hizo eterno. A veces creía que el taxista lo estaba perdiendo en aquél laberinto de callejuelas. Al final divisó el rótulo del local, pero le dijo que no aparcase allí sino un poco más lejos y que le esperase, que sólo tardaría unos minutos. No quería que nadie le viese llegar por si acaso rondaba por allí el tipo con el que se peleó la noche anterior. ¿Para qué negarlo? Tenía miedo. La puerta del “Hoek club” estaba abierta.

Era tanta la angustia que sentía por lo que hubiera podido pasarle a ella que ya no pensó más en el tipo fornido de la otra noche, sólo pensaba en encontrarla cuanto antes. Bajó corriendo. La música iba creciendo al mismo tiempo que el jadeo de su respiración. Al llegar a la barra se detuvo. Las pocas personas que había en el local a esa hora miraron con extrañeza. El hombre que atendía la barra comenzó a ponerse nervioso sin saber qué decir. La música seguía sonando y no obstante un silencio mortal reinaba en aquél antro. Entonces se le acercó corriendo la mujer rubia de la noche anterior. Lo agarró del brazo y tiró de él hacia la calle. Miguel se dejó llevar. Allí, la mujer conversó varios minutos con el taxista, aunque Miguel no pudo entender de qué estaban hablando. Después, la mujer rubia se dirigió a él:
- Gunvor... allí... él llevar allí –le dijo balbuceando un poco el español.
Miguel comprendió al instante que trataba de ayudarle a encontrarla, le dio las gracias y se metió en el taxi que comenzó a correr, ahora a mucha más velocidad, hacia una dirección desconocida. Había perdido ya la noción del espacio y no tenía ni idea del lugar en donde se encontraban. Llevaba más de media hora atravesando barrios periféricos que ni siquiera sabía que existían. Estaba ya casi al límite de su paciencia... cuando por fin el taxi se detuvo. Miró sorprendido por la ventanilla. Vio unos árboles y unas verjas cercando unas calles con edificios de tres plantas.
- Allí –le dijo el taxista señalando una de aquellas casas.
- Espéreme aquí –le dijo Miguel mientras le ofrecía unos billetes que el taxista no quiso aceptar.

Salió apresuradamente atravesando un pequeño descampado tratando que su figura pasase desapercibida entre las sombras de los árboles. Serenó su paso al llegar a la verja y no vio ningún letrero. Entró y avanzó por la calle principal. Quedó atónico al contemplar cómo toda la calle, a ambos lados, estaba llena de escaparates en los cuales unas mujeres con escasa ropa lucían sus encantos. Comenzó a examinar con detenimiento cada uno de estos escaparates. Las mujeres, al verlo, le hacían gestos invitándole a entrar y a pagar el precio de un rato de placer con ellas. Llegó al final de la calle sin encontrarla. Cambió de acera e hizo el recorrido inverso. Se detuvo en una... le había parecido verla... sí, allí estaba ella. Gunvor, al verlo, no pudo reprimir un gesto de sorpresa.
-Sácame de aquí –le gritó sollozando.
Un hombre se le acercó.
- Esta –le dijo Miguel con seguridad, mostrándole un fajo de billetes.
Los tomó enseguida y le condujo a la parte de atrás. El hombre abrió la puerta y ambos –dándose cuenta de la situación que estaban viviendo- aparentaron un discreto interés reprimiendo la desbordante alegría del reencuentro; se comportaron tal como cabría esperar con cualquier otro cliente. El hombre les indicó que lo siguieran hasta una de las habitaciones interiores del edificio. Le entregó a Miguel una ficha con un número y se marchó. Al cerrase, por fin la puerta, se abrazaron.
- ¡Gracias! ¡Pensé que nunca más volvería a verte! –suspiró ella.
- ¿Cómo podemos salir? –preguntó Miguel.
- En el pasillo hay una ventana que da al jardín trasero. Podríamos saltar, pero este barrio está muy apartado y hay que varios kilómetros hasta que podamos estar a salvo. Si se dan cuenta, nos alcanzarán antes.
- Con salir de aquí será suficiente –le explicó Miguel-, al otro lado de las verjas hay un taxi esperándonos.

Salieron procurando no hacer ruido. Efectivamente allí estaba la ventana y la altura no era muy grande. Saltaron y se escondieron rápidamente por si alguien hubiera escuchado algún ruido. Después de un par de minutos, en que apenas respiraron, fueron sorteando los árboles de aquél jardín hasta llegar a la verja. Un hombre los señaló gritando. Comenzaron a correr desesperadamente mientras alguien los seguía; sin embargo habían cobrado una buena ventaja y llegaron al taxi que, efectivamente, les estaba esperando. Entraron apresuradamente y, sin que hiciese falta ninguna explicación, éste se puso en marcha a toda velocidad.
- Tenemos que irnos cuanto antes, Miguel, no podemos seguir en esta ciudad –e dijo angustiada ella.

Mientras el taxi se dirigía al hotel, ahora ya más tranquilos, Miguel le acercó la bolsa de viaje que había recogido en casa de Gunvor y esta visión cambió por completo la expresión de su cara: allí tenía toda su documentación y sus pertenencias. En el mismo taxi se quitó las provocativas ropas que llevaba y se puso uno de los vestidos que guardaba en la bolsa; de esta forma no llamaría la atención cuando entrasen de nuevo en el hotel. Cuando llegaron, Miguel pagó al taxista, dándole las gracias y una propina excesiva que éste hubo que aceptar finalmente. Después subieron a su habitación lo más rápidamente que pudieron, aún era mucho el maquillaje que llevaba en su cara y no quería llamar la atención. Ya en la habitación, Gunvor se dio un baño y a continuación se tumbaron en la cama a descansar. Su padre llegaría pronto.

La puerta de la habitación del hotel se abrió sigilosamente y un hombre avanzó unos pasos. Instintivamente, Miguel abrió los ojos y se levantó como impulsado por un resorte... pero no había nada que temer, era su padre. Anna iba con él. Allí sentados, Miguel les explicó, ahora con todo lujo de detalles, cuanto había pasado.
- Tenemos que salir de esta ciudad –dijo Miguel- y cuanto antes mejor.
- Quizás podríais ir a la casa que tenemos en la playa, a trescientos kilómetros de aquí. Podéis pasar unos días y después, ya veremos –dijo Anna-, tu padre va a trabajar como asesor en una de nuestras empresas y si tú quieres también podríamos encontrarte un trabajo y luego os instalarías por vuestra cuenta si queréis.
- Pero entonces, ¿tú te vas a quedar en este país? –le preguntó Miguel a su padre.
- Así es, y si tu aceptas esta oferta, estaremos muy cerca uno de otro y podremos seguir viéndonos.
- ¿Y te parece bien que viva con Gunvor después de todo lo que te he contado?
- Lo que importa es ella, no sus circunstancias; ella y lo que decidáis hacer los dos a partir de ahora.

-oOo-

Los cuatro cogieron un taxi hacia la estación de ferrocarril en donde Miguel y Gunvor subieron al tren que les llevaría a su nuevo destino. Antes de partir, intercambiaron abrazos. El tren se puso en marcha. Ellos dos, sin sentarse todavía, vieron desde la ventanilla del tren cómo la distancia se iba haciendo cada vez mayor... y al mismo tiempo se daban cuenta de cómo entre los dos, cada vez se sentían más cerca el uno del otro.

El tren tomó velocidad y Miguel resopló aliviado.
- No sé si todo esto ha sido un sueño o una pesadilla –le dijo Miguel.
- Da igual, ahora estamos juntos y dispuestos a edificar una nueva vida.
- ¿Sabes? –le confesó Miguel- cuando llegamos aquí leí un cartel que decía “Bienvenido, aquí todo es posible” e increíblemente ha sido así; mi sueño –le dijo mirándola con ternura- se ha hecho realidad.
Ella inclinó la cabeza sobre su hombro y se recostaron en el asiento del vagón. La noche era oscura y el tren seguía avanzando por los campos en medio de la noche.
(Fin)

lunes, 18 de junio de 2018

En el país del amor (2)

Por la noche, Miguel regresó al hotel y allí no estaba su padre. Sonrió. “Parece que le están saliendo bien las cosas”. Hizo un intento de acostarse pero se encontraba inquieto y no tenía sueño. “Si a mi padre con sus cuarenta y cinco años le están saliendo bien las cosas ¿por qué no a mí?”, se dijo. “Todo consiste en encontrar el lugar adecuado”. De nuevo salió a la calle en busca de la parte vieja de la ciudad. Se adentró en la oscura frialdad de las calles tortuosas. Su paso era decidido y buscaba inquieto esa luz roja que le detuviera. En ese momento percibió el resplandor de un neón teñido de rojo. “Hoeck Club”, leyó. “Probemos aquí”, se dijo. Abrió la vieja puerta de madera. Descorrió una gran cortina de terciopelo raído. Bajó una escalera chirriante mientras escuchaba una potente música y unas bocanadas de humo filtrándose a través de un enrejado. Una mujer se le acercó, con un pitillo en los labios pintados de escandaloso rojo. Mientras se le acercaba se fijó en su ajustada falda y en el muslo derecho que lucía.
- Hallo, lieve wat denkt u te nemen? –preguntó la mujer.
- Perdone, pero no entiendo bien su idioma... –dándose cuenta que aún entendería peor el español, trató de dirigirse a ella en su propio idioma- Excuseer me, maar begrijp niet uw taal.
La mujer comprendió que iba a ser imposible entenderse con el recién llegado, así que volvió la cabeza hacia la barra e hizo un gesto con la mano. Miró sonriendo a Miguel, con cierto aire de ternura, mientras él estaba confuso ante lo lúgubre del local al que había ido a parar y el ambiente de bajos fondos que allí se respiraba, muy distinto de lo que había imaginado al entrar.

Vio acercarse hacia ellos a una joven rubia. Lucía un sencillo traje de cuadros verdes y blancos, con algunos encajes, en el estilo tradicional de aquél país. La fina tela dejaba intuir todas sus formas y del amplio escote asomaban incipientemente sus senos. Al llegar junto a ellos, la mujer dijo a la joven algo que Miguel no entendió.
- Bye –se despidió la mujer, dejándolos solos a ellos dos, mientras se alejaba con un exagerado movimiento de caderas que atraía todas las miradas.
Miguel, sin decir nada, miraba a la joven rubia y se recreaba en su rostro perfecto.
- Hola, me llamo Gunvor. Ella no habla tu idioma, por eso me ha llamado.
- Me llamo Miguel.
- ¿Llevas mucho tiempo en la ciudad?
- Una semana.
- ¿Te gusta?
- Sí, mucho, pero aún no conozco todo.
- ¿Qué quieres tomar?
- Dame un vodka con limón.

Gunvor se acercó a la barra en donde un individuo gordo y calvo le preparó la bebida. Ella la llevó en su bandeja, junto con un aperitivo, al rincón en donde se había sentado Miguel. Aquél local estaba lleno de rincones y en cada uno de ellos una mesa en la penumbra, muchas de ellas con parejas deseosas de anonimato; con razón se llamaba “Hoeck” que significa “rincón”.
- ¿Vas a quedarte mucho tiempo? –le preguntó Gunvor.
-No sé, depende.
- ¿De qué?
- De lo que mi padre y yo encontremos.
- ¿Has venido con tu padre?
- Sí, quiere olvidarse de la tristeza de su reciente divorcio.
- ...Lo siento...
- ...Gracias...
- No te preocupes, aquí podrá rehacer su vida. Pero ¿y tú? ¿Qué te ha traído hasta aquí?
- He venido buscando lo mismo.
Miguel miró los ojos azules de Gunvor y así siguieron hablando durante mucho tiempo –a excepción de los breves intervalos en que debía atender otras mesas- y sintieron cómo una especial complicidad iba surgiendo entre los dos. Ella le explicó que trabajaba allí como camarera y que veían bien que diese conversación a los clientes extranjeros ya que eso hacía aumentar el número de consumiciones. Miguel, bajando la vista, miró las manos de Gunvor, un poco enrojecidas por el trabajo. No eran, desde luego, las manos de una oficinista.
- ¿Es duro el trabajo? –le preguntó Miguel.
- Un poco.
- No deberías hacerlo, te estás estropeando las manos.
- Hay trabajos peores.
Miguel bebió un trago largo de su bebida. Algunas parejas salieron a bailar a una pequeña pista. Miguel y Gunvor se miraron a los ojos. Por unos momentos permanecieron silenciosos, escuchando la música, temiendo romper con sus palabras ese primer silencio que se había colado entre los dos. Finalmente retomaron su conversación:
- ¿Cómo se te ha ocurrido venir a este local apartado? –preguntó Gunvor.
- Llegué al hotel y no estaba mi padre. Entonces salí a la calle a pasear en busca de un lugar no como este... pero en busca de una mujer... como tú.
- ¡Qué tonterías! ¿Y qué sabes de mí? Apenas si hemos intercambiado unas cuantas frases desde que has llegado hace una hora.
- Creo que sé cuanto me hace falta.
- Cuando salgas por esa puerta, ya no te acordarás ni de este lugar ni de mi.
- No es cierto; yo soy distinto a todos. Y si quieres comprobarlo puedes hacerlo ahora mismo; deja esto y vente conmigo. Ahí pone que se cierra dentro de diez minutos.
- Eso no va a ser posible.
- ¿Acaso no quieres? ¿Prefieres seguir aquí?
- No, claro que no; pero es que no me van a dejar.
- ¿Quién lo va a impedir?
- No quiero que tengas problemas por mi culpa.
- Espérame.
Miguel se acercó a la barra. Allí depositó un billete que el encargado acogió con agrado. Después tomó de la mano a Gunvor y se dirigieron a la escalera de salida.
- Wanneer je denkt dat je gaat? –gritó una voz ronca.
Miguel se volvió. El hombre, dándole un manotazo en el pecho, lo tiró al suelo y acto seguido agarró a Gunvor que se resistía llorando. Miguel se levantó.
- ¡Suéltela! –gritó sin poder contener una sublevación interior.
Se abalanzó sobre aquél hombre. Cayeron al suelo. El hombre dio un puñetazo a Miguel, haciéndole sangrar el labio. Después sintió una tremenda lluvia de golpes en todo su cuerpo, quedando exhausto sobre las sillas, ya rotas, en un rincón. Moviendo su cuerpo a impulsos de coraje, Miguel le enganchó un pie y el hombre cayó de bruces al suelo. Cuando vio que se incorporaba de nuevo, le dio una patada en pleno rostro con todas sus ganas. La música había cesado y toda la gente, escondida, miraba inquieta. El hombre, con un pómulo descarnado, se incorporó y, vacilante, retrocedió unos pasos. Se inclinó y cogió la pata de una de las sillas rotas.
- Dom, I 'm gonna kill!-le dijo, sonriendo y sofocado de cólera.
Se fue acercando lentamente. Miguel cogió una botella y de un golpe en la barra, la partió. Los puntiagudos cristales se enfrentaron a la sólida estaca. Miguel, entonces, sólo sintió un tremendo golpe en su hombro izquierdo e instintivamente se lanzó sobre la mole que se le cernía. Rodaron por el suelo, asestándose golpes. Una mesa cayó golpeando al hombre en la cabeza y dejándolo sin sentido. Miguel se levantó temblando y dejando caer al suelo unos cuantos cristales que se iban desprendiendo de su mano. Tenía el cuerpo dolorido y ensangrentado. Dio media vuelta y se acercó a Gunvor.
- Vámonos.
Y se alejaron, escaleras arriba. Mientras la gente aún permanecía inmóvil. Al salir a la calle, el frío lo despejó y le hizo quejarse de las heridas.
- Te llevaré a casa –le dijo Gunvor.
Al llegar allí se tendió en el lecho, se despojó como pudo de su camisa y esperó paciente los cuidados de Gunvor.
- Hemos tenido suerte, mucha suerte... gracias –le confesó ella.
Miguel sonrió sin fuerzas y quedó dormido.

-oOo-


Gunvor descorrió la cortina y la fuerte luz despertó a Miguel.
- ¿Cómo te encuentras?
- ¡Ah, muy bien!
- Te he preparado el desayuno ¿lo quieres aquí?
- No hace falta, gracias, puedo levantarme.
Fue al aseo y allí comprobó todos los rasguños y hematomas de la pelea. Aún sentía dolorido todo su cuerpo.
- Tendré que darte otra camisa –le dijo ella al tiempo que le mostraba una.
Se la puso y se sentaron a desayunar. Mientras desayunaban, ahora en silencio, se cruzaron sus miradas y comprendieron que se despertaba entre ellos una entrañable complicidad.
- ¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Gunvor.
- Vendrás conmigo al hotel.
- Espera un poco, no vayas tan deprisa, primero conviene que hablemos.
- Tú dirás.
- Me gustas mucho y te agradezco lo que hiciste ayer por mí; pero te puedes imaginar la clase de vida que he llevado. Tú no puedes quererme así, voy a ser una carga y al final me lo reprocharás.
- A mí sólo me importas tú y no la clase de vida que hayas podido llevar, eso es algo que se puede cambiar.
- Pero no sabes nada de mí.
- ¿Qué quieres que sepa?
- La clase de vida que he llevado... por qué he estado trabajando en un lugar como aquél.
- Sólo me importa lo que hagas de ahora en adelante, no en el pasado.
- Pero yo quiero contártelo.
- Dime pues...
- No me dedico al alterne, pero tengo que trabajar allí como camarera para saldar una antigua deuda. Hace tiempo caí en las drogas y ya sabes que eso requiere mucho dinero. Ese hombre me lo prestó y como no podía devolvérselo tuve que aceptar ese trabajo hasta que salde mi deuda. ¿Lo comprendes? No es un trabajo que pueda dejar cuando yo quiera. Él va a buscarme y no me dejará marchar así como así.
- Me da igual. Tú vendrás conmigo... bueno, si quieres, claro.
- No está en querer o no; después de lo que ha pasado debo marcharme cuanto antes de esta ciudad.
- Nos marcharemos ahora mismo... Nu onmiddellijk! –repitió en su idioma.
- Veo que vas aprendiendo nuestro idioma –le dijo Gunvor sonriendo- ¡Vamos!

Salieron después de recoger unos cuantos enseres personales y guardarlos en una bolsa. Pronto llegaron al hotel. Al abrir la puerta encontraron a Carlos y a una mujer rubia y hermosa, sentados tranquilamente.
- ¡Qué te ha pasado! –gritó Carlos al ver el rostro de Miguel.
- No ha sido nada; una pequeña pelea.
- ¿Cómo fue?
- Déjalo, papá, ya está olvidado.
- Te dije que tuvieras ciudado... –entonces reparó en la presencia de aquella bella joven junto a su hijo.
- Papá, esta es Gunvor. Nos vamos a ir a otra ciudad.
Carlos y la propia Gunvor se sobresaltaron al escuchar esas palabras.
- Pero ¿cómo es eso?
Miguel la abrazó.
- Queremos intentar una nueva vida.

Entonces Carlos, lejos de mostrar enojo, soltó una carcajada mientras abrazaba a la mujer rubia que estaba a su lado y procedía a presentársela.
- Esta es Anna y sí, también nosotros vamos  intentar emprender una nueva vida.

A Miguel ya no podía extrañarle nada de lo que ocurriese en aquél extraño país donde las cosas sucedían tan deprisa. Para él ya no existía el asombro después de experimentar tal cúmulo de sensaciones atropelladas desde el primer día que llegó.
- Miguel –dijo Anna- quiero que antes de marcharos conozcáis a mi familia.
(Continuará...)

lunes, 11 de junio de 2018

En el país del amor (1)

A través de la ventanilla del vagón de tren podían ver cómo el sol mortecino se desplomaba en el llano sin color.
- Aún falta bastante –se lamentó Carlos.
- Será mejor dormir hasta que amanezca, papá –respondió Miguel.
No hablaron más. Miguel comprendía el dolor de su padre y sabía que lo mejor era callar, tratar de olvidar una herida tan reciente como un divorcio después de veintidós años felices. En el semblante de Carlos brotaba una remota esperanza que trataba de ignorar esas arrugas y ese ligero tinte blanco de la madurez. Prefería no pensar en nada, pero era muy difícil, casi imposible. Por eso, precisamente, habían tomado aquél tren que les conducía a otro país, un país donde olvidar el pasado y comenzar una nueva vida.

Carlos tenía miedo de su ciudad, de su ambiente, de la crítica hipócrita de los demás y de la competencia sin escrúpulos. En el fondo aún se sentía joven y con fuerzas a sus cuarenta y cinco años. Recordaba a Gloria y todos los años felices vividos junto a ella, sin reproches ni amarguras a pesar de los últimos meses de desencuentro cuando descubrieron que ya no quedaba ni una brizna de amor entre ellos. Pero habían sido veintidós años felices de ir escalando una cima, de triunfos profesionales, de amor y de un hijo que había cumplido ahora su mayoría de edad. Lo pensaba y le resultaba incomprensible. “¿Qué pasó de pronto y rompió nuestra vida? No es posible, Gloria, tú aún me quieres... pero no; ya me has olvidado. El divorcio, aún reciente, te ha rejuvenecido, ha borrado las pequeñas arrugas de tu frente. Ahora estarás con Manolo queriendo comenzar otra vida que no sé si será como tú la esperas. Bueno, tal vez sí. Él ha sido un magnífico rival aunque haya jugado sucio. ¿O acaso no fue él quien inventó aquella historia? No, puede que haya sido otro. Pero en cualquier caso ya se ha roto todo y yo también he de comenzar de nuevo. Y Miguel ha querido venirse conmigo... de momento... después es posible que quiera volver a tu lado. No te lo reprocho. Aunque también puede ser que quiera emanciparse, ya es mayor de edad..”, al fin logró Carlos conciliar el sueño.

La noche era más oscura que de costumbre. La gente dormía. Miguel abrió los ojos y vio que su padre también dormía. Se estiró y, levantándose, salió al pasillo. Se asomó a la ventanilla y sintió un intenso frío de helada. La cerró. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se recreaba con el humo entrando en sus pulmones y saliendo a voluntad. Le gustaba el tabaco rubio y aquél filtro que le daba un sabor especial. “Parece una tontería, pero este tabaco sabe a azul, sí, a color azul. Si el azul tuviese un sabor o un aroma, seguro que sería como este”, pensaba. Mientras tanto en el vagón seguían durmiendo todos y él miraba tranquilamente el paisaje. “Ya debe faltar poco”, se dijo y, efectivamente, el paisaje era ahora completamente distinto. Los llanos grises habían quedado atrás. Ahora todo eran subidas y bajadas, vueltas y revueltas en medio de escarpadas rocas y frondosa vegetación. Miró hacia el interior y sonrió; todos los durmientes se balanceaban al compás del tren y adoptaban cómicas posturas. Entonces dio una nueva calada al pitillo y se vio solo, completamente solo en el tren, en el vagón, en el amanecer, en aquél país desconocido. “¿Qué voy a hacer ahora? Mi padre se encuentra solo y me necesita. ¿Sabrá sobreponerse? Puede que sí, pero ¿y yo? He cumplido veintiún años y no sé qué hacer con mi vida. Allí, en mi país, conocí muchas mujeres, pero todas eran hipócritas, superficiales, idiotas; me producían náuseas. Y yo necesito una mujer diferente, con quien poder conversar no sólo de tonterías sino también de temas profundos, que me sirva de apoyo y yo igualmente a ella. Quizás mi padre y yo las encontremos”. Depositó su cigarrillo, con cuidado, en el cenicero junto a la ventanilla. En el vagón todos seguían durmiendo y apenas el sol había despuntado. “Mañana será un día agitado, será mejor dormir un poco más”.

-¡Eh, despierta, dormilón! –le dijo Carlos al oído.
- ¿Qué pasa?
- Ya estamos llegando. Falta menos de una hora. ¿Quieres que vayamos a desayunar?
- Sea.
Miguel se estiró y ambos se levantaron. Se fijó en su padre y se llevó una grata sorpresa.
- Hace un día espléndido –comentó Carlos.
En efecto, se percibía un olor y un paisaje increíble y maravilloso. Un terreno llano lleno de flores y cultivos, adornados de vez en cuando por algún bosquecillo y salteados con casas unifamiliares de madera pintada de vivos colores. Carlos estaba diferente, parecía como un chiquillo que tartamudea de emoción al ver algo que le agradase sobremanera. En el vagón-cafetería les sirvieron un buen desayuno. Miguel se fijó en las caras de cuantos les rodeaban. Entendía muy poco de su idioma aunque se había estado preparando a fono para ese viaje. La gente sonreía y se mostraba ligeramente impaciente por alcanzar por fin su destino. Y así fue, por los altavoces se anunció el nombre de su estación.
- Venga, Miguel, vamos a por el equipaje.
Se dirigieron a su vagón al tiempo que por las ventanillas divisaban las primeras casas de la ciudad. En los pasillos se aglomeraban los pasajeros. El tren aminoró su marcha. Poco después se detuvo.

- ¡Mira papá, lee aquello! –dijo Miguel señalando un cartel junto al reloj de la estación.
- “Bienvenidos, aquí todo es posible”, –tradujo Carlos- esperemos que sea cierto.
Después de los trámites de costumbre en la Aduana, tomaron un taxi que los condujo a un hotel céntrico. La habitación tenía toda clase de comodidades. Mientras Carlos deshacía las maletas, Miguel se duchó.
- Date prisa, Miguel, hay que aprovechar el tiempo y esta ciudad tiene mucho que ver.

-oOo-

La primera semana en aquella nueva ciudad transcurrió sin nada digno que reseñar salvo las continuas y agradables sorpresas que encuentran siempre los turistas deseosos de conocer mejor otro país. En el fondo estaban recorriendo la ciudad en busca de ese algo capaz de borrar el pasado, pero ese algo no aparecía. Incluso se diría que el pasado ganaba terreno otra vez.
- Papá, será mejor que nos separemos.
- ¿Cómo dices?
- Sí, porque hasta ahora sólo somos dos turistas y lo que necesitamos es integrarnos en la ciudad, mezclarnos con sus gentes... quizás así podamos realizar nuestros sueños.
- Puede que tengas razón. ¿Empezamos desde ahora?
- Por mí, trato hecho.
- ¿Necesitas dinero?
- No, gracias, tengo suficiente.

Se dieron un fuerte apretón de manos, como dos buenos amigos, y cada cual emprendió su camino, esta vez en solitario.
(Continuará...)

lunes, 4 de junio de 2018

En la cabaña

Se cerró la puerta y el paisaje a sus pies estaba nevado... y no sentía frío. A los pocos metros se abría un inmenso valle y una pendiente muy pronunciada hasta él. Noelia lo miraba con su vestido rojo. Destacaba sobre la nieve, destacaba sobre todo. Estaban distantes, mirando cada uno el mismo paisaje. Aún había poca luz solar por la intensa neblina pero se compensaba con un resplandor grisáceo que alcanzaba todos los rincones. Miguel hizo además de mirar la hora cuando se dio cuenta que no llevaba reloj. El sol no se veía; sólo un tenue brillar en la neblina. Cerca de allí... nada. “¿Qué hora es? No, no, tranquilo”, trataba de calmarse. En la casa de madera ningún nombre, ninguna señal, ninguna pista... todo era muy extraño. ¿Desde cuándo estaba allí? ¿Qué estaba haciendo en ese lugar? Irremisiblemente perdido en un lapsus amnésico. Pero no era posible: un hombre puede sufrir amnesia pero nunca puede sufrirla un paisaje. Y sin embargo todo aquél paisaje era desconocido para él, una cabaña perdida en medio de las montañas y un horizonte imposible de vislumbrar por culpa de la niebla. Imposible distinguir nada más allá de cincuenta metros a su alrededor.

La nieve tendría una cuarta de espesor aproximadamente. Miguel se inclinó y la tocó: estaba fría, era nieve real. Miró la pendiente jalonada de pinos hasta donde la vista llegaba. Un recuerdo saltó como un flash en lo confuso de su mente. “¿Un recuerdo? Sí, uno... ¿cuál?... sí... ¿cómo era? ¡Ah, sí, ya me acuerdo!: alguien hacía el amor en el dormitorio de la cabaña... ¡Tengo que ir allí!”. Salió corriendo hacia la cabaña. Abrió de golpe la puerta que quedó zarandeándose al compás del viento que introducía algunos copos de nieve sobre el suelo de parquet del recibidor.

En la cocina había algunas migas, un tostador de pan, dos tazas con los restos de un café. “Aquí no. Quizás en aquella puerta; es el dormitorio. ¿Habrá alguien? Debería llamar... ¡No!” y abrió la puerta de golpe. Quedó paralizado. Frente a sus ojos, atónito contempló una cama con sábanas revueltas y... vacía; no, no había nadie. Se aproximó hacia ella. Con timidez comenzó a indagar. Había un camisón y al tocarlo sintió un no se qué, y un sudor frío que comenzó a resbalar por su cara. Hubiera jurado que nunca antes había estado en aquella habitación... y sin embargo todo aquello le resultaba tan familiar... Se dirigió al baño y allí estaba... ¡su máquina de afeitar! (“No, tal vez se trate de otra igual”, pensó); y allí estaba su cepillo de dientes. El sudor bañaba ya todo su cuerpo. Efectivamente debía padecer amnesia; las pruebas eran evidentes. “Pero ¿cuándo? Yo no recuerdo ninguna noche de amor. Creo que nunca me acosté con ninguna mujer. ¿Cómo es que ahora...? Desengáñate, tú has estado aquí esta noche y Noelia junto a ti. Calma, tranquilo; quizás en esto estribe la solución a mi falta de recuerdos. Analicemos: muy posiblemente nunca hice el amor y por cualquier circunstancia esta ha sido mi primera vez, así que, como consecuencia de esto, se ha producido un fuerte shock capaz de borrar de fechas y de números mi mente. Bien, da igual una cosa u otra. Lo único cierto es que he dejado la puerta abierta y se está enfriando la cabaña”.

Otra vez salió al exterior, cerrando de un golpe seco la puerta. El paisaje de nieve continuaba igual, todo igual... no, ahora no, ahora Noelia estaba más cerca y lo miraba. Sin saber por qué, corrió hacia ella con los brazos abiertos hasta abrazarla.
- ¿Qué buscabas en la cabaña? –le preguntó Noelia sin separar su rostro.
- Nada, sólo unos recuerdos.
- ¿Los has encontrado?
- Casi, pero he preferido olvidarlo, se estaba enfriando la cabaña.
- Tienes frío –le dijo, acariciando sus manos.
- Necesito tu calor.
Noelia sonrió, echando su melena rubia hacia atrás. Sus manos calientes comenzaron a serenarlo.
- ¡Cógeme! –gritó ella de pronto mientras se alejaba corriendo por la blanca pendiente.
Miguel se sobresaltó, sintió miedo de perderla.
- ¡Noelia! –gritó angustiado, como un estúpido, mientras ella corría.

Salió en pos de ella, corriendo con desesperación. Sus pies se hundían en la nieve hasta el tobillo y eso le fatigaba. Los asimétricos pinos sorteaban su cuerpo. Noelia se detuvo, le hizo una seña y, riendo, siguió corriendo. Miguel sintió impotencia al ver que no la alcanzaba y redobló sus esfuerzos; aceleró la carrera y sus botas se hundían y levantaban de nuevo horadando sin piedad la nieve. El paisaje no cambiaba, era el mismo: Noelia, árbol, Noelia, árbol, Noelia, árbol, Noelia... “No puede perderse ahora”, se decía. Por fin notó cómo la distancia entre ambos se iba acortando. Les separaban metros, solo un metro, rozó su mano, se revolvió, giró, corrió, se lanzó en plancha consiguiendo atenazar sus pies mientras su cara se enterraba en la nieve. Cayeron rodando ladera abajo.
- ¡Qué bestia eres! –gritó Noelia sin perder su sonrisa.
Miguel gateó hasta alcanzar su cintura y se sintió avergonzado de su miedo sin fundamento.
- Perdóname. ¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer, bueno, ha sido queriendo; pensé que iba a perderte.
- ¡Tonto! –exclamó complacida, acariciando la cara de Miguel llena de nieve.
- No merezco que me trates tan bien –murmuró inclinando la cabeza.
- Me gustas así. Te quiero sincero y fuerte; lleno de sentimientos y siendo tú mismo.
Se inclinó sobre Miguel y, levantando su barbilla, acarició sus labios, ya relajados, y acercó los suyos. Se besaron mientras rodaban unos metros más por la pendiente. Un árbol los detuvo. Los cabellos rubios de Noelia cubrían la cara de Miguel y podía percibir a través de ellos una luz dorada, el sol comenzaba a disipar la neblina. Los pinos, que ahora recobraban su color, se balanceaban muy despacio. El aliento de Noelia calmaba la sed de Miguel.
- Es hora de regresar –dijo Noelia, y tomando su mano le ayudó a levantarse.
Abrazados fuertemente comenzaron la escalada. La nieve empezaba a derretirse y a mojar sus ropas. El paisaje seguía igual. Entonces, Miguel se sintió más reconfortado. El amor había calmado su inquietud. El cuerpo cansado y el alma serena, después del esfuerzo realizado. Dos cuerpos unidos ayudándose entre sí como la dos piernas de un solo cuerpo. No necesitaban hablar. Era obsolescente cuando la piel, el sudor y el amor ya lo habían dicho todo.
Por fin llegaron a la cabaña. Abrieron la puerta y sintieron un enorme placer al percibir el aire caldeado, el clásico olor de la madera, el fuego en la chimenea...
- Vamos a cambiarnos de ropa –le dijo él.
Entraron en el dormitorio y se desprendieron de la ropa mojada. Unos minutos después aparecieron de nuevo en una increíble sinfonía de lana y pana. Así, ya calientes, satisfechos de amor, se tendieron unos instantes en la cama. Miguel hizo un intento de hablar:
- ...Oye... –murmuró.
- ¿Qué quieres? –suspiró ella.
Miguel se miró sorprendido.
- Nada, es mejor descansar un poco.
- ¿Qué era lo que buscabas antes?
- Trataba de encontrar la lógica de todo esto.
- ¿No la sabes?
- No. ¿Tú, sí?
- Sí, pero si te la dijese ahora no la comprenderías –contestó sonriendo, mientras se acercaba a su lado.
- Durmamos.

Quedaron de nuevo tumbados sobre la cama y abrazados. Unos minutos después Miguel la miró y creyó verla dormida. Se levantó sin hacer ruido y se sentó junto a la pequeña mesa que había delante de la ventana. Cogió un papel y sacó su rotring para escribir:
“La nieve ha comenzado a caer de nuevo. No obstante, el sol se filtra por algún hueco de las nubes y ofrece un paisaje maravilloso. Mientras tanto, yo sigo durmiendo junto a Noelia. A veces cruje la madera, pero no abro los ojos. Ella sigue a mi lado, no creo que se marche. De todas formas, aunque lo hiciese, no debo lamentarlo mucho, estoy suficientemente pagado. ¡Ah, tiene la piel tan suave...! Debe ser la hora de almorzar. No tengo hambre. Estoy cansado. Debo dormir. Y el paisaje allá afuera debe ser precioso. Me gustaría salir y correr, ahora sin miedo, sobre la nieve. Me gustaría mostrar mi sonrisa al viento y cazar al vuelo esos pequeños copos que bajan tambaleándose. Después, sentarme con Noelia y echar una partida al ajedrez. ¡Ah, Noelia ya se ha dormido! Me dormiré también y cuando despierte le contaré todos mis deseos”.

lunes, 28 de mayo de 2018

Niña ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!

Realidad, sueños, anhelos... Para Miguel la vida era un puzzle compuesto por miles de estas tres piezas y él era incapaz de distinguir cuáles correspondían a un sueño, a un anhelo o a la realidad; era como esas piezas de los puzzles donde solo se ve el color del cielo y por lo tanto no sabes en qué lugar exacto colocarlas.

Por las mañanas, nada más levantarse, se ponía a escribir lo que había soñado (¿o era quizás lo que había vivido y lo que ahora empezaba era un sueño?) y algunas veces también lo hacía por la tarde o por la noche. Solía acompañarse de una música melódica que ponía en su tocadiscos y recurría también a veces a un cigarrillo que deleitaba con parsimonia –aun a sabiendas que el tabaco no es bueno para la salud- y un cuba libre o un vodka con limón. Al adormecer así un poco sus sentidos externos, dejaba salir con mayor facilidad sus sentidos internos.

Un día, escribió esto:

Niña ¡qué atrás se ha quedado el tiempo! ¿Recuerdas? No, ya no recuerdas nada. Los días vacíos han borrado tus entrañas. Un chalet en las afueras, un suelo verde con baldosas blancas, unos árboles pequeños, una piscina dormida. Es la tarde, y al más leve movimiento, surge el sudor. El aire adormece.
- ¿Te gusta? – te pregunto.
- ...Sí... – respondes tímida y sonríes.

Allí sentados, fuera del tiempo, te enseñaba poesía.
- ¿Qué es? – preguntaste.
- Es sentir, es la vida.
- No lo comprendo del todo; esto no tiene metro ni rima.
- ¿La tiene la vida acaso? No, ¿verdad? Por eso mi verso es como la vida: libre, sin reglas, siguiendo un ritmo, escrito al impulso de mis venas. ¿Lo ves ahora un poco mejor?
- Un poco.
- Esto es más que un papel con signos. Es profundo y hondo, con un relieve palpable al ultrasentido. Tócalo.
Así tu mano, por primera vez, rozó con temor e intriga esos signos. Te estremeciste un poco.
- Esto vibra – dijiste trémula.
- Es que quiere sentir tus dedos y decirte muchas cosas.
Y tu mano siguió el camino y, a veces, rozó la mía.
- Ha despertado tu ultrasentido –te dije.

Entusiasmada, como estabas, no detuviste tu camino. Me alegraba verte así, dominados tus instintos. Estabas abierta, tus músculos habían sido dormidos por tu mente. Quizás en aquellos instantes no funcionaba el reloj. El “¡Párate, oh, Sol!” de antaño lo habíamos logrado sin saberlo.
- Es maravilloso sentir algo que no vemos. Palpar ideas y sentirlas en toda su plenitud. Has logrado algo grande –me dijiste.
- Me alegran tus palabras, pero aún más el que las sientas. Todo ha de ser así, como tú has dicho: Palpar los sentimientos. ¿Comprendes ahora el por qué de estos versos? ¿Comprendes ahora su balanceo?
- Sí, lo siento – me respondiste.

La tarde, con su lenta monotonía, fue desgranándose y difuminando de rojo el cielo. Una voz te llamó y te perdiste. ¿No recuerdas aquella tarde? ¿Por qué no vuelves? ¿Acaso volvió a dormirse, ausente de mis manos, el ultrasentido que en una tarde perdida hice renacer? ¿Dónde se ha dormido tu esperanza? ¿Dónde se olvidaron tus recuerdos?

Niña, ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!



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lunes, 21 de mayo de 2018

Pájaros grises de hoy

Junto a la gran plaza se levantaban las dos nuevas torres, aún sin completar su vuelo, cual dos pájaros grises que se hubieran quedado quietos, perdida la esperanza, contemplando un mundo que quisieron abarcar con ambición y sin poder hacerlo. Algunas personas pasaban junto a ellas criticándolas, aunque posiblemente en el fondo de su mente lamentasen su mutilación al contemplar esa obra inacabada que mostraba en su final la desnudez del esqueleto... otra obra muerta. Pretendía ser aquella construcción como una nueva torre de Babel en cuyos lujosos ascensores se podría huir de infierno circundante. Pero no pudo ser, otra vez habían cerrado el camino a la esperanza. Todo tenía que ser mediocre.

En esto y otras cosas iba pensando Miguel mientras las torres condenadas se difuminaban, atrás, en la neblina –contaminación más bien- del ambiente. En su lento andar, masticaba el tiempo, como siempre, quizás debido a su exagerado amor a la puntualidad. Abandonó la acera y decidió seguir su camino por el paseo central para ejercitar sus pupilas con las contracciones y dilataciones rápidas consecuencia de los constantes sol y sombra que los árboles producían. Aún era pronto y muy pocas personas se habían sentado en las mesas de la cafetería que había en el paseo. No pudo evitar una sonrisa al pasar junto a una mesa ahora vacía. Hacía poco tiempo de aquello; sentados los dos, Miguel y Marga, en un juego de preguntas difíciles, hubieron de ceder a sus barreras preventivas. Los dos sabían que aquello era un amor sin nombre y tenían miedo a quedarse desnudos, sin posibilidad de reaccionar o defenderse, miedo –en fin- a lo desconocido. Por eso, quizás en un inútil y postrer esfuerzo por escapar de las preguntas comprometidas, ella dio una patada a la mesa que estuvo a punto de tirar al suelo las bebidas y que sirvió –en cambio- para dar una nueva dimensión más cercana a su relación. Atrás quedaron ya, desde aquél momento, los titubeos iniciales y se abrió la puerta a lo más sincero. Miguel se había propuesto borrar todo el pasado y la melancolía que aún arrastraba Marga. No iba a ser fácil, mas era el único camino para sentirse plenos. “Es hermoso sentir un cuerpo ajeno junto al tuyo, es hermoso sentir un cuerpo ajeno un poco tuyo”, había escrito Miguel en uno de sus poemas.

Concluyó el paseo en el mismo instante en que su reloj señalaba un margen de tres minutos para llegar a la cita; lo suficiente. Ya en el portal consultó de nuevo el reloj y se sintió satisfecho de sus ochenta y cuatro segundos se adelanto. Marga no tardó en aparecer. Al principio, unos momentos de duda, después, ya decididos, atravesaron el paseo en el que antes volase la imaginación de Miguel. El autobús se retrasó en su forma habitual. Sus manos, unidas, preparaban, sin saber, el camino nuevo que iba a comenzar unas horas después.

Ya en el autobús miraron en silencio aquellas torres, pájaros impotentes. El viento mecía y esparcía lejos de su cauce el agua que se elevaba por los surtidores de la fuente de la rotonda central. Ambos pensaban muchas cosas, sin decirlas, sin darse cuenta que aquellas sonrisas o esos ligeros apretones de sus manos, expresaban más que un libro de quinientas páginas.

Nuevamente, al bajar del autobús, el reloj señalaba media hora de adelanto.
- Hay tiempo, podemos dar un paseo –dijo Miguel.
Era un barrio distinto, agradable, posiblemente el barrio más representativo de esa ciudad tan anacrónica. La recta geometría de las calles, la discreta ambición de sus edificios olvidando un poco la guerra de la ostentación... “Aquí nadie pretende llegar más lejos que sus posibilidades, tal vez por esto me guste”, pensaba Miguel.
Marga lo invitó a un café para comenzar la tarde y Miguel aceptó encantado. Notaba cómo en esa relación todo se había vuelto simple, sencillo, natural. “Las complicaciones, al igual que los protozoos, surgen en las mentes turbulentas”, pensó Miguel.
- Ya deben haber abierto –dijo Marga.
- Venga, vamos –dijo Miguel.

Entraron los primeros y cogieron el mejor sitio. Por delante tenían una tarde inmensa en la que irse conociendo, en la que irse abriendo y amoldando para encajar un proyecto común, un futuro... que ya no sería incierto.