lunes, 11 de junio de 2018

En el país del amor (1)

A través de la ventanilla del vagón de tren podían ver cómo el sol mortecino se desplomaba en el llano sin color.
- Aún falta bastante –se lamentó Carlos.
- Será mejor dormir hasta que amanezca, papá –respondió Miguel.
No hablaron más. Miguel comprendía el dolor de su padre y sabía que lo mejor era callar, tratar de olvidar una herida tan reciente como un divorcio después de veintidós años felices. En el semblante de Carlos brotaba una remota esperanza que trataba de ignorar esas arrugas y ese ligero tinte blanco de la madurez. Prefería no pensar en nada, pero era muy difícil, casi imposible. Por eso, precisamente, habían tomado aquél tren que les conducía a otro país, un país donde olvidar el pasado y comenzar una nueva vida.

Carlos tenía miedo de su ciudad, de su ambiente, de la crítica hipócrita de los demás y de la competencia sin escrúpulos. En el fondo aún se sentía joven y con fuerzas a sus cuarenta y cinco años. Recordaba a Gloria y todos los años felices vividos junto a ella, sin reproches ni amarguras a pesar de los últimos meses de desencuentro cuando descubrieron que ya no quedaba ni una brizna de amor entre ellos. Pero habían sido veintidós años felices de ir escalando una cima, de triunfos profesionales, de amor y de un hijo que había cumplido ahora su mayoría de edad. Lo pensaba y le resultaba incomprensible. “¿Qué pasó de pronto y rompió nuestra vida? No es posible, Gloria, tú aún me quieres... pero no; ya me has olvidado. El divorcio, aún reciente, te ha rejuvenecido, ha borrado las pequeñas arrugas de tu frente. Ahora estarás con Manolo queriendo comenzar otra vida que no sé si será como tú la esperas. Bueno, tal vez sí. Él ha sido un magnífico rival aunque haya jugado sucio. ¿O acaso no fue él quien inventó aquella historia? No, puede que haya sido otro. Pero en cualquier caso ya se ha roto todo y yo también he de comenzar de nuevo. Y Miguel ha querido venirse conmigo... de momento... después es posible que quiera volver a tu lado. No te lo reprocho. Aunque también puede ser que quiera emanciparse, ya es mayor de edad..”, al fin logró Carlos conciliar el sueño.

La noche era más oscura que de costumbre. La gente dormía. Miguel abrió los ojos y vio que su padre también dormía. Se estiró y, levantándose, salió al pasillo. Se asomó a la ventanilla y sintió un intenso frío de helada. La cerró. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se recreaba con el humo entrando en sus pulmones y saliendo a voluntad. Le gustaba el tabaco rubio y aquél filtro que le daba un sabor especial. “Parece una tontería, pero este tabaco sabe a azul, sí, a color azul. Si el azul tuviese un sabor o un aroma, seguro que sería como este”, pensaba. Mientras tanto en el vagón seguían durmiendo todos y él miraba tranquilamente el paisaje. “Ya debe faltar poco”, se dijo y, efectivamente, el paisaje era ahora completamente distinto. Los llanos grises habían quedado atrás. Ahora todo eran subidas y bajadas, vueltas y revueltas en medio de escarpadas rocas y frondosa vegetación. Miró hacia el interior y sonrió; todos los durmientes se balanceaban al compás del tren y adoptaban cómicas posturas. Entonces dio una nueva calada al pitillo y se vio solo, completamente solo en el tren, en el vagón, en el amanecer, en aquél país desconocido. “¿Qué voy a hacer ahora? Mi padre se encuentra solo y me necesita. ¿Sabrá sobreponerse? Puede que sí, pero ¿y yo? He cumplido veintiún años y no sé qué hacer con mi vida. Allí, en mi país, conocí muchas mujeres, pero todas eran hipócritas, superficiales, idiotas; me producían náuseas. Y yo necesito una mujer diferente, con quien poder conversar no sólo de tonterías sino también de temas profundos, que me sirva de apoyo y yo igualmente a ella. Quizás mi padre y yo las encontremos”. Depositó su cigarrillo, con cuidado, en el cenicero junto a la ventanilla. En el vagón todos seguían durmiendo y apenas el sol había despuntado. “Mañana será un día agitado, será mejor dormir un poco más”.

-¡Eh, despierta, dormilón! –le dijo Carlos al oído.
- ¿Qué pasa?
- Ya estamos llegando. Falta menos de una hora. ¿Quieres que vayamos a desayunar?
- Sea.
Miguel se estiró y ambos se levantaron. Se fijó en su padre y se llevó una grata sorpresa.
- Hace un día espléndido –comentó Carlos.
En efecto, se percibía un olor y un paisaje increíble y maravilloso. Un terreno llano lleno de flores y cultivos, adornados de vez en cuando por algún bosquecillo y salteados con casas unifamiliares de madera pintada de vivos colores. Carlos estaba diferente, parecía como un chiquillo que tartamudea de emoción al ver algo que le agradase sobremanera. En el vagón-cafetería les sirvieron un buen desayuno. Miguel se fijó en las caras de cuantos les rodeaban. Entendía muy poco de su idioma aunque se había estado preparando a fono para ese viaje. La gente sonreía y se mostraba ligeramente impaciente por alcanzar por fin su destino. Y así fue, por los altavoces se anunció el nombre de su estación.
- Venga, Miguel, vamos a por el equipaje.
Se dirigieron a su vagón al tiempo que por las ventanillas divisaban las primeras casas de la ciudad. En los pasillos se aglomeraban los pasajeros. El tren aminoró su marcha. Poco después se detuvo.

- ¡Mira papá, lee aquello! –dijo Miguel señalando un cartel junto al reloj de la estación.
- “Bienvenidos, aquí todo es posible”, –tradujo Carlos- esperemos que sea cierto.
Después de los trámites de costumbre en la Aduana, tomaron un taxi que los condujo a un hotel céntrico. La habitación tenía toda clase de comodidades. Mientras Carlos deshacía las maletas, Miguel se duchó.
- Date prisa, Miguel, hay que aprovechar el tiempo y esta ciudad tiene mucho que ver.

-oOo-

La primera semana en aquella nueva ciudad transcurrió sin nada digno que reseñar salvo las continuas y agradables sorpresas que encuentran siempre los turistas deseosos de conocer mejor otro país. En el fondo estaban recorriendo la ciudad en busca de ese algo capaz de borrar el pasado, pero ese algo no aparecía. Incluso se diría que el pasado ganaba terreno otra vez.
- Papá, será mejor que nos separemos.
- ¿Cómo dices?
- Sí, porque hasta ahora sólo somos dos turistas y lo que necesitamos es integrarnos en la ciudad, mezclarnos con sus gentes... quizás así podamos realizar nuestros sueños.
- Puede que tengas razón. ¿Empezamos desde ahora?
- Por mí, trato hecho.
- ¿Necesitas dinero?
- No, gracias, tengo suficiente.

Se dieron un fuerte apretón de manos, como dos buenos amigos, y cada cual emprendió su camino, esta vez en solitario.
(Continuará...)

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