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sábado, 13 de enero de 2024

Romance a Don Santiago

¿Qué sentiría ese profesor de Matemáticas cuando un buen día le llegó un alumno de 12 o 13 años y le entregó esta poesía que le había dedicado? Posiblemente pensó que estaba ante alguien tremendamente original, diferente a cuantos niños había tratado hasta entonces. Y posiblemente estaba en lo cierto. Ese niño era yo, y el poema que le dediqué no era ningún peloteo, sino algo que salió de dentro, palabras sinceras que supe transformar en un poema…
 
ROMANCE A DON SANTIAGO
 
Por el mes que era de agosto
cuando se mana el sudor,
yendo los chicos a casa
con suspensos un montón,
 
me encontré con un buen hombre:
Don Santiago el profesor;
veraneando conmigo
en el colegio mejor
 
de todo Madrid entero,
teniendo yo la ilusión
de saber que está conmigo
Don Santiago, el profesor.
 
Simpático y justiciero,
amante de la ecuación,
y no se puede decir:
“este tipo es un tostón”.
 
Jamás traicionó a nadie,
y siempre nos ayudó
a aprender al buen Ruffini
y todo lo que enseñó.
 
Por eso hago este romance,
para más honra y honor
del que mucho más merece:
Don Santiago, el profesor.
 

El legado de un poeta desde su niñez hasta su vejez. Pocas veces –por no decir ninguna- se ha podido reunir en un libro todos los poemas de un poeta, incluidos los de su niñez y adolescencia…
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sábado, 16 de diciembre de 2023

La belleza está en la sencillez

Comprendí que la belleza de la poesía estaba en la traslación sencilla de los sentimientos, que no eran necesarias la métrica y la rima, pero sí el ritmo y el corazón. De esta forma, aunque continuaba escribiendo algunos poemas con métrica y rima, al estilo clásico, comencé a adentrarme en la poesía moderna y más aún cuando él me enseñó sus propios poemas y cuando me hizo descubrir a grandes poetas como Pedro Salinas o Pablo Neruda... De igual forma me animó para que me atreviese con todo tipo de composiciones puesto que no se puede lograr mejorar en nada si no es con esfuerzo.
 
Como ejemplos de algunos de los ejercicios que me ponía para que yo se los entregase en la siguiente clase, recuerdo que iniciaba un diálogo entre dos personas sobre cualquier tema y lo cortaba de improviso; yo debía continuar ese diálogo de la forma que mejor me pareciese. Otras veces escribía una serie de palabras y después yo debía escribir cualquier tipo de narración con la única condición de que estuviesen contenidas en la misma todas esas palabras. Más común era cuando comenzaba un relato que yo debía continuar o cuando me encargaba que utilizase un montón de sinónimos o antónimos en cualquier composición escrita.
 
Como prueba de esa especial relación que surgió entre ambos, un buen día, al mes escaso de haber comenzado aquellas clases, me dedicó este acróstico:
 
“Vas sudando la lucha serena,
Intranquila, del tiempo,
Con las manos abiertas al mundo,
Estrenando la vida y la sangre,
Nacida de la luz tan de repente.
Trampa abierta en tu paz
Entre tu asombro de joven que renace.
 
Fuego que hiela las entrañas niñas,
Inútiles aún, a punto siempre,
Siempre esperando,
Acaso sin saberlo,
Con los ojos alegre un primer llanto”.
 
Lo tituló “Un mes... y tú tranquilo” y le puso la siguiente dedicatoria: “A Vicente, al mes de conocer que también hace poesías”. Ya no éramos profesor y alumno, ya éramos amigos, ya éramos colegas. Cada hora de clase particular fue dejando menos espacio a la enseñanza de la Historia y más tiempo a mejorar mi forma de escribir, pero curiosamente comencé a sacar mejores notas y saldé mi cuenta pendiente con la Historia aunque no pude decir lo mismo respecto a las Matemáticas y la Física.
 

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viernes, 15 de diciembre de 2023

La forja de un escritor

Las asignaturas de Matemáticas y Física eran las que peor se me daban; sacar un cinco en ellas era toda una proeza que pocas veces conseguía. Sin embargo, no sé por qué extraña razón, ese año se me atragantó la asignatura de Historia. Pensándolo ahora no le encuentro explicación porque la asignatura no era demasiado difícil, como su propio nombre indica, la “Historia” son “historias”, es decir, algo que debe gustar a cualquier escritor o aspirante a serlo. Pero el caso es que comencé a sacar suspenso tras suspenso en Historia. Entonces sucedió algo inusual: el profesor de Historia dejó temporalmente las clases (creo que fue por enfermedad), el caso es que entró un profesor sustituto para continuar dando esa asignatura durante el tiempo en que el profesor titular faltase. Ese profesor era Manuel Prieto Peromingo. Como profesor era bueno y me gustaba más su forma de explicar las cosas porque trataba de hacernos entender la Historia en vez obligarnos a aprenderla de memoria (quizás ahí estribase el motivo de mis malas notas anteriores). Y un buen día comentó que si alguien necesitaba clases particulares de apoyo él estaba dispuesto a darlas. Como aquél profesor me gustaba y ya iba bastante atrasado en esa asignatura, mis padres accedieron a que me diese clases particulares. De esta forma un par de días a la semana o así, se acercaba a casa para hacerme “entender” la Historia.
 
Como él era una persona amable, sencilla, que sabía ganarse la confianza de los alumnos, se estableció muy pronto una fluida corriente de comunicación entre ambos. Así, no habían pasado más que unos pocos días de clases particulares, cuando le comenté que yo escribía poesías. Aquello le sorprendió, sobre todo cuando comprobó que los poemas que empecé a mostrarle tenían cierto fundamento y, sobre todo, porque se daba otra circunstancia: él también era poeta.
 
De esta forma, las clases fueron dejando cada día un pequeño hueco reservado al análisis y corrección de mi forma de escribir. Con pequeños retoques sobre lo que yo había escrito previamente, conseguía dar ritmo a mis poemas, como podemos ver en el resultado final de este:
 
“Moría la luz
del lecho del sol.
Sentado, sentía
las nubes correr
por el espejo de la tarde.
Con tristeza a mis espaldas
reía y lloraba; y no sabía
por qué yo no quería ver
mi propia luz.
Se detuvo el sol
y me dejó pensar”.
 

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jueves, 14 de diciembre de 2023

Poesía, mi asignatura favorita

Durante varios meses, aquellas mañanas en que pasaba en su casa una hora o poco más, hablando de poesía, leyendo otros poemas, revisando mis escritos, poniéndome ejemplos, etc. me sirvieron de gran ayuda y me animaron a seguir escribiendo. Ese mismo curso, un poema mío titulado “Lamento de un pozo seco”, formado por 19 cuartetos, era publicado en la revista del colegio, en la que –posiblemente- era la primera vez que se publicaba una poesía escrita por un alumno. Ese poema narraba la historia de un pozo seco que se lamenta de su inutilidad y al que los pastores de la zona maldicen por esta causa; el pozo, hablando en primera persona, nos narra sus cuitas y pide a la Virgen un pequeño milagro, que vuelva a manar el agua en sus entrañas. Los  milagros existen, pero no salen de la nada; por ello Dios se vale de la propia naturaleza para lograr sus deseos. En concreto, en este caso, hace que un ligero temblor de tierra abra una brecha en el subsuelo de un pantano cercano, gracias a lo cual el agua se filtra por esa grieta y vuelve a alimentar el pozo.
 
“La gran brecha de agua clara
aquél pozo sustentó,
y en hermosa y fértil granja
el terreno convirtió.
 
La gente reza a su lado
en aquél lugar de ensueño.
¡Aquello fue un gran milagro,
no fue un milagro pequeño!”
 
Así finalizaba esta poesía con la que conseguía contar una historia en verso. Pero no solo historias sino también, y sobre todo, eran mis sentimientos los que afloraban en los poemas. Este es un ejemplo:
 
“¿Por qué yo sentí aquél fuego
que hasta me hizo enmudecer?
¿Por qué quise dar por cierto
lo que es imposible hacer?”
 
Con sus enseñanzas aprendí a utilizar el lenguaje poético, como en estos versos de un poema de ocho cuartetos dedicado al río Guadiana:
 
“En la tierra de molinos
eres el aspa del suelo,
vas regando los trigales
reflejándose en ti el cielo”.
 
Realmente no fueron muchas, pero aquellas mañanas con mi profesor, en donde abrí mi corazón a sus enseñanzas y él me ofreció su saber y su amistad, tuvieron un efecto fulminante: me sentí poeta.
 
Y así se culminó aquél curso en el que saqué mis mejores notas. Y así terminó mi relación con Eloy porque no volvió  a dar clase en el colegio ya que le salió una plaza de profesor en Ciudad Rodrigo y se marchó a vivir a aquella ciudad salmantina. Pero, sin saberlo, poco después, a los 15 años de edad, una nueva casualidad me otorgó el privilegio de contar con la ayuda de otro profesor.
 

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viernes, 24 de diciembre de 2021

El maestro

Siempre tuve la suerte de contar con la ayuda de algún maestro que guiase mi camino en las diferentes etapas de la vida: infancia, adolescencia y juventud. A la edad de 16 años coincidí con otro profesor que había entrado provisionalmente en el colegio de los Escolapios para hacer una sustitución. Como iba mal en aquella asignatura, “Historia”, y él se había ofrecido a los alumnos para dar clases particulares a quien lo necesitase, yo trasladé ese ofrecimiento a mis padres y estos aceptaron. Hay que aclarar que si iba mal en “Historia” era porque en aquella época la “Historia” era algo que había que aprender de memoria; sin embargo, con la llegada de este profesor, Manuel Prieto Peromingo, el panorama cambió: contaba los acontecimientos de la Historia como si de una película se tratase, nos hacía vivir y comprender cómo era la época, cuáles las costumbres… nos ponía en situación y así “comprendíamos” qué y por qué había sucedido en esos años concretos.
 
Para sorpresa de ambos, al poco de haber iniciado nuestras clases particulares (sólo había transcurrido un mes) le comenté que yo escribía poesías y le enseñé algunas. Él me confesó que también escribía poesías y unos días después me entregó un acróstico, ese que veis en la fotografía, en donde reflejó lo que veía en mi a través de esos versos cuya primera letra construía en vertical mi nombre y apellido. Con título “Un mes… y tú tranquilo”, decía así:
 
Vas sudando la lucha serena,
intranquila del tiempo
con las manos abiertas al mundo,
estrenando la vida y la sangre
nacida de la luz tan de repente,
trampa abierta en tu paz,
entre tu asombro de joven que renace.
 
Fuego que hiela las entrañas niñas,
inútiles aún, a punto siempre,
siempre esperando,
acaso sin saberlo,
con los ojos, alegre, un primer llanto.
 
Y tras ello, la dedicatoria: “A Vicente, al mes de conocer que también hace poesías. 11-V-64”.
 
A partir de aquél momento nuestra relación cambió radicalmente. Las clases particulares abarcaron todas las materias, no sólo Historia, y cada día dedicaba unos minutos a revisar mis escritos y a ponerme ejercicios para que me fuese fogueando en los diferentes estilos: narración, diálogos, ensayos, poesía… Sorprendentemente, mis notas mejoraron. Y cuando aquellas clases ya no fueron necesarias, seguimos en contacto muchos años más, a través de las cartas y de algún contacto personal esporádico. Pero aquellas cartas que intercambiábamos no eran cartas “normales” del tipo “¿Qué tal estás? ¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho?” sino que se convertían en plataformas para expresar mis sentimientos y mis inquietudes y para que él me orientase dándome así unas clases de lo más importante que debe uno aprender: “la vida”.
 
Hace poco, Manuel Prieto nos dejó, pero no ha muerto, no al menos hasta que yo también me vaya porque no hay un solo día en que no lo tenga presente en mi memoria; y buena parte de todo lo que he sido como periodista y escritor ha sido gracias a él.
 
Así que, a partir de ahora, en esta “Biblioteca Fisac” virtual, iré hablando de los libros que he escrito y compartiré igualmente fragmentos de todos ellos así como otros textos inéditos o recién escritos porque, mientras tenga un hálito de vida… seguiré escribiendo.

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viernes, 17 de diciembre de 2021

La “profecía”

Cuando tenía 13 años y estudiaba en el colegio de los Escolapios, en la calle Donoso Cortés, de Madrid, mi asignatura favorita era la Literatura (¡no podía ser de otra forma!). Lo que más me gustaba era cuando el profesor nos mandaba hacer alguna redacción, daba igual que el tema fuese libre o que él nos indicase sobre qué debíamos escribir. En esos momentos nada me paraba. El bolígrafo se desliaba con soltura sobre el papel y escribía todo lo que de manera fluida surgía de mi fértil y desbocada imaginación.
 
El profesor que tenía entonces era Eloy Rada García, quien después sería profesor en Ciudad Rodrigo (Salamanca) y finalmente catedrático de la Universidad de Educación a Distancia (UNED). Ya se había fijado en mi pasión por la Literatura y por escribir, pero un día, tras corregir las redacciones que habíamos preparado el día anterior, nos fue devolviendo los cuadernos con la nota correspondiente. Cuando recogí mi cuaderno vi que allí había escrito algo más; decía así: “Con toda alegría le felicito y le animo, tal vez por este camino que tiene pasos de niño vd. llegue a dar pasos de gigante” y a continuación la nota: “10”.
 
Lo que menos me importó fue la nota, lo verdaderamente importante era el subidón de autoestima que aquellas palabras ejercieron en mí, tanto que –como podéis comprobar por la fotografía adjunta- aún conservo aquellas palabras manuscritas.
 
Y no quedó ahí la cosa. Un buen día le comenté que yo también escribía poesías (comencé a escribirlas a los 12 años) y él se ofreció de forma desinteresada a corregírmelas y orientarme aun a expensas de que fuera en su tiempo libre. Me invitó a ir a su casa algunos domingos por la mañana. Llegaba allí con mis últimos poemas y él me aconsejaba cómo podía ir mejorando. La confianza era tal, que hasta un día me dejó de “canguro” con su hija de pocos meses de edad, porque tenía que salir con su mujer para hacer alguna cosa.
 
Sus orientaciones y la motivación que todo eso ejerció en mí, fueron un impulso decisivo para avanzar en la senda que me había propuesto. En cuanto a su “profecía”, está claro que no di pasos de “gigante” pero sí que pude dar unos pasos lo suficientemente grandes como para vivir bien gracias a lo que escribía e incluso recibir diversos premios en reconocimiento a mi trayectoria profesional como “Dircom” en el mundo de la industria farmacéutica y de los colegios de médicos. Llegar a estar considerado y reconocido entre los mejores de mi profesión hizo que, en cierto modo, sí que se cumpliese aquella “profecía” que Eloy Rada me hizo cuando yo sólo contaba 13 años de edad.

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