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viernes, 26 de enero de 2024

La primera vez que vi el mar

La primera vez que vi el mar tenía seis años y me impresionó tanto, que unos años después, con apenas 10 años, escribí este pequeño relato que se publicó en la revista de mi colegio, las Escuelas Pías de San Fernando, en Madrid. Decía así:
 
LA PRIMERA VEZ QUE VI EL MAR
 
Y ya en mi deseo ansío ver el mar. Hacia él me voy acercando. ¿Qué es el mar? No acierto a imaginármelo. Y voy caminando sin saber a dónde. Errante por las ciudades. Sólo una cosa ansío: ver el mar.
 
De sitio en sitio por los lugares costeros. Y a mi alma le pregunto ¿cómo será el mar? Por los caminos del mundo voy en busca de un algo. Y cada vez que pienso en ese algo, más aumenta mi desconcierto y por mi mente pasan más de mil pensamientos. Por más que lo pienso no acierto a imaginar: ¿cómo será el mar?
 
Mi viaje se detiene, mientras una voz dice: “¿hemos llegado al mar!”. Es de noche y no lo veo. Yo quiero verlo. Y mientras más miro, menos veo. Yo me consuelo diciendo: “Hemos llegado al mar”.
 
Ya amanece el nuevo día. Ya no puedo esperar más. Y hacia la playa me acerco cuando aún nadie allí está. Mi impaciencia poco a poco se ve compensada. Yo corro por las calles hacia el mar. Es que no pudo esperar más.
 
La dulce brisa va en aumento y hace un día espléndido de verano. Y hacia la playa me acerco con más rapidez que un rayo. Por fin, ya estoy llegando; subo una colina y ¡oh, engaño! allí no hay mar. Mientras, la brisa va en aumento.
 
Desde lo alto de la colina solo se ve azul. Un gran plano todo azul, desde el cielo a la colina. Mas un azul es más claro que otro y, pasado unos instantes, se descubre un paisaje abrumador. Desde lo alto de la colina comienza a haber más luz.
 
Al cabo de unos instantes salió el sol y ante mis ojos apareció un paisaje nunca visto. No me podía mover de la emoción que tenía. Y mis ojos asombrados me dijeron: “Eso es el mar”. Desde entonces comprendí lo que era la belleza. Sentó deseos de bajar a la playa. Y a cada paso que daba me detenía a contemplar aquél paisaje que veía por primera vez. Y mi corazón anhelante me decía: “Eso es el mar”.
 
Hacia el mar me voy acercando muy despacio. Y a cada paso, con el ligero crujir de la arena me detenía. Mis huellas iban quedando grabadas. Con un pequeño oleaje que bañaba la superficie de la playa, hacia el mar me acercaba.
 
Mientras caminaba oía el protestar de la arena. Bajo el peso de mi cuerpo la arena se iba humedeciendo. Hasta que por fin, en mis pies sentí algo frío. Y aquél paisaje me hizo comprender lo poco poeta que hasta entonces había sido.
 

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sábado, 16 de diciembre de 2023

La belleza está en la sencillez

Comprendí que la belleza de la poesía estaba en la traslación sencilla de los sentimientos, que no eran necesarias la métrica y la rima, pero sí el ritmo y el corazón. De esta forma, aunque continuaba escribiendo algunos poemas con métrica y rima, al estilo clásico, comencé a adentrarme en la poesía moderna y más aún cuando él me enseñó sus propios poemas y cuando me hizo descubrir a grandes poetas como Pedro Salinas o Pablo Neruda... De igual forma me animó para que me atreviese con todo tipo de composiciones puesto que no se puede lograr mejorar en nada si no es con esfuerzo.
 
Como ejemplos de algunos de los ejercicios que me ponía para que yo se los entregase en la siguiente clase, recuerdo que iniciaba un diálogo entre dos personas sobre cualquier tema y lo cortaba de improviso; yo debía continuar ese diálogo de la forma que mejor me pareciese. Otras veces escribía una serie de palabras y después yo debía escribir cualquier tipo de narración con la única condición de que estuviesen contenidas en la misma todas esas palabras. Más común era cuando comenzaba un relato que yo debía continuar o cuando me encargaba que utilizase un montón de sinónimos o antónimos en cualquier composición escrita.
 
Como prueba de esa especial relación que surgió entre ambos, un buen día, al mes escaso de haber comenzado aquellas clases, me dedicó este acróstico:
 
“Vas sudando la lucha serena,
Intranquila, del tiempo,
Con las manos abiertas al mundo,
Estrenando la vida y la sangre,
Nacida de la luz tan de repente.
Trampa abierta en tu paz
Entre tu asombro de joven que renace.
 
Fuego que hiela las entrañas niñas,
Inútiles aún, a punto siempre,
Siempre esperando,
Acaso sin saberlo,
Con los ojos alegre un primer llanto”.
 
Lo tituló “Un mes... y tú tranquilo” y le puso la siguiente dedicatoria: “A Vicente, al mes de conocer que también hace poesías”. Ya no éramos profesor y alumno, ya éramos amigos, ya éramos colegas. Cada hora de clase particular fue dejando menos espacio a la enseñanza de la Historia y más tiempo a mejorar mi forma de escribir, pero curiosamente comencé a sacar mejores notas y saldé mi cuenta pendiente con la Historia aunque no pude decir lo mismo respecto a las Matemáticas y la Física.
 

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viernes, 15 de diciembre de 2023

La forja de un escritor

Las asignaturas de Matemáticas y Física eran las que peor se me daban; sacar un cinco en ellas era toda una proeza que pocas veces conseguía. Sin embargo, no sé por qué extraña razón, ese año se me atragantó la asignatura de Historia. Pensándolo ahora no le encuentro explicación porque la asignatura no era demasiado difícil, como su propio nombre indica, la “Historia” son “historias”, es decir, algo que debe gustar a cualquier escritor o aspirante a serlo. Pero el caso es que comencé a sacar suspenso tras suspenso en Historia. Entonces sucedió algo inusual: el profesor de Historia dejó temporalmente las clases (creo que fue por enfermedad), el caso es que entró un profesor sustituto para continuar dando esa asignatura durante el tiempo en que el profesor titular faltase. Ese profesor era Manuel Prieto Peromingo. Como profesor era bueno y me gustaba más su forma de explicar las cosas porque trataba de hacernos entender la Historia en vez obligarnos a aprenderla de memoria (quizás ahí estribase el motivo de mis malas notas anteriores). Y un buen día comentó que si alguien necesitaba clases particulares de apoyo él estaba dispuesto a darlas. Como aquél profesor me gustaba y ya iba bastante atrasado en esa asignatura, mis padres accedieron a que me diese clases particulares. De esta forma un par de días a la semana o así, se acercaba a casa para hacerme “entender” la Historia.
 
Como él era una persona amable, sencilla, que sabía ganarse la confianza de los alumnos, se estableció muy pronto una fluida corriente de comunicación entre ambos. Así, no habían pasado más que unos pocos días de clases particulares, cuando le comenté que yo escribía poesías. Aquello le sorprendió, sobre todo cuando comprobó que los poemas que empecé a mostrarle tenían cierto fundamento y, sobre todo, porque se daba otra circunstancia: él también era poeta.
 
De esta forma, las clases fueron dejando cada día un pequeño hueco reservado al análisis y corrección de mi forma de escribir. Con pequeños retoques sobre lo que yo había escrito previamente, conseguía dar ritmo a mis poemas, como podemos ver en el resultado final de este:
 
“Moría la luz
del lecho del sol.
Sentado, sentía
las nubes correr
por el espejo de la tarde.
Con tristeza a mis espaldas
reía y lloraba; y no sabía
por qué yo no quería ver
mi propia luz.
Se detuvo el sol
y me dejó pensar”.
 

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jueves, 14 de diciembre de 2023

Poesía, mi asignatura favorita

Durante varios meses, aquellas mañanas en que pasaba en su casa una hora o poco más, hablando de poesía, leyendo otros poemas, revisando mis escritos, poniéndome ejemplos, etc. me sirvieron de gran ayuda y me animaron a seguir escribiendo. Ese mismo curso, un poema mío titulado “Lamento de un pozo seco”, formado por 19 cuartetos, era publicado en la revista del colegio, en la que –posiblemente- era la primera vez que se publicaba una poesía escrita por un alumno. Ese poema narraba la historia de un pozo seco que se lamenta de su inutilidad y al que los pastores de la zona maldicen por esta causa; el pozo, hablando en primera persona, nos narra sus cuitas y pide a la Virgen un pequeño milagro, que vuelva a manar el agua en sus entrañas. Los  milagros existen, pero no salen de la nada; por ello Dios se vale de la propia naturaleza para lograr sus deseos. En concreto, en este caso, hace que un ligero temblor de tierra abra una brecha en el subsuelo de un pantano cercano, gracias a lo cual el agua se filtra por esa grieta y vuelve a alimentar el pozo.
 
“La gran brecha de agua clara
aquél pozo sustentó,
y en hermosa y fértil granja
el terreno convirtió.
 
La gente reza a su lado
en aquél lugar de ensueño.
¡Aquello fue un gran milagro,
no fue un milagro pequeño!”
 
Así finalizaba esta poesía con la que conseguía contar una historia en verso. Pero no solo historias sino también, y sobre todo, eran mis sentimientos los que afloraban en los poemas. Este es un ejemplo:
 
“¿Por qué yo sentí aquél fuego
que hasta me hizo enmudecer?
¿Por qué quise dar por cierto
lo que es imposible hacer?”
 
Con sus enseñanzas aprendí a utilizar el lenguaje poético, como en estos versos de un poema de ocho cuartetos dedicado al río Guadiana:
 
“En la tierra de molinos
eres el aspa del suelo,
vas regando los trigales
reflejándose en ti el cielo”.
 
Realmente no fueron muchas, pero aquellas mañanas con mi profesor, en donde abrí mi corazón a sus enseñanzas y él me ofreció su saber y su amistad, tuvieron un efecto fulminante: me sentí poeta.
 
Y así se culminó aquél curso en el que saqué mis mejores notas. Y así terminó mi relación con Eloy porque no volvió  a dar clase en el colegio ya que le salió una plaza de profesor en Ciudad Rodrigo y se marchó a vivir a aquella ciudad salmantina. Pero, sin saberlo, poco después, a los 15 años de edad, una nueva casualidad me otorgó el privilegio de contar con la ayuda de otro profesor.
 

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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Primeras lecciones de Poesía

Aunque ahora le parezca mentira a los chicos de hoy, en aquella época los estudiantes teníamos muy poco tiempo libre. En mi caso concreto, entraba en el colegio a las nueve de la mañana y salía de allí... ¡a las siete de la tarde! A media mañana, un pequeño momento de recreo. Después, a mediodía, la comida en el propio colegio, y apenas después de comer, otra vez a clase. Cuando terminaban las clases, nada de irse corriendo a casa; había que estudiar y hacer los deberes y por eso casi todos los días había que quedarse en una clase, vigilados por un profesor, una o dos horas más para asegurarse que hacíamos los deberes que nos habían mandado para el día siguiente. Cuando por fin llegabas a casa, seguramente aún quedase algún problema de matemáticas por resolver, o algún ejercicio de cualquier otra asignatura, así que tampoco era cosa de ponerse a jugar. Cuando, por fin, habías terminado...ya era hora de cenar y después un poco de vida familiar y a dormir. Este programa se repetía ¡seis días a la semana! Puesto que los sábados eran un día laborable como cualquier otro; el único día un poco especial (aparte del domingo) era el jueves, en que teníamos la tarde libre. ¡Vamos, igual que ahora!
 
Precisamente ahí quería llegar, al tiempo libre que –como acabo de explicar- era muy escaso. Por eso, Eloy se ofreció para ayudarme en uno de los pocos ratos libres que yo podía disponer y a él no le importaba: el domingo por la mañana. Me dijo que si quería podía ir a su casa los domingos por la mañana y allí revisaríamos juntos mis poesías y me explicaría cómo ir mejorando. Acepté encantado y comencé a visitarle, en el piso de alquiler donde vivía con su mujer y su hija recién nacida, a la salida del metro de Batán. Acudía allí un par de domingos al mes con las cosas que había escrito.
 
Recuerdo que el primer poema que sometí a su consideración se titulaba “Nieve” y tenía versos como estos que exaltaban la ilusión con que siempre es recibida la nieve por los jóvenes:
 
“¡Nieve! Mágica palabra que encierra
un mensaje de amor y ternura. ¡Nieve!
Eterna esperanza del mundo más joven”.
 
Para lamentar, después, esa obstinación del mundo adulto por quitarla de en medio:
 
“Te quitan de la vista del mundo,
y de ti no queda nada.
Tan solo se recuerdan esas gotas
que en otro tiempo fueron carne tuya.
¡Qué pena que tanta hermosura
tenga final tan amargo!”
 
A lo largo de varios meses, Eloy me fue dando sus consejos para que mejorase mi poesía y algunas veces hasta sonaba la flauta por casualidad. En una poesía, titulada “Poema a la madre” decía en unos versos:
 
“Tú que por mi atlas caminaste
buscando hasta en lo más escondido...”
 
Al leer aquello, Eloy elogió esa figura poética, el atlas de mi persona, por donde camina una madre pendiente siempre hasta de los más pequeños detalles de su hijo... ¡Quiá! ¡Pura chiripa! Lo que en realidad yo había escrito, era mi admiración por el esfuerzo de mi madre que se recorrió un montón de librerías de Madrid hasta que por fin encontró un “Atlas” que necesitaba para la clase de Geografía. Sin embargo, aquella inesperada coincidencia, hizo que me diese cuenta del significado visual que encierran muchas palabras y cómo estas se pueden utilizar para expresar el pensamiento poético.
 

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