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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Primeras lecciones de Poesía

Aunque ahora le parezca mentira a los chicos de hoy, en aquella época los estudiantes teníamos muy poco tiempo libre. En mi caso concreto, entraba en el colegio a las nueve de la mañana y salía de allí... ¡a las siete de la tarde! A media mañana, un pequeño momento de recreo. Después, a mediodía, la comida en el propio colegio, y apenas después de comer, otra vez a clase. Cuando terminaban las clases, nada de irse corriendo a casa; había que estudiar y hacer los deberes y por eso casi todos los días había que quedarse en una clase, vigilados por un profesor, una o dos horas más para asegurarse que hacíamos los deberes que nos habían mandado para el día siguiente. Cuando por fin llegabas a casa, seguramente aún quedase algún problema de matemáticas por resolver, o algún ejercicio de cualquier otra asignatura, así que tampoco era cosa de ponerse a jugar. Cuando, por fin, habías terminado...ya era hora de cenar y después un poco de vida familiar y a dormir. Este programa se repetía ¡seis días a la semana! Puesto que los sábados eran un día laborable como cualquier otro; el único día un poco especial (aparte del domingo) era el jueves, en que teníamos la tarde libre. ¡Vamos, igual que ahora!
 
Precisamente ahí quería llegar, al tiempo libre que –como acabo de explicar- era muy escaso. Por eso, Eloy se ofreció para ayudarme en uno de los pocos ratos libres que yo podía disponer y a él no le importaba: el domingo por la mañana. Me dijo que si quería podía ir a su casa los domingos por la mañana y allí revisaríamos juntos mis poesías y me explicaría cómo ir mejorando. Acepté encantado y comencé a visitarle, en el piso de alquiler donde vivía con su mujer y su hija recién nacida, a la salida del metro de Batán. Acudía allí un par de domingos al mes con las cosas que había escrito.
 
Recuerdo que el primer poema que sometí a su consideración se titulaba “Nieve” y tenía versos como estos que exaltaban la ilusión con que siempre es recibida la nieve por los jóvenes:
 
“¡Nieve! Mágica palabra que encierra
un mensaje de amor y ternura. ¡Nieve!
Eterna esperanza del mundo más joven”.
 
Para lamentar, después, esa obstinación del mundo adulto por quitarla de en medio:
 
“Te quitan de la vista del mundo,
y de ti no queda nada.
Tan solo se recuerdan esas gotas
que en otro tiempo fueron carne tuya.
¡Qué pena que tanta hermosura
tenga final tan amargo!”
 
A lo largo de varios meses, Eloy me fue dando sus consejos para que mejorase mi poesía y algunas veces hasta sonaba la flauta por casualidad. En una poesía, titulada “Poema a la madre” decía en unos versos:
 
“Tú que por mi atlas caminaste
buscando hasta en lo más escondido...”
 
Al leer aquello, Eloy elogió esa figura poética, el atlas de mi persona, por donde camina una madre pendiente siempre hasta de los más pequeños detalles de su hijo... ¡Quiá! ¡Pura chiripa! Lo que en realidad yo había escrito, era mi admiración por el esfuerzo de mi madre que se recorrió un montón de librerías de Madrid hasta que por fin encontró un “Atlas” que necesitaba para la clase de Geografía. Sin embargo, aquella inesperada coincidencia, hizo que me diese cuenta del significado visual que encierran muchas palabras y cómo estas se pueden utilizar para expresar el pensamiento poético.
 

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martes, 12 de diciembre de 2023

Un 10 que marcó mi vida

En el campo de la Literatura (que era, evidentemente, la asignatura que más me gustaba, junto con las Ciencias Naturales) disfrutaba cada vez que me mandaban hacer alguna redacción. A la edad de 12 años llamó la atención de mis profesores mi capacidad para escribir y publicaron una de mis redacciones en la revista del colegio. Se titulaba “La primera vez que vi el mar” y decía cosas como esta:
 
“De sitio en sitio por los lugares costeros. Y a mi alma le pregunto ¿cómo será el mar? Por los caminos del mundo voy en busca de un algo. Y cada vez que pienso en ese algo, más aumenta mi desconcierto y por mi mente pasan más de mil pensamientos. Por más que lo pienso no acierto a imaginar: ¿Cómo será el mar? Mi viaje se detiene, mientras una voz dice: ‘¡Hemos llegado al mar!’. Es de noche y no lo veo. Yo quiero verlo. Y mientras más miro, menos veo. Yo me consuelo diciendo: ‘Hemos llegado al mar’”.
 
Estaba escrita en prosa aunque instintivamente buscaba la rima en algunos párrafos, lo cual no hacía sino estropear la narración. Pero, a fin de cuentas, era un incipiente escritor que se estaba haciendo a sí mismo. Por eso supuso una gran ayuda lo que sucedió un buen día, a los 13 años de edad, cuando estaba en clase de Literatura. El profesor, Eloy Rada García, nos había mandado escribir una redacción. Los alumnos escribíamos afanosamente en nuestro cuaderno, buscábamos en nuestro cerebro ideas que transmitir, nos rascábamos la cabeza... y mientras tanto, Eloy se paseaba entre nosotros para que permaneciésemos inmersos en nuestra tarea sin distracciones de ningún tipo, en medio de un silencio sepulcral. Según fuimos finalizando –ya no recuerdo si yo fui uno de los primeros o de los últimos en entregar la redacción- el profesor recogió los cuadernos y se los llevó para corregirlos. Al día siguiente, en clase, comenzó a repartir los cuadernos con las notas correspondientes que siempre ponía con un lápiz rojo. Cuando me entregó mi cuaderno vi que allí había algo fuera de lo normal; no se había limitado a escribir la nota sino que había escrito un párrafo. Decía así: “Con toda alegría le felicito y le animo; tal vez por este camino que tiene pasos de niño, Vd. llegue a dar pasos de gigante. 10”. Evidentemente, el “10” era lo que menos me importaba (entre otras cosas porque en Literatura estaba sacando mis mejores notas); lo que me llenó de una inmensa alegría fue aquella frase de ánimo, de valoración positiva de cuanto había escrito.
 
Aquella redacción no es que fuese gran cosa, pero teniendo en cuenta que estaba escrita en vivo y en directo, improvisada allí mismo, por un niño de 13 años, tenía un nivel bastante superior a la media y decía cosas como esta:
 
“Entre la alta hierba y bajo el amparo de los gigantescos árboles, corre un hermoso río. Su corriente incansable de agua es como el corazón del bosque. Atraviesa las grandes montañas y vadea las colinas siempre sin detenerse. Visto desde lo alto de su nacimiento, y observando su recorrido, parece no morir nunca. Él es la vida de todos…”.
 
Al finalizar la clase me dirigí hacia el profesor y le dije que me gustaba mucho escribir y que también escribía poesías.  Eloy me dijo que le gustaría ver alguna de esas poesías y entonces quedé con él en llevarle alguna al día siguiente. Así lo hice y cuando las vio, me preguntó si de verdad quería ser escritor y desarrollar esta faceta, a lo que respondí que sí, sin dudar.
 

Así se hace un escritor…
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miércoles, 12 de agosto de 2020

Ojalá sigas aspirando a imposibles


Cuando después de muchos años me reencontré con mi maestro, aquél que me formó como persona en esa edad difícil que va de los 16 a 19 años, me dijo lo siguiente: “Físicamente con los años hemos cambiado, como puede verse, pero a pesar de los achaques, por dentro estoy seguro de que todos seguimos aspirando a imposibles, igual que entonces”. ¿Y tú? ¿Sigues aspirando a imposibles?

No era justo que me quedara para mí solo las enseñanzas de mi maestro, así que decidí trasladarlas a un libro para que todo aquél que quisiera pudiese beneficiarse de ellas.

Es tanta la riqueza de su contenido que debe ser leído y releído varias veces, porque la libertad individual y la necesidad de experimentar y decidir por uno mismo es algo que nos deja bien claro desde el principio.

Fuente.- “Asignatura: La vida”, de Vicente Fisac.
Disponible en Amazon (www.amazon.es) en ediciones digital e impresa.