jueves, 20 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (19)

Pero algo era sutilmente distinto: un rótulo nuevo en la taberna del pueblo, la casa de la esquina parecía recién pintada, personas desconocidas pasaban junto a él sin dirigirle siquiera una mirada… En plena confusión, una voz le sacó de sus pensamientos:
— ¡Arne! ¿Por qué te fuiste sin decir nada? ¿Dónde has estado?
— Fui a recoger setas y me perdí –respondió balbuceante.
— ¿Recoger setas? ¡Pero si llevas fuera del pueblo dos meses!
Arne se quedó paralizado, sin entender cómo era posible que para él sólo hubiesen pasado unas horas y para el mundo hubiesen transcurrido dos meses. Sólo pudo contestar, para salir del paso:
— Ya te contaré. Es una historia muy larga.
 
Y aceleró sus pasos en dirección a su cabaña para empaparse de realidad y pensar en todo lo que había vivido. Ciertamente era una historia muy larga, pero quizás fuese mejor no contársela nunca a nadie si no quería que lo tomasen por loco. Lo más sensato era –pensó- volver a casa y poner en orden todas sus ideas, y un brillo de esperanza asomó en sus ojos cuando por fin la divisó al final del sendero. Todo parecía igual… pero las hierbas habían crecido sin control delante de su puerta. La abrió con precaución, con miedo a lo que pudiese encontrarse dentro… pero todo estaba igual a como lo dejó esa misma mañana, sólo que ahora todo estaba cubierto por el polvo… por el polvo de ¡dos meses!
 
Se dirigió a su sillón y se quitó las botas, y al recostarse sobre el respaldo notó que aún llevaba colgada a su espalda la mochila. La deslizó hasta el suelo y al abrirla, un olor a podrido lo echó para atrás. Con manos temblorosas la volcó para sacar su contenido y lo que allí encontró no eran las jugosas setas que había recolectado esa misma mañana sino un amasijo de hongos putrefactos tras dos meses de reclusión en el interior de la mochila.
 
En su memoria guardaba vívidos todos los recuerdos de su aventura, el río caudaloso, la ciudad desconocida que visitó, la gente que hablaba un idioma que no podía entender, el viejo que lo acogió en su casa y le dio de comer, la joven que tocaba el cello y le acompañó en busca del círculo de setas con la esperanza de poder regresar a su pueblo y a su tiempo…
 
Ciertamente no podía contar todo esto a nadie. Por eso decidió callar, dar evasivas a quien le preguntara por su ausencia, y escribir en un diario la historia verdadera para que sólo cuando ya hubiese muerto, alguien pudiera conocerla.
 
Y así pasaron los años, con la rutina renovada, el silencio como compañero fiel, y los recuerdos tan vivos y tan reales como el primer día. Uno de aquellos inviernos fue más frío de lo habitual y Arne enfermó, muriendo en la soledad de su cabaña y sus recuerdos. Cuando lo descubrieron, estaba sentado en su sillón, con los ojos cerrados y expresión serena, sosteniendo en sus manos un diario.
 
El joven que lo descubrió no pudo resistir la tentación de mirar qué ponía en aquél desgastado diario que había sido testigo fiel de las últimas horas del viejo Arne. Allí mismo se puso a leerlo con los ojos llenos de asombro. “¿Sería cierto todo lo que contaba?”, se preguntó. Se levantó y corrió al pueblo a dar la noticia y aquella historia se convirtió en una letanía repetida por todos los aldeanos que se fue transmitiendo de generación en generación. Nadie se atrevió a dictaminar si aquello había sido real o inventado… un hombre no miente cuando la muerte llama a su puerta. Tal vez hubiese algo de verdad en las palabras de aquél hombre que decía haber viajado más allá del tiempo.
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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