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viernes, 21 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (y 20)

EPILOGO
 
La vida es un libro que ya ha sido escrito en su totalidad con la forma de un laberinto de infinitas y continuas alternativas. El tiempo no existe. Somos nosotros, en este plano de consciencia, los que en un acto de voluntad decidimos con la mirada seguir una trayectoria determinada, eligiendo a cada instante entre las alternativas que se nos ofrecen, las cuales van configurando una determinada historia. Pero ese camino elegido, y todos los demás, ya los hemos vivido al igual que este. Algún día, cuando la muerte nos rescate a la vida, lo comprenderemos.
 

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jueves, 20 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (19)

Pero algo era sutilmente distinto: un rótulo nuevo en la taberna del pueblo, la casa de la esquina parecía recién pintada, personas desconocidas pasaban junto a él sin dirigirle siquiera una mirada… En plena confusión, una voz le sacó de sus pensamientos:
— ¡Arne! ¿Por qué te fuiste sin decir nada? ¿Dónde has estado?
— Fui a recoger setas y me perdí –respondió balbuceante.
— ¿Recoger setas? ¡Pero si llevas fuera del pueblo dos meses!
Arne se quedó paralizado, sin entender cómo era posible que para él sólo hubiesen pasado unas horas y para el mundo hubiesen transcurrido dos meses. Sólo pudo contestar, para salir del paso:
— Ya te contaré. Es una historia muy larga.
 
Y aceleró sus pasos en dirección a su cabaña para empaparse de realidad y pensar en todo lo que había vivido. Ciertamente era una historia muy larga, pero quizás fuese mejor no contársela nunca a nadie si no quería que lo tomasen por loco. Lo más sensato era –pensó- volver a casa y poner en orden todas sus ideas, y un brillo de esperanza asomó en sus ojos cuando por fin la divisó al final del sendero. Todo parecía igual… pero las hierbas habían crecido sin control delante de su puerta. La abrió con precaución, con miedo a lo que pudiese encontrarse dentro… pero todo estaba igual a como lo dejó esa misma mañana, sólo que ahora todo estaba cubierto por el polvo… por el polvo de ¡dos meses!
 
Se dirigió a su sillón y se quitó las botas, y al recostarse sobre el respaldo notó que aún llevaba colgada a su espalda la mochila. La deslizó hasta el suelo y al abrirla, un olor a podrido lo echó para atrás. Con manos temblorosas la volcó para sacar su contenido y lo que allí encontró no eran las jugosas setas que había recolectado esa misma mañana sino un amasijo de hongos putrefactos tras dos meses de reclusión en el interior de la mochila.
 
En su memoria guardaba vívidos todos los recuerdos de su aventura, el río caudaloso, la ciudad desconocida que visitó, la gente que hablaba un idioma que no podía entender, el viejo que lo acogió en su casa y le dio de comer, la joven que tocaba el cello y le acompañó en busca del círculo de setas con la esperanza de poder regresar a su pueblo y a su tiempo…
 
Ciertamente no podía contar todo esto a nadie. Por eso decidió callar, dar evasivas a quien le preguntara por su ausencia, y escribir en un diario la historia verdadera para que sólo cuando ya hubiese muerto, alguien pudiera conocerla.
 
Y así pasaron los años, con la rutina renovada, el silencio como compañero fiel, y los recuerdos tan vivos y tan reales como el primer día. Uno de aquellos inviernos fue más frío de lo habitual y Arne enfermó, muriendo en la soledad de su cabaña y sus recuerdos. Cuando lo descubrieron, estaba sentado en su sillón, con los ojos cerrados y expresión serena, sosteniendo en sus manos un diario.
 
El joven que lo descubrió no pudo resistir la tentación de mirar qué ponía en aquél desgastado diario que había sido testigo fiel de las últimas horas del viejo Arne. Allí mismo se puso a leerlo con los ojos llenos de asombro. “¿Sería cierto todo lo que contaba?”, se preguntó. Se levantó y corrió al pueblo a dar la noticia y aquella historia se convirtió en una letanía repetida por todos los aldeanos que se fue transmitiendo de generación en generación. Nadie se atrevió a dictaminar si aquello había sido real o inventado… un hombre no miente cuando la muerte llama a su puerta. Tal vez hubiese algo de verdad en las palabras de aquél hombre que decía haber viajado más allá del tiempo.
 

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miércoles, 19 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (18)

Volvió a mirar a la joven, quizás por última vez, memorizando sus ojos verdes como musgo, el mechón rubio rebelde sobre su frente, la curva decidida de sus labios. Extendió la mano y apretó la suya con ternura y agradecimiento profundo: un roce calloso contra piel suave, un pacto silencioso de deudas pagadas y caminos divergentes. "Gracias, Lirael. Por tu ayuda, por tu consuelo, por tu interés", murmuró, la voz ahogada por la emoción. Ella asintió, apretando sus dedos con fuerza inesperada, una lágrima solitaria surcando su mejilla. "Vuelve, Arne. Y si no... encuentra la paz en tu tiempo".
 
Se soltó con lentitud, como arrancando una raíz del corazón, y se introdujo de nuevo en el círculo. Con pies reverentes, evitando las setas nuevas, se situó en el centro exacto, donde el aire era más cálido, más vivo, cargado de ese aroma dulzón a miel y tierra primordial. Cerró los ojos, el mundo reduciéndose al latido de su pulso y un deseo feroz: Vuelve a mi mundo. A mi tiempo. A casa. Susurró las palabras como un conjuro, imaginando el humo de su chimenea, el crujir de las hojas conocidas, el peso ligero de una cesta vacía. El zumbido creció, un vendaval invisible lo envolvió, y una luz cegadora estalló tras sus párpados —naranja, verde, blanca—, acompañada de un rugido que le sacudió los huesos.
 
Cuando abrió los ojos, el mundo había cambiado de nuevo. La joven ya había desaparecido, el claro estaba vacío salvo por el círculo —ahora intacto, con setas adultas en perfecta formación, como si el tiempo hubiera retrocedido un latido—. Pero ¿dónde estaría? El bosque a su alrededor era... diferente. Los pinos eran más bajos, familiares, con cortezas rugosas que reconocía de sus cacerías. El aire olía a humo lejano de chimeneas, no a ozono encantado. Un arroyo cercano gorgoteaba con la voz del Elden, no del río monstruoso. Y el sol... el sol estaba bajo, como si solo hubieran pasado minutos desde su salida matutina.
 
La pregunta que se hizo no fue “¿dónde estoy?” sino “¿cuándo estoy”. Y entonces salió del círculo con piernas temblorosas, tocando los troncos, oliendo la tierra. A lo lejos, entre la niebla que se disipaba, vislumbró el humo de Eldenwood subiendo en columnas perezosas. Corrió, el corazón estallando de esperanza y terror. ¿Había funcionado? ¿O era otro engaño, otro pliegue del tiempo? El pueblo apareció ante él: casas de madera, la plaza polvorienta, el anciano herrero avivando su fragua…
 

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martes, 18 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (17)

VII.- El umbral restaurado
 
La noche se había fundido con el alba en un tapiz de grises y violetas, y el bosque los envolvía en un abrazo asfixiante de raíces nudosas y ramas que susurraban conspiraciones. Llevaban ya varias horas caminando —cinco, quizás seis, calculaba Arne por el agotamiento que le quemaba los músculos y el hambre que ahora aceptaba como compañera—, zigzagueando por senderos invisibles que Lirael parecía leer en las estrellas y el musgo. Ella lideraba con paso seguro, el cello envuelto a la espalda como un escudo arcano, una linterna de cristal encantado en la mano que proyectaba un fulgor verde pálido, suficiente para evitar raíces traidoras pero no para disipar las sombras que acechaban en los huecos de los árboles. Arne la seguía, con la cesta de setas marchitas colgada en su espalda y en la mano su navaja curva empuñada no por defensa, sino como un talismán al que se invocaba la suerte.
 
Habían hablado poco: murmullos sobre leyendas de círculos errantes, conjuros susurrados por Lirael para "llamar al micelio dormido", y silencios cargados de dudas. El bosque no era el mismo; los pinos eran más altos, con cortezas que palpitaban como venas vivas, y el aire olía a ozono y tierra removida, como antes de una tormenta eterna. La desesperanza comenzaba a hacer acto de presencia, un veneno lento que Arne sentía trepar por sus venas. "¿Y si el claro se ha movido? ¿Y si la magia se disipó para siempre?", había murmurado ella una hora antes, deteniéndose para trazar runas en la tierra con un palo, que brillaron fugazmente antes de apagarse. Arne no respondió; en su mente, visiones de una vida nueva —o de ninguna vida— lo atormentaban: ¿aprender el idioma élfico? ¿Tocar el cello junto a Lirael en la granja? ¿Envejecer mil años más en un mundo de torres flotantes?
 
Pero entonces, al doblar un grupo de hayas retorcidas, lo vio: un viejo tronco caído, cubierto de liquen plateado y marcado por un rayo antiguo, exactamente como lo recordaba de su llegada. El corazón le dio un vuelco. "¡Ese tronco! Pasé junto a él cuando la niebla me escupió aquí", exclamó, corriendo adelante con renovada furia. Y en efecto, poco más allá, en un claro bañado por los primeros rayos del sol que perforaban el dosel como lanzas doradas, estaba el círculo. Pero algo había cambiado, un milagro frágil que le robó el aliento. Allí se veían los muñones cercenados por su navaja —bases truncadas, oscuras y secas, como lápidas de su pecado—, dispuestas aún en la circunferencia perfecta de tres metros. Pero junto a cada tronco seccionado había crecido una o dos pequeñas setas: brotes tiernos, naranjas como el amanecer, con copas diminutas que temblaban al viento, como si la tierra hubiera perdonado a medias. No era el anillo imponente de antes, sino un círculo herido y renacido, un portal a medio sanar que pulsaba con una luz sutil, un fulgor bioluminiscente que emanaba del micelio subterráneo. El aire sobre él vibraba, cargado de ozono y un zumbido bajo, como el de un enjambre invisible.
 
“¡Este es!”, gritó Arne emocionado, cayendo de rodillas al borde del círculo, las manos temblando mientras rozaba una seta diminuta sin atreverse a tocarla. Miró fijamente a Lirael, que se había detenido a unos pasos, su rostro iluminado por el amanecer y una expresión de asombro reverente. En esa mirada, Arne quiso expresar todo: que su obligación era regresar al mundo de donde había venido —a Eldenwood, a su cabaña solitaria, al otoño de 1247 donde el tiempo aún era suyo—, o al menos intentarlo. Aunque aquel círculo ya no era igual, un mosaico de cicatrices y renuevos, no estaba muy seguro de qué podría suceder a partir de aquel momento: ¿un vórtice benévolo? ¿Un abismo devorador? ¿O la nada eterna? El riesgo era un fuego que le consumía el alma, pero la alternativa —quedarse— era una muerte en vida.
 
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lunes, 17 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (16)

Al cabo de un rato —horas que se estiraron como siglos—, Arne agachó la cabeza con resignación, mesándose los cabellos grises. Lágrimas silenciosas surcaron sus mejillas curtidas por los años y encendidas ahora por la desesperación. La única forma de poner algo de luz en todo aquel caos era volver al bosque, al claro donde todo comenzó. Encontrar de nuevo el círculo de setas —o lo que quedaba de él: un anillo de muñones cercenados por su navaja curva, tierra herida y micelio roto—. Esa puerta profanada quizás fuese la única forma de volver a su mundo, a su tiempo, a la cabaña donde el fuego aún ardía en la chimenea. "Debo intentarlo", dijo, levantándose con piernas temblorosas. "Solo, si es preciso".
 
Se despidió del viejo con un apretón de manos calloso —el anciano le entregó un saquito de bellotas encantadas como talismán, murmurando bendiciones incomprensibles— y de Lirael con una inclinación torpe, la cesta de setas marchitas colgada del hombro como una cruz.
 
Emprendió el camino de regreso bajo un cielo tachonado de estrellas desconocidas, más brillantes y numerosas que en Eldenwood, como si el firmamento mismo hubiera cambiado. El sendero serpenteaba entre campos plateados por la luna, el aire cargado de un silencio opresivo roto solo por el ulular de búhos invisibles. Pero antes de perderse en la noche, una voz lo detuvo como un conjuro: “¡Espera!”.
 
Se giró, y allí estaba Lirael, corriendo tras él con el vestido violeta ondeando como alas de cuervo, el cello envuelto en una manta sobre la espalda y una mochila de cuero al hombro. Su rostro, iluminado por la luna, ardía con determinación. “Iré contigo”, añadió, sin resuello pero sin vacilación. “Conozco el bosque mejor que nadie; fui yo quien vio al viajero antiguo. Y... no puedo dejarte solo en esto. El círculo me debe una deuda; testifiqué su magia, y ahora la romperé contigo si es posible”.
 
Arne la miró, atónito, un nudo de gratitud y temor en la garganta. ¿Por qué arriesgarse por un extraño milenario, un profanador de portales? Pero en sus ojos vio un reflejo de su propia pérdida: quizás Lirael cargaba sus propios exilios, sus propios círculos rotos. “¿Y si no hay vuelta atrás?”, preguntó él.
“Entonces forjaremos uno nuevo”, respondió ella, con una sonrisa feroz que disipaba las sombras. “O moriremos intentándolo”.
 
Y así, los dos comenzaron ese camino en busca del círculo de setas en el corazón del bosque. Arne, el leñador envejecido por siglos invisibles; Lirael, la cellista de secretos ancestrales. Avanzaban bajo la luna plateada, el bosque cerrándose a su alrededor como un laberinto vivo, en espera de quién sabe qué: un portal restaurado, un vórtice de luz devoradora, un abismo eterno. Quién sabe dónde, quién sabe cuándo... Solo el susurro de las hojas prometía respuestas, y el viento llevaba ecos de setas que aún sangraban magia rota.
 

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domingo, 16 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (15)

VI.- El abismo del tiempo
 
La penumbra del salón se había espesado con el crepúsculo, y las llamas de la chimenea proyectaban sombras alargadas que danzaban como espectros sobre los tapices descoloridos. Arne, con los codos apoyados en la mesa de roble nudoso, sentía el peso del mundo —o de mundos— aplastándole el pecho. Había aparecido de repente en un lugar desconocido, un exilio forzado por su propia mano codiciosa, y ahora la duda más aterradora lo carcomía: ¿había cruzado solo espacio, o también tiempo? Las palabras de Lirael sobre el viajero antiguo resonaban en su mente como un martillo sobre yunque, y el hambre que roía su estómago se mezclaba con un asco creciente ante la idea de tragar cualquier cosa de este reino extraño. "¿Y si enveneno mi sangre para siempre?", pensó, mirando con recelo el cuenco de sopa humeante que el viejo había colocado ante él —caldo de raíces desconocidas, salpicado de hierbas que brillaban con un fulgor sutil.
 
Comenzó a formular preguntas en un torrente imparable, su voz ronca elevándose como un rezo desesperado: "¿Qué año es este? ¿Quién reina en estas tierras? ¿Qué guerras han marcado vuestra historia? ¿Cómo medís los días, los reyes, las estrellas?". Lirael, sentada frente a él con las manos entrelazadas sobre la mesa, lo escuchaba con ojos verdes que reflejaban el fuego como lagos encantados. A su vez, se interesaba por el origen de Arne, inclinándose hacia adelante con una curiosidad voraz: "¿De qué reino vienes? ¿Qué dioses adoráis? ¿Habéis domado el relámpago en frascos, como dicen los sabios de las Torres Eternas? ¿Conocéis el Gran Cataclismo que partió el mundo en 1423?".
 
Pero algo extraño sucedía, un abismo que se ensanchaba con cada respuesta. Ni los países coincidían: Arne hablaba de Eldenwood, un rincón olvidado en las tierras bajas del norte, bajo el reinado de Aldric el Barbudo; Lirael describía el Imperio de Aelthar, un vasto dominio de ciudades flotantes y academias de magia, gobernado por la Emperatriz Sylvara IX desde la capital de Elyndor. Ni las guerras: él recordaba la Batalla de las Cenizas, treinta años atrás, donde clanes rivales se masacraron por un valle de hierro; ella evocaba la Guerra de las Sombras Eternas, un conflicto de hace dos siglos contra entidades del vacío que devoraban almas. Ni los gobernantes, ni las monedas, ni siquiera la forma de contar los años. "Nosotros estamos en el año 3365 de la Era de la Luz", explicó Lirael con voz grave, trazando un glifo en el aire con el dedo que brilló fugazmente antes de desvanecerse. Arne palideció, calculando en silencio: si su otoño era el 1247 de la Era Antigua —como marcaba el calendario del pueblo—, entonces tendría ahora más de mil años. Mil setecientos dieciocho, para ser exactos. El vello de sus brazos se erizó; la idea de haber envejecido un milenio en una mañana de setas era un horror que le revolvía las entrañas.
 
"¿Y si no es el futuro?", murmuró Arne, la voz quebrada. "¿Y si el círculo me arrojó a un universo paralelo, un eco retorcido de mi mundo donde las historias divergieron en algún cruce olvidado?". Lirael negó con la cabeza, pero sus ojos traicionaban la duda. "Los portales del círculo no eligen; tejen lo que la tierra necesita. Podría ser futuro, paralelo, o un pliegue del tiempo donde ambos existimos a la vez. Todo son interrogantes". A cada nueva pregunta —sobre las estrellas, los metales voladores que ella mencionó como "dirigibles de éter", las plagas que Arne nunca oyó—, aumentaba más y más su desconcierto. El viejo intervenía a ratos con murmullos en su idioma élfico, consultando un tomo polvoriento de cuero grabado con runas, pero las páginas solo multiplicaban las sombras: diagramas de vórtices temporales, testimonios de viajeros perdidos que enloquecían gritando nombres de dioses extintos.
 

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sábado, 15 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (14)

Arne parpadeó, el mundo inclinándose de nuevo bajo él. ¿Tiempo? Las leyendas de su abuela no eran cuentos de viejas; eran advertencias. "Yo... yo pisé dentro. Giré, lo admiré. Pero luego las corté. ¿Eso lo rompe todo?"
 
La joven asintió, sentándose de nuevo con movimientos fluidos, como si cada gesto fuera parte de una danza ritual. "Exacto. El círculo intacto es una puerta de doble filo: entra, y sales por el otro lado, de vuelta a tu mundo, cuando el hechizo se disipa —en horas, a veces en días—. Pero si lo profanas, si rompes el anillo... cierras el camino para siempre. La magia se deshace, el portal se sella con tu propia mano. Eres un exiliado eterno".
 
El viejo murmuró algo en su idioma desde el rincón, un asentimiento grave, y la joven continuó, su voz bajando a un susurro conspiratorio. "No eres el primero, Arne. Yo fui testigo una vez, hace siete años, en un claro no lejos de aquí. Apareció un hombre —vestía ropas antiguas, de lana burda y cuero sin curtir, como las de los clanes del norte profundo, de hace siglos—. Relató una historia similar a la tuya: un círculo de amanitas en su bosque, niebla espesa, un río desconocido... y esta ciudad, que para él era un sueño de torres imposibles. Pero él fue sabio, o afortunado: dejó intacto el círculo. Lo contempló, giró dentro, pero no tocó ni una sola seta. Al cabo de unas horas, el aire vibró, las setas reaparecieron en su formación perfecta, y él se introdujo de nuevo en el centro. Ante mis ojos —yo era una niña entonces, escondida entre los arbustos con mi padre—, el círculo brilló como un sol poniente, y desapareció. Se desvaneció en un remolino de luz y niebla, tragado por el portal restaurado".
 
Arne se aferró al borde de la mesa, el corazón latiéndole con furia. "¿Y qué le pasó después? ¿Volvió a su tiempo?".
Ella negó con la cabeza, los ojos nublados por un velo de tristeza antigua. "Eso no lo sé. Nadie lo sabe. El círculo se cerró tras él, las setas se hundieron en la tierra como si nunca hubieran existido, y el claro volvió a ser solo un claro. Podría haber regresado a su aldea, a su familia, a caballos y hachas de piedra. O podría haber errado por siempre en algún limbo entre mundos. Solo sé que desapareció ante mis ojos, y desde entonces, cargo con esa imagen: un hombre sonriendo con alivio justo antes de que la luz lo devorara".
 
El silencio cayó sobre la granja como una capa de nieve. El fuego crepitaba, el cello parecía aguardar su turno para llorar, y el viejo observaba con ojos que lo habían visto todo. Arne miró la cesta a sus pies, las setas naranjas ahora marchitas, exhalando un hedor dulzón de podredumbre incipiente. Su mano —codiciosa, práctica— las había condenado. Lágrimas calientes le quemaron los ojos, no de rabia, sino de una pérdida absoluta: Eldenwood, su cabaña solitaria, los guisos de otoño, el bosque que lo había traicionado. "¿No hay forma?", susurró. "¿Ni una?"
 
La joven extendió una mano sobre la mesa, rozando la suya con dedos fríos. "Quizás... pero no lo sé. Mi nombre es Lirael, y este viejo es mi abuelo, guardián de secretos del bosque. Quédate aquí esta noche. Mañana, buscaremos en los antiguos libros. Pero prepárate, Arne: has roto un círculo sagrado. El tiempo no perdona fácilmente".
 
Fuera, el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de violeta —el mismo violeta de su traje—, y el mundo desconocido apretaba su abrazo. Arne, el recolector de setas, era ahora un viajero del tiempo, atrapado en un exilio que olía a magia rota y promesas incumplidas.
 

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viernes, 14 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (13)

V.- La maldición del círculo roto
 
La joven rubia se acomodó en un taburete de roble junto a la chimenea, el cello olvidado como un centinela silencioso contra la pared de adobe. Ahora Arne notaba detalles que la penumbra inicial le había ocultado: vestía un traje de color violeta profundo, no el lino verde que había imaginado en su agotamiento, una prenda de terciopelo gastado con bordados plateados de enredaderas y estrellas fugaces que caían en cascada desde los hombros hasta el dobladillo. Le daba un aire de nobleza errante, como una dama de cuentos antiguos desterrada a una granja humilde. Su expresión era serena al principio, un lago en calma bajo el sol de mediodía, con esos ojos verdes que lo escrutaban sin juicio, solo con curiosidad profunda. El viejo, discreto como una sombra, se había retirado a un rincón del salón, sentándose en un sillón de madera, bellamente tallado, con su bastón sobre las rodillas, observando la escena con la paciencia de quien ha visto demasiados milagros y tragedias.
 
Arne se dejó caer en una silla opuesta, la cesta de setas depositada en el suelo como una ofrenda venenosa. El calor del fuego le lamía el rostro, y el aroma a leña de manzano y hierbas secas —romero y lavanda colgados en manojos del techo— lo envolvió como un bálsamo temporal. Con voz ronca, entrecortada por el hambre y el miedo, relató todo de nuevo, esta vez con detalles que no había compartido con nadie: el alba gris en su cabaña de Eldenwood, el crujir de las hojas bajo sus botas, el velo de niebla que transformaba los pinos en fantasmas, y luego... el círculo. "Era perfecto, como si un dios lo hubiera trazado con regla y compás. Níscalos naranjas, alineados sin un milímetro de error. Me metí dentro, giré alrededor... y las corté todas. Una a una, con mi navaja. La cesta se llenó, el círculo desapareció, y entonces... la niebla me tragó. El río, la ciudad, este idioma... ¡Nada tiene sentido!".
 
Conforme avanzaba en su explicación, Arne vio cómo el rostro sereno de la joven se resquebrajaba como hielo fino bajo el sol. Sus labios se apretaron en una línea tensa, las cejas se arquearon en surcos de preocupación, y un rubor pálido tiñó sus mejillas. Cuando terminó, ella inclinó la cabeza, como si pesara cada palabra en una balanza invisible, y habló por fin, su voz suave pero cargada de gravedad, con el acento norteño de Eldenwood que ahora le parecía un faro en la tormenta: "No debiste coger nunca aquellas setas. Has cerrado tu camino de regreso".
 
Arne sintió un escalofrío que le subió por la espina dorsal, helándole el sudor en la nuca. "¿A qué te refieres?", preguntó, inclinándose hacia adelante, las manos crispadas en los bordes de la silla hasta que la madera crujió. "¿Qué quieres decir con 'cerrado'? ¡Dime cómo volver! ¡Mi casa, mi pueblo...!"
 
Ella suspiró, un sonido profundo que parecía arrastrar el peso de secretos ancestrales, y se levantó para avivar el fuego con un fuelle de cuero. Las llamas cobraron vida, proyectando sombras danzantes en las paredes, donde colgaban tapices descoloridos con escenas de bosques encantados y figuras etéreas. "Escucha con cuidado, Arne —sí, sé tu nombre; lo he oído en tu relato, y en los ecos del bosque—. A veces, surgen de forma mágica círculos de setas en el bosque. No son caprichos de la naturaleza, ni hongos comunes. Son portales, tejidos por la antigua magia de la tierra, por espíritus que custodian los velos entre mundos. Círculos tan perfectos que parecieran obra del hombre —o de algo más antiguo que los hombres—. En su interior se concentra tanta fuerza, un nudo de energía pura, que si alguien se introduce sin dañarlos, puede ser transportado a otro lugar... o lo que es peor... a otro tiempo".
 

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jueves, 13 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (12)

Salieron por una puerta lateral en las murallas, un arco cubierto de hiedra que nadie custodiaba, y el paisaje cambió de nuevo: campos ondulantes de trigo dorado bajo el sol de mediodía, salpicados de granjas aisladas con techos de bálago y cercas de piedra seca. El viejo los guio por un sendero de tierra compacta, paralelo a un riachuelo cantarín, hasta una pequeña granja enclavada en un valle escondido. Era un lugar humilde pero acogedor: una casa de adobe blanco con vigas expuestas, un huerto de verduras exóticas, un corral donde picoteaban aves de plumaje iridiscente. Pero lo que detuvo el corazón de Arne fue el sonido que emanaba de su interior: una melodía profunda, desgarradora, que se filtraba por las ventanas entreabiertas como un lamento del alma misma.
 
Al principio, no supo identificarla —era un lamento gutural, un gemido que vibraba en el pecho como el rugido de una bestia herida—. Pero pronto lo reconoció: el cello. Música triste, fúnebre casi, con arpegios lentos que ascendían en gritos de desesperación, notas graves que se retorcían como raíces en agonía. Era un calco perfecto de su estado de ánimo: la soledad aplastante, el exilio sin nombre, el anhelo de un hogar que se desvanecía como humo. Arne se detuvo en el umbral, hipnotizado, mientras el viejo empujaba la puerta entreabierta con su bastón.
 
En el salón principal, junto a una chimenea de piedra donde crepitaba un fuego alegre, estaba ella. Una joven rubia, de no más de veinticinco años, sentada en un taburete tosco con el cello apoyado entre las rodillas. Su cabello caía en ondas salvajes hasta la cintura, iluminado por los rayos de sol que se colaban por las ventanas como hilos de oro. Vestía un vestido sencillo de lino verde, con mangas arremangadas que revelaban brazos fuertes y marcados por el trabajo, y sus ojos —de un verde musgo profundo— ardían con una intensidad febril mientras el arco se deslizaba por las cuerdas. La música cesó abruptamente cuando Arne entró; el último eco de una nota grave flotó en el aire como un suspiro moribundo. Ella levantó la vista, el arco aún en el aire, y dirigió una mirada inquisitiva al viejo, que murmuró algo rápido en su idioma, gesticulando hacia el forastero.
 
La joven dejó el cello con cuidado contra la pared, donde descansaba junto a partituras garabateadas en pergamino, y se acercó con pasos gráciles pero cautelosos. Su rostro era hermoso en su aspereza: pómulos altos, nariz recta, labios llenos que temblaban ligeramente, como si contuviera una tormenta interior. Lo observó de arriba abajo —la ropa raída de Arne, la cesta de setas extrañas, el polvo del camino en sus botas— y luego habló, su voz un torrente suave en el idioma desconocido: “Elyndra syl'var? Mirath en thal'vyr?”. Arne negó con la cabeza, exhausto, y comenzó a explicar de nuevo, por enésima vez: el bosque, el círculo, la niebla, el río, la ciudad muda. Las palabras brotaron en un chorro desesperado, entrecortado por pausas para respirar. Y entonces, como un rayo que parte las nubes, ella respondió. Esta vez sí, por fin, en su idioma —el áspero, familiar dialecto de Eldenwood, con su acento norteño que le erizó la piel de nostalgia—: “¿Cuándo has llegado aquí?”.
 
Arne se quedó petrificado, la boca abierta en un silencio atónito. El viejo sonrió desde el umbral, asintiendo con sabiduría ancestral, y la joven esperó, con los ojos fijos en los suyos, como si compartieran un secreto que aún no comprendía. El mundo, por un instante, dejó de girar enloquecido; había encontrado una voz en el exilio. Pero la pregunta colgaba en el aire como una promesa y una amenaza: ¿cuándo? ¿Y cómo demonios sabía ella su lengua?
 

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miércoles, 12 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (11)

IV.- La voz del exilio
 
El peso del desconcierto aplastaba a Arne contra el banco de piedra como una losa funeraria, y el bullicio de la plaza se había reducido a un zumbido distante, un telón de fondo para el torbellino de su mente. Las setas en la cesta, ahora olvidadas a sus pies, parecían mofarse de él con su silencio acusador: un festín maldito que lo había arrastrado a este abismo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí sentado? Minutos, horas... el sol había trepado más alto, tiñendo las losas hexagonales de un dorado cegador. De pronto, una mano cálida y nudosa se posó en su hombro, firme pero gentil, como el roce de un abuelo consolando a un niño extraviado. Arne levantó la vista con un sobresalto, parpadeando para enfocar el rostro que lo observaba.
 
Era un hombre viejo, de edad indefinida —quizás setenta inviernos, quizás más—, con una melena blanca como la nieve que le caía en cascada sobre los hombros, y una barba trenzada que le llegaba al pecho, salpicada de cuentas de madera tallada. Sus ojos, de un azul profundo como lagos glaciares, brillaban con una amabilidad que trascendía las barreras del lenguaje. Vestía una túnica de lana gris bordada con hilos plateados que formaban motivos de hojas y estrellas, y en su mano libre sostenía un bastón de fresno pulido, coronado por una gema opaca que parecía pulsar con luz interna. El viejo inclinó la cabeza y habló en ese idioma extraño, su voz un murmullo ronco y melodioso: “Syl'varen? Thal'wyn eldor mirath?”. Las palabras rodaron como guijarros en un riachuelo, incomprensibles pero cargadas de preocupación genuina.
 
Arne abrió la boca para responder, pero el pánico lo traicionó de nuevo. Con gestos torpes —señalando el bosque invisible, la cesta, sus propias orejas y luego agitando las manos en frustración— trató de explicarlo todo: el amanecer en Eldenwood, el círculo de setas perfecto como un hechizo, la niebla traidora, el río imposible, la ciudad de torres blancas y lenguas mudas. "¡Me he perdido! ¡Esto no es mi mundo!", gritó en su lengua, las palabras saliendo en un torrente desesperado, entrecortado por jadeos. El viejo lo escuchó en silencio, frunciendo el ceño con empatía, sus ojos recorriendo el rostro demacrado de Arne como si pudiera leer las grietas de su alma. Evidente era que no entendía una sola sílaba, pero algo en la expresión de Arne —el terror crudo, la súplica muda— lo conmovió. Quedó pensativo un momento, acariciándose la barba con dedos sabios, y luego, con una sonrisa tranquilizadora, le indicó por señas que se levantara y lo siguiera: un gesto universal de la mano, acompañado de un asentimiento firme.
 
¿Qué otra cosa podía hacer Arne? Estaba completamente perdido, un fantasma en una ciudad viva, incapaz de comunicarse con nadie, de comprar pan o pedir cobijo. El hambre comenzaba a roerle el estómago —había salido de casa sin desayunar, confiado en su rutina—, y el agotamiento le pesaba en los huesos como plomo. Recogió la cesta, se la colgó al hombro y siguió al viejo, que avanzaba con paso mesurado pese a su edad, el bastón marcando un ritmo constante sobre las losas. Atravesaron la plaza central, esquivando carretas cargadas de manzanas relucientes y grupos de mujeres que hilaban lana en ruecas portátiles. La calle principal se estrechó en un laberinto de callejones empedrados, flanqueados por casas de piedra con tejados de pizarra y jardines colgantes rebosantes de flores azules que Arne nunca había visto. El aire se impregnó de aromas a hierbas secas y humo de leña, y el bullicio de la ciudad se desvaneció gradualmente, dando paso al canto de los pájaros y el susurro del viento entre las hojas.
 

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martes, 11 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (10)

Entonces, levantó la vista al letrero que colgaba sobre la puerta de la panadería: una tabla de roble pulido con letras curvas y elegantes, entrelazadas como raíces vivas, pintadas en un bermellón vivo. Ni una sola palabra le resultaba familiar; no era el alfabeto tosco de Eldenwood, con sus trazos angulosos y abreviaturas campesinas. Era un idioma antiguo, élfico casi, sacado de los libros polvorientos que el herrero del pueblo leía junto al fuego. Arne retrocedió un paso, el mundo girando a su alrededor. El bullicio de la calle —voces, risas, pregones— se convirtió en un zumbido ensordecedor, un muro invisible que lo aislaba de todo. ¿Había enloquecido? ¿O el círculo de setas lo había arrojado a un reino donde su lengua era muda?
 
Tambaleándose como un borracho, con la vista nublada y las piernas de gelatina, se arrastró hasta un banco de piedra en la esquina de lo que parecía la plaza central. Era un espacio amplio, pavimentado con losas hexagonales que formaban un mosaico de constelaciones desconocidas, rodeado de arcos porticados y una fuente central donde niños jugaban con barcas de madera. Se dejó caer en el banco, la cesta resbalando a sus pies con un sonido sordo. Agachó la cabeza entre las rodillas, mesándose los cabellos grises con dedos temblorosos, tirando de mechones como si pudiera arrancar la confusión de su cráneo. "Esto no puede ser", jadeó, la voz quebrada por el pánico. Imágenes destellaban en su mente: el círculo perfecto de setas pulsando con vida; la niebla tragándoselo; el río imposible; la ciudad de ensueño. ¿Era un castigo por su codicia? ¿Un portal a las tierras de las hadas, como advertía su abuela?
 
El sol calentaba la piedra bajo él, pero un frío profundo le calaba los huesos. Alrededor, la vida fluía indiferente: un vendedor de frutas le lanzó una moneda de cobre que rodó a sus pies; una pareja de enamorados pasó riendo, tomados de la mano; un guardia con armadura de escamas plateadas patrullaba con lanza en alto. Pero Arne estaba solo, un náufrago en un mar de extraños, y por primera vez en su vida práctica, rogó en silencio por un milagro que lo devolviera a casa. La ciudad lo observaba, curiosa y ajena, mientras el peso de lo imposible lo aplastaba contra la piedra.
 

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lunes, 10 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (9)

III.- La ciudad del idioma perdido
 
Arne abandonó el puente con el corazón galopando en el pecho como un corcel desbocado, un tambor de guerra que resonaba en sus oídos y ahogaba el rugido del río. La cesta de setas colgaba de su hombro como un ancla, un recordatorio tangible de la mañana que había comenzado con la rutina de un otoño cualquiera y ahora se deshilachaba en pesadilla. La ciudad lo atraía y lo repelía a un tiempo: sus torres blancas se erguían como dedos acusadores hacia el cielo, y el bullicio que subía desde las murallas —risas, relinchos de caballos, el chirrido de carretas— era un canto de sirena que prometía respuestas. "No puede ser real", se repetía, pero sus botas pisaban tierra firme, y el sol calentaba su rostro con una calidez demasiado vívida para ser un sueño. Bajó la ladera por un sendero empedrado flanqueado de olmos centenarios, cuyos troncos estaban grabados con runas que no alcanzaba a descifrar, y pronto las murallas se alzaron ante él, imponentes, con puertas de hierro forjado que se abrían como fauces hambrientas.
 
El aroma lo golpeó primero al cruzar el umbral: una sinfonía embriagadora de pan caliente, especias tostadas, cuero curtido y flores silvestres machacadas en morteros de piedra. La calle principal era un río humano de vida: mercaderes con capas de lana teñida en safrán pregonaban sedas y cacharros de cobre; niños descalzos corrían entre piernas adultas persiguiendo una pelota de trapo; mujeres con cofias bordadas colgaban guirnaldas de bayas secas sobre los dinteles de casas de piedra y madera tallada. Las fachadas estaban adornadas con relieves de vides entrelazadas y figuras aladas que parecían guardianes petrificados, y en cada esquina, fuentes esculpidas escupían agua cristalina en pilas de mármol veteado. No era un pueblo, se corrigió Arne; era una ciudad próspera, vibrante, con el pulso de siglos en sus venas. Pero nada le resultaba familiar: ni las caras angulosas de los habitantes, de piel olivácea y ojos almendrados; ni los carromatos tirados por bestias de cuernos retorcidos que no eran ni vacas ni bueyes; ni el cielo, que parecía más azul, más infinito, sin el humo lejano de las chimeneas de Eldenwood.
 
Con el pulso acelerado y la garganta seca, Arne se acercó a la primera alma que vio venir en dirección contraria: una pareja de campesinos, un hombre de barba rala y una mujer con un delantal manchado de tierra, cargados con sacos de grano sobre los hombros. Vestían túnicas de lino grueso y sandalias de cuero trenzado, idénticos a los de su comarca, pero algo en su porte —una gracia felina, un brillo extraño en la mirada— los delataba como forasteros. "Disculpad", dijo Arne en su lengua ronca, alzando la voz por encima del gentío. "¿Dónde estoy? ¿Qué ciudad es esta?". El hombre frunció el ceño, deteniéndose en seco, y la mujer se llevó una mano al pecho en un gesto de sorpresa. Lo miraron con extrañeza, como si Arne fuera un lobo vestido de hombre. Abrieron la boca y un torrente de palabras brotó de sus labios: sílabas fluidas y musicales, con vocales alargadas y consonantes que rodaban como piedras en un arroyo. ¿"Elyndor thal'vyr en sildar?", pareció decir el hombre, gesticulando con las manos abiertas. Arne negó con la cabeza, confundido. "¿Qué? ¡Hablad claro, por Dios!". Pero ellos retrocedieron un paso, murmurando entre sí con miradas de lástima y recelo, antes de reanudar su camino apresuradamente.
 
"¿Campesinos extranjeros en mi bosque?", pensó Arne, el desconcierto royéndole las entrañas como un ácido. Aquello era más extraño aún: ¿había cruzado fronteras sin saberlo? Siguió adelante, presuroso, esquivando a un grupo de artesanos que cargaban rollos de tela. Frente a una tienda con aroma a levadura y miel, una señora de mediana edad emergió con una cesta rebosante de panes redondos, dorados y crujientes, salpicados de semillas que no reconoció. Su rostro arrugado y bondadoso le dio esperanzas. "Señora, por favor", suplicó Arne, tocándole el brazo con gentileza. "¿Qué lugar es este? ¿Cómo se llama la ciudad?". Ella parpadeó, sonrió con dientes torcidos y respondió en el mismo idioma incomprensible: un flujo de palabras suaves como seda, ¿"Ael'wyn firath eldor?", acompañadas de un gesto hacia el cielo. Arne repitió su pregunta más despacio, articulando cada sílaba, pero la mujer solo inclinó la cabeza, confundida, y se alejó meneando las caderas con una cesta que olía a paraíso inalcanzable.
 

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domingo, 9 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (8)

Decidió seguir el curso del río, confiando en que lo llevara a la civilización. Eligió la margen izquierda —la que le permitía ver el agua sin alejarse demasiado del bosque—, y avanzó con paso decidido, aunque el terreno fangoso le chupaba las botas a cada paso. El rugido del río lo acompañaba como un compañero hosco, y el aire se cargaba de un olor mineral, a piedras húmedas y sedimentos antiguos. Pasaron minutos que se estiraron como horas; el sol trepaba lento en el cielo, y la niebla comenzaba a rasgarse en jirones translúcidos. Entonces, al doblar una curva pronunciada, lo vio: la silueta borrosa de un puente emergía del velo brumoso como un gigante petrificado. Era una estructura colosal de piedra gris, con arcos ojivales que se alzaban en perfecta simetría, sostenidos por pilares musgosos que desafiaban la corriente furiosa. No era un puente de madera campesino, como los que cruzaban el Elden; esto era obra de arquitectos olvidados, con balaustradas talladas en motivos florales y un arco central tan alto que un carro cargado podía pasar sin rozar.
 
La niebla se disipó por fin con un suspiro colectivo del bosque, y los rayos del sol inundaron la escena con una luz dorada que hacía relucir la hierba como esmeraldas recién pulidas. Las hojas de los árboles cercanos destellaban en tonos de rubí y oro, y el aire se llenó de un frescor vibrante, como si la naturaleza hubiera decidido vestirse para una fiesta. Arne cruzó el puente con pasos reverentes, el eco de sus botas resonando en la piedra como un tambor solemne. A mitad del arco central, se detuvo en seco, aferrándose a la balaustrada fría. Miró al horizonte, más allá del río, y el mundo se le vino abajo.
 
Allí, extendiéndose en la ladera opuesta como un tapiz tejido por dioses, se alzaba una ciudad. Torres esbeltas de piedra blanca perforaban el cielo, coronadas por cúpulas de teja roja que brillaban como joyas al sol. Murallas circulares la ceñían, salpicadas de almenas y banderas ondeantes en colores que no reconocía —azules profundos con emblemas de hojas entrelazadas—. Humo ascendía de chimeneas innumerables, y el bullicio lejano de voces, carruajes y campanas llegaba hasta él como un sueño febril. No era Eldenwood, con sus casas de madera y su plaza polvorienta. No era ninguna de las poblaciones vecinas que conocía de memoria: ni el mercado bullicioso de Rivermoor, ni las colinas labradas de Stonehaven, ni siquiera la distante ciudad comercial de Kingsford, donde había viajado una vez de joven para vender madera. Aquella urbe era extraña, imponente, como salida de uno de aquellos cuentos que de chiquillo escuchaba boquiabierto.
 
Arne quedó inmóvil, con la cesta olvidada a sus pies y la boca entreabierta en un silencio atónito. El viento le revolvió el cabello gris, trayendo consigo un aroma a pan recién horneado y especias exóticas. ¿Había muerto y cruzado al más allá? ¿O el círculo de setas lo había arrastrado a un mundo paralelo, como las viejas leyendas prometían? El río rugía a sus pies, indiferente, y la ciudad lo llamaba con promesas y amenazas. Por primera vez en su vida, Arne —el hombre práctico, el recolector de setas— sintió que el bosque lo había reclamado, y que el camino de regreso era un lujo que ya no podía permitirse.
 

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sábado, 8 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (7)

II.- El río desconocido
 
La cesta colgaba pesada del hombro de Arne, un trofeo que ahora le parecía más una sentencia que un botín. Habían transcurrido apenas treinta minutos desde que había profanado el círculo de setas, un acto que en su mente práctica aún justificaba como una simple cosecha afortunada. Pero el bosque no lo soltaba. Más de una hora llevaba caminando —lo sabía por el sol que, a ratos, perforaba la niebla como un dedo acusador—, y el paisaje seguía siendo un laberinto de pinos irreconocibles y sombras traicioneras. El sudor le perlaba la frente, mezclándose con la bruma fría que se adhería a su piel como un sudario vivo. "Maldita sea, Arne, ¿dónde te has metido?", masculló entre dientes, deteniéndose para apoyarse en un tronco nudoso. El corazón le martilleaba con un ritmo irregular, no tanto por el esfuerzo como por esa inquietud creciente que le susurraba traiciones del bosque.
 
La niebla, densa como leche cuajada, devoraba cualquier esperanza de orientación. No había musgo en los lados norte de los árboles —demasiado húmedo todo para que sirviera de brújula—, ni el canto familiar de los arrendajos que marcaba el límite de su territorio habitual. Comenzó a preocuparse de verdad: en Eldenwood, un hombre solo en el bosque podía ser devorado por el hambre, el frío o algo peor. Las leyendas de su abuela no eran solo cuentos; recordaba historias de leñadores que entraban al amanecer y salían al anochecer de generaciones futuras, con barbas blancas y ojos enloquecidos. Sacudió la cabeza para ahuyentar el pánico y aguzó el oído. Entonces lo oyó: un rumor sordo y persistente, como el latido de la tierra misma. Agua. Una corriente. "Gracias a los cielos", exhaló, con un alivio que le aflojó los hombros. Las corrientes siempre conducían a algún sitio —a un pueblo, un molino, una carretera—. Siguió el sonido, abriéndose paso entre helechos empapados y raíces traidoras, contando sus pasos para mantener la cordura: cien, doscientos, trescientos...Al cabo de unos cientos de metros, el bosque se abrió abruptamente en un declive empinado.
 
Arne se asomó con cautela, y lo que vio le heló la sangre en las venas. No era un riachuelo cantarín, ni siquiera el arroyo de aguas claras que conocía de sus cacerías. Ante él se extendía un río caudaloso, un monstruo de aguas turbias y revueltas que rugía con la fuerza de un torrente primaveral, pese a ser pleno otoño. El cauce medía al menos veinte metros de ancho, flanqueado por orillas de guijarros pulidos y juncos altos que se mecían como lanceros en formación. El agua, de un verde opaco salpicado de espuma blanca, arrastraba ramas rotas y hojas muertas en un torbellino imparable. Arne parpadeó, incrédulo, y se frotó los ojos con el dorso de la mano. "¿Qué brujería es esta?", susurró. En aquel paraje, en el corazón de su bosque, nunca había existido tal río. Lo sabía mejor que nadie: había talado árboles allí, recogido bayas, incluso enterrado a su perro fiel bajo un pino años atrás. El mapa mental de Eldenwood no mentía; el río más cercano, el Elden, estaba a diez kilómetros al este, y era un hilo comparado con esta bestia.
 
¿Dónde podía estar? ¿Qué había pasado? Era imposible que en una hora de camino —ni en un día entero— se hubiera alejado tanto del sendero habitual. Sus botas no eran alas de cuervo; el bosque, por enmarañado que fuera, no podía tragarse kilómetros así como así. Y además, nunca había oído hablar de un río de tales dimensiones en toda la comarca. Los ancianos del pueblo contaban de ríos legendarios en las tierras altas del norte, o de cauces olvidados en los valles remotos, pero ¿aquí? El pánico asomó de nuevo, mezclado con una fascinación morbosa. Se arrodilló en la orilla, metiendo una mano en el agua helada para confirmar su realidad. El frío le subió por el brazo como un veneno, y retiró la mano con un siseo. Las setas en la cesta parecían mirarlo, acusadoras, sus capsulas naranjas ahora pálidas bajo la luz difusa.
 

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viernes, 7 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (6)

Arne se detuvo al borde del círculo, conteniendo el aliento. En Eldenwood, los ancianos susurraban leyendas sobre "círculos de hadas", portales naturales donde el velo entre mundos se adelgazaba. "No pises dentro, niño, o te llevarán al reino de las sombras", le había advertido su abuela en noches de invierno junto al fuego. Pero el escepticismo de un hombre práctico lo impulsó a avanzar. Con pies de gato, evitando rozar siquiera las capsulas más externas, se situó en el centro exacto del corro. El aire allí era diferente: más cálido, cargado de un aroma dulzón y embriagador, como miel fermentada mezclada con tierra virgen. Giró lentamente sobre sí mismo, siguiendo con la mirada el círculo perfecto. Cada seta parecía pulsar con vida propia, sus laminillas vibrando levemente en la bruma, como si respiraran al unísono. El tiempo pareció detenerse; el bosque entero guardaba un silencio reverencial, roto solo por el latido sordo de su propio corazón.
 
"Son las más hermosas que he visto en mi vida", murmuró, arrodillándose con cuidado. La tentación fue irresistible. Sacó su navaja, cuya hoja curva relucía como una media luna, y comenzó a cortar una a una las setas con minuciosidad quirúrgica: un tajo limpio en la base del pie, un giro suave para extraerla sin dañar el micelio subterráneo. Las depositaba en su cesta con devoción, admirando su frescura, su peso carnoso. Una tras otra, el círculo se fue vaciando. La cesta se llenó hasta rebosar, un tesoro que bastaría para muchos guisos cremosos y cenas reconfortantes. Cuando cortó la última, se incorporó y miró alrededor. El círculo había desaparecido por completo. Donde antes había un anillo perfecto, ahora solo quedaba un vacío liso de musgo, como si la tierra hubiera sanado la herida de su propia magia en un parpadeo.
 
Satisfecho y algo mareado por el aroma intenso, Arne decidió que era hora de volver. La niebla persistía, pero confiaba en su instinto para hallar el camino. Se dio la vuelta, ajustó la cesta al hombro y dio los primeros pasos. Al cabo de unos minutos, sin embargo, una inquietud sorda se instaló en su pecho. El entorno no le resultaba familiar: los pinos eran más altos y retorcidos, con cortezas que parecían talladas con rostros fantasmales; los arbustos, cargados de bayas negras que nunca había visto en su bosque. No había ni rastro del sendero habitual, ni de la marca en el roble donde solía descansar, ni del arroyo que murmuraba como un viejo amigo. La niebla se arremolinaba a su alrededor, juguetona y traicionera, borrando cualquier punto de referencia. "¿Dónde demonios estoy?", susurró, con la voz ronca por primera vez. El bosque, que había sido su aliado de toda la vida, ahora lo observaba con ojos invisibles, y un frío ancestral le erizó la nuca.
 
Arne giró sobre sí mismo, buscando en vano el norte, pero la bruma lo había engullido todo. La cesta de setas, pesada en su hombro, de pronto le pareció una carga maldita. Y en lo más hondo de su mente, las palabras de su abuela resonaron como un eco profético: “No pises dentro, o te llevarán”.


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