martes, 18 de noviembre de 2025

El círculo de hadas (17)

VII.- El umbral restaurado
 
La noche se había fundido con el alba en un tapiz de grises y violetas, y el bosque los envolvía en un abrazo asfixiante de raíces nudosas y ramas que susurraban conspiraciones. Llevaban ya varias horas caminando —cinco, quizás seis, calculaba Arne por el agotamiento que le quemaba los músculos y el hambre que ahora aceptaba como compañera—, zigzagueando por senderos invisibles que Lirael parecía leer en las estrellas y el musgo. Ella lideraba con paso seguro, el cello envuelto a la espalda como un escudo arcano, una linterna de cristal encantado en la mano que proyectaba un fulgor verde pálido, suficiente para evitar raíces traidoras pero no para disipar las sombras que acechaban en los huecos de los árboles. Arne la seguía, con la cesta de setas marchitas colgada en su espalda y en la mano su navaja curva empuñada no por defensa, sino como un talismán al que se invocaba la suerte.
 
Habían hablado poco: murmullos sobre leyendas de círculos errantes, conjuros susurrados por Lirael para "llamar al micelio dormido", y silencios cargados de dudas. El bosque no era el mismo; los pinos eran más altos, con cortezas que palpitaban como venas vivas, y el aire olía a ozono y tierra removida, como antes de una tormenta eterna. La desesperanza comenzaba a hacer acto de presencia, un veneno lento que Arne sentía trepar por sus venas. "¿Y si el claro se ha movido? ¿Y si la magia se disipó para siempre?", había murmurado ella una hora antes, deteniéndose para trazar runas en la tierra con un palo, que brillaron fugazmente antes de apagarse. Arne no respondió; en su mente, visiones de una vida nueva —o de ninguna vida— lo atormentaban: ¿aprender el idioma élfico? ¿Tocar el cello junto a Lirael en la granja? ¿Envejecer mil años más en un mundo de torres flotantes?
 
Pero entonces, al doblar un grupo de hayas retorcidas, lo vio: un viejo tronco caído, cubierto de liquen plateado y marcado por un rayo antiguo, exactamente como lo recordaba de su llegada. El corazón le dio un vuelco. "¡Ese tronco! Pasé junto a él cuando la niebla me escupió aquí", exclamó, corriendo adelante con renovada furia. Y en efecto, poco más allá, en un claro bañado por los primeros rayos del sol que perforaban el dosel como lanzas doradas, estaba el círculo. Pero algo había cambiado, un milagro frágil que le robó el aliento. Allí se veían los muñones cercenados por su navaja —bases truncadas, oscuras y secas, como lápidas de su pecado—, dispuestas aún en la circunferencia perfecta de tres metros. Pero junto a cada tronco seccionado había crecido una o dos pequeñas setas: brotes tiernos, naranjas como el amanecer, con copas diminutas que temblaban al viento, como si la tierra hubiera perdonado a medias. No era el anillo imponente de antes, sino un círculo herido y renacido, un portal a medio sanar que pulsaba con una luz sutil, un fulgor bioluminiscente que emanaba del micelio subterráneo. El aire sobre él vibraba, cargado de ozono y un zumbido bajo, como el de un enjambre invisible.
 
“¡Este es!”, gritó Arne emocionado, cayendo de rodillas al borde del círculo, las manos temblando mientras rozaba una seta diminuta sin atreverse a tocarla. Miró fijamente a Lirael, que se había detenido a unos pasos, su rostro iluminado por el amanecer y una expresión de asombro reverente. En esa mirada, Arne quiso expresar todo: que su obligación era regresar al mundo de donde había venido —a Eldenwood, a su cabaña solitaria, al otoño de 1247 donde el tiempo aún era suyo—, o al menos intentarlo. Aunque aquel círculo ya no era igual, un mosaico de cicatrices y renuevos, no estaba muy seguro de qué podría suceder a partir de aquel momento: ¿un vórtice benévolo? ¿Un abismo devorador? ¿O la nada eterna? El riesgo era un fuego que le consumía el alma, pero la alternativa —quedarse— era una muerte en vida.
 
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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