(AZprensa)
El sol de medianoche islandés apenas roza el horizonte cuando arrancamos el
todoterreno desde la Ring Road, la carretera principal que circunda la isla
como un anillo de asfalto precario. Detrás quedamos Reykjavik, con sus cafés
hipster y sus ejecutivos en trajes impecables; delante, el vasto interior de
Islandia, un territorio que parece arrancado de un sueño febril o, mejor dicho,
de un set de Hollywood. Nuestro vehículo, un robusto Land Rover Defender
modificado para terrenos extremos, ruge con determinación mientras nos
adentramos por pistas de grava y ceniza volcánica. Yo, el guía, llevo las
riendas; a mi lado y en los asientos traseros, cinco ejecutivos de una
multinacional tecnológica: Ana, la CFO de mirada analítica; Marco, el CEO
carismático pero estresado; Lisa, la directora de marketing siempre con el
teléfono en mano; Raj, el ingeniero escéptico; y Sofia, la de recursos humanos,
la más entusiasta del grupo. Ninguno ha pisado un glaciar en su vida. Sus
viajes "de aventura" se limitan a conferencias en Dubái o retiros en
los Alpes con spa incluido. Hoy, eso cambia.
La
transición es abrupta. En cuestión de minutos, el paisaje se transforma en algo
irreconocible. Las carreteras interiores –pistas F, las llaman aquí, como F208
o F35– son meros surcos en un mar de lava solidificada, cubiertos de polvo
negro que se levanta en nubes asfixiantes. A ambos lados, campos de musgo verde
fluorescente cubren rocas basálticas como una alfombra alienígena. "Esto
no puede ser la Tierra", murmura Marco, aferrándose al asiento mientras el
todoterreno salta sobre un bache. Y tiene razón. Islandia interior es un
planeta ajeno: volcanes dormidos como cráteres lunares, ríos de aguas turquesas
que serpentean entre grietas profundas, y un cielo que parece infinito,
salpicado de nubes que se mueven con la velocidad de un huracán contenido.
No
es casualidad que directores de cine lo elijan. Recuerdo contárselo al grupo
mientras sorteamos un vado de río glaciar, el agua helada salpicando el
parabrisas. "Mirad a la izquierda: ese valle fue el escenario de
Interstellar, donde Cooper aterriza en un mundo de hielo eterno. Y más
adelante, en las tierras altas de Sprengisandur, rodaron escenas de Game of Thrones
para el Muro y las tierras más allá. Ridley Scott usó estos paisajes para
Prometheus, porque ¿dónde más encuentras un lugar que parezca habitado por
dioses indiferentes o extraterrestres hostiles?". Los ejecutivos asienten,
boquiabiertos. Lisa saca su teléfono para grabar, pero la señal se pierde hace
rato. "Esto es mejor que cualquier filtro de Instagram", dice Raj, y
por primera vez, su voz tiembla no de escepticismo, sino de asombro.
Avanzamos
hacia el sur, rumbo a Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa, un coloso
de hielo que cubre el 8% de la isla como una armadura blanca y azul. El viento
sempiterno azota el vehículo: un soplo constante, gélido, que se cuela por las
rendijas y eriza la piel incluso con las ventanillas cerradas. "Abrigaos",
les advierto, repartiendo chaquetas térmicas. "Aquí el viento no perdona;
viene directo del Ártico". El todoterreno trepa por pendientes empinadas,
las ruedas patinando en la grava suelta. De repente, emergemos en un altiplano:
campos de lava negra, salpicados de cráteres humeantes, y al fondo, cascadas
imponentes que caen como cortinas de plata desde acantilados invisibles.
La
primera gran parada es en Landmannalaugar, un valle geotérmico que parece
pintado por un artista loco. Fuentes termales burbujean en tonos naranjas y
verdes, rodeadas de montañas ryolíticas multicolores –rojo óxido, amarillo
azufre, negro carbón–. Bajamos del vehículo, y el grupo pisa por primera vez
este suelo extraterrestre. Ana, acostumbrada a salas de juntas, tropieza con
una roca y suelta una risa nerviosa. "Esto es... abrumador. En Nueva York,
controlo todo; aquí, el paisaje me controla a mí". El viento helado les
azota las mejillas, enrojeciéndolas, mientras caminamos hacia una cascada
cercana. El agua ruge, cayendo cientos de metros en una niebla que empapa todo.
Sofia extiende los brazos, como abrazando la inmensidad. "Siento que estoy
en una película, pero real. ¿Cómo sobrevive algo aquí?".
Proseguimos,
cruzando ríos que el todoterreno vadea con maestría –el agua llega a las
puertas, y el grupo contiene la respiración–. El interior se vuelve más hostil:
niebla baja que reduce la visibilidad a metros, terrenos donde el GPS falla y
solo la experiencia del guía marca el camino. Hablamos de cine para
distraerlos. "Ese pico allá fue usado en Star Wars: The Force Awakens para
planetas remotos. Y Vatnajökull mismo apareció en James Bond: Die Another Day,
con persecuciones sobre hielo". Marco, el CEO, confiesa: "En la
oficina, lidio con presupuestos y deadlines. Aquí, un río puede barrer el coche
en segundos. Es... liberador".
Llegamos
al borde de Vatnajökull al atardecer eterno del verano islandés. El glaciar se
extiende como un océano congelado, grietas azules profundas como abismos,
cuevas de hielo que brillan con luz turquesa. Aparcamos y equipamos al grupo
con crampones –por primera vez, pisan un glaciar–. El viento aúlla, cortante
como cuchillas, pero la sobrecogedora belleza los silencia. Lisa deja caer el
teléfono; Raj toca el hielo con reverencia. "Es como caminar sobre un ser
vivo, antiguo y poderoso", dice Ana. Cascadas internas rugen bajo sus
pies, y el horizonte se funde con el cielo en un blanco infinito.
Para
estos ejecutivos, acostumbrados a controlar el caos corporativo, Islandia
interior es una lección de humildad. Paisajes de otro mundo –usados en
Oblivion, Noah o The Secret Life of Walter Mitty– se convierten en su realidad.
El viento helado les recuerda su fragilidad; las cascadas, la fuerza indomable
de la naturaleza; el glaciar, la eternidad frente a sus vidas efímeras. Regresamos
al todoterreno exhaustos, transformados. "Volveré a la oficina
renovado", promete Marco. En Islandia, el aventura no es solo un viaje; es
un despertar. Y Vatnajökull, con su silencio ensordecedor, guarda el secreto de
por qué tantos directores lo eligen: aquí, la fantasía es solo el comienzo de
lo real.
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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