Volvió
a mirar a la joven, quizás por última vez, memorizando sus ojos verdes como
musgo, el mechón rubio rebelde sobre su frente, la curva decidida de sus
labios. Extendió la mano y apretó la suya con ternura y agradecimiento
profundo: un roce calloso contra piel suave, un pacto silencioso de deudas
pagadas y caminos divergentes. "Gracias, Lirael. Por tu ayuda, por tu
consuelo, por tu interés", murmuró, la voz ahogada por la emoción. Ella
asintió, apretando sus dedos con fuerza inesperada, una lágrima solitaria
surcando su mejilla. "Vuelve, Arne. Y si no... encuentra la paz en tu
tiempo".
Se
soltó con lentitud, como arrancando una raíz del corazón, y se introdujo de
nuevo en el círculo. Con pies reverentes, evitando las setas nuevas, se situó
en el centro exacto, donde el aire era más cálido, más vivo, cargado de ese
aroma dulzón a miel y tierra primordial. Cerró los ojos, el mundo reduciéndose
al latido de su pulso y un deseo feroz: Vuelve a mi mundo. A mi tiempo. A casa.
Susurró las palabras como un conjuro, imaginando el humo de su chimenea, el
crujir de las hojas conocidas, el peso ligero de una cesta vacía. El zumbido
creció, un vendaval invisible lo envolvió, y una luz cegadora estalló tras sus
párpados —naranja, verde, blanca—, acompañada de un rugido que le sacudió los
huesos.
Cuando
abrió los ojos, el mundo había cambiado de nuevo. La joven ya había
desaparecido, el claro estaba vacío salvo por el círculo —ahora intacto, con
setas adultas en perfecta formación, como si el tiempo hubiera retrocedido un
latido—. Pero ¿dónde estaría? El bosque a su alrededor era... diferente. Los
pinos eran más bajos, familiares, con cortezas rugosas que reconocía de sus
cacerías. El aire olía a humo lejano de chimeneas, no a ozono encantado. Un
arroyo cercano gorgoteaba con la voz del Elden, no del río monstruoso. Y el
sol... el sol estaba bajo, como si solo hubieran pasado minutos desde su salida
matutina.
La
pregunta que se hizo no fue “¿dónde estoy?” sino “¿cuándo estoy”. Y entonces salió
del círculo con piernas temblorosas, tocando los troncos, oliendo la tierra. A
lo lejos, entre la niebla que se disipaba, vislumbró el humo de Eldenwood
subiendo en columnas perezosas. Corrió, el corazón estallando de esperanza y
terror. ¿Había funcionado? ¿O era otro engaño, otro pliegue del tiempo? El
pueblo apareció ante él: casas de madera, la plaza polvorienta, el anciano
herrero avivando su fragua…
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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