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domingo, 9 de junio de 2024

Tenis (y 8)

Como mi hijo no vivió los tiempos prehistóricos del Tenis sino que cuando él tuvo su primer contacto con este deporte ya disponía de buenas raquetas y campos reglamentarios, fue progresando muy rápidamente en su juego. Es evidente que al principio le ganaba siempre (con el consiguiente cabreo del perdedor), pero luego su nivel se fue igualando con el mío... hasta que me superó.
 
Cada año el número de partidos jugados ya no era de tres o cuatro como antes, sino de 15 o 20 por lo menos, y cada vez nos gustaba más jugar. Aunque casi siempre ganaba él la cosa solía estar reñida muchas veces y yo nunca me desmoralizaba por muy adverso que fuese el resultado (en el Tenis es muy importante la concentración y el no dar nunca ninguna bola por perdida). Sin embargo era evidente que aquellos partidos cada vez eran más desiguales; por ello tomé una decisión trascendental: buscar un profesor de Tenis para que me ayudase a mejorar y así igualar el nivel de mi hijo con el objetivo de que nuestros partidos fuesen más emocionantes.
 
Como en Tres Cantos había muchas pistas para practicar el Tenis y muchos colegios con chicos jóvenes que, entre otras cosas, acudían a esas pistas para aprender a jugar, me fui allí un día y hablé con el profesor. El precio de cada clase era muy asequible, así que durante varios meses estuve practicando con el profesor una hora semanal en donde trató de cambiar mi “deformación profesional” adquirida por otra forma más ortodoxa de jugar al Tenis, desde cómo coger la raqueta, hasta cómo mover el cuerpo y los brazos, cómo situarse en el campo, cómo sacar, cómo dar el revés, etc.
 
Los partidos de Tenis con mi hijo volvieron a ser igualados y por consiguiente interesantes. Pero además eran divertidos porque yo era capaz de mandar la pelota a donde quisiera yo en vez de dejar que fuese la pelota la que eligiese su lugar de destino. Y así hasta el día de hoy en que sigo practicando y divirtiéndome con este curioso deporte.
 

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sábado, 8 de junio de 2024

Tenis (7)

El año de 1982 alcancé las cotas más altas nunca imaginadas en mi carrera tenística: participación en dos Torneos de Tenis resultando ganador en ambos del mejor premio: un “Entrenador de Tenis” y un “Televisor portátil”. Dos premios que, a partir de ese momento, y hasta su muerte natural muchos años después, me acompañaron siempre en los viajes de vacaciones. El “entrenador” me ayudó a seguir mejorando mi técnica (incluso aprendí a dar de revés y hacer algún que otro “smash”) así como a moverme de un lado a otro y no quedarme tan estático al fondo de la pista como hasta entonces; y el televisor (que incluso podía enchufarse al encendedor eléctrico del coche) evitó que me perdiese ningún episodio de “Falcon Crest” o de cualquier otra película, serie o programa que, en definitiva, nos interesase ver.
 
Me había convertido en un “maestro” del Tenis y ya era mejor que mi suegra, que mi mujer o que mi hijo pequeño, y así se demostraba cuando jugaba con ellos siempre que el hotel de las vacaciones tuviese pista de Tenis, como por ejemplo el Hotel Termas Pallarés, de Alhama de Aragón, que tenía una pista de tierra batida (¡como las de Roland Garrós!), o en las pistas reglamentarias que diversos hoteles de Gandía, Torremolinos, etc. ponían a nuestra disposición. No obstante, el Tenis se había convertido para mí en un deporte “de verano” ya que solo lo practicaba durante las vacaciones y en ese entorno familiar.
 

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viernes, 7 de junio de 2024

Pocos meses después, la Editorial Edimsa (la que editaba revistas como “Tiempos Médicos” y “Noticias médicas”) organizó su “II Torneo de Tenis Tiempos Médicos”, al que invitó a responsables de Marketing de distintos laboratorios. En esta ocasión no había liguilla sino eliminatorias directas. Llegué al primer partido y conseguí lo nunca visto hasta entonces: perdí 6-1 y 6-1. ¡Ya era capaz de hacerme algunos juegos! Y eso reforzó mi autoestima y mi entusiasmo por el Tenis y por seguir progresando en este deporte.
 
Como había perdido ese partido ya no hubo oportunidad de jugar más en dicho Torneo pero faltaba una cosa: la cena de gala, en donde degustaríamos una opípara cena todos los participantes, invitados por los organizadores. Lo que no nos esperábamos era que aquella cena tendría una sorpresa especial: ¡Un concurso! Al llegar a los postres nos mostraron un enorme panel en el que había muchas frases enigmáticas. Se sorteó el orden de comienzo y, según lo que deparó dicho sorteo, al llegar el turno de cada uno fue eligiendo una frase para descubrir cuál era el premio que le había correspondido. Yo iba a ser uno de los últimos en elegir. Una frase decía “Para pasar un verano fresquito”. ¿Qué podría ser? ¿Una nevera? Noooo, era un botijo. Otra frase decía “Para el chico 10” y el regalo eran unos bonitos gemelos. Había por lo tanto, regalos buenos y regalos malos. Otro eligió “Una razón de peso” y ganó... ¡una báscula de baño! Otro eligió “Para abrirse camino en la vida” y ganó... ¡un pico y una pala, auténticos, de esos que usan los obreros de la construcción! Y así, con risas y sorpresas, fue transcurriendo la velada. Éramos más de 20 invitados y cuando llegó mi turno sólo quedaban tras de mi tres o cuatro invitados, tenía por consiguiente cuatro o cinco frases donde elegir. Me decanté por esta: “Los cinco sentidos”. Pensé: “No sé si el premio será bueno o malo, pero supongo que por lo menos serán cinco cosas. Y no andaba desencaminado en mis pesquisas. Carlos Jiménez, que entonces era el director comercial de Edimsa y años después se hizo dueño de la editorial, pasó a leer la papeleta que revelaba el premio escondido. Efectivamente hacía referencia a los cinco sentidos y había un premio para cada uno de ellos: para el gusto, un chupa-chups (“¡gulp, vaya porquería de premio, espero que haya algo más!”, pensé); para el tacto: una agradable bufanda (“bueno, por lo menos ya tengo un regalo decente”, me alegré); para el olfato: un frasco de colonia (“y además de buena marca, esto ya mola”, me animé); y para los dos últimos sentidos, la vista y el oído: un televisor portátil (“¡Guau, el mejor premio de todos!”). Efectivamente, aquél fue el mejor premio de todos, y con mucha diferencia: un pequeño compacto de radio y televisión portátil que, aunque nos estamos refiriendo a que la televisión era en blanco y negro, era lo más avanzado de la época. Cuando llegué a casa con aquél premio todo fue alegría y agradecimientos a la diosa fortuna por lo acertado de mi elección a la hora de decidirme por aquella frase.
 

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jueves, 6 de junio de 2024

Tenis (5)

Y llegó el año 1975 y el laboratorio organizó un Torneo de Tenis. Lleno de entusiasmo me apunté y disputé el primer partido...y el último. En dos sets, de 6-0 y 6-0, me liquidaron, pero no salí decepcionado del todo porque –por primera vez en mi vida- había jugado en una pista de Tenis de verdad y encima, en alguno de los juegos, no me había quedado a “cero” sino que había dado bien a una o dos pelotas. La recompensa fue una bonita medalla conmemorativa por haber participado en dicho torneo.
 
Al año siguiente, en 1976 se organizó un nuevo Torneo e igualmente participé. La preparación previa había sido mínima, algo así como cinco o seis partidos jugados con mi amigo Diego durante los 12 meses precedentes. El resultado fue igual: 6-0 y 6-0, pero esta vez sí que acerté a un número mucho mayor de pelotas. Era indudable que estaba progresando.
 
Unos años después me cambié de empresa y empecé a trabajar en los laboratorios Sideta en donde coincidí de nuevo con mi amigo Diego. Volvimos a jugar algún partido, pero muy de tarde en tarde; no más de tres partidos al año. Se organizó entonces el “III Torneo de Tenis Sideta 1982” y, naturalmente, me apunté. Es que ¿quién iba a desaprovechar la oportunidad de jugar al Tenis en una pista reglamentaria? Así que decidí jubilar aquella raqueta fósil y me compré una nueva, de las más baratas, por supuesto. Pero este Torneo tenía algo muy especial: había cuatro premios: Tres copas, una para el ganador, otra para el finalista, y otra para dilucidar el tercer y cuarto puesto. Las copas las habían regalado distintos proveedores del laboratorio para tenernos contentos, y uno de esos proveedores tuvo una idea brillante: además de regalarnos una de esas copas nos regaló un juego de “Entrenador de Tenis” para el perdedor, para el peor del torneo. Ese “entrenador” era una base (con peso suficiente) de la que salía una larguísima goma elástica a cuyo extremo estaba atada una pelota de Tenis. Cuando golpeabas la pelota, esta salía disparada pero al alcanzar su máxima distancia, la goma elástica tiraba de ella y esta volvía hacia ti, de tal forma que podías volver a golpearla como si estuvieses en un frontón.
 
Se hicieron varios grupos y comenzó el campeonato a modo de liguilla en cada uno de ellos, lo cual me permitió no caer eliminado a las primeras de cambio (a pesar de haber perdido 6-0 y 6-0 como era costumbre), sino jugar dos partidos más y –para sorpresa de todos- el 6-0 dejó de ser el resultado habitual ya que conseguí hacerme algún 6-1. Lógicamente quedé el último del grupo pero... había otro compañero del laboratorio en las mismas circunstancias que yo, por lo cual se hacía preciso un partido de desempate entre ambos para dilucidar quién era el peor de todos y por consiguiente merecedor del codiciado premio (y digo codiciado porque hasta los que se llevaron una de las Copas miraban con envidia ese premio).
 
El insólito partido de desempate se prometía interesantísimo y congregó como espectadores y jueces a muchos de los compañeros que habían participado en el Torneo. Empezó el partido. Saqué yo. Fallo y fallo (0-15). Saqué la segunda bola. Fallo y fallo (0-30). Saqué la tercera. “Esto va bien”, dije para mis adentros. Y efectivamente, sin hacer mucho esfuerzo fallé los dos intentos (0-40). Un run run comenzó a escucharse entre los espectadores. Saqué una nueva bola. Fallo y fallo. Juego para el “resto”, o sea, para el contrario (que es así como se dice en el argot tenístico). Le tocó sacar a él y se le notaba el mosqueo. Él también quería conseguir el premio, así que copió mi táctica. Fallo y fallo (0-15). Fallo y fallo (0-30). Pero se le notaba más que a mí eso de fallar a propósito, así que los jueces pararon el partido. Nos dijeron que eso no valía, que había que jugar de verdad, haciéndolo tan mal como supiéramos pero intentado hacerlo bien, así que anularon esos juegos y volvimos a empezar desde el principio, con muchos ojos atentos para que no fallásemos a propósito. El partido fue realmente reñido. A veces yo golpeaba la pelota con la raqueta a modo sartén y gran potencia, realizando un globo (que parecía aerostático) que lanzaba la pelota por encima de la alambrada que rodeaba el campo y aterrizaba muchos metros más allá. Yo me volvía hacia los jueces y con gran serenidad y aplomo preguntaba: “¿Ha sido out?”. Las carcajadas de todos iban haciendo mella en la moral de mi contrincante que veía imposible llegar a jugar tan mal como yo. Estaba claro que los dos queríamos perder pero hacíamos todo lo posible por ganar, y nuestras habilidades tenísticas eran muy parejas. Sin embargo, tras notables esfuerzos, conseguí perder aquél partido y proclamarme ganador del codiciado trofeo.
 
Desde aquél día, el “Entrenador de Tenis” fue un inseparable compañero al que me llevaba cada fin de semana a cualquier superficie asfaltada y libre para practicar. Me ponía a golpear la pelota una y otra vez y esta volvía a mí. Y yo tenía que correr de lado a lado porque no siempre regresaba al mismo sitio ni siempre volvía con la misma fuerza. Adquirí de esta manera cierta destreza y aquello de considerar un logro darle a la pelota pasó a ser historia; había abierto una nueva etapa: ahora mi esfuerzo se centraba en lograr que la pelota entrase en el campo contrario.
 

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miércoles, 5 de junio de 2024

Tenis (4)

Así pasaron los años y empecé a trabajar en el laboratorio Latino-Syntex. A mi compañero de despacho, Diego García Alonso, que era de mi edad, también le gustaba jugar al Tenis, aunque su nivel de juego solo era un poco superior al mío. Ya existían entonces (década de los 70) algunos sitios donde podías alquilar pistas de Tenis pero estaban lejos y costaban dinero, así que nos conformábamos con encontrar cualquier explanada asfaltada sin uso en ese momento (por ejemplo un aparcamiento que estuviese desocupado en fin de semana, o una calle cortada donde no hubiese tráfico). Las líneas del campo las pintábamos con tiza (a pulso, claro está) y la cuerda que hacía de red la atábamos a lo primero que encontrásemos (una farola, una papelera, una señal de tráfico...). En esos nuevos campos artesanales continué mi autodidacta aprendizaje del Tenis, cogiendo más soltura para darle a la pelota aunque manteniendo todos los defectos adquiridos y entrenados. Aparte del “sartenazo globo” (golpe dado a la pelota con la raqueta en modo sartén, lanzando la pelota a gran altura hacia las nubes), también inventé otros golpes. Uno de ellos era el “golpe de sobaquillo”: con el codo pegado al cuerpo y el extremo final del brazo en horizontal, se giraba todo el cuerpo a la hora de golpear la pelota confiriendo de esta manera una mayor potencia al golpe. Otro era el “golpe de arrastre”: por alguna extraña razón, y siempre de forma involuntaria, al recibir la pelota para devolverla, esta no llegaba a golpear en el cordaje de mi raqueta sino que rodaba unos centímetros por dicho cordaje y salía disparada después en modo “boomerang”. Igualmente eran frecuentes los “golpes de perfil”, y no es que me pusiera de perfil para devolver la pelota sino que le daba a esa con el borde de la raqueta o incluso con el mango, y lo más curioso es que alguna de aquellas veces la devolución era perfecta y me hacía el tanto. Por el contrario también descubrí muchos años más tarde otro golpe peligroso, el “golpe de ojo”, porque una vez la pelota rebotó en mi raqueta y se estrelló con fuerza contra mi ojo. Descubrí de esta manera (menos mal que fue la única) que cuando pintan en los comics a esos personajes que tras un golpe ven las estrellas... las estrellas se ven de verdad. ¡Yo las vi!
 
Una vez quisimos mejorar aquellas canchas de Tenis en donde jugábamos y cogimos del almacén del laboratorio un buen rollo de papel de estraza (ese de color marrón que se usa para envolver) de un metro de ancho y varios metros de longitud. Lo pegamos con celo ancho (el que se usa para embalar) a la cuerda y el resultado nos emocionó: ¡Ya teníamos red! ¡Una red que colgaba un metro desde la cuerda hasta el suelo y llegaba de lado a lado del campo. Pero empezó el partido y sucedió lo que estaba previsto pero cuyas consecuencias no habíamos previsto: al golpear la pelota la estrellamos contra la “red”. La consecuencia fue que la pelota hizo un agujero al papel y lo atravesó de lado a lado. “¡Ha sido mala!”, dijimos por lo evidente. Pero no fue la única bola mala; hubo más, muchas más. La red comenzó a parecerse, cada vez más, a un queso de gruyere, y al cabo de unos minutos se desplomó muerta ante nuestros atónitos ojos, casi convertida en confeti. Total, que tuvimos que seguir jugando sin red, pero aprendiendo cómo es eso del bote de la pelota en el asfalto, muy diferente a como bota en las irregularidades un descampado de tierra.
 

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martes, 4 de junio de 2024

Tenis (3)

Pues bien, volviendo al Tenis, en ese ambiente y en esa década de los 60, me encontré un día en el trastero una vieja raqueta de Tenis. Era de madera, las cuerdas de tripa y muy bien tensadas a pesar de los muchos años que debía llevar allí, un mango que no llegaba a abarcar con la mano, y un peso que te exigía un gran esfuerzo muscular simplemente para sostenerla y resistir la fuerza de gravedad que la atraía como un imán hacia el suelo. Como algún amigo mío también tenía una raqueta de Tenis, no tan histórica como esta, pero no mucho mejor tampoco, decidimos empezar a jugar a este privilegiado deporte. Pero, claro, nosotros no éramos privilegiados y no éramos socios de ningún Club de Campo en donde la simple inscripción como socio requería –además de la recomendación de otro socio- un desembolso a fondo perdido de varias decenas de miles de pesetas. En aquellos heroicos primeros años, tampoco existían campos municipales ni de cualquier otro tipo en donde practicar este deporte, así que con dos pelotas (las que compramos en Galerías Preciados) nos fuimos a la Casa de Campo. Una vez allí, la tarea no resultaba sencilla: había que encontrar un trozo de suelo que fuese más o menos llano, que no estuviese en cuesta, libre de pedruscos y matojos, y para colmo que tuviese más o menos hacia su mitad dos árboles (ya explicaremos para qué). Eso nos llevaba bastante tiempo pero siempre encontrábamos alguno que reuniese, aproximadamente, esas características. Llevábamos una cuerda y la atábamos a esos dos árboles: esa era la “red” que dividiría el campo en dos mitades iguales (más o menos). Quedaba después el trabajo de delimitar las líneas del terreno de juego, para lo cual cogíamos un palo e íbamos dibujándolas a pulso sobre el suelo (cualquier parecido de aquellas líneas con una línea recta, era pura coincidencia). Una vez a nuestra disposición aquél artesanal terreno de juego, ya podíamos empezar la partida.
 
Era la primera vez, y el objetivo estaba muy claro: había que acertar a darle a la pelota en el saque, y muchas veces era el aire el que se llevaba el raquetazo mientras la pelota caía sorprendida como un peso muerto ante nuestros pies. Sin embargo, cuando acertabas a darle a la pelota, el resultado no era mejor: la pelota salía disparada a varias decenas de metros de distancia y había que ir a buscarla entre los arbustos, hoyos, cestas de la merienda de algún dominguero cercano, etc. Sólo teníamos dos pelotas (de Tenis, bueno, y también de las otras) y había que ir a buscarlas (las de Tenis) porque eran muy caras (las de Tenis; las otras eran de valor incalculable).
 
A fuerza de práctica en esas condiciones, sin nadie que nos ensañase a coger la raqueta ni a dar golpes, nos hicimos autodidactas de este deporte, en donde el revés era un golpe que no existía (en mi caso porque como no abarcaba con la mano el grueso mango de la raqueta, si intentaba darle de revés el impacto de la pelota hacía que la raqueta se me escapase y cayese al suelo), los globos eran el golpe más habitual (y más peligroso para la aviación comercial: no sé si alguno de mis “globos” acabaría impactando con algún avión de Iberia), la raqueta la manejábamos como si fuese una sartén (era el parecido que nos resultaba más familiar y nuestra madre haciendo tortilla de patatas era lo más parecido a un tensita que habíamos visto hasta entonces), y como ya he dicho antes, bastante teníamos con acertar a darle a la pelota. Pero varias partidas más tarde ya fuimos capaces de dar varios golpes seguidos (no muchos, dos o tres) lo que nos llenaba de una enorme satisfacción y si alguna vez llegábamos a cuatro golpes, soltábamos las raquetas y dábamos saltos de alegría por el nuevo record conseguido. Por supuesto que en aquellos primeros partidos no contábamos otra cosa que el número de veces que acertábamos a darle a la pelota. Con eso ya teníamos bastante.
 
El número de veces que practicábamos el Tenis era muy escaso, solo unas pocas veces cada año, y la velocidad de progreso era extremadamente lenta. No obstante aprendimos, gracias a esas sesiones, a que la pelota botase dentro de las líneas marcadas para el campo contrario... por lo menos en el primer golpe. ¡Caray, tampoco hay que exigir tanto!
 

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lunes, 3 de junio de 2024

Tenis (2)

Como en sus orígenes era un deporte de élites, y en España también lo empezaron a jugar las clases altas, les pareció muy chic eso de utilizar palabras inglesas. Al que ganaba seis juegos le decían que había ganado un “set”, cuando se jugaba la última bola decisiva en el partido se hablaba de “match ball”, si la pelota entraba en el campo era “in” y si botaba fuera era “out”. Cada golpe tenía nombre propio, una palabra inglesa que se ha seguido utilizando en todos los países aunque su idioma oficial sea diferente. Por muy España que sea nuestro país, se sigue hablando de “smash”, de “drive”, etc. o de cursiladas como “drive liftado” que digo yo si será un golpe de derecha al que se le ha hecho un lifting para que adelgace. También se habla de cosas raras, como “ace” (sin hache) y se refiere a que tu bola de saque no consiga devolverla el contrario, supongo que por eso le llaman así, porque al rival no le “ace” gracia ese saque, pero hubiera quedado mejor con la hache. Resulta que, aunque otros golpes sí se hayan traducido, como “volea”, “revés”, etc., luego buscas a alguien que te explique por ejemplo qué es una “volea de drive” y te contesta que es “un punch corto y seco, sin backswing ni follow trhough”. Ante esa respuesta no queda más remedio que buscar un diccionario de inglés tenístico para tratar de averiguar que el “backswing” es llevar la raqueta atrás o que el “follow trough” se refiere a la terminación.
 
¡Y qué decir de la vestimenta! Hasta hace bien poco todos iban vestidos inmaculadamente de blanco: calcetines, zapatillas, polo (que eso es más elegante que una camiseta), y pantalón corto para ellos y faldita plisada para ellas. Menos mal que ahora la cosa es diferente y el color ha hecho acto de presencia. Sin embargo hemos pasado de un extremo a otro: de lo cursi y finolis de antes, a lo chabacano de ahora: a las chicas se les ven las bragas, cuando un jugador gana un partido se reboza en la tierra como una croqueta, cuando golpean con fuerza la pelota muchos tenistas (machos o hembras, da igual) gimen como si tuviesen un orgasmo, algunos llevan camisetas sin mangas y otros pantalones pirata y demás prendas de mal gusto en el vestir, y ya se ve normal que un jugador se enfade y se encare con el árbitro... “¡Silencio, por favor!”, menos mal que los jueces repiten muy a menudo esta frase para calmar los ánimos de público y contendientes.
 
Por otra parte, y en lo que pocos han reparado, es que en el Tenis no sólo hacen deporte los jugadores, sino también los espectadores, principalmente los que están sentados en las gradas de lateral, los cuales van moviendo constantemente la cabeza de derecha a izquierda y viceversa, siguiendo la trayectoria de la pelota. Después de tres horas de partido el cuello de esos espectadores se habrá fortalecido tanto que bien podrían conducir un coche de Fórmula 1 (¿no os habéis fijado en el “peazo cuello” que tienen todos los pilotos de Fórmula 1? Gracias a esa fortaleza no se les troncha el cuello con las brutales fuerzas G que tienen que soportar constantemente con tantas curvas, frenazos y acelerones).
 

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domingo, 2 de junio de 2024

Tenis (1)

Mi relación con el Tenis es una larga historia de esfuerzo, superación y constancia, casi tan larga como la propia historia de este deporte que se originó allá por el siglo XVIII y que en los Juegos Olímpicos de Atenas de 1896 se estrenó como deporte olímpico. En sus orígenes era un deporte que sólo practicaban las clases altas, y así sucedió también en España, en donde una persona de clase media (y no digamos ya de clase baja) tenía difícil poder practicarlo. Tuvo que ser un niño que se ganaba un pequeño jornal trabajando como recogepelotas en un elitista club de tenis, Manuel Santana, quien protagonizase el milagro de la popularización del Tenis en España. Gracias a sus victorias todos conocimos la existencia de este deporte, nos aficionamos a él, y poco a poco fue siendo accesible para cualquier persona.
 
Yo también conocí, gracias a Manuel Santana, lo que era el Tenis, un deporte realmente extraño, sobre todo en su puntuación. Resulta que si ganas el primer tanto no te apuntas un punto sino 15 (esto no pasa en ningún otro deporte). Si ganas el siguiente tanto, te vuelves a apuntar 15 puntos, es decir: cuando en otro deporte irías ganando 2 a 0 en Tenis vas ganando 30 a 0 (mayor rentabilidad es imposible). Pero los creadores del Tenis debieron pensar que las reglas están para romperlas, así que si ganas tu tercer tanto, ya no te apuntas otros 15 puntos sino solo 10. ¿Por qué? Pues porque les dio la gana a quienes lo inventaron. Después, si te haces otro, ya has ganado el juego, y si los dos contrincantes llegan a 40 puntos (es decir, tres tantos ganados cada uno) entonces deberán ganar dos tantos seguidos para hacerse con ese juego, y aquí no hay límites, así que pueden estar jugando horas y horas. Mientras otros deportes tienen límite de tiempo, en el Tenis, en teoría, un partido podría durar toda la vida, hasta la muerte por vejez de uno de los contendientes (esto no se ha dado nunca, pero sí partidos que han durado más de seis horas... algo que no hay culo de espectador que lo aguante). El Tenis, además, es muy benevolente. Cuando un jugador saca, si falla ese golpe tiene otra oportunidad. ¿Te imaginas a un futbolista que tira un penalti, lo falla, y el árbitro le dice que tire otra vez? Pues eso pasa en Tenis. Y aún hay más, resulta que si sacas, pero la pelota roza ligeramente la red, entonces el árbitro manda repetir el saque para que nada distraiga al contrincante. Volviendo al fútbol, ¿te imaginas a un futbolista que saca una falta, el balón roza la barrera, y entonces el árbitro dice que se repita el lanzamiento para que no tenga ninguna distracción el portero? Pues así de original es este deporte.
 

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jueves, 16 de abril de 2020

La final de tenis más surrealista de la historia


Si eres aficionado al tenis seguro que habrás visto algún partido por televisión y, en especial, alguna de esas emocionantes finales de Gran Slam. Sin embargo puedo asegurarte que jamás habrás visto una final de tenis como la que te voy a contar y que he definido como “la final de tenis más surrealista de la historia”. Así sucedieron los hechos…

Yo era un gran aficionado al tenis, y digo “gran” por la afición, no por los resultados. Para mí, devolver dos o tres veces seguidas la pelota ya era un éxito y conseguir que la misma entrara dentro del rectángulo de juego me producía la mayor de las satisfacciones. Pero como era un gran aficionado, me apuntaba a todos los torneos que podía. Así, en el año 1982 se celebró el “III Torneo de Tenis Sideta” que organizaba la empresa en la que trabajaba y en la que participaban los empleados que quisiesen.

Para dar más lustre al torneo se pidió a los proveedores más fieles que nos regalasen las copas y estos nos sorprendieron gratamente con 3 copas, una para el ganador, otra para el segundo clasificado y otra para el tercero. Pero hubo una sorpresa: uno de los proveedores nos regaló además un “entrenador de tenis”, un artilugio consistente en una base pesada que se ponía en el suelo y de la que salía una larguísima goma elástica al final de la cual estaba atada una pelota de tenis. Cuando golpeabas la pelota, esta salía disparada y estiraba la goma al máximo para después volver hacia ti, con lo cual podías practicar tú solo en cualquier superficie plana como si estuvieses en un frontón. “Esto es para el que quede el último”, nos dijeron.

Se hicieron varios grupos y comenzó el campeonato a modo de liguilla, lo cual me permitió no caer eliminado a las primeras de cambio (a pesar de haber perdido 6-0 y 6-0 como era costumbre), sino jugar dos partidos más y –para sorpresa de todos- el 6-0 dejó de ser el resultado habitual ya que conseguí hacerme un 6-1. Lógicamente quedé el último del grupo pero... ¡oh sorpresa! había otro compañero del laboratorio en las mismas circunstancias que yo, por lo cual se hacía preciso un partido de desempate entre ambos para dilucidar quién era el peor de todos y por consiguiente el merecedor del codiciado premio (y digo codiciado porque hasta los que se llevaron una de las Copas miraban con envidia ese premio).

El insólito partido de desempate se prometía interesantísimo y congregó como espectadores y jueces a muchos de los compañeros que habían participado en el Torneo. Puedo asegurar que este partido despertó más expectación y atrajo más espectadores que la final para dilucidar quién era el ganador del torneo. Empezó el partido. Saqué yo. Fallo y fallo (0-15). Saqué la segunda bola. Fallo y fallo (0-30). Saqué la tercera. “Esto va bien”, dije para mis adentros. Y efectivamente, sin hacer mucho esfuerzo fallé los dos intentos (0-40). Un run run comenzó a escucharse entre los espectadores. Saqué una nueva bola. Fallo y fallo. Juego para el “resto”, o sea, para el contrario (que es así como se dice en el argot tenístico). Le tocó sacar a él y se le notaba el mosqueo. Él también quería conseguir el premio, así que copió mi táctica. Fallo y fallo (0-15). Fallo y fallo (0-30). Pero se le notaba más que a mí eso de fallar a propósito, así que los jueces pararon el partido. Nos dijeron que eso no valía, que había que jugar de verdad, haciéndolo tan mal como supiéramos pero intentado hacerlo bien, así que anularon esos juegos y volvimos a empezar desde el principio, con muchos ojos atentos para que no fallásemos a propósito. El partido fue realmente reñido. A veces yo golpeaba la pelota con la raqueta a modo sartén y gran potencia, realizando un globo (que parecía aerostático) que lanzaba la pelota por encima de la alambrada que rodeaba el campo y aterrizaba muchos metros más allá. Yo me volvía hacia los jueces y con gran serenidad y aplomo preguntaba: “¿Ha sido out?”. Las carcajadas de todos iban haciendo mella en la moral de mi contrincante que veía imposible llegar a jugar tan mal como yo. Estaba claro que los dos queríamos perder pero hacíamos todo lo posible por ganar, y nuestras habilidades tenísticas eran muy parejas. Sin embargo, tras notables esfuerzos, conseguí perder aquél partido y proclamarme ganador del codiciado trofeo.

Y fue así como el peor jugador consiguió ganar un torneo de tenis para envidia de todos los demás participantes.