domingo, 3 de marzo de 2019

El día que perdí la fe en la Humanidad


No creo que yo sea el único que ha perdido la fe en la Humanidad, pero sí soy uno de lo que ha perdido dicha fe a una edad más temprana. Esta es la historia…

Apenas contaba cinco años de edad y vivía en un pueblo de La Mancha, en una gran casa que tenía un gran corral y junto a él unos enormes almacenes en donde se guardaba todo tipo de cosas. Para evitar que las ratas y ratones campasen a sus anchas por allí, se permitía la presencia de gatos callejeros, los cuales tenían allí cobijo y comida (alojamiento y pensión alimenticia completa) a cambio de ahuyentar a los roedores.

Me gustaba mucho bajar a jugar a aquél amplio corral y por allí veía a los gatos y ellos me veían a mí. Pronto comenzó un mutuo interés entre una gata –a la que bauticé como “Minina”- y yo. Fuimos ganando confianza y esta se acrecentó cuando mis visitas al corral se acompañaron de algún manjar para ella: unos restos de sardinas, un poco de jamón de York, etc.

Al cabo de un tiempo, cada vez que bajaba al corral sólo tenía que llamarla suavemente diciendo “Minina, Minina” y a los pocos segundos aparecía ella y se acercaba a mí ronroneando y restregándose por mis piernas como hacen los gatos para expresar su cariño (o tal vez es su forma de expresar “tú me perteneces”).

Un día vinieron a visitarnos unos primos de la capital, algunos de mi edad y otros algo mayores. Les conté que tenía una gata que era amiga mía y los llevé al corral para presentársela. Llamé a “Minina” y pocos segundos después apareció ella. Al principio se paró en la distancia al comprobar que yo no estaba solo, pero volví a llamarla y se acercó a mí. Pero entonces, mis primos comenzaron a lanzarle gritos y gestos amenazadores entre un estruendo de risas. Minina desapareció veloz como el rayo.

Al día siguiente bajé al corral y la llamé. No vino. Y así un día y otro. Me contaron que seguía por allí, porque a fin de cuentas ese era su refugio y en mi casa seguían dejándole comida a los gatos, pero ya nunca más acudió de nuevo a mis llamadas.

Sólo tenía cinco años, pero aquello quedó grabado en mi mente, tanto que no lo he olvidado nunca. Aquél día perdí la fe en el ser humano, perdí la fe en la civilización.

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