Quienes mucho hablan acaban repitiendo las mismas cosas una
y otra vez o –lo que es peor- inventándoselas, porque pocos hay que tengan
tanta cultura y don de palabra como para estar hablando sin parar diciendo
cosas interesantes. A esas personas se les rehuye por pesadas, y su palabrería
lo único que consigue es atontar y contrariar a los demás. En cambio, escuchar
e interesarse por lo demás resulta mucho más instructivo y enriquecedor. Pero
los extremos nunca son buenos. La balanza entre escuchar y hablar debería
mantenerse equilibrada; ahora bien, si se inclina hacia alguno de estos dos lados,
mejor que sea la balanza de escuchar la que ocupe una mayor parte del tiempo.
La arquitectura visual como lenguaje
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*(Sunday Poetry Corner)* A veces las palabras contenidas en los versos de
un poema no pueden resistir la monotonía y las estrictas reglas
gramaticales y ...
Hace 14 horas


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