Quienes mucho hablan acaban repitiendo las mismas cosas una
y otra vez o –lo que es peor- inventándoselas, porque pocos hay que tengan
tanta cultura y don de palabra como para estar hablando sin parar diciendo
cosas interesantes. A esas personas se les rehuye por pesadas, y su palabrería
lo único que consigue es atontar y contrariar a los demás. En cambio, escuchar
e interesarse por lo demás resulta mucho más instructivo y enriquecedor. Pero
los extremos nunca son buenos. La balanza entre escuchar y hablar debería
mantenerse equilibrada; ahora bien, si se inclina hacia alguno de estos dos lados,
mejor que sea la balanza de escuchar la que ocupe una mayor parte del tiempo.
Una valiosa puerta de acceso al pasado
-
*(AZprensa)* En un tiempo en el que el acceso al conocimiento parece
inmediato e ilimitado, las ediciones facsímiles se han consolidado como una
valiosa p...
Hace 2 horas


No hay comentarios:
Publicar un comentario