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miércoles, 20 de agosto de 2025

Desde aquél día. Acto III

ACTO III
 
Escenario: Una calle estrecha y poco iluminada de Madrid, 1975. Los letreros de neón parpadean, y las parejas pasan riendo. Juan está solo, apoyado contra una pared, con el rostro cansado pero decidido. El sonido de la música disco se filtra desde la discoteca. Rafael se acerca, acompañado de una mujer, a quien deja con amigos para unirse a Juan.

RAFAEL: ¡Hola, escritor! ¿Qué haces aquí solo?
JUAN: (Silencioso) Nada.
RAFAEL: (Preocupado) Venga, hombre, ¿qué te pasa?
JUAN: (Con voz apagada) Nada.
RAFAEL: (Amablemente) No me vengas con esas. ¿Es por la chica de aquel día?
JUAN: (Asiente) Sí.
RAFAEL: (Suspirando) Hay muchas mujeres en el mundo, Juan.
JUAN: (Apasionado) No busco “mujeres”, Rafael. Busco un alma. La suya.
RAFAEL: (Suavemente) Lo siento. Quizás este ambiente no era para ti.
JUAN: Pero ya estoy dentro.
RAFAEL: (Optimista) ¡Y puedes salir! Hay más almas como la tuya, en tu mundo, el de la vida real.
JUAN: (Amargamente) ¿Mi mundo? ¿Cuál es mi mundo?
RAFAEL: El normal, el de la mayoría. Te envidio, ¿sabes? Tú puedes ser quien quieras. Yo solo tengo esto: la noche, las máscaras. Fuera de aquí, no soy nadie.
JUAN: (Curioso) ¿Y por qué no lo dejas?
RAFAEL: (Pausa) Lo intenté, pero no supe encontrarme. Aquí, con la careta puesta, me olvido de quién soy. Solo contigo hablo como si fuera yo mismo. (Sacude la cabeza) Pero dime, ¿qué haces aquí?
JUAN: Espero.
RAFAEL: ¿A ella?
JUAN: Sí.
RAFAEL: ¿A qué hora quedaste?
JUAN: A esta hora... hace un mes.
RAFAEL: (Atónito) ¿Un mes? ¿Llevas un mes esperando?
JUAN: (Asiente) Quedamos el viernes siguiente. Vino, le di un libro mío, hablamos... Sentí algo real. Pero al día siguiente, no la dejaron entrar por ser menor. Se enfadó, no quiso ir a otro sitio. La acompañé a un autobús, y desde entonces, nada.
RAFAEL: ¿Ni su nombre?
JUAN: No lo necesitaba. Su alma me bastaba.
RAFAEL: (Amablemente) Juan, esto no tiene sentido. No va a volver.
JUAN: (Desafiante) No lo sé. Pero dijo que su amiga venía mucho aquí. Quizás ella me vea y me diga algo. Le prometí que la esperaría, aunque fueran veinte años.
RAFAEL: (Suspirando) Eres un romántico empedernido. Ojalá la encuentres. (Le da una palmada en el hombro) Ánimo.  (Néstor aparece en la puerta de la discoteca.)
NÉSTOR: ¡Rafael, vamos! ¡Hola, escritor!
JUAN: (Saluda débilmente con la mano)
RAFAEL: (A Néstor) Ya voy. (A Juan) Cuídate.  (Rafael se une a Néstor, y entran en la discoteca. Juan se queda solo, mirando a lo lejos. La calle se silencia, y comienza a sonar una suave la canción “Desde aquél día” de Raphael)
Yo no he vuelto a encontrarla jamás
Desde aquel día
De su vida no sé qué será
Desde aquel día
Es posible que tenga otro amor
Una nueva ilusión
O quizás llorará
O quizás llorará
O quizás llorará
Desde aquel día
Sus palabras de amor, ¿dónde irán?
Desde aquel día
Y de noche, ¿con quién soñará?
Desde aquel día
Es posible que esté como yo
Recordando mi amor
Sin poderme olvidar
Sin poderme olvidar
Sin poderme olvidar
Desde aquel día
Ninguno de los dos hacemos nada
Por volver
Y no nos vemos
Y no nos vemos
Desde aquel día
Ninguno de los dos recordaremos
El ayer
Y nos queremos
Y nos queremos
Desde aquel día
Desde aquel día
Ninguno de los dos perdonaremos
El ayer
Y nos queremos
Y nos queremos
Desde aquel día
Desde aquel día
Desde aquel día
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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martes, 19 de agosto de 2025

Desde aquél día. Acto II

ACTO II
 
Escenario: Una discoteca animada en Madrid, 1975. Luces estroboscópicas parpadean, y las parejas bailan al ritmo de una canción pegajosa (por ejemplo, “Y Viva España” o un éxito disco). El aire está cargado de humo de cigarrillo y olor a colonia barata. Juan, Néstor y Rafael están sentados en una mesa llena de vasos. La multitud luce la moda de los 70: pantalones de campana, zapatos de plataforma y camisas coloridas.
 
NÉSTOR: (Fanfarroneando) Este verano conocí a una alemana en Torremolinos. ¡Estaba forrada! Alquiló un yate para fiestas todas las noches. ¡Menudo verano!
RAFAEL: (Sonriendo) No está mal, Néstor. Pero yo no me quejo. Estoy con una actriz que empieza en el teatro. ¡Y qué mujer!
NÉSTOR: (Riendo) ¡Eso es un buen plan! Ya sabes cómo son las del teatro...
RAFAEL: (Viendo a un grupo de mujeres entrar) ¡Guau! ¡Mira qué bellezas acaban de llegar! ¿Vamos?
NÉSTOR: (Guiñando un ojo) ¡Eres un lince, Rafael! (A Juan) ¿Vienes?
JUAN: (Distante) No, gracias.
NÉSTOR: (Encogiéndose de hombros) Tú te lo pierdes. ¡Al ataque!  (Néstor y Rafael se van, mezclándose con la multitud. Las luces se atenúan, dejando un foco en Juan. La música se reduce a un murmullo mientras se escuchan sus pensamientos.)
JUAN: (Para sí mismo) ¿Esto es todo? Ríen, hablan, coquetean. Si no oyera sus palabras, creería que son felices. Pero su felicidad es efímera, un flirteo superficial. Quizás tengan razón. El mundo agota, y ellos lo combaten con sus propias armas: superficialidad contra superficialidad. Viven el instante, sin pasado ni futuro. ¿De qué sirve ser profundo en un mundo que premia lo banal? Podría escribir novelas vacías, como las que compran por esnobismo, y tendría éxito. Pero ¿y después? Un cuerpo puede darme una noche de placer, pero mi alma... mi alma necesita más. Busco el amor, no una conquista.  (Néstor y Rafael regresan, riendo, con bebidas en la mano.)
NÉSTOR: ¡Eh, escritor, despierta!
JUAN: (Sobresaltado) ¿Qué pasa?
RAFAEL: (Entusiasmado) ¡No veas cómo están esas chicas!
NÉSTOR: (Guiñando) Suave, suave...
JUAN: (Secamente) Ya me lo imagino.
RAFAEL: Venga, únete al safari. Hay una tigresa que...
JUAN: (Con firmeza) Hoy no. Prefiero quedarme aquí.
NÉSTOR: (Encogiéndose de hombros) Allá tú.
RAFAEL: (A Néstor) ¿Vamos?
NÉSTOR: ¡Adelante!  (Se alejan riendo. El foco vuelve a Juan.)
JUAN: (Para sí mismo) Míralos, tan contentos. Pero cuando están solos, con su vaso en la mano, parecen tristes, como si pensaran. (Su mirada se fija en una joven, Clara, sentada sola en una mesa, leyendo un libro bajo una luz suave. Destaca en la escena caótica.) ¿Ella? ¿Leyendo en un lugar como este? (Ve a Néstor acercarse a ella, luego retroceder, encogiéndose de hombros. Rafael intenta después y también falla.) ¡Increíble! Los dos grandes seductores, rechazados. Esa chica no es como las demás. Es mi turno.  (Juan se acerca a la mesa de Clara, vacilante pero decidido.)
JUAN: (Nervioso) ¿Qué lees?
CLARA: (Levantando la vista, sorprendida) “Noches de Sing-Sing”, de Harry Stephen Skiller.
JUAN: No lo conozco, y eso que leo mucho. ¿Me dejas anotar el autor? (Saca una pequeña libreta y un bolígrafo. Clara sostiene el libro abierto para él.)
CLARA: (Sonriendo) Claro.
JUAN: (Escribiendo) Harry... Stephen... Skiller. Listo. Yo también soy escritor, aunque no de bestsellers. ¿Tanto te gusta leer que vienes a un sitio como este?
CLARA: (Riendo suavemente) Cualquier lugar es bueno para un libro. Prefiero leer a estar aquí, la verdad.
JUAN: ¿Qué lees normalmente?
CLARA: De todo, pero me pierden los franceses: Camus, Sartre, Colette. ¿Y tú?
JUAN: Poesía, sobre todo. Tagore, Casona... Estoy escribiendo unas novelas para una editorial, pero no las típicas que todos compran y nadie lee. En las mías, el argumento es secundario; lo importante es el alma de los personajes, sus reflexiones.
CLARA: (Intrigada) Eso es lo que realmente importa. ¿Has leído “La dueña de las nubes”?
JUAN: No. ¿Y tú “Amanecer de otro día”?
CLARA: (Sonriendo) No. ¿Y “El príncipe de Hamburgo”?
JUAN: Tampoco. (Ríen juntos.)
CLARA: También me gusta la música clásica. Menos mal, porque mis padres siempre me llevan a conciertos. ¡Imagínate si no me gustara!
JUAN: Pero si estás tan “atada” a ellos, ¿qué haces aquí?
CLARA: Vine con una amiga que insistió. ¿Y tú?
JUAN: Lo mismo, amigos que me arrastraron. Pero este lugar... mucho ruido, poca luz, y demasiada superficialidad.
CLARA: (Mirando a la multitud) Cuerpos vacíos, ¿verdad?
JUAN: (Sonriendo) Exacto. Ojalá nunca seamos así.
CLARA: ¿Te gusta bailar?
JUAN: No, lo encuentro absurdo. Pero a veces hay que hacer cosas absurdas, ¿no?
CLARA: (Juguetona) Cuéntame algo de lo que escribes. ¿Poesía, quizás?
JUAN: (Titubeando) Déjame pensar... (Toma su libreta y escribe.) Aquí va:  (Escribe un poema y lo lee en voz alta mientras la música se suaviza a una pieza clásica, tal vez “Clair de Lune” de Debussy)
“Mi sueño es un alma de mujer que no encuentra cuerpo.
Sé que existe, y mi destino balbucea hacia ella.
La busco en los trigales que ondula la esperanza,
en las calles muertas de cielo,
en el mar salpicado de estrellas.
Ella está en la noche plana,
en el reír alegre, sin saber, del día.
Sabe que la busco y se esconde.
¿Por qué?
Se camufla en cuerpos vacíos,
muertos ya a la esperanza.
Yo, voraz golondrina,
engullo esos cuerpos minúsculos,
pero mi estómago se revuelve.
¿Dónde estará esa fruta ignorada que da la alegría?
Mi cuerpo se cansa.
Perdona que descanse un poco;
lloro las estrellas de tu noche,
de esta noche de mi alma.
Estoy cansado de palabras,
de perderme siempre en el mismo camino.
Perdona que muera esta noche,
una vez más.”  (Mientras lee, sus manos se tocan. El momento es íntimo, interrumpido por la ruidosa entrada de Néstor.)
NÉSTOR: (Ebrio) ¡Eh, intelectuales! ¿No venís a la pista? ¡Está que arde!
JUAN y CLARA: (Al unísono) No, estamos bien aquí.
NÉSTOR: (Encogiéndose de hombros) Vosotros sabréis. (Se va.)
CLARA: (Suavemente) Tu poema es precioso.
JUAN: Gracias. Aunque este lugar no es el mejor para la poesía.
CLARA: (Bromeando) ¿Cuántos años tienes?
JUAN: Veinticinco. ¿Y tú?
CLARA: Adivina.
JUAN: ¿Veintiuno?
CLARA: Menos.
JUAN: ¿Diecinueve?
CLARA: Menos.
JUAN: (Sorprendido) ¿Diecisiete?
CLARA: (Asintiendo) Por eso estoy tan atada a mis padres.
JUAN: No lo pareces. Pero no importa el DNI, sino lo que llevas dentro. ¿Podemos quedar otro día?
CLARA: Si no te importa mi edad...
JUAN: (Sonriendo) Lo que importa es el alma. ¿El viernes que viene, aquí?
CLARA: Seguro que mi amiga me arrastra otra vez.
JUAN: Entonces, brindemos por nuestro encuentro. (Levanta un vaso imaginario) ¡Camarero!  (La música crece, una balada romántica de los 70. Las luces se atenúan mientras brindan.)
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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lunes, 18 de agosto de 2025

Desde aquél día. Acto I

ACTO I
 
Escenario: Un apartamento acogedor pero desordenado en Madrid, 1975. Hay libros esparcidos por estanterías y un escritorio donde Juan escribe en una vieja máquina de escribir. Se escucha de fondo la canción “Algo de mí” de Camilo Sesto:
 
Un adiós sin razones
Unos años sin valor
Me acostumbré
A tus besos y a tu piel color de miel
A la espiga de tu cuerpo
A tu risa y a tu ser
Mi voz se quiebra
Cuando te llamo
Y tu nombre
Se vuelve hiedra
Que me abraza
Y entre sus ramas
Ella esconde mí tristeza
Algo de mí, algo de mí, algo de mí
Se va muriendo
Quiero vivir, quiero vivir
Saber por qué
Te vas, amor
Te vas, amor
Pero te quedas
Porque formas parte de mí
Y en mi casa
Y en mi alma
Hay un sitio para ti
Se que mañana
Al despertarme
No hallare
A quien hallaba
Y en su sitio
Habrá un vacío
Grande y muro como el alma
Algo de mí, algo de mí, algo de mí
Se va muriendo
Quiero vivir, quiero vivir
Saber por qué
Te vas, amor
Te vas, amor
Pero te quedas
Porque formas parte de mí
Y en mi casa
Y en mi alma
Hay un sitio para ti
Algo de mí, algo de mí, algo de mí
Se va muriendo
Quiero vivir, quiero vivir
Saber por qué
Te vas, amor
Algo de mí, algo de mí, algo de mí
Se va muriendo, quiero vivir, quiero vivir
 
La habitación está iluminada por una lámpara cálida, contrastando con la fría y bulliciosa ciudad exterior. Un golpe en la puerta interrumpe a Juan.
 
JUAN: (Sobresaltado, levantando la vista) ¿Quién es?
CARLOS: (Desde fuera) ¡Soy yo, Carlos! ¿Vas a abrir o sigo tocando la serenata?  (Juan abre la puerta y Carlos entra, llevando una botella de vino. Viste un traje elegante, típico de un oficinista de clase media en los años 70.)
JUAN: ¡Hombre, qué sorpresa! No esperaba verte hoy.
CARLOS: (Sonriendo) ¿Qué tal, soñador? Siempre encerrado con tus palabras. (Mira alrededor) Este lugar parece una biblioteca en ruinas. ¿No te cansas de vivir entre papeles?
JUAN: (Con una sonrisa débil) Es mi refugio. Siéntate, hombre. (Señala dos sillones gastados. Se sientan.)
CARLOS: (Sirviendo vino) ¿Y qué hay de ese libro que ibas a publicar? Me dijiste que era tu gran momento.
JUAN: (Suspira) Cosas de la vida. La editorial dice que es bueno, que tiene potencial... pero quieren más. Tres o cuatro novelas de la misma calidad para “respaldar” la inversión. ¡Dinero, siempre dinero!
CARLOS: ¡Qué descaro! ¿Y tú qué les dijiste?
JUAN: Accedí.
CARLOS: (Sorprendido) ¿Qué? ¿Te has vendido? ¿Dejas que te expriman así? Si no confían en tu talento, que busquen a otro.
JUAN: (A la defensiva) ¿Y qué quieres que haga, Carlos? Necesito comer, pagar el alquiler. Ya he pasado demasiados apuros para seguir jugando al idealista puro.
CARLOS: (Suavizando el tono) Bueno, quizás tengas razón. La vida... la existencia, como tú dices, no es fácil. Pero confío en que ese idealista que conozco sigue ahí dentro, aunque lo disfraces.
JUAN: (Melancólico) Eso espero. Pero a veces temo enterrarlo tanto que no lo encuentre nunca más.
CARLOS: (Sacando un paquete de cigarrillos Ducados) ¿Un pitillo?
JUAN: (Sonriendo) No, gracias. Lo he dejado.
CARLOS: (Arqueando una ceja) ¿Tú? ¿Sin tus cigarrillos? No me lo creo.
JUAN: (Con seriedad) Me he identificado demasiado con el protagonista de mi nueva novela. (Señala unos papeles en el escritorio) Ahí tienes a mi pobre Juan.
CARLOS: (Tomando el manuscrito) ¿Este? ¿Qué le pasa a este Juan?
JUAN: (Con una sonrisa irónica) Te vas a reír. Decidió dejar de fumar porque le dolían los pulmones, pero sus amigos lo convencieron de probar una nueva marca. Dijo: “mi último cigarrillo”. Pero cada día tenía un “último cigarrillo”. Ahora, en la segunda parte, está enfermo de cáncer de pulmón, arrepintiéndose de no haber tenido fuerza de voluntad. Si acepto tu cigarrillo, me sentiré como él.
CARLOS: (Riendo) Eres imposible. Siempre viviendo en tus historias. (Pausa, serio) Oye, ¿cuántos años tienes?
JUAN: Veinticinco. ¿A qué viene eso?
CARLOS: (Inclinándose hacia adelante) ¿Cuándo fue la última vez que saliste? Y no me digas que al bar de la esquina a por un bocadillo.
JUAN: (Evasivo) Hace unas horas...
CARLOS: (Exasperado) ¡No te vayas por las ramas! Mira, Juan, te lo digo porque te aprecio. Mi vida es normal: me levanto a las ocho, desayuno con mi mujer y los niños, voy a la oficina hasta las dos, como en casa, vuelvo al trabajo hasta las cinco y media. Luego, cine, paseos, o lo que surja. Los fines de semana nos escapamos de Madrid, a Segovia o Toledo, para cambiar de aires. ¿Y tú?
JUAN: (Encogiéndose de hombros) ¿Qué quieres que haga?
CARLOS: (Apasionado) ¡Por Dios, Juan! ¡Estoy harto de verte encerrado entre estas cuatro paredes! Estás pudriendo los mejores años de tu vida. ¡Sal, diviértete, conoce gente!
JUAN: (Silencioso) No lo sabes, ¿verdad?
CARLOS: ¿El qué?
JUAN: Hace tres meses que no nos vemos. Han pasado cosas.
CARLOS: (Curioso) ¿Qué cosas? En tus cartas todo parecía igual de... aburrido.
JUAN: (Titubeando) He descubierto “la noche”.
CARLOS: (Sorprendido) ¿La noche? ¿Tú, de juerga? ¿Bailando en discotecas con luces de neón y música de Los Brincos?
JUAN: (Asiente) Un mes entero saliendo todas las noches. Gasté mis ahorros, mis energías... casi pierdo mis sentimientos. Pero un día...  (Las luces se atenúan. Un foco ilumina a Juan mientras suena una música nostálgica de los años 70, como “Libre” de Nino Bravo. El escenario se oscurece.)
 

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domingo, 17 de agosto de 2025

Desde aquél día. Introducción

Comencé a escribir relatos a los ocho años y desde entonces toda mi vida estuvo ligada a la escritura y, como supe desde el principio que la literatura sólo da de comer a unos pocos privilegiados, tomé la misma como una distracción, algo que hacía sólo y simplemente para sentirme bien conmigo mismo, sin más ambiciones que disfrutar escribiendo aunque nadie fuese a leerme ni fuese a ganar una sola peseta por ello. Pero también supe desde el primer instante que si dedicaba mi vocación de escritor al ámbito profesional de la redacción publicitaria, sí que ganaría dinero (lo cual es necesario para vivir de forma autónoma). Y así lo hice.
 
Comencé como redactor publicitario, después como Product Manager (responsabilizándome directamente de todo lo que supusiese “escribir” aunque fuesen informes comerciales, manuales de formación, etc.), más adelante, como Jefe de Publicidad, escribía no sólo los textos de los folletos sino también textos para audiovisuales, manuales de comunicación y formación de vendedores, etc. En un paso más, dentro de mi progresión profesional, ya como Jefe de Prensa, me responsabilicé de escribir notas de prensa, artículos para revistas y di el salto creando y dirigiendo revistas de empresa y diarios digitales. El ejercicio del Periodismo me llenó de satisfacción personal al permitirme pasarme todo el día escribiendo noticias, artículos, discursos, etc. ¡Y me pagaban, y muy bien, por ello!
 
“Pero ¿y la literatura?”, te preguntarás. Pues esa la dejé para mis ratos de ocio y así, a lo largo de más de seis décadas, fui escribiendo en mis ratos de ocio libros de todos los géneros: novelas de ficción, novelas históricas, biografías, ensayos, poesía, humor, periodismo, comunicación, medicina, ciencia… e incluso teatro.
 
Y de esto último es de lo que vamos a hablar en estos próximos días. Lo que tienes entre tus manos (quiero decir: lo que tienes en la pantalla de tu móvil o tu ordenador) es una obra corta de teatro que escribí en mi juventud y que ahora he rescatado del olvido.
 
Escrita en tres actos y un epílogo, la acción se desarrolla en Madrid (España), en la década de los años 70.
 
Tienes ante ti, pues, una pequeña pieza teatral que jamás ha visto la luz, que nunca se ha estrenado porque sólo sirvió para el disfrute personal de su autor, y que ahora, al final de mi carrera, he decidido compartirla con todo aquél a quien la diosa fortuna haya guiado sus pasos hasta aquí.
 
-oOo-
 
Estos son los personajes:
 
JUAN: Un novelista de 25 años, introspectivo, idealista, y fuera de lugar en el ambiente social superficial. Anhela una conexión profunda, pero se siente atrapado por las expectativas sociales.
CARLOS: Amigo pragmático de Juan, casado, que equilibra una vida convencional con una genuina preocupación por el bienestar de Juan.
NÉSTOR: Un mujeriego carismático pero superficial, símbolo de la vida nocturna hedonista.
RAFAEL: Amigo de Néstor, algo más reflexivo, pero aún atrapado en el mundo superficial de las discotecas.
CLARA: Una joven de 17 años, intelectual y madura para su edad, que comparte el desprecio de Juan por la superficialidad y su amor por la literatura.
NARRADOR: Una figura misteriosa que conecta la historia con el público, posiblemente una proyección de los pensamientos internos de Juan.
PAREJAS Y ASISTENTES A LA FIESTA: Representan la vibrante y despreocupada vida nocturna de los años 70, sirviendo de fondo para el aislamiento de Juan.

Y ahora... ¡que comience la función!


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sábado, 12 de julio de 2025

¿Cuál de las tres? Quinta y última escena

La atmósfera es un torbellino de emociones: el armario, ahora silencioso, parece observar la escena como un testigo agotado. La mesa está desordenada con copas, papeles y la bandeja de churros que ya sólo contiene migas. La música del tocadiscos suena suave, con una melodía romántica que contrasta con el caos previo. Alberto y Ana están cerca del sofá, mirándose con intensidad. Benjamín y Dolores están junto a la mesa, él con una expresión de curiosidad, ella con su cuaderno aún en la mano. Carmen, con su sombrero de plumas ladeado, observa a Juan, que parece ajeno a su destino, comiendo un último churro con aire distraído. Rosalía, en un rincón, se ha sentado en una silla, dispuesta a no perderse nada de esta “función”, con los ojos brillantes y una servilleta arrugada en las manos, como si estuviera viendo el final de una telenovela.
 
(Alberto toma las manos de Ana, con una mezcla de nerviosismo y sinceridad. Todos los demás están atentos, aunque fingiendo ocuparse de sus propios asuntos)
ALBERTO.- (Con voz suave, mirándola a los ojos) Ana, te juro que no quiero más experimentos, ni armarios, ni locuras. Solo quiero demostrarte que te quiero. Que eres tú, siempre has sido tú. (Pausa, vulnerable) ¿Me vas a dar una oportunidad, ya sin locuras?
ANA.- (Sonriendo, pero firme, soltando una de sus manos) Alberto, eres un desastre… aunque consigues que sienta por ti algo muy especial, pero el matrimonio… (niega con la cabeza) de matrimonio nada, por ahora. Primero quiero ver esa sinceridad tuya en acción. El amor es cosa de dos, no de una persona que decide y otra persona que acepta. El mundo no lo diriges tú, todos somos actores igual de importantes, con la misma voz y voto, y nadie puede erigirse en director de los acontecimientos… y mucho menos en director de los sentimientos. ¿Entendido?
ALBERTO.- (Asintiendo, con una sonrisa esperanzada) Entendido. Nada de prisas. Solo tú y yo… y tiempo. (Le da un tímido abrazo y ella se lo devuelve con una sonrisa de perdón y complicidad)
(En la mesa, Benjamín se acerca a Dolores, que está revisando sus notas con su habitual precisión. Él carraspea, intentando parecer casual)
BENJAMÍN.- (Con un toque de timidez) Oye, Dolores, no te vayas todavía. Verás, yo… también soy abogado, ¿sabes? Y me ha intrigado todo ese entramado legal que mencionaste. (Señala su cuaderno) ¿Te parece si lo revisamos juntos? No ahora, quizás mañana… con un café.
DOLORES.- (Arqueando una ceja, pero con una chispa de interés en los ojos) ¿Un café? (Cierra el cuaderno lentamente, evaluándolo) Interesante propuesta, señor… Benjamín.
BENJAMÍN.- (Sonriendo.) Benjamín, sólo Benjamín, sin lo de “señor”.
DOLORES.- (Con una leve sonrisa, casi imperceptible) De acuerdo, Benjamín. Pero te advierto: mis contratos no admiten cláusulas vagas. (Le tiende la mano, él la toma, y hay un instante de conexión silenciosa. Se miran, y la chispa del futuro romance queda en el aire)
(Mientras tanto, Carmen, con un brillo depredador en los ojos, se acerca a Juan, que –con aire despreocupado- está comiendo el último churro. Ella se coloca a su lado, ajustándose el sombrero con un gesto teatral)
CARMEN.- (Con tono seductor, pero dominante) Juan… Ay, qué desperdicio de hombre tan guapo. (Le quita el churro de la mano y le da un mordisco… al churro, claro) Necesitas una mujer que te despierte, ¿sabes? Y yo soy justo lo que estabas esperando toda tu vida.
JUAN.- (Parpadeando, confundido.) ¿Eh? ¿Esperando? Pero si yo solo vine porque Alberto dijo que habría… (Carmen lo interrumpe, acercándose más.)
CARMEN.- (Sonriendo, casi felina) Shh, déjame a mí. (Lo agarra del brazo y lo arrastra hacia el sofá) Ven, que te voy a enseñar lo que es vivir. (Juan la mira, aturdido, pero no se resiste, como si ya estuviera atrapado en su hechizo)
(Rosalía, desde su rincón, está al borde de las lágrimas, observando todo con una mezcla de emoción y entusiasmo. Con el pañuelo que sostenía entre sus manos, se suena la nariz ruidosamente)
ROSALÍA.- (Con voz temblorosa) ¡Ay, qué bonito es todo esto! Parece una de esas telenovelas de la tele. (Se levanta, aplaudiendo con fervor) ¡Qué juventud, qué pasión! (Solloza y vuelve a sentarse, abanicándose con el delantal)
ALBERTO.- (Sonriendo, abrazando a Ana) Rosalía, esto no es una telenovela, es… (mira a su alrededor) bueno, quizás sí lo sea.
ANA.- (Bromeando) Una telenovela con armarios humeantes y churros. No me voy a aburrir contigo ¿verdad? (le da un codazo cómplice)
CARMEN.- (Desde el sofá, con Juan a su merced) ¡Y conmigo menos! (Le dice a Juan avasallándolo, el cual ya parece resignado a su destino) Y esto es solo el primer acto, pequeño.
BENJAMÍN.- (A Dolores, en voz baja) Creo que nosotros somos los únicos normales aquí. (Ella asiente, pero su mirada dice que está intrigada por él)
DOLORES.- (Con un toque de humor seco) Normales… por ahora. (Le sonríe, y él se sonroja ligeramente)
(La música del tocadiscos sube de volumen, una melodía alegre y caótica que envuelve la escena. Todos se miran, riendo o murmurando entre sí, mientras Rosalía sigue aplaudiendo desde su rincón, con lágrimas de emoción)
ROSALÍA.- (Casi gritando) ¡Vivan los novios! ¡Y los no novios! ¡Vivan todos! (Lanza el pañuelo al aire como si fuera confeti)
(El telón cae lentamente, mientras la música alcanza un crescendo festivo y las luces se atenúan, dejando a los personajes en un cuadro de caos encantador y promesas de futuros romances.)
 
(Telón final)
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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