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miércoles, 15 de octubre de 2025

El milagro del teatro (y 2)

El día del estreno llegó como un torbellino. El teatro estaba lleno, el aire cargado de expectación. Adrián se quedó en la penumbra, al fondo, como siempre, observando desde las sombras. Pero esta vez no era un escondite. Era su lugar, el lugar desde donde podía ver cómo su verdad cobraba vida. Cuando el telón se alzó y las primeras palabras resonaron, sintió un nudo en la garganta. Cada escena era un pedazo de él, pero también un regalo para el mundo. Vio rostros en el público: algunos conmovidos, con lágrimas brillando en los ojos; otros incómodos, como si las palabras los obligaran a enfrentar algo que preferían ignorar; otros absortos, atrapados por la magia del escenario. 
 
Cuando llegó la escena final, la voz de Elena llenó el teatro con una intensidad que parecía trascender el espacio físico:
—Mírate. No al espejo, no a la sombra. Mírate a ti. Porque lo que eres, lo que eliges ser, es lo único que importa. Ese otro yo no es un extraño. Es el que siempre estuvo ahí, esperando que lo reconozcas. 
 
El silencio que siguió fue profundo, casi sagrado. Y luego, el aplauso estalló, un rugido que envolvió a Adrián como una ola. Pero no se unió. Cerró los ojos, dejando que el sonido lo atravesara, dejando que llenara los espacios vacíos de su alma. La semilla estaba plantada. No sabía cuántos la recogerían, cuántos se detendrían a mirar dentro de sí mismos, a redescubrir esas palabras olvidadas: gracias, perdón, cariño, comprensión, ayuda, solidaridad, escucha, apoyo. Pero con que uno solo lo hiciera, sería suficiente.
 
Salió del teatro al aire fresco de la noche, el cuaderno en su mochila, ahora ligero, como si hubiera soltado un peso que llevaba años cargando. La ciudad brillaba a su alrededor, las luces reflejándose en los charcos de la calle, pero por primera vez, no buscó sombras en los reflejos. No escuchó la voz. Solo sintió una calma profunda, como si el mundo, por un momento, estuviera en paz.  Caminó por las calles, dejando que el viento le acariciara el rostro. Recordó a la mujer joven en el parque, corriendo con su perro, y la envidia que había sentido por esa simplicidad. Ahora, sin embargo, no había envidia. Había gratitud. Gratitud por haber encontrado su verdad, por haberla compartido, por haber dado un paso hacia la luz, aunque fuera pequeño. 
 
La obra seguiría, noche tras noche, y con cada representación, la semilla se esparciría un poco más. Algunos la ignorarían, otros la pisotearían sin darse cuenta. Pero algunos, tal vez solo unos pocos, la recogerían. Y en ellos, algo cambiaría. Una palabra amable, un gesto de perdón, una mano extendida. Y eso, supo Adrián, era suficiente.  Se detuvo bajo un farol, abrió el cuaderno por una página en blanco y, por primera vez en mucho tiempo, escribió. No en tinta roja, no con miedo, no con dudas. Escribió con su propia mano, con su propia voz: Gracias. Por el espejo. Por la sombra. Por mí.  Cerró el cuaderno y siguió caminando, con el corazón más ligero, sabiendo que ese otro yo había dejado de ser un extraño. Era él. Y siempre lo sería.
 

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martes, 14 de octubre de 2025

El milagro del teatro (1)

Adrián se dejó caer en la butaca al fondo del teatro, el cuaderno apretado contra su regazo como si fuera un ancla en medio de una tormenta. El ensayo general de “El eco de otro yo” estaba en pleno apogeo, y el escenario, bañado en una luz tenue y dorada, parecía vibrar con una energía propia. Las voces de los actores resonaban, entretejiendo las palabras que él había escrito en noches de insomnio, cuando la oscuridad parecía susurrarle verdades que no quería escuchar. Cada línea, cada pausa, cada mirada entre los personajes era como un latido que reverberaba en su pecho, desenterrando emociones que había enterrado bajo capas de rutina y miedo.
 
Elena, en el centro del escenario, recitaba con una intensidad que cortaba el aire. Su voz, clara pero cargada de un peso casi sobrenatural, llenaba el espacio:
—No eres solo el que vive, ni el que sueña. Eres también el que elige. El tercero, el que decide qué reflejo mostrar al mundo. Pero para elegir, primero debes mirar. Mirar de verdad. 
 
Las palabras golpearon a Adrián como un eco de su propia alma. Sus manos temblaron ligeramente, y el cuaderno se deslizó un poco sobre su regazo. Cerró los ojos, intentando bloquear la avalancha de pensamientos que lo asaltaban. La sombra en el espejo, la voz que lo perseguía desde el ático, las notas en tinta roja que aparecían en su cuaderno como si alguien más las hubiera escrito… todo eso no eran más que fragmentos de él mismo. Lo entendía ahora, con una claridad que dolía. No había fantasmas externos, no había presencias acechantes. La sombra, la voz, el “tercer yo” eran él: sus miedos, sus culpas, sus anhelos reprimidos, todo lo que había evadido durante años, escondido tras la fachada de un hombre que escribía historias para no tener que vivir la suya.
 
Abrió los ojos y miró el escenario. Elena seguía actuando, su figura iluminada por un foco que parecía hacerla brillar como un faro en la tormenta. Clara, la directora, estaba de pie cerca del borde del escenario, con la carpeta de la obra en la mano, dando indicaciones precisas pero con una suavidad que revelaba su propia conexión con la historia. Adrián sintió una punzada de gratitud hacia ella. Clara había creído en él, incluso cuando él mismo no lo hacía. Había insistido en que volviera, en que enfrentara la obra, en que no huyera esta vez. Y ahora, sentado allí, con el peso del cuaderno en sus manos y las palabras de Elena resonando en su cabeza, empezaba a entender por qué.
 
El ensayo continuó, y cada escena era como un espejo que reflejaba una parte de Adrián que había intentado ignorar. Recordó las noches en el ático, cuando el espejo de su habitación parecía vacío, pero no del todo; cuando la sombra que veía no era suya, o al menos eso creía entonces. Ahora sabía que esa sombra era él, el Adrián que no se atrevía a enfrentar. Las notas en el cuaderno, escritas en una tinta roja que sangraba en las páginas, eran su propia voz, suplicándole que mirara, que reconociera lo que llevaba dentro. El escenario es un espejo. Lo que ves en él es lo que eres. La frase, escrita en una página al azar, lo había perseguido como un mantra, y ahora, en el teatro, cobraba sentido.
 
La obra no era solo una historia. Era un reflejo de su alma, pero también de algo más grande, algo universal. Hablaba de la lucha interna de cada persona, de la necesidad de mirar más allá de lo material, de lo efímero, de las cosas que nos atan al mundo físico y nos hacen olvidar quiénes somos en realidad. Adrián sintió una lágrima deslizarse por su mejilla, y no la limpió. Por primera vez, no sintió vergüenza de su vulnerabilidad. La obra era su confesión, su redención, su ofrenda al mundo. Era una semilla, una chispa que podía encender algo en los corazones de quienes la vieran, que podía despertar palabras olvidadas: gracias, perdón, cariño, comprensión, ayuda, solidaridad, escucha, apoyo. Palabras que había enterrado bajo el peso de su propia soledad.
 
Cuando el ensayo terminó, el silencio en el teatro fue casi ensordecedor. Los actores se detuvieron, jadeando ligeramente, con el brillo del esfuerzo y la emoción en sus rostros. Clara aplaudió, su entusiasmo rompiendo la quietud, y los demás se unieron, llenando el espacio con un aplauso cálido, vivo. Adrián no se movió. Sus ojos estaban fijos en el escenario, en el espejo que aún colgaba al fondo, ahora apagado, sin sombras, sin reflejos. Por primera vez, no sintió miedo al mirarlo. Solo sintió… paz.
 
Clara se acercó a él, su paso firme pero su expresión suave, casi maternal.
—¿Y bien, Adrián? —preguntó, inclinándose ligeramente para mirarlo a los ojos—. ¿Qué te pareció? ¿Estamos listos para el estreno? 
Él levantó la vista, y algo en su mirada hizo que Clara se detuviera. Por un momento, no fue el Adrián pálido, agotado, perdido en sus propios laberintos. Había una chispa en sus ojos, una determinación que no había estado allí antes.
—Estamos listos —dijo, su voz baja pero firme, cargada de una convicción que lo sorprendió incluso a él mismo—. Pero no es solo por el estreno, Clara. Esta obra… tiene que salir al mundo. Tiene que llegar a la gente.  Clara parpadeó, sorprendida por la intensidad de sus palabras.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, sentándose a su lado, como si presintiera que lo que venía era importante. 
Adrián respiró hondo, buscando las palabras, aunque sabía que ninguna sería suficiente para expresar lo que sentía.
—Es más que teatro. Es… una verdad. Una verdad sobre nosotros, sobre lo que somos cuando nos quitamos las máscaras, cuando dejamos de escondernos detrás de lo que creemos que importa. —Hizo una pausa, su mirada perdida en el escenario vacío—. Todo este tiempo, pensé que la sombra, la voz, ese otro yo eran algo externo, algo que me perseguía. Pero no. Era yo. Siempre fui yo. Y esta obra… es mi manera de decirlo, de compartirlo. De plantar una semilla. 
Clara lo miró en silencio, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y admiración.
—Nunca te había oído hablar así —dijo finalmente, su voz suave—. Siempre supe que esta obra era especial, pero… ahora lo entiendo. Es tuya, Adrián. Es tu alma en el escenario. 
 
Elena, que había estado recogiendo sus cosas al otro lado del teatro, se acercó lentamente. Su presencia era como un imán, y Adrián sintió esa conexión extraña, casi mística, que había percibido desde el primer día. Ella se detuvo frente a él, su trenza cayendo sobre un hombro, sus ojos oscuros buscando los suyos.
—Sabía que lo entenderías —dijo, su voz baja, casi un susurro—. Lo sentí desde que leí el guion. No es solo una obra. Es un espejo, Adrián. Y no todos están listos para mirarse en él. Pero tú lo hiciste. 
 
Las palabras de Elena lo golpearon con una fuerza que lo dejó sin aliento. Por un momento, sintió que ella veía a través de él, que conocía cada rincón de su alma, cada herida, cada esperanza. Asintió, incapaz de hablar, pero agradecido por su presencia, por su comprensión. 
 

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jueves, 11 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto III. Escena V)

Escena V
 
(El escenario se ilumina de nuevo, retomando la escena anterior. Antes de que Pedro hable, Miguel entra apresuradamente.)
MIGUEL: ¡Escuchad un momento!
(Se hace el silencio. Todos lo miran expectantes mientras se calma.)
MIGUEL: Acaban de decir en la televisión que habrá un leve temblor de tierra en minutos. No os alarméis.
CRISTINA: ¿Cómo es eso?
MIGUEL: Una cadena de meteoritos atravesará el sistema solar. Algunos impactarán aquí, pero la mayoría pasará y golpeará un planeta lejano, como un satélite de Júpiter o Saturno. Ya empezaron a impactar allí. Todos los telescopios están enfocados.
(Un alivio recorre al grupo, excepto a Pedro.)
RAFAEL: Menos mal. Por un momento nos asustamos. ¿Seguro que no hay peligro?
PEDRO: ¿En qué planeta impactarán?
MIGUEL: No lo especificaron. Creo que satélites de Júpiter o Saturno. Están lejos, solo sentiremos un temblor leve.
PEDRO (con una sonrisa irónica): La distancia... ¿qué sabéis vosotros?
RAFAEL: ¿Tienes miedo?
PEDRO: Un poco.
RAFAEL: No moriremos todos.
PEDRO: No todos, pero alguien podría.
MIGUEL: ¿Quién?
PEDRO: Vuestro hijo.
(Entra Aurora, captando las últimas palabras.)
AURORA: ¿Qué estás diciendo?
(Un silencio sepulcral envuelve la habitación.)
PEDRO: Vuestro hijo y yo. Porque yo no soy vuestro hijo.
AURORA: ¡Basta de tonterías, Pedro!
MIGUEL: Déjalo, Aurora. (A Pedro.) ¿Qué significa eso?
PEDRO: Si me escucháis, os lo explicaré.
AURORA: ¡Aquí no hay nada que explicar! ¡Deja de jugar!
PEDRO (a Aurora): ¡No has oído nada aún! ¡Dentro de minutos se sabrá la verdad! ¡Dame estos últimos instantes!
AURORA (asustada): Está bien. Habla.
PEDRO: Tal vez me quede poco tiempo. Veremos la Tierra desde arriba: países, idiomas, guerras, odios, desigualdades. Todos buscan su bien, pisoteando a otros, sembrando destrucción. La raíz está en la familia. Los padres se casan sin conocerse, sin comprensión. Al principio hay felicidad física, pero luego viene la psicológica, que ignoran. Tienen hijos mal educados, y el ciclo continúa con rencor y odio.
MIGUEL: ¿Nos criticas por cómo te criamos?
PEDRO: No, hablo en general. La familia es la fuente de vuestros males. Nuestros científicos lo vieron y decidieron cambiar un alma. Yo no soy vuestro hijo. Este es su cuerpo, pero mi alma viene de lejos, cumpliendo una misión.
AURORA: ¿Por qué asustarnos con esas locuras?
PEDRO: No es mi intención. Si esos meteoritos golpean mi hogar —un satélite de Júpiter— mi fin está cerca. Este cuerpo y mi alma podrían desaparecer. Miguel, Aurora, sé que cuesta creerlo. Cristina, tú tal vez lo entiendas ahora... Siento que mi tiempo se acaba. No me pesa esta muerte temporal; es la voluntad de Dios. Quería traer felicidad a mi familia, extender el ejemplo. Pero Dios no quiso un profeta póstumo. Dejemos que las causas principales actúen. No veréis mi misión cumplida, pero no perdisteis a vuestro hijo; sirvió una causa noble. Amigos, el futuro está en vuestras familias. Aurora, no llores. No soy héroe ni mártir, solo acepto el designio divino. Vosotros no fuisteis malos, solo desconocisteis vuestro propósito. (Se toca la herida de nuevo, con un gesto de dolor.) Se acaba. No os entristezcáis; mi alma se alegra de haber intentado algo. Seguid mis palabras, dejad el egoísmo, y encontraréis paz. Cristina, no me falles. Más allá os recordaré como algo bello...
(Un fuerte temblor sacude la habitación. Pedro cae muerto al suelo. Cristina se levanta lentamente, arrodillándose para abrazarlo, con lágrimas que se mezclan con una leve sonrisa. Aurora se acerca temblorosa, seguida por Miguel. Los demás forman un círculo alrededor de Pedro mientras el temblor cesa. Aurora se vuelve hacia Miguel, apoyándose en su hombro. Él la abraza. Las luces se desvanecen. Cae el telón.)
 

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miércoles, 10 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto III. Escena IV)

Escena IV

(El escenario se ilumina de nuevo, la fiesta animada. Rafael habla con Pedro.)
RAFAEL: No sabía qué decir, la verdad.
PEDRO: No te preocupes, Rafael.
JOAQUÍN: Y les gustó la noticia.
PEDRO: Sí, parece. Pero a mi madre no le hizo gracia.
CRISTINA: A tu padre sí le alegró.
RAFAEL: No hay problema. Cuando vea que a él le gusta, ella cederá.
PEDRO: No lo conoces. Se nota que algo pasa.
RAFAEL: ¿El qué?
PEDRO: Que mis padres se van a separar.
TODOS: ¿Cómo?
LUISA: Pero si parecían llevarse bien...
PEDRO: Eran apariencias.
RAFAEL: ¡Claro! Por eso estabas raro...
JOAQUÍN: Si necesitas ayuda, aquí estamos.
CRISTINA: Gracias, Joaquín, pero es algo personal de Pedro.
PEDRO: Todo era fachada. Dentro había podredumbre.
CRISTINA: Eso es injusto. Me hablaste de una sociedad perfecta, de algo que podríamos hacer juntos, y ahora criticas a tus padres...
PEDRO: No son críticas. Estoy desconcertado. Mi padre se va mañana.
CRISTINA: ¿No podemos hacer nada?
RAFAEL: Todos estamos dispuestos a ayudar.
PEDRO: Gracias, necesitaré ayuda. Pero lo de mis padres lo arreglo yo esta noche; después será tarde.
CRISTINA: Tus problemas son los míos. Si no arreglamos lo cercano, ¿cómo cambiaremos la sociedad?
PEDRO: Tienes razón. Siento que esta noche lo resolveré.
LUISA: ¿Qué piensas hacer?
PEDRO: Les recordaré la felicidad que tuvieron, que los buenos momentos superan las disputas.
LUISA: Eso podría abrirles los ojos.
PEDRO: Si no, les diré que juntos tendrán mi amor, pero separados, no.
CRISTINA: A pesar de todo, los quieres, ¿no?
PEDRO: Sí, pero su separación sería un granito de arena para la destrucción del mundo. No podría querer a quienes traen infelicidad.
CRISTINA: Los querrás siempre, buenos o malos.
PEDRO: Los quiero porque me lo dieron todo, a su manera. Pero el egoísmo y el rencor se extienden, afectan a todos. ¿De qué sirve traer vida a un mundo en descomposición? No querré a quien amenace el futuro.
CRISTINA: Lo dices por el dolor.
PEDRO: Solo quiero que entendáis mis sentimientos. Me he convertido en un precursor de la paz, pero a veces dudo... el camino es duro.
JOAQUÍN: No te entiendo del todo. Puedes dejar que fluya o actuar, pero no juzgues, ni siquiera a tus padres.
PEDRO: No me justificaré. Esto lo pensé mucho; hay más allá del blanco, negro o gris.
JOAQUÍN: Nos desviamos. Centrémonos.
RAFAEL: Parece que te cayó un baño de responsabilidad de golpe.
PEDRO: No creo que sea eso.
CRISTINA: Ayuda a los cercanos, no abarques todo.
PEDRO: Ahí está el secreto: la humanidad. Si todos pensáramos en ella, sin egoísmo, no habría desigualdades.
CRISTINA: Eso no lo sabemos.
PEDRO: Es difícil romper moldes, pero hay que hacerlo.
CRISTINA: Estás tan seguro... sientes un amor repentino por la humanidad. La verdad duele, y por eso la negamos.
JOAQUÍN: Romper tradiciones es duro, pero algún día llegará.
BEGOÑA: Te apoyamos en lo que quieras.
TODOS: ¡Sí, estamos contigo!
RAFAEL: Dejemos la filosofía. Busquemos una solución para tus padres.
PEDRO: Gracias. Espero que me ayudéis a salvar el mundo.
BEGOÑA: ¿El mundo? ¿No eran tus padres?
MIGUEL ÁNGEL: Habla figuradamente, Begoña.
PEDRO: No. Primero mis padres, luego la humanidad.
RAFAEL: A ver, aclárate... (Pedro se toca de nuevo la herida, preocupado.) ¿Qué te pasa?
PEDRO: Os lo explicaré. Al principio no me creeréis, pero dejadme terminar.
RAFAEL: De acuerdo. (Los demás asienten.)
PEDRO: Yo no soy Pedro.
TODOS: ¿¡Cómo!?
(La iluminación se atenúa hasta quedar todo en silencio y oscuridad.)
 

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martes, 9 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto III. Escena III)

Escena III
 
(El escenario se ilumina de nuevo. Pedro y Cristina entran, serios pero transformados, con una resolución tranquila en sus ojos.)
BEGOÑA: ¡Mirad quiénes vienen!
ISABEL: ¡Brindemos por ellos!
(Todos levantan sus vasos, brindando con risas y aplausos. Pedro y Cristina parecen desconcertados.)
RAFAEL: ¡Vivan los novios! ¡Que se besen!
TODOS: ¡Vivan!
(Se acercan con palmadas y felicitaciones.)
RAFAEL: ¿Cuándo lo diréis en casa?
MIGUEL ÁNGEL: Hoy es el día perfecto, ¿no?
LUISA: Basta, dejadles decidir.
PEDRO (dudando): ...No sé... ya veremos...
MIGUEL ÁNGEL: Vamos, más música, que la fiesta no decaiga.
TODOS: ¡Eso! ¡Eso!
(Se dirigen a la mesa de la música. Pedro y Cristina se quedan apartados, mirándose de vez en cuando.)
RAFAEL (mostrando un CD): Este rock es bueno.
LUISA: Pon uno más romántico. (Lo ponen y empieza a sonar la música.)**
ISABEL: Venga, pareja, a bailar.
CRISTINA: No creo que sea el momento.
ISABEL: ¡Claro que sí! ¡Es un día especial!
PEDRO (a Cristina): ¿Por qué no?
CRISTINA: Como quieras.
(Se colocan en el centro y bailan, los demás animándolos. Tras quince segundos, Pedro se detiene, tocándose la herida en la frente. Se hace un silencio, la música se suaviza.)
RAFAEL: ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
PEDRO (sonriendo débilmente): No es nada, un mareo. Ya pasó.
(Entran Miguel y Aurora.)
AURORA: Seguid bailando, solo vengo por un libro. (Toma un libro de la mesa de la música.) ¿Lo estáis pasando bien?
TODOS: Sí, muy bien.
AURORA: ¿Faltó algo?
LUISA: No, todo perfecto.
MIGUEL (a Rafael): ¿Y este? (Señala a Pedro.) ¿Cómo está?
RAFAEL: Muy bien... acompañado.
MIGUEL: Sí, pero ¿no lo notasteis raro?
AURORA: Es verdad, desde la excursión está extraño. ¿No le pasó nada? No nos cuenta nada...
RAFAEL: Nosotros tampoco sabemos...
PEDRO: No te preocupes, Rafael, os lo diremos...
MIGUEL (complacido): ¿Tanto misterio para qué?
PEDRO: Veréis... Cristina y yo... nos queremos. ¿Verdad? (Cristina asiente con la mirada.)**
MIGUEL: ¡Vaya, qué discretos!
AURORA (a Cristina, forzando una sonrisa): Mira que enamorarte de este veleta...
MIGUEL: Bueno, os dejo, voy a ver la tele.
TODOS: Hasta luego.
(Miguel y Aurora salen. Las luces y el sonido se desvanecen.)

 

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lunes, 8 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto III. Escena II)

Acto III. Escena II
 
(El escenario se ilumina de nuevo, la fiesta retoma su animación. Las luces y el sonido se atenúan, enfocándose en Rafael y Luisa en primer plano.)
RAFAEL: Oye, Luisa, ¿no te parece raro cómo están Pedro y Cristina esta tarde? Estuvieron todo el tiempo hablando tan serios.
LUISA (bromeando): Venga, Rafael, ¿no lo sabes?
RAFAEL: No, la verdad.
LUISA: ¿No los notaste románticos?
RAFAEL (dándose cuenta): Ahora que lo dices... sí. No sabía que iba en serio.
LUISA: Claro, los hombres nunca os enteráis de nada.
(Las demás parejas —Miguel Ángel, Begoña, Joaquín e Isabel— se acercan. La música se convierte en un murmullo de fondo.)
MIGUEL ÁNGEL: A ver, Luisa, ¿qué es lo que no sabemos?
JOAQUÍN: Eso.
LUISA: Nada, solo hablábamos de Pedro y Cristina.
MIGUEL ÁNGEL: ¿Qué les pasa?
BEGOÑA (poniéndose del lado de Luisa): ¡Qué tontos sois, chicos!
JOAQUÍN: ¿Y vosotras tan suspicaces? ¿A qué viene esto?
ISABEL: Creo que empezó esta tarde en el sofá.
RAFAEL: ¿Se declararon amor eterno o qué?
LUISA, BEGOÑA, ISABEL (aplaudiendo): ¡Bieeen! ¿Por fin os dais cuenta?
MIGUEL ÁNGEL: ¿Y tanto misterio por eso?
BEGOÑA: Miguel Ángel, tu imaginación es de lo más exagerada.
RAFAEL: Joaquín, no hay quien las entienda.
(Joaquín asiente con una sonrisa. Los hombres se dirigen a la mesa de bebidas, mientras las mujeres se agrupan cerca del sofá.)
LUISA: Hay que ver la suerte de algunas, ¿verdad, Begoña?
BEGOÑA: ¿Suerte? ¿Por qué?
LUISA: Porque lo “pescó.”
ISABEL: Sí, pero lleva meses tras él. Es el premio a su esfuerzo. La pobre ya se estaba acomplejando.
LUISA: Y encima tiene un chico que puede dominar a su antojo.
BEGOÑA: Yo prefiero que me dominen.
ISABEL: ¡Por favor, Luisa! Aún no nace el hombre que pueda.
BEGOÑA: ¡Chisst! (Se ríen.)
LUISA: ¡Y tiene dinero! Rafael me dijo que su padre le comprará un coche cuando saque el carné.
ISABEL: Me alegro por Cristina, se lo ha ganado.
BEGOÑA: ¿No tendrás envidia, Isabel?
ISABEL (sonriendo): ¡Bah!
LUISA: ¡Rafael, tráeme una copa!
(Rafael regresa con una bebida y se coloca a su lado. Miguel Ángel y Joaquín hacen lo mismo.)
MIGUEL ÁNGEL: ¿De qué hablabais?
BEGOÑA: Mira quién aparece, siempre con retraso, Miguel Ángel.
MIGUEL ÁNGEL: Ni con cuba-libre me aclaro.
JOAQUÍN: No le hagas caso, estaban en sus “cosas” de siempre.
(Los hombres intercambian sonrisas maliciosas.)
RAFAEL (burlándose): Ya era hora de que Pedro se comprometiera, ¿verdad, chicas?
JOAQUÍN (siguiendo el juego): Y Cristina eligió bien, Pedro está para comérselo.
ISABEL: Qué graciosos sois.
RAFAEL: Si no nos decís de qué hablabais, nos lo inventaremos. No creo que vayamos muy desencaminados, ¿no?
LUISA: Está bien, pesados, hablábamos de Pedro y Cristina.
BEGOÑA: Rafael, ¿es verdad lo del coche?
RAFAEL: Sí, su padre me lo confirmó. Será un buen coche, nada de utilitarios ni de segunda mano.
JOAQUÍN: Vaya, yo con mi mísero Ford Fiesta.
MIGUEL ÁNGEL: Yo ni bici tengo.
RAFAEL: Pero no digáis nada, es sorpresa.
(Las luces se atenúan y el sonido disminuye.)
 

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domingo, 7 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto III. Escena I)

Acto III
 
Al levantarse el telón, el salón-comedor se transforma en un espacio festivo. La habitación está adornada con guirnaldas coloridas y una iluminación suave, un contraste marcado con la tensión de los actos anteriores. Un sofá enfrenta al público, flanqueado por sillas dispersas. Junto a una pared, una mesa rebosa con bebidas y aperitivos: platos de tapas, botellas de vino y un cuenco de ponche. Cinco parejas llenan el espacio: Pedro y Cristina están sentados en el sofá, sumidos en sus pensamientos, mientras las demás —Rafael y Luisa, Miguel Ángel y Begoña, Joaquín e Isabel— bailan, charlan y beben en el fondo. El aire vibra con risas y música, pero la cabeza gacha de Pedro y su ceño fruncido sugieren una tormenta interior.
 
Escena I
 
(Las luces se atenúan gradualmente, silenciando la música y las voces, dejando solo un foco sobre Pedro y Cristina en el sofá.)
CRISTINA (con suavidad, preocupada): ¿Qué te pasa? Nunca te había visto tan decaído.
PEDRO (tras una pausa, voz baja): Tal vez sea porque he cambiado. Ya no soy el mismo de antes. Mira, Cristina, no puedo ignorar los problemas que me rodean. Quiero solucionarlos.
CRISTINA (escéptica): Tonterías. Todos vemos los males de la sociedad alguna vez, pero al final nos damos cuenta de que es imposible cambiarlos. Lo dejamos y el mundo sigue girando.
PEDRO: Les falta confianza en sí mismos.
CRISTINA: No, es confianza en los demás. Los mayores cierran las puertas a los jóvenes que buscan cambio. Al final, se rinden y viven a su aire. ¿Qué más pueden hacer? Se resignan, y cuando sean mayores, actuarán igual que critican ahora. ¿Lo entiendes?
PEDRO: Sí, pero no del todo. Creo que no conocen el método.
CRISTINA (confundida): ¿Y tú sí?
PEDRO: Si el mal tiene una raíz, ¿no deberíamos atacarla ahí?
CRISTINA: ¿Por dónde?
PEDRO: En la raíz de la sociedad: la familia. Ahí debe empezar la lucha.
CRISTINA (alarmada): ¿Luchar? ¿Contra quién? ¿Para qué?
PEDRO: Contra las mentes cerradas que nos rodean, para traer paz. ¿No lo ves? Esto es más grave de lo que imaginas. Si la sociedad sigue así, un día se destruirán mutuamente. Quieren llegar a otros planetas, pero ¿para qué? Solo llevarán su maldad y destrucción. No podemos permitirlo.
CRISTINA (desanimada): ¿Quieres arreglar la sociedad? Pedro, eso es imposible. Una persona sola no puede hacer nada.
PEDRO (tras una pausa, reflexivo): Solo... sí, tienes razón, estoy solo.
CRISTINA (suavizando el tono): Para esa misión imposible, sí. Pero fuera de eso, siempre tendrás a alguien que te quiera, que te ayude...
PEDRO: Ni siquiera puedo tomar a mi familia como modelo.
CRISTINA: ¿Por qué?
PEDRO: Se van a separar. Mañana mi padre se irá de casa.
CRISTINA (sorprendida): ¡No puede ser!
PEDRO: Desgraciadamente, sí. Por eso estoy tan desanimado. No puedo contar con los dos que más necesito.
CRISTINA: ¿No hay forma de evitarlo?
PEDRO (pensativo): No sé... estoy pensando. No logro adaptarme a esto. (Pausa.) Mira, las guerras persisten porque la sociedad está mal construida. Si el hombre llega a otros planetas, las guerras lo seguirán. Un día, esas luchas se intensificarán y destruirán todo... no solo este pequeño planeta, sino los lugares que contaminemos con nuestro ejemplo.
CRISTINA: Si eso pasa, será dentro de muchos años. Ni nosotros ni nuestros hijos lo veremos.
PEDRO: Sí, pero imagina que hay vida en otros planetas, más inteligente que nosotros. ¿No crees que, al ver nuestro estado, querrían eliminarnos para detener el mal?
CRISTINA: Eso es mucho suponer. ¿Cómo lo harían?
PEDRO: Podrían destruir a las personas sin dañar el planeta. Si son más avanzados, habrán encontrado un modo... como esas “bombas inteligentes” que matan sin destruir edificios.
CRISTINA (sincera): Sea utopía o no, quiero que sepas que estaré a tu lado, dispuesta a ayudarte.
(Una pausa. Se miran fijamente, un entendimiento silencioso pasa entre ellos.)
PEDRO: ¿Me quieres?
CRISTINA (esbozando una leve sonrisa): ¿Y tú?
PEDRO (tras una larga pausa, introspectivo): ¿Querrías ayudarme?
CRISTINA (entusiasmada): ¡Síiii! (Pedro hace una mueca, tocándose la pequeña herida en la frente.) ¿Qué te pasó?
PEDRO (quitándole importancia): Oh, nada. Fue ayer, al volver de la excursión. Ven, quiero explicarte más.
(La toma de la mano y salen. Las luces del escenario se apagan lentamente.)
 

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sábado, 6 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto II. Escena II)

Escena II
 
AURORA: Ya estoy aquí. Te escucho.
MIGUEL: Es necesario hablar con sinceridad, Aurora.
AURORA: ¿De qué?
MIGUEL: De Pedro... y de nosotros. Creo que es importante.
AURORA: Está bien, no perdamos tiempo. Cuanto antes empecemos, antes terminamos.
(Pausa. Miguel frunce el ceño, pero se contiene.)
MIGUEL: ¿No has notado algo raro en Pedro esta noche?
AURORA: Sí, se comportó de forma extraña.
MIGUEL: ¿Sabes por qué?
AURORA: No sabría decirte.
MIGUEL: Es simple: se debe a que ya es un hombre y siente que nuestras peleas son por él. Quiere arreglarlo, pero no sabe cómo.
AURORA: Tonterías. Pedro sigue siendo un niño.
MIGUEL: Desengáñate. Se ha hecho hombre sin que lo viéramos. Tú no quieres aceptarlo porque temes perderlo, por eso lo ves como un niño. ¿Crees que un niño actuaría como él esta noche?
AURORA: Su comportamiento fue raro, pero por otras razones.
MIGUEL: Puede que haya más causas, pero lo esencial es que Pedro ha madurado de golpe. Dice que lo ocultaba, pero estas cosas no se esconden eternamente.
AURORA: Dejemos eso por ahora. Hablemos de la separación. ¿A dónde irás?
MIGUEL: No lo sé aún. Probablemente a un apartotel hasta aclararme. Quiero una separación legal.
AURORA: ¿Cuándo te irás?
MIGUEL: Pensaba irme mañana, pero por Pedro y esa fiesta del domingo, esperaré hasta el lunes.
AURORA: De acuerdo, intentemos no empeorar las cosas.
MIGUEL: Pero... ¿sabes por qué me voy?
AURORA: No estoy segura. Supongo que te cansaste de mí.
MIGUEL: No. Me voy porque no soporto que pongas a Pedro en mi contra, que creas que es solo tuyo y que yo no tenga derecho a criarlo.
AURORA: Las madres pasamos más tiempo con los hijos, somos quienes los educamos. ¿Cuándo has estado tú aquí para prepararle la comida o la ropa?
MIGUEL: ¿Llamas educación a eso?
AURORA: No, solo demuestro que estoy más presente.
MIGUEL: ¿Y cuántas veces me has consultado sobre Pedro? Nunca. Lo decides todo sola, como si no fuera su padre. Tengo derecho a opinar, a ser parte. También necesito comprensión, cariño. Siempre te necesité, pero nunca me ayudaste; al contrario, me apartaste de él. Por eso me voy, y legalmente, para llevármelo. Lo has tenido bastante tiempo; ahora me toca a mí.
AURORA (bajando la mirada): Lo siento, Miguel. No sabía que te sentías así.
MIGUEL: Es tarde para disculpas. Tu egoísmo nos separó antes; ahora el mío lo sella.
AURORA: Si crees que voy a llorar, te equivocas. Vete, llévate a Pedro. Yo tengo mi orgullo.
MIGUEL: Ese orgullo nos ha hecho, nos hace y nos hará infelices.
AURORA: A ti, no a mí. Me hace feliz.
(Pausa tensa.)
MIGUEL: ¿Sabes qué le pasaba a Pedro esta noche? Quería que no nos separáramos. No tiene orgullo; a pesar de nuestro daño, nos quiere a los dos por igual. Es lo único bueno de nuestra unión, y ahora lo destruiremos.
AURORA: Si alguien arruinó esto, fuiste tú, con tu soberbia, tu egoísmo...
MIGUEL: Vale, no soy perfecto, pero intenté hacerlo bien. Si fallé, fue porque tú, mi esposa, no me apoyaste.
AURORA: ¿Cuándo me pediste ayuda?
MIGUEL: Debiste saberlo. El noviazgo sirve para conocerse.
AURORA: ¿Hubo espiritualidad en nuestro noviazgo? Ahí empezó el fracaso, al reducir el amor a lo material, a lo superficial. Te callas, ¿verdad?
MIGUEL: Sí. Pero ¿de quién es la culpa?
AURORA: Tuya, indudablemente.
MIGUEL: ¿Ves qué detestable eres? ¿Por qué no de los dos?
AURORA: Porque siempre me perjudicaste.
MIGUEL: Échame la culpa, entonces. He tenido paciencia, he soportado mucho sin reprocharte nada. Si no te dije que, a pesar de todo, te quiero, fue por mi orgullo.
AURORA: Ese orgullo tuyo. Es lo único que te queda, y con eso te irás a la tumba. Me arrepiento de conocerte, de casarme contigo.
MIGUEL: No puedo decir lo mismo, porque sería mentira.
AURORA: Miente, no sería la primera vez.
MIGUEL: No te preocupes, el lunes no me verás más. Serás libre. Solo pido a Dios que seas feliz. No te sorprendas; Pedro, rezando esta noche, me hizo ver que sin Dios no somos nada. No soy tan soberbio como crees al aprender de mi hijo.
AURORA (sorprendida): Lo reconozco, tu humildad me asombra. ¿Quién iba a esperar que mencionaras a Dios?
MIGUEL: Fue por ti que dejé la religión. ¿No lo recuerdas? Y ahora me humillas por nombrarlo.
AURORA: ¿No decías que no me echabas nada en cara? No se nota.
MIGUEL: Lo siento, no era mi intención ofender, solo expresar lo que siento.
AURORA: Una ofensa más no cambia nada a estas alturas.
MIGUEL: No seas cínica.
AURORA: ¿Además de ofenderme, me insultas?
MIGUEL: Dejémoslo. Me iré el lunes y procuraré pasar desapercibido hasta entonces.
AURORA: Eso espero. No soportaría más esta situación sin morir de asco.
MIGUEL: Por eso me voy, para no cargar con culpas.
AURORA: ¿“Culpas” en plural? ¿Has matado a alguien o yo valgo por dos?
MIGUEL (sonriendo débilmente): Me alegra que conserves el humor.
AURORA: Nunca me ha faltado, ni siquiera contigo. No mereces que nadie sufra por ti; irte es lo mejor.
MIGUEL: ¿Tan bajo me ves?
AURORA: No, muy alto.
MIGUEL (irónico): Gracias, siempre fuiste buena conmigo.
AURORA (irónica): De nada.
(Ambos se levantan y salen por lados opuestos. El escenario queda en silencio, y las luces se apagan lentamente.)
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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viernes, 5 de septiembre de 2025

El tercer yo (Acto II. Escena I)

Acto II
 
Al levantarse el telón, se revela el mismo salón-comedor, ahora envuelto en una penumbra melancólica. La mesa de la cena ha sido recogida, dejando solo un mantel descolorido y un par de sillas desordenadas. A la derecha, Miguel está hundido en el sillón de terciopelo, un libro abierto sobre su regazo pero sin leerlo, perdido en sus pensamientos. La lámpara emite una luz tenue que proyecta sombras largas sobre la librería polvorienta al fondo. El aire parece cargado de una quietud inquietante.
 
Escena I
 
MIGUEL (hablando para sí mismo, con voz baja y reflexiva): Es extraño lo que pasa en esta casa. Somos un matrimonio joven, con un hijo que es una joya, y sin embargo nos peleamos por su cariño como si fuera un trofeo. La culpa es de Aurora... insiste en mantenerlo pegado a sus faldas, en contra de mí. ¿Cómo no ve que Pedro ya es un hombre? Si consigo la separación, tal vez pueda llevármelo conmigo. (Se palpa el bolsillo de la chaqueta, buscando tabaco, y frunce el ceño al no encontrarlo.) Vaya, me he quedado sin cigarrillos. Iré a mi cuarto por otro paquete.
(Sale Miguel. El escenario queda vacío por un instante. Entra Aurora, con pasos cansados, mirando a su alrededor.)
AURORA (hablando para sí misma, con un suspiro): ¿A dónde habrá ido Miguel? En fin, me sentaré a descansar un poco. (Se hunde en un sillón frente al de Miguel, sumida en sus pensamientos.) ¿Qué querrá hablar conmigo? Seguro que es por Pedro. Esta noche se comportó de forma tan extraña... no parecía él. ¿Será que ya es un hombre y yo no lo había notado? Estaba distante, pero no con esa indiferencia de siempre cuando nos veía discutir. Lo que dijo sobre el matrimonio... tan raro, tan hermoso... ¡Qué lástima que Miguel sea tan egoísta, queriendo acaparar a nuestro hijo! No hay manera de hacerle entender que mi opinión cuenta. Si tan solo nuestro noviazgo hubiera tenido más sinceridad y menos materialismo... Creíamos que el dinero nos daría felicidad, pero qué equivocados estábamos. (Mira el reloj con impaciencia.) Miguel no aparece... iré por el cesto de costura para distraerme.
(Sale Aurora. Tras un breve silencio, regresa Miguel con un paquete de tabaco. Se sienta, enciende un cigarrillo y exhala el humo lentamente, pensativo.)
MIGUEL (hablando para sí mismo, con amargura): Aurora sigue en la cocina, ordenando como siempre. (Pausa.) Parece mentira... todas las mujeres son iguales, siempre queriendo dominarnos. Se hacen pasar por corderitos al principio, pero luego usan sus armas para controlarnos. Recuerdo a Aurora cuando éramos novios, tan dócil, diciéndome que solo yo podía dominarla. ¡Qué ironía! He perdido mi toque de domador, porque ahora ella manda. ¡Qué vida tan miserable! Si pudiera volver a vivirla... creo que me enamoraría de nuevo de ella. La sigo queriendo con toda mi alma, pero se empeña en alejarme de Pedro, en robarme su afecto. No lo permitirá; me lo llevaré conmigo. (Pausa.) Tal vez otro hijo hubiera evitado esto, pero ya es tarde. Tendremos que seguir caminos separados, olvidando los momentos felices... no todo fue malo, hubo amor en su día. (Su voz se quiebra.) Cuando nació Pedro, estaba tan nervioso... y qué alegría cuando la enfermera me dijo que era un niño. Vi a Aurora en la cama, con él en brazos... fue el momento más feliz de mi vida. Luego el doctor nos advirtió que no debíamos tener más hijos; fue un golpe duro. Pero Pedro llenó ese vacío con sus risas, su sencillez... Nunca fue un gran estudiante, pero siempre fue bueno, leal, sin egoísmo. Es un milagro que haya salido tan bien con padres como nosotros, tan egoístas, tan llenos de defectos. Daría todo por volver a esos días... lo daría todo, porque con la separación lo perderé todo. (Pausa. Entra Aurora y se sienta frente a él.) Bien, Aurora, es hora de hablar. Tratemos de resolver esto como adultos, si no por nosotros, al menos por Pedro.
(El escenario se oscurece brevemente y se ilumina de nuevo, enfocando a Aurora y Miguel frente a frente.)
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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