sábado, 12 de julio de 2025

¿Cuál de las tres? Quinta y última escena

La atmósfera es un torbellino de emociones: el armario, ahora silencioso, parece observar la escena como un testigo agotado. La mesa está desordenada con copas, papeles y la bandeja de churros que ya sólo contiene migas. La música del tocadiscos suena suave, con una melodía romántica que contrasta con el caos previo. Alberto y Ana están cerca del sofá, mirándose con intensidad. Benjamín y Dolores están junto a la mesa, él con una expresión de curiosidad, ella con su cuaderno aún en la mano. Carmen, con su sombrero de plumas ladeado, observa a Juan, que parece ajeno a su destino, comiendo un último churro con aire distraído. Rosalía, en un rincón, se ha sentado en una silla, dispuesta a no perderse nada de esta “función”, con los ojos brillantes y una servilleta arrugada en las manos, como si estuviera viendo el final de una telenovela.
 
(Alberto toma las manos de Ana, con una mezcla de nerviosismo y sinceridad. Todos los demás están atentos, aunque fingiendo ocuparse de sus propios asuntos)
ALBERTO.- (Con voz suave, mirándola a los ojos) Ana, te juro que no quiero más experimentos, ni armarios, ni locuras. Solo quiero demostrarte que te quiero. Que eres tú, siempre has sido tú. (Pausa, vulnerable) ¿Me vas a dar una oportunidad, ya sin locuras?
ANA.- (Sonriendo, pero firme, soltando una de sus manos) Alberto, eres un desastre… aunque consigues que sienta por ti algo muy especial, pero el matrimonio… (niega con la cabeza) de matrimonio nada, por ahora. Primero quiero ver esa sinceridad tuya en acción. El amor es cosa de dos, no de una persona que decide y otra persona que acepta. El mundo no lo diriges tú, todos somos actores igual de importantes, con la misma voz y voto, y nadie puede erigirse en director de los acontecimientos… y mucho menos en director de los sentimientos. ¿Entendido?
ALBERTO.- (Asintiendo, con una sonrisa esperanzada) Entendido. Nada de prisas. Solo tú y yo… y tiempo. (Le da un tímido abrazo y ella se lo devuelve con una sonrisa de perdón y complicidad)
(En la mesa, Benjamín se acerca a Dolores, que está revisando sus notas con su habitual precisión. Él carraspea, intentando parecer casual)
BENJAMÍN.- (Con un toque de timidez) Oye, Dolores, no te vayas todavía. Verás, yo… también soy abogado, ¿sabes? Y me ha intrigado todo ese entramado legal que mencionaste. (Señala su cuaderno) ¿Te parece si lo revisamos juntos? No ahora, quizás mañana… con un café.
DOLORES.- (Arqueando una ceja, pero con una chispa de interés en los ojos) ¿Un café? (Cierra el cuaderno lentamente, evaluándolo) Interesante propuesta, señor… Benjamín.
BENJAMÍN.- (Sonriendo.) Benjamín, sólo Benjamín, sin lo de “señor”.
DOLORES.- (Con una leve sonrisa, casi imperceptible) De acuerdo, Benjamín. Pero te advierto: mis contratos no admiten cláusulas vagas. (Le tiende la mano, él la toma, y hay un instante de conexión silenciosa. Se miran, y la chispa del futuro romance queda en el aire)
(Mientras tanto, Carmen, con un brillo depredador en los ojos, se acerca a Juan, que –con aire despreocupado- está comiendo el último churro. Ella se coloca a su lado, ajustándose el sombrero con un gesto teatral)
CARMEN.- (Con tono seductor, pero dominante) Juan… Ay, qué desperdicio de hombre tan guapo. (Le quita el churro de la mano y le da un mordisco… al churro, claro) Necesitas una mujer que te despierte, ¿sabes? Y yo soy justo lo que estabas esperando toda tu vida.
JUAN.- (Parpadeando, confundido.) ¿Eh? ¿Esperando? Pero si yo solo vine porque Alberto dijo que habría… (Carmen lo interrumpe, acercándose más.)
CARMEN.- (Sonriendo, casi felina) Shh, déjame a mí. (Lo agarra del brazo y lo arrastra hacia el sofá) Ven, que te voy a enseñar lo que es vivir. (Juan la mira, aturdido, pero no se resiste, como si ya estuviera atrapado en su hechizo)
(Rosalía, desde su rincón, está al borde de las lágrimas, observando todo con una mezcla de emoción y entusiasmo. Con el pañuelo que sostenía entre sus manos, se suena la nariz ruidosamente)
ROSALÍA.- (Con voz temblorosa) ¡Ay, qué bonito es todo esto! Parece una de esas telenovelas de la tele. (Se levanta, aplaudiendo con fervor) ¡Qué juventud, qué pasión! (Solloza y vuelve a sentarse, abanicándose con el delantal)
ALBERTO.- (Sonriendo, abrazando a Ana) Rosalía, esto no es una telenovela, es… (mira a su alrededor) bueno, quizás sí lo sea.
ANA.- (Bromeando) Una telenovela con armarios humeantes y churros. No me voy a aburrir contigo ¿verdad? (le da un codazo cómplice)
CARMEN.- (Desde el sofá, con Juan a su merced) ¡Y conmigo menos! (Le dice a Juan avasallándolo, el cual ya parece resignado a su destino) Y esto es solo el primer acto, pequeño.
BENJAMÍN.- (A Dolores, en voz baja) Creo que nosotros somos los únicos normales aquí. (Ella asiente, pero su mirada dice que está intrigada por él)
DOLORES.- (Con un toque de humor seco) Normales… por ahora. (Le sonríe, y él se sonroja ligeramente)
(La música del tocadiscos sube de volumen, una melodía alegre y caótica que envuelve la escena. Todos se miran, riendo o murmurando entre sí, mientras Rosalía sigue aplaudiendo desde su rincón, con lágrimas de emoción)
ROSALÍA.- (Casi gritando) ¡Vivan los novios! ¡Y los no novios! ¡Vivan todos! (Lanza el pañuelo al aire como si fuera confeti)
(El telón cae lentamente, mientras la música alcanza un crescendo festivo y las luces se atenúan, dejando a los personajes en un cuadro de caos encantador y promesas de futuros romances.)
 
(Telón final)
 

Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon:
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