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miércoles, 12 de junio de 2024

Tiro deportivo (y 3)

Y una vez, cuando trabajaba en la compañía de agroquímicos ICI-Zeltia (la que hoy se llama Syngenta), organizamos en Benicasim (Castellón) una gran fiesta para distribuidores. Hubo casetas de Feria donde volví a practicar el Tiro deportivo, nos guisaron una vaca entera (pinchada en un palo sobre una hoguera) y una paella gigante que removían con remos para dar de comer a los más de 180 invitados a dicho evento, hubo una actuación musical de coristas (para alegría y regocijo de los distribuidores de agroquímicos) y hubo... un espectáculo sangriento: Tiro a la Codorniz.
 
Yo hubiera preferido una competición de Tiro al Plato, pero a los valencianos de la red comercial, conocedores de los gustos de sus clientes, lo que más les atraía era el Tiro a la Codorniz. Yo no quise participar en esa carnicería. Vi, desde lejos, cómo algunas codornices caían muertas incluso sin que les hubiesen alcanzado los perdigones, sólo con oír el disparo cuando las soltaban de su jaula y emprendían el vuelo, caían fulminadas de un infarto al escuchar la detonación del disparo. Otras, las menos afortunadas, quedaban malheridas, revoloteando por el suelo, hasta que llegaba el encargado de recogerlas y les tronchaba el pescuezo haciendo sonar un ruido macabro y desagradable.
 
Tan desagradable espectáculo me tenía desasosegado, tanto se me debió notar que se acercó a mí el jefe regional de Valencia, Vicente Alandes, y me dijo si quería indultar a una pareja. “¿Salvar la vida a una de aquellas parejas de infelices codornices? Por supuesto que sí”, le respondí. Al poco rato me trajo una caja de cartón en la que me dejó ver por una rendija un par de codornices, macho y hembra, para que hiciese con ellas lo que quisiese.
 
Soltarlas allí hubiera sido condenarlas a una muerte segura, si no de un disparo o de un infarto, cualquiera de aquellos tiradores las hubiera cogido y les hubiera matado para llevárselas a su casa y comérselas. Las miré de nuevo y me conmovió aquella vida aterrada que latía acelerada bajo las plumas, así que decidí quedármelas y llevarlas a casa como mascotas. Pero no tenía pensado volver hasta el día siguiente, así que debían pasar conmigo esa noche.
 
Llegué al hotel, me encerré con ellas en el cuarto de baño y abrí la caja. Primero quedaron inmóviles y de improviso emprendieron el vuelo en ascenso vertical, como los helicópteros, hasta chocar con el techo, tras lo cual revolotearon un buen rato hasta quedar exhaustas y asustadas en un rincón. Les puse un cacharro con agua y les dejé unas migas de pan por si acaso (que fue que no) querían comer. Cerré la puerta y me fui a dormir.
 
A la mañana siguiente entré al cuarto de baño y el espectáculo que vi me dejó atónito: todo el cuarto de baño, antes de baldosas de color beige, se había transformado en un cuarto de baño con baldosas de fondo beige, pero moteadas de verde. ¡No me explico cómo pudieron cagar tanto aquella noche sin haber cenado!
 
Tras ímprobos esfuerzos conseguí atraparlas y meterlas de nuevo en la caja. Dejé las llaves de la habitación en recepción y me fui corriendo al coche para ponerlo en marcha y salir a toda pastilla, antes que se escuchasen en toda la provincia los gritos de la empleada de la limpieza cuando entrase a “hacer” la habitación.
 
Ya en Madrid, las metí en la jaula donde antes hubo periquitos y les puse agua y alpiste, pero la jaula era muy pequeña y la comida insuficiente, así que me fui a Avícola Grau, en la plaza de Olavide, en donde compré pienso para pollos, granos diversos y una jaula mucho mayor. Las bauticé como Crispín y Paulina (no me preguntes por qué porque ni yo mismo lo sé) y a los pocos días de su nueva, relajada y bien alimentada vida, me dieron su agradecimiento en forma de... ¡un huevo! Y al día siguiente... ¡otro huevo! Y al día siguiente... ¡otro y otro! Y así cada día ponían un huevo que yo iba juntando en la nevera y cuando tenía cinco o seis me hacía un huevo frito de cinco o seis yemas; o bien algunas veces los poníamos a cocer para añadirlos a la ensalada, y todos los miembros de la familia nos peleábamos por poder probar tan suculento manjar.
 
Tuvieron una vida larga hasta que un día murió Paulina (no sé si por la edad o por la superproducción de huevos). Yo encontré tan desconsolado a Crispín que decidí buscarle una nueva esposa. Me fui otra vez a Avícola Grau y le compré una nueva hembra a la que llamé Celeste (y no era azul, sino del color pardo de todas las codornices, así que tampoco sé por qué le puse ese nombre). Sin embargo los matrimonios (sean de personas o de codornices) deben ser voluntarios, no impuestos. Crispín y Celeste no se llevaban bien, se peleaban, tanto es así que tuve que poner una división interna en la jaula para separarlas... pero aquello no era vida. Así que comprendí que lo mejor era concederles la libertad y que cada una por su lado encontrase lo mejor para su futuro. Pero ¿dónde soltarlas? En Madrid, por supuesto que no. Así que me fui a Daimiel, al Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, y allí –en tan incomparable paraje, lleno de posibilidades para unas aves- las solté. Crispín se fue por un lado y Celeste por otro. Supongo que allí encontrarían la felicidad y si, por cualquier azar del destino sirvieron de comida a algún depredador, al menos su vida habría sido útil al contribuir a mantener la cadena de la vida.
 

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martes, 11 de junio de 2024

Tiro deportivo (2)

Años más tarde, cuando me tocó hacer el servicio militar (lo hice en Artillería, en el CIR de Colmenar Viejo) tuve ocasión de practicar el Tiro con CETME tanto en la modalidad de tiro a tiro sobre una diana fija como a ráfagas de ametralladora. En la primera de estas modalidades, el tiro a tiro sobre una diana, batí un récord pocas veces igualado. Nos habían situado tumbados, con el CETME apoyado en el suelo, apuntando a unas dianas que habían situado lejísimos, así que había que afinar bien la puntería. Cada uno fue disparando tiro a tiro a su diana. Cuando terminamos, el sargento que supervisaba estas prácticas fue caminando por delante de las dianas, anotando en un cuaderno los aciertos de cada uno. Llegaba a una diana, miraba al soldado que había disparado a la misma, y hacía un gesto de enhorabuena o contrariedad, según hubiese acertado o no muchos de sus disparos. Llegó por fin a la mía. Yo estaba impaciente por saber si habían dado en la diana muchos o pocos de mis disparos. Pero el sargento no se volvía a mirarme sino que miraba una y otra vez la diana, contaba y volvía a contar, y no pude saber en aquél momento qué era lo que estaba apuntando en el cuaderno. Cuando hubo terminado el recuento y llegó a nuestro lado, nos fue diciendo a cada uno el número de aciertos y al llegar a mí me dijo: “De 20 disparos, 25 aciertos”. Acto seguido se dirigió al soldado que tenía a mi lado y le gritó: “¡¿Pero tú a dónde estabas disparando?!”. Esa era la explicación: el de al lado estuvo disparando a mi diana, así que nunca pude saber cuántos de aquellos aciertos fueron míos o del vecino.
 
Ya en la edad adulta, el Tiro deportivo pasó a formar parte de la historia, aunque sin poder evitar caer en la tentación de practicarlo cuando me topaba con alguna caseta de Feria durante los veraneos en la playa. Porque disparar sobre objetos es divertido y se ejercitan la habilidad y concentración, pero disparar sobre seres vivos ya es otra cosa.
 

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lunes, 10 de junio de 2024

Tiro deportivo (1)

El Tiro deportivo es un deporte que exige poner a prueba tu poder de concentración y tus habilidades de precisión y que se practica con un arma de fuego o de aire comprimido. Se incluyen en él numerosas modalidades, según sea el tipo de arma que se utilice (pistola, fusil, rifle...), a qué se dispare (al plato, a un blanco, etc.) o en qué condiciónese haga (desde un foso, a larga distancia, etc.). En mi caso, y como mi experiencia en el Tiro deportivo no es muy amplia, lo relataré de forma genérica.
 
Los orígenes hay que buscarlos en las casetas de la Feria de Daimiel. Aquella era una de mis atracciones favoritas. Por cada partida te daban varios perdigones que introducías en una escopeta de aire comprimido y debías derribar unas bolas de chicle de colores, o bien acertar y tumbar unos patitos que se movían, o cortar a base de disparos las serpentinas que sujetaban unas botellitas de licor. Pronto aprendí que yo tenía buen pulso y buena puntería, y que mis primeros errores no se debieron a falta de pericia sino de experiencia: las escopetas de Ferias estaban siempre trucadas y tenían el punto de mira desviado. Por lo tanto, lo primero que debías hacer era disparar una o dos veces no para acertar, sino para ver cuánto y hacia dónde se desviaba el disparo. Una vez hecho esto, sólo tenías que desviar en esa misma proporción el punto de mira para acertar donde querías. Mi diana favorita eran los chicles, no sólo porque fueran más fáciles y se me diera muy bien conseguir un buen puñado de ellos, sino porque me gustaba su sabor, ese sabor que los 30 segundos de haber empezado a masticarlos ya había desaparecido. También derribaba con acierto paquetitos de cinco chicles y pocas veces me atrevía a probar suerte con los regalos más apetecibles y por lo tanto más difíciles de conseguir. Lo que primaba, a la hora de elegir diana, era la rentabilidad: si me gastaba X dinero debía conseguir algo por lo menos de ese mismo valor.
 
Pero no sólo en Daimiel, también en cualquier otro lugar y circunstancia en donde encontrase una caseta de Feria donde practicar el Tiro deportivo, allí estaba yo dispuesto a probar mi puntería. Por otra parte, durante mis vacaciones de verano en Daimiel ensayaba el Tiro deportivo con mi escopeta de aire comprimido sobre cualquier clase de diana (soldaditos de goma, cajitas de cartón o cualquier pequeño juguete).
 

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miércoles, 21 de febrero de 2024

Caza (y 3)

Después de tan insólitas experiencias no volví a matar animales –al menos deliberadamente, porque una vez atropellé un gato en la carretera- y sólo me dediqué a la caza fotográfica. Y una de mis primeras experiencias con la caza fotográfica fue en aquellas mismas fechas cuando acudí a la finca que un amigo mío llamado Francisco Javier Calvino, tenía en Santa Cruz de Retamar (Toledo). Su padre había organizado una cacería de conejos y yo llevé mi cámara de fotos para realizar el correspondiente reportaje. Un buen número de fotos muestra la realidad de cómo era aquello: los perros haciendo salir a los conejos de las madrigueras, los hombres disparando, los perros trayendo los cadáveres de los conejos en la boca, y los capataces recogiendo primero y exponiendo después todos los conejos cazados. Después se organizó una comida campestre y no se escuchó ni un solo ‘Requiem’ en memoria de los muchos conejos abatidos.
 
Pero hubo dos fotos que destacaron sobre las demás. La primera me produjo satisfacción y alegría: se veía al dueño de la finca justo en el momento del disparo, y se apreciaba cómo los perdigones impactaban contra el suelo mientras el conejo saltaba lejos de los mismos, salvando su vida. La segunda me produjo tristeza: al colocar todas las piezas cobradas en el suelo para hacer el recuento final, había dos cadáveres juntos, un conejo adulto y un pequeño gazapo, ambos con los impactos de los perdigones que les causaron la muerte.
 
Termino así, de forma triste, este capítulo, y sólo quiero animar a aquellos que aman de verdad la naturaleza y disfrutan del campo y el aire libre, que se aficionen a la fotografía y practiquen la Caza fotográfica... no la Actividad cinegética.
 

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martes, 20 de febrero de 2024

Caza (2)

Mi afición a la fotografía fue sustituyendo poco a poco la escopeta por la cámara, manteniendo intacto ese espíritu de aventura y de contacto con la naturaleza que te da la Caza. Quizás mejor que nadie puede expresarlo el siguiente relato que escribí hace mucho tiempo contando una de mis aventuras cinegéticas, en donde compaginé la Caza (como medio de subsistencia) y la fotografía. Tendría entonces unos 16 o 17 años y fui a Daimiel una Semana Santa con dos amigos, Paco Sanz Cabrera y Benjamín Conde. Nos habíamos llevado una tienda de campaña, mochilas, etc., porque la idea era pasar algunos de aquellos días en la finca familiar que, en esas fechas, estaba desocupada, pero no queríamos las habitaciones de la casa sino solo la naturaleza circundante. Esto es lo que escribí, bajo el título “La noche del búho y la caza de ranas”:
 
“En el autocar de línea viajaban Benjamín, Paco y Vicente junto a los padres de este... y mucha más gente, lo cual no era de extrañar puesto que se trataba del inicio de las vacaciones de Semana Santa. Al llegar a Daimiel se dirigieron a la gran casa familiar y pasaron sin pena ni gloria esa primera noche.
A la mañana siguiente se levantaron muy temprano, desayunaron y prepararon todas las cosas: tienda de campaña, latas de comida, mantas, cacharros de cocina y hasta una escopeta de perdigones (también llamada escopeta de aire comprimido, de esas que se usan en las ferias) y una vieja máquina de fotos. La mochila estaba hasta los topes, pero eran tres para irse turnando.
Se despidieron y atravesaron las calles, dejaron atrás el pueblo, se adentraron en el serpenteante y polvoriento camino que llevaba a la finca, en la que en esos días no habría nadie más que ellos, aunque no pensaban hacer uso de las comodidades de aquella casa, sino que se instalarían en sus alrededores con la tienda de campaña que habían llevado. No era mucha la distancia a que se encontraba dicha finca del pueblo, poco más de dos kilómetros, pero el equipaje (la mochila) pesaba una barbaridad y Benjamín era el que más tiempo la llevaba. Vicente, eso sí, se dedicaba a hacerle fotos, así cargado, durante el camino, para dejar recuerdo para la posteridad... aunque lo único que se veía luego en las fotos era una gran mochila... con patas.
Al llegar a la cuestecilla del pedo (debe su nombre a lo empinado de su ascensión que hace que las mulas, al subirla, se tiren pedos) descansaron un rato junto a unos muros levantados pacientemente por los campesinos con las piedras que iban quitando de las tierras de cultivo, dedicadas principalmente a la viña. Desde lo alto de ese muro se divisaba la finca: una gran alberca circular rodeada de árboles, de donde partía un sendero que iba a terminar en una gran masa frondosa de olmos, junto a una caseta que protegía la bajada al pozo y una alberca más grande aún, cuadrada, sombría, con diversas salidas para esparcir su agua por los campos circundantes. De allí nacía un camino flanqueado por almendros y salpicado de lilos, el cual llevaba hasta la casa. Al coincidir la Semana Santa con la primavera en todo su esplendor, tanto los almendros como los lilos mostraban sus flores iluminando el paisaje y esparcían su aroma que embriagaba desde la distancia con su perfume. Decididos como iban, a estar en contacto con la naturaleza, su destino no era, pues, la casa, sino aquella rotonda de olmos centenarios junto a la gran alberca.
Cuando llegaron, lo primero que hicieron fue instalar la tienda, después prepararon un pequeño resguardo con piedras para poder cocinar cómodamente, y finalmente se dedicaron a inspeccionar los alrededores. La comida fue sabrosa, latas variadas, huevos fritos y pan de pueblo tiernecito.
El resto del día lo pasaron allí, paseando, conociendo y sintiendo la naturaleza. Vieron los pequeños escarabajos negros cuya impresionante fuerza les hacía escapar a pesar de las piedrecitas que les iban poniendo encima para comprobar su capacidad de aguante. Paco, fisgoneando el interior de un tronco, hizo un interesante descubrimiento: multitud de cráneos y huesos de pajarillos. Aquél debía ser el ‘comedor’ de un búho o ave similar, cuya alimentación es a base de grandes insectos, pequeños roedores y pequeñas aves, que ingieren enteras para después echar unas pelotas de excrementos conteniendo las plumas, los huesos y demás materiales no digeridos. Realmente, pensaron después, aquello no debía ser el ‘comedor’ sino el ‘váter’ (o retrete, o WC, o excusado, etc.). Quedaron entusiasmados con aquél descubrimiento y comenzaron a profundizar en él, extrayendo abundante material para su estudio, separando y clasificando los huesos de aves y roedores. Aquella era la parte positiva del hallazgo; la negativa llegaría después.
Llegó la noche y a la luz del fuego cenaron tranquilamente en animada conversación, haciendo planes para el día siguiente. Comenzaba a hacer frío y se metieron en la tienda para dormir. Tendrían que haber alquilado una tienda mayor que aquella, pues a pesar de ser para cuatro plazas resultaba un poco estrecha. Se fabricaron almohadas con sus respectivos jerséis y chaquetones, y dieron mil vueltas hasta que por fin se acomodaron a gusto. Benjamín cerró la cremallera de la tienda y se dispusieron a dormir.
- ¡Voy!... ¡Voy!... ¡Voy!...
- ¿Qué es eso? –se preguntaron al unísono. Callaron de nuevo, aguzaron el oído, hubo un lapsus de silencio.
- ¡Voy!... ¡Voy!... ¡Voy!...
- Me parece que es un búho –dijo Paco.
- Pues lo tenemos encima de nuestras cabezas –añadió Vicente.
- ¡Cállate biiichoooo! –‘susurró’ Benjamín.
De nuevo se hizo el silencio. Pero unos minutos después volvió a escucharse la misma canción
- ¡Cállate bicho! –gritó Vicente, dando un manotazo a la lona de la tienda de campaña.
Otro silencio y un poco después...
- ¡Voy!... ¡Voy!... ¡Voy!...
- ¡El que voy a ir soy yo! –dijo Paco incorporándose- ¡Dame la escopeta! –añadió.
Cargaron la escopeta y cogieron un puñado de perdigones. Benjamín encendió la linterna y salieron los tres. Con el haz de luz enfocaron palmo a palmo todas las ramas, pero allí no se veía nada. Paco hizo varios disparos, pero nada se vio, ni se oyó, ni se movió. Regresaron a la tienda y estuvieron despotricando (o sea, maldiciendo) un rato, hasta que se acomodaron de nuevo para intentar dormir.
- ¡Voy!... ¡Voy!... ¡Voy!...
Una bocanada de ira y de resignación les subió a la cara. Ahora, ya sin prisas, salieron otra vez de la tienda. Y otra vez la linterna, los disparos, los gritos, los paseos... A la tienda, a echarse y a cerrar los ojos...
- ¡Voy!... ¡Voy!... ¡Voy!...
Comprendieron que era inútil cuanto pudieran hacer y por lo tanto no les quedaba otra salida que la resignación. Cerraron los ojos, sin poder dormir, hasta que de madrugada el cansancio les venció... y el alborotado gorjear de los gorriones saludando el nuevo día... les despertó.
Poco a poco se fueron levantando, desentumeciendo los músculos y restregándose los ojos. Encendieron fuego y prepararon un buen café que les despejase y tonificase. El aire sano, el olor de la leña, el café y unos bollos del día anterior, les dieron fuerzas y, levantándose, emprendieron un paseo en dirección a la casa. Penetraron con todos los sentidos la naturaleza desbordante, parándose ante cada flor, ante cada insecto; vieron la explanada en donde en otra excursión, con más amigos, habían jugado un extraño partido de fútbol; extraño porque de vez en cuando un jugador desaparecía del terreno de juego y cuando se daban cuenta, lo veían subido a una morera inflándose de moras.
A la hora de comer, en la rotonda, Paco tuvo una idea: descubrir el nido del búho y poner allí algo que lo asustara; y de paso, curiosear y buscar más esqueletos. El olmo, sin embargo, era demasiado alto. Lanzaron una cuerda, pero no llegaba a engancharse en las ramas gruesas, capaces de sostenerlos. Apoyándose en el tronco hicieron una pirámide: Paco en la base, Vicente de pie sobre sus hombros, y Benjamín de pie sobre los hombros de Vicente. Ni siquiera así tuvieron opción de continuar escalando, sino sólo el riesgo de salir escalabrados.
El día transcurrió tranquilo, pero cuando llegó la noche y estaban cenando junto al fuego, Benjamín hizo recuento de provisiones y dio la voz de alarma:
- No nos queda casi nada de comida, como mucho para una vez más.
Habían previsto inicialmente prolongar la estancia dos días más y no estaban dispuestos a volver antes de tiempo; a volver como fracasados y escuchar: ‘Pero si ya os lo decíamos...’.
- Pues aguantaremos como sea –se dijeron.
- ¿Acaso no tenemos una escopeta? Pues vayamos de caza –apostilló Paco.
Recogieron los cacharros de la cena y se dispusieron a volver a la tienda.
- Creo que ¡Voy!... ¡Voy!... ¡Voy!... a acostarme –dijo Vicente.
Y los demás, con resignación, le siguieron. Y enseguida llegó su amigo búho a contarles sus últimas aventuras, en ese extraño idioma del que solo entendían una palabra: ‘¡Voy!’. Pero el organismo humano es maravilloso, a todo se acostumbra y, aunque con trabajo, pronto se durmieron; era demasiado el peso del cansancio que arrastraban.
Amaneció un día espléndido y con toda la ilusión del mundo hicieron los preparativos para la gran cacería que iban a emprender. El destino era la Albuera, una tabla formada por la afloración de las aguas del río Guadiana. Desayunaron café con galletas, llenaron la cantimplora y, llevando una bolsa para guardar la caza y un bote grande de Nescafé, vacío, por lo que pudiera surgir, partieron de expedición.
En esas primeras horas de la mañana el movimiento de la vida en la tabla era considerable. La fuerza de la vida les enervaba  los músculos y el hambre... comenzó a aguzarles también el ingenio. Estaba claro que con una simple escopeta de perdigones poco podían cazar. Caminaban así, pensando, entre las cañas partidas de la ribera, cuando una rana saltó frente a ellos. Los tres, al unísono la miraron y acto seguido se miraron entre ellos.
- ¡Ranas! –gritó Benjamín.
- ¡Sí, ancas de rana! –añadieron Vicente y Paco, mientras los ojos se les encendían.
Paco apuntó con la escopeta y disparó. Falló el disparo.
- Tranquilos, no importa; tenemos tiempo y perdigones, y además hay muchas ranas –comentó Paco tratando de poner serenidad en aquella inesperada situación.
Benjamín y Vicente, a modo de ojeadores, se abrieron hacia los lados. Paco, avanzando muy despacio, tenía el dedo impaciente en el gatillo.
- ¡Rana! –gritó Vicente.
Se oyó un disparo y la rana dio su último salto. Benjamín se abalanzó hacia ella, aún convulsionándose, y la metió en el frasco de Nescafé.
La mañana avanzaba fructífera y el bote estaba prácticamente lleno. Alguien se les acercó; era un guarda forestal.
- Buenos días –lo saludaron.
- Buenos días, ¿qué hacéis por aquí?
- Pues nada, de Caza –respondió Vicente.
- Pero ¿no sabéis que está prohibido cazar? –les interpeló el guardia, al tiempo que miraba intrigado la bolsa.
- ¿No me diga que hay veda de ranas? –le preguntó Benjamín mientras sacaba de la bolsa el frasco de Nescafé con los cuerpos inertes de las ranas y se lo mostraba al guarda.
El guarda esbozó una sonrisa y ellos respiraron aliviados.
- Bueno, pero solo ranas ¿eh? –apostilló el agente de la Autoridad.
- Sí, claro –respondieron los tres.
El guarda siguió su camino y ellos el suyo, cazando alguna rana más. Una vez que el peligro del guarda había desaparecido, volvieron a estar atentos ante cualquier cosa que se moviera y fuera comestible. Fue así como descubrieron a unos veinte metros de distancia, un ligero movimiento en un matorral de juncos en el agua, muy cerca de la orilla. Quedaron petrificados, con todos sus sentidos alerta.
- Parece un pato –susurró Vicente.
Paco, que llevaba cargada la escopeta y varios perdigones dispuestos en la boca, se aprestó a disparar a la cabeza o cuello (únicos puntos vulnerables para un sencillo perdigón) de lo que saliera. El terreno donde se encontraban no ofrecía peligro. El suelo era sólido hasta el borde mismo del agua. Sin embargo, si allí había un pato o cualquier otro animal, este tendría todas las ventajas de su parte, al ser atacado por tierra, pues disponía de toda la tabla para salir huyendo. Así lo comprendieron ellos y Vicente, más próximo al agua, le susurró a Benjamín que se alejase tierra adentro, diese un rodeo grande, se metiese en el agua y se acercase a ese matorral de juncos por detrás para cortarle la retirada. Así lo hizo mientras los dos permanecían inmóviles. No obstante, Benjamín no se fiaba de las tranquilas aguas y cogió dos largos palos para ir tanteando la solidez del fondo –que ya habían comprobado era pantanoso en muchos lugares- antes de dar cada paso. Tal como estaba, vestido, con botas, y con sus palos, se metió en el agua y se adentró cinco o seis metros. El agua le llegaba por encima de la rodilla y el suelo, afortunadamente, se mostraba aceptablemente firme.
Por fin se halló situado por detrás del matorral de juncos, dentro del agua y preparado para cortar la retirada. Se detuvo esperando nuevas órdenes. Paco avanzó unos metros con gran sigilo y apuntó hacia el último lugar en donde había detectado movimiento. Hizo un gesto indicando que ya estaba listo y Vicente, agazapado, fue avanzando para levantar la presa. Faltaban tres metros escasos para llegar al lugar cuando algo grande, con plumas, salió volando. Paco disparó y Benjamín alargó en vano los brazos; se había escapado, pero al instante de decepción siguió otro de máxima excitación: allí chapoteaba algo... ¡eran dos crías! Con más rapidez que nunca, Paco cargó de nuevo la escopeta y de un disparo atravesó el cuello de una de ellas; la otra se refugió de nuevo entre los juncos. Benjamín soltó uno de los palos y se abalanzó corriendo. En un instante recogió la pieza abatida y se la echó a Vicente, que no perdía de vista a la otra. Benjamín, con el palo, la hizo salir de su escondite y, cerrándole el camino, logró atraparla viva.
Saltaron de alegría mientras recogían la presa viva de sus manos y le ayudaban a salir. Antes, sin embrago, Vicente quiso inmortalizar ese momento con su vieja máquina de fotos. Le dijo a Benjamín que permaneciese en el agua con los palos.  Con el nerviosismo de la exitosa cacería, Vicente no atinaba a preparar el encuadre adecuado y graduar la máquina de fotos con la abertura de diafragma y velocidad de obturación necesarias para que saliera bien la foto. Tanta tardanza, mientras él seguía allí dentro del agua, con sus botas y pantalones mojados, acabó por agotar la paciencia de Benjamín que, finalmente, salió en la foto con cara de cabreo y así quedó para la posteridad. Pero el éxito de la cacería pronto le quitó el enfado.
A la presa capturada viva la encerraron en la bolsa para que no se escapara y así, uno con la bolsa, otro con el frasco de ranas y otro con la escopeta y la cantimplora, emprendieron con satisfacción el camino de regreso. Benjamín, que de muslos para abajo iba empapado, estaba tan contento que hasta un tiempo después no se dio cuenta de que algo le molestaba en una pierna. Se detuvieron un momento, se quitó los pantalones y vio con desagradable sorpresa: ¡dos sanguijuelas! Sacó el cuchillo de monte, las quitó y raspó bien la zona, y continuaron su camino.
La comida esta vez presentaba grandes alicientes: ellos eran ‘el hombre cazador’. Sobre una piedra plana, Benjamín fue separando las ancas con el cuchillo. Después seccionó el pollo muerto mientras trataban de averiguar de qué animal se trataba; los rasgos no ofrecían dudas, eran dos crías de Gallinula chloropus o Polla de agua; una mezcla de gallina y pato, que vive como estos últimos pero cuyas patas no tienen membranas interdigitales y su pico es puntiagudo como el de las gallinas. Una vez preparado, lo echaron a la sartén y lo frieron, completando la comida con una de las últimas latas que les quedaban.
Luego por la noche, al ir a acostarse (ahora los cuatro, puesto que al grupo se había unido un nuevo componente, la cría de Polla de agua) arroparon con un trapo al superviviente de la cacería al que en vano habían intentado darle de comer esa tarde. Poco después, como de costumbre, el búho hizo acto de presencia y debió pensar que aquello no iba a alterar sus planes, así que no faltó a su cita cantora.
A la mañana siguiente, las primeras miradas se dirigieron al nuevo huésped.
- Está muerto –señaló con tristeza Paco, mostrando el cuerpecito inerte.
- ¡Qué bien, ya tenemos comida para hoy! –le respondieron Benjamín y Vicente.
Y así, de esta forma, consiguieron aguantar otro día, tal como se habían propuesto desde el principio. Tras esta aventura, regresaron finalmente sucios a más no poder, malolientes, cansados, ojerosos, hambrientos... pero alegres y victoriosos.
Hubieran podido pasar esos días tranquilamente en la casa del pueblo, con las personas mayores, limpios, descansados, bien alimentados... Pero de haberlo hecho así, nunca más lo habrían recordado”.
 

Una novela en donde el humor alcanza el estado de gracia…
“El dulce gorjeo del buitre en celo”: https://www.bubok.es/libros/210805/El-dulce-gorjeo-del-buitre-en-celo

lunes, 19 de febrero de 2024

Caza (1)

Se dice que el origen de la Caza es tan antiguo como el mismo ser humano, aunque entonces se hacía para subsistir y después pasó a hacerse por placer, y ya decía Ortega y Gasset que “la muerte es imprescindible para que exista la cacería”. Es decir, la caza es un deporte que consiste en matar a los animales y como eso suena muy feo se le llama muy a menudo “Actividad cinegética”.
 
El ser humano ha evolucionado y yo también lo he hecho. De niño y joven veía bien, y hasta valeroso y heroico, el hecho de dar muerte a los animales a través de la “Actividad cinegética”. Después comprendí que era mejor disparar con una cámara de fotos, que ofrece las mismas satisfacciones pero sin sufrimiento de nadie. Pero sí, haciendo repaso de los deportes que he practicado, tengo que reconocer que también he practicado la Caza en mis tiempos jóvenes.
 
Al principio sólo se trataba de algún insecto, como los grillos, y sin embargo la experiencia me hizo comprender lo aterrador que llega a ser sentirse enjaulado. Tenía un buen oído (no como ahora) y me acercaba sigilosamente hacia donde oía el cri cri. Cuando el grillo se daba cuenta de mi presencia y dejaba de cantar, ya era tarde, ya lo tenía localizado y con gran habilidad lo capturaba. Una de esas cacerías fue exageradamente fructífera. Atrapé muchos grillos y los fui metiendo en una misma caja. Unas horas después, cuando me disponía a sacarlos para meterlos en sus jaulitas individuales... de allí no salió ningún grillo, sólo miembros amputados, ya que todos –desesperados por ese encierro- se habían masacrado unos a otros.
 
Años después, viviendo ya en Madrid, subí un escalón y me dediqué a la Caza y captura de otros seres más peligrosos, los arácnidos, como por ejemplo escorpiones y tarántulas. Salía con mis amigos al campo provisto de recipientes para las capturas. Torrelodones, por ejemplo, era un sitio ideal para la caza de estos poderosos arácnidos. Después los metíamos en unos grandes tarros de cristal convertidos en verdaderos terrarios, en donde les dejábamos suficiente espacio para moverse y esconderse, y cada día les proveíamos de cebo vivo: moscas, etc. (que cazábamos a diario para ellos). Un día, mi amigo Paco Sanz Cabrera, quiso hacer un experimento. Había leído que los escorpiones sólo picaban a aquello que se movía, así que decidió comprobarlo, aunque por si acaso yo estaba a su lado con alcohol, vendas, pinzas, etc. Apartamos al escorpión a un rincón de su recinto mientras Paco metía la mano y la dejaba inmóvil. Al dejar libre al escorpión este comenzó a recorrer nervioso su recinto, pasando repetidas veces junto a la mano inmóvil... a la que no picó. Se demostró así que los escorpiones sólo atacan a lo que se mueve. Y se demostró también la inconsciencia de mi amigo.
 
Volví a subir otro escalón más y, al llegar el verano y las vacaciones en el pueblo, me dediqué a animales más grandes. Tenía una escopeta de aire comprimido y con ella salía algunas veces por los alrededores de la finca a cazar gorriones. En mi descargo puedo decir que la Caza (la muerte de los animales) ya no me daba placer salvo que fuese para comérmelos. Y así lo hice. Cada vez que cazaba un gorrión se lo daba a la cocinera que teníamos los veranos en la finca familiar y me lo guisaba, bien fuera con patatas o frito, y yo me lo comía satisfecho aunque en el fondo me daba también algo de pena y eso que nunca vi cómo lo desplumaban, destripaban, cocinaban... No me gustaba hacer sufrir a los animales y no me gustaba ver sangre. Puedo citar como anécdota que mi amigo Benjamín Conde y yo queríamos hacernos hermanos de sangre, pero yo no me atrevía a hacerme un corte a propósito para así poder mezclar ambas sangres. Tuvimos que esperar a que yo me hiciese casualmente una herida para que él –que siempre había estado dispuesto- se hiciese a continuación un corte en la mano a fin de completar la ceremonia y lograr que, por fin, fuésemos a partir de aquél momento verdaderos “hermanos de sangre”.
 

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miércoles, 11 de enero de 2017

Fotografiando animales salvajes

Hoy traigo un relato de caza fotográfica muy atípico, tanto que podrás comprender el por qué este blog se llamó “Palabras inefables”, es decir, palabras que no se pueden explicar con palabras. Un auténtico contrasentido, como la vida misma, pero la vida, para hacerla más llevadera, hay que aderezarla con humor. Aquí va, sin más dilación, esta verídica historia:

El toro con tetas
 
Siempre me he sentido como un gran explorador; a ello contribuyeron sin duda todas las películas de aventuras que vi desde mi niñez. Por esto no es de extrañar que me haya gustado la naturaleza y me haya aficionado a la caza fotográfica. Sin embargo mi última aventura en este sentido resultó un tanto insólita.
 
Había ido al puerto de Canencia. Aparqué el coche en las explanadas que habían habilitado para ello. Junto a los coches se agolpaban decenas de familias, todas ellas cargadas de niños, de mesas, de sillas, de neveras portátiles, de transistores, de pelotas. El hacinamiento y el griterío resultaban ensordecedores, pero allí estaban todos, dispuestos a pasar un día de campo... rodeados de una muchedumbre y pegados a su coche y a todos los demás coches que había en el aparcamiento.
 
Afortunadamente yo no soy así, y tan pronto aparqué el coche me alejé lo más rápido que pude. Me adentré en el bosque y, sorprendentemente, a los cinco minutos de caminata por un sendero de tierra que discurría por el bosque, dejó de oírse la algarabía infernal del aparcamiento. Ya estaba, pues, en plena naturaleza, dispuesto a disfrutar de un día de campo y a practicar la caza fotográfica. Ya solo me cruzaba de tarde en tarde con alguna otra persona de esas que de verdad aman la naturaleza, no como tantas otras que van al campo para estar... en el aparcamiento.
 
Media hora después alcancé una gran pradera bellamente salpicada de rocas con las más variadas formas y tamaños. También había algunos árboles y diversas agrupaciones de arbustos, así como un pequeño riachuelo que serpenteaba y brillaba bajo el sol. Pero yo había ido a cazar y allí a lo lejos se divisaban mis presas: una enorme manada de toros bravos.
 
La prudencia me aconsejaba elegir algún ejemplar que se encontrase un poco apartado del resto y que estuviese distraído con otras cosas, no fuera que le diera por embestirme. Tras una inspección visual de la manada, encontré un magnífico ejemplar de toro bravo, negro zaino y de poderosa cornamenta, el cual estaba bastante apartado del resto junto a un pequeño ternero. Además, por aquella zona había algunos arbustos que me podían servir para acercarme sin llamar mucho su atención.
 
Así lo hice y cual indio sioux acercándose a los bisontes, o cual avezado cazador de safaris en África, fui saltando sigilosamente de matojo en matojo, conteniendo la respiración. Pero eso sí, que conste que como buen profesional siempre avanzaba en contra del viento, no a favor, para que mi presencia no alertara a las fieras. Y por fin llegué hasta su altura. Ya sólo me separaban unos pocos metros. El enorme toro no se había dado cuenta o si lo había hecho no le había dado importancia a mi presencia. El caso es que allí lo tenía, dispuesto a ser el blanco perfecto para una inmortal fotografía.
 
Preparé la cámara y disparé varias fotos. El toro aparecía tranquilo junto al ternero y yo había conseguido mi preciado tesoro fotográfico. Deshice, pues, el camino andado (casi diría mejor el camino gateado) y me puse a salvo de tan temible fiera. Me senté en unas rocas, lejos ya de la manada, y me dispuse con satisfacción a ver con detalle, en el visor de mi cámara, las fotografías que había tomado. Eran perfectas. El toro se veía con claridad, su majestuosa presencia, su brillante pelo negro, sus enormes cuernos, sus... pero ¿qué era eso? Toqué los dispositivos de la cámara para ampliar un detalle que llamaba poderosamente mi atención y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que en la parte baja de aquél imponente toro asomaban... unas ubres. ¡No era un toro, sino una vaca! Pero os juro que daba el pego; yo al menos, nunca había visto una vaca negra y con tan enormes cuernos. Por si no me creéis, aquí os dejo una de aquellas fotos.
 


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