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sábado, 21 de mayo de 2022

Mentiras fotográficas de la NASA

Hoy vamos a analizar una de las fotografías (y se han hecho públicas muchas fotografías similares a esta) del robot Curiosity (supuestamente en la superficie de Marte) hechas públicas por la NASA. No pretendemos decir que dicho robot no se encuentre allí, sino que la fotografía publicada es falsa en cuanto que no ha sido tomada en Marte sino en la Tierra.

En primer lugar daremos todos los datos de dicha foto: Fue divulgada al público el 30 de septiembre de 2016; está incluida en la página web de la NASA con la referencia
“1-pia20316-marscuriosityrover-selfportrait-sanddune-20160119-a.jpg”, y como pie de la misma se indica que ha sido creada combinando 57 imágenes tomadas el 19 de enero de 2016 cuando el robot Curiosity llevaba 1.228 días en suelo marciano.

Sin embargo el análisis más elemental de la misma no ofrece ninguna duda en cuanto a que dicha foto ha sido realizada en la Tierra para la labor propagandística de la NASA. Sólo hay que fijarse en dos errores monumentales:

1.- Se trata, como ellos dicen, de un autorretrato de dicho robot, pero resulta que dicho robot se ve completo: la foto ha sido tomada a cierta distancia sin que se observe ningún palo de selfie. ¿Cómo es posible hacerse una foto a sí mismo sin que se vea el brazo mecánico extendido?

2.- Amplíese la foto y obsérvense los detalles de los cables e intrincados mecanismos del exterior del robot: no hay ni una gota de polvo o arena ¡después de 1.228 días en el desierto! ¿Cómo es posible? Si dejáis vuestro coche una sola semana en un parking al aire libre ¿cómo se encuentra cuando lo recogéis? Seguro que no tan limpio como este robot que, según dicen, lleva paseando por el desierto marciano 1.228 días. ¿Os imagináis cómo estaría vuestro coche si lo dejárais aparcado más de tres años en mitad del campo?


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viernes, 1 de octubre de 2021

La historia en imágenes

Ya hemos visto por aportaciones recientes a este blog, cómo la historia del mundo se puede contar de una forma amena a través de fascículos que luego forman una enciclopedia de fácil lectura y localización de datos; pero hay otra forma de contar la historia que es simplemente a base de fotografías, claro que para ello hay que estar en primera línea durante muchos años para recoger con la cámara esos momentos cruciales en la vida de un país.
 
La agencia de noticias EFE demostró cómo era posible “mirar” la historia de España y enterarse de lo más importante, sin necesidad apenas de leer, sólo a base de fotografías con un pequeño texto descriptivo al pie de las mismas.
 
En el año 1999 publicó el libro “España: La mirada del tiempo” subtitulado “EFE 60 años: 1939-1999”. Conmemoraba con este libro sus primeros sesenta años de existencia, y demostraba al mismo tiempo cómo EFE había sido testigo presencial de los acontecimientos más relevantes de nuestra historia los cuales había reflejado no sólo a través de sus crónicas y noticias sino también a través de oportunísimas fotografías que recogían esos momentos críticos y representativos de los sucesos.
 
No fue una tarea fácil, ya que como ellos mismos reconocen se trata de “fotografías seleccionadas entre los 12 millones de documentos gráficos que el archivo gráfico de la agencia EFE conserva”.
 
Este libro nunca estuvo a la venta sino que se regaló a los amigos y colaboradores de la Agencia EFE, entre los cuales me encontraba como responsable de Comunicación de uno de los laboratorios líderes de la industria farmacéutica mundial.
 
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miércoles, 31 de octubre de 2018

Daimiel en el recuerdo



Como ampliación a los dos post anteriores en donde he rescatado del olvido algunas postales coloreadas de Daimiel (Ciudad Real), comparto en esta ocasión algunas más que aún conservaba. La vida que comenzó en blanco y negro fue adquiriendo poco a poco color, primero con pinceladas cromáticas sobre el blanco y negro y después ya, en los tiempos modernos, con el color.

En cualquier caso, las postales ya son cosa del pasado aun cuando aún puedan encontrase algunas. ¿Quién escribe no digo ya cartas sino una simple postal hoy en día? La vida actual es digital e instantánea.























Una forma de hablar que debería ser "Patrimonio de la Humanidad"...

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miércoles, 11 de enero de 2017

Fotografiando animales salvajes

Hoy traigo un relato de caza fotográfica muy atípico, tanto que podrás comprender el por qué este blog se llamó “Palabras inefables”, es decir, palabras que no se pueden explicar con palabras. Un auténtico contrasentido, como la vida misma, pero la vida, para hacerla más llevadera, hay que aderezarla con humor. Aquí va, sin más dilación, esta verídica historia:

El toro con tetas
 
Siempre me he sentido como un gran explorador; a ello contribuyeron sin duda todas las películas de aventuras que vi desde mi niñez. Por esto no es de extrañar que me haya gustado la naturaleza y me haya aficionado a la caza fotográfica. Sin embargo mi última aventura en este sentido resultó un tanto insólita.
 
Había ido al puerto de Canencia. Aparqué el coche en las explanadas que habían habilitado para ello. Junto a los coches se agolpaban decenas de familias, todas ellas cargadas de niños, de mesas, de sillas, de neveras portátiles, de transistores, de pelotas. El hacinamiento y el griterío resultaban ensordecedores, pero allí estaban todos, dispuestos a pasar un día de campo... rodeados de una muchedumbre y pegados a su coche y a todos los demás coches que había en el aparcamiento.
 
Afortunadamente yo no soy así, y tan pronto aparqué el coche me alejé lo más rápido que pude. Me adentré en el bosque y, sorprendentemente, a los cinco minutos de caminata por un sendero de tierra que discurría por el bosque, dejó de oírse la algarabía infernal del aparcamiento. Ya estaba, pues, en plena naturaleza, dispuesto a disfrutar de un día de campo y a practicar la caza fotográfica. Ya solo me cruzaba de tarde en tarde con alguna otra persona de esas que de verdad aman la naturaleza, no como tantas otras que van al campo para estar... en el aparcamiento.
 
Media hora después alcancé una gran pradera bellamente salpicada de rocas con las más variadas formas y tamaños. También había algunos árboles y diversas agrupaciones de arbustos, así como un pequeño riachuelo que serpenteaba y brillaba bajo el sol. Pero yo había ido a cazar y allí a lo lejos se divisaban mis presas: una enorme manada de toros bravos.
 
La prudencia me aconsejaba elegir algún ejemplar que se encontrase un poco apartado del resto y que estuviese distraído con otras cosas, no fuera que le diera por embestirme. Tras una inspección visual de la manada, encontré un magnífico ejemplar de toro bravo, negro zaino y de poderosa cornamenta, el cual estaba bastante apartado del resto junto a un pequeño ternero. Además, por aquella zona había algunos arbustos que me podían servir para acercarme sin llamar mucho su atención.
 
Así lo hice y cual indio sioux acercándose a los bisontes, o cual avezado cazador de safaris en África, fui saltando sigilosamente de matojo en matojo, conteniendo la respiración. Pero eso sí, que conste que como buen profesional siempre avanzaba en contra del viento, no a favor, para que mi presencia no alertara a las fieras. Y por fin llegué hasta su altura. Ya sólo me separaban unos pocos metros. El enorme toro no se había dado cuenta o si lo había hecho no le había dado importancia a mi presencia. El caso es que allí lo tenía, dispuesto a ser el blanco perfecto para una inmortal fotografía.
 
Preparé la cámara y disparé varias fotos. El toro aparecía tranquilo junto al ternero y yo había conseguido mi preciado tesoro fotográfico. Deshice, pues, el camino andado (casi diría mejor el camino gateado) y me puse a salvo de tan temible fiera. Me senté en unas rocas, lejos ya de la manada, y me dispuse con satisfacción a ver con detalle, en el visor de mi cámara, las fotografías que había tomado. Eran perfectas. El toro se veía con claridad, su majestuosa presencia, su brillante pelo negro, sus enormes cuernos, sus... pero ¿qué era eso? Toqué los dispositivos de la cámara para ampliar un detalle que llamaba poderosamente mi atención y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que en la parte baja de aquél imponente toro asomaban... unas ubres. ¡No era un toro, sino una vaca! Pero os juro que daba el pego; yo al menos, nunca había visto una vaca negra y con tan enormes cuernos. Por si no me creéis, aquí os dejo una de aquellas fotos.
 


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