lunes, 2 de mayo de 2022

El niño más fuerte del mundo

En aquella época (mitad del siglo XX) no existía el libro Guinness de los record, así que no pudo reflejarse allí mi nombre como “el niño más fuerte del mundo”. Esta es la historia…
 
Llegó a Daimiel un nuevo y sorprendente espectáculo que se anunciaba a bombo y platillo con carteles por todas partes del pueblo: “El hombre más fuerte del mundo”. La actuación era en el campo de fútbol y allí me llevó mi padre. El estadio estaba lleno y todos nos mostrábamos intrigados por cuál sería el desarrollo de aquél inusual espectáculo. Aquél sujeto corpulento comenzó a coger barras de hierro y a enroscárselas alrededor del brazo como si fueran de goma… pero eran de hierro como previamente había dado a comprobar a algunos espectadores. Después comenzó a levantar diversos objetos a cuál más voluminoso y pesado. No contento con eso, invitó a varias personas para que se subieran a  un coche y, atando una cuerda a su parachoques delantero, la agarró con los dientes y tiró de ella haciendo que el coche, cargado de gente, avanzara. Finalmente invitó a más personas a que se subieran a un autobús, ató una cuerda a su parachoques, se la enganchó en los hombros y tiró de ella haciendo que el autobús avanzase por el campo de fútbol.
 
Todos los espectadores quedamos impactados con la fuerza sobrehumana de aquella persona y ya por la noche, aprovechando que un vecino lo había invitado a cenar a su casa, mi padre me llevó a saludarlo personalmente y darle la enhorabuena. Tras el pertinente saludo, mi padre me presentó y él, muy amable, me tendió la mano. Yo le estreché la suya y entonces él comenzó a proferir gritos de dolor por mi fuerte apretón. ¡Yo era más fuerte que el hombre más fuerte del mundo! Y así, entre las risas de los asistentes, me volví a casa henchido de satisfacción al ver que yo era más fuerte que el hombre más fuerte del mundo… ¡El niño más fuerte del mundo!
 

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domingo, 1 de mayo de 2022

El día que me ahogué

Una vez preguntó una persona: “¿Cómo es mejor morir, ahogado, quemado, enterrado vivo o cayendo desde lo alto de un edificio?”. Sin duda aludía a los cuatro elementos básicos de nuestro mundo: agua, fuego, tierra y aire. Pero si queremos conocer cuál de esas formas es más placentera (o menos traumática) habría que preguntárselo a alguien que hubiese muerto cuatro veces, una vez de cada una de esas maneras. Como esto no es posible, tan solo nos queda usar nuestra imaginación, y si tenemos la oportunidad, hablar con alguien que haya muerto de alguna de esas formas. Pero… ¿es posible hablar con un muerto? La respuesta es sí, y el muerto fui yo. Esta es la historia…
 
Tenía por aquél entonces seis años de edad y estaba pasando unos días del comienzo del verano en la finca de mis abuelos, a 2,5 km. de Daimiel. Mis padres estaban dentro de la casa con sus habituales quehaceres. Mis hermanos… no me acuerdo dónde estarían, pero desde luego no estaban cerca de mí. Yo estaba en el jardín jugando con el cubo y la pala, excavando hoyos y haciendo barro para tratar de edificar un castillo o algo que se le pareciera en la fértil imaginación infantil. Hay que aclarar que la finca era grande, al igual que el jardín, y que del lugar en que yo me encontraba hasta la casa, habría más de 50 metros. Además, yo estaba agachado en el suelo, sin duda tapado por los setos y flores del jardín, en medio de un agradable sol y sombra que propiciaban los árboles.
 
De pronto, en tan idílico lugar y momento, me di cuenta que el agua de mi cubito ya se había terminado, así que era necesario ir a coger más agua. Detrás de mí había una gran alberca, de esas en donde se almacena el agua para regar los campos de cultivo. Subí los escalones que llevaban a ella, me arrodillé en el borde e incliné mi cuerpo para llenar el cubito con agua.
 
El nivel del agua estaba un poco bajo, así que tuve que agacharme más de la cuenta para poder meter el cubo en el agua, me agaché… y caí dentro del agua. Con seis años no sabía nadar, ni comprendía que allí a mi lado había unos escalones por los que hubiera podido agarrarme y subir trepando. La impresión de caer de pronto vestido, dentro del agua, fue suficiente para obnubilar mi mente y sólo acerté a llamar a mi padre. Pero mi cuerpo se había sumergido por completo y cada vez que gritaba “¡papá, papá!”, lo único que conseguía era tragar agua y más agua.
 
Poco a poco mis fuerzas se fueron debilitando, ya ni siquiera podía articular mis gritos de “¡papá!” porque no hacía mas que tragar agua. Mis brazos y piernas dejaron de responderme, mi voz se apagó y todo se volvió negro.
 
Mientras tanto, mis padres seguían tranquilamente dentro de la casa, pero de improviso a mi padre se le ocurrió pensar: “¿Qué estará haciendo Vicentito?”. Salió tranquilamente de la casa y se dirigió al jardín, puesto que sabía que yo me había quedado allí jugando. Miró por uno y otro lado sin encontrarme, y de repente vio la alberca y sintió la corazonada de que quizás yo me hubiese caído allí.
 
En ese momento dejó de buscarme tranquilamente como hasta entonces y comenzó a correr. Subió de un tirón los escalones que llevaban hasta el borde de la alberca y me vio inerte en el fondo del agua. En ese mismo instante yo había dejado de luchar y veía todo negro, aunque pude ver (o presentir) cómo una mano venía a rescatarme; pero no vi ni sentí nada más. Ya había perdido el conocimiento.
 
Mi padre me sacó del agua, me apartó unos metros de la alberca y comenzó a sacudirme boca abajo (por entonces no se daban clases de socorrismo a nadie). Al cabo de unos minutos, que a mi padre debieron parecerle eternos, recobré el conocimiento. Yo sí recuerdo perfectamente aquél momento. Mi padre me tenía cogido de los pies y yo colgaba boca abajo, tosiendo y echando agua por la boca. Pude, por fin, volver a la vida.
 
Una vez repuesto, y supongo que calmados los gritos histéricos del resto de la familia, me subieron a una tartana y me llevaron al pueblo para que me viese el doctor. Tras la exploración realizada, el médico dijo que había sido un milagro, pero que yo estaba bien y lo único que debía hacer era estar uno o dos días en reposo. Recuerdo perfectamente que el camino de regreso a la finca, subidos en la tartana, fue mucho más largo que el camino de ida: cada dos por tres le pedía parar a mi padre porque tenía ganas de bajar a hacer pis.
 
Sólo tenía seis años y no hay que olvidar que mi padre estaba dentro de la casa, a muchos metros de distancia y ajeno a todo, que una voz interior le impulsó a salir a buscarme para ver qué estaba haciendo, que me estuvo buscando tranquilamente sin encontrarme hasta que un impulso le llevó a mirar en la alberca, y que llegó a rescatarme –como en las películas- en el último segundo.
 
Aquella experiencia nunca se borró de mí memoria, pero siempre la recuerdo como algo amable y positivo porque comprendí que no había llegado mi hora y que aún debía hacer muchas cosas en este mundo. Y si tienes curiosidad por saber cómo es morir ahogado, pues te diré que no es agradable eso de tragar agua por la boca cada vez que intentas respirar, pero sí que es bastante rápido e indoloro; así que no está tan mal. Y de algo tenemos que morir… aunque antes de eso me ha dado tiempo a vivir, amar y escribir.
 

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sábado, 30 de abril de 2022

La gran evasión

No me refiero a esta famosa película sino a otra "gran evasión", la que yo mismo protagonicé mucho antes de haber visto este film... Así es la historia:

Algunos alumnos, sobre todo los malos estudiantes, alguna vez se han escapado del colegio, una deserción que popularmente se conocía como “hacer pellas” o “hacer novillos”. Sin embargo la historia que voy a contar a continuación es diferente porque las “pellas” o “novillos” que hizo ese alumno (en este caso yo) fueron hace muchos años… cuando tan solo contaba con cuatro años de edad. Así sucedió…
 
Nunca me gustó ir al colegio y esa aversión era congénita porque a la tierna edad de tres o cuatro años ya mostraba mi disgusto por tener que ir al colegio. Por entonces yo vivía en Daimiel, un pueblo de unos 18.000 habitantes y el colegio al que me llevaron estaba situado en la misma calle donde vivía, aunque a varias manzanas de distancia, lo que exigía un buen paseo, sobre todo para un niño tan pequeño.
 
Un día, harto ya del colegio, aproveché la hora del recreo y sigilosamente me escabullí, me dirigí a la puerta y me marché. Sin embargo ¿qué pasaría por la mente de un niño de cuatro años? Al verme allí solo, en la calle, comencé a caminar… en dirección a mi casa. Sin duda, por mi mente, sólo pasaba el deseo de llegar a casa y ponerme a jugar con mis juguetes. ¡Cuál no sería la sorpresa de mi madre cuando me vio llegar solo a media mañana! “¿Pero qué haces aquí?” me dijo. Y como sólo tenía cuatro años no supe inventarme ningún pretexto, así que mi madre me cogió de la mano y me llevó otra vez al colegio. Así de frustrante fue mi primer intento de escapada.


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viernes, 29 de abril de 2022

La industria farmacéutica por dentro

“La industria farmacéutica por dentro” es una novela autobiográfica a través de la cual el autor nos invita a conocer el mundo de los laboratorios farmacéuticos, y lo hace guiándonos a través de su experiencia real en este mundo de una forma didáctica y llena de opiniones, vivencias reales y anécdotas personales. Es como una visita guiada al interior de los laboratorios farmacéuticos para conocer de verdad cómo son, cómo actúan, qué es lo que se esconde tras esa permanente barrera de silencio e incomunicación frente a la sociedad. Pocos sectores hay que se comuniquen tan poco con el exterior y sean tan desconocidos para el gran público; pocos sectores hay que respondan con el silencio a los ataques y a la continua demagogia que los pinta siempre como “los malos de la película”.
 
Los laboratorios farmacéuticos comercian con un bien tan preciado como la salud y por eso están siempre en el centro de la diana a la hora de recibir todo tipo de ataques. Pero ¿no comercian con la salud las empresas de alimentación –por poner solo un ejemplo- y gozan sin embargo de mucha mejor imagen?
 
El gran problema de los laboratorios farmacéuticos es su silencio. Prácticamente dependen de un único cliente (la Sanidad Pública) y eso condiciona mucho, sobre todo cuando ese cliente (el Gobierno) es quien hace las leyes y fija los precios y condiciones del mercado. Y sin embargo su trabajo de promoción deben dirigirlo a unos intermediarios que son los médicos, la mayor parte de ellos asalariados de ese único cliente (los médicos de la Sanidad Pública).
 
Es un mercado de una competencia feroz entre más de 200 laboratorios. Es una carrera contra reloj para poder tener unos pocos años de exclusividad en el mercado antes que otros laboratorios puedan copiar inmunemente y comercializar a bajo precio los productos de éxito. Es un negocio de alto riesgo donde se precisan cientos de millones para descubrir un nuevo producto y cuando al fin se descubre, nunca está garantizado el éxito. Es un mercado de gloria y de fracasos, gloria cuando uno de los fármacos descubiertos logra salvar miles de vidas, fracasos cuando un efecto secundario inesperado obliga a retirarlo del mercado o incluso llega a causar la muerte de algunos pacientes. El cielo y el infierno. Pero los laboratorios farmacéuticos no son ni ángeles ni demonios. Ni son los demonios que nos pintan en los artículos de prensa ni son los ángeles que vienen a solucionar todos nuestros problemas de salud.
 
Exceptuando a las personas que han trabajado en la industria farmacéutica a quienes les resultará familiar esta historia, aunque se verán sorprendidos por multitud de anécdotas y detalles que les habían pasado desapercibidos, el resto de la población ha sido permanentemente desinformada acerca de todo lo que ocurre dentro de estas empresas. Ahora, gracias a “La industria farmacéutica por dentro” el lector va a adentrarse en este mundo de la mano de un profesional de la comunicación que desarrolló casi toda su trayectoria profesional en este mundo.
 
Cada capítulo nos muestra en detalle alguna parte del entramado interno de este mundo y de forma imperceptible la historia va avanzando mientras acompañamos al autor a lo largo de la primera etapa de su recorrido profesional en este sector, mientras se hacen permanentes comparaciones y referencias al momento actual, demostrándose –para sorpresa del lector- que las cosas apenas han cambiado con el paso de los años. Pero en cualquier caso, el autor ha tenido que esperar a estar jubilado para poder contarlo. De haberlo hecho antes, habría echado por tierra su futuro profesional porque hay cosas que alguien que esté en activo en la industria farmacéutica no puede contar salvo que quiera que no lo vuelvan a contratar.
 
Con esta libertad y con esta sinceridad, se invita al lector a un viaje que muestra la realidad oculta del mundo de los laboratorios farmacéuticos.
 

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viernes, 22 de abril de 2022

La edad de oro de la industria farmacéutica

El presente libro tiene una doble lectura. Por una parte asistimos a una clase magistral sobre la industria farmacéutica a cargo de uno de los dirigentes más destacados en la historia de la esta industria, Sir Tom McKillop. Para todos ellos que quieran conocer mejor cómo es el mundo de los laboratorios farmacéuticos, cuáles son sus retos y dificultades, qué impacto tienen estas empresas en el mundo tanto a nivel económico como a nivel de salud, cuáles son sus interioridades… este es un libro ideal porque quien habla es un dirigente que comenzó una larga carrera, primero como químico de base, para seguir ascendiendo hasta ser el máximo responsable del tercer laboratorio más grande del mundo, presidente también de la patronal de la industria farmacéutica europea (EFPIA) y asesor del Gobierno británico, entre otros muchos cargos. Y sus palabras las leeremos tal como las pronunció (traducidas en este caso al español) ante los periodistas, por lo que su lenguaje estaba adaptado a ellos para que todos los lectores pudiéramos entenderlas, sin necesidad de tecnicismos científicos.
 
Por otra parte, este libro –a través de los diálogos con este experto- nos permite conocer la historia de un laboratorio farmacéutico, AstraZéneca (ahora tan popular por su vacuna contra el COVID-19), en una época muy concreta, los años que van de 1998 a 2005, que pueden considerarse como la “edad de oro de la industria farmacéutica” no sólo por su despegar económico e investigador, sino también por la ventana que se abrió entonces (después volvió a cerrarse) a la transparencia informativa, con una importante apertura a los medios de comunicación para trasladarles información y atender sus preguntas, por muy comprometedoras que fueran.
 
McKillop demostró (se puede comprobar en sus diálogos) cómo nunca esquivó las preguntas difíciles, antes bien, las respondió con claridad y con una sonrisa (aunque esto último, la sonrisa, no puedan transmitirlo fielmente al lector unas letras impresas). Apostó desde el principio por la comunicación, por la transparencia informativa, por la investigación y la creatividad… y por el valor humano.
 
A nivel empresarial rompió muchos moldes, al asegurar que “el principal activo de una compañía son sus empleados” y no dejar que esta frase tan bonita fuese solo eso, una frase. Lo llevó a la práctica, recompensando a sus empleados con los salarios dentro del nivel más alto del sector, con incentivos adicionales por los logros conseguidos, con reconocimientos personales, y con algo tan insólito como animar a los empleados a que tomasen iniciativas y asumiesen riesgos sin temor a recibir represalias si fracasaban, les animó a ser ágiles, a vencer la burocracia y no tener que andar todo el tiempo pidiendo permiso a los superiores para hacer cosas. Él, que era químico y había dedicado una buena parte de su vida a la investigación, sabía muy bien la importancia de la innovación y animaba a todos  a ser innovadores, a adelantarse a los acontecimientos con ideas y proyectos rompedores.
 
Se incorporó en 1969 al grupo multinacional británico de la química Imperial Chemical Industries (ICI) del que nacería después Zéneca y más tarde AstraZéneca. Tras su etapa como químico investigador, dirigió Zeneca Pharmaceuticals y cuando se anunció la fusión con Astra, pasó a dirigir este nuevo grupo internacional de biociencia, el tercero mayor del mundo en aquél momento. Yo me incorporé al grupo ICI en España en el año 1983, concretamente en su división de agroquímicos, pero mis habilidades no estaban en la química ni en la dirección sino en la comunicación de la que me responsabilicé en la filial española. En 1993 pasé a la división farmacéutica y fue allí, a los pocos meses, cuando mantuve mi primer contacto con McKillop durante una visita con periodistas a los laboratorios de la compañía en Alderley Park (Reino Unido). Desde aquél momento fueron numerosos los encuentros que mantuve con él, organizándole ruedas de prensa o entrevistas individuales cuando viajaba a España, o llevándole periodistas españoles para que asistieran a las ruedas de prensa internacionales tras las cuales siempre estaba disponible para ser entrevistado y para compartir momentos de relax con todos los periodistas.
 
A través de este libro conoceremos también algunos delos retos más difíciles que tuvo que afrontar. El primero, sin duda, hacer encajar las dos compañías que se fusionaban como una mano en su guante, de tal forma que –a diferencia de otras fusiones que siempre llevan consigo el despido de muchos empleados- en esta fusión lo que se hizo fue contratar más empleados y, aunque algunos de los que había no siguieron en el nuevo proyecto, salieron de él con las mejores condiciones dadas jamás en la industria farmacéutica.
 
También fue difícil la decisión de desprenderse de las divisiones de agroquímicos y especialidades químicas para convertir AstraZéneca en una compañía exclusivamente farmacéutica y centrada de lleno en la investigación y desarrollo  de medicamentos de prescripción claramente innovadores. Y no podemos olvidar que la investigación farmacéutica no sólo tiene un altísimo coste económico sino también un altísimo riesgo. Si ya es difícil descubrir un medicamento que sea mejor que lo ya existente y que sea además bien tolerado, no con eso está todo logrado: lanzar un producto innovador al mercado no es garantía de éxito porque entran en juego numerosos factores, desde los de la más feroz competencia con otros laboratorios hasta los derivados del cortoplacismo de los gobiernos y las numerosas trabas que ponen freno a las compañías investigadoras.
 
Y se enfrentó también al difícil momento en que los grandes productos que sustentaban con sus ventas ambas compañías, al poco tiempo de la fusión perderían sus derechos de exclusividad de patente, lo que daría paso a la irrupción de genéricos que, al no tener que soportar los gastos de la investigación, pueden poner a sus copias un precio mucho más bajo. Si la nueva compañía quería sobrevivir, tenía que sustituirlos por otros nuevos que pudiesen alcanzar el mismo o mayor éxito… y ya hemos dicho que la investigación en la industria farmacéutica es una apuesta de alto riesgo.
 
De todo esto nos habla Sir Tom McKillop en este libro, en un lenguaje directo y claro, tal como se manifestaba él cuando estaba con nosotros los periodistas, porque amaba la comunicación y la transparencia informativa, y porque a pesar de su alto status siempre se comportó como una persona amable, cercana y accesible.
 
Conoceremos también un poco de sus orígenes y un poco de sus últimos años tras su salida de AstraZéneca, que llevó aparejado un estrepitoso fracaso en el mundo de la banca pero también un regreso feliz, finalmente, a la industria farmacéutica y en este caso concreto, a la industria farmacéutica española.


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