Con los auriculares solo trabajan el oído y el cerebro, y el cerebro
suele estar pensando en otra cosa. Con el vinilo ocurre algo completamente
distinto: nos convertimos en protagonistas de una singular ceremonia.
(El maravilloso
mundo del vinilo) Una pregunta. Cuando escuchas música con los auriculares
puestos —en el metro, caminando por la calle, haciendo ejercicio, trabajando
delante del ordenador—, ¿estás escuchando música o simplemente hay una música
sonando mientras haces otra cosa? Sé honesto. En la mayoría de los casos la
respuesta es la segunda: la música está ahí, en algún lugar entre el oído y el
cerebro, pero el cerebro está en otra parte. Pensando en la reunión de mañana,
repasando la lista de la compra, mirando el móvil, contestando un mensaje. La
música, en esos momentos, no es protagonista: es decorado. Un fondo sonoro más
sofisticado que el silencio, pero fondo al fin.
Esto no es una crítica a la música digital ni al streaming, que han
democratizado el acceso a la música de una manera que habría parecido milagrosa
hace cuarenta años. Es simplemente una constatación: la forma en que consumimos
música digital ha convertido la escucha en algo pasivo, automático, permanente
y, por tanto, superficial. Cuando todo suena siempre y en cualquier parte y sin
esfuerzo, la música pierde algo. Pierde la atención. Y sin atención, la música
no puede darte todo lo que en realidad ofrece.
Si eres de esas generaciones jóvenes que no han conocido ni disfrutado
de los discos de vinilo, o si eres de aquellos con más años que sienten
añoranza por esos tiempos pasados, mañana ofreceré aquí mismo un repaso a la
maravillosa liturgia del vinilo…
Biblioteca Fisac
https://bibliotecafisac.blogspot.com/
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