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jueves, 4 de junio de 2026

Escuchar música en vinilo no es lo mismo que oír música digital. No tiene nada que ver.

Con los auriculares solo trabajan el oído y el cerebro, y el cerebro suele estar pensando en otra cosa. Con el vinilo ocurre algo completamente distinto: nos convertimos en protagonistas de una singular ceremonia.
 
(El maravilloso mundo del vinilo) Una pregunta. Cuando escuchas música con los auriculares puestos —en el metro, caminando por la calle, haciendo ejercicio, trabajando delante del ordenador—, ¿estás escuchando música o simplemente hay una música sonando mientras haces otra cosa? Sé honesto. En la mayoría de los casos la respuesta es la segunda: la música está ahí, en algún lugar entre el oído y el cerebro, pero el cerebro está en otra parte. Pensando en la reunión de mañana, repasando la lista de la compra, mirando el móvil, contestando un mensaje. La música, en esos momentos, no es protagonista: es decorado. Un fondo sonoro más sofisticado que el silencio, pero fondo al fin.
 
Esto no es una crítica a la música digital ni al streaming, que han democratizado el acceso a la música de una manera que habría parecido milagrosa hace cuarenta años. Es simplemente una constatación: la forma en que consumimos música digital ha convertido la escucha en algo pasivo, automático, permanente y, por tanto, superficial. Cuando todo suena siempre y en cualquier parte y sin esfuerzo, la música pierde algo. Pierde la atención. Y sin atención, la música no puede darte todo lo que en realidad ofrece.
 
Si eres de esas generaciones jóvenes que no han conocido ni disfrutado de los discos de vinilo, o si eres de aquellos con más años que sienten añoranza por esos tiempos pasados, mañana ofreceré aquí mismo un repaso a la maravillosa liturgia del vinilo…
 

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